Luego de un intentó fallido por proteger su ciudad, un grupo de gente era obligada a abandonar sus hogares y marchar al campo de esclavos su nuevo amo. Sus rostros tristes y sus pasos desganados eran vigilados muy de cerca por los soldados Genma del ejército oscuro, gente que perdió su alma bajo la magia oscuro del emperador y dejó su cuerpo como una cáscara vacía que seguía sus órdenes al pie de la letra sin discutir. Los Genma no eran tan listos como leales, el ejército necesitaba que personas conscientes se mantengan al mando y por fortuna, o desgracia, existían personas crudas que servían al conquistador sin la necesidad de vender su alma.

-Vamos, vamos, que no tengo todo el día- gritaba un hombre de cabello verde cargando unos extraños machetes en su cadera que simulaban las hojas afiladas de un Scyter. Era un mercenario, alguien que optó por conseguir un poco de poder en lugar que el emperador borrara su alma como los demás. Por desgracia, el bastardo disfrutaba demasiado su trabajo. Adoraba recibir dinero y joyas mientras el resto del mundo perdía todo por lo que lucho tanto toda su vida.

-Ah, no- una mujer resbaló dejando caer unas monedas de bronce al suelo, sus manos no alcanzaron a recogerlas a todas cuando el pie del mercenario aplastó su mano con fuerza. Cerrando los ojos por el dolor, la mujer intentó no gritar y mirar al hombre a la cara con gran temor.

-Oye, oye, conoces las reglas- empujando a la mujer hacía atrás, el hombre tomó las monedas restantes del suelo sonriendo por el brillo de las piezas- Quien lo encuentra se lo queda-

-Por favor señor, es todo lo que tengo- olvidando el dolor de su mano, la mujer agachó su cabeza hasta tocar el suelo- Es todo lo que resta de mi esposo, por favor, tengo hijos que mantener- la gente solo podía ver esa escena con temor a interferir, los Genma no tardarían en atacarlos si alguien se involucraba y fue algo que el mercenario disfrutaba mucho.

-¿En serio? Pobre de ti- sin ningún escrúpulo, el hombre colocó su pie sobre la cabeza de la mujer y empezó a presionarla para que el besara el suelo- Tal vez tu esposo debió pensar un poco más antes de dejarte en la miseria jajaja- el hombre disfrutaba cada segundo, disfrutaba los gestos de horror de la gente y las lagrimas de la mujer, después de todo, era la época de horror….o eso penbasa….

Una piedra golpeó su cabeza terminando con las carcajadas y sorprendiendo a todos pero , a fin de cuentas, solo terminó creando una nueva sonrisa en la cara del mercenario; otro héroe para matar- ¿Y bien? ¿Quién fue?- mencionó con simpatía dándose vuelta y encontrando a su objetivo. Toda la gente mirada a un joven samurái levantando su mano, un hombre de cabellos negros como su armadura, una pesada gabardina de cuero negro sobre sus hombros y una bandana roja flameando desde su frente- Wouw, por lo menos es un idiota educado- dijo mientras buscaba las cuchillas en su cadera y caminaba lentamente hacía el hombre que le lanzó la piedra.

El mercenario sacó sus armas sin esperar ni un segundo más y las acercó hacia el cuello del hombre buscando sacarle una bella cara de pánico pero el samurái parecía estar hecho de roca frente a su amenaza; ni siquiera abría sus ojos para verlo. No podía permitirlo, no podía quedar mal delante de todas esas personas. Con un gritó salvaje, el hombre levantó sus armas para tomar impuso y atacó al cuello del joven hasta que, repentinamente, su oponente detuvó sus armas secamente, usando solo sus manos ¿Cómo demonios lo hacia? El pelinegro sostenía las hojas afiladas del mercenario simplemente con sus dedos mientras el hombre luchaba con todas sus fuerzas para enterarla en su cuello.

-Pensaba que los hombres de Oda tenían mas fuerza- con una voz pesada y sería, el samurái abrió sus ojos para ver a su enemigo por primera vez; ojos rojos tan temibles y feroces como mismo el infierno- Veo que me equivoque- unas marcas rojas brotaron de sus manos, los machetes empezaron a calentarse hasta ponerse al rojo vivo y quemar las manos del mal viviente en un simple instante. Gritando y sacudiendo sus manos, dejó caer las armas mientras se derretían en el suelo. El hombre miró detenidamente a su enemigo, esas marcas en sus manos eran el aura circulando por su cuerpo y concentrándose en sus manos; un truco que solo una clase de persona sabia hacer.

-¿Un aura guardián?- dijo casi gritando del miedo- Im...imposible, ustedes no pelean-

-Piensa de nuevo- solo le bastó con ponerle la mano en el pecho y darle un pequeño empujón para que el mercenario saliera disparado por el aire hasta caer pesadamente cerca de la mujer que estaba amenazando antes, esta vez fue su cara la que besó el suelo. La caravana de gente se quedó congelada mirando al mercenario arrastrándose para ocultarse detrás de sus soldados Genma, nunca imaginaron que un aura guardián apareciera en su rescate. El hombre de cabello verde empezó a gritarle a sus soldados zombis para que acaben con el invasor, los Genma tomaron sus rifles y apuntaron unidos al monje de negro.

-¡Fuego!- descargando su frustración, el hombre dio la orden para sus soldados liberen miles de explosiones contra el monje.

A una velocidad imperceptible para los ojos humanos, las balas de plomo estaba volando a metros de alcanzar a la misteriosa figura cuando estaba movió su mano buscando algo bajo su gabardina. Cuando las balas estaban lo suficientemente cerca, el monje sacó una especie de bastón negro que, con ágiles giros, detuvo todas las balas antes que lo tocaran y dejando atónitos a todos los presentes. No era un bastón, cuando terminó de moverse, las personas notaron que una temible katana de vaina oscura era lo que sostenía en samurái en sus manos; algo que le congelo la sangre al mercenario. Los Aura guardianes no luchaban, usaban sus poderes para armonizar con la naturaleza pero, él que tenía al frente, parecía que las reglas se habían roto al fin.

-No se queden mirando- gritó apuntando al de negro- ¡Mantelo de una vez!- sin alma ni miedo, los zombies desenfundaron sus katanas y corrieron en dirección al monje. Sus cuerpos llenos de oscuridad los volvía sumamente fuertes contra un humano normal pero el monje no parecía temerle a sacos sin vida como ellos.

-¡Daimonji!-La mano libre del hombre se cubrió de símbolos rojos mientras apuntaba a sus enemigos. Una poderosa llamarada salió de su cuerpo, tan grande y poderosa que ni un dragón podría resistirla. Los Genma alcanzados por el fuego se volvieron cenizas al instante pero los demás un avanzaron contra el misterioso samurái. Las espadas de los Genma chocaron contra la vaina de su katana, su fuerza partiría una roca sin problemas pero el brazo del hombre parecía ser capaz de aguantar la fuerza de 3 de esos monstruos sin problema-¡Hinoko!- su mano volvió a brillar, cientos de esferas de fuego salieron como balas contra los zombies, atravesando sus cuerpos como basura.

-¿Qué demonios...?- sus fuerzas no tenían oportunidad contra ese hombre, sus soldados seguían cayendo en llamas antes de tocar al enemigo-Toda la fuerza, todos, ¡Todos ataquen!- desesperado, el hombre envió a toda la fuerza de custodia contra el samurái. Armados con escudos y lanzan, el mayor numero de zombies corrían contra él ¿Usaría más trucos fuego? El monje observó como esa marea de hombres muertos venía contra él y solos le basto cambiar su posición y tomar el mango de espada para estar listo. Espero un segundo hasta que sus ojos emitieron un brillo asesino, su espada fue desenvainaba a una velocidad tal que el tiempo parecía detenerse al instante pero nadie fue capaz de predecir el resto.

Un tifón de llamas salió de la hoja de su arma, los Genma fueron tragados por las llamas mientras ascendían hasta el cielo rugiendo como un león. La gente apartaba la vista de las llamas y se cubrían del calor, los zombies empezaban a llover en forma de cenizas llameantes sobre el paralizado mercenario. Con sus esperanzas de ganar destruidas, el mercenario intentó arrastrarse lo más rápido posible para escapar pero alguien estaba esperando detrás de él. El monje negro lo tenía bajo sus pies, las llamas del cielo no eran rivales para sus ojos rojos y el corazón del hombre se llenó de miedo.

-Por favor, por favor, no me mates- suplicó patéticamente mientras se arrodillaba frente a él- Yo...yo solo seguía ordenes-

-No voy a matarte, eso me haría ser basura como tú- como castigo por sus fechorías, el monje golpeó al hombre en la frente con la vaina de su arma. El hombre no pudo evitar gritar, estaba caliente como un metal al rojo vivo y dejó el símbolo de fuego marcado en su frente- Vete, dile a tu amo lo que pasó...mis hermanos y yo estamos esperando su desafió-

El hombre escapó lo más rápido que sus pies le permitían dejando a las personas y a su salvador solos, todo el ejército y el miedo de la gente desapareció; el fuego parecía traer un poco de luz en estos tiempos de oscuridad. El samurai solo volvió a colocar su arma dentro de su vaina mientras continuaba caminando lejos de la gente. Su nombre era un misterio, sus poderes increíbles, un monje que rompió las reglas del Aura para unirse a la guerra, un bestia sedienta de venganza dejaba sus garras marcadas en el campo de de batalla; al igual que sus hermanos.

Bandanas rojas, azules y amarillas empezaban a bailar en el viento, 3 guerreros enfrentaban al oscuro emperador liberando ciudades y salvando vidas. Con la fuerza de las olas, la velocidad del rayo y la ira del volcán, los Genma caían sin oportunidad contra ellos y, tomando sus armas, la gente salió de sus refugios para apoyarlos. Los Samuráis de Johto, los guerreros de Hoenn, los caballeros de Unova y todas las fuerzas Kanto, Sinnoh y Kalos se huían para enfrentar a la invasión de Ransei abanderados con cintas azules, rojas o amarillas…los colores de la luz que destruiría a la oscuridad.

[…]

-Maestro Oda, Maestro Oda- gritaba un joven corriendo por unas largas escaleras de roca. El joven, conocido como Ranmaru Mori, recibió noticias terribles desde las bases militares de Ransei en las otras regiones. Corrió lo más rápido que pudo hasta encontrar un gigantesco trono de oro con un fondo oscuro dentro de una enorme sala. El joven se inclinó sin atreverse a ver a la siniestra figura sentada en el trono- Señor, tenemos noticias de que unos aura guardianes se levantaron en armas y están acabando con las colonias de Ransei en todas las regiones- esperando un grito o una queja, el joven cerró los ojos con fuerza ante su maestro pero nada ocurrió como lo esperaba.

-...¿Eso ocurrió?- portando una armadura negra brillante bajo una gabardina púrpura, Nobunaga Oda sostenía un extraño cristal en su mano derecha mientras dejaba recaer su mentón sobre la otra- Los Dioses finalmente empiezan a enviar a sus campeones para detenerme...esperaron mucho por esto- el cristal en la mano del hombre empezó a emitir un extraño brillo púrpura, un color similar a la piel de los Genma- Con la griseosfera, soy capaz de alterar el aura a mi antojo y lo mejor de mi ejercito aun no a tocado las demás regiones, aun no vieron ni la mitad de mi verdadera fuerza- el fondo oscuro detrás de Oda empezó a brillar, unos extraños símbolos amarillos sobresalían del fondo negro- Pronto, tendré la gema del tiempo y la gema del espacio como ya tengo las gemas de la tierra y el mar...todo el planeta será mi arma en breve - El hombre de levantó de su trono mientras la sombra a sus espaldas empezaba a tomar la forma de una enorme serpiente- Si los dioses deciden enfrentarme, adelante. Caerán de rodillas ante mi...tal y como lo hizo el guardián del cielo- finalizando con una sonrisa, Oda solo le resto esperar que Rayquaza gruja con fuerza tal que toda su oscura región pudiera escucharlo…