Disclaimer: Antes de nada me gustaría comentar que los personajes de Detective Conan no me pertenecen. Son propiedad de Gosho Aoyama. No me considero violadora de ninguna ley.


Traducción de "I'm already there", "Stronger than I am" y "Coming Home", escritos por Becky Tailweaver. Yo uniré y traduciré lo que haya escrito hasta este momento. A medida que "Coming Home" (el fic largo y último) se vaya actualizando, yo iré traduciendo. Así que no me pidais que suba otro cap si no esta escrito, porque tengo el permiso para traducir, pero no para escribir. Igualmente, muchísimas gracias a Becky T. por dejarme traducir esta fantástica historia. Thank you so much!

SI TU SUPIERAS

- Ahora mismo no estoy preocupado por mí mismo - espetó Conan, antes de colgar el teléfono y guardándolo.

No soy yo el que me preocupa - esas palabras siguieron resonando en su cerebro - Ahora mismo no soy yo quien está en peligro, es Yuuichi... Si algo le pasa...

Ni siquiera podía imaginar como su corazón y alma se romperían si perdiera a su hijo.

Capítulo 9

Dos horas después de que empezara la investigación, Ai Haibara salió del laboratorio, cansada y agotada pero sonriendo victoriosa.

Sin embargo, la escena que vio en ese momento no era exactamente la que había imaginado al salir de esa habitación.

Quizás el estrés la había afectado demasiado. Quizás tenía la vista cansada. Quizás debería volver a entrar en el laboratorio, frotarse los ojos, y volver a salir.

Lo que vio no fueron ni hombres aburridos y cansados y a un niño despierto y ya alimentado.

Se escuchaban risas y una agradable conversación salía del centro de la habitación, donde una de las mesas estaba vacía de documentos y máquinas, con sobras de comida para llevar y rodeada de la mayoría de sus colegas. Sólo Eiji, quien era incapaz de dejar su ordenador, y Yakamoto, el de las comunicaciones, no formaban parte de ese grupo mayoritario.

Aturdida, avanzó hasta el grupo de gente, mirándoles fijamente. Al otro lado de la mesa había sido construida una silla más alta mediante un taburete y unos cuantos manuales encima, arriba del cual se encontraba un niño pequeño. En frente de él y del círculo de hombres había un espacio con comida para microondas junto con cartas para jugar y M&Ms (1).

Yuuichi Mouri tenía una mirada seria y graciosa a la vez mientras miraba por encima de sus cartas como un verdadero profesional. Aparentemente el juego estaba llegando a su fin, porque el niño pequeño gritó "¡La acepto!" por encima del tono de los hombres. Todo el mundo enseñó sus manos... Y se escucharon murmullos exagerados de los ganadores y perdedores, celebrándolo y quejándose.

- ¡Gané! - gritó Yuuichi, sonriendo mientras se acercaba más a sí mismo la pila de M&Ms.

Finalmente, Ai volvió a recuperar el habla.

- ¿Qué está haciendo aquí? - preguntó, su voz sonando raramente aguda, incluso para sus propios oídos.

Casi todos los hombres saltaron al oírla, mientras Yuuichi miró hacia arriba y le sonrió. Sus colegas parecían avergonzados, dejando de lado las cartas y mostrándose nerviosos como una pandilla de adolescentes a punto de ser cogidos con las manos en la masa.

Akai seguía en el mismo rincón en el cual ella lo había dejado dos horas atrás, como si no se hubiera movido en todo el rato. Y si ella no estaba equivocada, él intentaba esconder una pequeña sonrisa.

- Uh, hola, Haibara - se atrevió a decir uno de los más valientes, Hiroshi -. Pensábamos que no saldrías tan pronto. Nosotros... Bueno... Estábamos entreteniendo al niño...

- ¿Vosotros... le habéis enseñado a un niño de tres años... jugar al póquer? - balbuceó Ai, mientras le dirigía una mirada severa.

- Sólo con M&Ms - replicó Daisuke en su defensa desde el otro lado de la mesa -. Nunca jugaríamos de verdad con un niño...

Inconscientemente, las manos de Ai viajaron hasta sus caderas, mostrándose intimidante.

- Pero le habéis enseñado a jugar al póquer.

- Bueno, sí - sonrió Hiroshi, nervioso -. De hecho, nos sorprendió a todos cuando adivinó cómo jugar con sólo mirarnos. Así que... Le dejamos probar. Y al chaval se le da bien. Dejó a Mamoru sin nada en un segundo.

- ¡Es divertido, Haibara! - afirmó Yuuichi desde su sitio, sonriéndole y enseñándole las dos parejas ganadoras - ¡He conseguido montones de M&Ms¿Quieres?

- No, gracias, Yuuichi - Ai se frotó la nariz.

Por supuesto, ha heredado la "habilidad" de Ran Mouri para los juegos. Qué menos...

- Todos vosotros... Considerad por un momento que tengo que devolvérselo a su madre en buenas condiciones. Y ahora se ha convertido en un corrupto como vosotros, así que no habrá ninguna salida posible para mí cuando me encuentre con sus padres. Si se convierte en un gamberro, se lo diré a Mouri y dejaré que se ocupe de vosotros, y no os ayudaré.

Esas palabras hicieron que algunos adquirieran miradas incrédulas; hasta donde sabían, habían pocas cosas en este mundo que consiguieran asustar a Haibara, y la imagen de una madre furiosa que la pusiera nerviosa no era del todo bienvenida. Pareciéndose todavía al grupo de adolescentes culpables, el grupo de hombres murmuró unas leves disculpas y empezaron a recoger el desorden y las cartas y dejando a Yuuichi solo con sus chucherías.

Con un suspiro profundo, Ai movió la cabeza con exasperación. De verdad¿eran esos los hombres que debían ayudarla y protegerla?

- Yuuichi - lo llamó, girándose hacia él -. Coge tus golosinas y ven conmigo. Te necesito otra vez.

- ¿Qué vamos a hacer ahora, Haibara? - preguntó el niño, recogiendo aquello que todavía estaba esparcido por la mesa. Yuuichi tenía muchos M&Ms y le costó buscar una manera para llevarlos todos a la vez. Afortunadamente, junto con otros documentos y provisiones había unos vasos de papel en la mesa, vacíos, así que el inteligente preescolar cogió uno de ellos y en él guardó su premio.

- Tenemos que volver al laboratorio - le dijo Ai mientras éste se acercaba, con el vaso cogido con cuidado entre las dos manos. Su cara se volvió a una preocupada -. He acabado la investigación... Y ahora estamos en medio del experimento.

Yuuichi la miró mientras Ai cogió otro vaso y lo llevó consigo hasta la mesa de al lado de la de Yakamoto, donde lo lleno de algún líquido caliente procedente de una jarra.

- Sígueme - le mandó, dejándolo pasar al laboratorio de nuevo.

En niño se paró en momento en frente de la puerta para mirar a Akai, y contento se despidió de él. Akai asintió a modo de despedida también.

Dentro del silencioso laboratorio una vez cerrada la puerta, Yuuichi miró a los lados y vio que nada había cambiado. Cogiendo un par de M&Ms de su vaso, miró a Ai con curiosidad.

- ¿Hiciste la medicina para Papá? Has estado aquí metida mucho rato.

- Todavía no - replicó Ai, distraídamente, mientras dejaba el vaso en la mesa y cruzaba la habitación en busca de una cajita metálica -. Pero estoy muy, muy cerca.

A Ai le fue difícil mostrar una expresión neutra, sobretodo cuando Yuuichi la miraba con esos ojos grandes y azules, inocentes y despreocupados. Él había llegado a confiar y creer en ella como una amiga de su padre, aunque no tenía ni idea de cómo era ella en verdad, o lo que tenía en mente.

Ella no estaba segura del porvenir al realizar el paso siguiente en su experimento. Las horas de investigación le habían echo pensar que funcionaría, y tenía fe en su conocimiento en el bioquímica y su experiencia como científica. Su trabajo sobre las células de Yuuichi, tan exhausto como había sido, había demostrado que su nueva teoría era más o menos acertada.

Y si ése era el caso¿por qué tenía dudas?

Ai abrió la caja, mirando las dos últimas cápsulas. Las últimas, y si ésto fallaba, tendrían que empezar todo de nuevo. No, si ésto fallaba... No quería pensar en las consecuencias. Por eso sabía que ésto no fallaría.

Cogiendo una de ellas, dejó la caja a un lado y miró a Yuuichi unos instantes, de la cápsula al niño y a la cápsula otra vez. Considerándolo un momento, en un impulso abrió la píldora y echó su contenido en el vaso, con cuidado, donde los removió, haciéndolos desaparecer.

Metió la cápsula vacía en una pequeña jarra y la cerró herméticamente. Entonces cogió el vaso y se volvió hacia el curioso niño, aunque ahora desconcertado, quien todavía estaba en la puerta esperando educadamente.

Su garganta se secó de repente mientras avanzaba hacia él. Ésto funcionaría, sus investigaciones lo habían demostrado. Había hecho pruebas larguísimas, con combinaciones y cantidades diferentes. No había ninguna posibilidad de fallar, conocía su trabajo, y las células de Yuuichi eran una maravilla científica. Por supuesto que funcionaría.

Pero... Si no iba bien... Si estaba equivocada... Entonces Yuuichi moriría...

Otro pecado que tenía que poner en su lista. Y todas sus investigaciones, teorías, trabajo, experimentos y dedicación no habrían valido la pena si él moría.

Pero si no lo probaba, todos morirían de una forma o otra.

Los dos caminos significarían la muerte para este niño - pensó, mirándolo a los ojos -. Y ahora está ahí mirándome... Creyendo en mí...

Ai suspiró, ofreciéndola ese vaso letal.

- Yuuichi, bébete ésto.

Mouri... Kudo... Perdonadme...

Ella cogió sus chucherías mientras él agarraba el vaso con té, frunciendo el ceño mientras miraba el contenido. Obviamente prefería el té occidental, pero al final subió el recipiente hasta sus labios y bebió un sorbo, haciendo una mueca.

- Sabe mal - se quejó.

- Lo sé - replicó Ai neutralmente -. No tiene azúcar, y la medicina que le puse tiene mal sabor. Pero necesito que te lo bebas todo.

El vaso de la muerte es siempre amargo...

Yuuichi se desalentó, mostrándose reacio. Entonces pareció armarse de valor y volvió a subirlo.

- Es para la medicina de Papá¿verdad? Me lo beberé.

Y el niño pequeño cumplió su palabra, bebiéndose el vaso entero, ese tan mortífero, en pequeños sorbos y poniendo caras, pero lo hizo sin quejarse, sacando la lengua con desagrado.

- ¡Ugh!

Sus manos temblaban mientras cogían el vaso de nuevo, dejándolo en la mesa para quemarlo después. Yuuichi Mouri acababa de tragarse una dosis entera de APTX 4869 destinada a un adulto, suficiente para matar a un hombre ya mayor en pocos minutos. Si un niño tenía que morir por la toxina debería, gracias a Diós, durar menos.

Y aunque Yuuichi era más o menos inmune, igual que ella y Kudo, el niño no tenía diez años para retroceder.

Tan sólo había vivido tres.

- Ten - dijo sin pensar, con la garganta extrañamente encogida a la vez que cogía unas láminas de papel y algunos lápices -. ¿Por qué...¿Por qué no pintas durante un rato sin hacer mucho ruido? Puedes coger tus golosinas. Tengo que ver lo que provoca la medicina cuando la tomas... Quizás te pondrás un poco enfermo...

Yuuichi pareció preocuparse el oírlo, pero estaba más confundido que asustado. La medicina, en su opinión, era creada para ayudar a las personas, no para enfermarlas, aunque supieran mal. Pero se sentó en el suelo, cerca de un rincón, con el papel y los lápices, y empezó a dibujar una imagen de Haibara y Akai para enseñárselo después a Mamá.

Ai se sentó con respiración nerviosa en el taburete de en frente del ordenador, observando el niño. De momento, no había ninguna reacción adversa. De acuerdo con sus investigaciones, quizá le dolería un poco el estómago, o le daría fiebre o se marearía por culpa de la lucha de su cuerpo contra la fórmula del apotoxin, pero nada más; sus células habían demostrado que metabolizarían la fórmula con éxito. Y todavía no mostraba ninguna reacción, después de dos minutos y cuarenta y ocho segundos de haberla tomado.

Ella empezó a respirar más fácilmente al ver que no había caído muerto; con las manos todavía temblando de la adrenalina, se giró para hacer una entrada en el ordenador notificando su éxito.

¡Estaba en lo cierto! Yuuichi era la clave para resolver el problema, su cuerpo estaba adaptado a la química de la apotoxin y podía procesarla quitándole esos efectos letales o debilitadores que provocaba en otros humanos no adaptados. Y si no hubiera decidido estudiar las propiedades de procesamiento de sus células, nunca podría haber...

En medio de su euforia, Ai tardó varios segundos en darse cuenta de que Yuuichi ya no estaba tarareando suavemente, y que el sonido del lápiz tampoco se escuchaba. Sobresaltada, giró su taburete para mirarle, viendo que ahora estaba tumbado en el suelo.

Ya no dibujaba, y sus pequeñas manos rodeaban fuertemente su estómago.

- ¿Yuuichi...? - murmuró, empezando a preocuparse.

Él se giró para mirarla, con su cara pequeña pálida y profunda.

- Haibara... Me duele la tripa.

Un escalofrío bajó por su espalda. Antes de darse cuenta, ya estaba a su lado, quitándole el flequillo de la cara con las manos para llegar hasta su frente.

Su piel estaba muy caliente, y había empezado a sudar.

Está reaccionado - pensó, preguntándose por qué estaba asustada.

- Ya está, Yuuichi - respondió -. Es la medicina... Te dije que podía ponerte un poco enfermo...

- Pero hace mucho calor... Y duele mucho... - ahora estaba temblando, en pequeñas sacudidas.

Oh no...

Pensó que ella podría con ésto. Pensaba que sabía lo que estaba haciendo. Estaba segura de que podría encargarse de todo.

Ella pudo, hasta que lágrimas empezaron a caer de los ojos cerrados de Yuuichi y su pequeño cuerpo se encogía más sobre sí mismo, temblando como una hoja arrastrada por el viento.

- Me duele... Todo... - dijo en un murmullo, empezando a sollozar -. ¡Quiero a mi Mamá...!

- Yuuichi...

No, no... Ésto no es una leve reacción, ésto es real - quedó paralizada del miedo durante unos momentos, su mente girando con incredulidad y pánico -. ¡No¡Se supone que no puede ser tan doloroso! Hice las pruebas, investigué¡era sólo una pequeña reacción, no un explosivo aumento de la temperatura corporal! Se supone que puede neutralizarlo¡no puede hacer ésto...!

- Duele... - dijo ahogándose, llorando - ¡Duele mucho...!

Ai Haibara no sabía qué más hacer. Así que siguió el impulso que salió desde el lugar más recóndito de su cuerpo y puso al niño en su regazo, abrazándolo fuerte, sentándose en el suelo.

El pequeño cuerpo tembló mientras lloraba, aferrándose a ella mientras la chica acariciaba su pelo y le hablaba suavemente, escondiendo las lágrimas que amenazaban con salir de sus propios ojos al contemplar al niño.

- Yuuichi... Yuu... Aguanta... Se acabará pronto... Aguanta un poco más...

De una manera u otra, todo se acabaría.

Ella había pasado por éso. Había vivido un infierno increíblemente real, pensando que iba a morir. Sabiendo que iba a morir.

Y ahora un niño inocente lo estaba pasando, sin saber por qué, sin entender por qué dolía tanto, por qué le provocaba tanto calor, por qué no se detenía.

Ni siquiera sabía que podría estar muriéndose.

¡Ésto no puede estar pasando! - gritó su mente, desesperada, mientras seguía abrazándolo e intentando tranquilizarlo. No sabía qué hacer, sin salidas, Yuuichi podría morir, y Shinichi la odiaría siempre y esa vez sería culpa suya completamente, y si él quería matarla, ella se merecería más que eso. Las lágrimas que había aguantado por fin salieron al apoyar su mejilla en el cabello del niño.

Su ciencia y conocimientos y habilidades la habían fallado. Había estado tan segura... Y tan equivocada...

Diós, por favor, no te lo lleves... Sé que nunca podré compensar mis pecados... Pero daría mi vida por la de este niño, tan sólo... Por favor, por favor... No te lo lleves...

Ai Haibara nunca había sido el tipo de persona creyente. Sinceramente, nunca había sentido esa necesidad, aunque tampoco creía en esos poderes sobrehumanos. Prefería confeccionar su propio destino.

Pero con la vida de ese niño en peligro, y sin poder hacer nada, todo saliendo mal y ella siendo la culpable... Realmente, siempre había una primera vez para todo.

Ai no tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba sentada en el suelo, abrazándolo, hablándole sin coherencia, llorando en silencio en su pelo. El niño estaba tan caliente que parecía que abraza una brasa, y su sudor mojaba sus ropas como si fuera sangre. No podía pedir ayuda, no lo hizo; ni ella ni los demás podían hacer nada.

Nada excepto llorar, rogar, y esperar. Desesperadamente.

No podía ver el sol que había fuera, y tampoco su reloj. El tiempo no significaba nada ahí; ella lo contaba con cada suspiro que movía el cuerpo del niño. Inspiraba y expiraba... Inspiraba y expiraba... Y mientras uno se acababa ella rezaba para sentir el siguiente. Todavía temblaba, duros temblores y escalofríos lo recorrían, haciéndole saber que seguía vivo, aguantando, aunque gritaba, sufría y temblaba, casi empujándola a rogar por su muerte y acabar de una vez esa tortura.

Casi no había podido soportarlo ella misma. Ningún niño, tan dulce e inocente como él, debería pasar por lo mismo. Era como un acercamiento a las puertas del Infierno...

Ai sintió por un momento un puro y horrible miedo, a la vez que alivio, al ver que los temblores desaparecían, su cuerpo moviéndose para abandonar esa postura fetal, y en ese momento, supo del cierto que lo había perdido. Había perdido todo.

Pero en ese estado de pánico y desesperación, el silencio se rompió gracias al sonido propio de la respiración. Mientras miraba, con ojos grandes y asombrada, su cara llena de sudor, vio como sus ojos azules se abrían, para verla mejor.

Y todo el aliento que había guardado salió en masa, el alivio debilitándola, con otro tipo de lágrimas saliendo de sus ojos. El temblor jadeante había desaparecido, dejando paso al brillo producido por el sudor de su piel, la disminución de la temperatura y la vuelta a la normalidad.

No sabía cuánto tiempo había estado allí con él, pero ya podía ver el final de aquel trance. La fiebre que lo había debilitado desaparecía, y sus ojos abiertos estaban posados en los de la científica, observándola. La reacción se había pasado, gracias a la ciencia, la esperanza, la oración o la voluntad del niño, ya no importaba. Nunca acabaría de dar las gracias por ese milagro, y en ningún momento pensó que fuera por sus méritos.

Yuuichi iba a vivir.

- Oh... Oh, gracias... - murmuró a lo que fuera que lo salvó, abrazándolo fuerte otra vez -. Gracias...

- ¿Ai...? - empezó el niño, su voz tan áspera como una hoja seca.

La familiaridad con la que él la llamó la sorprendió. Nunca, nunca en su vida, en ninguna de las dos vidas, ningún niño la había llamado de esa manera. A parte de haberlo tratado bien, buscando su amistad y confianza, y después de lo que acababa de hacerle...

Descubrió un tercer tipo de lágrimas en ese momento. Tres nuevos tipos de lágrimas, en un solo día...

- Yuu... - jadeó, todavía meciéndolo sin ninguna razón aparente para parar -. Lo siento... Lo siento muchísimo... No pensé... No quería que...

- Es para Papá - dijo cobijándose en su camiseta, todavía débil -. La medicina de Papá...

- Tienes razón, es verdad... - suspiró -. Pero no debería haber... Lo siento tanto, Yuu... Estoy tan contenta de que estés bien...

- Papá está... igual de enfermo - dijo, moviendo la cabeza, subiéndola para mirarla -¿verdad? Necesita la medicina... - sus ojos llorosos empezaron a cerrarse, a la vez que su voz se atenuaba -. Ai... Tienes que... Hacer la medicina de Papá...

- ¿Yuuichi...? - se alarmó durante un momento antes de ver lo agotado que estaba. Y después de todo, seguía esperando a su padre, seguía creyendo que ella era capaz de crear esa cura tan necesaria.

Y viendo su fe¿qué podía hacer ella?

Se quedó en el mismo sitio, abrazándolo mientras dormía, en el suelo sin preocuparse por su comodidad. Con tan sólo teniéndolo en sus brazos era feliz, en silencio y observándolo, envuelta en la calma que reinaba en el laboratorio. Él descansaba en absoluta paz, confiando en ella, la imagen de su rostro dormido incrustándose en ella.

Quitó el flequillo mojado por el sudor de su frente con la mano que tenía libre, observando su cara redonda mientras él respiraba. Se parecía muchísimo a la cara de su padre, un diminuto espejo del chico de ocho años que había dejado atrás; un eco dulce e infantil del hombre joven que había visto en fotografías, y tan sólo una vez en persona.

Mirándole, abrazándolo de aquella manera... Hizo que antiguos pinchazos en el corazón volvieran a resurgir, cosas que creía haber enterrado años atrás, a la época en la que todo se torcía rápidamente. La vida era extraña en ese aspecto; fueron sus propias acciones las que indirectamente causaron el nacimiento de ese niño, haciendo que sus acciones frustraran siempre, por lo menos en ese tiempo, los deseos de su corazón.

Había querido conocer el amor, su amor, el de un hombre en particular atrapado en el cuerpo de un niño, pero que su mente y corazón brillaban por encima de su disfraz como una vela que resplandecía detrás de papeles de colores para aquellos que se fijaban. Todo lo que él le entragaba a Mouri, Ai deseaba poder recibirlo también.

E incluso ahora, tenía que admitir a sí misma que alguna vez deseó que ese niño tan brillante fuera suyo...

Una parte de sí misma todavía lo quería.

Shinichi siempre había sido capaz de ver su interior, de superar la superficie, de atravesar el muro que había construido contra el acercamiento de los otros. Esos ojos azules como joyas, llenos de conocimiento que superaban su edad; siempre había tenido miedo de que él viera los sentimientos que ella escondía. Así que se burlaba o cambiaba de tema cada vez que se acercaba a su interior, preguntándose al mismo tiempo, por qué se escondía si ella quería que lo supiera...

Pero entonces, como ahora, siempre era Ran Mouri. Él ya le había dado su corazón, antes de que Ai lo conociera. Había perdido antes de entrar en su vida, predispuesta a fallar antes de intentarlo. Así que nunca lo intentó, sólo esperaba y se escondía, dándole falsas esperanzas de una cura para mantenerlo cerca, soltándole verdades enmascaradas que lo asustaban hasta para confiar en ella, a veces demasiado... Y cuando fuera ella quien lo abandonara, él moriría por dentro y lo echaría todo a perder...

Pensó que podría mantenerlo cerca, si creaba la cura, si lo forzaba a necesitarla. Porque ella sabía que él no la necesitaba, había sobrevivido mucho tiempo antes de que ella apareciera, había aprendido mucho sobre sus enemigos, tenía esperanzas de encontrar la cura gracias a los contactos de sus padres. Él no la necesitaba, pero mientras él pensara que así era, ella podría estar con él... Y mientras no encontrara una cura para la apotoxin, podría mantenerlo. Ran Mouri siempre lo esperaría, y quizás algún día él... Él podría...

Él esperaría a Ran hasta que el cielo cayera, hasta que las estrellas se quemaran, incluso si ella no le esperaba a él, era tan fuerte, tenía tanta fe, estaba tan enamorado...

Y Ai lo sabía. Ella lo sabía.

Y fue su decisión la de correr como lo hizo, hace tiempo: correr, dejándolo aterrorizado, tan asustado como para cometer los errores que había hecho. Pero ése era su amor, el de Kudo y Mouri, que había traído al mundo ese precioso accidente, el precioso niño que ahora sostenía en sus brazos. Quizás ella había sido la catalizadora, pero sus corazones y almas ya estaban programados para juntarse gracias al destino. Lo que les había pasado había sido inevitable, había pasado antes de lo que esperaba, todo por su decisión de correr.

Yuuichi se había convertido en el Hilo Rojo viviente que los unía para el resto de la eternidad. Y si todo ese lío de eventos de hace cuatro años no hubiera pasado, nada de éso sería posible ahora, ni la cura, ni la esperanza, sin ninguna salida ni nada que ella o los demás pudieran hacer. Ese niño tan especial nunca habría nacido, y Shinichi nunca se salvaría.

¿Cómo era que todo había pasado tan perfectamente? No sabían que Kudo y Mouri trabajando juntos podrían producir una cura, y aunque lo hubiera sospechado, ella nunca habría convencido a Kudo para hacerlo. Una cura para tener ese precio, un niño, una vida, un sacrificio... Nunca él lo hubiera aceptado. Él habría pasado el resto de sus días como niño antes de poner a Ran en semejante situación.

Pero de alguna manera, incluso cuando pensaron que nada podía ser peor, la verdad la podían crear ellos dos, juntos.

Quizás la mano de Diós había intervenido en los sucesos, haciendo que todo tuviera un porqué. Y si ése era el caso, ella deseaba que Él modificara el destino con sus propias manos, para ver como todos llegaban al final.

Y no sólo por su bien. Sino por el de Kudo y Mouri... Y por el de ese niño tan pequeño y preciado...

La puerta del laboratorio se abrió, despertándola después de mucho tiempo de reflexión y casi durmiendo. Sabía quién había sido cuando sintió como el latido de su corazón se calmaba de nuevo; al notar al único hombre de su compañía que tenía el coraje de entrar en su laboratorio sin llamar a la puerta.

- ¿Qué pasa, Akai? - preguntó en voz baja para no molestar al niño dormido, luchando contra la vergüenza de haber sido encontrada así, y en ese estado. Pero él no hizo ningún comentario.

- Tenemos un problema - dijo Akai, con la voz lacónica y solemne - Iorio ha llamado, Ran Mouri se ha ido de la Agencia sola.

- ¿Qué? - Ai se sobresaltó, haciendo que el niño se moviera en su regazo.

- Dice que va a pie, y que está sola, aparentemente cansada de esperar y ha decidido ir a por el niño - la informó, con los ojos llenos de profundidad.

No, ahora no, no puedo perder a nadie, no ahora que estamos tan cerca...

- Id a buscarla y traedla.

- ¿Es en serio? - preguntó el hombre, con las cejas enarcadas.

- No tenemos otra opción - respondió, con el tono de voz duro y preocupado -. No podemos entregarles un rehén. Y no dejaré que Mouri sea una víctima de todo ésto, id a buscarla y traedla aquí, tan rápido como podáis. Lo tendría que haber descubierto al final. Aquí estará más segura.

- ¿Y qué pasa con Edogawa?

- ¿Sabéis dónde está? Tendrá que hacerse cargo de sí mismo - replicó, sus ojos divertidos por un instante -. Es más que capaz de quitarse de su camino. Y tiene al menos un ángel que lo vigila esta noche, uno muy especial, con alas negras...

- Lo entiendo -con éso, Akai se dispuso a irse para hacer lo que le habían ordenado.

- Espera - lo llamó, haciendo que volviera a entrar -. Cuando salgas, dile a alguno de los hombres que traiga una camilla. Yuuichi necesita dormir, y tengo que volver a trabajar. Tengo que conseguir la cura antes de que sea demasiado tarde.

- Está bien.

Lo que ya había empezado iba más deprisa a cada segundo que pasaba. Sólo deseó que no saliera mal, que no se convirtiera en algo fuera de control, no hasta que todo estuviera en su sitio, y ella había salvado al único hombre que tenía la oportunidad de pararlo.

...Continuará...

(1) - M&Ms: Supongo que todo el mundo lo sabrá, pero por si acaso, los M&M son como los Lacasitos españoles. Es un tipo de caramelo de chocolate bañado de colores diferentes.


Buuuuggg!!! Esto sera una pesadilla... XDDD Para mi, cada vez mas interminables... ARGHHH!!! Y cada vez nos acercamos mas a la parte que mas me gusta a parte de la escena del partooo.. Ya os avisare cuando quede menos ;) Espero que os haya gustado! xD Aunque tengo que reconocer que releyendo la parte en que Yuuichi casi muere, me han saltado las lagrimillas... xD Aish, no puedo con mi sentimentalismo y menos con este fic... xD

Y que pasara con Ran, ahora que esta sola campando por ahi? Y con Conan? Pobre... ains... XDDDD

Y ahora toca el rinconcito de publicidad... xD Amidala Granger y yo nos hemos unidos para asi traducir algunos fics en ingles que nos gusten y para crear nuestros propios fics conjuntos! Ya hay algunos proyectos, y esperamos empezar cuanto antes y seguir con vuestro apoyo:D

Pido reviews!!! No me dejeis sola en esto!

Gracias a Sah're, oO-Ran-Mouri-Oo, Amidala Granger, naruweasley, Sabaku no tenshi y SHiNiCHi-KuDoXRaN-MouRi! Gracias a todos los que cruzaron los dedos por mi en mis examenes, porque su efecto ha tenido! Jiji xDDDD Y a ver si teneis un poquito de consideracion la proxima vez... No creeis que 50 reviews son mejor que 49? Q rabiaaaa!! xDDD Gracias de nuevo!

Os dejo unos spoilers del capitulo 10!!:

- Conan... - dijo Eri, preocupada -. Ven... Quédate un momento... Necesitas descansar... Siéntate, come algo, por favor...

¡Vuelve a ser el Conan que conocemos...!

- No.

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No pudo soportar estar ahí sentada, tan sólo esperando en casa sin hacer nada, cuando se oscurecía y hacía frío Y Yuuichi estaba ahí fuera. Todavía hacía frío por la noche, y Yuuichi no se había llevado la chaqueta consigo; la tenía ella, para dársela en cuanto lo encontrara: no quería que se resfriara. Y allí estaba ella, corriendo a lo largo de otra calle, linterna en mano, gritando el nombre de su hijo y llorando a la vez.

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El cambio fue instantáneo.

- ¿Yuuichi? - susurró Ran, con los ojos llenos de lágrimas de repente - ¿Dónde está¿Qué le habéis hecho¡Entregádmelo ahora mismo o yo...!

- Mouri, por favor - dijo el hombre, interrumpiendo su retahíla de palabras con un tono impaciente y la mano alzada -. Lo hicimos por su bien. Pusimos al niño bajo nuestra custodia para que no le pasara ésto. Si vienes conmigo, te llevaré adonde está tu hijo.

Bueno, me despido.

Hasta el próximo cap.

Nos leemos

MEICOSR