¡Este capítulo contiene spoilers! ¡Si no habéis jugado a partir del capítulo 9-10 del FFXV no lo leáis!
CAPÍTULO 9: UN FINAL MALINTERPRETADO
La vida otorga caprichos y desdichas inesperadas. A veces, al quedarse contemplando al príncipe que ya herejía como el Rey de Eos tras la muerte de su padre, trataba de adivinar qué era lo que por su mente pasaba. Se concentraba e intentaba suponer cómo sería ser él por esos pequeños minutos.
Siempre que lo intentaba después tenía dolor de cabeza. ¿Por eso Noctis tenía tantas jaquecas?
Forjar un propio destino cuando éste ya estaba escrito, imponerse a las leyes pero saber su importancia. Si supo que la muerte de su padre fue un golpe duro para su mejor amigo, la mayor desgracia aún estaba por venir.
Y vino, como una feroz e inhumana tormenta. Congelando a todos cada tramo de su piel, cada emoción de su cuerpo.
Ante ellos llegó la cruel realidad. Su misión había perdido sentido, su viaje era incoherente. Tan largo camino para llegar a aquel trágico final. Habían fallado en su principal misión: llegar hasta Lunafreya y protegerla. Y ahora, estaban perdidos. Perdidos en una pesadilla.
Los ojos de Prompto se enmudecían de lágrimas observando al ausente Noctis que miraba por el ventanal del tren. Intentaba no pensar en ello. Todavía no podía asumir que la joven Lunafreya hubiera muerto.
Ella no merecía aquel final. Y Noctis tampoco. Nunca creyó que su triste historia junto a él hubiera acabado aún más triste de lo que ya imaginaba. Se hubiera sacrificado las veces que hubiera hecho falta sólo para que Lunafreya y Noctis hubieran acabado como tenía que haber sido: casados.
Miró a Ignis, y comprensivo, llevó la mano hasta su rodilla.
— Déjame ayudarte — se ofreció, con toda ternura.
Y el cocinero ciego detuvo el cuchillo con el que intentaba pelar la manzana. Mientras Prompto tomaba el manjar y lo cortaba en pequeños trozos, varias lágrimas en silencio se derramaban en sus mejillas. Gladio, de brazos cruzados, lo miró pero no dijo nada.
No quería estar de esa manera, ni que Lunafreya no estuviera entre ellos ni que Ignis se viera incapaz de pelar una manzana. No quería estar así.
Cerró los ojos con fuerza, dolido al recordar el momento en que todos habían ido a ver el traje de boda que Lunafreya llevaría puesto. Había sido como un sueño. Hubiera estado tan hermosa con él que sólo de imaginarla, quería desaparecer junto a ella.
— Noct... — farfulló, volviéndose a él.
Pero éste, apoyando la cabeza sobre un brazo y mirando por la ventana, no le contestó.
En aquel tren debían pasar algunas noches, y casi que las lejanas acampadas se veían más cómodas en comparación con los asientos cuadrados y duros de los vagones.
Dormido como era posible recostado en el asiento, en un traqueteo su cuerpo se balanceó hasta casi caerse. Tras un susto y quedar suspendido a duras penas, vio a Gladio e Ignis dormidos, bañados bajo la luz de las pocas estrellas y bailando en ellos pequeños reflejos que el cristal del ventanal provocaba. Se quedó embelesado, por unos largos minutos, hasta darse cuenta de que Noctis no estaba.
Se levantó a buscarlo, haciendo el menor ruido posible mientras caminaba. La madera vieja chirriaba por cada paso.
— ¿Noct?, ¿Noct, estás ahí?
Lo iba llamando en susurros, pero en los vagones sólo se oía el trayecto del tren en sus carril. Eran los únicos pasajeros. Era como si estuvieran sobre un tren que les dirigía a un final incierto.
¿Era eso lo que les esperaba? ¿Un final a todos? Noctis se negaba a llevar el anillo, y por un lado, él tampoco quería que lo llevara (aunque decirlo a Gladio habría supuesto más que un manotazo en la cara). Algo le decía que aquel anillo sólo iba a ser otra carga para su Rey.
— Colega, — se le dirigió, al verlo sentado en el suelo de las cabinas que había entre vagón y vagón.
Al sentarse a su lado, le rodeó los hombros. Se dio cuenta de que estaba en trance. Un rostro demacrado por el cansancio lo miró, sorprendido.
— Parece que no has dormido todos estos días, ¿y si intentas dormir un poco?
Con la respiración entrecortada, Noctis acariciaba el anillo que guardaba en sus manos, intranquilo. Prompto lo observó. Esperó un poco para hablar:
— Si quieres...
— Debí imaginarlo.
Se quedó en silencio, mirándolo. Sabía que necesitaba alguien con quien hablar. Sabía que por mucho que el chico confiara en Ignis y en Gladio, los veía más como hermanos mayores que como amigos. Sólo había alguien en el grupo que pese a sus tormentos, iba a escucharlo y entenderlo. Dijera lo que dijera, aunque fuera impropio de un Rey.
— Debí imaginar que no podría protegerla. Era lo único que pedía, ¿sabes? Era lo único.
Prompto entrecerró los ojos, afligido e intentando contener sus propias emociones para servir ahora de pilar. Sin aliento, cogió aire:
— Todos queríamos protegerla. Pero ella también quería protegerte a ti — pensó, y negó con la cabeza. — No, terminó protegiéndonos a todos.
— ¿Q-qué sentido ha tenido todo esto? —aclamó, exasperado, alzando sus manos— ¡¿Para qué hemos hecho todo esto?!
En su gesto armaba un dolor profundo. Estaba irreconocible.
— ¿Sabes? Nunca pudimos tener la oportunidad de conocernos, pero recuerdo nuestros momentos de infancia. Yo le quería. Yo sólo... yo sólo pedía protegerla.
Jamás Noctis le había hablado sobre Lunafreya. Siempre había evadido el tema hasta el último momento y ahora, sumido en aquella tristeza, parecía abrir sus sentimientos una segunda vez más a él.
Aunque como siempre era breve en sus explicaciones, eran demasiados años juntos. Ya desde hacía años conjeturaba sus propias conclusiones. A Noctis le había gustado Lunafreya en su época de infantes. Además, al decidirse el compromiso se supo que no le pareció una noticia tan mala como otras órdenes de sangre real que había tenido que cumplir.
Pero el amor no lo decidía un Gobierno. Ni una orden. Siempre había sentido que Noctis luchaba por que aquello que hacía, fuera decisión propia. Día a día, para que cada imposición no fuera parte de su destino, si no una elección de su camino. Fuera Lunafreya una joven hermosa y elegante, no dejaba de ser una imposición el casarse con ella. Seguramente, había sido esa razón por la que él había decidido querer su vida en el instituto sin limitaciones y disfrutando de lo que más le placiera.
Pero el destino había sido cruel con todos, pues nunca se brindó esa oportunidad de conocer más a la muchacha, y con ello, la oportunidad de que se enamorara. Y la distancia entre ambos convertía todo en los recuerdos de dos niños.
Jamás consiguió leer nada de lo que Noctis escribía en el libro mágico que luego era enviado a Lunafreya, pero no importaba. Pues, algo le decía que ambos sabían con cruel evidencia de que lo suyo debía fluir con naturalidad y que ante todo, era necesario conocerse. Porque pese al aprecio, pese al compromiso, después de tantos años sin verse eran solo dos extraños. Dos extraños que se escribían y sentían que debían protegerse.
— Tenemos que... Tenemos que salvar a los demás. Nadie podía saber esto. Ella lo decidió así— conjeturó, Prompto, sin mucha claridad.
¿Qué consejo era lo correcto? Estaba confundido, sabía que aunque ella hubiera decidido protegerles, no era un buen argumento para justificar nada. Y como era de esperar, se malinterpretó.
— ¿Crees que porque lo decidió era lo que tenía que ocurrir? — gruñó, el moreno, apartándolo de su lado. Se levantó de súbito, y miró al rubio desde lo alto.
— No quería decir eso. Pudimos haber muerto cualquiera, sólo que... Se predispuso. Era como si ella hubiera sabido... — divagaba, más para sí que para su amigo.
No estaba culpando a Lunafreya, sólo tenía una dolorosa intuición de que la preciosa sacerdotisa ya sabía el final qué le esperaba. ¿Era una locura pensarlo? ¿O era que sólo quería sentirse mejor pensando que ella ya esperaba su final?
Pero no era el momento para divagar aquellas conjeturas. No al menos con un inestable y emocional Noctis.
— ¿Predispuso? ¿¡Qué estás diciendo, Prompto?! ¡Ella no quería morir! – aclamó, perdiendo los estribos. El pistolero alzó los brazos, agitándolos en son de negativa, pero no le dejó explicarse — ¡Ella hizo todo por nosotros! ¡No dejaba de ayudarnos y yo no hice nada! ¡NADA! Sólo estupideces... Sólo estupideces, una detrás de otra.
No había sido específico pero tal como le miraba, entendió a qué se refería. No sólo se estaba refiriendo a las pequeñas acampadas o juegos entre los cuatro. Prompto, sentado y abrazando sus rodillas, se quedó petrificado mirando su irritación. Nunca antes le había dirigido una mirada así.
Y el Rey se marchó. Estaba tan asombrado que no movió ni un solo músculo para ir tras él.
Qué iba a decir, en algo que tenía razón. Nunca creyó que su remordimiento podría ser peor, pero para entonces, descuidaba la idea de que la persona a la que idolatraba y velaba por siempre, yacería por salvarles la vida.
Fue su última conversación. Después, él fue arrojado del tren en plena conducción, desde el techo de los vagones. Porque Noctis lo arrojó.
Y sepultado por una fría y dura nieve, comprendió que lo de ellos había llegado a su fin.
