—¡Dean! —Sam se arrastra lentamente por el suelo duro y frío bajo él. Está completamente desesperado por liberar a su hermano. La herida en su pierna está sangrando mucho. Y aún así, Sam se pone de rodillas frente a la puerta metalica, cierra el puño y comienza a golpear la puerta una y otra vez con todas sus fuerzas.
—¡Miguel! ¡Abre la maldita puerta!—grita nuevamente, golpeando con más fuerza.
—Sam. Kiddo, solo vas a hacerte daño—la rabia invade completamente a Sam al sentir la mano de Gabriel en su hombro. Se hace a un lado de manera tosca, su herida punza como consecuencia, aunque no le presta atención.
—¡No te atrevas a tocarme!—grita con desesperación, alejandose tanto como puede de él.
—Sam...—Es Charlie quien susurra su nombre. Voltea a verla, sintiendo que se le parte el corazón al notar las lágrimas y la desesperación que siente por no poder hacer nada por Dean.
A duras penas se levanta, caminando hacia su amiga. La envuelve entre sus brazos y deposita un beso suave y fraternal sobre su frente.
—Debemos llevarte a un médico— murmura. Volte a ver la puerta metálica por última vez. Quiere liberar inmediatamente a su hermano. En cambio, sabe que debe cumplir con el deber de mantener a Charlie a salvo. Dean querrá verla bien cuando se encuentren de nuevo. Y ella está prácticamente desangrandose entre sus brazos.
—La llevaremos nosotros—se adelanta a decir Castiel, con voz fría y distante. Sam ni siquiera lo mira. Con cuidado levanta a Charlie del piso.
—He dicho que la llevaremos—escucha de nuevo. Y a Sam le parece completamente estúpido que Castiel use ese tono de voz autoritario y ofendido después de lo que acaban de hacer.
—¿Ahora esperas que te crea?—su rostro se mantiene apacible mientras habla. Rodea la cintura de su amiga con un brazo, tratando de mantener el peso de ambos. Sabe que Charlie no es debil. Ella es, de hecho, una de las chicas más fuertes que ha conocido. Y aún así trata de mantenerla lo mejor que puede.
Le da una última mirada a la puerta trás él. Y por primera vez desde que salieron voltea a mirar a los Novak. —¿Después de...?
Él pensaría que estarían felices, celebrando porque fueron las únicas personas capaces de capturar a Dean. Si lo piensa bien, le sorprende que aún estén ahí. O que Miguel los haya sacado junto con ellos. "¿Por qué?" Nota su rostro afligido. Su ceño fruncido. Aunque no pasó más de un mes con Gabriel, puede distinguir cuando algo le aflige terriblemente. Niega un par de veces. No sabe por qué se preocupa por esos dos ineptos después de lo que pasó. Aún sujetando a su amiga empieza a caminar lentamente a través del oscuro callejón.
—No te atrevas a juzgarnos—la voz de Gabriel es igual de fría que la de Castiel. Sam se detiene de golpe por instinto, pues Gabriel suena más herido que nadie de ahí presente.—No tú.
Sam afloja el agarre en Charlie. ¿Ellos le parecen ofendidos? ¡Ni en joda! Las peores cosas van a sucederle a Dean, todo por esos dos bastardos que han quedado atrás de él. Se gira para verlos. Los golpeará y matará ahí mismo. Utilizará sólo sus puños si es necesario. Pero va a vengar sobre ellos cualquier cosa que le vaya a pasar a Dean. Su puño libre se cierra con fuerza, haciendole sentir dolor en las palmas cuando sus uñas se le clavan.
Y entonces escucha el chirrido metálico. De inmediato su atención va a la puerta. Se está abriendo. Charlie voltea también. Ambos están ansiosos porque sea su hermano, de preferencia con la sangre de Miguel sobre él, sonriendo sádicamente como lo hace después de matar a alguien.
Y, sin embargo, son hombres encapuchados y armados los que salen del lugar. Dos de ellos están prácticamente arrastrando a una chica pelirroja, bastante delgada. Sus facciones son visibles y la piel blanca como porcelana está llena de moretones y cicatrices. El chico que llevan a lado de ella no está en mejores condiciones. Su cabello es del mismo tono rubio que el de Dean. Pero es más bajito, y Sam está seguro de que pudo haber tenido un rostro agraciado y coqueto cuando no estaba lleno de moretones.
—¡Anna! ¡Baltazar!—Gabriel prácticamente corre hacia ellos y los envuelve en un abrazo fuerte cuando ambos son echados al piso. Sam observa desde lejos el reencuentro que tienen los tres. Es solamente Castiel quien queda más atrás. Su rostro se ve un poco más tranquilo. Solo un poco, pues aún hay melancolía plasmada en él.
—Tu dijiste que harías todo por tu hermano, Sam—Castiel le da una mirada. Una mirada dificil de descifrar.—Y nosotros no somos diferentes a ti.
Las piezas encajan. Sam recuerda claramente a Gabriel y a Castiel pidiendoles desesperadamente que volvieran.
"Y si..."
Sam observa a Castiel arrodillarse junto a sus hermanos. Y entonces, Cas por fin se permite suspirar con alivio. Está pasando. Después de tantos años, por fin a logrado liberar a sus hermanos. Le gustaría que fuera de otra forma. Le habría gustado que todo fuera tan diferente...
Las cadenas están demasiado apretadas. El collar en su cuello apenas le permite respirar. Está desnudo, y frente a él está el ser que más ha odiado en toda su vida. Trata de decirse así mismo una y otra vez que Sam está bien. Que por eso lo hizo. Pero su mente solo registra el grito desgarrador del menor cuando la bala entró en su cuerpo. No solo por Sam. Las heridas de Charlie también le duelen. Y no sabe que es peor. Haber expuesto de esa manera a los que quiere, o haberse enamorado del hombre que lo entregó a su peor enemigo.
Se remueve entre las cadenas, sabe que es inútil. Solo se hace más daño. El collar que Miguel le ha puesto está sujeto a una cadena en el piso con solo unos centímetros para moverse. Sus brazos están en la parte baja de su espalda, las muñecas a la misma altura que sus codos con muñequeras inmovilizadoras de cuero. Las tobilleras también son de cuero y al igual que las muñequeras están firmemente sujetas a las cadenas fijas en el asfalto. No puede moverse. No puede ver ni gritar, la aterciopelada tela en sus ojos y la morzada acolchonada se lo impiden, como una caricia mordaz y torturosa.
Lo detesta.
La fusta en la mano de Miguel roza su pecho. Dean siente asco, mas nada puede hacer.
—Debiste saber que te encontraría. Habria deseado que vinieras a mi por tu propia cuenta.
Winchester solo gruñe en respuesta, incapaz de hacer nada más. El silencio inunda la habitación por un par de minutos. Es consciente de que el arcángel lo está observando.
—Te ves herido—le confirma cuando le habla.—Es como si...
Guarda silencio. Dean se siente expueso ante él, temeroso de las conjeturas que pudiera estar haciendo. Aunque sabe bien que no puede ocultarle nada. No a él.
La calidez del aliento del pelinegro le llega de golpe al rostro. Cálidas y suaves manos le quitan la mordaza con lentitud. Tensa la mandíbula, sabiendo de sobra lo que pasará.
—Abre la boca—la orden le recorre de pies a cabeza. Aprieta los dientes, reusándose a obedecer. —Parece que has olvidado quien tiene el control.
El arcángel le destroza el labio inferior cuando sus nudillos se estrellan contra su mentón ante el puñetazo que le da. Siente la sangre recorrer su mandíbula cuando resbala. Los dedos de Miguel le hacen daño cuando se los mete en la boca, obligandolo a abrirla. Aprieta los ojos, sintiendose perdido.
—Abre la boca— las sílabas son pronunciadas una a una, con una orden que promete miles de castigos si no obedece. Recuerda el rostro de Castiel. La diminuta sonrisa que le dio en aquel parque. Abre la boca, sintiendo arcadas cuando Miguel le obliga a tragar su pene.
Deja caer la cabeza en el respaldo del asiento, suspirando pesadamente. Las heridas de Charlie resultaron ser más peligrosas a simple vista. Es un alivio que ella no sea otra fugitiva del gobierno, ni que esa doctora de mayor edad haya reconocido a Sam, o estarían en serios problemas.
—Estará bien.
Gabriel se sienta en el suelo a una distancia prudente de él. Ambos están en la sala de urgencia. Se quedan en silencio. Debería de ser incómodo, pero es todo lo contrario. Sam se siente a gusto a lado de Gabriel, y eso solo lo hace molestarse más. Mira a cualquier lado menos a él, deseando egoístamente que Charlie se recupere pronto para salir de ahí. En la pared contraria, a unos metros más allá, Castiel está mirando al techo. Las ojeras son notables, su mirada es fría y distante y parece estar absorto en cualquier cosa menos en su alrededor.
Se percata que Sam lo está viendo. Por un instante es una lucha de miradas frías y sin sentido. Pero tras un momento Cas desvía la mirada.
—No lo culpes demasiado— interviene Gabriel de manera discreta. — Realmente quiere a tu hermano.
—Tanto que...
—Cállate, Samuel. Y escúchame bien: no tienes idea de nada.— Gabriel se levanta con brusquedad y se le queda viendo durante un instante. Sam no objeta y Gabriel tiene claro que ahora está esperando una explicación. Suspira profundamente antes de sentarse a su lado. Cuando habla, no ve a Sam.
—Aquel "burdel", ¿lo recuerdas?
—Lo recuerdo.
—Cada noche... a veces aún en el día podíamos escuchar los gritos de Dean. Incluso los tuyos rogando piedad para él— Sam se tensa. ¿Desde cuando los Novak tenían conocimiento de su vida? Un escalofrío le recorre la espina dorsal, pues de algún modo es extraño y escalofriante que esos chicos estuvieran en su vida como si fueran sus sombras y ellos jamás los descubrieran. Gabriel señala a Castiel con el mentón.
—Cassie siempre le rogó que lo dejara.
La confesión deja estupefacto a Sam. Voltea a ver al pelinegro, que ha cerrado los ojos. La sorpresa debe notarse en su rostro pues Gabriel suelta una risita carente de ánimo.
—Lo sé, lo sé, pequeño. Pero así es Cas. Siempre guardando un amor secreto por El Niño, joven, o adulto roto que ha sido y es tu hermano. Nunca he entendido esa afición por él. Es decir, ¿Dean? Yo los prefiero más altos. Y castaños, con cabello largo y nerds con un... ¡oye! ¡No me mires así!
Como sea. Estaba diciendo que Castiel siempre amó a tu hermano. Durante años estuvimos lejos de Miguel. Esperábamos que Anna y Baltazar hicieran lo mismo pero...
—Hicieron todo lo contrario.
—No solo eso. Se involucraron más allá del compañerismo. Trabajaron con Miguel creyendo que tendrían una vida completa de lujos, de diversiones. Chicos y chicas de a montón, sin nada de que preocuparse. Poco a poco fueron descubriendo que una vida llena de lujos y libertinajes como ese tendrían un gran precio. Hace unos meses nos contactaron pidiendo ayuda, pues según decían Miguel había convertido su vida en un infierno.
Sam suspira, imaginándose lo que vendrá a continuación.
—Cas y yo tratamos de ayudar. Pero cuando Miguel nos descubrió. La única forma de que devolviera a salvo a nuestros hermanos era si encontrábamos su "juguete favorito". No creímos que fuera Dean. Con tantas cosas... suponíamos... Sam, Suponíamos que ya los habría dejado en paz hace mucho.
—Ya ves que no— contesta el castaño. Se levanta, y en cuanto recarga su peso la pierna herida el dolor le recorre completamente. Hace una mueca, y si Castiel no hubiera estado cerca Sam se habría dado un buen golpe contra el piso al perder el equilibrio. Quiere gritarle que lo suelte, pero ciertamente Sam no es así. Los comprende de alguna manera.
—Iré por él— anuncia tranquilamente.
—No aún— Castiel ignora la mirada penetrante de Sam.— Estoy seguro de que Miguel estará haciendo más que arreglar asuntos en la ciudad. Conociéndolo, querrá dejarle claro a Dean quién es el jefe, según él, desde aquí. Tenemos un par de días como mucho.
—Tengo— corrige Sam.
—Tenemos— insiste Castiel.
—¿Que tenemos que? — Charlie se ha escapado de la cama de recuperación. Está bostezando sobre el umbral de la puerta.
—Charlie, ¿que haces afuera?
—Iba al baño...— Sam suspira de nuevo. Está claro que tendrá que esperar un poco más.
"Solo un poco, Dean. Te sacaré de ahí"
