Apenas y se hacía a la idea de saberse felizmente casado con Candy. Sus besos aún quemaban en sus labios. Casi quería degollar al vasallo que tenía frente a él, cómo se atrevía a darle ¡tan mala noticia! El vasallo había visto lo mal que se había puesto su amo, así que rápidamente había salido de aquella majestuosa habitación, cuando por azares del destino se oyeron resonar las puertas del castillo. En un abrir y cerrar de ojos Lady Catherine Anderson, estaba a la puerta con su padre. El mundo se estaba volviendo loco. No había pasado ni una hora casado y tendría que ¡volverse a desposar! Eso estaba por verse, se defendería como lo había hecho en todas sus batallas y saldría victorioso. Se había enfundado su pectoral, con el escudo de San Andrés, calzado las botas y salía corriendo hacia el recibidor principal para detener a los invitados y poder alertar a su nueva esposa. Ese pensamiento casi hace que resbalara por las escaleras pues sentía que la alegría le inflaba el pecho. Como rayo de tormenta había llegado al recibidor y cuál era su sorpresa, su prometida llegaba de la mano de su padre y tras ellos se encontraba nada más y nada menos que su primo Neal Leagan.

Se encaminó, ahora mesurando su paso a su prometida ¡Ah! ¡Pero qué estaba diciendo! Si se acababa de casar. Llegó hasta la puerta para encontrarse a una hermosa muchacha de cabellos negros, relucientes, con ojos azules profundo, facciones angelicales y labios carmesí. Por supuesto que no recordaba que Lady Catherine Anderson fuera tan hermosa, pero qué importaba eso si tenía por esposa a la mujer más hermosa que hubiere visto. Sin más se aproximó hacia ellos y les dio la bienvenida, y cuando hizo recuento de las cosas no había podido alertar a Candy. Ella bajó igualmente como rayo hacia la puerta, siempre lo hacía, pues era siempre la que recibía a todas las personas, luego recordó que Albert ya se encontraba de regreso y bajó con un poco más de calma. El estandarte de los Anderson estaba en la puerta del castillo y una hermosa mujer aguardaba en la estancia, ¿quién sería? No tuvo que esperar mucho puesto que Lady Anderson, sin más, se presentó ante ella como la prometida de Sir Andrew. Candy sintió que su corazón se paralizaba…

Sintió que las fuerzas le faltaban ¿Qué? ¿No se habían casado ya? La sangre se le empezaba a helar y de no haber sido por el hermoso barandal tallado de hierro forjado de la escalera se hubiera colapsado. Con calma se aproximó hacia ellos ¿Qué hacer? No podía revelar que era la esposa de Albert. Si ellos se enteraban, los acusarían de haber cometido alta traición hacia el rey. Las lágrimas querían correr por todo su ser y la fortaleza ocupó su corazón, pues debía haber una gran explicación para todo esto. Sin más miró los profundamente acongojados ojos de Albert al cruzar su mirada, sintió cómo se empezaba a cristalizar su mirada, tuvo que dejar de mirarlo y fijar su vista en el estandarte del Clan Anderson, y vio con preocupación que su padre la acompañaba, pero ahí no terminaba todo: Sir Leagan venía acompañando a Lady Anderson y le sostenía del brazo ¿Podía la vida ensañarse más con ella? La mirada de Sir Leagan reflejaba lujuria pues estaba por reclamar su propiedad. Candy quiso salir corriendo de ahí y nunca más volver. Lo que más le dolía era que Albert no le hubiere dicho que él era un hombre comprometido, y no sólo eso, con una heredera, una dama de sangre noble y excepcional belleza. Como flotando y no sabiendo que hacer ella se disculpó y salió corriendo del castillo. Ya estaba muy adentrada en el bosque cuando empezó a sollozar sin cesar. Albert estaba ahora entretenido por sus invitados y tenía que sacar a Neal Leagan de la propiedad, no podía seguir ni un minuto más ahí ó se llevaría a Candy.

Albert miró a Terrance y él inmediatamente se encaminó a seguir a Candy, pues lo colgarían se algo le pasaba a la protegida de Sir Andrew. Él era más que su escudero, era su compañero y su guardián en las batallas, pues su fuerza era comparable a la del Caballero Azul y también había decidido convertirse en su trovador y, apenas sin esperarlo, había extendido hasta tierras remotas la fama del Caballero Azul, conquistador como era, aprovechaba cada oportunidad para seducir a las mozas que lo rondaban con sus espectaculares historias; mismas que le garantizaban lechos cómodos y mujeres dispuestas donde quiera que viajara.

Mientras el castillo se quedaba atrás, Terruce se aproximó a aquella doncella de rizos dorados y hermosos ojos verdes, de hermosa piel blanca y sonrisa de diosa griega, que lo había cautivado. Incluso notó ciertas pecas en su rostro que la hacían ver aún más hermosa. Se acercó y le habló sigilosamente, pues no quería que ella se asustara-: Milady; por favor, regresemos al castillo, le aseguro que ha dejado a todos preocupados, incluso una de sus madres venía tras usted; ha regresado al castillo cuando le he prometido que la llevaría de regreso.-

-Lo siento, no era mi intención angustiarlos, por favor lléveme de regreso a…–ella titubeó: quería decir a casa, pero las palabras no salieron, pues ya no sabía si podía considerar el castillo su hogar, así que cambió la expresión-: Os ruego me lleve de regreso al castillo.-

Mientras cabalgaban de regreso Candy notó que el trovador no dejaba de sonreír…

-Puedo preguntar, ¿qué lo hace sonreír tanto…?

-Usted -fue la inesperada respuesta.

-¿Yo? -preguntó ella, sorprendida por la afirmación del hombre

-Si usted, miladi; figúrese que he decido pedir su mano en matrimonio. Pronto seré trovador de la corte del rey y podré darle todas las comodidades, aunque no tengo un título, pues confío en que acepte ser mi esposa, sé que usted carece de dote debido a que es huérfana, pero eso para mí no es importante.

Candy en ese momento no supo que hacer, ¿Qué? ¿Acaso no se había casado ya por la mañana? ¿Debía llevar el secreto hasta la tumba? ¿Debía defender a su corazón o debía dejar que Albert, viviera? El mero pensamiento, causó en ella un estremecimiento que de inmediato había bañado en lágrimas su rostro. Lo amaba con todo su corazón, aunque sólo hubiera sido una ilusión, un cuento de hadas. Nadie debía saber que ella se había desposado con él.

Candy había dejado correr las lágrimas y, de tan estremecida que estaba, no había notado que ya estaban en la fortaleza

-Yo, lo que sucede… es…-intentó explicar

-Lo sé: las doncellas suelen llorar por saberse en vías de casarse, tomaré eso como un sí-dijo él, sonriendo aún. Candy se asustó de sobremanera y antes que pudiera hacer algo, Terrance ya se encontraba bastante adelantado y se encaminaba al recibidor del castillo.

En una de las alas del castillo había sido encaminada Lady Anderson con su padre para acomodarse. Candy cuando entró corriendo tras Terrance, se había encontrado con los brazos de su madre que la abrazaba, sin poderse contener se dejó caer en ellos, pues su corazón se dividía y desquebrajaba, se partía en dos, llevándose con ella su vida, sus ganas de vivir. No sabía que debía hacer, pues no quería ver a Albert, no soportaría verlo, sin desear sus besos y sus cálidos brazos alrededor de ella.

Sir Leagan y Terrance se habían adentrado a una de las cámaras de Sir Andrew y en la biblioteca se encontraba, aquel caballero de famosa reputación, pasándose la mano por sus rubios cabellos mientras fijaba su mirada en el horizonte ¡Cómo deseaba haber tenido tiempo de recluirse con Candy! La hubiera besado más y más. Sus suaves y dulces labios aún quemaban sobre los suyos. Sin embargo, había asuntos más urgentes por atender; miró llegar a Terrance y eso lo desconcertó lo suficiente para preguntar:

-¿Os puedo ayudar en algo?- preguntó, dirigiéndose a su escudero e ignorando a su primo; que ya le había reclamado en no estar adelantado en los preparativos de la ceremonia y había exigido de nueva cuenta que le entregase a su prometida.

-He venido a hablaros sobre esa bella dama, señor: Lady Candice, quería deciros que estoy dispuesto a ofrecer mi vida por ella, si mi Señor me la concede-explicó, resuelto; un brillo muy especial destellando en su mirada. Neal prorrumpió en carcajadas, en una actitud francamente desagradable que le hizo a él explicar:

-Candy está comprometida con Neal por disposición del testamento de mi padre, Terrance. Lo lamento; pero en este momento no puedo deciros más, os suplico que me concedáis un momento a solas con mi primo.

Terrance ante la orden su señor no podía hacer nada, salió de esa habitación mortalmente furioso y sintiéndose traicionado, humillado era la palabra; de pronto vio como Lady White corría hacia la torre norte y un pensamiento atravesó su mente y con decisión, se encaminó con sigilo tras ella, como un puma acecha una presa.

No vio nada, ni pensó nada; ni siquiera se dio cuenta del momento en que Neal abandonaba el castillo hecho una furia: Albert le había comunicado a su primo que ya había desposado a Candy y había comprado su silencio apelando a su codicia: cediéndole ganado, tierras, y hasta un cofre lleno de monedas de oro y este se había visto obligado a aceptar; porque la palabra de un Andrew valía más que la de él.

Mientras todo eso sucedía Terrance se adentraba en la habitación de Candy, implorándole considerar su petición y prometiéndole que la llevaría consigo a la fuerza de ser necesario; tan alterado se encontraba al ver su belleza deslumbrante. De inmediato, la dama desenvainó una daga que siempre llevaba con ella y la apuntó hacia su cuello, en una clara amenaza que, sin embargo, se debía a razones muy distintas y que no detuvo los ruegos del hombre, que lo mismo prometía placeres, que riquezas y devoción.

-No tenéis que robarme, me iré con vos -concedió; sus ojos verdes enfrentando a los de él, que se había forjado su gran reputación de cama en cama. Al pensar en la dicha que se le escapaba lloró sin cesar, de inmediato Terrance se incorporó y ella bajó la daga mientras suplicaba entre sollozos: - Terrance… ¡Llévadme lejos de aquí!-

-No permitiré que Sir Leagan os despose -prometió él, interpretando erróneamente la causa de su llanto como un deseo desmedido por desposarlo a él en vez de a sir Leagan.

-Yo… sólo quiero irme de aquí…-respondió Candy, mientras él, acomodaba en una manta algunas cosas de Candy, pues ella estaba casi sin fuerzas. Con el mayor sigilo la condujo hacia los establos y ahí la había montado en su caballo llevándosela a todo galope. A su parecer no debían perder ni un minuto: la desposaría en la primera iglesia que encontrara.

-¡Vuestro escudero se ha robado a Candy y nadie le ha podido detener! -gritó alarmada una de las madres de Candy, tan pronto encontró a sir Albert.

Albert no podía creer que estuviera sucediendo todo eso al mismo tiempo. Había subido en su desesperación, sintiendo el pulso desaparecer de sus venas, palideciendo a cada paso, hacia la torre norte. Ahí sólo encontró una pequeña nota que decía "Os libero, mi fiel caballero. No me busquéis, me he ido con vuestro escudero". La letra de Candy era casi ilegible y había lágrimas derramadas y plasmadas en ese pequeño papel. Albert, no podía creerlo. Candy lo había dejado. No era posible ¡No lo permitiría! Ella era su esposa y así traicionara al rey de Inglaterra, la encontraría. Había caído de rodillas, viendo que Candy había dejado su daga en el piso. Pronto supo que algo andaba muy mal. Su corazón no dejó de estremecerse, mientras que con toda su furia había empujado hacia un lado la cama y la cómoda de Candy, como si haciendo eso hubiera podido encontrarla debajo. El vacío que sentía amenazaba con llevarse su vida entera.

-¡Soy un juguete del destino! -exclamó completamente exaltado. La amargura y lágrimas cubrieron sus hermosos ojos celestes, mientras temblorosamente sostenía esa nota; las manos dejaron de sentir su pulso pues las apretaba tanto que ya estaban blancas. A lo lejos, muy lejos ya, alcanzó a ver un caballo desaparecer en el horizonte y grito con todas sus fuerzas-:¡Candy! -al tiempo que un poderoso juramento escapaba de sus labios-: ¡Dios es mi testigo! Os traeré de vuelta a casa, aunque me cueste la vida.

No estaba enojado, estaba rabioso contra su escudero ¿En qué momento se le fue a ocurrir llevarse a su protegida? Empezó a correr furia por sus venas, el pulso se le aceleró y se le saltaron las venas del cuello mientras con toda su fuerza apretaba la mandíbula, lo iba a encontrar y cuándo lo hiciera, no sobreviviría a su ira. Había sido tanto el escándalo del hombre, que Lady Anderson junto con su padre se encontraban ya en la torre norte, sólo para ver salir hecho una furia a Sir Andrew. La doncella y su padre se encontraban realmente sorprendidos y, para cuándo pudieron averiguar que pasaba, Sir Andrew junto con sus caballeros estaban ya ensillados y marchaban a todo galope tras un traidor. Si: en eso se había convertido su escudero para él, un traidor, el más vil de los traidores. Se había llevado su más preciada posesión y pagaría caro, muy caro esa trasgresión.