Regálame cincuenta primaveras

8


El martes fue un día de indiferencia disfrazada de cordialidad, en el que Kotoko recibió solo frases cortas de su amigo —que nunca la miraba a los ojos—, referentes a hechos banales como "el baño está libre", "pásame la miel", o cosas por el estilo.

Ella, conteniéndose para poder observarlo, respondía de la misma manera —no tan circunspecta—, mientras en el fondo quería decirle que fuese todo lo incivilizado que quisiera, pero que no le relegara a tratarla como al resto del mundo, con su fachada fría y seria. Sabía que era mucho más que eso y le ofendía que la tratara de aquella manera.

Lo soportó porque no era tiempo de la confrontación, a la que poco a poco se inclinaba fuese respecto a los sentimientos que tenía por él. Al ver cómo estaban, no creía que otra cosa que la sinceridad sirviera. Tenían que ser abiertamente francos.

Por lo menos no se trataba de una "ley de hielo", pues le habría herido en lo más profundo y le habría sido difícil perdonarle por tratarla así después de años de amistad. La estaría castigando cruelmente por algo que ni siquiera era su culpa, de un modo que era consciente le dolería.

Ahora bien, el miércoles llevaba algunas horas transcurriendo, y parecía una repetición del día anterior, con el hermetismo de su amigo acompañado de los deseos de ella de llamarle la atención.

En ese mismo momento Kotoko quería coger el libro en sus manos y apartarlo de su vista, lanzándolo al otro lado de la habitación al tiempo que le exigía hacerle verdadero caso. Le importaba muy poco si todavía se preocupaba por su bienestar; no quería una relación tensa con su amigo.

Sería una actitud exageradamente infantil, por no decir absurda, ya que se encontraban en la biblioteca, aprovechando la hora de autoestudio. Haría el ridículo y le sería prohibida la entrada durante una semana, la más importante previa a los exámenes.

Enfurruñada, sintió alivio al ver su reloj y comprobar que el tiempo acababa, por lo que se puso en pie con mucha energía —fruto de la frustración— y se adelantó hasta la puerta, para fuera resoplar sonoramente su disgusto.

Naoki y Watanabe pronto se le unieron e hicieron el regreso a su aula; su amigo rubio comentando unos temas de la última lección en dirección a ella. Él se venció después de unos minutos, aunque ella no se distrajo por el problema con Naoki, sino por la misma sensación de los dos días. Tener unos ojos en su espalda.

Perturbada, se detuvo al mismo tiempo que doblaba la mitad superior de su cuerpo, buscando hallar algo. No obstante, solo había un pasillo vacío, el típico antes de los exámenes.

—¿Pasa algo, Aihara? —preguntó Watanabe a su derecha.

Negó creyendo que era su imaginación y regresó la vista al frente, respirando aliviada al no repetirse la sensación.

…durante cinco minutos.

Antes de poder hacer algo, Naoki se giró y Kotoko escuchó un jadeo masculino atrás. Rápido, miró a sus espaldas y sintió un escalofrío al ver a Kin-chan boquiabierto, con todo su cuerpo, menos la cabeza, oculto detrás de un muro. Estaba espiando de lejos.

¿Habría sido él todo ese tiempo? Era un poco inquietante que la siguiera como un acosador. Si ésa era la medida tomada para guardar su distancia, era la peor que podría haber escogido.

—Me da la impresión que es un admirador sin límites —observó Watanabe en tono precavido.

—Creo lo mismo —concordó disgustada, y se alejó de sus amigos para hablar con Kin-chan.

Aparte de que era desagradable ser perseguida, tenía que hacerlo cuando Naoki estaba presente. Le parecía que era molesto, ni siquiera se lo permitiría siendo su amigo.

De brazos cruzados llegó a Kin-chan, quien se acercó al costado de unas escaleras para ocultarse un poco de los demás.

—Kin-chan…

—Lo siento —interrumpió él inclinando la cabeza repetidamente. —No sabía cómo alertarte discretamente para pedirte perdón por los problemas que te ocasionan los rumores relacionados a mí.

—Pudiste decirle a las chicas.

Él se irguió con cara de tonto. —Sí, eh, no lo pensé.

—Acepto tus disculpas, aunque ya no se puede hacer nada. Gracias por preocuparte.

—Eres tan buena, Kotoko —dijo él con ojos brillantes. Ella dio un paso atrás.

—Pero por favor, no me sigas, pareces un acosador.

Kin-chan puso expresión de alarma, como si no se lo imaginara.

—También me disculpo si los rumores te molestan a ti.

Él alzó el pecho.

—Solo son rumores, nadie puede intimidar a Ikezawa Kinnosuke.

—¿Y la chica que te gusta? —replicó reprimiendo una carcajada.

Lo vio sonrojarse y rascarse la cabeza. —Ella todavía no lo sabe, pero pronto lo sabrá. Eh… Ya tengo que irme a clase. Hasta pronto.

Encogiéndose de hombros, se despreocupó por su brusca partida y se encaminó a su propia aula.

Antes de llegar, se detuvo en seco y vio a Naoki hablando con Tomori, en lo que parecía una plática interesante para la atención de su mejor amigo.

Sintió como si una flecha le atravesara el pecho.

¿Días tratándola diferente y de pronto conversaba de forma amena con la chica que le odiaba? ¿Qué ocurría con él? ¿Lo hacía a propósito porque estaba molesto? ¿Había olvidado el pasado?

Sus pies le dirigieron hacia ellos, pero a unos metros ambos voltearon a donde ella estaba. No supo qué hizo Tomori, pero Naoki le otorgó una mirada de advertencia y susurró algo a la pelinegra, alejándose.

Trastabillando al dar un paso hacia atrás, sintió una mano cogerla del codo y jalarla.

—No es lo que crees —susurró la voz calmada de Watanabe.

Giró el rostro a él, apretando los dientes para no llorar. Su amigo le regaló una sonrisa tranquilizadora y le indicó que fuesen al salón de clases.

—Irie te lo dirá —aseguró el rubio antes de soltarla con delicadeza. —Confía en él.

Humedeciéndose los labios secos, intentó con todas sus fuerzas hacerlo. Estaba inundada en un doloroso sentimiento de traición y pena, pero trató de seguir las palabras de Watanabe, dando una confianza que ella pedía.

Ninguna otra cosa le había costado tanto en su vida.

Se llevó una mano a la boca del estómago, calmando los deseos de correr y huir.

—¿Tú… ya no? —musitó con poca voz, deteniéndolo fuera del aula de clases.

Watanabe esbozó una sonrisa larga y negó.

—Lo dije, hay quienes no valen la pena.

Juntos ingresaron al aula, e incómoda y preocupada, ella notó los esfuerzos de su amigo de distraerla y animarla, hasta que sonó el primer timbre y Tomori apareció en la puerta del frente con expresión indignada, caminando a su lugar sin hablar con nadie.

Experimentando un soplo de alegría, miró a la puerta trasera y justo al momento llegó Naoki, con cara satisfecha.

Él se inclinó hacia ella antes de sentarse. —Tal vez ya te deje en paz —le susurró al oído antes de ubicarse en su silla.

Sonrió bobalicona, diciéndose que era una tonta. Infinidad de veces recibía más cosas de su mejor amigo de las que le daba, y aquella era una más de ésas. Por ello era imposible no enamorarse de él.

Sintió que se movían sus cabellos junto a un aire en su cuello y se le heló el cuerpo, sorprendida.

—Tomori parecía sincera al decir que ella no comenzó ningún rumor —murmuró Naoki cerca del lóbulo de su oreja, antes de que sonara el timbre y apareciera Goda-sensei.

La piel de todo el cuerpo se le erizó.

Incrédula por esa información, se preguntó entonces quién era la causa, porque Tomori se descartaba por el buen juicio de su mejor amigo, y si no había sido ella, podría haber sido cualquiera.

No obstante, por mucho que estuviese curiosa por saber, el aleteo en su estómago le distrajo de pensar con verdadera seriedad.

[…]

Kotoko pasó las horas hasta el descanso queriendo saber más sobre la conversación de Naoki con Tomori, pero cuando éste llegó su amigo desapareció antes de poder detenerlo, robándole la oportunidad de preguntárselo.

Watanabe se encogió de hombros cuando quiso averiguar sus planes, así que se dispuso a buscarlo luego de dar unos bocados a su caja de almuerzo —no desayunaba bien y le había vuelto un poco de su apetito habitual—. No creía que Naoki hubiese ido a la cafetería y tampoco al sanitario, pues había llevado sus alimentos con él; era una desventaja que fuese tan listo y acabase los problemas de física en quince minutos, permitiéndole prepararse para el final de la hora.

En lo que respectaba a buscarlo, lo hacía animada, porque además de querer más detalles de la plática, sentía que él la había invitado a acercarse, declarando tregua. No estaba segura, pero su voz había sonado pacífica y conocida.

Y, siendo más consciente después de la charla con sus amigas, dudó si había algo más en esa proximidad que le había cautivado. Él nunca había hecho algo así de íntimo.

Presurosa, caminó por los pasillos del piso buscándolo, incluso pidiendo a alguien que le dijese si estaba en el sanitario. Al recibir una negativa fue a las escaleras y pensó en los sitios donde podría estar, casi perdiéndose algo que ocurría en el patio trasero.

Su sorpresa fue descomunal al ver las figuras de Naoki y Kin-chan allí, aparentemente hablando.

Durante un segundo los miró, buscando señales por si era una pelea. Maldijo al saber que las ventanas de la escalera no podían abrirse y corrió hacia abajo, haciendo un esfuerzo titánico para llegar antes de que las cosas se pusieran peor.

Transpiraba y casi estaba sin aire cuando llegó al patio, para ver con impotencia que el sitio donde vio a los chicos se encontraba vacío. Por lo menos era sinónimo de que la situación no pasó a mayores, con el evidente desagrado que sentían por el otro.

Movió su cabeza en ambas direcciones, y a su derecha reconoció la silueta de su mejor amigo. —¡Naoki! —gritó antes de apresurarse hacia él.

Naoki tuvo la decencia de detenerse, pero al tenerla de frente le dedicó una ceja arqueada y una cara agria.

Tomó grandes bocanadas de aire con una mano en el diafragma, admitiendo que necesitaba mejorar su condición física. No podía estar acabada con correr unos cuantos metros.

Más calma, pero sintiendo el corazón en la garganta, le miró a los ojos.

—Te vi con Kin-chan. —Pausó—. ¿Qué ocurre? ¿De qué hablaron?

Él arrugó la boca.

—No le hice nada —le informó escueto.

—Eso no me preocupa. ¿Hay algún problema entre los dos?

Una larga pausa transcurrió sin que él contestara, seguía con su expresión de limón, que no le gustaba.

—Tú eres sincero conmigo, Naoki, ¿por qué no lo haces ahora? —Suspiró.

Su mejor amigo se crispó y se dio la vuelta. Sin perder tiempo, le cogió la manga del saco para detenerlo.

—Sinceridad —le escuchó mascullar. —Tu amigo me dejó sin ganas de hablar. Déjame solo.

Él se soltó sin mucha delicadeza.

—Naoki —pronunció débilmente, dando pasos hacia adelante para seguirlo.

Se sintió pequeña cuando le miró sobre su hombro.

—No estoy de humor para esto —sentenció él, deteniéndola.

Asintiendo con los ojos cerrados, le dejó partir, aceptando que no era su mejor momento. No se lo había dicho con las mismas palabras, pero le pedía espacio. Parecía realmente enfadado, como la vez que Kin-chan hizo un vergonzoso espectáculo de recaudación de fondos.

¿Qué habría pasado con su amigo pelinegro para enojar a Naoki?

Decidida a hallar respuestas, se dirigió al grupo de Kin-chan.

[…]

Con notable diferencia a su clase, el salón del F disfrutaba del descanso con gran alboroto, entre pláticas y juegos como los que había visto en la ficción. Parecía agradable estar en un lugar donde escucharas algo o te relacionaras con los demás.

La primera vez ahí se había dado cuenta por qué ellos ganaban siempre los festivales deportivos; no porque a los de clases superiores les interesara más el estudio, sino porque en el F podían formar un equipo. Si no hubiese puesto en riesgo sus planes futuros, le habría gustado estar allí, parecía más indicado para ella que la Clase A. Encajaría un poco más.

Jinko y Satomi se pusieron en pie al verla, cerrando unos frasquitos de esmalte de uñas. Era increíble que hicieran eso a media semana de las pruebas de mitad de trimestre.

Qué envidia tomarse la vida más a la ligera.

—Hola, Kotoko —saludaron en unísono las chicas.

—Hola —se acercó un poco a ellas para hablar en tono bajo—, me urge encontrar a Kin-chan, parece que no está aquí.

—¿Qué pasa? —bisbiseó Satomi.

—Acaba de hablar con Naoki, necesito saber de qué, y Naoki no quiso decirlo.

Las dos abrieron la boca asombradas.

Jinko se llevó un dedo a la barbilla. —Cuando quiere pensar, va a la azotea —informó en un susurro.

—¿Tienes tu teléfono contigo? —preguntó Satomi.

—Lo olvidé.

—Está bien, si viene, le enviaremos allá, espera unos diez minutos.

Asintió agradecida y continuó su travesía, esperando que no la atraparan en un sitio prohibido, mucho menos en compañía de Kin-chan. Aquello supondría un desastre.

Vio con alivio que no había posibles chismosos en la periferia y consiguió llegar a la azotea sana y salva, casi exclamando de triunfo al ver a su amigo allí, cerca de la malla que rodeaba los bordos.

Él estaba muy concentrado, porque el ruido de la puerta no le alertó; la dejó entornada, pues podía no abrirse después.

—Kin-chan —llamó fuerte, haciendo que respingara.

—¡Kotoko! —gritó él con voz estridente. —Hola, ¿qué haces aquí?

—Te buscaba.

Él sonrió y se acercó. —¿A mí? —se señaló como un niño, enfatizando su acento de Kansai.

Suspiró. —Sí. Quiero saber lo que tú y Naoki hablaron.

La boca de Kin-chan tembló.

—¿Cómo sabes que hablamos?

—No lo hicieron en un sitio discreto —dijo con ironía. —Él no quiere decirme.

—Y has venido conmigo —musitó él con un tono raro.

Afirmó con la cabeza.

—¿Por qué debería decírtelo? Fue una conversación entre los dos.

Gruñó para sí.

—¿Es que vale la pena guardarlo en secreto?

Él soltó una carcajada. —Ese genio no quiere que lo sepas —expuso divertido.

—Kin-chan. —Él siguió riendo. —¿De qué modo podré saberlo! —exclamó, expulsando el fastidio acumulado.

Kin-chan calló de golpe.

Quería saber de su diálogo, porque Naoki, que había mostrado un poco de su persona normal, había cambiado de nuevo. La respuesta estaba en esa plática; y si comenzaba a actuar indiferente, más indiferente, necesitaba saber el contenido de ésta.

—Acéptame una cita —soltó Kin-chan.

—¿Qué?

¿Había oído correctamente?

—Te lo diré cuando acabe nuestra cita. Piénsalo y me dices.

Luego Kin-chan huyó como si estuviese en una carrera.

No podía ser cierto.

[…]

Regresó a casa con aire ausente, Kotoko lo sabía.

Kin-chan la había hecho buena, poniéndola a prueba. Si quería saber de su boca la conversación con Naoki, debía tener una cita con él.

¿Acaso ella le gustaba?

Eso no lo había visto venir; el pelinegro era muy expresivo, pero en esos días no se había imaginado algo como eso. Tendría que haberlo adivinado antes. ¿Las chicas lo sabrían?

Le parecía más lógico que hiciera la colecta.

No podía aceptar la cita porque le daría ilusiones, pero si no conseguía la información de Naoki, habría de venir de alguna parte.

Suspiró, ya que ese modo de verlo se asemejaba al que tendría su oba-sama, quien diría que para ciertos casos había que usar medidas extremas, poniendo las prioridades en orden. Mas aprovecharse de Kin-chan no estaría bien, era muy egoísta y ella sí tenía límites.

Por una décima de segundo sospechó que su tía podría haber creado el rumor.

Rió en su mente ante su propia tontería.

Agitó su cabeza, se estaba yendo a la luna como otras veces. De nuevo en la tierra, vio que Yuuki había salido de la sala de estar.

Fijó sus ojos en su amigo, quien leía en el sillón perpendicular al suyo. —Naoki…

—No insistas sobre Ikezawa, no lo sabrás —siseó él.

Ni siquiera la había visto, era imposible que adivinara lo que quería. Se desinfló.

—¿Y de Tomori?

—¿Tengo que informarte de todo? —espetó su amigo, apartando el libro de sus ojos.

Sus palabras le pegaron duro y negó, aguantando las lágrimas que pugnaron por salir.

Lo escuchó carraspear incómodo y coger aire. Alzó la mirada, sus orbes violáceos parecían perturbados y sus labios formaban una línea recta.

Su expresión cambió tras unos segundos, luciendo muy arrepentido. —Hablaremos después, Kotoko.

—¿Cuándo será eso?

Él se puso en pie y ella lo cogió del brazo con fuerza.

—No te… vayas —pidió con voz entrecortada.

Sus ojos vieron cómo alzó su mano libre y la empuñó, bajándola. —¿En verdad me necesitas? —preguntó él soltándose y abandonando la habitación.

No llegó a comprender sus palabras y así confusa le halló Yuuki.

—¿Quieres jugar, nee-san? —cuestionó él en tono suave e inocente.

—No tengo ánimos, Yuuki-kun —respondió triste.

Los ojitos castaños del pequeño niño al que había cargado desde que nació le miraron con suma concentración, antes de que ella le sintiera acomodarse junto a ella y pasarle uno de sus bracitos por la espalda.

Emocionada, lo abrazó.

[…]

El jueves, Kotoko se despertó para encontrar que Naoki se había ido temprano de casa, usando como excusa los deberes de limpieza.

Solitaria, se fue a la escuela, dando vueltas al "después" de su amigo de la tarde anterior, del que le mataba no saber su exactitud. Durante la noche había concluido que en ese momento se confesaría. Sería todo o nada.

Como decía Watanabe, sería lo mejor.

Y si lo temible pasaba, ya no estaría tan sola. Le faltaría su compañía más importante, pero tendría apoyo.

No obstante, tenía que esperar al "después", sin presionar a su amigo. Esperaba que no fuese un camino largo, porque no era muy paciente y se estaba muriendo lentamente con tan pocos días de enredos.

Y era un asunto de los dos, para resolverlo no había necesidad de involucrar a nadie más. Aunque le urgiera saber, se abstendría de recurrir a Kin-chan… si era importante, Naoki se lo diría.

Con eso pensado, a punto de terminar la segunda clase envió un mensaje a su amigo para reunirse con él debajo de la escalera, y decírselo de frente.

Al tiempo acordado, tomó sus artículos femeninos fingiendo que iría al baño y se apresuró en llegar cuidando que nadie se sintiera curioso ella.

Kin-chan le esperaba.

—No puedo —fue lo primero que le dijo al verlo. —Si acepto te llevarás una impresión equivocada.

Él negó con una sonrisa.

—Será como amigos… Juntemos a los chicos y salgamos todos. Al final del día te diré.

¿Se equivocaba al creer que le gustaba? Si era así, no estaría alimentando falsas ilusiones; quizá se divirtió engañándole con una cita.

Pero había quedado en no involucrar a nadie más. Aunque podía hacer un poco de trampa e investigar para pensar detenidamente sobre su mejor amigo.

—¿Estaremos los seis? —inquirió dubitativa.

Kin-chan asintió sonriente.

Si servía para comprender la actitud de Naoki, valía la pena. Siguiendo un impulso, movió la cabeza de arriba abajo.

—Entonces saldremos el domingo —confirmó Kin-chan.

—Bueno…

El alma se le cayó a los pies al escuchar esa voz.

—¡Naoki! —chilló girándose como rayo.


NA: A Kotoko tiene que irle mal, he dicho.

¿Tienen alguna idea de qué habló Naoki con Kin-chan?

Besos, Karo.


Avance para el próximo capítulo:

Había perdido a su Naoki.

—He estado buscando apartamentos en renta y quería saber tu opinión —reveló su padre, ganándose un jadeo de ella.