Capítulo 9

Amor por defender

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi y TOEI Animation Co., 1976. Usados en este Fic sin fines de lucro.

Este capítulo contiene escenas de carácter fuerte; si ellas te ofenden, lastiman, o dañan tu pudor, por favor, te invito a que te abstengas de leerlo. Gracias.

Alistear sentía una inmensa paz al tenerla en sus brazos, era como si el mundo hubiese desaparecido a su alrededor. Este era el momento más verídico de su existencia, el momento del reencuentro con ella, con quien consideraba su perfecto complemento. Liberó su rostro para atraerla hacia su pecho con mayor firmeza, ella sintió cómo su corazón se aceleraba, pero al estar al contacto con el de Stear, empezaron a latir al mismo ritmo. No podía apartar la vista de los ojos negros que la contemplaban, era como si una fuerza la atrajera hacia ellos con tal potencia que ella se sentía vulnerable pero feliz.

-¿Estás bien? – una mezcla de algarabía y desconcierto nació en el interior de Stear. Sus manos aún temblaban emocionadas.

-¿Realmente estás aquí? – Candy era presa de una deliciosa incertidumbre... pasó sus manos con lentitud por el rostro de Alistear como queriendo que las yemas de sus dedos reconocieran cada una de las facciones del muchacho.

Stear sintió la tibia caricia emocionado. Fue algo suave, sin embargo, estremeció los cimientos de la cordura del chico. Por unos instantes cerró los ojos para entregarse al total disfrute del contacto con la joven en sus brazos.

El delicado solloza de Candy lo hizo volver a la realidad. Abrió los ojos para posar su mirada nuevamente en las esmeraldas húmedas de la chica y examinar sus reacciones. ¡Ella estaba disfrutando ese reencuentro! De eso no cabía duda. Había una sonrisa enamorada detrás de esas lágrimas nacidas de una especie de temor... temor a que Alistear fuera solamente una más de sus visiones.

-Te extrañé mi amor – las palabras de Alistear nacieron en lo más profundo de su alma. Su aterciopelada voz la estremeció.

-Stear yo… - ella fue incapaz de resistirse, de hecho, deseaba no separarse nunca de él.

-Shhh… ¿No entiendes cuán desesperado he estado todo este tiempo? En lo único que pensaba era en estar contigo, en volver a verte, para descubrir de una vez por todas qué es lo que sientes por mí -. Alistear enredó sus largos dedos en los rizos de la joven -. Quisiera poder abrir tu corazón – sonrió débilmente – obviamente es solo un sueño, pero la verdad es que deseo meterme ahí – Stear posó suavemente su mano sobre el corazón de Candy – quiero saber, quiero descubrir lo que hay dentro de ti… quiero estar seguro que aún me amas. Porque yo sé que antes me amaste, aunque después hayas huido, estoy seguro de haber sentido tu amor.

- Siento como si antes de volver a Londres contigo no hubiese nada. Como si mi vida hubiese empezado el día que descubrí que te amaba -. Las palabras de Candy fueron un dulce torrente que conmovió totalmente a Alistear. Ella le había hablado al oído, despojándose de todos los temores.

Ambos sintieron cómo un cálido sentimiento se apoderó de sus cuerpos. Un delicado sonrojo se apoderó de sus mejillas. Habían derribado el obstáculo más grande y se sentían más unidos que nunca antes.

-Candy – Alistear no la liberaba ni siquiera un centímetro, deseaba mantenerla en sus brazos para siempre, ella era su complemento perfecto. Acercó su boca al lóbulo del oído femenino para confesarle –: Tú eres todo lo que he anhelado. Has estado en mis sueños, te has metido hasta la médula de mis huesos… has sido la fuerza que me ha mantenido con vida en esta maldita guerra.

-Stear – logró decir a pocos centímetros de la boca que la buscaba; su respiración se agitaba al estar tan cerca de Alistear – necesitamos hablar – advirtió, pero Alistear tenía unos planes muy diferentes a solo hablar. Sin pensarlo nuevamente, Stear finalmente buscó apoderarse de los labios de Candy.

Ella se estremeció por un instante. Cerró los ojos par dejarse llevar, sin embargo... justo cuando llegó el tan esperado contacto...

-¡NO! – de un solo movimiento se apartó del Alistear – ¡No puedo Stear! – Candy aprovechó el desconcierto del muchacho para liberarse y darle la espalda alejándose unos pocos pasos.

La noche ahora los envolvía. Había dos enormes edificios a cada lado del callejón y las luces de los apartamentos empezaban a encenderse, pero nadie había en la calle, la pareja estaba en soledad.

-¿Qué dices? –Alistear cerró sus puños desconcertado-. ¿Acaso no acabas de decirme que me amas? –La miró con tristeza pero no se desplomó, este no era el mejor momento para darse por vencido. No se movió. Esperó a que ella le dijera algo que explicara la situación.

-Lo que escuchaste Stear, yo... yo... – la voz de la enfermera se quebró, ella deseaba arrojarse a los brazos de Stear y besarlo como si esa fuera la última ocasión en que estaría con él.

Stear la contempló con curiosidad. Más que nunca deseaba comprender lo que había en su corazón. Por fin ella se atrevió a volverse nuevamente hacia él. Los ojos de Candy brillaron al contemplar con detenimiento la galante figura frente a ella.

¡Dos años! ¡Dos años habían estado separados y el tiempo no había hecho mella en el amor que había nacido entre ellos. Ella lo contemplaba extasiada por su perfecta figura. Alto y corpulento. Sus piernas firmes, sus hombros anchos, sus brazos fuertes, pero lo que más le hipnotizaba era su mirada. ¿Qué era lo que tenía esa mirada? Ahora lo sabía: La seguridad de ser autosuficiente, la confianza en sí mismo. En esa mirada Alistear encerraba al mismo tiempo la paz de una mañana de verano y el arrebato de una tormenta de otoño. Él era dueño de sí mismo y controlaba su interior para adaptarlo a su entorno.

-Será mejor que me vaya - ella trató se recuperarse –deben estar esperándome en el hospital.

-¿Eso es todo? – le reprochó -. ¿Eso es todo lo que significo? ¡Por favor Candice! ¡He estado esperando este momento desde esa ocasión en que abandonaste la villa! Te busqué como un estúpido y no te dignaste a hablar conmigo –Alistear usó la postura más firme que encontró.

-Lo siento Stear, yo no debí... – ella no se atrevía a responder algo que no era verdad. Ella no podía mentirle.

-¿No debiste? ¿Qué fue lo que no debiste?

-Stear por favor, este no es el lugar ni el momento.

-¿No es el lugar? ¿No es el momento? ¿Y cuándo será ese lugar y ese momento? – Ciertamente a Stear no le gustaba hablarle así a Candy, pero entendía que esta era la única manera de acorralarla para que hablara. El deseaba besarla, abrazarla, pero en cierta forma, estaba preparado para este momento.

-Me alegro de que hayas vuelto.

Stear se acercó nuevamente a Candy. Si seguía en ese plan seguramente no lograría derrumbar esa muralla que ella nuevamente había levantado y los separaba. Necesitó solo uno de sus largos pasos para prácticamente cerrar la distancia con ella.

Y ahí estaba nuevamente ese ligero temblor en el cuerpo de la enfermera y el sonrojo en sus mejillas. Ahí adentro de esa enfermera asustada, Stear encontró a la mujer que amaba. Era imposible que ella escondiera lo que le producía la cercanía del cuerpo de Stear.

-Solo dime una casa Candy – el primogénito la miró fijamente, como queriendo introducirse en el alma de la rubia. Se acercó peligrosamente a ella con la vista fija en los labios femeninos ¡Cielos! Tenía una sed casi enfermiza por un beso, tan solo un beso... humedeció sus labios y vio con satisfacción cómo ella humedecía los suyos, pero esta vez la haría esperar un poco. Stear se desvió de los labios de Candy y le habló al oído. Pudo ver la decepción dibujándose en el pecoso rostro y sonrió satisfecho – no volveré a preguntártelo: ¿Por qué me besaste? –el aliento del muchacho en el oído la estremeció totalmente. Finalmente Stear había hecho la pregunta que le comía el alma -. Al siguiente día saliste huyendo y no quisiste hablar conmigo, te escondiste – le recordó – y ahora no puedes escapar – Alistear la aprisionó hacia su cuerpo son sus enormes manos sobre la delicada espalda -. Correspondiste a mis besos, me llevaste al cielo y después permitiste que me estrellara contra la realidad – sus profundos ojos negros exigían una explicación.

Ella se había quedado esperando un beso que deseaba, que ahora descubría que incluso, necesitaba.

-Vamos Candy, dime... ¿Por qué me besaste?

Las enormes esmeraldas de la rubia se cerraron con nerviosismo. Empezó a jugar con los dedos de sus manos, pero nada respondía.

-¿No te das cuenta que tus besos me han quemado no solo los labios? Desde esa noche tengo mi alma agonizando porque tú has sido cruel conmigo – Alistear tomó delicadamente el mentón de Candy con su dedo índice para levantarlo a fin de forzarla a mirarlo-. Miénteme Candice. Dime que no sentiste nada. Dime que ha sido mi imaginación la que percibió que me entregabas tu amor y tu esperanza por ser feliz – el muchacho no permitió que Candy desviara su mirada, la sostuvo con fuerza, sus brazos la soportaron por su espalda -. ¡Vamos Candy por favor! ¡Atrévete a decir que imaginé que me querías! – el reto había sido lanzado por el muchacho, no había manera de echarse para atrás. Estaba temblando, tenía miedo de escuchar esas palabras, pero no se lo demostraría.

Un par de lágrimas abandonaron los verdes irises. Stear se sintió triste por haber ocasionado sus saladas perlas. Lo único que deseaba era verla sonreír y hoy había detonado sus preciosas lágrimas. Stear no deseaba verla así, por un segundo sus manos la liberaron, pero ella no deseaba escapar esta vez. Contempló a Stear sin ocultar el vacío que sintió cuando los brazos de Alistear dejaron de sostenerla. Con lentitud empezó a girarse. Ella no deseaba continuar haciendo sufrir a Stear. Él sintió que este era el momento para aclarar todo, era mejor arriesgarse, confiaba en que no la perdería; había visto el amor a través de sus ojos. Tan pronto se giró, la mano de Stear la detuvo y sin advertencia alguna se apoderó de sus labios.

Los labios del sargento se posaron suave y delicadamente sobre los de Candy. Con sumo cuidado, como si se tratase de una mariposa, los labios de Alistear empezaron a masajear los de la mujer que ya estaba temblando en sus brazos. Todo el deseo de ese par de años separados de pronto encontró una salida y, como un volcán en erupción, empezó su actividad. Con suma delicadeza, saboreó con su lengua los labios aún cerrados de Candy, ella se aferró a los brazos fuertes que la rodeaban entregándose al seductor escrutinio.

-Tus labios son deliciosos, me enloquecen –confesó Stear mientras sujetaba la nuca de Candy para atraerla más hacia él – quisiera poder comerte con cada beso.

Ella no respondía a las palabras, pero se derretía al escucharlas. Él la estimulaba para que reaccionara a lo que deseaba despertar en ella: Su sensualidad. Y lo logró, tímidamente Candice abrió sus labios para invitarlo a hurgar dentro de ella, invitación que el sargento aceptó. Introdujo con audacia su lengua para juguetear con la de ella, que torpemente, intentaba corresponder en el encuentro. Con emoción percibió cómo Stear de pronto mordisqueaba sus labios de una forma suave y delicada, como si se tratara de una flor. Ella buscó sujetarse con más fuerza de él, así que dirigió sus manos al cuello del muchacho para después acariciar su cabello.

Ambos sintieron el incremento del deseo. Ella quería acabar con todo espacio, percibió que su corazón se aceleraba a medida que continuaba con el encuentro. Candy trató de fundirse en él.

-Creo que debemos hablar… - insistió entre cada beso. Las pequeñas pausas que hacían para respirar le parecían una eternidad.

-Eso hacemos – le respondió con su respiración agitada; abandonó los labios de Candy sin dejar de atraerla hacia él al rodearla con uno de sus brazos por la cintura mientras que con el otro viajaba por su espalda atrevidamente - ¿No te das cuenta del sin fin de cosas que me dices con tus besos? – preguntó débilmente.

-Creo que debemos detenernos Alistear – ella trató de recuperar la cordura – recuerda que estamos en la calle. Fue hasta entonces que el muchacho reflexionó.

-Lo siento Candy – Alistear hundió su rostro en el hombro de ella, embriagándose con ese nuevo olor que desprendía, un olor que se antojaba a deseo y pasión – cuando se trata de ti y de lo que siento cuando estoy contigo me es muy difícil saber en dónde estoy. Con suma ternura Alistear llevó sus manos por el rostro de la joven que no deseaba haber dicho palabra alguna para detenerlo. En el fondo deseaba continuar con ese encuentro.

-Estoy feliz de que hayas vuelto. Yo también te extrañé… es solo que – Alistear colocó su dedo índice sobre los labios de ella.

-Aún no Candy, este momento es solo nuestro – le rogó – te aseguro que hablaremos, pero por favor, ahora no – Alistear la miró con tanta emoción que ella no puedo negarse – te prometí que te llevaría a casa y eso haré. ¿Necesitas regresar al hospital?

-Bueno sí. Es cierto que hoy es mi día de descanso, pero no lo tomé, así que cuentan conmigo – ella pudo ver el desencanto en el rostro de Alistear – pero estoy segura de que no habrá inconveniente en que vaya a casa a descansar.

-Entonces vayamos ahora mismo al hospital – Stear levantó el mentón de la enfermera para depositar un fugaz beso en sus labios – me muero por llegar a casa contigo.

Alistear suspiró ilusionado. Era una noche bastante fría, él recogió su enorme mochila del suelo, y se dispuso a caminar con ella. Abrazó a Candy disfrutando de los aromas de la noche. Miró hacia el cielo, pero estaba lleno de nubes, no podía verse ni una sola estrella, sin embargo, sentía su pecho rebosante por tener a ella a su lado. Candy, por su parte no podía creer que estuviese caminando con Alistear. Él la protegía del frío. Esta vez el abrigo que ella portaba era suficiente para protegerla, pero el abrazo de Stear era algo que la reconfortaba enormemente. Él la condujo posando su brazo en sus hombros y ella por fin rompió el temor de rodear su cintura, caminaron sin hablar, tan solo se concentraron en disfrutar de su mutua compañía. Candy posó su mano libre en el pecho de Stear, pudo percibir cómo el corazón del joven latía con más rapidez; eso le agradaba... saber hasta qué punto causaba el mismo nerviosismo que él en ella.

Stear se inclinó lentamente para depositar un casto beso en la rubia cabellera mientras continuaban caminando. La atrajo hacia él posesivamente y la liberó hasta que llegaron al umbral de la entrada principal en el hospital.

-Espera un momento, ahora regreso – le pidió Candy.

-¿No quieres que te acompañe? – él hubiese deseado no separarse de ella.

-¿Después de ver los descarados coqueteos de mis compañeras cuando venías a buscarme, crees que deseo volver a exponerte a ellas?

Alistear lo encontró divertido. ¿Acaso estaba celosa?

-¿Quieres protegerme a mí o a ti? – le preguntó con picardía, mientras sucumbía al deseo de un último beso.

-¡Eres un vanidoso! Por supuesto que lo hago para no exponerte, pero si quieres venir conmigo – Candice señaló la puerta – adelante, acompáñame – le retó.

-¡Por supuesto! Me dará mucho gusto saludar a tus amigas –Stear sonrió triunfante, tomó de la mano a su "esposa" nuevamente y la condujo al interior del hospital.

-Espera aquí, ahora vuelvo – lo miró con firmeza –; cuidado con mis amigas –le advirtió.

-¡Anda! ¡Apresúrate! – Alistear no pudo desviar su vista del natural movimiento de la cadera de la enfermera al caminar mientras se habría paso entre el ajetreo del nosocomio.

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Al salir del hospital, con Candy de la mano, Alistear no percibió el helado viento que se presentaba como preámbulo de una posible tormenta. Miró el cielo y vio algunos relámpagos aún lejanos de la ciudad, aunque con la velocidad del viento, probablemente la tormenta no tardaría en llegar, de hecho, por la dirección que debían seguir, la pareja se encontraría con las nubes torrenciales.

-Será mejor que nos apresuremos Candy – le entusiasmaba saber que pronto estarían resguardados – tal vez podamos llegar secos a la villa.

-¿Te asusta mojarte un poco? – Candy se acercó coqueta para protegerse del viento en el cuerpo del guapo muchacho.

- En lo más mínimo – Stear movió negativamente su cabeza y le sonrió. Hubiese deseado tener una mano libre para acariciar sus mejillas que adivinaba frías. Pero llevaba una pequeña maleta de Candy en una mano y su mochila en la espalda.

Ningún cochero se detuvo. Fue difícil encontrar un taxi que pudiera dirigirse a la tormenta. Casi todos deseaban resguardarse. Por suerte, un amable señor que conducía un Prunel se detuvo. La pareja abordó el viejo taxi en un segundo. Stear mantuvo abrazada a Candice durante el viaje, el tibio contacto de su cuerpo lo reconfortaba. Había tenido angustiosas noches de pesadillas donde ella desaparecía víctima de los bombardeos enemigos sobre Londres; pero estaba ahí: Sana y salva. Seguramente algún ángel de la guarda debió haberla protegido. Alistear sonrió por su pensamiento. Jugó con sus dedos entrelazados con visible nerviosismo y disfrutó de la timidez de la joven por sus demostraciones de afecto. Aún así, Stear la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia su pecho, depositando pequeños y fugaces besos en la coronilla de su cabeza. La ventanilla no servía, era imposible subirla, así que Stear y Candy soportaron el viento escondiendo sus rostros: Ella en el pecho de él y él, hundiendo su cabeza en el cabello de ella. No había espejos retrovisores todavía, así que el conductor no podía ver lo que acontecía en el asiento trasero, aunque claro, a simple vista adivinó que la pareja estaba enamorada y que el joven era un caballero.

Pronto el viento se acompañó de las primeras gotas de lluvia. Stear se preocupó porque ninguno de los dos usaba ropa impermeable y, seguramente, como cada año, el matrimonio que cuidaba su villa habían partido ya para esperar la temporada navideña con su familia. Esto no le había preocupado al principio. Archie y él conocían la propiedad como la palma de su mano. Esperaba que la puerta secreta que su padre había abierto para sus juegos infantiles aún funcionara, aunque tendría que saltar la barda... ¿pero por qué preocuparse? Estaba seguro que Candy no había perdido sus viejas costumbres, aunque a los 20 años, y convertida en una bella mujer, probablemente era mejor que solo él entrara furtivamente a la propiedad y abriera la puerta una vez que encontrara las llaves... si las encontraba, claro.

El auto se detuvo frente a la propiedad de los Cornwell. Alistear había tenido razón en sus conclusiones: La propiedad estaba completamente sola.

- Tendrá dificultades para caminar joven – advirtió divertido el conductor – está muy oscuro y el agua empieza a correr por las calles – el conductor le guiñó un ojo pícaramente a Alistear, creo que deberá ayudar a su esposa.

-Eso creo – respondió Stear devolviéndole la sonrisa.

Tomó la pequeña maleta y la introdujo a través de la reja dentro de la propiedad, después regresó para pagar el servicio y ayudar a Candy a bajar del vehículo. En el poco tiempo que estuvo fuera, el agua de la lluvia lo mojó completamente, no había razón para apresurarse, no importaba cuán rápido actuara, de cualquier forma terminarían empapadas. Candy comprendió la situación y se dispuso a disfrutarla, a dejarse llevar simplemente.

-Al parecer la lluvia nos da la bienvenida – Candy, aún en el interior del taxi extendió sus brazos a Alistear – no la hagamos esperar – respondió entusiasmada. Adoraba mojarse en la lluvia.

Stear le sonrió ampliamente, extendió sus brazos y de un solo movimiento la elevó en ellos. La lluvia caía torrencialmente, pero Stear tenía a Candy girando y girando permitiendo que el agua de lluvia los mojara totalmente. Pudo ver cómo su cabello rizado empezaba a caer por la humedad. Nunca se sintió más feliz. Algún día, le había rogado a la lluvia londinense que se llevara su amor por ella, pero hoy, esa misma lluvia de Londres le devolvía ese amor multiplicado. La cristalina risa de Candy en medio de la noche, sus pequeñas manos sosteniéndose de sus hombros, su diminuta cintura atrapada en la altura, todo era una bella postal para ser guardada con celo en el interior de su corazón.

Por fin la depositó en la acera para hacerla partícipe de su fantástico plan para brincar la barda. Esta vez ella no le llevaría la delantera, ahora tenía dos años de entrenamiento en el ejército. Era ágil y fuerte. No. Esta vez, Alistear Cornwell guiaría a la dama con seguridad, si ella se lo permitía.

De un rápido movimiento el muchacho estaba sobre la barda extendiendo el brazo para ayudar a Candy, ella habría podido hacerlo sola, pero decidió dejarse ayudar. Extendió la mano y en segundos ya estaba con él. Stear saltó hacia el otro lado y extendió los brazos para recibirla, ella sonrió... confiaba en él. Fue maravilloso mirarlo extender sus fuertes brazos invitándola a venir a él. Ella solo debía arrojarse y nada sucedería.

-¡Muy bien! ¡Allá voy! –exclamó divertida, solo era cuestión de dejarse caer, ¡Ella estaba un par de metros arriba del joven! Sin embargo, se impulsó ligeramente y las enredaderas de la barda la traicionaron, ella resbaló ocasionando que su tobillo se doblara y sus huesos hicieran un fuerte ruido. Ya estaba cayendo cuando dio un grito de dolor. Stear, la recibió en un abrazo protector; ella no se quejaba por cualquier cosa, ese dolor debía ser justificado. Asustado, Stear no sabía si debía colocarla en el suelo.

-¿Estás bien? ¿Puedes sostenerte?

- ¡Auch! Me duele, pero creo que podré colocar el otro pie.

-Muy bien sostente de mí – le rogó al tiempo que colocaba sus pequeños brazos alrededor de su cuello, sus rostros estaban muy cerca. Ella estaba deseosa de ser alcanzada por los labios de Alistear. Por unos segundo se miraron, quizás solo dos, pero eso bastó para que la sangre de la pareja empezara a sentirse más cálida de lo normal.

Él no pudo resistir la hermosa visión frente a sus ojos, se aseguró de levantarla en sus brazos de una forma cómoda para que ella no siguiera soportando su peso sobre un solo pie. En cuanto la tuvo en su brazos, con su corazón acelerado, con sus ojos fijos y sus húmedos labios suplicando pos un beso, Stear simplemente la besó. La atrajo con dulzura, sintió los dedos de Candy revoloteando su mojada cabellera, después la sintió acariciar sus mejillas, ocasionando en él reacciones fantásticas que lo llevaron a incrementar el beso. Seguían bajo la lluvia, con su ropa mojada, ella en sus brazos acurrucada totalmente, confiando en su protección y él, en su propio cielo, deseando permanecer ahí para siempre. El beso se incrementó lentamente, hasta el punto en que olvidaron el viento, la lluvia, el dolor... solo podían percibir el amor y el deseo de estar juntos. Stear se sintió delicadamente aprisionado por los brazos de Candy que lo atraía hacia ella. Nunca se sintió tan completo como esa ocasión en que no deseaba que el beso tuviera fin, sin embargo, debía tener cordura, podían enfermarse si seguían disfrutando de su amor bajo la lluvia.

Llevó a Candy por el pasaje secreto, que era lo suficientemente grande y, afortunadamente funcionaba. Ella no podía creerlo, se sentía como en uno de esas novelas policíacas de Eliot o Collins. Por instinto se aferró más al cuerpo de Stear en la oscuridad del pasillo.

-¿Tienes miedo? ¡Nunca lo pensé! – el muchacho estaba divertido con la reacción de Candy.

-¡No claro que no! – respondió ella con autosuficiencia fingida.

-Yo creo que sí – se burló Stear.

- Estás equivocado –Candy levantó su nariz con orgullo.

La puerta se cerró crujiendo con el viento y Candice lanzó un grito de terror.

-¡Lo sabía! –Stear se mofó de ella mientras la atraía hacia él con más fuerza - ¡En el fondo eres una chica asustadiza!

-¿Te decepciona? – preguntó. Stear sabía que sin duda se había ruborizado.

-No – respondió con voz emocionada – me gusta – confesó.

Ella llevó nuevamente ambas manos al cuello de Alistear y escondió su rostro en su hombro, esperando el momento en que ese lúgubre pasillo terminara y por fin encontraran la calidez del interior de la villa.

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-Creo que debes cambiarte de ropa -. Stear la colocó en el diván frente a la chimenea del estudio.

-Pero mi ropa está en la maleta y arriba en mi recámara.

-Tienes razón. Déjame ver tu tobillo – Alistear de inmediato empezó a quitarle el sobretodo que estaba mojado y después se arrodilló buscando su pie lastimado. Con ligereza le quitó la bota y lo examinó-. Creo que está bien – sonrió – quizás fue solo un pretexto para que te tomara en mis brazos.

-¡Stear! – ella lo golpeó con uno de los cojines del diván.

-¡No te enojes! Solo bromeaba, creo que sobrevivirás. No sé que hacer primero, debo encender el fuego, ir por tu maleta, traerte ropa seca, aliviar el dolor de tu pie...

-¡Cambiarte de ropa! – lo interrumpió la rubia-. ¡Debes cambiarte también! ¿A qué horas pensarás en ti?

-Lo siento Candy – Stear liberó el pié para acercarse al rostro de Candy -, cuando estoy contigo no puedo pensar en nada más que en ti. Depositó un nuevo y fugaz beso.

-Bueno, creo que debes primero cambiarte de ropa, después puedes traer algo para mí.

-¿No quieres que te lleve a tu cuarto para que te cambies?

-No. Quiero pasar la noche aquí contigo, hay muchas cosas de las que debemos hablar.

-Entiendo –respondió Alistear. La idea de hablar no le entusiasmaba mucho, pero sabía que era inevitable.

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Minutos después Stear volvía a la pieza. Estaba completamente seco, enfundado en una pijama de franela con los dos últimos botones sin abrochar y una bata también de franela y también sin anudar. Su cabello estaba húmedo, pero le había quitado el exceso de agua con una toalla y había peinado su cabello con sus dedos, dándole un aspecto seductor y relajado al mismo tiempo.

- Conseguí esto para ti – le dijo mientras le acercaba una de sus pijamas – no quise husmear en tus cajones – se sonrojó – a menos que no quieras usarla porque sea muy masculina.

-Gracias Stear – ella observó la pijama y sonrió. Él le acercó una toalla. Hubo un silencio entre ambos. Ella no sabía como pedirle que la dejara sola para cambiarse y él estaba embelesado en el bello color de su pelo mojado. De pronto Alistear comprendió que ella necesitaba privacidad, pero también urgía encender el fuego.

-No te preocupes, puedes cambiarte con confianza. Me voltearé y encenderé la chimenea – le dijo nervioso.

Stear se volteó hacia donde estaba un poco de leña y los atizadores. Se movió con rapidez y a los pocos minutos el fuego estaba ardiendo en la pieza. Trataba de concentrarse en el ruido de los leños al quemarse para evitar poner atención al ruido que Candy naturalmente producía al cambiarse. Él podía escuchar como las pesadas telas caían al suelo, era imposible no hacerlo, sus ropas estaban empapadas y, al contacto con el piso producían un sonido que deleitaba sus oídos.

- Ya puedes voltear – escuchó.

Alistear se giró para encontrar la imagen más graciosamente seductora. Ella solo vestía la camisola de su pijama, eso era suficiente para casi cubrir sus rodillas. Estaba recostada sobre el diván son sus mejillas totalmente sonrojadas. Su cabello caía sobre sus hombros aún húmedo. Alistear, sin planearlo, había olvidado traer una bata para ella. La contempló en un ensueño. ¡Ella estaba ahí! A su lado. Había valido la pena venir a este infierno con ella.

Se acercó con una sonrisa divertida.

-¿Cómo me veo? – Candice levantó sus manos para mostrarle las enormes mangas que cubrían sus manos y caían irreverentes.

-Hermosa – respondió mientras con todas sus fuerzas trataba de alejar su vista del escote que mostraba sus bien formados atributos. Candy había olvidado los últimos botones.

Con suma adoración Stear extendió su mano para alcanzar los botones y cerrarlos, ella se sonrojó más ante su descuido. Estaba nerviosa pero tampoco podía dejar de admirarlo. Viajaba del fuerte pecho hacia su perfecto rostro suavemente sonrojado también. Él le sonrió para relajarla y después se arrodilló frente a ella.

Nuevamente Alistear tomó el pie lastimado de Candy para masajear su tobillo. Ella hizo un gesto de pequeño dolor, cosa que fue un consuelo para el joven. El pie de Candy estaría bien, solo se había torcido, pero no era nada para preocuparse. De la bolsa de su bata sacó un ungüento que había traído de su botiquín y se dispuso a masajear el tobillo de la chica. Ella se dejó caer sobre los cojines del diván, era bastante amplio y los cojines de sirvieron para apretarlos y canalizar la molestia que le producía el masaje.

-¿Candice White Andrew quejándose del dolor? – Stear paseó sus manos varoniles y enormes por su tobillo mientras se mofaba de ella.

-¡Basta Stear! – le retó.

-Ya te dije que no es nada, pronto ni siquiera recordarás el incidente ¡Míralo! Ni siquiera está hinchado, no es nada.

-Tienes razón. Creo que soy una cobarde – dijo a media voz.

-Nunca – la voz de Stear sonó seria por vez primera –nunca repitas que eres una cobarde. No he conocido mujer más valiente que tú Candy – Stear depositó un beso en el tobillo de la joven antes de depositar su pierna suavemente sobre el diván. Había hecho un tremendo esfuerzo para no emprender un viaje por las pantorrillas y los bien torneados muslos.

Con infinita ternura llevó sus manos hacia las mangas de su camisola graciosamente usada por la dama y dobló los puños en varias ocasiones hasta que las pequeñas y blancas manos que adoraba quedaron descubiertas.

-Así es mucho mejor, ¿no te parece?

Ella asintió calladamente. Un relámpago afuera del estudio iluminó la pieza.

-Ahora vuelvo, debo traer tu equipaje-. La atmósfera se empezaba a tornar romántica y Stear no sabía hasta dónde podría contenerse.

-No vayas – Candy alcanzó a detenerlo – no es necesario, tengo ropa suficiente en mi recámara, mañana traeremos el equipaje.

-Pero todo estará completamente mojado para entonces – Stear trataba de ser atento.

-No importa, lo lavaré – insistió Candy – pero por favor, no me dejes sola – ella se arrojó a la figura de Stear y se movió ligeramente para invitarlo a sentarse junto a ella.

Stear vio la oportunidad de estar más íntimamente con ella, pero era un caballero y, pese a que todos sus instintos lo guiaban a encerrarla en su mundo, hizo un movimiento diferente.

Se acercó con cautela hasta el pequeño respaldo el diván, acomodó los cojines y se recargó en ellos. Candy lo miró con curiosidad pero sin emitir palabra alguna. Stear subió sus piernas al diván y las abrió invitando a Candy a venir a él. Ella sonrió y se acercó con cautela, hasta quedar arrodillada frente al joven, quien la tomó de las hombros y la giró con cuidado para colocar la espalda de Candy sobre su pecho.

Ella se sintió más cómoda y sonrió aliviada. El fuego en la pieza empezaba a dar calor a la pareja. Stear rodeó con sus brazos la altura del pecho de Candy entrelazando sus manos al frente, como si la tuviese encerrada para que no escapara. Ella alcanzó los brazos de Alistear, las mangas de la bata y la camisola se habían recorrido suavemente en sus brazos y Candy encontró los bellos del muchacho, traviesa, empezó a jugar tirando delicadamente de ellos mientras que le recargaba su espalda.

-¡Auch! –se quejó Stear. En realidad estaba bromeando, pues disfrutaba de las ocurrencias de Candy – no es justo, yo solo he estado cuidándote y tú me lastimas – reclamó juguetón mientras besaba el lóbulo de su oreja, pero sin dejar de aprisionar el cuerpo de la chica. Sentir las manos de la rubia acariciando sus brazos lo enloquecía.

-¡No te quejes! – respondió también divertida – solo estoy jugando – ella continuó tirando de los suaves bellos en los brazos que la protegían. Lo hacía en realidad con movimientos suaves y dulces, cuidando de no tirar de ellos de manera dolorosa.

-Desde que te vi supe que eras una traviesa – Alistear seguía jugueteando con el lóbulo de la oreja. Un delicado gemido se escapó de la garganta de Candy ocasionando que el muchacho sintiera incrementar su deseo por ella.

-Sí lo soy – la voz de Candy empezaba a escucharse afectada por las atenciones de Stear. Por instinto ladeó su cabeza para permitir las intromisiones del muchacho por su cuello. Cerró los ojos y se dispuso a disfrutar de los dulces besos que recibía.

Stear aceptó la invitación... viajó con sus labios por el cuello de la joven.

-No sabes cuánto he esperado para tenerte así Candy – la sintió temblar – no tienes idea de las noches que he deseado que me permitas saborearte – Alistear inundó con sus labios la nuca de la chica haciendo su cabello a un lado. Solo son su boca, sin liberarla de su abrazo, Stear se abrió paso haciendo hacia abajo del cuello de la camisola que Candy usaba –quisiera poder perderme en tu cuerpo, saber que me deseas con la misma intensidad que yo – mientras con una de sus manos, con sus ojos cerrados, el muchacho liberaba uno de los botones que previamente había abrochado. Al hacerlo, tuvo más espacio para seguir haciendo a un lado la camisa -. Tu piel es tan suave. Eres una tentación.

Candy empezaba a sentir su respiración más agitada de lo normal. Podía sentir cómo los brazos de Stear continuaban aprisionándola atrayéndola hacia él. Ella se aferró a los brazos del muchacho. Sintió como los labios del joven se desplazaban por esa zona tan delicada de su espalda. Lo escuchó confesarle su deseo por ella y nuevamente gimió de placer. Estaban solos en la estancia. El ruido de los besos que Stear depositaba sobre su nuca era apenas perceptible. Lo escuchó gemir... ¡Stear la deseaba tanto como ella a él! ¡Lo sabía! Podía percibir cuán ardientes y demandantes empezaban a convertirse sus caricias.

-Dime mi amor – Stear tenía su voz enronquecida – sus manos empezaban a deslizarse por los costados de la joven casi con urgencia. Ella lo enloquecía. Jamás se había imaginado que la tendría de tal manera, lista para ser llevada al cielo por él – dime Candy ¿Crees que seamos capaces de controlar esto que estamos sintiendo? Porque tú lo deseas igual que yo, ¿Verdad Candice?

Ella se sentía totalmente perdida. Stear podía hacer lo que deseara con ella. Sentirse rodeada de esos brazos fuertes la convertían en la mujer más vulnerable, era como una especie de barro que podía ser moldeado por ese seductor alfarero. Candy deseaba ser besada como nunca, levantó uno de sus brazos para alcanzar la cabeza de Alistear que podía sentir totalmente ocupado en besar y lamer la parte superior de su espalda para continuar por su nuca y sus hombros. No alcanzaba a imaginar cuán hermoso debía ser liberar toda la pasión que Stear despertaba en ella. Giró su cabeza para ofrecerle sus labios y él los invadió con terrible sed. Por un momento se detuvieron y se miraron. Los ojos de Stear se habían convertido en un abismo de pasión que la invitaba a hundirse con él... en él. Él llevó sus manos hacia el cabello de ella para despejar completamente su rostro. No podían comprender del todo lo que sentían por primera vez, les habían dicho que eran sensaciones prohibidas y pecaminosas, sin embargo, sus cuerpos les estaban reclamando por mayores acercamientos.

Él la sujetaba con firmeza entre sus brazos sin desear soltarla en ningún momento. Ella en lo único que pensaba era en el privilegio de sentirse envuelta por los brazos de Alistear. Eran tan fuertes y demandantes que no podía negarse que se sentía completa al perderse en ellos. Sí, ella le pertenecía a ese joven, le había entregado su corazón y no deseaba separarse nunca de él.

Stear continuaba besándola haciendo de su encuentro cada vez más profundo, esperando que sus besos pudieran conducirle al interior de la mujer que amaba. A su alma. Podía sentirla sumergirse lentamente en su vida, estaban tan unidos. Como nunca antes, pero como siempre lo había deseado.

-Stear... –la voz de Candy se escuchaba entrecortada, llena de pasión, su corazón latía aprisa. Él la giró para tenerla de frente, ella tenía su cadera prácticamente sobre una de las piernas de Alistear y su pecho en pleno contacto con el del joven. Clavaron sus ojos mutuamente con la idea de escudriñar sus más íntimos deseos – Stear – repitió su nombre mientras se arrodillaba para quedar completamente frente a él. Ella percibió el estado en que se encontraba. El botón que Alistear había liberado ocasionaba que el escote fuera más provocativo y una de las mangas de la camisa estaba casi cayendo por su antebrazo, sin embargo no se sintió apenada. Él la miraba de tal forma que la hacía sentirse segura y femenina. Alistear la sostenía de la cintura dando pequeñas caricias a través de la tela de la camisa, ella tenía las piernas completamente desnudas, una a cada lado de la cadera de Alistear.

Él la contempló. Ella era tan deliciosamente sexy. Era una mezcla perfectamente de inocencia y sensualidad. Ella rodeó el cuello del joven con sus brazos. Sus rostros estaban peligrosamente cerca.

Stear se aventuró a abandonar la cintura de la rubia para deslizar su manos por una de sus piernas. La reacción de la joven fue un arrebatador rubor en sus mejillas. Ella lo contempló hipnotizada. Deseó tener mayor acceso a su cuerpo, así que descansó totalmente su peso sobre sus piernas y se dedicó a despojar a Alistear de la bata que cubría su pijama. Él no podía creer su suerte. Deseaba que ella lo despojara de cuanto creyera conveniente. Candy le sonrió con picardía mientras deslizaba la bata por los antebrazos masculinos, gozando de los deliciosos músculos de Stear a cada centímetro.

Una vez que lo despojó de su bata, también desabrochó la camisa del pijama y lo despojó de la misma. Era tan guapo. Una vez que lo tuvo con el torso desnudo, miró extasiada cada línea que se presentaba ante ella. Con el dedo índice hizo un paseo suave por el torso y el abdomen. Después viajó hasta los brazos que continuaban paseando por sus muslos mientras ella continuaba arrodillada frente a él.

Alistear la contempló con la misma curiosidad que ella a él. Deseaba grabar en su memoria cada reacción de la joven. Acercó su rostro hasta ella y levantó una de sus manos para atraparla y atraerla hacia sus labios y llenarla de hambrientos besos. Ella entreabrió su boca para ofrecerle un beso profundo y demandante, quería seguir sintiéndose mujer en los brazos que adoraba. Estaba sonrojada, pero no daría marcha atrás, había esperado mucho para este momento. Deseaba ser feliz, convertirse en la mujer más completa. Por su parte, Alistear era el hombre más feliz del mundo, adoraba verla sonrojarse yendo contra todas las "buenas costumbres" por él, solo por él. La temperatura empezaba a incrementarse en el cuerpo de los muchachos. Stear sabía que ella podía hacer con él lo que quisiera, pero no estaba seguro de que él pudiera hacer lo mismo con ella. Le sonrió y acarició su mejilla con delicadeza, también paseó su dedo índice por su cuello y continuó en su exploración hasta donde el escote le permitía. Ella era lo más valioso que tenía. Estaba a punto de tocar el cielo con ella, todo su cuerpo se lo gritaba y, al parecer, ella también lo deseaba.

-Mi amor – la seducción estaba a flor de piel. Su voz sonaba enronquecida. Había un brillo de erotismo que no podía ocultarse - ¿Tienes idea de cuán grande es mi deseo por ti? – Alistear buscó las manos de Candy para lentamente llevarlas hasta su cuello a fin de disminuir la distancia entre ellos - ¿Sabes que estamos pisando terreno peligroso? ¿Sabes que me muero por hacerte mía y que este acercamiento puede llevarnos a la entrega total? - ¡Diablos! ¿De verdad tenía que haberle preguntado eso? – Como un caballero, Stear trató de asegurarse de que ella estaba consciente de lo que estaban por iniciar. No podré detenerme más adelante. Ardo de deseo por ti. Quiero fundirme en tu cuerpo – Stear la tomó de la cintura para acercarla más a él con dulzura y ternura ilimitadas. La miraba ensimismado, ella estaba nerviosa y temía que desistiera, sin embargo, era mejor preguntarle. La mantuvo así, cerca de él. Él miró hacia arriba para encontrarse con la mirada de ella que lo seguía aprisionando con sus brazos en su cuello. Se comunicaron con la mirada. Ambos compartían el mismo fuego. La pasión ardía en ambos cuerpos, de eso no cabía duda.

Alistear la tomó de los hombros para obligarla a arrodillarse por completo. Ella prácticamente recargó su peso en los muslos de Stear.

-Te necesito Candy, eres la mujer de mis sueños, te he deseado desde hace años. Solo tú has protagonizados mis más eróticas fantasías-. Stear colocó su frente sobre la de Candy, haciéndola beberse su aliento -. Todo mi cuerpo me está pidiendo ser saciado contigo. Solamente tú puedes llevarme a la felicidad total.

Ella sintió cómo el cálido aliento de Alistear se abría paso por las fibras más sensibles de su cuerpo. La erótica declaración la halagaba más de lo que hubiese imaginado. Todos sus sentidos se pusieron alerta con el deseo de complacer a ese maravilloso seductor.

-No deseo perderte. Por el contrario. Quiero asegurarme que permanecerás a mi lado. Quiero convertirte en mi mujer. Quiero tomarte, hacerte mía con plenitud. Que nada nos separe de ahora en adelante – Alistear se dedicó a recorrer con la humedad de su boca el rostro que lo había torturado en sus fantasías más eróticas. Había pasado su aliento por todo su rostro, con lentitud, llenándola de deseo al mismo tiempo, logrando que su piel se erizara y que deseara que ese momento no terminara nunca – Tú eres la que siempre he deseado en mi cama – ella no sabía que responder. Sus sentidos estaban explotando. Se sentía presa totalmente del más puro deseo. El de convertirse en la mujer que Alistear Cornwell necesitaba y demandaba. Ella deseaba que él encontrara en ella cada detalle para complacerlo. Con suavidad, Alistear profundizó sus besos en el escote de la joven aspirando el olor de su piel. El aroma del perfume había menguado, pero el aroma natural que desprendía bajo el influjo de la excitación era el perfecto para el joven – Tu aroma me enloquece. ¿Sabes que puedo distinguirte aún sin verte? – le confesó. Ella lo miró con curiosidad -. Lo descubrí en el colegio; no era necesario voltear para estar seguro de que estabas cerca. Percibía tu olor y de inmediato sabía que aparecerías detrás de alguna puerta o de una ventana ¡Dios! No sabes cuán nervioso me ponía en cuanto lo percibía – con delicadeza se separó de ella abandonando su seductor recorrido para mirarla. En cuanto Stear dejó de besar su escote, ella sintió frío, hubiese deseado que él no se detuviera, se aferró nuevamente a él buscando el calor que había perdido. Él comprendió la necesidad de ella y se sintió satisfecho. Sus profundos ojos negros la invitaban a continuar perdiéndose en ellos. A dejarse llevar, a no pensar demasiado.

Con seducción Alistear se puso también de rodillas sin abandonar la cintura de la joven. Con suavidad mantuvo el contacto con ella. Lentamente subió sus manos por la espalda femenina para atraerla hacia él mientras continuaba besando su cuello y mordiendo dulcemente el lóbulo de su oreja. La miró apasionado

-¿Permanecerás conmigo Candy? – la seducción en la voz de Alistear la hizo temblar. Sintió que se desmayaría en sus brazos mientras él continuaba jugueteando con su lengua en el oído de la chica. Ella tembló totalmente al escuchar el desafío, pero sobre todo, al percibir la pasión y el deseo que llegaron a sus oídos.

Candy no deseaba apartarse de Alistear, lo amaba por sobre todas las cosas. Los labios del joven paseando sobre su rostro sin llegar a besarla la volvían loca, era un castigo que le infligía la más tremenda necesidad de ser poseída por él. Ella buscaba sus besos ofreciéndole sus labios y él simplemente caía rendido a sus demandas.

-Si tan solo tuvieras la más mínima idea del sin fin de veces en que me has provocado sin proponértelo. Me tienes para siempre esclavo de tus encantos – Alistear la atrajo de su cadera y la acarició con movimientos circulares y atrevidos – tu andar me enloquece. El suave movimiento de tu cadera me excita – una vez más atrapó los labios rosas que lo invitaban a apoderarse de ella para liberarlos suavemente y dirigirse una vez más a su oído y confesarle –: Todo lo que haces me atrapa. Siempre he estado pendiente de lo que haces, de lo que dices, de lo que anhelas... – una tremenda emoción recorrió por completo el cuerpo de Candy, todos los poros de su cuerpo se erizaron para dar salida a la completa energía que se apoderó de ella. Sintió su cuerpo arder en el más profundo deseo por el hombre que llenaba sus oídos de atrevidas confesiones.

-Adoro como te estremeces entre mis brazos – ella supo entonces que para Alistear era como un enorme libro abierto –. Vamos Candy, dime que tú sientes lo mismo por mí. Quiero darte todo lo que me pidas – le dijo con seducción, a media voz, solo para ella.

-Stear – exclamó ella con su respiración agitada – entrégame todo eso que dices que es mío, muéstrame todos esos sueños de los que has hablado, convierte tus fantasías en la más maravillosa realidad para ambos – los ojos de la joven estaban rogando también lo mismo que su boca-. Quiero que me hagas tu cómplice.

-Si supieras cuánto esperé para escuchar eso – la respiración de la pareja se dificultaba, pero Alistear mantenía la situación bajo control. Había aprendido que lo mejor era esperar el momento apropiado, permaneció acechando para que ella no tuviera otra opción más que permanecer hasta el final. Nuevamente se apoderó de sus labios para dar rienda suelta a sus deseos. Con demanda introdujo su lengua en la boca de ella reconociendo cada espacio, cada centímetro, cada lugar que la estremecía hasta llevarla casi a la locura. Un erótico encuentro dio inicio; reconociéndose, explorándose, jugando, gozando. Poco a poco el beso fue subiendo de intensidad de tal manera que pronto necesitaron cada vez más. Deseaban satisfacerse, perderse uno en el otro. Entregarse, sentirse mutuamente como propios. Ninguno estaba dispuesto a ofrecer una tregua. Invadieron sus bocas, mordisquearon sus labios, lamieron y succionaron. Había pasión en el aire, había deseo, había magia. Estaban extasiados uno en el otro, en sus caricias, en el fuego que desprendían de sus jóvenes cuerpos estimulados placenteramente. Candy se aferró a los hombros del muchacho, paseó por su torso desnudo y después invadió maravillosamente la espalda sin separar sus labios de los ardientes besos que recibía y a cada segundo seguían subiendo su intensidad.

Stear recorrió el cuerpo de Candy con ardientes caricias, deseaba, esta noche, materializar el deseo por ella. Se maravillaba de cada curva y de cada valle que descubría al paso de sus manos. Ella era sencillamente perfecta. Se sentía totalmente perdido en ella. Sabía que no faltaba mucho para que perdiera el control y se entregara totalmente a las demandas de su cuerpo. La deseaba. La quería para sí y la tomaría. Aunque tenía que aceptar que ella podía hacer con él lo que quisiera. No podía creer sentirse tan indefenso delante de ella. Pero estaba dispuesto a mantenerse en su papel y llevar a su amada a la cumbre misma del éxtasis.

La atrajo por la cintura hacia él de tal forma que sus cuerpos estuvieron en contacto total – Te amo, he estado esperando este momento desde que te conozco. Sé mía – Stear llevó sus manos a otro de los botones de la camisa de Candy para deshacerlo. Ahora solo unos cuántos botones sujetaban la prenda y lo separaban del ardiente cuerpo de la rubia. Ese acto incrementó la respiración de Candy ocasionando un arrollador vaivén en sus senos atrapando la ya excitada mirada de Alistear. Él adivinó que esos deliciosos montes debían estar coronados por un pezón totalmente erecto como consecuencia al deseo de la joven.

-No juegues conmigo Candy. Me estás tienes completamente excitado. Me provocas con esos sensuales movimientos – Alistear no podía desviar su mirada del rítmico movimiento de los senos de Candy. Ella podía beberse su aliento y eso alimentaba más su deseo por él. Deseaba perderse en esas nuevas sensaciones que recién descubría gracias a Stear. Deseaba besarlo sin detenerse; acercó su cuerpo provocativamente mostrándole que él encendía el mismo fuego en ella. Que ella confiaba en él igual que siempre y podía tomar de ella lo que deseara. Quería conocerlo como hombre y ser parte de él para siempre.

-¿No te gusta? –Ella se aseguró de que sus senos estuvieran en contacto con el pecho del muchacho - ¿No te das cuenta que tú tienes el mismo poder sobre mí? Me estás excitando Stear – esas palabras incrementaron enormemente el deseo de Alistear – Todo esto es nuevo, me estás haciendo temblar, no quiero contenerme, siento que voy a explotar. Deseo entregarme a lo que me haces sentir – por dos años había guardado todo el deseo que Stear despertaba en ella y ahora salía como lo más natural del mundo. Ella ardía, él ardía y ambos deseaban envolverse en el mismo fuego placentero y sensual.

Él la sintió temblar por las demandas de su cuerpo. Se deshizo solo por sentirla de tal forma. Deseaba fundirse en su pasión, en sus caricias, en el fuego de su cuerpo y sus palabras. Por primera vez reconoció a la mujer que habitaba el cuerpo que lo había hechizada siendo una chiquillo.

-Eso es lo que deseo Candy – confesó en su oído –que explotes, que no te reprimas. Quiero que invadas mis oídos con gemidos placenteros – Stear nuevamente mordisqueaba el oído de la rubia. Estaba a punto de explotar. Deseaba llenarla de besos, sentía la necesidad de colmarla de caricias, de hacerla suya y lo mejor de todo era que ella le había confesado que deseaba lo mismo que él.

-Haz conmigo todo lo que deseas Alistear. Llena cada espacio de mí. Quiero hacer realidad tus sueños – habló seductora.

-¿No tienes miedo? – los alientos se entrelazaron con fuego. Sus miradas se fundieron en una sola - ¿Sabes que mi más grande fantasía es verte desnuda temblando de amor en mis brazos? Quiero hacerte temblar de placer. Quiero regalarte a la mujer apasionada y escucharte repetir mi nombre mientras tocas el cielo. Te haré el amor con dulzura, te prometo que lo disfrutarás de tal forma que no te alejarás jamás. Quiero besar todo tu cuerpo hasta que se conviertan en una droga que requieras, te entregaré todo lo que te pertenece hasta que en lo único que puedas pensar sea en mí. Hasta que te sientas plena por llevar mi nombre, porque aunque ahora solo lo portas por escenificar una parodia, te aseguro que serás mi esposa y prometo que te haré la mujer más feliz del mundo – Stear la abrazó como su más grande tesoro – quiero hacerte mía. El aliento de Stear seguía inundando todo el ser de la mujer en sus brazos ocasionando que el deseo de ella se incrementara y la llevara al borde del éxtasis – Eres parte de mí. No quiero que te vayas de mi lado nunca. Sufrí mucho cuando no deseaste verme y esta noche haremos un pacto. Quiero que me prometas que serás tan mía como yo soy tuyo. Me volvería loco si te perdiera. Ojalá puedas asomarte a la inmensidad de mi amor por ti. Espero que puedas comprenderlo. Te deseo en cuerpo, en alma. Te haré mía y te enseñaré cuánto te amo. Te haré mi reina. Te adoraré cada día. Te llenaré de placer, te revelaré mis secretos. Cuida cada detalle que te entregue. Dependo de ti completamente – Stear estaba perdido disfrutando de la cercanía de la chica con sus besos. Impregnó su cuello y sus hombros con su aliento, con sus atrevidos besos y sus atrevidas palabras. La sintió temblar en sus brazos una y otra vez.

-Quiero ser tuya Stear. Todo mi cuerpo me pide tu presencia. Ámame tal como lo has descrito – Candy deseaba aceptar las invitaciones que llegaban a sus oídos con seducción. Él se estremeció al escucharla hablar con demanda pasional – No he pensado en ninguna otra cosa en los últimos meses. Solamente en adivinar cómo sería descubrir el amor a tu lado. Lléname de ti. Quiero consumir lo que siento en todas tus promesas.

Stear vio en los ojos de la rubia el deseo. Se sintió en un ensueño. Se acercó a ella cual felino y la atrajo nuevamente, pero esta vez con terrible desesperación. Quería asegurarse que ella estaba realmente ahí, que esta vez no era un sueño. Sintió su tibio cuerpo temblar en su abrazo y supo que esta vez todo era real.

-Sin ti no soy nada Candy.

No era tiempo de analizar lo que sucedía, todo lo que deseaban era complacerse. Se estaban exponiendo mutuamente a fin de encontrar en el otro la satisfacción a sus deseos. Sus cuerpos reaccionaron mutuamente a su naturaleza, a su deseo de dar y recibir. Deseaban entregarse. El fuego recorrió todo su ser hasta envolverlos. Se amaban.

Alistear inició la entrega con un posesivo beso. La respiración de ambos volvió a agitarse. El beso se tornó más apasionado que los anteriores. Mordió sus labios dulcemente hasta que se convirtió en una caricia fiera y demandante.

-No tengas miedo de hacer lo que tu corazón te pide. Por favor, solo déjate llevar por tu deseo. Ámame sin límites. Amémonos como nuestros cuerpos lo exijan. Dejemos que se comuniquen y que respondan a las necesidades del otro. Déjame amarte sin prisa, sin tiempo. Entrégate sin tabúes; permíteme mostrarte cuánto siento por ti.

Alistear cerró sus ojos para permitir que sus manos recorrieran el cuerpo femenino. Llenó sus sentidos con el aroma de Candy. Percibió el cosquilleo de su cuerpo ocasionado por las caricias que ella le regalaba sobre su pecho, sus hombros, su espalda. Él sintió cómo un escalofrío lo recorría cuando ella enterró sus uñas en sus hombros. De pronto, ella besó su pecho mientras sus manos continuaban paseando delicadamente por los fuertes brazos. Estaba llenándose del sabor de Stear.

-Te amo Candy –le susrró al oído. Ya no puedo más.

Descubrir al hombre apasionado que habitaba en el cuerpo de Alistear la llenaba de emoción. Él respondía con arrebatos ardientes, atrevidos, exigentes... como si el mañana no existiera. La pareja continuó con su maravilloso ritual, estaban a punto de entregarse su vida misma en este apasionado encuentro. Ambos experimentaron un ligero nerviosismo. Sus cuerpos se estremecían. Estaban agitados, empezaban a sudar, sus ojos con pupilas dilatadas, su voces sensuales, sus cuerpos atraídos como piezas perfectas de un rompecabezas presionando sus corazones uno contra el otro.

Ella sintió humedecerse íntimamente al reconocer la erección en Alistear. Pronto serían uno.

Stear cubrió nuevamente con sus labios la boca de Candy. La exploró cuidadosamente lamiendo, mordiendo y succionando con dulzura y arrebato. Se sintieron mareados. Ella recibió el atrevimiento de la lengua de Stear y le correspondió con la suya sensualmente. No podía separase de él ni un solo momento. Sintieron el amor correr por sus venas, se sintieron plenos, vibraron, se entregaron a la ardiente pasión que los reclamaba. Sus besos se entrecortaban con promesas de amor verdadero y eterno. Alistear reconoció el cuerpo de Candy con hambre. La exploró con desesperante curiosidad. Ella se entregó a sus demandas. Con Alistear se sentía una mujer plena, se sabía deseada. Con el escrutinio de las manos y los labios de Stear la humedad en la feminidad de Candy se incrementaba.

Cuando Stear llenó sus sentidos de la presencia Candy sintió nuevos bríos. Alistear recibió las ardientes muestras de pasión materializadas en caricias, besos, aroma. Ante sus ojos era la mujer más hermosa... Stear estaba deseando pasear sus labios por todo el cuerpo de la rubia, especialmente su cuello y sus senos. Sentía que estaba al borde de perder la razón por ella ¿O acaso ya la había perdido? Ella estaba dejándose llevar por sus deseos más íntimos. Sus blancas manos se movieron con audacia mientras que recibía ardientes besos de Alistear sin interrupción. Besos demandantes, vibrantes, fieros, apasionados... besos que hicieron arder la sangre de ambos muchachos. Stear reclamaba satisfacer su deseo de hacerla suya por completo. Empezaba a poseerla, un calor terrible recorría cada rincón de su cuerpo, haciéndolo estremecer. Era como si nada fuese suficiente para el primogénito de los Cornwell. Cada momento deseaba más, cada caricia era más demandante, cada beso más insaciable.

Alistear se embarcó en un maravilloso escrutinio de las curvas de Candy. Sus manos se deslizaron con libertad e intrepidez.

-Me tienes en tus manos – le confesó. Entonces Candy lo acarició con dulzura. Nuevamente viajó por su pecho, sus brazos, su espalda.

Ya no era posible retrasar por más tiempo la entrega. Ella lucía tan seductora. Stear atrapó su boca mientras acariciaba sus piernas para lentamente sentarla totalmente haciéndola rodear su masculina cintura con las piernas. Ella se sorprendió, sin embargo se dejó llevar emocionada por el maravilloso atrevimiento de Stear, se aferró a su cuerpo con sus piernas y brazos. El muchacho la atrajo hacia él con firmeza. Ella estaba excitada y le correspondió con besos llenos de la misma pasión que recibía. Candy se acercó más a él descansando su pecho sobre el de Alistear y le permitió un nuevo viaje de húmedos y ardientes besos por su cuello. Finalmente él se llenó de valor y abandonó la espalda de la joven para empezar a despojarla de la camisa. Con prontitud liberó el resto de los botones... sus ojos se abrieron maravillados cuando tuvieron delante de sí los maravillosos senos descubiertos, hinchados y coronados por sus botones rosas erectos seductoramente debido a la excitación de la chica. Después recorrió el abdomen también con sus ojos y pensó en las ganas que tenía de perderse en esa zona. La visión se tornó más erótica con el rítmico movimiento de los senos femeninos que lo atraían a un torrente de sensaciones por primera vez descubiertas también para él. Ella echó su cabeza hacia atrás para darle libre acceso a lo que quisiera hacer con su cuerpo; se sostuvo del cuello de Alistear mientras disfrutaba de las manos de él sobre sus montes; de su boca se escaparon gemidos placenteros que incrementaron el deseo del muchacho. Después ella se incorporó para besar también a su antojo el cuello y los hombros fuertes de Stear. Él mientras tanto disfrutaba de la suavidad de la piel de Candy y con una de su manos cubrió totalmente uno de sus senos.

-Es tan suave – le dijo excitado mientras lo masajeaba.

-Stear – Candy lo miró sin saber qué responder, de cualquier forma, el aliento se le fue cuando sintió la otra mano de Stear tomar el segundo seno para masajearlo también con delicadeza y audacia al mismo tiempo. De pronto sus dedos empezaron a pellizcar los pezones firmes y ella lanzó un nuevo gemido que provocó que él respondiera con otro ante las sensaciones que experimentaban.

Ella se aferró con sus piernas incrementando la fuerza para disminuir la distancia con Stear. Siguió mordiendo y lamiendo el cuerpo excitada totalmente por la estimulación que el joven provocaba con el íntimo masaje. Sus manos se movieron hacia la ancha espalda y su lengua jugueteó también con el lóbulo de la oreja de Stear.

El erótico encuentro se postergó por un tiempo. Jugaron con sus bocas y sus manos. Stear sintió el cielo cuando su pecho estuvo en contacto total con los tibios senos de Candy mientras que ella percibía la erección de Alistear en su entrepierna.

-¡Por favor Candy! Si quieres que me detenga, dímelo ahora – era una advertencia clara de que estaba tan excitado que más adelante no podría parar.

-¡No! No te detengas – le respondió - continúa. No hay nada que esté deseando más.

Sus ojos se encontraron con intensidad. Ella acarició el cabello de Stear y acercó su cabeza a la de él.

-Quiero entregarte todo lo que soy – Candy habló con la suavidad de un murmullo y con el arrebato de un huracán – espero no decepcionarte.

-No digas eso – Alistear la contempló maravillado – eres un ángel. Eres todo lo que he deseado. Candy... – los ojos de Stear la recorrieron lentamente. Notó su agitación. Su camisa estaba sujeta solo de los antebrazos descubriendo ante el muchacho la delicada silueta de la chica. Toda ella lucía apetecible, deliciosa. Sus pupilas dilatadas la hacían lucir atractiva. Los muslos de sus piernas alrededor de su cintura lo hacían sentir vulnerable. Estaba más enamorado que nunca. Perdido, sí... totalmente perdido en ella. Con su deseo estimulado en plenitud.

Descubrió la tremenda necesidad de mojarse en ella. De que sus siluetas proyectadas por la luz del fuego se confundieran en una sola. Le sonrió con seducción.

-Déjame contemplarte – le pidió. Sus manos se dirigieron a sus brazos para terminar de quitarle la camisola. Los dedos de Stear eran fuego delicioso en los brazos de Candy. Ella sintió su sangre hervir aún más por el ardiente contacto. Mientras la desnudaba, nuevamente le regaló sus besos depositándolos en el cuello y trasladándose hacia el sur. No había ya nada entre sus pechos, por fin se decidió a morder los botones rosas que esperaban para ser disfrutados dulcemente por el joven. Como un niño travieso los mordisqueó arrancando los más fuertes gemidos de placer hasta el momento de la garganta de la rubia. Esos dulces gemidos de aceptación lo estimularon... deseaba que ella sintiera el mismo placer que él experimentaba mientras succionaba, lamía y mordía los pezones de Candy. Stear se estaba revelando como el mejor amante.

Con suavidad reposó una de sus manos en la espalda de Candy para recostarla sobre el diván con sumo cuidado, como si fuera a romperse. La semidesnudez de ambos incrementaba el deseo en la pareja. Era imposible dejar de besarse. Alistear se sentía el hombre más completo teniendo a Candice en sus brazos, deseaba tomarla, ser su dueño, que no existiera nadie más... solo ellos. Se recostó al lado de ella para observarla por un momento; era tan perfecta. Con delicadeza deslizó su dedo índice desde la frente, pasó suavemente por la nariz, delineó sus labios permitiendo que ella besara su dedo con vehemencia, después continuó hacia el cuello con lentitud sin dejar de mirar el delicioso rubor que se apoderaba de las mejillas de ella; la caricia continuó por el centro de sus senos, su mirada se incendió al posarse en la hinchazón de cada uno. Ahí permaneció por unos segundos antes de aventurarse hacia el abdomen en donde escudriñó cada centímetro; entonces la caricia se tornó más ardiente pues Stear usó toda su manos para masajear los costados y con su dedo pulgar de vez en cuando rozar uno de los pezones ocasionando que ella convulsionara.

Candy por su parte deseaba que él continuara su tarea y la hiciera suya.

Alistear reanudó un nuevo desfile de besos desde el delicado cuello... se había hecho adicto al sabor de esa torre nívea y suave. Ella correspondía esforzándose por que sus cuerpos mantuvieran el contacto. Con su actitud de corresponder con fuego exigía que Stear intensificara su placer. Arqueó la espalda en total entrega. Alistear cubrió los senos que se ofrecían a él y los masajeó nuevamente suave y delicadamente. Con lentitud besó el cuerpo de la mujer amada, sin prisa, deseaba saborear cada centímetro de ella. Sus labios continuaron hacia el sur sin que él abandonara el suave masaje, ella gemía complacida, sentía su sangre hervir con más fuerza, su corazón latía más a prisa, su intimidad se humedecía arrolladoramente y él continuaba besando el cuerpo de Candy hasta que sus labios se posaron nuevamente en el abdomen. Abandonó los senos de la joven para desnudarla por completo. Deslizó sus manos por las piernas de ella con extrema delicadeza, sin perder uno solo de los gestos de placer de su amada. Su cuerpo convulsionado lo excitaba cada vez más. Estaba complacido con los apasionados movimientos de ella como respuesta al placer que él le estaba prodigando. Con delicadeza se recostó sobre ella y gentilmente separó sus piernas. Un nuevo beso se depositó en los labios femeninos, un beso ardiente, apasionado, demandante; él deseaba demostrarle cuánto la amaba. Quería apoderarse del alma de la chica y entregarle la suya al mismo tiempo en un fiero jugueteo de sus lenguas. En esa deliciosa caricia de morder y succionar. Quería que ella le indicara el momento apropiado para penetrar en su cuerpo. La desnudez de Candy se mostró ante él como un bello ensueño. Él la recorrió con sus manos y sus miradas, jamás se cansaría o se saciaría de ella, de sus suaves curvas, de su cuerpo. Muchas noches la había hecho suya... en diferentes ocasiones lo había acompañado en sus sueños, pero esta vez era real, la más hermosa y palpable realidad tomaba vida. Así... justamente así la había deseado muchas veces... justamente así la había soñado.

-No tengo palabras para decir lo que siento por ti Candy – acarició el pelo y el rostro de la joven mientras que ella se embriagaba con su aliento. Sintió que todos los colores se vinieron al rostro. Alistear paseó su mano por una de las piernas de ella y subió lentamente hasta posarse en su cadera desnuda, continuó deslizándose hasta atrapar su seno. Sus pulsaciones se aceleraron.

Ella se sintió envenenada por la pasión, su respiración se agitó llevando al límite la excitación de Stear. Se miraron y se declararon su amor y deseo de entregarse. Ella lo envolvió en sus brazos, lo besó con deseo, se movió con candencia invitándolo a posarse sobre su cuerpo. Percibió la erección de su masculinidad y se entregó a sus instintos. Su feminidad cada vez estaba más húmeda y empezaba a palpitar con ritmo. Ella entonces siguió el ritmo de estas palpitaciones con su cadera provocando a su compañero tentadoramente. Se sintió levemente decepcionada cuando Stear empezó a besar nuevamente su abdomen mientras que ella incrementaba los movimientos de su cadera y la temperatura de su cuerpo empezaba a quemarla saliendo por cada poro de su piel. Alistear continuó por el monte de Venus mientras llenaba sus oídos de placenteros gemidos; ella estaba excitada, dispuesta, extasiada y entregada a los atrevimientos de Stear. Súbitamente sintió que tocaba el cielo cuando la lengua de Alistear alcanzaba su mayor intimidad robándole el aliento.

-¡Stear! – fue todo lo que pudo decir.

Las nuevas y maravillosas sensaciones la hicieron estremecer... convulsionar. Fue un arrollador sentimiento que la invadió mientras Stear bebía de su cuerpo tomando lo que tanto había ambicionado. La saboreó íntima y audazmente llenando los oídos de la chica de ardientes y atrevidas frases. Ella simplemente se aferraba a los cojines de diván y después al cabello de Stear para presionar su cabeza e invitarlo a continuar mientras su cuerpo seguía convulsionando gracias a las atenciones que Stear le regalaba. Él se sintió privilegiado al descubrir a la mujer apasionada en el cuerpo de Candy. No quiso perderse esa imagen, encontró a una mujer con pupilas dilatadas, despeinada seductoramente, pezones erectos y sonrojada totalmente.

-Stear – Alistear adoraba escuchar su nombre en la ardiente boca de Candy.

-Vuelve a hacerlo mi amor. Repite mi nombre.

-Stear, Stear...

Ambos estaban siguiendo sus instintos, dejándose llevar por la pasión.

-Por favor Stear – la voz de Candy se convirtió en una seductora súplica – ¡hazlo ya! – esa tentadora exigencia se acompañó de demandantes movimientos de la cadera de Candy y Stear comprendió que había llegado el momento.

Sus corazones latían presurosos, su respiración estaba agitada y sus ojos ardían en el más grande deseo. Stear terminó de desnudarse. Fue ahora ella quien llenó sus ojos con la visión del atlético cuerpo.

-Voy a tomarte mi amor – él se llenó de la visión de ella.

Candy amaba el hecho de entregarse a Alistear. Deseaba ser quien llenara las eróticas fantasías del hombre a su lado. Lo vio emocionada colocarse sobre ella.

Sus cuerpos se acoplaron perfectamente en la máxima intimidad. Alistear se preparó para penetrar delicadamente a Candy. Ella lo esperaba emocionada... su intimidad continuaba húmeda y las palpitaciones se incrementaban. Un pequeño dolor al contacto de su natural barrera la estremeció. Él trató de darle confianza, aunque, a decir verdad, estaba tan nervioso como ella. Se miraron a los ojos y Alistear comprendió el temor de ella...

-Confía en mí – le pidió. Ella simplemente se entregó.

Un nuevo intento volvió a encontrarse con la misma barrera. Le entregó una tierna mirada a la joven y la besó con pasión. En eso momento, con un tercer intento, logró penetrar en el cuerpo de Candy. No se movió. Se entregó a la tarea de continuar besándola para que ella se acostumbrara a él. Ella había sentido un fuerte dolor que después dejó a un lado para concentrarse en una nueva sensación: Candy sintió como si su interior estuviese vaciando agua caliente, casi hirviendo. Miró a Alistear y encontró que él estaba siendo cómplice de la misma sensación que ella.

-Es una sensación ardiente. Me estoy quemando en tí – le confesó Alistear, mientras cerraba sus ojos y sonreía con cierto placer.

-Lo siento – ella por un momento se sintió avergonzada. Desconocía totalmente estas nuevas reacciones de su cuerpo.

Él la miró con ternura. La calidez de sus cuerpos era inmejorable. La forma en que sus pieles se sentían al contacto era una maravilla.

-No tienes porqué disculparte – respondió excitado – para mí es perfecto sentirte tal como eres.

El dolor había pasado. De alguna manera las palpitaciones se tornaron más demandantes. Por instinto ella empezó a mover nuevamente su cadera entregada a un fuego que recorría todo su cuerpo. Su ardiente invasor aceptó el reto y acompañó a la joven moviéndose también. En sus ojos había placer compartido, ambos se sintieron complacidos con la entrega.

Ardientes besos fueron el complemento perfecto a los candentes movimientos de sus caderas que se movían juntas. Primero la hizo suya con suavidad para estimularla y luego sus embates se hicieron más intensos siguiendo las exigencias de la joven. En ese instante se convirtieron en uno, en una extensión del otro en cuerpo y alma porque así lo deseaban. Se entregaron y gritaron sus nombres en el climax.

Lo que experimentaron superó todas sus expectativas. Se dijeron cuánto se amaban. Ella gemía con placer mientras le ofrecía su cuerpo totalmente curveado con su cabeza cayendo hacia atrás para recibirlo. Todo lo que anhelaba era sentirse plena con el hombre que la estaba amando y le mostraba un mundo excitante y bello.

-Candy – Alistear repetía su nombre con vehemencia a punto de llegar al cielo.

-Sí Stear... sigue – sus palabras a media voz estimularon a su compañero.

-Candy, Candy, Candy... ¡Te amo! – Stear exclamó el nombre de ella mientras la llenaba de él. Ella temblaba descontrolada, excitada, ofreciendo la más maravillosa visión al joven.

Hacia el final descansó su cuerpo sobre el de ella. Candy lo recibió en sus brazos y acarició su cabello impregnándose del aroma excitado de Alistear. Le rogó que permaneciera dentro de ella un poco más y él llenó los oídos de su amada de las descripciones del enorme placer que percibía. Sus cuerpos aún convulsionaban. Ambos escuchaban sus corazones latiendo a toda prisa. Un delicioso cansancio de apoderó de ellos... guardaron un poco de silencio, tratando de mantener ese momento en su mente.

Stear abandonó el cuerpo de Candy y se recostó a su lado. La miró totalmente enamorado.

-Te amo Candy. Eres maravillosa – su voz sonó con infinita dulzura. Su mano acarició el rostro de ella. Besó con ternura sus labios y la atrajo hacia él. Probablemente ahora ella debía estar debatiéndose entre sus principios. En contra de todo lo que no se detuvo a pensar cuando sintió la ardiente necesidad de entregarse al hombre que amaba.

Alistear trató de hacerla sentir segura. De hacerla sentir protegida. Ella buscó un refugio al eliminar todo espacio entre ellos. Sus formas eran perfectas para amoldarse al cuerpo masculino que la recibía fuerte y dulcemente.

Ella debía amarlo mucho para haber hecho a un lado todo lo que sus madres le habían enseñado. Él deseaba demostrarle cuánto valoraba lo que le había entregado.

-Quiero hacerte mi esposa – le confesó – nada me haría más feliz que mostrarle a todo el mundo cuánto te amo.

-Stear – Candy tembló ante la propuesta y él comprendió sus miedos.

-Lo sé – le dijo con seguridad mientras acariciaba su cabello. Su voz era una melodía dulce que la hipnotizaba – todo saldrá bien. Te loprometo. Confía en mí.

-Confío en ti – respondió y se abrazó a él... en realidad, se aferró a él, a su amor, a su entrega, al mundo que habían descubierto.

-Descansa mi amor – él la movió de tal forma que el pecho desnudo de Candy se posó sobre su también desnudo torso – todo estará bien – repitió en su oído mientras acariciaba su cabello – todo estará bien. Stear suspiró tratando de tener su mente en claro. Debía encontrar la forma de que nada ni nadie le quitara su máxima felicidad.

Notó que ella se había quedado dormida.

-Y de seguro lo haré – dijo en un murmullo apenas perceptible – estaremos siempre juntos. Te lo prometo.

Con dulzura recorrió una y otra vez la espalda de la rubia que descansaba sobre él. La contempló tratando de adivinar su sueño. Ella lucía apacible, seductora, hermosa, plena, sensual... sentirla de tal manera lo hizo sentir un hombre pleno.

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De mi escritorio: Chicas hermosas, solo puedo continuar agradeciendo una y otra vez por su apoyo. Mil gracias por leer.

Malinalli; Junio, 09.