Notas: En México celebramos el Día de Muertos. Ponemos ofrendas con los platillos favoritos de los difuntos, vasos de agua y tequila, flores naranjas, papel picado multicolor, pan y veladoras. Las fotos de nuestros amados que han partido al otro mundo nos acompañan durante dos noches. La casa de cada mexicano se transforma en una puerta para que los muertos vengan a disfrutar el festín y los sueños de quienes seguimos vivos. Para mí esa es la verdadera magia.
Me robaste el corazón
Lessa Dragonlady
"Decisiones"
Mi primer accidente mágico sucedió cuando cumplí siete años. Hice una rabieta contra mi padre: sus lentes se derritieron sobre la piel, lacerándola para siempre. No lo supe con claridad en ese momento, pero desde entonces odié la magia. Era algo incontrolable, capaz de dañar sin remedio. En especial era algo que me distanciaba del resto. Todos eran normales. Yo era un fenómeno. Así que cada vez que sentí la magia pulsar cerca de mis dedos, a punto de reventar, me contraje en un abrazo solitario y mordí mi labio hasta sangrarlo. No pedí ayuda de nadie. El orgullo fue el defecto y la virtud que me mantuvo viva. Sin desearlo me aislé del mundo. En los libros encontré la tranquilidad que necesitaba. No quise salir en las tardes a jugar con los vecinos, ni acompañar a mis padres a visitar a la familia.
Tenía miedo de mí.
Supongo que de alguna forma transmití ese temor, ya que poco a poco las personas aceptaron que no era bueno estar cerca de mí. No fue evidente al inicio, pero incluso mis padres se dieron por vencidos. De pronto, demasiado niña y con terribles miedos, estuve sola. Recuerdo esos días de silencio eterno, cuando me obligaba a vestir ropa dos tallas más grandes, traer el cabello suelto para cubrir mi rostro, evitar hablar a menos que fuera estrictamente necesario. Mis padres estaban perdidos, no tenían idea de cómo ayudar. Me encargué de convencerlos de que así era mejor, por lo menos hasta que estuviera segura de que no les haría daño de nuevo.
Fue un extraño alivio la carta de Hogwarts. La reivindicación de años de pesadillas. Existe la magia y yo soy parte de su mundo. ¿Por qué no me lo explicaron antes? ¿Por qué creen que es correcto dejar a un niño pensar que es un monstruo hasta que cumple once años? ¿Por qué, además, lo quieren hacer ver cómo una excelente noticia, cuando claramente los hijos de muggles no son bien recibidos? ¿Por qué mis padres no pueden visitar Hogwarts? ¿Por qué me quieren desprender del único lugar donde aprendí a esconderme? Una respuesta para tantas preguntas: porque yo, Hermione Jane Granger, soy propiedad del Ministerio de Magia. Él decide cómo debe ser y será mi vida.
Al cruzar la barrera del andén 9 y ¾ lo único que me dio tranquilidad fue la garantía de que mis padres estarían a salvo mientras yo viviera en Hogwarts. A los once años pensaba que yo era el verdadero peligro para ellos. Nada me preparó para descubrir lo que es la magia negra y el racismo de los puristas.
Aprendí muy rápido que el mundo mágico era un constante juego político de conveniencias y fortunas. Nada era dicho de frente. No podían llegar y gritarme sangre sucia porque el Ministerio tenía una política amigable a quienes son como yo, pero sí podían maldecirme por la espalda o encerrarme en un salón durante días, sin consecuencias. La directora McGonagall hacía lo posible por mantener el orden, dar una imagen de tolerancia en el colegio que no existía. Varias veces me dijo que si Albus Dumbledore no hubiera muerto por fiebre de dragón, el mundo mágico sería distinto. Pero a mí no me interesaba el recuerdo de un viejo mago que ya no podía hacer algo. En los vivos tenía que existir una solución, porque si el odio seguía creciendo superaría la barrera entre muggles y mágicos. Y mis padres. Mis padres...
Inicié grupos de estudio, de resistencia. Los hijos de muggles éramos la mayoría. Algunos sangre puras se unieron a la causa. Pasé la mitad de mi tiempo entregada a saber cómo defenderme y cómo atacar. La otra mitad la pasé dudando de mí, llorando en mi cama, añorando la aceptación y amor de todos. Ya no quería ser la niña de ropa grande, sin voz, que podían ignorar. La adolescencia me afectó en la vanidad de formas enfermizas. Deseaba un novio que me declarara amor eterno, a pesar de mi sangre manchada y mi rostro sin chiste. Escribía cuentos donde los protagonistas siempre quedan juntos al final, donde existe el hombre ideal, donde la protagonista es perfecta y hermosa. Supongo que era muy buena actuando, porque la mayoría de mis "amigos" creía que yo no necesitaba de esas cosas superficiales, que prefería mil veces ir a la biblioteca que convivir con ellos. Se volvió recurrente una frase que ocupaban cuando terminaba de dar la lección al grupo de estudio, o cuando la conversación se dirigía a territorios amorosos: "Hermione Granger no tiene corazón de niña". Era mitad halago, por mi superioridad en los duelos y fuerza en los discursos que daba sobre la equidad. También era una despreciable burla. Una niña es dulce, tierna, femenina, cursi. Yo no era así.
Entonces Viktor apareció. Fue como si los cuentos que escribía y mantenía escondidos en el fondo de mi baúl se hubieran hecho realidad. Él, tan gallardo, silencioso, fuerte y popular, se fijó en la aburrida y seca Hermione Granger. Me enamoré de Viktor, idealizándolo hasta lo imposible. Ya me veía casada, viajando por el mundo, de pronto hermosa y perfecta como mis heroínas literarias. Luego el mundo me recordó que así no funciona la vida. Viktor era un sangre pura demasiado importante para dejarlo tener su aventura conmigo. Fue amenazado, chantajeado y, todavía tengo la sospecha, torturado. A mí no me hicieron algo. Fue peor la humillación de ser botada por el buscador más importante del siglo, a la mitad del Gran Comedor. Así funcionaba la política. Me dieron una lección para recordarme que sin importar mis habilidades mágicas, siempre sería una sangre sucia sin relevancia.
Viktor se disculpó después, entre lágrimas. Lo perdoné sin esfuerzos. Él no tenía la culpa... el gobierno sí.
Tras Viktor vino Anthony. Otra amarga experiencia. De nuevo no fui apreciada por mis habilidades o inteligencia. Al ser una sangre sucia sólo podía servir con mi cuerpo. Tras Viktor y Anthony vino Draco. Sus razones fueron igual de egoístas. Conmigo se vengaba de sus padres, retaba la autoridad de Lucius y humillaba a su madre. Quería llevar ese dolor hasta las últimas consecuencias, desposándome, ensuciando su apellido para siempre. No me amó. Y ahí, con el joven que encajaba aterradoramente en mi perfil de "hombre perfecto" (guapo, travieso, inteligente, millonario, carismático) supe que el amor como yo lo concebía era una falacia.
Tiré mis cuentos románticos a la chimenea. Dejé a Draco y al mundo mágico. Quise escapar.
—No puedes dejarnos ahora. Levantaste un grupo de resistencia en Hogwarts. Los necesitamos para la guerra. Hermione, sabes que está a punto de explotar. Hermione, no irán a la lucha sin ti.
—Lo lamento, Sirius. No puedo hacerlo. Necesito... prepararme. Pensar si la violencia es el camino que necesita el mundo mágico para sobrevivir. Y, en todo caso, encontrar razones para luchar.
—¿No te parece poco todo lo que el gobierno ha hecho contra los hijos de muggles?
—¿Quieres que convenza a más de cuarenta jóvenes a ir a la guerra sólo porque el gobierno me ha humillado?
—Va más allá de ti.
—Pero seré yo la responsable de sus vidas. Seré yo a quien recriminarán cuando la lucha se salga de control, cuando muera el primero. No... no puedo. Somos muy jóvenes, Sirius. La Orden del Fénix tendrá que aguantar. Lo lamento.
—Eres una cobarde. Esto lo haces por ti, no por ellos. ¡No huyas!
—¡No soy una mártir! ¡No soy una líder, ni una guerrera, ni una hechicera invencible! Tengo diecisiete años. No sé qué rayos voy a hacer con mi vida. Estoy harta de sobrevivir a los puristas. Harta de Hogwarts y su hipocresía. De ser una bruja. Me voy.
—¡Hermione, la guerra... tus padres!
Y así me convencieron. Desde que me fui a Hogwarts, siete años atrás, no había visto a mis padres. Los abandoné. Estaba convencida que así los protegería de la impunidad del Ministerio de Magia. Era inhumano lo que hacían con los familiares de magos y brujas que se rebelaban. No estaba dispuesta a que los tocaran. Pero Sirius tenía razón. Borrarlos de mi vida ya no era suficiente para mantenerlos a salvo.
Así que inició la revolución.
Fue efímera. El Ministro de Magia cayó. Un sangre pura "de los buenos" fue colocado en su lugar. Se hicieron estatuas para rendir honor a los pocos caídos. Celebraron un decreto Pro-Muggles. Todo fue una mentira. Debí saberlo, pero no podía pensar derecho, mi vida era un caos por el asesinato de mi padre.
Huí. Lo último que deseaba era seguir perteneciendo a esa sociedad de monstruos.
Me dejaron partir porque yo era el enlace entre la vieja Orden del Fénix y el grupo de resistencia más joven y fuerte que monté en Hogwarts. Lo que más le convenía al Ministerio era tenerme lejos. Accedieron a darme un gira tiempo, a inscribirme en una universidad muggle, a olvidarme de la magia.
—Remus tiene razón. La Orden se mantendrá activa en las sombras. No me trago el cuento de que ganamos la guerra, si es que al par de escaramuzas que tuvimos se le pueden llamar así. Márchate a estudiar, como querías desde el principio, ya hiciste suficiente por nosotros.
Cormac me siguió. Me gustó la relación que mantuvimos, lejos del concepto "amor" del cual ya dudaba su mera existencia. Fue carnal, apasionado y fugaz. Lo dejé al descubrir que quería usarme como imagen para su campaña política. Me sentí de nuevo como un trozo de carne del que puedes sacar algunos provechos, pero jamás entregarle cariño. Ya no me dañó tanto, me volví resistente a las decepciones con los hombres y la magia.
Me entregué a la exuberante farsa de ser Hermione Granger muggle estudiante. Sin pasado. Sin conocidos. Sin expectativas sociales impuestas. Mi mayor problema era ser mujer en una carrera que favorece a los hombres. Todo era perfecto.
Entonces conocí a Harry.
Luna tiene la absurda creencia de que las brujas nos enamoramos una sola vez en la vida. A ella el romanticismo no la ha dejado como a mí. De ser cierto, mi vida está maldita. ¿Jamás podré superar a Harry? Merlín.
Al principio mi intención fue continuar con el experimento de Cormac. En retrospectiva sé que desde ese instante me mentí. No quería a Harry para tener sexo, lo quería para conocerlo, porque al ver sus ojos verdes algo se fundió dentro de mi cuerpo. Ahora comprendo que fue mi corazón. Pero mi orgullo y terquedad, así como el dolor de haber sido rechazada durante años, me ayudaron a negar mis sentimientos.
Creo que el mayor logro de Harry no fue curarme el alma, sino hacerme sentir, por primera vez, querida y especial. Así tal cual como soy. Con defectos y virtudes. Su ingenio para aumentar la intimidad entre ambos fue enternecedor. Lo quise alejar. Creí conocer el miedo, pero nada me preparó para el terror de sentir que un hombre era elemental en mi vida. Los seres humanos no deberíamos tener la habilidad de trastornar la vida de quienes nos rodean, pero es así. Desde el momento que nos conocimos, nuestra existencia sufrió una mutación. Yo... no pude dejar de imaginarlo. Si cerraba los ojos lo veía. Estaba en mi pecho, ahí vivía. Y lo respiraba. Y lo escuchaba, aunque no estuviera conmigo. Miraba mis manos y me parecían desconocidas. Mi cabello tampoco era igual. Ni mi piel. Cada parte de mi cuerpo había sido suya.
¿Cómo no amarlo? Harry, de otra forma, estaba igual de dañado que yo. También fue repudiado en su infancia y tuvo que aprender a sobrevivir por su cuenta. Su carácter, en vez de ser retraído y melancólico como el mío, se volvió entusiasta, con ganas de demostrarle a la vida que no se dejaría vencer. Lo admiré instantáneamente. Me inspiró a ser una mejor persona.
Busqué a mi madre. Ni siquiera la vi cuando asesinaron a papá, no tuve valor. Pasé con ella las festividades, compartiendo el sillón que mira a la chimenea, con galletas en la mesa y álbumes de fotografías en las rodillas. Mamá me perdonó sin demora. Al verme parada afuera de su casa salió corriendo para abrazarme.
—Bienvenida a tu hogar, hija. Bienvenida de nuevo. Aquí estás a salvo, conmigo. Ya no llores. Ya estás aquí.
No creí extrañarla tanto. Otra mentira que perfeccioné en mi vida. La perdoné por no haber sabido cómo ayudarme cuando fui una niña. Me perdoné por haberla ignorado tantos años. Ambas nos equivocamos. Y ahora, sin papá, era obligatorio permanecer como apoyo para la otra.
Le conté cada episodio amargo en Hogwarts. Las burlas y humillaciones. Los maltratos que sufrí por haber irrumpido en un mundo que no era por completo mío, aunque tampoco pertenecía al muggle. Soy un eslabón perdido.
Mamá lloró conmigo, arrepentida de nuestra extensa separación. Luego, me suplicó conocer a Harry.
—¿No lo ves, mi amor? Ese muchacho te cambió. Te regresó la felicidad y el gusto por vivir. Te hizo confiar de nuevo en la gente, incluyéndome.
—No, mamá. Sigo sin confiar en la gente. Harry no me conoce, no sabe que soy una bruja. En cuanto se entere me dejará. Igual que el resto. No podría sobrevivir eso. Harry me puede matar si decide que no valgo la pena.
—Nunca sabrás si no se lo dices.
—Es demasiado tarde.
—¿Por qué? Son tan jóvenes los dos...
—La guerra, mamá. Todo fue una mentira. El mundo mágico jamás intentó renovarse ni aceptar a los hijos de muggles. Hicieron tiempo para revivir a Tom Riddle. Voldemort ha regresado.
—¿Vas a luchar contra ese monstruo? Hermione...
—Ese monstruo pude ser yo, madre. Tom Riddle no es un sangre pura. Sufrió una infancia terrible. Se volvió cruel, inhumano... Debo detenerlo.
—No hagas esto personal, hija. Deja que los magos se encarguen.
—El problema es que ya no puedo seguir en negación de tantas cosas. Soy una bruja. Ese también es mi mundo. Te amo. Amo a Harry. Es por ustedes que debo luchar.
—¡Por lo menos háblalo con Harry antes de irte! ¡Él merece saber!
—No. No lo voy a poner en peligro.
—Hermione, hiciste lo mismo conmigo y con tu padre. Lo único que sucedió fue que perdimos años de convivencia. ¿Quieres perder eso con Harry? Él tal vez no te perdone.
—Mientras siga vivo...
—¡Hermione, no seas terca!
—¡No lo voy a llevar a la guerra, mamá! ¡Es un muggle! No tendría oportunidad... no tendría... Además Harry merece la vida por la que ha trabajado. Merece tener un consultorio, una casa, una... familia normal.
—Si de verdad te ama, nada de eso importará.
—No me ama. No sabe que soy una bruja.
—La magia no define quién eres. Harry ama a la mujer con la que ha estado.
—Al final me abandonará.
—¿Qué?
—No valgo la pena. Es algo que aprendí hace mucho. Yo no valgo la pena.
—Hermione...
—Es mi decisión. Punto final.
Y pasaron seis años en guerra.
Por las noches, con la sangre fría y las piernas acalambradas, miraba el cielo oscurecido. Pensaba en Harry, en la tranquilidad de saberlo lejos del horror en el mundo mágico. Lejos de la carne humana hecha cenizas, de los nuevos huérfanos, de los cerebros llevados a la locura. De ser posible odié más la magia. Siempre tuve razón: es dañina e irreversible. Cuando Luna perdonó a Ronald y lo involucró en la guerra vi lo que pudo ser de Harry. Ron se volvió paranoico, asustadizo, desarrolló un complejo de inferioridad al rodearse de gente que podía destrozarlo con una palabra. A pesar de ello su amor por Luna lo mantuvo en la guerra. Honestamente no lo admiro, ni me parece una muestra saludable de amor. Prefiero morir sola que arrastrar a Harry a esta miseria. No sé si es injusto, cobarde o cruel, pero esa es mi forma de amarlo: asegurando su bienestar.
Sí, debí explicarle mis razones. Sí, debí enfrentar mis miedos por él. Pero tenía veintiséis años, estaba enamorada y más asustada que nunca. La falta de madurez sacó lo peor de mí. Y lo he pagado. Por Merlín que cada día sin Harry, luchando contra Death Eaters, evitando que mis amigos mueran, buscando a Voldemort, lo he pagado.
Porque no he tenido un día en que sus ojos verdes no me persigan, llenos de resentimiento y dolor. No he tenido un día en que no imagine que Voldemort lo encontró. No he tenido un día sin que el hueco que se quedó en mi pecho me recuerde que Harry Potter me robó el corazón. Y que la guerra sigue. Y que la vida sigue. Y el tiempo sigue separándonos de formas imposibles de sanar.
—
Hannah toca un par de veces la puerta antes de entrar. Le hice un gesto para detener lo que se que me vaya a decir. En el teléfono Cho sigue contándome sobre su fabuloso fin de semana en Bermudas.
—...atardecer cuando me dijo que quiere pasar el resto de su vida conmigo. Hasta ahí fue perfecto. No sé qué hacer, Harry. Le tengo terror al compromiso, pero Cedric es perfecto para mí. Me duele recordar el tiempo que he vivido sin él, ¿eso tiene sentido? Sólo escúchame, parezco una adolescente empecinada con el chico popular. Cedric me cambió, lo cual tampoco me hace sentir tan cómoda. Quiero decir, llevamos saliendo tres meses, desde la boda de Ronald, ¿y si la emoción pasa? ¿Cómo saber que esto es algo por lo que vale la pena transformar mi vida, entregar mi futuro... mi corazón? Además me puso más nerviosa cuando dijo que si yo acepto, sólo si acepto, me confesará su gran secreto. ¿No te suena a chantaje o ya no puedo dejar de ver el lado negativo cada cosa que hacen los hombres con los que salgo?
Me tallo los ojos. La silla del consultorio truena cuando me recargo cansado —Soy el menos indicado para dar consejos amorosos.
—¿Eso es todo lo que me vas a decir?
Intento no sonreír, a pesar de que ella no puede verme —Cho, te voy a repetir lo que tú me has dicho cientos de veces: existen los divorcios.
Hannah, todavía parada en el marco de la puerta, me dirige una mirada de indignación.
—Oh, Harry, ¿de verdad antes decía eso tan horrible? ¿Cómo aceptar el matrimonio pensando en una futura separación? ¿Dónde está el sentido ético?
Suelto un bufido —Eso último te lo enseñó Cedric, sin dudas, porque antes jamás te lo habrías preguntado. Para esos momentos de la relación ya habrías obtenido lo que más te convino, estarías buscando alguna nueva conquista en algún bar de la ciudad o gastando lo que le quitaste a tu último amante en la tienda de ropa más cara que se te cruzara. ¿Recuerdas lo que le hiciste al contador? Empeñaste el anillo de su abuela para comprarte una bolsa. Casi te demanda. Pero eras feliz. Ahora me pareces muy agobiada, quizá no deberías acep...
—Voy a aceptar.
Cierro la boca. ¿Qué no me escuchó algo de lo que dije? —¿De verdad crees encontrar la felicidad con Cedric? ¿Serle fiel? ¿Formar una familia con él?
—Hoy voy por mis cosas al departamento. Te dejaré las llaves en la mesa de la entrada.
—Estás enojada.
—No. Estoy decidida. Amo a Cedric. Voy a aceptar. Quiero ser una buena mujer. Quiero dejar de gastar mis noches en bares, coqueteando a hombres desconocidos, llenando mi armario de frivolidades.
—No utilices a Cedric para salir de tu pequeña crisis existencial. Ese hombre te ama, le vas a romper el corazón y eso-no-es-fácil-de-superar, ¿me escuchas? Si le haces creer que lo amas, luego lo dejas y sigues con tu vida, no se repondrá, no volverá a ser el mismo. Ya afectaste su vida, Cho, ahora no se la destroces.
—¿Crees que él no afectó la mía? Te lo acabo de decir, ¡ya no soy la misma mujer que antes!
—No te arriesgues —susurro. Me volteo en la silla, dandole la espalda a Hannah, no quiero que me vea así—. Eres más lista que esto, Cho. Has aguantado conmigo desde la boda de Ron, has visto de primera mano lo que sucede cuando las cosas terminan mal...
—Pero mientras duró fue increíble, ¿verdad?
Permanezco callado. He intentado no pensar en eso.
Hannah se aclara la garganta. Seguramente hay un paciente esperando a que lo deje pasar.
—Necesito tu apoyo, Harry. Eres mi único amigo.
Respiro profundo —De acuerdo. Llévate tus cosas del departamento, pero quédate con las llaves. Siempre serás bienvenida, amiga.
—Gracias, querido.
Cuelgo, frustrado. Cho era la última esperanza de la humanidad. Si ella puede enamorarse, entonces no existe la inmunidad a ese maldito sentimiento.
—¿Estás bien? —dice Hannah.
—Deja entrar al paciente. Necesito distraerme.
—Harry, sobre eso...
—Déjalo entrar —repito enojado. Estoy cansado de Hannah y su adorable actitud bonachona, siempre revisando mis estados de ánimo.
La escucho alejarse. Me giro de nuevo hacia el escritorio. Sonrío al ver la foto de Cho. Ella insistió que la tuviera en el consultorio, siempre tan vanidosa. Tomé el portarretratos para guardarlo cuando entró una vieja rubia de ojos grises.
La miro con curiosidad —Señora Graig, la última vez que estuvo aquí salió corriendo sin explicaciones.
Parece avergonzada —Ese fue un comportamiento lamentable, doctor Potter. ¿Me permite unos minutos de su tiempo? Comprendo si no...
—Tome asiento.
Algo en esa mujer me provoca familiaridad. La señora pone su bolso en el escritorio, justo donde el portarretratos de Cho estuvo segundos antes, y se sienta.
—También quiero pedir una disculpa por mentirle. Mi verdadero nombre es Cameron Granger, soy la madre de Hermione.
De la forma más ridícula guardo la fotografía de Cho en un cajón, casi tirándola por los nervios. Me siento como un estúpido. Ahora me parece obvio que esta mujer es la madre de Hermione, los rasgos son idénticos.
—Hace unos días mi hija me visitó. Supe que algo había cambiado, se veía alterada. Finalmente me confesó que por fin habló contigo. Así que decidí venir a aclararte por qué te busqué en primer lugar.
No supe qué sentir. ¿Hermione sigue alterada después de tres meses de nuestra conversación? ¿Alterada enojada, alterada arrepentida, alterada indignada?
Cameron Granger se arregla la pañoleta de su cuello, poniéndola en perfecta diagonal —Intenté abogar por ti, ¿sabes? Hace seis años, cuando Hermione decidió irse de nuevo al mundo mágico.
Trago pesado —Oh. Gracias...
—Te traje algo para agradecerte todo lo que has hecho por mi hija.
—Señora Granger, le aseguro que yo no he hecho nada por Hermione...
—Ambos sabemos que sí —interrumpe—. No seas ridículo y acepta mi regalo. Vengo de muy lejos, jovencito.
Recibo una vieja fotografía instantánea. Reconozco enseguida a Hermione, aunque al mismo tiempo no es ella. La niña de la foto está encorvada, con el labio inferior cubierto por una costra de sangre seca, el cabello revuelto hasta los codos, como un manto para esconderse. Los ojos vacíos.
¿Esta niña es la joven superdotada y encantadora que conocí en Cambridge? ¿La mujer desnutrida que lidera una revolución?
De pronto me cuestiono si nuestro primer encuentro sucedió tal como creía. Para mí Hermione era la estrella de la universidad y por lo tanto era segura y coqueta. Cuando me sonrió ese día fue más tímida que sugerente. Creí que me coqueteó porque ella me gustó y era lo normal en una joven segura de sí misma. Luego me ofreció el trato y tuvimos sexo. ¿Es posible que una mujer que no duda en su vida sexual pueda temerle a todo lo demás? ¿Puede esta niña de la foto, retraída y triste, seguir muy presente en ella?
—Richard y yo nos casamos a los treinta y seis años —dice la señora Granger, cortando mis pensamientos—. Nos conocimos más jóvenes, pero éramos muy malos para llevar la relación y entender tantas emociones. Al principio nos dio miedo separarnos, porque no todo era felicidad y buenos momentos, como te hacen creer que debe ser una relación. Cuando aceptamos que éramos dos humanos muy diferentes, pero que se amaban, decidimos casarnos. Lo mejor que hice en mi vida.
La veo levantarse y agarrar su bolso —Señora Granger, su hija y yo... no creo que... quiero decir, lo que tuvimos Hermione y yo está en el pasado.
—¿De verdad? —chistó incrédula— Gracias por su tiempo, doctor Potter. Me marcho.
No quise ver de nuevo la fotografía. La guardé en el bolsillo de mi bata, cerca de mi corazón.
—
Despierto sobresaltado por el estruendo en la puerta de mi departamento. Corro y salvo a Neville de caer contra la mesa del recibidor. Apesta a alcohol.
—¿Pero qué te pasa? —gruño echándolo en el sillón. Cierro la puerta y reviso la hora. Cuatro de la madrugada. Perfecto. Mañana tengo cirugía...
—¡Hannah! ¡Hannah!
Giro los ojos —¿Creí que ya son novios? ¿Por fin?
Me avienta las llaves del departamento —¡Me dejó!
Eso me parece increíble —Lleva años esperando que le des una oportunidad, no tiene sentido...
—¡Susan Bones! ¡Ella y la malfita mafia!
—¿Cuál mafia?
—¡Magia! —chilla, corrigiéndose— Ese mundo vino a desfrozarnos la vida, Harry. Se llevó a tu Hermini...
—Hermione —susurro de forma automática.
—Y ahora se lleva a Hannah.
—¿Puedes ser más claro?
Se sienta, casi resbalando al piso —Susan... ella... su familia fue apefinada... digo, asesinada —pronuncia lento para no enredarse—. No tiene a nadie. Hannah. Eran amigas. Pues Hannah, obvio Hannah con su estúfido corazón, le dijo que la vapoyar. Apoyar. Ella a ella.
—Joder, Neville, apenas te entiendo. Duérmete y mañana hablamos.
Le aviento un cobertor y me regreso a la cama. Ya no puedo dormir. Entendí perfecto lo que dijo Neville. Su novia, el amor de su vida, decidió acompañar a una vieja amiga a sobrevivir la guerra, a no seguir sola contra el mundo. Así de bondadosa es Hannah, aunque signifique apartarse del hombre que ama y del mundo que conoce.
Lo más preocupante es que la guerra sigue. Han pasado ocho meses desde la boda de Ron. De él poco o nada hemos sabido. Cho tampoco ha dado señales de vida, aunque sé que está en su departamento, sufriendo por no haber tenido valor de seguir a Cedric a la guerra. No me sorprende de mi amiga, por muy enamorada que esté ella no es una persona violenta. Y ahora Neville...
No soy idiota, tengo tres ejemplos a la mano. Ron, Hannah y Cho. Cada quien tomó su decisión, aceptando las terribles consecuencias. ¿Y yo? ¿Puedo seguir diciendo que Hermione me quitó la oportunidad de decidir por mi cuenta? A estas alturas podría involucrarme, con o sin su aprobación. La guerra ya no es motivo principal para seguir dudando. Es algo a considerar largamente, pero no la prioridad. El punto es saber si puedo perdonar a Hermione o no. Si puedo aceptar todo lo ocurrido y seguir adelante. Porque lo único claro es que sigo pensando en ella. Sigo extrañándola. No me quiero cuestionar si es amor o si realmente la conozco. Mi visión del amor ya no es la misma que cuando la conocí.
Supongo que tengo mucho qué pensar.
—
Hoy se cumplen siete años desde que Hermione me dejó. Supongo que eso la animó a aparecer. La veo en la puerta de la cafetería, debajo de la campanilla que anuncia la salida y llegada de los clientes. Trae el cabello corto, amarrado en un nudo. Su piel opaca. La desnutrición más obvia que antes. Me mira cansada. Le hago un gesto para que se siente en la otra silla de mi mesa.
Con lentitud se acerca. Trae la varita apretada en la mano. Una vez que se sienta respiro su aroma y veo preocupado la cicatriz en su labio inferior.
—Llevas cinco semanas viniendo a este lugar, a la misma hora, para pedir un té y un café. Dejas el café y te marchas después de media hora.
Su voz está ronca. Parece enferma.
Empujo suavemente el café hacia ella —Es para ti.
—¿A qué viene esto, Harry?
La campanilla suena y Tonks entra casualmente, sentándose a unas mesas de distancia. Me guiña juguetona, sé que ella le informó a Hermione de mi nueva rutina, así que le sonrío agradecido.
—Quería contactarte, pero que tuvieras la oportunidad de negarte a venir.
Envuelve con sus manos la taza caliente. La manga de su camisa me deja ver una cicatriz en su brazo. Letras rojas, llenas de odio, marcar su piel: sangre sucia.
—¿Sucedió algo? ¿Estás bien?
Asiento.
—¿Recuerdas cuando fuimos al cine por primera vez? Dijiste que no te acabas una bolsa de palomitas, pero prácticamente me dejaste comer tres o cuatro antes de que te las comieras todas.
Hermione sonríe confundida —Sí, lo recuerdo.
—Cuando era niño me escabullía en el cine, tras la función, y recuperaba las bolsas que dejaba la gente. Luego iba al parque y me comía las palomitas. Dudley se dio cuenta y pronto se me unió en esas tardes. Eran los únicos momentos en que éramos amables con el otro.
—Harry... ¿estás bien? —su tono se llena de preocupación— ¿le pasó algo a tu primo? —mira hacia Tonks. Ella niega suavemente, sin despegar la mirada de su revista.
—Ya te dije que todo está bien. ¿Cuál fue la primera película que viste en el cine? ¿Cuántos años tenías?
—¿Por qué preguntas eso?
—Vamos, Hermione, sólo responde.
Suelta un bufido —No iba al cine. No me gustaban los lugares con tanta gente.
—¿Por qué?
—¿Harry, querías verme para hablar de películas?
—No. Ahora responde tú, ¿por qué te no te gustaban los lugares con tanta gente?
Hace un mohín con sus labios. Ya no son perfectos y humectados. Hay sed y dolor en ellos.
—Porque tenía miedo de lastimar a alguien con mi magia.
Tonks la voltea a ver, curiosa.
—¿Quieres decir que no tenías control sobre tu magia?
Se ve herida por mi pregunta —Así es.
—¿Fue en Hogwarts dónde aprendiste a controlarla? ¿O antes?
—Basta. ¿A qué viene todo esto?
Me enojo de hombros —Siempre quise hacer esto contigo. Ya sabes. Tomar un café, platicar de nuestras vidas. Conocerte mejor.
Me mira incrédula —¿Por qué ahora?
—Porque me lo debes.
Mi respuesta causa una reacción defensiva. Hermione se abraza y mira hacia la puerta.
—La última vez que nos vimos te pedí una disculpa por lo que te hice —susurra—. Sé que no estuvo bien, pero...
—Estuve pensando en eso mucho tiempo. Hace siete años decidiste por mí. Rompiste nuestra relación y te marchaste. Fue sencillo para ti, así que me pareció conveniente que lo volvieras a hacer. Vas a decidir si me quieres o no definitivamente en tu vida. De ti depende todo. Puedes seguir sola, arrepentida, llena de miedos. O puedes dejarme demostrar que estás equivocada, que puedo quererte a pesar de todo. Tanto así que hoy ya no me importa lo que hiciste. Aquí estoy, invitándote un café, arriesgándome de nuevo a que me rompas el corazón.
—No... Harry, las cosas no son tan fáciles. La guerra...
—Estoy consciente de eso. ¿Crees que no soy capaz de considerar todo antes de decirte esto?
—No va a funcionar. Yo... yo jamás te perdonaría si hubiera sido al revés. Si tú me hubieras dejado...
—Lo sé, porque tu peor miedo es el rechazo. El mío no. Y es mí decisión perdonarte, no tuya. Además, creo que vale la pena, ¿o estoy equivocado?
—¿A qué te refieres?
—¿Me amas?
Su respuesta fue dolorosa, automática —Sí. —parpadea las lágrimas— Harry, lo que te hice fue horrible, abusivo... No me arrepiento de haberte dejado lejos de la guerra todo este tiempo, pero aún así debí...
—Ya te perdoné, Hermione. Perdónate.
Niega, cabizbaja —Si acepto... si no sale bien... si al final no soy quien crees...
—Esto es muy fácil. Tienes dos opciones: tomar tu café o marcharte. Te advierto que si te decides por la segunda opción, aunque la respetaré, no pienso volverte a buscar. No creo resistir esto una vez más. Sé que puedo seguir mi vida sin ti. Quiero hacerla contigo, pero ya te esperé lo suficiente. Tomaste la peor decisión hace años. Es tu momento de redimirte.
—¿No te importa que soy una bruja, que lidere una guerra, que...
—No.
—¿Por qué?
—No es algo que te pueda explicar en una cafetería, Hermione. Te lo puedo demostrar el resto de nuestras vidas, si así lo quieres. Decídelo.
—Tengo miedo.
—¿Te acuerdas cuando te levanté contra el librero, mientras te hacía el amor, y te dije que jamás te dejaría caer?
—Sí.
—Estoy dispuesto a cumplir esa promesa. Date la oportunidad de disfrutarla.
Entre lágrimas, con las manos temblando, levantó la taza humeante y la puso contra sus labios. No dejé que tomara un sorbo. Me levanté y la cargué en mi pecho, besándola. Ya habíamos pasado separados el tiempo suficiente.
Less.
