SÓLO PENSABA...
.
Todavía no salía el sol cuando ya tenía mi maleta hecha, unos cinco o seis cambios de ropa, sólo mis favoritos pues había cargado con mis mejores ropas a N.Y. para lucir hermosa, un fino y delicado conjunto de vestido y saco que me había regalado Aline para pasear por las calles de New York... mis pocas joyas regalo de la tía Elroy, de papá Stear y de mis padrinos, llevaba conmigo también mi diario, mis zapatillas y mis ahorros.
Empezaba apenas el movimiento en las calles de la gran ciudad, N.Y. despertaba incluso antes que el mismo sol. Las personas salían de sus casas para ir al trabajo; algunos automóviles por aquí, otros pocos por allá.
A pesar de tener ya algunos días de haber llegado, todavía no me ubicaba en lo más mínimo. ¿Cómo iba a hacer para tomar el tren de regreso a Chicago? ¿estaría muy lejos de la estación desde ahí? Valiente mujer de 18 años... me sentí como una niñita mimada e inútil que no tendría nada fácil a partir de ahora. Recordé que era tal mi estado de ensoñación por pensar e imaginar a cierta persona, que desde que llegamos a New York no me había fijado ni un poco en el trayecto a casa. ¡Qué tonta debí ser! Un auto se detuvo entonces a mi lado.
-Señorita, ¿desea que la lleve a algún lugar?
Un taxista al verme con equipaje en mano se había detenido.
-Sí, por favor... ¿qué tan lejos queda la estación de tren, señor?
-Suba, estamos bastante cerca...
Me miró por el retrovisor con una extraña expresión en el rostro, como analizándome. Eso me incomodó lo suficiente, pero en verdad necesitaba irme; lo bueno fue que resultó que no estábamos nada lejos de la estación de trenes. El amable señor no quiso cobrarme, me dijo que era su buena acción del día. Tampoco me gustaba sentir que habían hecho una obra de caridad conmigo, pero no perdería tiempo en alegatos, después de todo también necesitaba el dinero; le agradecí y caminé hacia los andenes.
Me sentía libre, triste, pero finalmente libre en ese acto de la más pura rebeldía e incomprensión hacia mi madre, hacia la vida y las circunstancias que en ocasiones parecían burlarse de un simple e insignificante mortal, en este caso el mortal era yo. Había tantas dudas en mi cabeza, tantas preguntas me atormentaban cada minuto desde que lo había presenciado todo... si sólo hubiese sido la duda y las preguntas las que me atormentaban no habría tenido reparo alguno en quedarme en New York toda una vida. Era el dolor, el dolor profundo, punzante y arraigado en el pecho, el nudo en la garganta que no cesaba, aquellos que me obligaban a alejarme de nuevo.
El tren con salida a Chicago saldría en media hora, corría con suerte al haber llegado a tiempo. Esperaba contar con la misma suerte al regresar a casa y enfrentar a William y Elroy Andley, después de todo no había viajado hasta New York con mi madre en los mejores términos con ellos.
-¡Tú no tienes por qué irte con ella Scarlett!...
Habían sido las palabras enérgicas de mi padre al verme con mi equipaje en mano.
-Con ella he vivido toda mi vida, mi madre ha sido mi soporte y todo mi mundo, ¿a qué espera usted que me quede viviendo aquí? ¿a verle la cara todos los días y fingir que no es usted un completo extraño en mi vida?... o, ¿espera que le llame Padre y que pretenda que estos años de ausencia no ocurrieron?
-No me hables así hija, hay cosas que tú no entiendes...
-Me es suficiente con lo que todo este tiempo sin usted pude entender señor Andley... no espere estar en mi habitación para contarme esas historias antes de dormir, desde hace mucho usted dejó de faltar en mi vida... desde hace mucho dejé de creer en cuentos, en especial en los suyos.
Me había sentido liberada al hablarle en ese tono, noté un destello de ira en su mirada pero deseaba pensar que no se atrevería a abofetearme, estaba segura que no tenía el derecho a hacerlo.
-¡Candice Scarlett, te exijo respeto para el señor de la casa y jefe de tú familia!, si bien no piensas llamarle padre no se puede obligarte a hacerlo, pero estás obligada a respetarlo.
Fue la tía abuela quien ahora me había reprendido en un tono bastante dramático y casi histérico.
-Y porque no pienso hacerlo y porque no voy a respetarlo, me voy con mi madre... adiós tía Elroy.
Ahora estaba ahí, sentada en la estación, esperando por un tren que me llevaría de regreso con ellos... con William y con Elroy, volvería a vivir bajo las reglas de ese completo extraño y de la tía que aunque fue siempre nuestro mas fuerte apoyo, había dejado por demás claro del lado de quien estaba. Regresaría a ofrecer disculpas, a inventar algo, no quería ni pensar en la explicación que daría. La rebelde libertad que ahora sentía no me duraría mucho después de todo.
-"Pero lo que sea será mejor que encontrarme de nuevo con él, con ellos... no puedo volver con mamá, no puedo volver a ver a Terrence a los ojos..."
Me repetía a mi misma para no perder el valor de irme.
.
. .°:·.¤.·:°. .
.
Hablar sobre la historia de mis padres... sería como contar la historia de un naufragio. Mi mamá era en este caso el náufrago a la deriva en el mar, sujetándose apenas de algún madero del barco en el que viajaba. A mi padre lo podría comparar con la isla que ofreció protección, alimento y de alguna manera, una oportunidad para continuar.
-Estoy segura que te mira distinto... Candy, ¿por qué no le das una oportunidad?
-Annie, es absurdo lo que dices... ¿cómo darle a Albert una oportunidad que no ha pedido?... nunca me ha dicho nada. Él es mi mejor amigo...
-Patty y yo hemos visto cómo te mira Candy, si tan sólo tú te dieras cuenta... no habría insinuación más clara.
-Mejor cambiemos de tema Annie, no es muy cómodo hablar de los sentimientos de otra persona para con uno mismo. No cuando... sigo esperando volver a encontrarme con Terry.
-Terry, Terry... siempre se trata de Terry... pero a propósito de él, Candy...
-¿Qué pasa Annie?
-Hay algo, algo que no te he dicho. Necesito que me perdones, yo...
Mi madrina se levantó de la silla donde se encontraba para ocupar un lugar mas cerca de mi madre y tomar sus manos.
-...No te lo dije, porque me hice la firme promesa de no lastimarte. Fui una cobarde, porque aquél dicho que nos enseñó la hermana María, recita que al amigo se le hiere con la verdad...
-...Para no destruirlo con mentiras.
-Así es Candy. Y he estado ocultándote algo que se que va a dolerte mucho...
-Habla ahora Annie...
-Promete que lo que sea que escuches, te mantendrás firme, serás fuerte y no te vas a derrumbar por él.
-Dilo ya Annie, lo que sea que tengas que decir, no me ocultes más tiempo lo que sabes, por favor...
Al escuchar todo aquello, mi madre sentía hervir la sangre, su rostro se pintó de un color carmín. Sus verdes esmeraldas sólo reflejaban tristeza y decepción, de vez en cuando llevaba una de sus manos a su boca y después la bajaba al pecho en un movimiento involuntario como para darle fuerza a su corazón, para que no doliera tanto lo que estaba escuchando. Varios minutos trató de contener el llanto, pero al final de toda aquella información reveladora no pudo más y se desmoronó.
-¿Y fue ella misma quien te lo dijo?
Preguntó mi madre de pie, entre sollozos y dando la espalda a su amiga.
-Sí, me encontré con ella hace un par de meses, en New York... tuve que fingir que lo que me decía no te lo diría nunca, tuve que parecer confiable para ella haciéndole creer que mi amistad contigo no estaba en el mejor momento y bajo ninguna circunstancia te revelaría todo lo que ella me estaba contando. Candy, cuando me enteré de todo aquello mi corazón se partía en dos al pensar en ti. Por eso callé, por eso aunque debías saberlo nunca encontré la manera y el tiempo para decírtelo... hasta ahora, cuando veo frente a ti la mejor oportunidad de tu vida y temo que la dejes pasar por estar esperando a alguien que no lo vale. Es mejor que lo olvides de una buena vez Candy, él no merece que le llores, ni que lo esperes, no te buscó, no te escribió más... Terrence Grandchester no merece nada más que desprecio de tu parte... no conserves una ilusión con él, él continuó con su vida, se hizo fuerte o tal vez... más cínico de lo que siempre fue, dejó de importarle todo.
-Él no era un cínico Annie...
-Y aún lo defiendes... ¡vaya que eres noble Candy!
Mi madre no podía hablar, deseaba saber tantas cosas, quería detalles, quería saberlo todo. Pero el llanto la ahogaba y el dolor en su pecho era más fuerte que su curiosidad y la rabia de querer enterarse de todo para obligarse a odiarlo.
-Tú también debes continuar, sigue adelante y olvídate de todo Candy, olvídalo como él te olvidó.
Todos los recuerdos llegaron en cascada a la memoria de mi madre... El Mauretania, el Colegio, aquellas tardes en la falsa Colina de Pony, el festival de mayo, Escocia, la fiesta blanca, el beso a orillas del lago, ella corriendo para alcanzarlo en el barco en el que él regresaba a América. Terrence visitando la verdadera Colina de Pony y ella siguiendo sus pasos, Broadway, esa noche que habían pasado juntos, Susana... le parecía imposible que él hubiera olvidado tan fácil, ¿para eso había pasado tanto?... ¿Y el respeto por Susana? que un par de meses atrás aún vivía... ahora seguramente sería mucho más facil para ese par continuar con sus libertinos encuentros ¿por qué no había buscado de nuevo a mi mamá si tanto la había querido? ¡qué sin vergüenza!, al final le resultó tan sencillo hacer y deshacer tan libremente con Karen o con cualquier otra... los celos parecían ahogarla. La rabia llenaba lentamente su corazón y esparcía la amargura de la bilis a todo su cuerpo. Pensó en todo el tiempo que ella había esperado por una señal, una carta... algo que le dijera que él regresaría. Se odió al sentirse una tonta por esperarlo tanto tiempo.
-Entonces, no fui tan importante Annie... Terry, se volvió un descarado y yo... continué siendo la tonta ilusa de siempre.
-No pienses así Candy, si no fuiste lo suficiente importante para él, el que sale perdiendo es él justamente. Creo que después de todo terminó convirtiéndose en el descarado infame que nunca pensaste que sería, y tú no eres ninguna ilusa, sólo... sólo que te enamoraste del hombre equivocado. En cambio Albert... él siempre está al pendiente, siempre te cuida, te muestra interés y cariño.
-Sí, pero no de la forma en que tú te imaginas Annie. No es el tipo de cariño que piensas y si así lo fuera... no es el tipo de cariño que deseo, no de Albert... Basta con eso Annie. Albert es...
-¿Un hermano? ¿Un padre para ti? ¡Oh Candy! Si tan sólo abrieras los ojos y lo observaras en serio... simplemente basta leer de nuevo las cartas que te mandó hace algún tiempo, antes de que volvieras a esta casa.
-¿Qué hay con ellas?
-Sólo tú no te das cuenta, te llamó hechicera, su princesa, bellísima mujer... ¿ahora lo ves? ¡mujer! no te ve más como aquella pequeña que siempre rescataba, aquella que siempre consolaba. El te ve como mujer Candy... Albert te escribió líneas que sólo un hombre enamorado le puede escribir a la dama de sus deseos... ¿O, podrías explicarme qué fue lo que te motivó a regresar a vivir con ellos aquí en Chicago?
-Basta Annie, no sigas, tú lo sabes, regresé... porque él me lo pidió...
-Bueno, has respondido a mi pregunta, sólo falta que estés dispuesta a darte cuenta.
En este punto, mi madre se arrepentía infinitamente de haber confiado en mi madrina y haberle mostrado su correspondencia alguna vez, éso sólo le había dado armas a aquella para inventarse cualquier cantidad de historias... historias que sólo existían en su cabeza por cierto.
-Te dejaré a solas. Piensa en todo lo que te he dicho, para de llorar por Terrence. Que seguramente no eres la única a la que hace derramar lágrimas, sólo que tú por recordarlo y a alguna otra quizás por promesas incumplidas, después de llevarlas a la cama... o yo que sé.
-¡Annie!
-Perdona por decirte así las cosas Candy, pero quiero que abras los ojos y tu corazón a la persona indicada. Me voy...
Mi madrina salió de ahí satisfecha, sentía quizás que había matado dos pájaros de un tiro; había roto el corazón de mi madre al despotricar sobre Terrence y a la vez había sembrado la duda sobre las verdaderas intenciones de mi padre para con ella. En realidad a mi madrina no le importaba en lo más mínimo si mi madre rehacía su vida, si decidía darse una oportunidad con William Albert o seguía sufriendo por el actor. Lo que disfrutaba internamente era verla llorar, tal vez así desquitaría un poco la rabia que sentía al verla tan radiante todo el tiempo, al saberla importante para mi padrino, al saberla el amor de su vida. Tal vez incluso, podría sentir un poco de pena por ella... mi madrina estaba a punto de casarse de cualquier forma con el menor de los Cornwell Andley y mi madre ahora no tenía ni la más mínima esperanza de regresar con su gran amor. Había hecho bien el papel de la fiel amiga que revelaba las grandes verdades y era a la vez el consuelo para el sufrimiento de mi madre.
Los días pasaron, el trabajo en el Hospital Saint Luke's mantenía a mamá ocupada, distraída y hasta podría decirse alegre, pero todo era que llegara la hora de salida para que la sonrisa en su rostro se convirtiera en una mueca inexpresiva, no demostraba tristeza, preocupación o cualquier otro estado de ánimo. Al momento de volver a la mansión Andley el encanto simple y sencillamente se había desvanecido. Desde el momento en que ponía un pie en la calle le daba vueltas y vueltas a los recuerdos, a la plática con mi madrina. Los pensamientos obsesivos y recurrentes sobre "él" mantuvieron por un tiempo a mi madre sumergida en un profundo letargo, pasaba horas mirando hacia la nada, sólo pensando, rememorando, llorando. Alguna vez hasta había planeado decirle a mi padre que sería mejor regresar definitivamente al Hogar de Pony, olvidarse de Chicago y de la oportunidad de ser una buena y reconocida enfermera en ese Hospital; a fin de cuentas el abismo de dolor en su corazón no le permitía disfrutar de nada más. Pero también recordó la ilusión y alegría en los ojos de su mejor amigo y protector al decirle que le había conseguido una plaza en el Saint Luke's.
Pocas eran las veces que se encontraban mis padres en la gran casona. Cuando así sucedía eran breves momentos mientras almorzaban y después él tenía que salir de prisa a las oficinas. Otras veces se encontraban cuando coincidían durante las meriendas y él le preguntaba cómo iban las cosas en el trabajo y ella respondía con una alegría que no terminaba de creerse ella misma de que todo marchaba de maravilla.
Fue hasta una tarde, en que él se dio cuenta de todo. Ella parecía ausente todo el tiempo, varias veces a la hora de la comida le había tenido que repetir las preguntas o algún comentario pues ella estaba sin estar, notó la tristeza en su mirada y se sintió un miserable por dejarla tanto tiempo sola. Ahora irradiaba tristeza... la luz, la alegría que siempre la habían caracterizado se habían reducido a una aura gris, a un andar pausado y desgarbado, una mueca apenas simulando una sonrisa se estaba acostumbrando a aparecer en sus labios. Entonces mi padre se acercó de nuevo... Quizás lo mejor era darle espacio, algo de tiempo... aunque tal vez ya llevara demasiado tiempo en ese estado. ¿Cómo podría saberlo?
Pensó en Dorothy, ella tenía contacto todos los días con su adorada y linda Candy. A ella le preguntaría... aunque, ¿de cuándo a acá William Albert daba vuelta a los problemas? lo mejor era hablar con ella, ¿para qué inmiscuir intermediarios?. Candy era su amiga... su mejor amiga. Y por Dios que trataba de hacerse a la idea a cada momento, aunque la hubiera visto más hermosa en cada encuentro, aunque su corazón hubiera dado un respingo de emoción al ir por ella hasta el Hogar de Pony para llevarla con él a Chicago. Ella, la hermosa hechicera de enormes ojos verdes, era su amiga y sólo eso y en nombre de ese afecto haría lo que mejor sabía hacer, ofrecerle su apoyo y llegar en un momento en que ella se perdería en el incondicional abrazo.
Mis padres entonces hablaron, como cuando murió el primo Anthony y mi padre le brindó a ella el consuelo, como cuando la salvó de aquella caída a las heladas aguas del río, como cuando la encontró en las calles de Londres, o le cuidó en su regreso desde New York. Hablaron hasta cansarse. Él sentía un profundo afecto por ella, pero a decir verdad, mi mamá nunca había notado un interés distinto al del Albert que ella conocía, su mejor amigo, su confidente y el fuerte pilar que representaba para ella cuando sentía su vida desmoronarse. El tampoco se aprovechó nunca de la debilidad y cariño tan fuertes que sentía por ella para acercarse de otra forma. Hasta entonces y aunque su corazón brincara con una emoción extraña cada que escuchaba su voz o su risa, se había mantenido a raya. Se había obligado a pensar en ella como parte de su familia y no como alguien para él. George que había buscado a mi padre por toda la casa, lo encontró sentado junto a ella, en el jardín, abrazándola a su pecho, acariciando su cabello y secando con su pañuelo sus mejillas que se empeñaban en seguir húmedas. No quería interrumpir, parecía un momento demasiado privado entre ellos, pero con todo y eso se fue acercando, era urgente su presencia en las oficinas. Mi padre se percató y negando con la cabeza le hizo una seña de alejarse y dejarlos solos.
Por muy urgente que fuera el trabajo, por mucho que se necesitara su presencia, esa tarde había preferido quedarse con ella y no habría poder humano que lo quitara de su lado.
-Ve Albert, no deseo causarte problemas en el trabajo.
-No linda, para mí es más importante estar a tu lado... siempre serás prioridad, eso recuérdalo...
Y después de esa tarde fueron más ocasiones y mas días en los que se encontraron, charlaban bastante rato, volvió mi madre a sonreír después de salir del hospital porque ya no estaba su mente puesta sólo en aquél tormento, ahora recordaba las pláticas con sus compañeras, la mirada agradecida de algún paciente viejecito, las inquietas travesuras y carcajadas del pabellón infantil. Sonreía sinceramente al encontrar ese vehículo esperando por ella cada tarde para llevarla a casa. Le gustaba caminar, pero más empezaba a gustarle escucharlo hablar, su pausada y siempre interesante conversación mientras esos ojos azules le transmitían tanta calma. En algún momento, después de muchos días, mamá decidió que era suficiente, ella ya se había cansado de llorar, había perdido ya tanto y siempre había seguido adelante, esta vez no sería distinto. Terrence podría ir y venir, hacer y deshacer y ella seguiría adelante. No había otra forma de continuar más que olvidando, soltando para siempre. Comenzó pues a regocijarse de nuevo con el alegre canto de los ruiseñores, de las alondras que en las mañanas revoloteaban alegres en los jardines y que hacía tanto no escuchaba. Abría sus ventanas y dejaba que el sol calentara su rostro y el viento llenara su habitación con el delicado y mezclado aroma de las rosas y las gardenias de los jardines. Abría sus sentidos para disfrutar de todo cuanto le rodeaba. Para ella no había mejor manera de comenzar a vivir de nuevo que encontrando el amor y el gusto en todo, desde las pequeñas cosas hasta las más grandiosas... Volvió a suspirar entonces con cada amanecer, con los atardeceres, con las estrellas y la luna que brillaban en el cielo mientras ella estaba sentada en el suelo del balcón, recordando aquellas noches cuando con osadía brincaba de árbol en árbol hasta llegar a otro balcón en su época del colegio... aunque cada vez dolía menos pensar en esos tiempos. Empezaba otra vez a admirar encantada igualmente un cielo despejado que otro lleno de nubarrones, el olor a tierra mojada y la lluvia que reverdecía los campos.
Fue así como se visualizó a sí misma; como el campo, tendría que renovarse, reverdecer y florecer... no importaban ya los nubarrones en su cielo, eso sólo significaba una cosa: la lluvia, desde ahora dejaría que el agua del cielo limpiara en ella todos los recuerdos, todo el dolor y así sus campos volverían también a florecer y ¿por qué no? con el tiempo, quizás volvería a permitirle al corazón sentir de nuevo...
-Candice...
-Sí tía Elroy...
-Hemos sido invitados a la fiesta de presentación en sociedad de las jóvenes Henderson. Los recuerdas, ¿verdad?
-Por supuesto que les recuerdo, aquellos que tan amables nos han invitado a su casa de descanso en Tennessee. ¿La fiesta será allá tía?
-No muchacha, será aquí mismo en Chicago, me agrada que los recuerdes. Ellos han tenido la cortesía de hacernos partícipes a la recepción que brindarán en honor a la presentación en sociedad de sus hijas. Bien, he de pedirte un favor especial. En esta ocasión no podré asistir, mi salud me impide hacerme presente, como bien sabes, mis problemas con la presión no me permiten salir de casa... he pensado que sería muy bueno que fueses tú en mi representación.
-Sería un honor para mí tía Elroy...
-Me complace escuchar que estás de acuerdo y que aceptas de buen agrado. Acompañarás a William en este evento, es muy importante que hagas gala de todo lo que has aprendido, de los principios y comportamientos que observa la buena educación y las buenas maneras...
Mi mamá sentía un aprecio especial por la tía Elroy, había dejado de ser esa severa mujer que observaba con desaprobación todo cuando hacía y decía mi madre, pero seguía conservando ese trato agrio y frío, sería hasta años más tarde cuando al fin le permitiría conocer a mi madre su lado amable. Aquél que sólo reservaba para sus más allegados.
-Siempre es un honor serle útil tía Elroy.
-Gracias Candice, sé que representarás de la mejor manera a nuestra familia. Por cierto, te informo que también asistirán Archibald con su prometida, Eliza y Neal. Sé que no hay una buena relación entre tú y los Leagan, por lo mismo te pido que seas prudente en tu trato hacia ellos. Son también mi familia y no me gustaría enterarme de ningún tipo de grosería de tu parte.
-Lo entiendo Tía Elroy, descuide...
.
. .°:·.¤.·:°. .
.
Llegó el día del tan ansiado evento en la mansión de los Henderson, caía ya la tarde y la recepción comenzaría en un par de horas. Dorothy, Rachel y Stella se apresuraban dando los últimos toques al arreglo de mi madre. Todo debía ser perfecto, al evento asistirían muchos elegantes jóvenes y señoritas de familias acaudaladas que serían el partido perfecto para ambos rubios. La tía Elroy se había mejorado notoriamente y a última hora el médico de la familia había decidido otorgar la autorización para que ella pudiese acudir también al evento, con la condición de que mamá hiciera las mediciones constantes de su tensión arterial. La tía Elroy estaba feliz con la oportunidad de disfrutar de semejante espectáculo, los bailes y preciosos valses eran para ella una forma de recordar sus mejores años, la época en donde ella también había bailado siendo joven y había entregado alguna vez su corazón.
Era lógicamente además la perfecta oportunidad para presentar a mi padre con las mejores candidatas para formar un posible enlace que favoreciera el emporio Andley. Si tenía suerte hasta conseguiría algún interesado en mi madre, siempre y cuando la alianza también fuera conveniente para sus intereses y no representara riesgo alguno.
Mi madre había sido preparada para tan especial evento, lucía un hermoso vestido largo, de exquisito gusto y por demás finísimas telas, su hermoso cabello recogido en un elegante peinado y el maquillaje discreto la hacían parecer como una delicada princesa salida de alguna historia de caballeros y castillos. A decir verdad era mucho mas bella que las mismas festejadas y cualquier jovencita que se presentaría mas tarde en esa fiesta.
Mi padre era poco afecto a ese tipo de eventos. Solía pasar el tiempo encerrado en el estudio, en la biblioteca o en una sala exclusivamente reservada para los negocios, aquella donde William Robert Andley acostumbraba desde antaño realizar alianzas, contratos, sociedades y todo tipo de negocios. Siempre tan ocupado, rodeado de asesores comerciales, entre ellos el señor Jacob Connor, Alexander Daniels y George Jhonson. Mi padre prefería la vida en Lakewood, si bien Chicago era una ciudad con más movimiento y mayor auge, estar en Lakewood siempre le permitía regresar a sus adorablemente arraigadas costumbres. Allá podían buscarlo sin éxito todo un día volviendo él hasta el siguiente día, radiante y cargado de buenas energías para entonces volver a encerrarse y centrarse en los negocios. Pero eso en Chicago no era del todo posible. Incluso eran en verdad pocas las veces que podía encontrarse con mi madre.
Pero cuando eso sucedía... cuando por casualidad (y para él suerte bendita) se encontraba de frente con esos ojos verdes, enmarcados por esas gruesas, largas y rizadas pestañas y esas encantadoras y finas cejas arqueadas que más bien parecían estar delineados con el más fino maquillaje, se obligaba a pensar en Rose, mi tía que había fallecido muchos años atrás.
Cuando por descuido se encontraba observando más tiempo del debido cómo se movían sus labios al hablar, cómo parecía un ángel con aquellas curiosas y apenas perceptibles pecas en su rostro, cuando miraba embelesado esa sonrisa que últimamente era tan frecuente en su rostro... se obligaba a mirar hacia otro lado, porque su cordura estaba en juego.
Cuando ella se daba la media vuelta y él por descuido llevaba su vista a su bien formada y delicada figura femenina, se reprochaba mentalmente y de inmediato se obligaba a mirar hacia otro lado. Él era un caballero y ella era su mejor amiga, su protegida. El le llevaba ocho años y habiendo tantas candidatas a ser su mujer no pondría sus ojos en mi madre. ¡No! siempre un rotundo NO se formaba en letras mayúsculas en la frente de mi mamá cuando su corazón comenzaba a palpitar con un ritmo diferente en su presencia y sus manos comenzaban a sudar extrañamente al estar cerca de ella.
-Es Candy, ella... simplemente no es para mí...
Se decía en silencio.
Mi madre ya estaba casi lista y mi padre no estaba particularmente ansioso. Eventos como ése había presenciado ya algunos y con el primero de ellos había sido suficiente para descubrir que no estaba hecho para esos ambientes, pero la honesta mejoría en la salud de la tía Elroy, el encanto y alegría que se dejaba sentir en la mansión por los preparativos, las doncellas de su tía y de Candy corriendo apresuradas por aquí y por allá para dejarlas listas, le contagiaban cierto entusiasmo por disfrutar de la noche. Ya se imaginaba de lo que se trataría todo, un interminable saludar a todo el mundo, sonreír por cortesía incluso a viejos pretenciosos acaudalados con los que sabía que su padre no había tenido nunca buenas relaciones. Aún así había que presentarse y mostrar la mejor sonrisa. Vestir de etiqueta no era para mi padre un problema, era un joven completamente adaptable, podía ser el elegante caballero, el modesto y trabajador amigo y el feliz vagabundo que se internaba en silencio en la naturaleza. Cualquiera de esos roles lo desempeñaba sin ningún problema. Su lema era... que nada es definitivo en esta vida y siempre podemos amoldarnos a lo que ésta caprichosa nos ponga enfrente.
Con esa actitud se preparó también, tomó un baño caliente, despejó sus ideas, se vistió de rigurosa etiqueta con el fino smokin que se le tenía preparado y cuando terminó su arreglo se dispuso a esperar muy en su rol de caballero con un vaso de whiskey en mano. En la recepción seguramente habría una gran variedad de bebidas, y aunque él no era muy afecto a todo eso, prefería llegar un poco anestesiado para no hacer alguna mala cara a algunos de sus rivales empresariales. En algún momento se imaginó fumando la pipa que acostumbraba usar su padre y movió la cabeza negando y sonriendo ligeramente al pensar que esas extravagancias no eran para él por muy buenos recuerdos que le trajeran.
-El que sólo ríe de sus maldades se acuerda, mi querido Albert...
Mi padre dio un trago enorme a su bebida. Frente a él estaba ella, convertida en una verdadera Diosa, sus ojos brillaban como nunca, su sonrisa lo haría perder cualquier tipo de cordura, inteligencia o lo que fuera que quedara en su cerebro después de haberla visto.
-Jajaja, nada de eso princesa, sólo pensaba...
-¿Y, en qué pensabas? ¿se puede saber?
El interés de la preciosa hechicera en sus pensamientos, la dulce y melodiosa voz que salía de sus labios al hablarle, le llenaron de alegría la vida a mi padre. Trataba de concentrarse en lo que le preguntaba para no parecer un tonto frente a ella...
-En mi padre, pensaba en mi padre... recordar es volver a vivir pequeña, al menos eso dicen...
-Sí, eso dicen...
Respondió mi madre borrando de su boca la sonrisa inicial al recordar inevitablemente de nuevo a Terrence.
-Oh Candy, espera un momento, no te pongas triste... yo, no quise...
-No te preocupes Albert, estoy bien, sólo son tonterías mías, el tiempo y la distancia ayudan ¿sabes?
-Me haces sentir culpable...
-¿Por qué lo dices Albert?
-Porque no sé que más puedo hacer para que estés bien.
-Has hecho demasiado. Estoy contenta, sólo que creo que es cuestión de tiempo.
-Tiempo...
-Mejor cambiemos de tema, debemos estar contentos; la Tía Elroy está muy contenta y no deseo empañar esta noche para ella.
-Tienes razón princesa, esta noche será especial para todos, por cierto luces hermosa... -dijo mi padre sin poder reprimir el intenso rubor que aparecía en su rostro- creo que estaré ocupado toda la noche tratando de alejar a cuanto mozalbete se atreva siquiera a mirarte.
-¡Oh Albert!... -Mi madre sonreía alegre por el cumplido, no había pasado desapercibido para ella el rubor en el rostro de él.
-Lo digo seriamente convencido pequeña princesa, aquí entre nos, las damas festejadas se sentirán envidiosas de tu presencia...
-¿Las conoces?
-¡Que si las conozco! Deberías ya saber que la tía está empeñada desde hace unos meses en que la mayor de ellas podría ser la esposa indicada para mí...
Mi madre sonrió, pero internamente hubiese hecho un gesto de disgusto. Pronto se dio cuenta de que ese comentario la había puesto mal.
-¡Qué cosas dices Albert!, gracias por el cumplido... y en cuanto a boda no te preocupes, que no creo que tía Elroy pueda a estas alturas imponerte nada. Por cierto... también estaré golpeando discretamente con este abanico y este bolso al que colocaré una piedra a cuanta joven se acerque con atrevidas pretenciones a ti.
-¿Y si esa joven fuera Clayre Henderson?
-¿Clayre Henderson?
-Sí, la mayor de las hermanitas, con quien pretenden podría unirme en matrimonio más pronto de lo que te imaginas... ¿también la golpearías pequeña?
-A ella más que a ninguna Albert... a ella y a cuanta se atreva, ¡he dicho!
Dijo mi madre mientras se colocaba con la mano enguantada el dedo índice en la mejilla en ese gracioso y característico gesto suyo. Mi padre no podía estar más complacido con esa charla, mi madre trataba de disimular con una sonrisa la molestia de aquella noticia revelada... sonreían ambos, parecían ser parte de un diálogo exacto, de un destello sincronizado en las miradas de ambos, de una alegría deliciosa que brotaba extrañamente desde el vientre de ambos, de las más hermosas sonrisas que se habían dedicado uno al otro.
-Jajajaja, Candy, no creo que sean más de los que estarán interesados en llevarte a la pista a bailar.
-Y para eso estarás tú, no me dejes bailar con cualquiera Albert... mira, ahí viene tía Elroy.
Mi padre se adelantó para ayudar a la tía a bajar las escaleras, ella dio una mirada cargada de orgullo a ambos, se veían espectacularmente atractivos, sabía que serían el centro de atención de la fiesta y habría muy buenos comentarios en cuanto a su presencia. No perdieron más tiempo y se marcharon a la fiesta para ser puntuales.
El baile y la recepción fueron hermosos. No se habían equivocado al nombrar esa fiesta como el evento del año. Tampoco se equivocó mi papá al decir que mi madre opacaría a todas con su belleza, incluso las festejadas de cuando en cuando miraban con cierto recelo a aquella chica de los Andley que acaparaba las miradas de todos los jóvenes y los no tan jóvenes, acaparaba la mirada del mismo William Albert Andley y muchos ya se habían percatado de eso.
Tía Elroy sonreía complacida pues mi madre no desentonaba en absoluto con ellos, tenía el porte de una verdadera Andley, la sofisticación y elegancia al andar, la calidez y educación en el trato. La prudencia al saludar y ser presentada... Mi padre estaba impresionado con la habilidad de mi madre para desempeñar tan a la perfección su papel de dama de sociedad, escuchaba la voz perfectamente modulada y pausada al hablar y la miraba incrédulo, al parecer su pequeña se había contagiado de ese mal que aquejaba a cuanta señorita de la alta sociedad se jactara de serlo.
La veía sonreír y recibir las reverencias de aquellos que interesados y curiosos se acercaban a ser presentados.
No le permitió a los celos aparecerse por ahí, se repetía mentalmente...
-"Ese no es tu problema Albert, ella no es la verdadera Candy, parece más Eliza o Annie... ¡qué se yo! además, ya sabía yo que algo así pasaría. No vine a estar con caras largas, vine a divertirme y como de la vida hay que tomar lo que ofrece, pues aquí vamos..."
Y el vals comenzó, una melodía conocida llenaba el lugar con las notas que pronto invitaron a las parejas a bailar. Entonces, dejando la copa que sostenía en una de sus manos, se giró para ir a saludar a un grupo de conocidas, entre ellas Clayre Henderson que a lo lejos sonreía y parecía esperar impaciente a que él se acercara. Mi padre avanzó unos pasos y unos rubios cabellos se interpusieron en su camino.
-Albert, perdón...
-Candy, princesa ¿te encuentras bien?
-No, no estoy bien... tanta pretensión se me está subiendo a la cabeza.
-Sí, ya me había dado cuenta, pero parecías muy cómoda en tu papel y creí que lo disfrutabas...
-No podría disfrutarlo en absoluto... ¿Podemos salir un momento?
Mi padre miró de nuevo hacia el grupo de jóvenes que parecían esperar por su saludo y mi madre lo notó.
-¡Oh Bert, disculpa!. No deseo interrumpirte...
-No interrumpes nada Candy.
-Iré sola a los jardines, al parecer ya han llegado Annie y los demás.
Eso era mentira, pero fue el pretexto que encontró mi mamá para alejarse de ahí.
-¿Estás segura?
-Por supuesto, sigue... estaré bien.
Mi padre se dirigió entonces hacia aquél grupo de señoritas que esperaban. Dejó a mi madre ahí sola, lo había hecho con toda la intención al encontrarse demasiado ansioso con su presencia. Algo no estaba bien con lo que estaba sintiendo, ¿por que veía su sonrisa más hermosa de lo normal? ¿por qué esos labios de ella ahora le comenzaban a parecer increíblemente irresistibles?, su voz, sus ojos... toda ella parecía haberse transformado en pocos días en otra y al alejarse se estaba obligando a hacer esos pensamientos a un lado. El haberla acompañado a los oscuros jardines apenas iluminados por las tenues y titilantes farolas habría sido demasiado. No podía torturarse a sí mismo de esa manera. Se estaba enamorando. Estaba seguro que enamorarse de mi madre sólo le traería dolor. Ella, amaba a Terrence...
Los valses siguieron sonando, pronto la pista se movía en una cadencia de movimientos sincronizados. Todas las damas sonreían ante la invitación de algún caballero para ir a la pista de baile. Mi madre esperaba afuera, se abrazaba a su chalina de seda, escuchaba las notas de aquellas melodías y sin poder evitarlo regresaba su mente a aquél primer vals que bailara con el fallecido primo Anthony, el mismo que había repetido en el Colegio San Pablo en aquél festival de mayo, con Terrence.
Se perdía ella sola en sus tristezas, se había prometido disfrutar de la velada pero cada detalle, cada imagen le evocaba otros días que inolvidables se aferraban a no dejarle descansar el corazón. Era imposible estar con buena cara y fingiendo una alegría que no sentía.
Mi padre había bailado un par de piezas con Clayre que lo miraba fascinada. Pero excusándose con ella buscó entre las personas a mi mamá sin poder encontrarla. Caminó hasta los jardines esperando encontrarla en compañía de Annie y Archie y ahí estaba ella, pero sola. Sin que ella se percatara de eso, mi padre la había observado mientras se perdía otra vez en sus recuerdos. No necesitaba ser un genio para saber por como la conocía, que sufría todavía por aquél inglés amigo suyo. Pero aún con los más fuertes deseos de consolarla y estar a su lado abrazándola, sabía que a veces la mejor medicina era estar solo, analizar las cosas en silencio... al menos eso a él le había funcionado tantas y tantas veces que había tenido que enfrentar situaciones dolorosas y penosas en su vida. Por otra parte, escuchar lo que ella tenía que decirle sobre Terry, significaba dejar de ser neutral e inclinarse siempre por ella, guardándose las ganas de romperle la cara a Terrence; por el afecto que aún conservaba por él sabía que lo más sano era mantenerse al margen. De lo contrario, cuando lo volviera a encontrar sería capaz de molerlo a golpes y eso no sería para nada bueno. En eso estaba cuando notó que un par de jóvenes se animaban entre ellos para acercarse y hacerle conversación, mi padre al notarlo, se olvidó de dejarla sola para que analizara todo en silencio, apresuró el paso y llegó hasta ella.
-¿Podría disculpar a este incauto que ha osado dejarla sola bella dama?. ¿Me concedería el honor?
-¡Albert!...
Dijo mi madre con su mirada triste, respiró profundo y sonrió. Por lo que ella me contó en aquellos años, no sabe si fue la magia de el vals que iniciaba (Dmitri Shostakovich - Waltz No. 2) y llenaba hasta los jardines con ese encanto que se vive al estar ilusionado, no sabe si fue la romántica luz de las farolas, la galante voz de barítono de mi padre, la suavidad y calidez de su blanca mano extenderse hacia ella para salvarla del abismo de tristeza donde se encontraba o si fue esa hermosa luz y calma que encontró en su apacible mirada y sonrisa... pero se sintió de nuevo con vida, el aire llenó de nuevo sus pulmones y la tristeza se desvaneció de pronto al dejarse guiar por ese caballero que tomó con delicadeza de su mano y así la guió hasta el gran salón en un gentil y protector gesto.
Las miradas se posaron en ellos, Clayre, sus padres, tía Elroy, mis padrinos Archie y Annie que llegaban en ese momento. Sin que nada más importara mis padres bailaron esa pieza, mi madre se dejaba llevar por los fuertes brazos que con gracia y delicadeza la guiaban por la pista. Una mano de él temblaba ligeramente ante el contacto con su cintura y la otra sostenía con suavidad su mano tratando de mantenerse firme para no delatar el alegre nerviosismo de tenerla cerca. En ocasiones mi madre se encontraba con su mirada y descubría un sentimiento que no se había permitido siquiera imaginar. Ambos sonreían al encontrarse sus miradas y por igual se ruborizaban. Mi padre, esa noche, aprovechó el baile de los Henderson para acercarse más a mi mamá. Se comportó como el caballero que era, galante, protector, atento. Mi mamá nunca había pensado en él de forma distinta a la de un familiar muy querido, muy cercano, a la de un amigo... su mejor amigo. Nunca hasta esa noche...
Entonces llegó el recuerdo de las palabras de mi madrina...
-"Perdona por decirte así las cosas Candy, pero quiero que abras los ojos y tu corazón a la persona indicada..."
-La persona indicada... -dijo ella en un murmullo.
-¿Dijiste algo princesa?
-Nada Albert... sólo pensaba...
.
CONTINUARÁ...
.
Mil gracias y espero que no se me enojen pero por más que quería ser breve en este capitulo, me llegaban las ideas y al terminar de escribir me gustó mucho. Han de disculpar porque mi corazón Albertano se dejó llevar un poco. El siguiente capitulo es de Terryto! y será también largo y muy especial.
Un abrazo a todas!
