Un dios entre los hombres
Holaaa mis queridos lectores/a gracias por vuestros comentarios: ella123456 :), Fiona " me alegra que te gusten y que lo sigas disfrutando : ) saludos, y también a lanashades574.
Os dejo con otro capitulo más. Y feliz año :P
9º capitulo:
—¿Y bien?
La joven comenzó a boquear como un pez, y sus mejillas se pusieron más coloradas que una ciruela.
Por su expresión, Adriana dedujo que ahí había gato encerrado, y no se trataba precisamente de los dos gatos que dormían plácidamente en el interior la cesta de palmito. Así que, sin pedir permiso, entró en la habitación y lo primero que hizo fue mirar tras la puerta.
Y allí encontró a Hércules.
—Señora, déjeme explicarle que…
—¡Silencio! —susurró la mujer, en voz baja, para no despertar a los señores. Porque si descubrían que su querida hija, a la que consideraban el colmo de la virtud, se hallaba en sus aposentos con un hombre, por muy prometido suyo que fuera, se morirían del disgusto—. No me esperaba esto de ti, jovencita.
—Por favor, no nos delates... —rogó Megara—. No hacíamos nada malo.
La mujer, cuyo rostro se asemejaba a una olla de agua hirviendo, señaló al Ateniense con gesto inquisitivo.
—¿Ah, no? ¿Y por qué lleva puesta la túnica del revés?
Lágrimas de vergüenza, y sobre todo, por la evidente decepción que expresaba el rostro de Adriana, comenzaron a deslizarse por las mejillas de la joven.
Fue entonces cuando Hércules intervino:
—Ruego me perdonen las dos. Yo entré por el patio de atrás, sin permiso, y sorprendí a Meg. Ella no es culpable de nada. Asumo toda responsabilidad.
Adriana lo escudriñó de arriba abajo.
—Ponte las sandalias y abandona de inmediato esta casa.
—Por supuesto —se dirigió esta vez a Meg—. Señorita, lamento profundamente las molestias que haya podido causarle…
—Déjate de lisonjas y sígueme sin hacer ruido. Porque si el domine te encuentra aquí, entonces sí que lo lamentarás de verdad.
Megara se quedó en su habitación.
Y, por supuesto, no pegó ojo el resto de la noche.
Hacía años, que Hércules no había dormido tan bien. Sin embargo aquella noche, a pesar de ser suaves y casi silenciosos, los pasos de Deyanira lo despertaron. O simplemente percibió que estaba allí, gracias a sus capacidades intuitivas que le permitían estar siempre en estado de alerta.
—Te noto preocupado, yo podría aliviar toda esa tensión —se atrevió a decir la esclava sonriendo, mientras colocaba dobladas unas sábanas limpias a los pies de la cama.
Pero de inmediato se arrepintió de sus propias palabras al reconocer en el rostro de Hércules una expresión que indicaba que no le gustaba en absoluto que invadiera su intimidad.
—Disculpa si te he ofendido… Yo…
Hércules levanto la mano como única respuesta y, tras levantarse del lecho, se enfundó una túnica ligera y salió de la habitación directo al comedor.
Deyanira estaba abrumada. Últimamente Hércules se comportaba de forma muy extraña.
De pronto estaba de mal humor, para después sonreír sin motivo aparente. De un tiempo a esta parte, había cambiado, sobre todo desde…
Los celos punzaron su corazón al recordar cómo había mirado a la hija de Creonte aquel día, en el mercado.
Y una toalla se le cayó al suelo justo en el momento en que ahogaba un suspiro. Acababa de recordar que el preso, Aurelio de Hispania, le había dicho que había venido para casarse con…
Oh, dioses… ¡Hércules se había enamorado de esa joven, y por ese motivo mantenía preso al centurión!
Lágrimas de decepción y rabia escaparon de sus párpados.
Hacía varios días que Burbo había comprado una nueva remesa de jóvenes y allí se encontraban probando las espadas.
Hércules tomó un cuenco con cebada y leche y se sentó junto al doctore para disfrutar del espectáculo.
—¿Preparando la Quincenales?—preguntó, fijando la vista sobre un joven que hacía gala de una impresionante destreza, pero que todavía cegado por la furia de su reciente captura, lo único que lograba era cometer un error tras otro. Si ese muchacho se descuidaba acabaría desperdiciado, alimentando a las fieras.
—Así es —respondió Ram—. Pero el senado se queja, alegando que nuestro amado emperador despilfarra las arcas del imperio.
—Los juegos mueven dinero. No creo que se quejen por eso…
El hombre le dio un buen bocado al pan, para luego añadir con la boca llena:
—¿Por qué entonces?
Hércules lo miró divertido.
—Pensaba que tú teníais talento para la política —volvió a fruncir el ceño—. El emperador está comprando el favor de la plebe.
Ram se encogió de hombros.
—Bueno, yo fui legionario y luego gladiador. Un día te toman en brazos y te depositan sobre la cima del Olimpo, para al día siguiente darte una patada en el culo. Gracias a la diosa Fortuna, yo tuve suerte de acabar entrenando a esta panda de inútiles.
Ram se levantó y se dirigió al joven galo, que acababa de rodar por el suelo tras ser derribado por un veterano de origen númida.
—¡Tú! —agitó su látigo a modo de advertencia—. No deberías hacer gestos ni miradas antes de acometer, revelas tus movimientos.
Hércules dejó el cuenco sobre la mesa y se dirigió a la arena. Tenía ganas de enseñarle un par de cosas a ese infeliz. Era bueno, solo necesitaba instrucción.
—Yo me encargo —se dirigió al doctore.
—No estarás pensando en pelear así como tienes el hombro, ¿verdad?
Hércules hizo caso omiso.
—¡Gladio! —gritó, mirando al joven con fiereza.
El muchacho le devolvió una mirada cargada de rencor y furia y Hércules aprovechó para lanzar un rápido ataque con la diestra, golpeando en la empuñadura al incauto, desarmándolo y derribándolo con solo dos movimientos más.
Rugió a causa del dolor que sintió en el hombro, pero eso no le impidió colocar la hoja sobre la palpitante garganta del galo. Un solo movimiento, una mala mirada, o un imprudente gesto, y le rebanaría el pescuezo sin pestañear.
—Si quieres mantenerte con vida en este oficio, recuerda conservar la mente serena en los momentos difíciles.
—¡HÉRCULES!
La voz de Burbo interrumpió la mirada de pavor del muchacho, que permanecía tendido en el suelo.
El Ateniense alzó la vista para descubrir a su amo en el palco que presidía la arena del ludus. Su gesto era de total impaciencia.
—¿Domine…? —bajó el rostro en señal de respeto. Mejor no provocarlo cuando estaba de mal humor.
—A mi despacho.
Tras dedicarle una última mirada de advertencia al chico, hundió la hoja del gladius en la arena y se dirigió a reunirse con Burbo.
—Esta mañana ha venido el esclavo de Velatra gimoteando como un perro.
Al britano se le escapó una mirada hastiada, sin embargo se contuvo de emitir queja alguna y dejó que el amo continuara.
—Tu manutención me cuesta mucho dinero. Tienes todos los caprichos que deseas, entras y sales a voluntad. Y a cambio solo te pido una cosa, y es que disfrutes de los favores de mujeres hermosas. ¿Acaso soy tan poco considerado?
—No, domine.
—Entonces, ¿qué demonios te pasa? ¿En qué estabas pensando para provocar la furia de esa mujer?
—Con todos mis respetos, amo. Si tengo que seducir a la hija de Creonte, necesito dejar de ver a ciertas damas durante una temporada. Alguien podría relacionarme.
—Esa zorra llena mis arcas.
Hércules no fue capaz de ocultar su rebeldía.
—Eso depende del precio que le des a tu venganza.
Burbo golpeó la mesa con los puños.
—¡Hoy estoy de muy mal humor, así que dame un buen motivo para que perdone tu insolencia! —gritó.
—Velatra es la tía de Megara. Si lo que deseas es información, debo actuar con cautela. Y por cierto, esta noche voy a cenar a su casa y necesito ropa decente.
Burbo se sentó, aparentemente calmado, y arqueó una sola ceja.
—Está bien —cedió—. Que Deyanira te proporcione todo lo que desees.
Hércules se plantó ante la puerta principal hecho un manojo de nervios. Curiosamente, no por la actuación que estaba a punto de representar, sino por causar a Meg la mejor impresión. Nervioso, se alisó la túnica y se mesó el pelo con dedos temblorosos.
Definitivamente, se había enamorado de esa joven, porque actuaba como un chaval imberbe. Extendió el brazo y golpeó tres veces la aldaba de bronce.
La enorme puerta de madera de roble se abrió, emitiendo un chirrido, y tras ella apareció un anciano con ínfulas de suficiencia.
Mientras atravesaba el vestidor se preguntó de qué forma el mayordomo enclenque había sido capaz de abrirla.
Caminó admirando los mosaicos de la hermosa domus hasta que finalmente llegó al comedor, donde fue presentado con grandilocuencia ante los presentes, hecho que le resultó incómodo dada su verdadera condición.
—¡Aurelio! —Creonte expresó su alegría con una franca sonrisa mientras se incorporaba en el triclinio—, estábamos esperándote.
Hércules atravesó las columnas y se quedó de pie, dubitativo, como esperando una orden, pero Creonte respondió a su actitud con un exagerado gesto con el brazo, invitándolo a acercarse.
—Acomódate, muchacho, mientras esperamos a las mujeres. Siempre tardan demasiado en engalanarse, ¿no es cierto, querido Fornelius?
—Nunca es demasiado para ellas —dijo el invitado, que estaba acomodado en otro triclinio—, aunque no comprendan que los abalorios no son merecedores de mujeres tan hermosas.
Hércules sonrió. Coincidía absolutamente, pues Meg ya era una joya de por sí.
—Estoy de acuerdo —dijo, y tomó asiento.
—¡Estupendo! —expresó el anfitrión, efusivamente—. Disfrutemos entonces de una charla entre hombres antes de que nos deleiten las damas con su presencia —esta vez se dirigió a Aurelio—. Espero que no te incomode la presencia de mi querido Fornelius…
—En absoluto.
—Fornelius, este es mi futuro yerno, Aurelio Decimus. Acaba de llegar de Hispania —el hombre sonrió pero su expresión pareció ensombrecida por la duda. A Hércules también le sonaba de algo ese rostro, pero deseó estar equivocado.
—Puedes sentirte afortunado, pues Megara es una mujer excepcional.
—Bien. Pues, como iba diciendo, mi inoportuno amigo aquí presente y yo estábamos debatiendo acerca del emperador Augusto. La historia no le hace justicia, a mi parecer. El viejo hizo cosas muy buenas, por ejemplo, dedicó gran parte de su gobierno a la práctica de la justicia. ¿No estás de acuerdo, Aurelio?
Hércules asintió. Conocía al viejo emperador demasiado bien en el terreno militar, sin embargo, no estaba familiarizado en cuestiones políticas y obvió cualquier comentario al respecto. Más valía callar y parecer un idiota, que abrir la boca para confirmarlo.
—Ciertamente —alegó Fornelius—, se esforzó en beneficiar a las clases más desfavorecidas. Aunque también por eso podríamos tildarlo de populista…
—Es Calígula el populista, a quien solo le interesan los combates de gladiadores y fiestas. No, querido Fornelius, César Augusto fue sin duda mejor administrador. Y haría bien el vulgo en reconocerlo.
Fornelius estalló en carcajadas.
—Siempre admiraré tu sutileza, querido amigo.
Ante la mirada de incomprensión de su futuro yerno, Creonte aclaró.
—Resulta que Fornelius es el organizador de los juegos y el asunto que lo ha traído a esta casa, aparte de nuestra amistad, es la financiación de un combate —Hércules rezó para no ser reconocido—. Pero como ya conoce mi respuesta, sigamos con el tema que nos ocupa y reconozcámosle a nuestro imberbe emperador, al menos, el buen trabajo que ha hecho en Hispania.
Ese último comentario molestó a Hércules, tenia amigos que procedía de ese país y sabia lo sucedido. Su dignidad lo obligó a replicar.
—Augusto quien allanó el terreno —apuntó—, y a los pocos meses de alcanzar el poder, después masacro pueblos enteros.
—Oh —Fornelius emitió un despectivo gesto —, esos sucios y desorganizados bárbaros pelean entre sí constantemente y…
—La excusa perfecta que justificó la invasión —lo interrumpió el Ateniense, que conocía muy bien aquella historia.
—¡Invasión a un pueblo corrupto e incivilizado! —rebatió Fornelius, indignado y sorprendido ante tanta falta de patriotismo.
Hércules, encendido, se levantó. Posiblemente estaba siendo poco cortés con el invitado de su supuesto suegro, pero no soportaba la soberbia de los romanos.
—La corrupción de los poderosos es la mayor barbarie —siseó.
Creonte, sorprendido por la extraña reacción de su yerno, intentó quitarle hierro al asunto.
—Templanza, amigos, templanza, pues lo que se dice de forma precipitada nunca se dice bien. Creo que a lo que Aurelio se refiere es…
—¡Ese hombre sabe muy bien a lo que me refiero!
Y se vio allí, fuera de lugar, de pie frente a dos nobles, a punto de despotricar contra el imperio entero, cuando la imagen de Megara eclipsó su indecorosa furia.
—Lo que mi prometido quiere decir es que las armas no deben vencer jamás a la toga.
Aquella sonrisa enmudeció a los tres. Pero Creonte, por ser su padre, reaccionó el primero, orgulloso de su hija.
—Bien es sabido que en esta casa se permite expresar cualquier opinión. Pero hazme caso en esto, muchacho, jamás le lleves la contraria a una mujer inteligente. Mucho menos cuando cita a Cicerón.
La joven soltó una carcajada que inundó la estancia.
— Oh, padre, Aurelio puede contrariarme cuanto guste, pues un lobo no pierde el sueño por la opinión de las ovejas.
La mirada que le dedicó Meg le hizo olvidar la discusión, pero el acaloramiento se intensificó nada más rozar su mano, en el momento en que la ayudó a acomodarse.
Lucía el cabello recogido en un sencillo tocado. Ni rastro de joyas, tan solo pequeñas flores de azahar se dejaban ver de entre los huecos de su trenzado.
Una suave onda besaba su frente, ondulándose hasta acabar en una gruesa trenza que desembocaba en un moño acaracolado sobre la base de la cabeza.
En su blanco rostro no había apenas resto de maquillaje, tan solo un ligero toque de carmín matizaba de ocre sus deliciosos labios. Y sus largas y oscuras pestañas, que se movían como alas de mariposa, rodeaban unos ojos violáceos.
Su vestido color turquesa, marcaba ligeramente unas suaves y sugerentes curvas.
Hércules deseó perderse en su cuerpo, cuando hizo acto de presencia otra dama, aunque de más edad, comparable en belleza a Megara.
—¿Es que nadie va a presentarme a este hombre tan apuesto?
Y así sucedió que la acalorada discusión dio paso a una alegre velada, llena de risas y conversaciones interesantes. Y por primera vez en su vida Hércules se sintió un igual ante aquellas gentes que, en cualquier otra circunstancia, se le habrían antojado extrañas.
Se sorprendió mimado por las atenciones de Eurídice, que a cada momento se preocupaba por si todo estaba a su gusto; respetado por Creonte, que lo integraba en la conversación; y limó asperezas con Fornelius quien, a pesar de ser un patriota empedernido, resultó ser un hombre afable y muy simpático.
Disfrutó de manjares que, a pesar de ser considerados simples y comedidos por el anfitrión, a él le parecieron sofisticados, y cuando terminaron, paladeó el vino viejo de las lindes del Vesubio exquisito y muy cotizado, con gran deleite.
Pero todo, absolutamente todo a su alrededor, quedó eclipsado por Meg.
Durante la cena, la saboreó con la vista y la deseó con el alma. Su risa cantarina, elegantes gestos y comentarios inteligentes hicieron que la deseara como si el mundo se acabara después.
Y cuando comprendió que se había perdido en su mirada violeta, constató que ya era demasiado tarde para echarse atrás. Bebía los vientos por ella y jamás obtendría la salvación.
Una vez Fornelius se hubo despedido, y cuando Adriana comenzaba a retirar los platos, Eurídice sonrió a su esposo a la vez que observaba a los jóvenes hablar divertidos.
—¿No crees que deberíamos dejarles un poco de intimidad?
Creonte frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
La señora de la casa sonrió y, sugerente, acarició el antebrazo de su amado esposo.
—Sabes muy bien a qué me refiero —susurró, pícara, antes de degustar una uva.
Su esposo respondió con una gran sonrisa.
—Mi esposa y yo nos retiramos a nuestros aposentos —anunció de pronto, ante la
sorprendida mirada de los dos jóvenes.
Hércules reaccionó levantándose ante su anfitrión.
—También yo debería retirarme, señor.
—Hijo —lo interrumpió Creonte—, puedes acompañar un rato más a tu prometida, si así lo deseas —los dos jóvenes parpadearon—. Hace una noche cálida, y las estrellas brillan más que de costumbre. Disfrutad de vuestra fugaz juventud y dejadnos a los viejos el placer de la retirada.
Megara miró a Hércules y, tras sonreír, arrugó graciosa la nariz.
—Ah, me olvidaba —añadió, cuando ya estaba a punto de abandonar la estancia del brazo de Eurídice—, ven también mañana. Hablaremos sobre los preparativos del enlace. Adriana —esta vez miró de forma significativa a la liberta—, atiende a los jóvenes por si necesitan cualquier cosa.
La sonrisa de Megara se desvaneció, no así la de la anciana liberta, que se amplificó al máximo.
Creonte no había mentido. Las estrellas se reflejaban en la piscina del patio ajardinado quitándole protagonismo a la princesa de la noche.
Y los dos jóvenes enamorados, sentados sobre un banco de mármol, se comían el uno al otro con los ojos, bajo la atenta mirada de Adriana que, inmóvil, parecía una estatua más de las que bordeaban el peristilo.
En aquel momento lucía una expresión indescifrable para los jóvenes, aunque si hubieran prestado la debida atención habrían intuido el ligero deje de una tierna sonrisa en sus apretados labios.
