Comunidad: 30vicios livejournal
Tabla: Sorpresa.
Tema: 22. Conspiración.


Flores amarillas.

Capítulo 9.
Después de todo qué complicado es el amor breve
y en cambio qué sencillo el largo amor
digamos que éste no precisa barricadas
contra el tiempo ni contra el destiempo
ni se enreda en fervores a plazo fijo

Boda de perlas; Mario Benedetti.

Kise deja pasar otra semana antes de decidir que necesita un empleo, pues como todo el mundo predijo, se aburre un montón ahora que sus amigos no están. Sin embargo, conseguir empleo no es tan fácil como suena, sobre todo en una ciudad que está dejando atrás los últimos días del verano y Kise se ve obligado a ir de un lado a otro del pueblo obteniendo negativa tras negativa, pues muchos negocios cierran sus puertas al finalizar la temporada. Los únicos que no lo hacen son los que están relacionados con las aguas termales, que atraen turistas sin importar la época del año, pero conseguir un empleo en ellos es bastante difícil. Kise no tiene la suficiente experiencia (de hecho, no tiene experiencia alguna, pues nunca ha trabajado) y las vacantes disponibles precisan de conocimientos previos además de un rostro agradable, único requisito que cumple.

Kise está a punto de darse por vencido cuando recuerda el anuncio que Momoi le enseñó, hace más de un mes y que solicitaba un ayudante de mesero en un café en el centro del pueblo, no muy lejos de su casa. Por supuesto, no hay garantía alguna de que el puesto siga vacante y no es que él se muera por ser un mesero, cuando estuvo aspirando a puestos un poco más altos y mejor pagados, pero es lo único que le queda si no quiere morir de aburrimiento hasta el momento en que abandone Tonosawa, momento en el que siempre imagina a Kuroko a su lado.

Para su sorpresa, el puesto sigue vacante, lo que no significa, como le hace ver la dueña del local, que ya lo tenga asegurado por default. Tiene que pasar una entrevista antes que lo acredite como digno del empleo, pues al ser temporada baja, la mujer no puede darse el lujo de contratar a alguien que va a abandonar.

—Tienes buena cara, muchacho —dice ella. Es una mujer bajita con el pelo negro siempre recogido en un moño, con rasgos alargados, que hacen a su rostro lucir casi ratonil. Sin embargo, tiene una sonrisa amable y hasta un poco traviesa cuando dice esto, por lo que la primera impresión que le da a Kise es que es una buena persona—. Si te quedas serás un imán para las chicas y eso está bien, pero primero debo saber si tienes los requerimientos. ¿Has trabajado alguna vez?

—No.

—Aquí dice que tienes dieciocho años —dice ella, mirando el currículum que Kise le entregó y que en realidad, hizo a medias—. ¿Y nunca has trabajado? Bueno, no me sorprende, todo mundo empieza en ceros. Aun así, ¿qué te decidió a trabajar? Nunca te había visto por aquí...

—Llevo en Tonosawa desde junio, señora —dice él, rascándose la nuca—. En cuanto a qué me decidió... Bueno, siendo sincero, no tengo nada mejor que hacer. Me aburro y Kurokocchi me aconsejó que lo hiciera. Bueno, ella y casi todos los que conozco —dice Kise rápidamente, pues la mujer ha comenzado a mirarlo extraño. Quizá conoce a Kuroko y él no quiere que se malinterprete, aunque en realidad ella haya sido la causa de su decisión.

El interrogatorio prosigue de esta manera, con preguntas referentes a las habilidades de Kise en la cocina, los quehaceres domésticos y el porqué de que no haya querido seguir estudiando. Y durante todo éste, Kise no puede saber con seguridad si ha obtenido el empleo, pues el rostro de su interlocutora es incluso más inexpresivo que el de Kuroko, aunque Kise sospecha que lo de ella se debe a años de práctica, mientras que Kuroko siempre ha sido así.

—Bueno, muchacho, confiaré en ti —dice la mujer, tras haber vaciado su protocolo de preguntas para la entrevista de trabajo, aunque no muy segura de la idoneidad de Kise para el puesto, por mucho que éste le haya asegurado (cosa que contribuyó a su decisión) que hará su mejor esfuerzo—. Como ya bien sabes si revisaste la convocatoria, tu turno es de 8:30 am a 6 pm, cuatro días a la semana, en los que laborarás un día sí y otro no, a menos que yo te llame por algún evento especial. El sueldo es base más las propinas que obtengas, que estoy segura serán muchas.

—¡Gracias, gracias! —dice Kise, sin creerse su buena suerte y eso que apenas está empezando—. Haré mi mejor esfuerzo, de verdad.

—Lo harás —dice la mujer, poniéndose de pie en el despacho detrás del café, una habitación de color malva con cuadros familiares por todas partes; ya es hora de que se marche, así que Kise la imita, pues ya lo han acordado todo. Empezará en dos días, tiempo que la encargada encuentra suficiente para que consiga el uniforme del empleo y aprenda rápidamente lo más básico de lo que tiene que hacer, lo que incluye el menú, las medidas de seguridad, saludos, cómo tomar órdenes, etc. Pues puede que sea un café pequeño, nada comparado con los que hay en grandes ciudades, pero al estar en la zona turística de Tonosawa, no puede perdonar errores—. Y te quitarás esa horrible cosa que traes en la oreja cuando estés trabajando.

—¿Eh? ¡Ah, esto! —dice él, tocando su oreja izquierda, donde descansa el piercing que se hizo en un momento de locura en su segundo año en la preparatoria—. Sí, me lo quitaré —dice, al ver la mirada desaprobatoria que la mujer le dirige—. Gracias otra vez.

Kise abandona la habitación, pensando en que se lo contará a Kuroko en cuanto la vea, a Momocchi si la encuentra conectada en facebook y a su abuela también, a quien se le había olvidado hacer partícipe de sus planes y así es como obtiene su primer empleo. Y aunque en un principio su objetivo era matar el tiempo, tras unos cuantos días de trabajo y también tras haber superado las dificultades de cualquier novato, Kise se encuentra disfrutando lo que hace.

No tiene muchos compañeros de trabajo y los que hay son mucho mayores que él, pero se lleva bien con todos pese a la diferencia de edad. La chef, una mujer que era amiga de su madre cuando solía vivir en Tonosawa, incluso le enseña a elaborar diversos postres dulces o bien aperitivos salados en sus tiempos libres, lo cual es bastante divertido si no se tienen en cuenta las quemaduras de los primeros días y los desastres que tienen que ser descontados de su salario.

Además, como pronosticó la dueña, a Kise le va muy bien de camarero entre los turistas que vienen desde todas las regiones del país e incluso entre las mujeres extranjeras, que se han dejado caer en el pueblo tentadas por las propiedades curativas que dicen tienen las aguas termales. Kise obtiene un montón de propinas, pero no es más que una consecuencia inevitable, pues cualquiera que lo ve con el uniforme del café no puede evitar notar su atractivo y dejarle algún dinero extra tan sólo por el placer de su sonrisa.

El uniforme del café consiste en un pantalón negro y una camisa blanca, que Kise tiene que planchar con esmero todos los días para evitar cualquier arruga. Sobre ésta y cubriendo parcialmente el pantalón, va un mandil de color negro, con una pequeña estrella dorada sobre el pecho, justo encima del corazón. Es un atuendo sencillo pero formal, que sólo consigue su toque de gracia cuando Kise lleva el cabello peinado hacia atrás, dejando su frente al descubierto y con ello también sus ojos, que de cuando en cuando se ocultan tras el flequillo demasiado largo que lleva. Sería imposible no darle una propina y Kise lo sabe, pero nunca pasa de ahí.

Muchas chicas le han ofrecido algo más que una propia y él mentiría si dijera que muchas de ellas lo habrían conseguido en sus tiempos en Kaijou, pero le gusta saber que ya no es así, por muy cursi que suene. Sería fácil decirles que sí e incluso ceder a sus invitaciones, escritas en servilletas con bolígrafos de colores o bien, en el recibo de la cuenta, detallando la habitación en la que se encuentran en la posada de las aguas termales más cercana, algunas incluso dejando su nombre, dirección y cuenta de facebook. Sería muy fácil, pues muchas de ellas no quieren nada formal y él tampoco, por lo que seguirían sus caminos como extraños y nadie tendría que enterarse, pero Kise no quiere que sea así. Por lo que desecha cada una de las invitaciones, a pesar de que en más de una ocasión se siente bastante dispuesto.

Sin embargo, eso no significa que las muchachas que acuden al café (que ha sufrido una escalada en popularidad) se rindan, mas sí que empleen otros métodos para llamar su atención, siendo algunas más serias que otras. En especial aquellas que residen en el pueblo o lugares cercanos y que tienen mayor oportunidad de establecer una relación formal con él, al menos en teoría.

Su táctica consiste en seguirlo donde quiera que va, lo que incluye sentarse cerca de su estación de trabajo en la entrada de la cafetería hasta seguirlo a la terraza del café, donde suele tomarse sus tiempos libres de diez minutos cada tres horas. Y aunque al principio Kise tenía la esperanza de que la dueña del local haría algo al respecto, pues el sonido de las sillas al arrastrarse y el aumento de tazas rotas constituían un gran problema, la mujer prefirió el dinero y la mayor afluencia de personas a su local que preocuparse en primera por porcelana rota y en segunda (y así se lo dijo), por él, pues ningún mal podía hacerle recibir la atención de un montón de jovencitas.

Así, Kise se ve asediado de preguntas incluso en su tiempo libre, por mucho que trate de escudarse tras los libros que Kuroko le ha dado, aunque eso no significa que haya dejado de leerlos, incluso lo hace a mayor velocidad, pues entre que trata de ignorar a sus admiradoras, es más fácil que se pierda en la historia que está leyendo y la termine mucho más rápido.

—Ne, ne, Ryouta-kun —dice una de sus admiradoras una tarde, ignorando completamente el pastel de fresas frente a ella e inclinándose hacia Kise, que ocupa la mesa a su derecha, justo en la esquina de la terraza—. ¿Es éste un libro nuevo? —Antes Kise solía comer alguna cosa del menú, lo que servía de excusa a sus fans para llevarse desde servilletas hasta panecillos a medio comer, pero esa tarde Kise no tiene nada que alguien pueda robar, aunque parece que la chica podría llevarse el libro si fuese necesario.

—Sí —dice él, que pese a que no está interesado en salir con ninguna de ellas nunca ha sido cruel ni irrespetuoso en sus respuestas, lo que ha contribuido bastante a que nadie se haya dado por vencida con él—. Antes estaba leyendo "Norgewian Woods" y éste se llama "Confesiones de una máscara".

—Ryouta-kun, te gusta mucho leer, ¿verdad? —pregunta una segunda chica, sentada en la mesa detrás de Kise; lo han arrinconado, como siempre, pero ellas no son turistas, sino chicas del pueblo, que de vez en cuando también dejan sus números telefónicos en servilletas para él—. Siempre te veo leyendo. ¡Aunque eso es bueno!

—¿Ah, sí? —pregunta Kise, que sin saberlo ha aprendido a dominar la técnica de Kuroko para la lectura, de manera que puede leer y escuchar al mismo tiempo, aunque eso sí, siempre luciendo distante.

—Sí, porque eso significa que no tienes novia.

—¿Quién dice que no tengo? —pregunta él, sintiendo cómo el rubor le sube por las mejillas ante una asunción que él también habría hecho en el pasado, tildando de solitario a alguien que se pasase la vida leyendo libros.

—Tú le dijiste una vez a Mimi-chan que no tenías. ¿O ahora tienes, Ryouta-kun?

—No —dice él, pasando de página aunque no ha acabado de leer—. Pero... Hay alguien que me gusta —dice, después de un gran esfuerzo y enfrentando la mirada de su pequeño auditorio, conformado, ese día, por cinco chicas y sus respectivos postres.

—¿Es alguien de aquí? ¿Es alguien que conozca? —preguntan todas en diversos tiempos y a veces al unísono, resemblando a una parvada de pájaros piando sin cesar. Muchas de ellas no tienen ni 15 años, pero Kise no las rechazó por ese motivo, pues él también aspira a alguien mayor y en apariencia inalcanzable, por lo que sabe lo que se siente. Sin embargo, el que le guste alguien, el que le guste Kuroko, aunque no se lo confiese a nadie, es razón suficiente para decir que no a todas, para rechazar invitaciones y tirar números telefónicos a la basura.

—No. No creo que la conozcan —dice él, dirigiendo su vista en dirección a la casa, que ni siquiera se puede ver desde ahí. Kuroko nunca ha sido una persona muy sociable, así que es imposible que esas chicas la conozcan, sobre todo con todos los años que separan sus respectivas generaciones. Y aun si la conocieran, quizá tampoco la considerarían digna de él; en realidad nadie lo haría, pues aunque no hay documentos oficiales ni un anillo en su mano izquierda, todo el mundo la considera casada y por ende, fuera del límite para cualquiera que no sea su esposo—. No creo que yo la conozca siquiera —dice él con un suspiro—. Pero está bien —dice Kise a su auditorio, que se ha quedado callado, escuchándolo con suma atención—. En eso estoy.

Sus facciones se rompen en una gran sonrisa, que sin embargo no contrasta con su semblante pensativo de antes. Sus ojos todavía están llenos de melancolía y casi no parecen brillar a la luz de la tarde; las comisuras de sus labios están tensas por el esfuerzo y sus manos no dejan de abrirse y cerrarse alrededor del libro que tiene entre manos, otra trágica historia, aunque no precisamente de amor.

—Bueno, tengo que ponerme a trabajar —dice Kise, poniéndose de pie, con el libro bajo el brazo y empezando a sortear las mesas que las chicas han juntado para poder acorralarlo—. ¿Vienen o se quedan? Ya empieza a hacer un poco de viento.

Kise desaparece por la entrada del café, donde, después de poner su libro en un lugar seguro (pues ha visto las miradas codiciosas de las chicas a su alrededor), se pone inmediatamente a trabajar, ignorante de la reacción que ha causado en las jóvenes que lo han escuchado y observado cada segundo que les ha sido posible desde que pusieron sus ojos sobre él. En todas ellas ha quedado una sensación de desasosiego mezclado con un vacío desesperante en el estómago, que las vuelve ansiosas y aun más dispuestas a seguir con sus pesquisas.

Sí, puede que Ryouta haya dicho que quiere a alguien, incluso sin haber usado específicamente esa palabra. Y puede que todo su lenguaje corporal se los haya traslucido, desde la manera en que las comisuras de sus ojos se suavizaron ante el recuerdo de ella hasta la sonrisa temblorosa en sus labios, la primera y no la falsa. Pero, ¿cómo podrían dejarle a Ryouta a una chica que lo hace sufrir así? ¿A qué está esperando? ¿Quién es?

¿Quién es?, esa es la pregunta que realmente importa.

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Una de las ventajas de tener un empleo, aunque Kise no lo descubrió hasta después de unos cuantos días, es que le permite ver a Kuroko por las mañanas e incluso acompañarla todo el camino hacia el centro del pueblo, donde ambos se despiden para acudir a sus respectivos empleos.

En realidad él no lo tenía planeado, sólo sucedió. Un día, mientras salía un poco más temprano de lo habitual (a eso de las ocho, pues le tocaba ayudar con la limpieza), se encontró a Kuroko saliendo de su casa, usando un sencillo atuendo consistente en pantalón de mezclilla, tennis blancos y una blusa de manga corta, con un estampado floral que le trepaba por el costado hasta llegar al hombro y que quedaría eclipsado en cuanto Kuroko se pusiera el delantal obligatorio del jardín de niños. Ella respondió a su saludo de manera natural y no dijo nada cuando Kise echó a caminar a su lado, charlando de un montón de cosas intrascendentes, pero no por eso aburridas.

Ella no prometió volver a verlo cuando se despidieron, pero no hizo falta, pues Kise comenzó a levantarse temprano para poder verla y ella no puso objeción alguna a dicho cambio al considerarlo parte de la rutina de Kise (quien tenía que limpiar el local cada vez que llegaba temprano) y también porque ni se le habría ocurrido pensar que ella era el catalizador de tal decisión.

—Hey, Kurokocchi —dice Kise una mañana, casi a finales de mes, cuando ya se ha hecho necesario para ambos llevar ropa menos ligera o al menos acompañarla con chaquetas o suéteres no muy gruesos—. ¿Cuál es tu estación favorita?

—Me gusta el otoño —dice ella, tras pensarlo un segundo. Y sus ojos se dirigen hacia las montañas que rodean el pueblo, donde los árboles han comenzado a teñirse de rojo, en medio de un incendio silencioso y siempre nostálgico—. Es muy tranquilo.

—¿Más que el invierno? —pregunta Kise, que siempre ha asociado el invierno con las vacaciones y por ende a éstas con la tranquilidad.

—Sí —dice ella, que camina a su derecha y apenas lo observa de reojo, pues tiene la vista puesta en el suelo, lleno de hojas doradas y rojizas—. En invierno hay muchas festividades. En primavera todo cambia y verano está lleno de cosas que hacer. Sólo en otoño parece haber calma, como si fuera un tiempo muerto.

—Mmmm —dice Kise, no muy seguro de entenderla y sin embargo, feliz, pues con preguntas tan simples como esa ha llegado a conocerla a través de los días, desde cosas tan sencillas como su comida favorita (aunque Kise no podría llamar comida como tal a la malteada de vainilla) hasta opiniones más radicales en todo tipo de temas, principalmente en noticias, que suele ver todas las mañanas mientras se prepara para ir a trabajar. Así se enteró de que Kuroko está a favor del aborto, en contra de la guerra y la matanza de animales, si bien, dijo, le era imposible volverse vegetariana.

—¿Y a ti, Kise-kun? ¿Qué estación te gusta?

—¡El verano! —dice él, sin pensarlo un segundo y su rostro se ilumina ante el montón de recuerdos agradables que tiene de los veranos que ha vivido desde que nació—. Ir a la playa, sentir el calor asfixiante del sol, escuchar a los insectos escondidos entre los arbustos, comer sandía, ver los fuegos artificiales, nadar en el mar... ¡Hay un montón de cosas divertidas que hacer! —dice él, pero no agrega que también fue en verano cuando la conoció, lo que sin duda es un gran aliciente a su preferencia por dicha estación.

—Ya esperaba que dijeras eso, Kise-kun —dice ella, al parecer indiferente y sólo su voz, un poco más fuerte de lo habitual, delata que está tratando de no reír.

—¿Por qué? —pregunta él, a quien le resulta fácil contagiarse de su risa, aunque lo inverso no sea cierto.

—Es un clima que va más con tu personalidad, Kise-kun —dice ella y a Kise le duele ver que están a punto de llegar al lugar donde se despiden todas las mañanas—. Hay muchas cosas que hacer, como bien has dicho y siempre te he imaginado como alguien que se mantiene ocupado.

—¿De verdad? —pregunta Kise, feliz al saber que ella lo ha pensado alguna vez y sobre todo en algo tan trivial como sus gustos y pasatiempos—. Pero, ¿a ti no te gusta hacer ese tipo de cosas, Kurokocchi?

—No es que no me gusten —dice ella, deteniéndose en el lugar de siempre: la esquina de una panadería, que da hacia la calle del jardín de infantes donde trabaja—. Es sólo que no tengo tiempo para hacerlas. Y a veces, cuando tengo tiempo, prefiero leer.

—No me sorprende de ti, Kurokocchi —dice él, aferrándose a los últimos minutos que les quedan—. Te gusta tanto leer que da miedo. Por cierto que estoy a punto de terminar el libro que me prestaste, así que puede que te vea mañana después de todo.

—Muy bien —dice ella, comenzando a alejarse, dando apenas unos pasos hacia atrás pero sin darle la espalda todavía—. Nos vemos luego, Kise-kun.

—¡Hasta luego, Kurokocchi! —Kise siempre es el último en abandonar el punto de llegada, pues siempre se queda mirando hasta que ella desaparece, con las manos en los bolsillos y el corazón henchido de felicidad, escudado ante la idea de que debe velar por su seguridad hasta el final.

Sin embargo, esa no es la única rutina que establecen, pues pronto Kise no tiene reparo alguno en acompañarla a comprar en el mercado cercano (incluso en días en que Kise no trabaja), por lo que en más de una ocasión se reúnen por las mañanas para andar hasta el centro del pueblo, charlando animadamente (o lo más animadamente posible que Kuroko puede estar) y regresar al medio día, cargados de bolsas llenas de vegetales y carnes, para despedirse enfrente de sus respectivas casas.

A veces, cuando Kagami está en casa también los acompaña, pero en realidad ese tiempo es de los dos. Quizá incluso más que el que han pasado charlando sobre libros, conociéndose a ciegas a través de las opiniones vertidas sobre ciertos pasajes o intenciones de un autor. Y Kise no puede ser más feliz cuando se da cuenta de ello y de la facilidad con la que se ha establecido esa rutina, volviendo todos sus días mucho más emocionantes incluso si tiene que trabajar.

De hecho, no podría haber tomado mejor decisión que conseguir un empleo y por eso puede aguantar de todo en éste. Desde el constante acoso de las chicas a su alrededor hasta trabajos más elaborados, que en más de una ocasión lo requieren en la cocina. Pero es que en ese tiempo de su vida Kise vive como entre sueños, apenas consciente de lo que pasa a su alrededor que no tenga que ver con Kuroko y más perdido día a día en su afecto hacia ella. Pero aunque él no lo ve, el resto del mundo sí lo observa a él y eso le traerá sus consecuencias.

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Los rumores sobre ambos empiezan no mucho después, cuando, siguiendo la rutina de Kise, sus fans más audaces deciden llevar sus esfuerzos fuera del café y seguirlo hasta en su vida cotidiana, sólo para encontrar que éste ya tiene quién lo acompañe por las mañanas y también quién lo reciba por las tardes. Sin embargo, no se habrían fijado en Kuroko sino hubiese sido por un accidente en particular, sucedido una mañana cualquiera, en los primeros días de octubre.

Mientras Kise y Kuroko iban de camino hacia sus respectivos trabajos, charlando como si el tiempo no pasase entre ellos, Kuroko tropezó con la raíz de un árbol a la orilla del camino, mismo que se había detenido a observar, maravillándose de las sombras que producían sus hojas sobre la tierra. A consecuencia de esto, se torció el tobillo y se raspó los brazos, codos y rostro en la caída, lo que obligó a Kise a llevarla a casa, por mucho que ella se negara.

—Estaré bien, Kise-kun —dijo ella, todavía tendida sobre el suelo, con las sombras del follaje bailando sobre su cuerpo y rechazando la mano que le ofrecía Kise para ayudarla a ponerse de pie, cosa que hizo sin esfuerzo alguno aparente. De hecho, Kise estaba comenzando a pensar que sólo había sido una caída bastante fea y estaba a punto de reanudar la marcha, cuando Kuroko volvió a caer, esta vez sin dejar de soltar su tobillo izquierdo, que había comenzado a inflamarse.

—¡Kurokocchi! —Kise estuvo a su lado en menos de un segundo y también las chicas que habían presenciado la escena, pues aunque un instante atrás se debatían pensando en quién era esa mujer y cuál era la relación de Ryouta con ella, no tenían mal corazón como para abandonarla cuando parecía haber sufrido un accidente grave.

—¿Necesitas que llame a alguien? —preguntó una de las chicas, de largo cabello color miel y que no podía pasar de los quince años, la edad perfecta para ir persiguiendo imposibles con gran animación.

—No —fue la respuesta de Kuroko—. No, gracias. Estoy bien —sus ojos azules se dirigieron a la chica, pero ella ya no la miraba, sino que miraba a Kise y éste a su vez, tenía la vista fija en Kuroko—. Aunque quizá... Kise-kun, ¿podrías avisar a la escuela que es probable que no pueda ir hoy?

—Kurokocchi, ¿estás loca? —preguntó Kise y ninguna de las chicas había visto ese lado de él antes. Le temblaban las manos y las comisuras de los labios, había fruncido el entrecejo y su voz estaba llena de rabia mal disimulada—. Tienes que ver a un médico. No sabemos qué tan grave puede ser... Lo que te pasó, ¿y tú estás pensando en tu trabajo?

—Mi trabajo también es importante, Kise-kun —dijo ella, que se había arrastrado hasta quedar recostada sobre el árbol de cualquier manera, sin embargo, no bromeaba, como Kise pudo ver por su semblante. Kuroko era una mujer bastante testaruda, como él llegaría a comprobar en el futuro.

—Muy bien, avisaré a la escuela, pero tienes que prometerme que dejarás que un doctor te vea —dijo él, sin hacer movimiento alguno para marcharse. Estaba en cuclillas a su lado y el tiempo seguía corriendo para ambos; él llegaría tarde a trabajar si seguía así, pero no es que pensara asistir en primer lugar.

—Veré a un médico, Kise-kun. No seas tonto. No soy tan testaruda como para creer que no me he hecho daño —dijo ella y una sonrisa, rota sólo por el dolor que sentía, adornó sus labios un segundo.

—Ojalá estuviera Kagamicchi aquí —dijo Kise, poniéndose de pie, pues así de grave percibía él situación—. Así al menos podría estar seguro de que estarás bien y él podría llevarte a casa.

—¡Muy bien! —dijo una de las chicas, ya harta de presenciar la escena entre ambos, en donde Kuroko estaba a punto de replicar de nuevo, sin duda para llamarle la atención a Kise sobre lo exagerado que podía ser en momentos como ese, cuando más se necesitaba calma—. Yo iré a avisar a la escuela, Ryouta-kun; así podrás llevarla a casa.

—¡Gracias! —dijo él y a la chica le fue pago suficiente ver su rostro, iluminado por la felicidad—. Entonces te llevaré a casa, Kurokocchi... Quizá sea bueno que mi abuela te vea antes, pero habrá que llamar a un médico... Y quizá avisar a Kagamicchi... —mientras decía esto, Kise se arrodilló a su lado, de manera que Kuroko pasara su brazo sobre su hombro para apoyarse en él. Tan ocupado estaba rumiando los pequeños detalles de los que tenía que ocuparse, que apenas y percibió el contacto de sus cuerpos, algo con lo que había soñado en más de una ocasión.

—Muchas gracias —dijo Kuroko a las chicas, que seguían de pie mirando la escena, descifrándolo todo en cuestión de segundos, cuando Kuroko estaba ciega a los afectos de Kise y a la manera en que le temblaron las manos apenas un segundo antes de pasarlas por debajo de sus rodillas para levantarla—. Espero algún día poder hacer algo para compensarlas por este pequeño favor. Aunque ya me gustaría haberlo hecho yo misma —dijo, en voz tan baja que sólo Kise pudo escucharla—. ¿Podrían, por favor, informar que la profesora Kuroko Tetsuko sufrió un accidente y que espera retomar sus labores al día siguiente si es posible?

—Entendido —dijo la de cabello color miel y tras echar una última mirada, no sin antes haber halado a su amiga de la mano, pues tenía mucho que comentar de la escena vista, echó a correr hacia el centro del pueblo; pero Kise no esperó a que desapareciera de su vista para ponerse en marcha.

—¿Son tus amigas, Kise-kun? —preguntó Kuroko, unos minutos después, pues tenía que mitigar de alguna manera la vergüenza de ser llevada en brazos la mitad del camino hasta su casa, pues sabía que aun si discutía con Kise, él nunca le dejaría caminar por su cuenta, aunque fuese apoyada en él.

—Mmmm... Si te digo la verdad, Kurokocchi, no sé quienes son —dijo él y casi la dejó caer al tratar de rascarse la nuca—. Supongo que serán algunas chicas que van a verme a veces al trabajo, pero no soy muy bueno con los nombres. Pero me aseguraré de agradecerles en cuanto las vea —dijo, al ver la mirada desaprobatoria de ella.

—Era de esperarse que Kise-kun fuese tan popular con las chicas. Eres muy bien parecido, Kise-kun —dijo ella y no le pasó desapercibido el rubor en las mejillas de Kise, que ella atribuyó a la vergüenza de verse descubierto como alguna clase de mujeriego (y lo había sido antes de vivir en Tonosawa), pero que en realidad venía del simple y sencillo hecho de haber sido elogiado por ella.

—Sí, bueno, eso dice mi hermana también —dijo él, desviando la vista como si de pronto le parecieran fascinantes las fachadas de las casas a su izquierda—. Gracias, Kurokocchi. Pero eso no significa que te dejaré hacer lo que quieras mientras Kagamicchi no está y si el médico dice que necesitas reposo, ya me las arreglaré para vigilar que no salgas de tu casa.

—Ya verás que no es nada grave, Kise-kun —dijo ella, mientras seguían su caminata, ante los ojos atentos de hombres y mujeres escudados por las cortinas de sus casas, que sin preocuparse por saber cuál era la situación, comenzaron a pensar todo tipo de cosas. Pero, ¿acaso podían hacer algo más, cuando veían a la esposa de un hombre que había crecido en el pueblo en los brazos de un cuasi desconocido? ¿Y más, cuando se los veía charlar tan animadamente, no sólo ese día, sino todos? Y ahora él la cargaba en brazos y pronto desaparecerían tras la puerta de su casa. ¿Qué más podían pensar?

Por supuesto, podían pensar mejor de Kuroko, que nunca le había sido infiel a Kagami ni había soñado con serlo. Podrían haberle dado el beneficio de la duda, considerando su comportamiento siempre intachable; pero en pueblos pequeños se vive de chismes y ese día nació uno nada más por mero aburrimiento, aunque Kise y Kuroko no lo supieron hasta después.

Cuando llegaron a la casa y después de que Kuroko abriera la puerta (para lo que Kise tuvo que inclinarse un poco, de manera que Kuroko pudiera poner la llave en la cerradura), Kise depositó a Kuroko sobre el sofá más largo en la sala de estar, no sin lamentarlo, pues era bastante ligera entre sus brazos y su peso lo reconfortaba; con los brazos vacíos, él no podía evitar sentirse vacío también.

—Déjame revisarte —dijo Kise, antes de cualquier cosa y se puso de rodillas frente a ella, como si fueran lacayo y reina e incluso de esa manera la tocó, cuando le quitó los zapatos que ese día llevaba, con un tacón casi invisible, pero que aun así contribuyó a su caída. La piel de Kuroko era suave, como él se esperaba y Kise apenas y la rozó con las yemas de sus dedos, más por vergüenza que por temor a hacerle daño. Aun así, recorrió la circunferencia de su tobillo, palpando en busca de algún hueso fuera de lugar pero sin encontrarlo, lo cual no significaba nada, por supuesto. Tan ensimismado estaba en su tarea, que apenas y notó la mirada sorprendida de Kuroko al verlo, pues las comisuras de los ojos de Kise se habían suavizado y sus ojos parecían brillar mientras descendía del tobillo hacia el pie, aunque no era necesario.

—Kise-kun —lo llamó ella, en apenas un susurro, rozando la verdad con las yemas de los dedos, como Kise hacía en esos momentos con su pie, causándole cosquillas bastante placenteras. Su voz despertó no sólo a Kise de su letargo, cuando estaba a medio camino de inclinarse para besar la planta de su pie, sino también a ella, que tuvo tiempo de ver cómo Kise se ponía de pie y en la prisa por alejarse de ella, caía sentado sobre el suelo, mirándola como si fuera alguna clase de aparición.

—¡Lo siento, Kurokocchi! —dijo él, con la voz llena de pánico y durante un segundo, que pareció infinito, ambos se quedaron mirando, con un sinfín de palabras no dichas flotando en medio del espacio que los separaba. Sin embargo, fue Kuroko quien rompió el segundo hechizo y se alejó de la verdad, ocupándose entonces en cosas más triviales, como tomar el teléfono sobre la mesita del café en el centro de la habitación para llamar al médico—. Iré a ver a mi abuela a ver si puede hacer algo para ayudarte.

—Está bien, gracias, Kise-kun.

La voz de Kuroko no dejó relucir nada extraño. Aun así, Kise le dedicó una última mirada antes de salir de la habitación y abandonar la casa. ¿Sabía algo? ¿Lo había alejado por ello? ¿O no le molestaba en absoluto? El corazón le iba a mil por hora mientras anduvo los seis o siete metros que separaban la casa de su abuela de la de Kuroko y él sentía la sangre retumbando en las yemas de sus dedos, que se habían posado sobre la piel de ella y que fácilmente habrían podido seguir un camino ascendente hasta llegar...

Kise sacudió la cabeza para alejar el pensamiento y pronto estuvo frente a su abuela, explicándole lo sucedido. Pero incluso si sólo se tardó cinco minutos dentro de la casa de Kuroko (minutos que él percibió como una eternidad bajo el influjo de su tacto), el mundo al que salió ya era completamente diferente y el chisme de que Kuroko Tetsuko engañaba a su esposo con Kise Ryouta, un chico cinco años menor que ella, ya se había extendido por el pueblo, sólo para verse "confirmado" después por las chicas que pretendían a Kise, quienes no tardaron en relacionar los libros que con tanto afán Kise leía con a la persona que dijo amar; es decir, con ella.

Por supuesto, no estaban equivocadas. No del todo, al menos.

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Kagami regresa tres días después para encontrar a su esposa con muletas, si bien ya se lo esperaba, pues recibió una llamada de su parte el mismo día del accidente, pidiéndole que no se preocupara si Kise llegaba a contactarlo para exagerar la gravedad de la lesión. Kuroko tenía que reposar tres semanas y el doctor le había prohibido hacer movimientos bruscos, así como permanecer mucho tiempo de pie, por lo que daba clases sentada frente a sus alumnos y de camino a casa le permitía a Kise ayudarla de vez en cuando, si bien después de escucharlo preguntarle más de cinco veces si estaba bien solía lanzarle una mirada llena de irritación, seguida de un comentario igual de molesto. Ocupada como estaba, a ella no le llegaron los rumores, que todo mundo se cuidaba de no mencionar en su presencia, ni en la de Kise o su abuela, si bien tarde o temprano se enterarían.

Kagami, sin embargo, se entera de ellos la misma tarde de su llegada, cuando sale al mercado a comprar algo para comer, pues Tetsuko no ha podido comprar nada y se negó expresamente a que Kise lo hiciera por ella, alegando que Kagami ya lo haría en cuanto estuviera en casa.

—¿Qué hay? —pregunta Kagami a la mujer que atiende el puesto de carne en el mercado—. Voy a preparar katsudon esta noche, por favor, lo de siempre —dice él, sin esperar a que la mujer le conteste, pues nunca lo ha hecho. Sin embargo, esta vez no sólo no le responde, sino que se le ha quedado viendo con rostro sorprendido, pues todo mundo aseguraba que habría sangre nada más Kagami regresara a casa y más bien parece que no haya pasado nada. ¿Quizá no lo sabe?

—De inmediato —dice ella, pero no le quita un ojo de encima mientras se ocupa de su pedido, buscando señales de pelea y al no encontrarlas, al menos de tristeza; pero Kagami no luce diferente de su yo habitual, quizá un poco intimidante a primera vista, pero bastante tranquilo y hasta un poco cabeza hueca—. ¿Cómo están las cosas en casa? —pregunta la mujer, pues no quiere perderse la oportunidad de tener la primicia en el chisme—. ¿Está bien su esposa, Kagami-san?

—¿Eh? ¡Ah, sí! ¡Tetsuko está bien! Sólo tiene que usar las muletas dos semanas más, pero no es nada grave —dice Kagami, que ha estado ocupado pensando en dónde conseguir los ingredientes que le faltan.

—Me alegra —dice la mujer, extendiendo su tarea de cortar la carne lo más posible para ganar tiempo en lo que se le ocurre una pregunta—. ¿Y cómo va el bebé? —pregunta ella, tras una cuidadosa deliberación, pues cualquier paso en falso podría significar un escándalo para ella.

Kagami se atraganta ante la pregunta y el rostro se le pone tan rojo como su cabello, pero es lo único. De nuevo no hay enojo, no hay tristeza ni resignación. O no sabe nada o es idiota, pero la mujer podría apostar que es un poco de ambas.

—Eh, bueno, en eso estamos —dice él, rascándose la mejilla y antes de desviar la vista.

—Que bueno que los rumores no hayan dañado su matrimonio —dice ella, afilando lo mejor posible su lengua para comenzar a intrigar—. Otros hombres no estarían tan tranquilos, Kagami-san y sin embargo, parece que tú no dudas ni un momento de Kuroko-san. Hace tanto que no veo un matrimonio tan bueno... —son las palabras suficientes y muy bien elegidas para llamar la atención de Kagami, que permanece en su lugar aun después de haber recibido su pedido.

—¿Rumores? —pregunta, pues Kuroko no le ha mencionado nada al respecto.

—Lo siento, pensé que lo sabías —dice la mujer, con su mejor tono de disculpa—. Supongo que si yo fuera Kuroko-san tampoco te los diría...

—¿Qué sucede?

No le toma mucho tiempo explicar lo que sucedió con todo el mundo de testigo. Kuroko se cayó, Kise la llevó a su casa y estuvo con ella todo el día (¡incluso faltó al trabajo!) y como han estado viéndose todos los días, casi cada que tienen tiempo libre, "algunas personas" han comenzado a murmurar. Pero no sólo eso, sino que Kise ha afirmado tener a alguien que ama y por eso ha rechazado a más de una chica joven y bonita del pueblo. ¿Y a quién más podría querer que no sea Kuroko, con la que pasa todo el día? ¡Ah, pero claro, esas son puras especulaciones! Nadie nunca ha visto nada, aunque eso podría ser porque suelen estar siempre en casa de Kagami... Pero eso es lo único que ella sabe, pues no es que ande de chismosa tratando de entrometerse en la vida de los demás.

—Ya veo —dice Kagami, que ha mantenido el semblante impasible todo el tiempo, salvo por un leve temblor en los labios cuando la mujer mencionó que Kise amaba a alguien, cosa que a su interlocutora no le pasó desapercibida—. No, no sabía nada de dichos rumores. Supongo que Tetsuko ha tenido la mente ocupada en otras cosas y por eso no me lo ha dicho todavía.

—Será eso —dice la mujer, haciendo un gesto con la cabeza—. Y acabas de llegar, Kagami-san, así que seguro que no quería preocuparte.

—Mmmm. Bueno, gracias por decirme —dice Kagami, que ya no siente tantas ganas de ir en busca del resto de los ingredientes para la comida y mucho menos para hacerla. Sin embargo, se obliga a hacerlo porque sabe que eso le dará tiempo para pensar todo lo que ha oído y que de hecho, le hace mucho sentido. No porque crea que es real (no quiere creerlo), pero explica las miradas divertidas que lo han seguido por todo el pueblo desde que llegó. Sin duda es el hazmerreír y la comidilla del pueblo; no es que le importe. Pero, en cuanto a lo que escuchó, no le cabe duda de que si Kise dijo que amaba a alguien, ésa no puede ser más que Kuroko.

¿Pero es Kuroko diferente? Kagami se maldice a sí mismo mientras repasa los últimos meses, tratando de encontrar algún patrón diferente en las acciones de su esposa, quizá algún cambio en la manera de tocarlo, de verlo, incluso de hablarle. Pero no hay nada. Kuroko no ha cambiado su forma de ser con él, aunque es verdad que últimamente pasa más tiempo al lado de Kise pero que no haya cambios visibles no significa que no haya cambios internos, pues son esos los más importantes.

Y no le sorprendería tanto saber que Kuroko siente algo por Kise, pero si de algo está seguro es que ella nunca lo engañaría abiertamente y que más bien le diría las cosas como son, nada más lo hubiese decidido, gracias a esa peculiar personalidad suya. Pero, ¿cuenta el pensamiento como engaño? ¿Cuenta el sentimiento?

Sorprendentemente Kagami no está enojado, aunque a todo el mundo en el pueblo le gustaría que fuese así. Más bien se siente un poco triste y desorientado; el corazón le late con fuerza y siente un vacío en la boca del estómago, que parece reverberar por la potencia de su sangre golpeando cada rincón de su cuerpo, sacudiéndolo como si fuera un metrónomo. Y es que mientras camina como un autómata de puesto en puesto, recolectando los ingredientes del katsudon, ya ha tomado una decisión si resulta que todo es cierto. Y cuando piensa en todo más bien se refiere a que Kuroko siente algo por Kise, pues para él siempre ha sido obvio que Kise gusta de su esposa. Su decisión es dejarla ir. No piensa pelear para mantenerla a su lado si ella no quiere quedarse, lo cual no significa que no le dolerá hasta el alma si esa es su decisión.

Sin embargo, la entiende. Esa es la maldición que enfrentan los hombres contemporáneos, aunque tampoco sirve como excusa. Pero al estar él fuera tantos días, es entendible que ella se haya fijado en alguien más, disponible a todas horas, alegre, con quien comparte algunos gustos y que se ha ganado su confianza, que es lo más importante.

Kagami regresa a casa con todo eso en la cabeza, apenas consciente de que todos vuelven a mirarlo, aunque esta vez en busca de una reacción, pues ya ha llegado a sus oídos el chisme de que apenas se acaba de enterar de lo que su esposa ha hecho en su ausencia, (lo que además ha servido para condenarla, pues, ¿qué clase de esposa no trata siquiera de desechar los rumores que se dicen de ella y deja que su esposo los descubra por sí misma?) y esperan que haya un buen pleito del que hablar al menos unas cuantas semanas más.

—Estoy en casa —dice, cuando por fin abre la puerta, decepcionando a todo el mundo, pues esperaban que fuera directamente a casa de Kise, pero Kagami apenas y le ha dirigido una mirada de soslayo.

—Bienvenido, Taiga-kun —dice Kuroko, acercándose a él desde la sala de estar y su muleta resuena en el piso de madera, como el martillo de un juez al dictar la sentencia a muerte de un acusado—. Tardaste un poco más de lo esperado. ¿Quieres que te ayude con algo? Ya puse el arroz a hervir.

—Gracias —dice Kagami, y luego, sin poder aguantarlo más—: Tetsuko, cuando venía hacia acá escuché que hablaban de ti.

—¿De mí? No lo sabía, Taiga-kun, pero por la expresión de tu rostro me parece que no es nada bueno —dice ella, haciéndose a un lado para dejarlo pasar—. Será mejor que lo hablemos. La comida puede esperar. ¿Qué dicen de mí, Taiga-kun? —pregunta ella, después de seguirlo hasta la cocina, donde Kagami deposita la bolsa de la compra en la mesa más cercana, antes de sentarse frente a ella, con sólo un montón de carne de cerdo por toda separación.

Kagami es breve, no se extiende como la mujer del puesto de carne y por ende, su relato carece de la malicia con que ella se lo contó. Así, vuelve a repetir todo lo que ha escuchado, no sólo de ella sino de algunas señoras al pasar, pero se guarda para sí el hecho de que Kise la quiere, pues no es él quien debe decírselo, pues quizá ella lo sepa. Y mientras va desgranando su relato, no puede evitar sentirse tranquilo cuando ve a Kuroko negar con la cabeza en más de una ocasión y su frente arrugada a la mención de que todo el mundo piensa que ha sido desleal. Esa frente, casi siempre lisa, le dice todo lo que quiere saber. Nunca le ha sido desleal y ni lo ha pensado siquiera; ella nunca le escondería algo tan importante como un cambio en sus afectos.

—Eso explica porqué algunas de las madres de los niños del jardín de infantes me ven con desprecio —dice Kuroko, después de que Kagami termina su relato y sin apresurarse a desmentir los rumores, cosa que a los ojos de Kagami sólo la vuelven más inocente. Alguien que no lo fuera sin duda lo negaría de manera vehemente a la menor oportunidad—. Sin embargo, están equivocadas, Taiga-kun. Y de verdad lamento que mi amistad con Kise-kun se haya visto malinterpretada, si bien admito que paso mucho tiempo a su lado, eso no significa que sienta algo por él —dice ella, sin dejar de mirarlo a los ojos y siente un cosquilleo en el tobillo que atribuye a los sedantes que está tomando para calmar el dolor.

—Lo sé —dice Kagami tras un segundo y luego toma sus manos por sobre la mesa, haciendo a un lado la bolsa de la compra—. Ya sé que a la gente le gusta hablar. Pero debo admitir que tuve miedo durante un instante. But, you know? Pensé que si era cierto, que si de verdad sentías algo por Kise, bueno...

—No seas tonto, Taiga-kun —dice ella, antes de que pueda terminar su frase y es el punto final de la discusión por el momento.

—A veces no puedo evitarlo —dice Kagami, encogiéndose de hombros y después poniéndose de pie, para plantar un beso en su frente—. Ahora déjame ver el arroz antes de que se queme.

.

Kise no se aparece durante todo el día, cosa que a Kagami no le sorprende por más de una razón. En primera, quizá porque no le gustaría enfrentarse a Kagami, a quien los rumores han ensalzado como una máquina de matar, por mucho que ambos sepan que nada ha sucedido y en segunda, porque, como acaba de notar a raíz de las habladurías del pueblo, al parecer no le gusta estar presente en sus momentos de pareja. Y Kagami no lo culpa, pero desearía poder hablar con él para poner fin a los rumores sobre golpizas salvajes y cinturones negros que rondan por ahí sobre él a causa de haber vivido en Los Ángeles.

De hecho, de los dos (Kuroko y él), es él quien más piensa en Kise ese día y por eso retoma el tema más tarde, mientras está sentado con Kuroko en el sofá, viendo un partido de basketball de la NBA en la televisión de paga.

—Aunque es sorprendente —dice Kagami, siguiendo el hilo de sus propios pensamientos, por lo que al principio Kuroko no sabe a qué se refiere; Kagami había ido por un vaso con agua en el corte comercial—. La manera en la que todas esas coincidencias crearon un rumor así.

—Sí —dice ella, más atenta al partido que se desarrolla ante sus ojos. Pero cuando Kagami se sienta a su lado, no duda en recargarse en su hombro. Y es que la promesa implícita entre ellos, una vez terminó su discusión de la tarde es que nada tiene que cambiar, porque en realidad nada ha cambiado entre ellos—. Pero no es así —dice ella, dirigiendo su vista a Kagami por un segundo—. Me pregunto si Kise-kun tendrá problemas en su casa por lo que se dice.

—Te preocupas demasiado —dice Kagami.

—Supongo que sí —dice ella, torciendo un poco la boca y Kagami sonríe ante el afecto que ve en sus ojos, pues sin duda Kise ha sabido ganársela. Pero es sólo afecto, no amor, aunque como él bien sabe, podría llegar a serlo. Un afecto como de hermana mayor, un afecto quizá más maternal, siempre puede llegar a transformarse.

—No me digas que quieres un crío como ese —dice Kagami, de manera casual y por sobre la narración de los comentaristas, que nunca le ha sido necesaria para entender y disfrutar de un partido.

—No lo diré, pero si tenemos uno como ese no me importaría —dice ella, no muy segura de de dónde ha salido el tema. Pero si pudiera ver la mente de Kagami y seguir el hilo de sus pensamientos no se le habría hecho tan extraño, pues desde que la mujer del mercado se lo mencionó, la idea no ha parado de darle vueltas en la cabeza, quizá con más apremio por los rumores que circulan y que sin duda se callarán si ambos les demuestran lo contrario. No obstante, Kagami no quiere un hijo sólo para callar a los vecinos, pues sabe que eventualmente éstos encontrarán algo más interesante de que hablar; tener un hijo es su sueño.

—El próximo año podré transferirme a la estación de bomberos del pueblo —dice Kagami, cuya mano descansa en el hombro de su esposa y a la que no le pasa desapercibida la manera en la que de pronto ha llegado a su espalda—. Eso no significa que estaré en casa todos los días y a todas horas, pero tendremos más tiempo. Estaré más cerca por si hay algún problema —ahora su mano descansa en la base de su espalda y ella se debate entre darle un golpe de advertencia o dejarlo estar; otra vez le duele el tobillo, aunque sólo es una ligera molestia, un hormigueo que de no ser por los analgésicos sin duda sería mucho peor—. Y quizá esta vez —dice Kagami, por lo que ella levanta la vista de su tobillo para mirarlo a él—. Podamos tener a ese crío.

Ella sonríe, ya desvanecido del todo cualquier recuerdo de Kise arrodillado a sus pies unos días atrás y alejándose una vez más de la verdad, pese a que Kagami también le contó que Kise afirma querer a alguien. Pero estuvo cerca, como los dedos de Kise sobre la piel de su tobillo; como Kagami cuando se acerca para besarla.

Ella le mira a los ojos un segundo, roto ya el hechizo de su memoria.

—Sí —dice finalmente.

Fin del Capítulo.