El escándalo de la Cenicienta

Capítulo Siete

Frente a ellas había aparecido una mujer en la que Regina reconoció a la de aquella fotografía que había estado viendo con Emma días atrás. Iba vestida con una camisa azul oscura, y unos pantalones de seda color marfil. A pesar de lo embarazoso de la situación, no pudo evitar admirar su singular belleza. El cabello rubio claro, tenía un corte moderno que acentuaba sus elevados pómulos, la nariz tenía un aire aristocrático, y sus ojos azules de cíngara las observaban a las dos en ese momento con un brillo malicioso que acompañaba a la sonrisa de sus labios.

- No... No te esperaba tan pronto – balbució Emma.

- Acabé el trabajo antes del plazo previsto – respondió Ingrid. Dejó en el sofá el enorme bolso que llevaba colgado, soltó las llaves sobre la mesita del salón, y miró a Regina de arriba abajo – ¿No vas a presentarme a tu amiga, Emma?

- Oh, sí, claro – Emma respondió tragando saliva – ella es Regina Mills, Regina, ella es mi tía, Ingrid Swan.

- Regina azorada, se limitó a asentir con la cabeza para luego decir – es un placer, señora Swan.

- Creo que Ingrid sería más apropiado – dijo la rubia mayor, cruzándose de brazos y bajando la vista divertida por la diminuta bata que la morena llevaba puesta – dadas las circunstancias, ¿no crees?

- Supongo que sí – admitió Regina, sonrojándose ligeramente.

- Regina – le siseó Emma entre dientes – ¿te importaría bajarme?

- Oh, claro, perdona... no me había dado cuenta.

- Cuando sus pies tocaron el suelo, Emma soltó un pequeño suspiro. Su rostro había pasado de la palidez de ver aparecer a su tía, a un bonito color sonrosado – íbamos a... desayunar – le dijo a Ingrid con un poco de timidez.

- Claro, claro – respondió la tía sin dejar de sonreír – huele muy bien.

- Pondré otro plato – dijo Emma cambiando el peso de un pie a otro – Dame.., es decir, danos un minuto para...

- Creo que está sonando un teléfono – la interrumpió Ingrid, girando la cabeza hacia el sofá, donde estaba la chaqueta de Regina.

- Apretando el cinturón de la bata que llevaba, Regina se acercó allí y sacó del bolsillo de la chaqueta su celular, que efectivamente estaba sonando. Mataría a quien estuviese llamando – disculpadme un instante – musitó, caminando de espaldas hacia el dormitorio, donde estaba el resto de su ropa.

- Tómate tu tiempo, querida – le dijo Ingrid – me vendrá bien un momento a solas con mi sobrina para preguntarle cómo ha ido todo en mi ausencia.

- Cerrando la puerta del dormitorio tras ella, Regina apretó el botón para aceptar la llamada y se llevó el celular al oído – ¿Diga?

- ¡Regina, al fin! ¿Dónde te habías metido? Llevo toda la mañana intentando hablar contigo.

- ¿Belle?, ¿qué ocurre?, ¿estás bien? – inquirió la morena preocupada al advertir la agitación en la voz de su hermana.

- Tienes que venir a Crofthaven ahora mismo. En el ático han... Los obreros estaban trabajando allí esta mañana y han encontrado...

- Al oír un sollozo ahogado al otro lado de la línea, el corazón le dio un vuelco a Regina – ¿Qué es lo que han encontrado, Belle? Háblame – pidió comenzando a asustarse

- Han encontrado un cadáver…

Al menos había seis coches de policía frente a la mansión cuando Regina llegó. Varios agentes uniformados que estaban fuera se volvieron al oír el chirrido de los neumáticos de su auto, cuando frenó delante de la entrada, pero volvieron a sus conversaciones después de que corriera dentro de la casa. Si aquello saltaba a los medios de comunicación, la campaña de su padre se vería seriamente afectada.

- Regina...– lo saludó Killian, que bajaba en ese momento las escaleras que llevaban al vestíbulo – gracias a Dios que has venido.

- Dime qué ha pasado – le pidió Regina, reuniéndose con él al pie de la escalera – Kim me llamó y me dijo que habían encontrado un cuerpo en el ático, pero no he conseguido sacarle mucho más.

- Está muy alterada – asintió su hermano, pasándose una mano por el cabello y dejando escapar un suspiro – Regina creemos que pueda tratarse de Victoria.

- Para Regina fue como si le hubieran echado un jarro de agua fría en el rostro, y le llevó un rato recuperar el habla – ¿Vicky? – finalmente consiguió preguntar a su hermano

- Me temo que sí.

Su prima Victoria, hija de sus tíos Albert y Milah, había desaparecido cinco años atrás, y aunque hubo una búsqueda por todo el país, y habían contratado a varios detectives privados, no se había hallado rastro de ella.

- ¿Cómo es posible? – Regina inquirió sintiendo una punzada en el estómago – ¿Cómo puede haber estado ahí arriba todo este tiempo? Buscamos por todas partes.

- Sí pero esa parte de la casa lleva años cerrada – replicó Killian – además, parece que había una especie de compartimiento secreto. Si papá no hubiera decidido reformar y renovar esa ala de la casa, quizá nunca hubiéramos encontrado el cuerpo.

- ¿Y es seguro que es ella?

- Killian sacudió la cabeza negando – el forense está arriba ahora mismo, tomando fotos y recogiendo posibles indicios. Tendrá que hacer una serie de pruebas para confirmar la identidad del cuerpo, pero ya sabes la burocracia que hay en estas cosas. Probablemente llevará varias semanas.

- Al oír voces hablando en un tono quedo, Regina miró en dirección a la salita azul – ¿El tío Albert y la tía Milah? – le preguntó a su hermano.

- Sí, papá y el resto de la familia están con ellos.

Todos aquellos años sin saber si su hija estaba viva o muerta... Regina sabía la agonía por la que habían pasado y estarían pasando sus tíos en esos momentos. Aun cuando habían ido transcurriendo los meses y los años sin que se averiguara nada, ningún miembro de la familia había perdido la esperanza de que algún día Vicky apareciera viva, y no la perderían hasta que hubiera pruebas materiales concluyentes de lo contrario.

- ¿Y qué hay de la prensa? – Inquirió Regina sorprendida de que no tuvieran ya la casa rodeada como una plaga de langostas – ¿Saben algo?

- Todavía nada – contestó Killian – papá ha hecho un par de llamadas a gente de los medios que le debían favores para que no dejen que salte la liebre hasta dentro de un día o dos, pero dudo que pueda contenerlos mucho más. Nicola está redactando una declaración que leerá ante la prensa cuando suceda.

- ¿Y la policía no va a someternos a algún tipo de interrogatorio?

- Ya lo están haciendo – replicó Killian – han empezado por Grannys.

- ¿Por Grannys? – repitió Regina, frunciendo el ceño.

- Imagino que pensarán que el ama de llaves sabe todo lo que hay que saber sobre la familia para la que trabaja – respondió Killian, encogiéndose de hombros

- Eso desde luego es cierto en el caso de Grannys – dijo Regina pensativamente – cuando éramos pequeños creía que tenía ojos en la espalda y el oído de un superhéroe.

- ¿No los tiene? – bromeó Killian fingiéndose muy sorprendido

- Regina esbozó una leve sonrisa – deberíamos ir con los demás. Este va a ser un largo día – le propuso a su hermano mientras soltaba un pequeño suspiro

Emma, que acababa de ducharse y vestirse, sigilosamente se sentó frente a su tía en la mesa de la cocina, durante unos segundos repaso a la rubia mayor con su mirada mientras buscaba las palabras adecuadas con las cuales podría empezar aquella vergonzosa plática.

- Estas patatas están deliciosas – dijo Ingrid pinchando otra rodaja con el tenedor y llevándosela a la boca – ¿Son una creación tuya?

- A Emma no la tomo desprevenida aquel comentario, era típico de su tía evitar los temas espinosos e irse por la tangente, por lo que tomo un poco de aire antes de hablar – tía Ingrid, puedo explicarte…

- No necesito la receta – la cortó su tía, moviendo el tenedor – ya sabes que a menos que no tenga otro remedio nunca cocino.

- Emma casi sonrió. También era muy propio de su tía quitarle hierro a las situaciones embarazosas – sabes a qué me refiero – musito con suavidad

- Tengo cuarenta y ocho años, Emma – Ingrid le dijo a su sobrina – y he estado casada dos veces. Quedan muy pocas cosas que tú puedas explicarme y que yo no sepa.

- Emma bajó la mirada – Pero es que... no quiero que pienses que yo... que yo – mascullo algo sonrojada

- Emma mírame – Ingrid le pidió a su sobrina poniéndole un dedo bajo la barbilla y haciendo que levantara el rostro – estaba en el hospital el día que naciste. Eras un bebé adorable, con la piel sonrosada y los ojos brillantes, y ahora has crecido, y te has convertido en una preciosa mujer.

- Emma sacudió la cabeza – solo dices eso porque eres mi tía – replico con cierta desconfianza

- Lo digo porque es la verdad – replicó Ingrid acariciando afectuosamente la mejilla de su sobrina.

- Emma sonrió – ha sido mi primera vez – confesó tímidamente

- De mis tres sobrinas, siempre fuiste la más precavida – murmuró Ingrid, asintiendo con la cabeza – por lo que veo aún lo eres. ¿De qué tienes miedo, Emma?

- Yo...– comenzó Emma, una cosa era pensarlo, y otra muy distinta decirlo en voz alta. Inspiró profundamente – creo que me estoy enamorando de ella.

- ¿Y por qué habría de ser eso algo malo?

- Porque no sé cómo podré soportarlo cuando ella... cuando se haya acabado – respondió Emma quedamente – el solo pensar en el final, hace que sienta un dolor aquí, en el pecho – dijo llevándose la mano al esternón – no estoy segura de si soy lo bastante fuerte.

- Eres lo bastante fuerte – Ingrid le aseguró a la joven rubia con una expresión paciente y pensativa – la pregunta aquí seria, ¿lo es ella?

- Emma frunció el entrecejo – ¿Qué quieres decir?

- No tiene importancia, querida – dijo la rubia mayor dándole unas palmaditas en la mano y sonriéndole – y ahora dime, ¿qué tal es ella como amante?

Emma se notó enrojecer hasta las orejas, no podía creer que estuviera allí sentada, teniendo esa conversación con su tía. Claro que, tampoco podía creer que hubiera ocurrido lo que había ocurrido la noche anterior, y había ocurrido de verdad. Una sonrisa se dibujó lentamente en los labios, y sus ojos se encontraron con los de su tía.

- Maravillosa – aseguro la joven rubia con una sonrisa soñadora

- Nagyszeru – dijo Ingrid sonriendo – y es muy guapa, además. Me gustaría fotografiarla, sólo con esa pequeña bata que llevaba puesta – añadió, y su sonrisa se tomó lasciva – o tal vez sin ella

Cada domingo Mary Margaret se pasaba la mayor parte del día cocinando una cena de seis platos para su familia mientras David veía los deportes metido en su estudio, y desde que habían alcanzado la estatura suficiente para alcanzar a la encimera de la cocina, Elsa, Ana y Emma ayudaban con los preparativos. Aunque el menú variaba, las tradiciones en torno a esa cena del domingo eran muy estrictas: ningún miembro de la familia podía faltar, a menos que fuera por un motivo de fuerza mayor.

- Tu madre quiere que pongamos la cubertería de plata y la vajilla de porcelana – le dijo Ingrid a Emma, saliendo de la cocina con la caja en la que estaba la cubertería de plata – ¿Celebramos algo?

- Ni idea – respondió Emma alisando las arrugas del mantel sobre la mesa del salón comedor – a Elsa le ha dicho que ponga los candelabros de cristal – su tía Ingrid y ella habían entrado por la puerta unos minutos antes, y aún no sabían de qué iba todo aquello.

- Quizá hizo un bingo anoche – sugirió Ana, sacando platos llanos del aparador y disponiéndolos en la mesa – ha hecho pollo al pimentón y ha puesto a enfriar una botella de casillero del diablo

- Vaya, decididamente tiene que estar muy contenta por algún motivo – murmuró Ingrid dándole la caja a Emma – iré a ver si puedo sonsacarle algo – le dijo a sus sobrinas, haciéndoles un guiño.

- Cuando Ingrid salió del comedor, Emma se acercó a Ana, era la primera oportunidad que tenían de hablar a solas desde la noche anterior – ¿Estás bien? – inquirió un poco preocupada

- Ana asintió – anoche llegué muy tarde, pero papá y mamá ya estaban dormidos – susurro en un tono bastante bajo

- Emma suspiró, sacudiendo la cabeza – ya somos mayorcitas para tener que andar buscándole las vueltas a nuestros padres, Ana, tenemos que hablar con papá y mamá, o mejor, deberíamos hacerlo las dos – dijo con firmeza

- Lo sé, lo sé —murmuró Ana, de pronto giró el rostro hacia ella y la miró con los ojos muy abiertos – ¿Has dicho las dos juntas?, ¿Eso quiere decir lo que creo que quiere decir? – Emma se sonrojó y sonrió como una tonta, pero asintió.

- Eh, ¿qué está pasando aquí? – inquirió Elsa, que entraba en ese momento con los candelabros – ¿No se estarán contando secretitos a mis espaldas?

- Es un secreto de Emma, no mío – Ana se apresuro a decir, entusiasmada como una adolescente – Regina y ella...

- Oh, por favor...– Elsa interrumpió a su hermana, moviendo la mano en un gesto arrogante y yendo junto a ellas – cuéntame algo que no sepa.

- Emma la miró boquiabierta – ¿Cómo has podido saberlo? – le pregunto a su hermana mayor un poco sorprendida

- Porque lo leí en tu rostro en cuanto entraste por la puerta, Emma – respondió Elsa con una sonrisa maliciosa – además, la separación de tus piernas te delata de cierta manera

- No seas ridícula – mascullo Emma confundida, nadie podía averiguarlo por algo así, ¿O sí? Dios, esperaba que no, porque si su madre la miraba y se imaginaba algo... sacudiendo la cabeza para sus adentros, le dio la espalda a sus hermanas y abrió la caja de los cubiertos – aunque he de admitir – dijo en voz baja y con una sonrisa traviesa – que fue divertido cuando la tía Ingrid llegó al apartamento esta mañana y me encontró en brazos de Regina, que no llevaba puesta más que una pequeña bata de baño.

Ana profirió un gemido ahogado, llevándose la mano a la boca, y Elsa enarcó una ceja como pensando "vaya que interesante", Su padre, que pareció sospechar de su reunión en comité, ya que alargó el cuello para mirarlas por la puerta entreabierta del estudio, y las tres jóvenes se apresuraron a retomar sus tareas entre risitas. Casi habían terminado de poner la mesa, cuando reapareció Ingrid con un par de cestas de pan.

- ¿Has averiguado algo? – inquirió Emma

- Pues sí – respondió la rubia mayor – Ana, ve por otro plato y ponlo en la mesa, ah, y otro cubierto y otra copa.

- Pero si están los seis – replicó Emma contándolos por si acaso.

- Esta noche necesitaremos siete – respondió Ingrid, elocuentemente

- ¿Siete? – Emma se apresuro a preguntar y en ese momento sonó el timbre, y las cabezas de todas se volvieron hacia la puerta – yo abriré – dijo su tía con una sonrisa.

Emma tuvo un mal presentimiento mientras veía a su tía cruzar el salón y dirigirse hacia la puerta, y cuando la abrió, es mal presentimiento se convirtió en realidad: Regina estaba allí de pie, con una botella de vino en la mano, una camisa blanca y un traje de sport azul. El corazón de Emma se paró un instante, y después empezó a latir como un loco.

- ¿Qué está haciendo aquí? – le siseó Ana a Emma, agarrándola del brazo.

- No... No lo sé.

- Las tres hermanas se miraron unas a otras – Mamá – dijeron al unísono

- ¡Señorita Mills! – Exclamó Mary Margaret, saliendo de la cocina en ese momento con una fuente humeante – llega justo a tiempo

- Gracias por invitarme, señora Swan

- Por favor, no tiene por qué agradecérmelo – replicó Mary – me alegra tanto que haya podido venir. Es un placer tenerla aquí.

- Regina lanzó una breve mirada a Emma, que estaba observando a su madre con incredulidad – le aseguro que el placer es todo mío.

- David gritó con efusividad en el estudio, y Mary Margaret movió la cabeza – mi marido y el fútbol... – lo excusó con una sonrisa de circunstancias – tengo que arrancarlo del sillón para que venga a cenar cada vez que televisan un partido – depositó la fuente sobre la mesa y miró a sus hijas con el ceño fruncido – niñas, ¿qué hacen ahí paradas como tres estatuas? Elsa, sírvele una copa a nuestra invitada, Ingrid, querida, ¿quieres ir a decirle a tu hermano que la cena ya está lista? – Ana iba a ir a la cocina, pero su madre la detuvo – no, no, Ana, tú hazle compañía a la señorita Mills, que Emma y yo traeremos la comida.

- Pero...– balbució Ana, lanzándole una mirada nerviosa a Emma, quien movió la cabeza – está bien.

- Cuando la comida estuvo en la mesa, Mary Margaret se apresuró a indicarle a Regina dónde debía sentarse – Señorita Mills, usted aquí, al lado de Ana

Regina forzó una sonrisa, diciéndose que empezaba a entender por lo que Kristoff estaba pasando, teniendo que ocultar sus sentimientos por Ana. En ese momento a ella estaba matándola no poder sentarse junto a Emma, ni poder rodearle la cintura con el brazo, ni poder besarla siquiera en la mejilla. Además, David, que estaba sentado en la cabecera de la mesa, tenía una expresión que no podía calificarse precisamente de cordial.

- El padre de la señorita Mills, va a ser nuestro próximo senador – Mary Margaret le dijo a Ingrid, cuando Ana le estaba pasando la ensalada a la morena

- Bueno, primero tenemos que ganar las elecciones – masculló Regina riéndose incómoda por los constantes halagos de su futura suegra.

- ¿Está usted interesada en la política como su padre? – inquirió David, que llevaba un rato mirándola tan fijamente que la estaba poniendo nerviosa.

- Oh, no, no. Yo sólo estoy ayudándolo con la campaña.

- Díganos, señorita Mills – intervino Mary Margaret, obviamente queriendo cambiar de tema – tengo entendido que su familia es bastante numerosa. ¿Cuántos hermanos o primos solteros tiene usted en este momento? – Emma tosió suavemente y David le lanzó a su esposa una mirada furiosa.

- Unos cuantos – respondió Regina un tanto nerviosa – aunque ellos ahorita no están pensado en establecerse en un matrimonio, están muy ocupados haciendo cosas

- Mary Margaret asintió acercándole una fuente a la invitada – pero en algún momento ellos se establecerán con una familia, ¿cierto?, así como usted también lo hará, ¿no?, conocerá al hombre indicado, se casara y tendrá hijos – a Emma le entró tal ataque de tos, que Elsa tuvo que darle en la espalda y servirle un vaso de agua para que no se ahogase.

- Regina movió su boca varias veces como intentando decir algo, pero las palabras no salían – si, supongo que si… eso es lo que queremos todos los Mills, conocer a la persona indicada, casarnos y tener hijos – respondió a duras penas

- ¿Más pollo? – Mary Margaret inquirió con una sonrisa victoriosa

- Sí, gracias – respondió la morena pinchando un contra-muslo y depositándolo en su plato – está todo delicioso, pero debe haberse pasado el día entero en la cocina.

- Oh, no es nada – contestó Mary Margaret moviendo la mano con falsa modestia – Ana me ha ayudado con los preparativos, es una cocinera excelente, ¿sabe?

- Pero si sólo te trocee el apio y las cebollas – replicó Ana frunciendo el entrecejo.

- ¡Y lo hace tan bien! – Exclamó Mary sin tomar en cuenta a su hija – cada trozo del tamaño perfecto, y todos por igual.

Elsa estaba conteniendo la risa a duras penas, y los labios de David estaban apretados en una fina línea mientras clavaba el cuchillo en la pechuga de pollo que le había servido su esposa.

- Mary, háblale al señorita Mills de la partida de bingo que ganaste anoche – la instó Ingrid, en un intento por llevar la conversación por otro rumbo

- Mary, que no percibió la malicia en su cuñada, y procedió a explicarle a Regina la historia que todos habían oído ya media docena de veces – pues resulta que a mí sólo me quedaba una casilla, la B7, y a mi marido David igual, sólo una, la B1...

Regina estaba escuchando a Mary Margaret muy cortésmente cuando sintió un pie desnudo deslizarse arriba y abajo por su pantorrilla. Se quedó inmóvil, y miró de reojo a Emma, que parecía absorta en la historia de su madre, y luego a Elsa junto a ella, que estaba bebiendo agua. El pie se aventuró más arriba, y Regina agarró también su vaso de agua, dando un buen trago e intentando mantener la vista fija en la mujer frente a ella, quien seguía hablando sin parar.

- Y entonces cae la bola – Mary Margaret seguía narrando con fervor – es azul, así que sé que es una B, ¿y qué número cantan?, ¡El 7!, B7! – se llevo su mano derecha al pecho

- Cien dólares – masculló David, hundiendo de nuevo el cuchillo en su trozo de pollo – cualquiera que la oyera pensaría que le ha tocado la lotería...

- Bueno, gané cien dólares más que tú, que no ganaste ninguno – le espetó Mary Margaret a su esposo, señalándolo con el tenedor.

La discusión continuó sin llegar a mayores, pero Regina aprovechó la distracción para mirar a Emma que alzó los ojos lentamente hacia ella. Aunque fue sólo un segundo, la mirada que le lanzó la rubia fue tan ardiente como incitante. Necesitaba llevarla a algún sitio donde estuvieran a solas, pensó tomando un trago de su copa de vino, y pronto. Mary Margaret estaba sirviendo el postre cuando sonó el teléfono. Ana se levantó de su silla como un resorte.

- Yo contestaré.

- Si es uno de esos tipos que quieren venderte algo, cuélgale – gritó David mientras Ana se alejaba por el pasillo – un hombre ya no puede ni cenar tranquilo con su familia...

Regina contuvo el aliento cuando Emma, o al menos esperaba que fuese ella, le repasó de nuevo el pie por la pantorrilla. En ese momento regresó Ana.

- ¿Quién era? – inquirió David

- No sé, un tipo raro, primero me ha preguntado por no sé quién y luego ha colgado – contestó Ana, volviendo a ocupar su sitio y mientras su padre refunfuñaba acerca de la falta de educación de la gente, secundado por su esposa, ella miro a Regina – ¿Te apetecería ir al cine después? – le pregunto en un susurro lo suficientemente alto para que todos los presentes escucharan

- Olvidándose de la llamada telefónica, Mary Margaret se volvió las miro con el rostro radiante de felicidad – es una idea magnífica...

- Ni hablar – la cortó David bruscamente, frunciendo el ceño aún más – Mi hija no saldrá con la señorita Mills, no me importa que tan numerosa, rica, e importante sea su familia, los Swan no estamos a la venta

- No le estoy pidiendo que me lleve a conocer a sus parientes, papá – se apresuró a replicar Ana – acaban de estrenar una comedia, y Elsa, Emma y yo teníamos muchas ganas de verla. Sólo he pensado que a lo mejor la señorita Mills le apetecía acompañarnos cuando hayamos recogido y fregado los platos.

- Regina comprendió al instante que se trataba de una excusa, y que aquella misteriosa llamada tenía algo que ver – oh, por mí de acuerdo, me encantan las comedias – se apresuro a decir con su clásica sonrisa Mills

- Porque no van la señorita Mills y tú, cariño – le dijo Mary Margaret a su hija levantándose de su silla – ya me ayudan Elsa y Emma con la mesa y el fregado.

- Si Ana va, Elsa y Emma también – decretó David con una mirada feroz.

- Lo siento – murmuró Elsa – pero yo no puedo, ayudaré a mamá con los platos, pero luego tengo que irme. Le he prometido a una amiga que le haría de niñera esta noche.

- Pues entonces los acompañará Emma – dijo su padre con firmeza – y no se discute más

"Gracias, señor Swan" pensó Regina para sus adentros reprimiendo una sonrisa malévola. Miró a Emma, y vio que estaba pensando lo mismo. Cuando estuvieron fuera de la casa, Ana se volvió hacia Emma y Regina

- Supongo que ya se imaginan que no vamos al cine – la castaña les dijo a ambas con rapidez

- Algo de eso me estaba figurando yo – contestó Regina sonriendo.

Calle abajo el conductor de un auto aparcado hizo señales con las luces de los faros. Ana abrazó a Emma, se despidió de Regina y corrió hacia el vehículo. A solas en la oscuridad tras un alto arbusto, Regina tomó a Emma entre sus brazos y la besó. La rubia puso las palmas de las manos sobre su pecho, respondiéndole afanosamente.

- Debo decir que ha sido una experiencia interesante cenar con tus padres – murmuro Regina cuando finalmente separaron sus labios

- Yo más bien la calificaría de espantosa – Emma dijo un poco avergonzada – no he pasado más vergüenza en mi vida.

- Regina sonrió – pues yo no me había sentido tan incómodo ni siquiera ayer, cuando tu tía nos encontró en su apartamento. Eres un diablo

- ¿A qué te refieres? – pregunto la rubia haciéndose la desentendida

- Sabes a qué me refiero – Regina respondió enarcando una ceja – refregando tu pie por mí pantorrilla… casi me da un ataque.

- Emma la miró contrariada – yo no he hecho nada de eso – aseguro con determinación

Por un instante, Regina sintió algo de pánico, pensando que hubiera sido Elsa, o quizá Ingrid, pero al ver la expresión traviesa en los ojos de Emma y la sonrisa que apenas podía contener, frunció el ceño y se echó a reír.

- Muy graciosa – dijo Regina apretando a la rubia contra sí y besándola en el cuello. El dulce suspiro que escapó de los labios de Emma y el ligero temblor de sus manos hizo que su pulso se disparara – anoche te hice una pregunta – murmuro levantando la cabeza – y no llegaste a contestarla.

- Emma repasó la mano suavemente por el pecho de la morena – ¿Qué pregunta fue esa?

- ¿Quieres venir a mi casa?

- Emma la miró a los ojos con adoración – creí que nunca me lo pedirlas – le contestó sonriéndole de manera seductora


DESCARGO DE RESPONSABILIDAD: ni Once Upon a Time ni sus personajes me pertenecen. Al igual que las canciones que puedan aparecer en esta historia.


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