En carne propia

De: Valerie Sensei

Capítulo 9

-Aquí me tienes de frente… Se te ha cumplido el deseo -murmuró Neal.

-¿Cómo dijiste, amiga?

-Que lo único que deseo es poder irme a dormir.

Neal sabía que las palabras de Patty eran acertadas. El deseo de Patty de que su familia pagara por los malos tratos que les daban a los demás, no era un deseo alocado. Tanto su familia como él se portaban como unos cretinos. Era la primera vez que el chico se avergonzaba de ser un Leegan.

-Bueno. Ve a dormir, ya terminé con tu cabello. Está bien desenredado. ¿Quieres que te hagas las coletas?

-No, mejor déjalo así. Gracias… Patty… -Neal quería decirle algo, pero no encontraba cómo.

-Dime, ¿qué necesitas, amiguita?

-Solo quiero decirte que eres una gran chica. No cambies, por favor.

Patty soltó una risita tímida y preguntó:

-¿Estás bien?

-Sí. –Neal se acercó y le dio un caluroso abrazo. En él quiso transmitir todo el cariño que sentía por Patty.

Inesperadamente, los instintos masculinos en Neal afloraron. Apretó con fuerza a Patty y sintió los pechos suaves y pequeños apretarse contra el suyo. El chico sintió su corazón bombear sangre con mayor intensidad y le apeteció probar los labios de aquella chica de la cual se había burlado muchas veces. Lo único que pudo lograr fue un beso en la mejilla de Patty, cerca de la comisura de sus labios.

-Candy, ¿te sientes bien? Estás sudando.

-No sé lo que me sucede. Estoy mareado.

-Mareada, querrás decir.

-Sí, eso.

Neal se acostó en la cama con ayuda de Patty. Por un lado, se sentía feliz. Sabía que dentro de él seguía siendo hombre; pero, por otro lado, sentía un gran pesar. A pesar de que quería volver a su cuerpo, habían cosas nuevas en él, nuevas amistades, las cuales temía perder una vez volviera a ser varón. ¿Quién iba a decir que Neal Leegan le tomaría cariño a Patty? Cualquiera que supiera que él era verdaderamente Neal, creería que estaba desvariando.

Éste se acostó y esperó paciente hasta que su compañera de cuarto se durmiera. Mientras tanto, repaso muchas veces todos los incidentes vividos durante la pasada semana; desde la visita a la feria y la intervención de la gitana, la mañana en donde se encontró metido en otro cuerpo, sentir los cambios menstruales en el cuerpo de una mujer, odiar los desprecios de su hermana a otras personas, conocer el valor de la verdadera amistad, sentir el beso apasionado de un hombre.

"¡Mierda, un hombre me besó!", pensaba con un poco de asco.

Sentía envidia. En parte envidiaba la vida de la rubia. Ésta no era perfecta, pero… ¡la imperfección de su vida en parte significaba diversión! Y eso era lo que quería, sentirse vivo, sentir ganas de vivir libremente…

Justo le quedaban unas tres o cuatro horas para que el hechizo de la gitana desapareciera. ¿Y si no había manera de volver a los cuerpos? ¿Y si éste era uno permanente? Neal dio diez mil vueltas en la cama, tratando de poner en orden todos esos pensamientos. Estaba ansioso de volver a ser un hombre. A pesar de los beneficios de ser mujer y, sobre todo, de ser Candy, el chico valoraba lo divertido que era ser un varón. Además, no se imaginaba la posibilidad de quedarse como una mujer. Esto significaría dejar de ser un Leegan. Él amaba intensamente a su familia, a pesar de entender que su familia era un tanto despreciada por muchos.

Por otro lado, pensaba en cómo quedaría su relación con Candy una vez volvieran a sus cuerpos. Esa última semana le había comprobar que Candy era una gran chica. Siempre se sintió atraído por ella y por esto la molestaba. También era cierto que le encantaba jugarle bromas pesadas con su hermana. Era muy divertido verla enojarse. Ver ese rostro pecoso, que ahora él tenía, lleno de ira le provocaba unos tremendos deseos de tomarla entre sus brazos y besarla apasionadamente. Pero, Neal tenía que ser sensato: no sería posible una relación entre ellos.

En la otra ala del colegio, en una de las habitaciones de los varones, Candy escuchaba aburrida la perorata de Fred, su compañero de cuarto. La chica ya se había acostumbrado a escucharlo todas las noches hablar de los chismes de corredor que Fred traía. Este pelirrojo pecoso conocía todas las relaciones amorosas que tenían a escondidas las parejitas del colegio, sabía cuándo sería la próxima pelea a puños de los chicos que se peleaban por el amor de una chica, podía conseguir por un buen precio cigarrillos y alcohol, para fumar y beber a escondidas; a él acudían aquellos estudiantes quienes querían escapar por unas horas del colegio y éste les facilitaba la salida. En resumen, Fred era el tipo que necesitaban los demás estudiantes para todas las maniobras ilícitas en el colegio. Siempre tenía un remedio para todo y un buen chisme que contar.

-Neal, ¿me estás escuchando? –llamó Fred la atención de Candy.

Esta no podía concentrarse en nada más. La posibilidad de que el hechizo se rompiera o no la tenía sumergida en un mar de angustias. A veces sentía una opresión en el pecho que le impedía respirar debidamente. Las manos le sudaban y, la verdad era, que Fred la tenía harta con sus chismes tontos.

-¿Qué? –respondió Candy.

-Que si me estás escuchando. Por lo visto no. Vete a la mierda, Neal.

-¿Por qué no te vas tú?

-Pareces una mujer con síndrome premenstrual, Leegan –Fred comenzó a reírse histéricamente.

-¡Bah! –masculló Candy a la vez que se fue del dormitorio.

La rubia metida en cuerpo de hombre decidió irse al lugar en donde se encontraría con Neal. A pesar que era muy temprano aún, quería pasar un tiempo sola y contemplar el cielo y pensar. ¿Quién se iba a imaginar que ella terminaría así? Finalmente, llegó a la segunda colina de Pony, lugar donde se encontraría con Neal.

Y, allí estaba. Su cuerpo recostado en el árbol. Candy observó con curiosidad aquella figura que una vez le perteneció. Se vio completa por primera vez y fue una sensación extraña, ya que a pesar de que ese era precisamente su cuerpo, la esencia del mismo había cambiado. Precisamente, el que otra alma lo habitara, le cambiaba esa particularidad que la hacía ella.

Pero, en realidad, ¿quién era ella? Nunca se lo había preguntado. Era la primera vez que pensaba en ello y le espantaba. Sí, ella era Candice White Andley. En efecto, era una chica huérfana que comprendía las situaciones que se traía en la vida se trabajaban con optimismo; sin embargo, ¿cuáles eran sus atributos? El reflexionar sobre quién era ella y qué quería hacer y emprender en la vida, sería una tarea que debía hacer una vez poseyera nuevamente su cuerpo.

Se sentó con desgano junto a Neal, que permaneció callado durante mucho rato. Era visible que también el chico estuviera planteándose tantas cosas que jamás hubieran llegado a consideración si esta situación no se daba.

La gitana tenía un propósito genuino al haberles echado el hechizo. La pelea entre ellos que desencadenó aquel suceso era sólo un reflejo de lo mal relacionados que estaban. ¿Por qué se tenían que llevar tan mal? ¿Acaso las cosas no podrían ser de otra manera? ¿Qué evitaba que se llevaran tan bien? Y si ellos sabían lo que obstaculizaba la amistad entre sí, ¿por qué no luchaban en contra de ello?

-Ya queda poco –dijo Neal, saliendo del marasmo en el que estaba envuelto.

-Lo sé.

-¿Y si no funciona? –preguntó el chico con miedo.

-No deberíamos pensar en eso. Creo que es mejor que nos enfoquemos en cómo solucionar todo el rollo que hemos creado durante la semana pasada –dijo Candy con firmeza.

Neal tomó un poco de ánimo.

-Candy… -se notaba inseguridad al mencionar su nombre.

-Habla, Neal.

Este se volteó hacia ella.

-Quisiera pedirte perdón.

-No tienes…

-Sí tengo. Déjame terminar, por favor. –Neal soltó un suspiro.- Desde que tengo tu cuerpo, me he dado cuenta que he… hemos, aquí incluyo a mi familia, sido muy injustos y crueles contigo. Te prometo que jamás volveré a proferir un insulto hacia ti. Te prometo que mis malos modos a ti, cambiarán. ¿Me perdonas?

Candy miró a Neal profundamente. A pesar que veía sus ojos, no dejaba de notarse la esencia del chico de cabellos de color miel. Y, ella pudo por primera vez, unos ojos que hablaban con sinceridad. Esta se sintió intimidada, porque además de lo genuino del pedido de Neal, los ojos tenían una mirada abrasadora.

-Sí, te perdono –sólo pudo balbucear Candy.

Neal comenzó a recitar el hechizo de la gitana y Candy se unió a este.

"Desde hoy, Cuarto Creciente,

Cada uno vivirá en carne propia

Lo que el otro vive y siente.

Sólo cuando haya Luna Llena

Sólo cuando sus almas se encuentren

Volverán a su estado de siempre."

Las miradas se volvieron a cruzar y los corazones palpitaban al unísono. Los cuerpos se sintieron atraídos el uno al otro. Los labios de ella y de él se encontraron tímidos, expectantes. Los ojos cerrados dejándose llevar por la ensoñación del momento, porque se sentía correcto, porque era lo esperado.

Pero los ojos se abrieron a la vez. Los ojos verdes vieron a los ojos acaramelados. La luna resplandecía completa y como nunca detrás de ellos. El chico era finalmente chico y viceversa.

-Funcionó –dijo ella tímidamente.

-Sí, funcionó… -su mirada no se podía despedir de la de ella.

La tomó nuevamente el rostro entre sus manos y la acercó. Volvió a besarla esta vez siendo el Neal Leegan de siempre. Porque esta vez no dejaría que nada, ni hechizos, ni familia, ni presión de grupo, ni ninguna otra estúpida razón se interpusiera entre ellos. Esta vez, Neal sabía lo que era amar en carne propia a la chica que le había cambiado el alma.

Fin