Advertencias: Incesto. Si no les gusta la temática, es mejor no leer.
Clasificación: M.
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TWINS GAME
By: Nahi Shite
9.
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Himawari normalmente odiaba ser enviada a misiones fuera de la aldea. En serio lo odiaba. Y bien podía parecer ridículo porque era un chunnin, por amor de Dios, pero así estaban las cosas. Era su secreto… y a veces hasta fingía estar enferma para que su padre le buscase un reemplazo.
Siempre había detestado salir de Konoha porque cuando estaba lejos la invadía siempre ese sentimiento de nostalgia por lo que tenía en casa; las carcajadas de su padre, la dulzura de su madre, los "ttebasa" de su hermano.
¡Oh, y las noches eran lo peor! Sobre todo cuando estas eran lluviosas y sólo deseaba escabullirse en el cuarto de Bolt y acurrucarse en sus sabanas…
Pero aquella misión había sido tan diferente; fue la primera en la que no deseaba locamente regresar corriendo todo el tiempo. Al contrario; no tuvo ninguna prisa.
No quería volver.
¿La razón? Llevaba cabellos rubios sobre la cabeza, ojos azules en el rostro y, últimamente, unos muy atrevidos comportamientos únicamente para con ella.
Sí, era Bolt.
Después de lo ocurrido esa mañana en el pasillo, ya hace más de un mes, él se había vuelto más insistente, más y más… Sentía su mirada constantemente sobre ella, en cualquier momento, en cualquier lugar, esperando el momento en que estuviese desprevenida para atacarla, para devorarla.
Himawari se quitó las sandalias y entró a su hogar, susurrando un "estoy en casa" muy bajo, no quería despertar a su familia (aunque sabía que su madre se enojaría por ello, pues después de una semana de estar lejos de su hija, lo menos que podía hacer era abrazarla apenas llegase, ese diría seguro). Entonces, con paso ligero atravesó la sala y caminó sigilosamente frente al dormitorio de sus padres, esperando con eso haber superado todos los obstáculos para llegar a su habitación.
Se equivocó.
Himawari se detuvo en seco y llevó las manos a su boca, silenciando una exclamación: tenía que ser una broma; el Bolt casi desnudo, con algunas gotas chorreando de su cabello, resbalando por su piel bronceada, con una toalla envolviendo sus caderas… No, no podía ser su Bolt. Debía ser una fantasía creada por su mente cansada y pervertida. Sí, eso tenía que ser.
Oh, tenía la cicatriz bajo el pectoral izquierdo… la que ella había acariciado tan devotamente sólo unas semanas atrás.
"Ay, no…"
—Himawari.
Él también estaba sorprendido, pero se recuperó rápidamente ante sus ojos y lo vio sonreír. Ella no esperó a que hablara, a que se le acercara, a que la besara y la embrujara, no iba a cometer ese fatal error nuevamente… Hizo lo que tenía que hacer y lo que había estado haciendo –perfeccionando de paso- durante todo el mes: correr.
Corrió como si se le fuese la vida en ello y rápidamente había alcanzado su santuario de paz.
—¡Espe-! —pero ella ya había cerrado en sus narices—Agh, mierda —le oyó maldecir.
Himawari se recostó en la madera de la puerta, dejando escapar el aire de sus pulmones. Su corazón estaba acelerado… ¿Se podía ver un hombre más apuesto del que estaba allí fuera? Y mejor… ¿Por qué Bolt estaba duchándose a las tres de la mañana?
…Oh.
—Vamos, sólo quiero asegurarme de que no tengas una herida en el pecho´ttebasa —estaba jugando con ella.
Se sonrojó furiosamente. —No estoy herida.
Ambos hablaban bajo. Himawari escuchó el inconfundible sonido rasposo de la risa de su hermano. —Entonces abre, si no tienes nada que ocultar.
—N-No, vete Nii-san —le pidió—. Vas a despertar a mamá…
Por un momento, sólo percibió el sonido de su propia respiración pausada y, luego, justo cuando había empezado a pensar que se había marchado, él habló: —Tienes razón… No hay opción´ttebasa —y tan rápido como vino se fue.
Himawari pudo respirar nuevamente sólo al escuchar el ruido seco de la puerta al otro lado del pasillo cerrándose.
Suspiró.
Bolt, por su parte, no pudo evitar que una sonrisa invadiera su rostro, acostado en el colchón de su cama, con la mirada fija en el techo.
El agua fría y un pequeño juego de manos habían logrado calmar sus ansias, así que la dejaría descansar por ahora.
Lo importante es que ella estaba ahí, al fin en casa, y el juego apenas comenzaba.
—¡Himawari-chan! —apenas hubo entrado al comedor esa mañana, con los ojos aún abarrotados de sueño, su madre la envolvió entre sus brazos como si no la hubiese visto en años. Himawari aspiró su aroma a canela con alegría; eso era lo bueno de regresar—¿Cuándo llegaste? Te dije que me despertaras —la líder del clan Hyüga le dedicó una mirada de reproche, de esas que sólo una madre puede dar, y ella sonrió suavemente, besándole la mejilla como disculpa.
—No quise molestarlos, mamá —dijo—, además, llegué en la madrugada y estaba cansada.
La voz de su padre llegó antes que él mismo; fuerte y alegre, pero genuinamente adulta, brotando de la cocina. —Uzumaki Hyüga Himawari —apareció, sonriente y con una ceja rubia arriba. No usaba su gabardina ni su sombrero, pero sus brazos se cruzaban con la imponencia de un kage—: sigo esperando el reporte de la misión.
Oyó la risa tierna de su madre, antes de girarse completamente hacia el hombre. —Hokage-sama, lo que hace es considerado acoso laboral, ¿está enterado? —contraatacó divertida, viendo como el rostro de su padre se desfiguraba en una mueca graciosa.
—¿Acoso? ¡Jamás he acosado a nadie´ttebayó! —él se rascó la cabeza, pensativo—Bueno, quizás a Hinata… —giró la cabeza hacia la bella mujer, que ahora servía la leche del desayuno—Hinata, ¿te has sentido acosada por mí?
Ella sonrió. —Oh, muchas veces, Naruto-kun.
Su padre hizo ese mohín con la boca que a su hermano le salía idéntico. —Bueno —aceptó, recomponiéndose en seguida—, ¡pero sólo acoso a Hinata, a nadie más´ttebayó!
—Ah, ahora sé de quién saqué esas mañas´ttebasa.
Su estómago se revolvió un poco ante la familiar voz tras ella. Sin embargo, aparentó tranquilidad.
—Ohayo, Bo-¡Ah!
Himawari escuchó el chillido de su madre y la vio cubrirse el rostro con las manos; no fue necesario preguntar qué pasaba, pues apenas se giró pudo ver al séptimo hokage con ojos centelleantes apareciendo frente a un Bolt en bóxer largos, cuya cabeza se hundió bruscamente ante el coscorrón brindado por el hombre. —¡Cuántas veces tengo que repetir que en esta casa se usan pantalones´ttebayó!
—¡Auch´ttebasa! —Bolt se sobaba el chichón sobre su cabeza, mirándolo con ojos entrecerrados—¿Entonces está bien si no los uso fuera de la casa, eso quiere decir?
—¿Qué? ¡No, maldición, yo soy el hokage y digo que en Konoha todos deben usar pantalones! Es por la salud mental de Hinata´ttebayó!
Himawari miró a su madre y notó que estaba avergonzada, pero siempre, en cada segundo, cuando tenía que ver con el hombre rubio, sus ojos brillaban dulcemente con el amor más palpable que hubiese visto jamás en otra persona.
—¡Ah, viejo decrépito´ttebasa!
Las mujeres de la casa compartieron una mirada de resignación.
Esta era una mañana de sábado típica en el hogar del hokage.
Y era bueno estar en casa.
