Ay.

Os hablaré con sinceridad: este capítulo me ha traído de cabeza. Hace muchos meses que comencé a escribirlo (¿en enero o febrero, quizás?), pero estaba atascado. Sabía lo que quería contar, pero no sabía cómo expresarlo. Suelo identificarme con mis personajes, pero esta vez me era imposible, y eso hacía que nada de lo que escribía me convenciese. Pensaba que me gustaría poder entender mejor a Handa.

Un consejo tópico y estereotipado: cuidado con los deseos, porque pueden hacerse realidad.

He experimentado de primera mano todo lo que sucede en este capítulo, muy a mi pesar, así que podéis considerarlo una obra autobiográfica si os apetece. Esto es todo lo sincero que puedo llegar a ser, y eso casi me asusta. No sé cómo será el resultado final, porque, al fin y al cabo, llevo tiempo sin escribir, pero he puesto el corazón (y varios órganos más, me temo) en este texto. Aun así, creo que acabaré editando este capítulo de una manera u otra en el futuro. Puede que me haya dejado cosas por contar, y no es cuestión de dejarse nada en el tintero a estas alturas. Pero es difícil darse cuenta de todo en momentos como éste.

Este capítulo es un réquiem a todo lo perdido y una oda a lo que esa pérdida me hizo sentir. Está plagado de referencias a mí mismo, a la persona que he perdido, a lo que compartimos juntos, a quienes me vieron arrastrarme por el fango y a las cosas que me ayudaron a sobrellevar estos terribles sentimientos; tanto, que me preocupa que no tenga contenido mío suficiente como para ser considerado una obra original (exagero, pero es cierto que las referencias son muchísimas). No están todos los que son, pero son todos los que están; no sé si me explico. Le daré un pin imaginario a quien descubra a qué cosas he hecho referencia, ja, ja.

Puede que ninguna de las personas involucradas lean esto jamás, pero, a todos los que han tenido que ver con mi recuperación, gracias: de no ser por vosotros, no estaría aquí ahora mismo, haciendo público lo que durante tantos meses me ha mantenido alejado de mis amigos y de mi vida. Los que no sabíais nada, no os preocupéis; no es algo que haya ido gritando por ahí, así que no os sintáis mal por no saberlo. Ahora tenéis la oportunidad de compartirlo conmigo, si así lo queréis, y lo apreciaré exactamente igual.

He aquí el resultado de lo último que me enseñaste. Hasta siempre, mi amor.


Horas más tarde, pero aún demasiado pronto, un teléfono diferente, conectado a una línea privada, sonó en el orfanato.

El teléfono estaba situado en una habitación ni muy grande, ni muy pequeña; ni muy llena, ni muy vacía; ni muy recogida, ni muy desordenada. Ese equilibrio se mantenía por el amplio contraste que existía entre la parte norte y la parte sur de la estancia, que, si bien no estaban separadas por ninguna barrera física, eran fácilmente distinguibles con un simple vistazo.

La parte sur, pegada a la puerta, era sensiblemente más pequeña, pero estaba perfectamente ordenada. El escritorio de madera, situado al lado de la puerta y lleno de cajones a rebosar de documentos oficiales, tenía un aspecto pulcro y organizado. Encima de él, no se veía más que una pequeña lámpara apagada, el susodicho teléfono que, por cuestión de prioridades, quedaba fuera del alcance de la mano— y los pocos documentos que al hombre allí sentado le quedaban por rellenar después de haberse pasado la noche en vela haciendo papeleo de diversa índole. Aquel hombre tenía la costumbre recogerse su largo pelo verde mientras trabajaba, lo cual les recordaba peligrosamente a sus compañeros una época de la que ellos no querían acordarse.

La parte norte, por el contrario, daba la impresión de ser inhabitable. El escritorio que allí se encontraba, si bien mucho más grande, estaba también mucho más lleno: los cajones estaban a rebosar de documentos y dibujos de niños por igual, aunque los dibujos habían sido estratégicamente colocados por encima de los escritos para no deprimir al propietario del conjunto. La superficie del escritorio daba la impresión de haber sido el escenario de una guerra nuclear: bolas y trozos de papel en lugar de balas; lápices rotos, virutas de goma de borrar y bolígrafos gastados como cadáveres, y un montón de borrones y manchas de comida como secuelas físicas del altercado. Los alrededores del escritorio también habían sufrido los estragos de la cruenta batalla entre el hombre y el papeleo. Como único superviviente, un joven ejecutivo con gafas y de pelo rojo como un meteorito ardiente yacía dormido boca abajo sobre aquel holocausto de tinta y papel, recuperándose aún del ataque contra su persona al que había tenido que hacer frente la pasada madrugada.

Juntas, ambas partes parecían armonizar la una con la contra, formando un equilibrio extraño, pero innegable. Pero aquel equilibrio se rompió cuando el teléfono sonó.

El hombre de pelo verde, despierto, se sobresaltó al oír el teléfono. Desde luego, le cogió por sorpresa, a pesar de que esperaba la llamada. Tardó un segundo en recuperarse del susto, pero enseguida se levantó para coger el teléfono, el cual había apartado la noche anterior para tener más sitio para trabajar.

Sin embargo, cuando el hombre de pelo verde estaba ya a punto de coger el teléfono, el hombre de pelo rojo y gafas le placó con la falta de delicadeza propia del que se ha levantado hace 30 milésimas de segundo. El hombre de pelo verde acabó estrellándose contra la delicada puerta de papel y derribándola, y el hombre de pelo rojo descolgó en su lugar.

–¿Quién es? –preguntó el hombre pelirrojo alegremente mientras se recolocaba las gafas, a pesar de que sabía perfectamente quién llamaba.

–¡Buenos días, Hiroto! –dijo una voz igualmente alegre al otro lado de la línea–. Soy Endou. Perdona por llamar tan pronto; no te habré despertado, ¿verdad?

–¡Por supuesto que no, Endou-kun! –mintió descaradamente Hiroto Kira, el todopoderoso presidente de la gran Compañía Kira–. Ya esperábamos tu llamada en la oficina.

–Creo que deberías buscarte una oficina en condiciones, Hiroto –rió Endou entre dientes, a pesar de que hablaba en serio–. Trabajar en ese cubículo no puede ser sano.

–Me gusta estar alrededor de los niños; me siento menos solo si los tengo cerca. Su compañía es lo único que me ayuda a sobrellevar este infierno sin volverme loco… –El hombre de pelo verde, que luchaba por levantarse después de haber atravesado la puerta sin abrirla siquiera, sacó fuerzas de flaqueza para clavarle una mirada de odio en el cogote a Hiroto, que reaccionó de inmediato y añadió–: Además de mi fiel Midorikawa, por supuesto.

En realidad, Kira consideraba a Midorikawa un negrero que le obligaba a trabajar hasta horas intempestivas, aunque apreciaba sus esfuerzos por ayudarle a mantener a flote a la empresa que había heredado de su padre.

–Me alegra saber que te las arreglas bien, supongo –se sonrió Endou, e, inmediatamente después, adoptó un tono más serio–. Quería preguntarte por los chicos. ¿Qué tal les va?

Kira, pensativo, se mesó la poca barba que le había crecido en la barbilla desde la última vez que se había afeitado, tan roja y brillante como el resto de su cabello. Con una sonrisa pícara en los labios, dijo:

–…Te sorprenderás cuando les veas. A todos ellos. Te lo prometo.

–Espero que Yagami no esté siendo demasiado dura con ellos. Endou-chi insistió muchísimo en que ella les entrenase, pero admito que me preocupa…

–Se nota que tú nunca tuviste tanto contacto con ella como lo tuvo tu otro yo, Endou-kun –dijo Kira con voz calmada–. Recuerda aquella sonrisa que tenía en la cara el día que la salvaste: ésa es la auténtica Reina. Y sé que lo que esa Reina puede despertar en tu equipo te asombrará cuando lo veas.

–Pero…

–Confía en ti mismo –le cortó Kira, dándole un nuevo y confuso sentido a la expresión–. No hay nadie mejor que ella.

Al otro lado de la línea, Endou respiró con fuerza, pero pronto hizo un ruido que Hiroto interpretó como una sonrisa.

–Entonces, ¿sigue en pie lo planeado? –prosiguió Endou.

–Sí, descuida. Me encargaré personalmente de todo. –El secretario personal de Kira, ya de pie, tosió de manera altamente elocuente–. …Y Midorikawa me ayudará, claro.

–Estupendo –dijo Endou con voz dulce–. Cuento con usted, presidente Kira.

–A sus órdenes, entrenador Endou –respondió Kira, imitando el tono amistoso de Endou y llevándolo sutilmente un paso más allá– Nos vemos. –Y colgó.

Cuando Kira trató de salir de la habitación, se dio de bruces con un iracundo Midorikawa que, con los ojos entornados, le aseguró que "donde las dan, las toman".

Por un instante, Kira tuvo la impresión de que Reize había vuelto, pero pronto descartó aquella idea: ni siquiera Reize, siendo un alienígena, hubiera sido nunca tan inhumano como lo era el Midorikawa con el que él trabajaba ahora.


–Shinichi. –Unas manos delicadas sacudieron ligeramente a Handa mientras dormía hecho una bola dentro de su futón–. Shinichi, despierta.

Handa abrió un solo ojo y trató de mirar por la ventana sin levantarse, pero ni siquiera alcanzó a verla: la habitación estaba a oscuras, y la única luz provenía de la Luna, todavía claramente visible en el cielo.

–…Vuelve a intentarlo cuando haya salido el Sol –gruñó Handa mientras se enrollaba todavía más.

–Shinichi, tenemos que irnos. ¿Es que el entrenador no te lo contó?

–¿Irnos…?

El cerebro de Handa rescató las palabras que Do-san le había confiado tres días antes y se espabiló en un instante. Abrió los ojos como platos y se levantó de un salto.

–¡E-es verdad…! ¡Tenemos que marcharnos enseguida…!

Ootani apartó la mirada de Handa y tosió suavemente. El brillo de la Luna resaltaba el color de sus mejillas y hacía brillar el diseño de ositos de los calzoncillos de Handa.

–…Será mejor que te vistas primero. Y empieza por los pantalones, por favor.

Mientras maldecía un millón de veces a Segata por haberle convencido de que "venga ya, estamos entre tíos; puedes dormir en gayumbos si te sale de ahí", el joven centrocampista se apresuró a ocultar sus vergüenzas con el chándal del Raimon.

Una vez vestido, recogió el futón, guardó sus pocas pertenencias en su bolsa y miró alrededor. Había pasado muy poco tiempo en aquella habitación, pero Hiroto y Segata habían conseguido que se sintiera como en casa. A pesar de que le hubieran tenido hablando hasta mucho más tarde de lo necesario, de los ronquidos de Segata y de la insistencia por parte de Hiroto en que durmiese entre ambos —lo cual había desembocado en una lluvia de patadas contra todo su cuerpo—, debía admitir que lo había pasado bien con ellos, y que aquella pequeña habitación era ya como su hogar.

Suspiró. Los echaría mucho de menos.

Procurando no hacer ruido, Handa y Ootani salieron de la habitación, y ninguno de los dos se dio cuenta de que ni Segata ni Hiroto estaban allí.


El segundo escalón que pisó crujió con fuerza bajo el pie de Handa, y éste dio un respingo del que a duras penas consiguió reponerse sin caerse por las escaleras. Sólo entonces se percató de que el único ruido no provenía de los escalones.

Tan pronto como asomaron la cabeza al pasillo de la planta baja, les sorprendió ver que, a pesar de que la puerta estaba cerrada, había luz en la sala de estar.

–Vamos a mirar a ver si hay alguien –sugirió Handa–. Puede que podamos despedirnos de alguno de ellos en condiciones…

Ootani asintió y sonrió. Handa y ella se acercaron a la puerta y Handa la abrió despacio.

Un "sorpresa" a todo volumen se estrelló contra la cara del centrocampista y le hizo dar un salto hacia atrás tan repentino y descontrolado que acabó chocándose contra la pared del pasillo. Ootani, tan sorprendida como él, se asomó al cuarto, y encontró allí a toda una muchedumbre de personas que a duras penas cabían dentro de la habitación.

–¿Q-qué es todo esto…? –consiguió articular Handa después de ponerse en pie. Segata se acercó a él y chasqueó la lengua.

–No sabíamos que te ibas esta noche. Hemos tenido que enterarnos por medio de Yagami.

–Ah, ¿no…?

–No –espetó Segata, y le dio un golpe en la nariz con el dedo corazón–. Podrías haber tenido la decencia de avisar de que te marchabas.

Handa bajó la cabeza.

–L-lo siento… Pensé en hacerlo ayer, pero… no sabía cómo. Me habéis tratado tan bien aquí que me dolía mucho tener que decir adiós tan de repente…

–Está bien –dijo Segata, suavizando la expresión hasta que se convirtió en una sonrisa–. Si no hubieras abierto la puerta, te habríamos dejado ir sin más, pero el que hayas querido ver a alguien para despedirte es suficiente para nosotros.

Segata se apartó para que Handa pudiese ver a la multitud allí reunida. Kiyama, Yagami, Segata y Shourin habían conseguido hacerse un hueco en primera fila. Tras ellos, todos los miembros del antiguo Gemini Storm sostenían una pancarta en la que se podía leer "¡ÁNIMO, HANDA-KUN!" escrito en letras verdes: se trataba de un guiño al emblema que en su día tuvo el equipo, pero Handa pensó que hacía referencia al pelo de Midorikawa, como capitán que fue. Y detrás de todo el mundo, al otro extremo de la sala, Handa vislumbró la parte de arriba del pelo gris de Kageno, que parecía moverse de arriba a abajo rápidamente, como si fueran pequeños espasmos. Tras escuchar atentamente, oyó el "ju, ju, ju" característico de su compañero de equipo, y dedujo que aún se estaba riendo del golpe que se acababa de dar contra la pared.

Midorikawa dio un paso adelante y se rascó la nuca.

–Perdona si hemos interrumpido algo… íntimo –rió, claramente incómodo–. Hiroto me dijo que te marchabas esta noche, y como no me hemos tenido la oportunidad de hablar antes, bueno… no queríamos desaprovechar esta reunión.

Handa miró extrañado a Midorikawa.

–Handa… Sólo queríamos que supieras que sentimos mucho lo que… te hicimos aquel día. De verdad.

Todo el equipo le dedicó una reverencia a Handa. Las caras de algunos mostraban un tremendo arrepentimiento; otras, por el contrario, miedo al rechazo, a que Handa no les perdonase el terrible dolor físico y emocional que le habían causado el día en el que el Raimon se enfrentó a Gemini Storm por primera vez. El día en el que los alienígenas desafiaron a la Tierra.

–…Y eso va también por todos los demás –añadió Midorikawa, dándose la vuelta e inclinándose de nuevo hacia delante con los ojos cerrados firmemente–. Kageno, Shourinji: por favor, perdonadnos. Sé que hemos tardado demasiado en deciros esto, pero, como dice el dicho, "nunca es tarde si la dicha es buena". O eso espero…

–…Espero hablar en nombre de todos –comenzó Handa tras unos segundos– cuando digo que hace tiempo que os perdonamos, pero nos hace muy felices que hayáis querido pedirnos perdón. Estoy seguro de que nuestro dolor se parece mucho al que sentisteis vosotros cuando os disteis cuenta de lo que habíais hecho, y que os debe haber hecho falta reunir mucho valor para disculparos así… –Se acercó con cuidado a Midorikawa y le colocó una mano en el hombro. El que fuera capitán de Gemini Storm levantó la mirada, y Handa le sonrió–. Muchas gracias, Midorikawa-kun…

Midorikawa se irguió y le devolvió la sonrisa. Le tendió la mano a Handa, y éste se la chocó y la apretó con fuerza.

–Todos os deseamos la mejor suerte del mundo en el partido –dijo Midorikawa, efusivo–. Estaremos animándoos en la primera fila. ¡Demostradles de qué pasta estamos hechos los jugadores de nuestra generación!

–¡Dalo por hecho…!

Handa soltó a Midorikawa, quien se acercó a Shourin y a Kageno para disculparse personalmente, y Segata se abalanzó sobre él en cuanto quedó libre, dispuesto a sacar fuego de la cabeza de Handa a base de rascársela con los nudillos.

–¡Te vamos a echar de menos por aquí, chaval! –dijo, una vez atendidas las súplicas de Handa de que parase.

–Y yo a vosotros… Ojalá pudiese quedarme un poco más, pero…

–No nos des explicaciones, Handa –le interrumpió Hiroto–. Haz lo que debas hacer para volverte más fuerte y demostrar al Inazuma Eleven lo que realmente vales.

Handa sonrió a Hiroto, quien le respondió con un gesto con el pulgar. Después, y con algo de recelo, giró la cabeza y miró a Yagami, quien mantenía una expresión seria y los ojos fijos en él mientras se acercaba.

–Yagami-sama, yo… –La voz le temblaba, y su cuerpo empezó a hacerlo también al cabo de unos pocos segundos–. La verdad es que no sé qué decir.

–Entonces lo diré yo –espetó Yagami–. Trabajar contigo ha sido frustrante. Eres la cosa más torpe e inútil con la que he tenido la desgracia de toparme, y has sido incapaz de mejorar en lo más mínimo en estos días. –Su cara se iluminó levemente, lo justo para que Handa dejase de temblar–. Si sigues así, no creo que tengas ninguna clase de problema para darles una paliza de muerte a esos vejestorios.

Handa parpadeó. No sabía qué otra cosa podía hacer.

–¿Qué quiere usted decir…?

–Que lo que más necesitas no es mejorar, sino aprender y confiar en lo que sabes. Sólo así te aceptará ese bicho tuyo.

Por segunda vez en su vida, Handa tuvo el privilegio de ver cómo Yagami le dedicaba una sonrisa, aún mayor que la de la última vez, pero igualmente recatada. Y aquella vez, antes que pensar en que era preciosa, Handa entendió qué era lo que su capitán veía en aquella chica y por qué le gustaba tanto. Y, durante un breve instante, entendió, además, qué clase de vínculo les unía en realidad, a pesar de lo que los demás viesen y lo que ellos mismos dejasen ver. Y dio gracias a los cielos por aquel vínculo tan complejo y que tanto bien le había hecho a él también, justo antes de que volviese a convertirse en un misterio insondable para todo el mundo salvo para ellos dos.

–Las heridas nunca cierran, Handa. Jamás. Pero esa herida te enseñará mucho –le susurró Yagami de repente, con una voz tan suave que nadie más en la habitación llegó a oírlo–. …Buena suerte.

Handa exhaló profundamente de la impresión, después de haber contenido el aliento inconscientemente mientras Yagami sonreía. Entonces, atendiendo los aparentes deseos de Yagami de no seguir hablando del tema, dio un paso hacia atrás, miró a todos los presentes y les hizo una cortés reverencia a todos.

–G-gracias por cuidarme tan bien y por ayudarme tanto… ¡Os prometo que no dejaré que estos días que me habéis dejado pasar aquí con vosotros sean en vano…!

–Estamos contigo, Handa-kun –dijo Hiroto en nombre de todos–. Mucha suerte.

Handa se levantó y Ootani se acercó a él. Le tomó del brazo y ambos se prepararon para irse, pero Shourin les retuvo con un grito.

–¡Handaaa! ¡Asegúrate de hacerte mucho más fuerte mientras estés fuera, porque nosotros pensamos mejorar muchísimo en los días que nos quedan aquí! ¿Verdad, Kageno?

Como única respuesta, Kageno rió, y les puso los pelos de punta a la gran mayoría de los presentes.

–¡Sí…! –respondió Handa–. ¡Ánimo, chicos…!

Ootani y Handa salieron del Ohisama-En tras despedirse una vez más de sus compañeros de entrenamiento, y justo en la puerta, esperándoles, encontraron al presidente de la Compañía Kira y a su ayudante personal, quien les abrió la puerta trasera del deportivo rojo y les invitó a entrar.

–Subid, por favor.


–¿Os habéis abrochado el cinturón, chicos? –preguntó Kira desde el asiento del conductor. A pesar de que los miembros del Raimon respondieron que sí, Midorikawa, sentado en el asiento del copiloto, tuvo que asegurarse de que, efectivamente, los cinturones estaban bien abrochados. Kira le dirigió una mirada sarcástica a su asistente.

–"Hombre precavido vale por dos" –dijo él como única excusa, encogiéndose de hombros.

–En fin, tú sabrás. Sea como sea, ¡nos vamos!

Kira ajustó los retrovisores y sus gafas, movió la palanca de cambios y puso el motor en funcionamiento, el cual rugió al instante. Y, con una sonrisa casi infantil en la cara, Kira pisó el acelerador hasta el fondo, y los jóvenes que iban sentados detrás entendieron la insistencia de Midorikawa en que llevaran el cinturón bien puesto.

El coche salió disparado como un rayo y dejó el Ohisama-En atrás en cuestión de minutos.


Kira y Midorikawa parecían ir muy cómodos, pero Ootani y Handa tardaron en adaptarse a la sensación constante de que iban a chocar contra algo en cualquier momento. El ruido del deportivo cortando el viento fue suficiente para llenar el silencio al principio, a pesar de que les impedía escuchar la conversación que Kira y Midorikawa parecían mantener, pero dejó de servir al cabo de un tiempo. Entonces, Ootani posó su mano sobre la de Handa y le sonrió.

–Shinichi… –comenzó Ootani en un susurro, pero Handa le cortó enseguida.

–No hace falta que digas nada, Tsukushi-chan… Aún no entiendes lo que hice ayer, ¿verdad…?

Ootani le dio un apretón a la mano de Handa.

–Lo siento, Shinichi… Siento que algo se me escapa, pero no sé qué es.

Handa suspiró. Ya había pasado la tormenta, pensó él, así que supuso que era hora de contárselo todo.

–No te preocupes; creo que es imposible que lo imagines si no sabes por qué. Y, para que lo entiendas, tengo que contarte lo que pasó el día que te marchaste. Ese día, le conocí… a él.


Handa no pudo ir a clase ese día. Fingió estar enfermo ante sus padres y, dado su estado, no le costó mucho que le creyesen. Su cuerpo parecía plastilina, hasta el punto de que le costaba incluso ponerse en pie, y su cabeza se había vuelto un desbarajuste infernal. Se pasó el día en la cama, tumbado de lado con los ojos abiertos. Quisiera haber llorado, pero su cuerpo, simplemente, se negaba a reaccionar. Pasó las horas muertas mirando a la pared sin verla, intentando esquivar el dolor. Por mucho que lo intentó más adelante, nunca fue capaz de recordar si había pensado en algo durante aquellas horas; sólo se recordaba a sí mismo como un peso muerto que tan solo era consciente de lo mucho que le costaba respirar.

Solo, en aquella habitación a oscuras, Handa se había recluido de todo y de todos, en un intento desesperado, casi animal, de dejar de sufrir. Cargar con el peso emocional de aquella situación le había agotado. No tenía fuerzas para nada, y no hizo nada. No pudo hacer nada.

Handa sólo reaccionó cuando oyó pasos. Primero llegó el sonido, y luego aquella sensación. Una abrumadora sensación de oscuridad que se acercaba a él, que le sacó de su hibernación y le puso alerta, como si de un peligro inminente se tratase. Handa, a pesar de la inquietante presión que sentía de repente, levantó la cabeza de la almohada, se tensó y clavó los ojos en la puerta.

La puerta se abrió, y la luz entró en aquel cuarto por primera vez en horas. Y recortando la luz, una figura de oscuridad pura; una silueta que le resultaba familiar. Entonces, Handa entendió que la presión que aquella oscuridad había estado ejerciendo sobre él no pretendía estrangularle, sino abrazarle, fundirse con él. Y la reconoció.

–Hola. Te he traído los deberes.

Kageto Yamino saludó desde la puerta con su habitual carácter inexpresivo, hojas de papel en ristre. Se quedó mirando fijamente a Handa y frunció el ceño más de lo normal.

–Handa… –susurró–. No sabía que tuvieses tanta oscuridad dentro.

Handa bajó la mirada y cambió su expresión por primera vez en todo el día. Oscuridad. ¿Era eso lo que le contaminaba? ¿Hasta ese punto le habían llevado su actitud y su cobardía?

–Shadow-kun, tú siempre estás hablando de tu oscuridad… ¿Es esto lo que sientes?

–Sí.

–Tengo miedo… Tengo mucho miedo… –sollozó.

–Yo también. La oscuridad es aterradora.

Shadow se sentó junto a su compañero de equipo y siguió mirándole atentamente con una curiosidad que solamente demostraba cuando algo le asustaba.

–¿Voy a tener que vivir con esto el resto de mi vida…?

–No –dijo Shadow más tajante que de costumbre–. La oscuridad se opone a la luz, y la luz se opone a la oscuridad. Es el equilibrio natural de las cosas. Pero, cuando se rompe ese equilibrio, ninguna de las dos es buena. La luz y la oscuridad te herirán del mismo modo.

–Entonces, ¿qué puedo hacer…?

–La gran mayoría de la gente trata de recuperar su equilibrio, oponiendo su luz a su oscuridad. Pero cuando no tienes luz propia con la que combatir… –Shadow dijo estas palabras muy despacio, mostrando una emoción impropia de él– no te queda otro remedio que aceptar tu oscuridad y enfrentarte a ella cara a cara hasta dominarla.

Handa luchó por contener las lágrimas que tan desesperadamente había tratado de soltar minutos antes.

–No puedo obligarte a que combatas tu oscuridad como yo –siguió Shadow–. Tú también tienes luz, Handa, y eso es una bendición. –La voz de Shadow tembló con sus últimas palabras–. Pero lo único que no puedes hacer es dejar que la oscuridad te consuma.

Shadow colocó una mano sobre el hombro de su compañero de equipo, sin cambiar su expresión neutra. Y susurró:

–Es una oscuridad muy profunda, pero este no eres tú. Tú no tendrías que pasar por lo mismo que yo. Encuentra de dónde procede esta oscuridad y lucha contra ella. Dejo en tus manos la manera de hacerlo.

Shadow dejó los papeles sobre el escritorio de Handa y volvió hacia la puerta.

–No te rindas sin luchar. No es el estilo del Raimon del que tú formas parte.

Handa le sonrió levemente.

–Y no te olvides de los deberes.

Shadow se perdió por el pasillo, y Handa pudo oír cómo su madre se despedía de él con un tono de voz un tanto extraño.

Unos minutos después de aquella escueta conversación, y para sorpresa de su madre, Handa se levantó y salió de su cuarto por fin. Era mejor que hacer los deberes.

Esto fue lo que Handa recordó al hablar con Ootani, pero no le contó nada al respecto.


Handa se montó en su bicicleta y pedaleó como nunca lo había hecho. Estuvo a punto de atropellar a varias personas por el camino, pero fue capaz de sortearlas con sorprendente habilidad. El ejercicio también le había devuelto la respiración. No sabía por qué, pero se sentía tremendamente concentrado y confiado. Quizás porque ya no le quedaba nada que perder, pero aquel último intento podría darle mucho.

El aeropuerto no quedaba demasiado lejos de su casa. Ya había estado allí varias veces durante el FFI para despedir y recibir a los compañeros que iban y venían, así que se sabía el camino de memoria. Aun así, no recordaba haber llegado nunca tan deprisa hasta allí. Handa se desmontó de la bicicleta y la dejó tirada en la entrada, todo prácticamente sin dejar de correr. Las puertas automáticas del aeropuerto tardaron siglos en abrirse —o eso le pareció a él— y estuvo a punto de chocarse contra el cristal, pero frenó justo a tiempo y consiguió entrar sin percances.

Se paró y miró alrededor. Ya había estado varias veces allí, pero todo le seguía pareciendo muy confuso. Siempre había ido con más gente y se había limitado a seguirles, pero, aquella vez, estaba completamente solo. Buscó frenéticamente cualquier cosa que pudiese indicarle en qué dirección debía correr, y fue entonces cuando se fijó en la pantalla electrónica que tenía justo delante de sus narices. Marcaba los vuelos que estaban a punto de salir y cuál era la puerta de embarque de cada uno. Tuvo que acercarse mucho para encontrar lo que buscaba, pero, en cuanto lo hizo, echó otro vistazo alrededor para orientarse y salió disparado en dirección este.

Puertas C y D. Puertas E y F. Y, justo después, unas escaleras mecánicas custodiadas por un hombre trajeado.

Handa se lanzó hacia las escaleras, pero el hombre puso el brazo en medio y le retuvo por la cintura.

–Eh, eh, ¡tranquilo, chico! ¿Adónde vas con tantas prisas?

–¡D-déjeme pasar, por favor! –suplicó Handa mientras se retorcía en los brazos del guarda.

–Lo siento –dijo el hombre con tono amable–, pero sólo los pasajeros con billete pueden pasar a partir de este punto.

–¡Usted no lo entiende…! ¡T-tengo que verla antes de que sea tarde…!

–…Conque "verla", ¿eh? –se sonrió levemente, aunque había cierto deje de tristeza en su expresión–. Sé que es importante para ti, chico, pero sigo sin poder dejarte pasar. ¡Si se entera mi jefe, me deja de patitas en la calle!

–¡Pero…! ¡Si no le digo ahora lo que siento, entonces…!

Y fue entonces cuando lo oyó.

"No te preocupes. Ella ya lo sabe".

Handa escuchó esas palabras dichas con su propia voz, tan claras como ensordecedor era el ruido a su alrededor. Dejó de revolverse, y entonces se fijó en que el guarda, quien aún le sujetaba en sus brazos, había dejado de mirarle.

–¿Le conoces, chico? –preguntó al aire.

–Sí. Déjemelo a mí.

Handa se giró y, para su sorpresa, se encontró con que no estaba solo.

A pesar de su gruesa sudadera verde, todavía se podía apreciar la constitución fuerte y esbelta de alguien que se ha esforzado mucho en poner su cuerpo a punto hasta el más mínimo detalle. Sus robustas piernas y sus botas de tacos indicaban que aquel chico era un jugador de fútbol como él, pero no le hizo falta fijarse en ese detalle para saberlo. Su cara le había delatado desde el mismo principio.

Una expresión serena y confiada. Rasgos suaves y, por lo visto, atractivos. Ojos redondos y de un azul muy profundo; un rasgo muy, muy raro en Japón. Un prominente y abundante flequillo que caía en su mayoría hacia los lados, a pesar de que dos mechones rebeldes le hacían cosquillas en el puente de la nariz. Una media melena le tapaba las orejas: era parecida en longitud a la del propio Handa, pero acababa en una serie de puntas imposibles de peinar –o, quizás, concienzudamente peinadas para conseguir ese efecto–. Y, ante todo, lo que más sorprendió a Handa, por ser lo único que no esperaba ver en la cara de Fideo Ardena: una sonrisa amiga.

Ciao –dijo el Meteoro Blanco de Italia con una voz sorprendentemente parecida a la suya y un rápido gesto con la mano–. Volvemos a vernos, chico del Raimon.

Handa se apartó del guarda y se acercó a Fideo con un solo paso temeroso.

–¿A-Ardena-san…? Pero ¿qué haces tú aquí…? –consiguió articular Handa.

–Dejemos las explicaciones para luego –sonrió Fideo, haciendo un esfuerzo visible por pronunciar "explicaciones" correctamente– De momento, dejemos a este buen señor en paz.

Fideo pasó el brazo por encima de los hombros de Handa con elegancia y se lo llevó lejos de las escaleras, a pesar de las quejas y continuas miradas atrás de Handa.

–P-pero… Tengo que…

–Calma, calma. Cuéntame lo que pasa, pero no dejes de caminar.

–Yo… –Visto que no tenía nada que hacer, Handa se dio por vencido y suspiró–. Quería llegar a la puerta G antes de que el avión despegase…

–¿El avión de la puerta G? –Fideo le dio una palmadita en la espalda y le sonrió con tristeza–. Hace un rato que ha marchado. Han anunciado que despegaba justo cuando yo he salido del mío.

–¿Qué…? Entonces, ¿acabas de llegar, Ardena-san?

–Pues claro –rió Fideo–. ¿Qué otra razón puede haber para que yo esté aquí?

–…Ahora que lo dices… –Handa se rascó la cabeza, sin saber exactamente qué es lo que se esperaba.

Los dos siguieron andando hasta llegar de nuevo al cartel electrónico de la entrada. Handa volvió a mirarlo. El vuelo que buscaba, el de la puerta G con destino a Estados Unidos, aún estaba ahí. Fideo también lo vio.

–Estos trastos no van nada bien, no importa dónde estés –suspiró–. Siento que hayas tenido que pasar por esto. Y más si había una chica de por medio.

–¿Y cómo sabes que era por una chica…? –preguntó Handa, parpadeando un par de veces.

–Por la misma razón que todas las demás personas del aeropuerto: porque lo estabas gritando, ¡ja, ja, ja!

Handa se sonrojó durante un segundo, pero pronto se tranquilizó: todo estaba perdido y Fideo lo sabía, así que no había razón para avergonzarse.

–Pero no te preocupes –continuó Fideo con voz alegre y reconfortante, mientras hacía aspavientos con la mano libre–. La pasión puede disimularse, pero no se puede ocultar. Estoy absolutamente seguro de que esa chica ya sabía todo lo que pretendías decirle.

–No es sólo eso, Ardena-san… –La cabeza de Handa colgaba muy baja–. Yo… quería sincerarme con ella, decirle todo lo que he pasado desde que me dijo que se iba, lo… lo mal que me he sentido… Y, sí, decirle que la quería a pesar de todo. Sé que lo sabía, pero, aun así, me gustaría habérselo dicho yo mismo… Me siento como un cobarde…

–Ah, amigo mío, è la vita. Pretender que todo salga tal y como lo planeas en el amor es incluso más complicado que predecir un partido de fútbol –dijo Fideo, a pesar de trabarse en varias palabras. Su japonés era brillante, pero la pronunciación seguía sin ser perfecta–. Pero, al igual que en el fútbol, que las cosas no vayan como se espera no implica necesariamente una derrota.

–¿Cómo sabes tanto de estas cosas, Ardena-san…? –preguntó Handa, entornando un poco los ojos. No era para nada común que alguien hablase del amor así en su país.

–Digamos que… –Se encogió de hombros, sonriente– tengo cierta facilidad para entender los sentimientos de la gente. Aunque las ragazzas siempre son complicadas, si te sirve de consuelo.

–Es fácil decirlo… –Handa arrugó los labios–. Estoy seguro de que tú nunca has tenido problemas con las chicas…

–No sé por quién me tomas –rió Fideo con nerviosismo–. Las ragazzas nos vuelven locos aun cuando no hay amor de por medio. Es nuestra maldición y nadie se salva; créeme. Pero forma parte del encanto. –Sonrió.

Handa le devolvió la sonrisa. Sus problemas seguían ahí, pero se sentía mejor por alguna razón que no alcanzaba a comprender. De pronto, se dio cuenta de que las palabras de Fideo tenían el mismo efecto reconfortante que las de su capitán, aunque Endou, por su naturaleza inocente e incluso ingenua, jamás podría haberle ayudado con ese tema. «Al fin y al cabo, él también es un capitán», pensó Handa. «Puede que vaya con el cargo».

–Mira, sé lo que es tener sentimientos por alguien que no te corresponde; ¡lo he vivido! –continuó Fideo–. Puede que no sea capaz de animarte, pero puedo prestarte un oído amigo si así lo quieres, mi querido, eh… esto…

–Handa –suspiró el jugador del Raimon. Por amable que Fideo fuese, era mucho pedir que recordase quién era alguien como él–. Handa…

–Shinichi, ¿verdad? –le cortó Fideo–. Lo siento; no soy bueno con los apellidos. En Italia, siempre conocemos a la gente por el nombre.

Por alguna razón, Handa se sintió un poquito más grande.


Fideo y Handa caminaban el uno al lado del otro en busca de un autobús. El aire fresco les había hecho darse cuenta de lo raro que olía dentro del aeropuerto, cosa que no notaron con los nervios de antes. Handa llevaba su bicicleta a cuestas, mientras que Fideo llevaba su equipaje. Habían permanecido callados desde el momento en el que Handa se calmó, pero a ninguno de ellos parecía importarle: era un silencio tan agradable y natural como el silencio dentro de la cabeza de uno mismo; un silencio que Handa no había sentido en mucho tiempo. Sus voces eran tan parecidas que Handa sentía a Fideo como a una manifestación física de su conciencia, que le decía exactamente lo que necesitaba oír imbuyéndole a su propia voz el valor que él necesitaba.

–Esto… ¿Y qué te trae por aquí, Ardena-san…?

–Llámame sólo Fideo, Shinichi; se me hace muy raro que me llamen "Ardena" –rió–. He venido a ver a Mamoru. Sé que hace tan solo unos días que jugamos contra la Academia Ogre, pero ese partido sólo ha conseguido que le eche de menos todavía más.

–¿Ha-hace unos días? –preguntó Handa, pestañeando varias veces–. Fideo-san, ¡hace casi un año de aquello…!

–Ah, ¿sí? Bueno, para ti, quizás –sonrió Fideo mientras pensaba que "Fideo-san" seguía siendo mejor "Ardena"–. El nieto de Mamoru vino a pedirme ayuda hace alrededor de una semana. Supongo que prefirió venir a buscarme una vez hubiera pulido un poco más mi técnica. –Se encogió de hombros, y su sonrisa se volvió un poco más pícara durante un instante–. Además, mi capitán se vino hace unos meses a Japón y estoy tratando de encontrarle.

–Ya veo…

–Pero no hablemos más de mí –le cortó Fideo antes de que Handa pudiese decir nada más–. Tengo la sensación de que quien necesita hablar eres tú.

–…Supongo que tienes razón… –dijo Handa muy despacio–. No suelo destacar demasiado, así que tampoco tengo muchas oportunidades de, bueno, desahogarme…

–Se te ve en la cara –dijo Fideo con una sonrisa comprensiva–. Todos necesitamos a alguien de confianza que nos escuche, por muy, mmm… –se tomó unos segundos para elegir la siguiente palabra– estúpido que creamos que es lo que tengamos que decir. A veces, lo que queremos decir puede parecerle insignificante al resto del mundo, pero es muy importante para nosotros, y necesitamos a alguien que pueda comprender y apreciar lo que nadie más puede. Es muy difícil encontrar a alguien así, pero será un placer para mí ser ese alguien mientras esté aquí.

A Handa le empezaron a temblar los labios. Los ojos se le pusieron vidriosos, pero denotaban una felicidad inmensa. Fideo le hacía sentirse importante, arropado; una sensación a la que Handa no estaba acostumbrado en absoluto por aquel entonces.

–…C-caray, Fideo-san. Para ser extranjero, te manejas muy bien con nuestro idioma…

–Es que me encanta, ¡ja, ja! Hace años que empezaron los planes para celebrar el FFI, y yo formé parte de la selección previa desde que cumplí los nueve o diez años. Uno de los idiomas oficiales de Liocott es el japonés, así que nos hicieron estudiarlo desde entonces, y yo lo he practicado mucho por mi cuenta. En Orpheus, solíamos hablar en japonés incluso durante los entrenamientos porque sabíamos que lo necesitaríamos muy pronto, y se ve que toda esta práctica me ha venido bastante bien –canturreó Fideo, guiñándole un ojo a Handa. Y si me permite conocer a gente como tú, tanto mejor.

Por primera vez en mucho tiempo, más tiempo del que él mismo era capaz de recordar, sintió que sus sentimientos eran válidos y valiosos, y allí, en medio del aparcamiento del aeropuerto, a la espera de un bus que les llevase de vuelta a Inazuma, Handa rompió a llorar en los brazos de Fideo, desbordado por todo aquello que, hasta entonces, había confinado en su interior.


Handa tenía que enjugarse las lágrimas cada poco y sus palabras resultaban difíciles de entender, pero Fideo escuchaba atentamente, sin juzgar. El autobús iba prácticamente vacío: era raro que viniesen turistas en aquella época del año y, a pesar de que pasaban pocos buses, apenas cuatro o cinco personas se montaban en ellos cada vez. En aquella ocasión, los únicos pasajeros eran Fideo y Handa, quienes iban sentados al fondo.

–¿Has sentido alguna vez que tu cuerpo se hacía pedazos…?

–Creo que no –contestó Fideo. Le tentaba la idea de seguirle el juego a Handa para que no se sintiese solo, pero prefirió ser sincero con él.

–Es… terrible. Fideo-san, yo… jamás me había sentido tan mal. Nunca. Al principio, cuando me dijo que se iba y la vi alejarse, sólo quería morirme. Parecía que todo hubiese acabado para mí y, aun así, en mi cabeza, sólo podía darle las gracias por todos los buenos recuerdos y todo lo que había hecho por mí. Me eché a llorar en cuanto la perdí de vista… Pero, cuando lo comparo con cómo me siento ahora, me doy cuenta de que no noté el golpe hasta mucho después. Cuando por fin llegó ese momento, sentí que me moría de verdad. No eran simples dolores de cabeza o de estómago; iba mucho más allá. Me tiembla el pulso… Coger el vaso a la hora de desayunar me ha resultado imposible: no tenía fuerza para sujetarlo como es debido y he tenido que agarrarlo con las dos manos para que no se me cayese. Manejar los cubiertos o incluso un simple bolígrafo se me hace dificilísimo también… Mi madre estaba tan preocupada que ni siquiera me ha puesto pegas cuando le he dicho que estaba enfermo y que no quería ir a clase hoy. Pero eso no era más que un problema menor. Me… me cuesta respirar. Incluso algo tan sencillo como eso se… para. Tengo que esforzarme mucho para que mi pecho siga moviéndose. Parece como si mis pulmones se llenasen de aire, pero no de oxígeno, y siento constantemente que me ahogo. Ayer, me dio un miedo espantoso irme a la cama, porque sentía que me podría llegar a morir si dejaba de respirar durante la noche… Pero, hoy, solamente quiero dormir, acurrucarme y desconectarme hasta que me sienta mejor, aunque una parte de mí me dice que nunca me recuperaré. Pero, en cuanto cierro los ojos, me pongo a temblar tanto que no soy capaz de quedarme dormido…

»No quiero morirme, sólo quiero… escabullirme. Mi cuerpo flaquea. Soy incapaz de pensar con claridad, porque cualquier cosa me recuerda a ella. Haga lo que haga, mire donde mire, sólo puedo pensar en todo lo que soñé con hacer junto a ella, en las palabras que me dijo, en… esa estúpida promesa de quererla para siempre, porque pensé que, aunque fuese sólo como amigos, podría estar a su lado. Eso me habría bastado para ser feliz… Pero todo eso no parece tener ya ningún sentido. Han sido dos años de sentimientos que, de repente, ya no valen para nada…

»Sigo sin saber cómo se fijó en alguien como yo. Le abrí mi corazón y ella me abrió el suyo, pero, la verdad, siempre he pensado que yo no tengo nada que ofrecer. No soy ni listo, ni guapo, ni tengo ninguna clase de talento, pero ella siempre tenía una palabra amable para mí. Me decía cosas preciosas… –Handa soltó una pequeñísima risa que, por primera vez, no parecía forzada–. Una vez, me dijo que había estado pensando en mí durante la cena. "Pensé, «¡tengo el mejor amigo del mundo!», y luego seguí comiéndome mi ensalada". Me dijo que yo me había convertido en la persona más importante de su vida… Y me decía que me merecía verme como me veía ella. Me repetía a diario que el hecho de que yo no supiese ver mis virtudes no significaba que no estuviesen ahí, y que ella haría todo lo posible por ayudarme a quererme más a mí mismo para que llegase a verlas algún día. Nunca creí merecer ninguna de esas palabras, aunque llegué a creer que, de algún modo, yo hacía su vida un poco mejor. Supongo que todo esto demuestra que no las merecía, al fin y al cabo… Pero ¿cómo voy a merecerme nada suyo? Ella es… increíble. Es preciosa, popular, apasionante y trabaja muchísimo para alcanzar sus sueños, a pesar de todas las trabas con las que se encuentra. Y, ahora, esos mismos sueños son los que me van a apartar de ella…

»Yo… siempre traté de ayudarla, ¿sabes? Me encantaba ver cómo ensayaba: me parecía increíble lo mucho que se esforzaba por mejorar. Creo… que esa es una de las razones por las que me enamoré de ella. La veía delante de mí, actuando, y me hacía sentir un millón de cosas –sonrió–. Durante un tiempo, incluso le di la réplica cuando actuaba, para que no tuviese que hacerlo todo ella sola. El estar en su mundo, aunque fuese de un modo tan superficial, me hacía tan feliz… Pero, hace unas semanas, me pidió que dejase de hacerlo. Tendría que haber sospechado después de eso, pero te juro por la Diosa de la Victoria que no me lo esperaba. La vida por entonces todavía parecía sonreír… Ni siquiera sospeché lo que se cocinaba, pero al fin cayó la bomba y yo no la vi venir. Durante estos días, he pensado constantemente que esa misma Diosa de la Victoria ha dejado de sonreírme por alguna razón, y no paro de preguntarme qué he podido hacer mal para que me toque un destino tan cruel…

»¿Qué he hecho, Fideo-san? ¿Qué he hecho mal para merecerme esto? ¿En qué momento no he sido un buen amigo? ¿Qué es lo que la ha apartado de mí? ¿Por qué cree de repente que yo soy un lastre para alcanzar sus sueños? ¡…Maldita sea, ¿qué hay de mí?! –gritó Handa de repente–. ¿¡Es que mis sentimientos ya no valen nada!? ¿¡Es que no tengo derecho a luchar por lo que quiero!? ¡Yo habría estado con ella! ¡Sé que no la merezco, pero por eso mismo sé que la habría querido más que nadie en el mundo! ¡Ha-habría hecho todo lo posible por hacerla feliz…! ¡Lo habría dado todo; lo habría dejado todo! ¡Me… podría haber convertido en la persona que ella se merece! ¿¡Por qué tiene que hacerme esto!? ¡No es justo, maldita sea! ¡Yo… no soy un juguete! ¡No tiene derecho a tratarme así! ¡No tiene derecho a quitarle el valor a todos mis esfuerzos por hacerla feliz…!

Handa se quedó callado durante unos minutos, resoplando y con la cara totalmente roja. Fideo le rodeó con los brazos y le acercó a él, tratando de confortarle para que no se sintiese solo.

–Pero… –continuó Handa– ni siquiera puedo enfadarme de verdad. Todos estos sentimientos y toda esta rabia… vienen constantemente, pero siempre se van. Yo la quiero… La quiero con toda mi alma, y no creo que la deje de querer jamás. Me enseñó mucho, me ayudó a ser mejor persona y, aunque nunca estuvimos realmente juntos, me ha enseñado también lo que es la vida en pareja. Y su último regalo fue demostrarme lo que el amor significa, y lo muchísimo que duele cuando alguien a quien quieres deja de confiar en ti y te aparta de su lado. –Handa hizo una mueca horrible–. Me ha destrozado el corazón, Fideo-san, una y otra vez. Lo hizo pedazos cuando me apartó de su vida, y lo pulverizó cuando me dijo que no podría cumplir sus sueños a mi lado. Pero no puedo enfadarme. Por mucho que me duela, sigo queriendo que sea feliz… Se me parte el corazón con sólo con pensar que encontrará a alguien mejor en cuanto se marche de aquí, pero… casi ni me importa. Ya estaba destrozado; un martillazo más no cambiará nada.

»Lo que más me duele ahora mismo no es que me reemplace, sino… su reacción. Yo estaba destrozado, y ella parecía tan… tan tranquila… –Handa bajó la mirada y frunció el ceño. Sus palabras empezaron a arrastrarse por su boca, como si no quisiesen salir, y en su lugar las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos con más fuerza que antes–. Ella dijo que me quería, pero no pareció dudar ni arrepentirse cuando me dejó en la estacada. Es como si a ella no le importase en absoluto ni el tener que dejarme ni mis sentimientos. Y, sin embargo, sé que sus palabras eran ciertas… Sé que lo decía en serio cuando me dijo que me quería. Cada vez que rechazaba a un chico y volvía conmigo, yo sentía lo mismo: "nadie podrá sustituirte; nadie podrá ser nunca como tú". No puedo ni quiero creer que todo eso fuese mentira. Entonces, ¿por qué parece tan fría ahora…? ¿Por qué parece que le da igual hacerme daño…? Y, mientras, aquí estoy yo, incapaz de aceptar la situación. Soy tan patético… –Handa soltó una pequeña risita, pero sonó como si le estuviesen clavando una estaca en el estómago–. Nunca me había sentido tan mal. No puedo aceptar el destino. No quiero vivir sin su amor…

El traqueteo del bus acabó mareando a Handa, e incluso empezó a hipar, lo que le impidió seguir hablando. Fideo le pidió que se relajase durante un rato mientras le ofrecía un pañuelo, y en cuanto el autobús llegó a una zona con menos baches, Handa se quedó dormido. Fideo le arropó con su chaqueta y se quedó pensativo, mirándole.

Le daba pena. Aquel pobre chico había sufrido muchísimo y ni siquiera había tenido la oportunidad de sincerarse consigo mismo. Siendo parte del equipo de Mamoru, pensaba Fideo, estaba seguro de que tendría con quien hablar, pero estaba claro que Shinichi no tenía la suficiente confianza en sí mismo como para pensar que su vida y sus penas podrían interesarle a alguien. Era realmente triste.

Pero Fideo no le daba vueltas a eso. Pensaba en la relación entre Shinichi y esa chica, Tsukushi Ootani, y en lo diferentes que eran sus mentalidades. Para Shinichi, aquella había sido una experiencia devastadora. La chica había intentado darle ánimos y hacerle creer en sí mismo; había intentado crear un vínculo con él, y el resultado había sido el opuesto. «Malato d'amore», pensó Fideo con los brazos cruzados, preguntándose cómo se diría eso en japonés. Una de las peores enfermedades que se puedan padecer. Te retuerce el corazón, la mente y la vida misma; distorsiona tu realidad y acabas por no saber siquiera cómo te sientes, lo cual hace que desahogarse se vuelva mucho más difícil si cabe. Enfado, rabia, odio, tristeza, miedo; toda una amalgama de sentimientos, algunos indescriptibles con simples palabras, y todos golpeándote a la vez. La angustia llega incluso a causar problemas de salud, como problemas respiratorios, insomnio o dolores punzantes de estómago. Y lo peor, pensaba Fideo, es que el único remedio se encuentra dentro de uno mismo. Pero, para encontrarlo, hace falta buscarlo, y Shinichi no estaba en condiciones de hallar ninguna clase de respuesta por sí mismo.

La situación de ambos era la misma: la promesa de ser mejor. Y, sin embargo, él…

El autobús paró y sacó a Fideo de sus pensamientos. Habían llegado a su destino. Fideo despertó con cuidado a Handa y ambos se bajaron del bus. Estaban al pie de una ladera, en cuya cima destacaba una enorme torre de metal con una placa en forma de relámpago.

–¿Así que Mamoru suele estar por aquí? –preguntó Fideo mientras cogía su equipaje. Handa, que ya sujetaba su bicicleta de nuevo, asintió.

–Por las mañanas, al menos. Aunque, últimamente, no sé dónde se mete todas las tardes…

–Bueno, puede que sea mejor así. Quisiera hablar contigo un poco más.

–¿Conmigo…? –parpadeó Handa–. ¿De qué? ¿Es que quieres que te cuente cosas sobre el capitán? Somos amigos, pero el que mejor le conoce es Gouenji-kun… Deberías preguntarle a él.

Fideo soltó una pequeña risita.

–No, Shinichi. Tú me has abierto tu corazón, y yo quiero abrirte el mío también. Los sentimientos no se dan; se comparten. Ésa es la única forma de que dos personas se entiendan y creen un vínculo, ¿no te parece?

Handa recordó un antiguo pasaje de su vida: una historia que jamás le había contado a nadie, y la unión casi espiritual que tuvo con una persona que ya nadie recordaba, que nunca estuvo allí. Y no tuvo más remedio que rendirse a la evidencia y asentir.

–…Arriba hay bancos. Y mejores vistas.

–Te sigo –sonrió Fideo.


Fideo y Handa se sentaron en un banco cercano al árbol del que colgaba el mejor amigo de Endou. Los dos chicos observaban la ciudad de Inazuma bañada por los rayos de la tarde, aunque Fideo podía notar que Handa tenía la mirada perdida y que estaba preocupantemente inmóvil. Todavía faltaban varias horas antes de que el Sol se pusiese, pero el cielo ya se tornaba naranja y su brillo se reflejaba en la torre de metal, haciendo relucir más, si cabe, el relámpago que la coronaba. Soplaba una suave brisa de verano que mecía el neumático colgado del árbol y revolvía el aroma de la hierba y los árboles, haciendo que la sensación de estar en plena naturaleza fuese todavía más envolvente. Los pájaros trinaban, tratando de acallar a un hombre que chillaba mientras intentaba pescar un pez en el pequeño lago de la montaña, aunque, más bien, era el pez el que le estaba pescando a él. Todos aquellos pequeños detalles creaban una sensación deliciosa, y Fideo hizo una pequeña mueca de desagrado al pensar que Handa no podía disfrutarla en su estado.

–Eh –dijo Fideo con cariño mientras le daba un codazo en el brazo a Handa para llamar su atención–. ¿Estás bien?

–Ah… S-sí. Bueno, eso creo… –respondió Handa, frotándose el cuello levemente.

–No te sientas mal, Shinichi. ¡Tus sentimientos son perfectamente normales! No te lo he dicho antes, pero muchas gracias por querer compartirlos conmigo a pesar de que apenas nos conozcamos. Significa mucho para mí.

–No, Fideo-san; gracias a ti… Nadie suele escucharme así…

–Estoy seguro de que Mamoru te prestaría la atención que necesitas si se lo pidieses, pero, mientras tanto, aquí me tienes. Y, bueno, yo también quiero compartir algo contigo.

Handa se enderezó en el banco y se quedó mirando fijamente a Fideo.

–Te escucho –asintió con firmeza, provocándole una alegre risotada a Fideo.

–Verás; me he dado cuenta de que me ves como a una especie de hombre infalible con las mujeres, pero nada más lejos de la realidad. La verdad es que nunca he tenido pareja, aunque me alegra mucho ver las que se forman a mi alrededor y he aprendido un par de cosas a base de oír las experiencias de los demás. Una de las cosas más importantes a recordar es que las ragazzas son mucho más que una diana para el amor: pueden ser muchas cosas, y es radicalmente diferente tratar con una novia que con una amiga. Cada ragazza, por sus circunstancias y la relación que mantengas con ella, es única y especial, y no hay consejo que pueda aplicarse a todos los casos. Recuerda que, ante todo, son personas, no máquinas producidas en serie. Dentro de lo complejas y bellas que son, sólo podemos aspirar a tratar de entenderlas, y rezar para que nuestros instintos nos lleven a la solución adecuada para cada problema. Y te aviso: no siempre daremos con esa solución. De hecho, fallaremos la gran mayoría de las veces, y eso nos costará caro.

Fideo reía, pero Handa apartó la mirada. Sabía que las palabras de Fideo eran ciertas, pero no le sentaba bien recordar que el error había sido suyo. Fideo lo notó, y por eso colocó su mano sobre la de su amigo al mismo tiempo que le ofrecía una sonrisa reconfortante.

–Pero en nuestra mano queda el seguir intentándolo hasta conseguirlo, por mucho que el problema sea irreparable.

Handa levantó la cabeza. En parte, por curiosidad; en parte, por respeto a Fideo, y, en parte, porque una pequeña parte de él confiaba en escuchar un modo para arreglar su relación con Ootani.

–La historia que quiero contarte es… –la voz de Fideo se convirtió en un susurro– muy importante para mí. De hecho, nunca se la había contado a nadie, pero creo que tú mereces oírla. Todo empezó poco antes de que el FFI diese comienzo. El Orpheus entrenaba a diario para prepararse para el torneo, y la gente nos aplaudía por la calle. Italia es un país donde el fútbol es importantísimo y eso se nota mucho en el cariño de la gente. Y, entre todas las personas que nos animaban a diario, la más importante para mí era una pequeña ragazza llamada Rushe.

»Conocí a Rushe un día de camino al entrenamiento. Vi a una ragazza a punto de caerse desde un puente y corrí en su ayuda, pero resultó que no estaba en peligro: era ciega, y no se había dado cuenta de que estaba demasiado cerca del borde. Nos paramos a hablar y –tosió– "descubrió" que yo era uno de los candidatos para formar parte del Orpheus. Desde entonces, se convirtió en mi mayor fuente de inspiración: Rushe luchaba contra su invidencia día tras día, sin dejarse amedrentar en absoluto por su discapacidad, y venía a animarme a los entrenamientos pasase lo que pasase. En poco tiempo, acabó adorando el fútbol a pesar de no poder verlo siquiera. Siempre me decía que le hacía muy feliz escuchar los gritos de alegría de las gradas cuando yo marcaba, así que empecé a dedicarle todos mis goles a mi pequeño ángel de la guarda. –Fideo sonrió de un modo tan cálido que hasta Handa se sintió mejor consigo mismo–. Y, claro, no sólo se convirtió en mi fan, sino también en mi amiga.

»Pero pronto empecé a sentirme mal conmigo mismo. Rushe, mi pequeño ángel, además de luchar a diario contra sus propios demonios, me daba todo lo que tenía y muchísimo más, pero yo no podía darle nada a cambio ni hacer nada por ella. Me sentía impotente y frustrado. Rushe no tenía un corazón roto: Rushe era ciega, y ni todo el amor del mundo podría solucionar eso. Me devané los sesos durante semanas, tratando de buscar un modo de serle útil y ayudarla, pero no lo encontré. Me enfrentaba a un problema del que nunca había oído hablar y que no tenía solución. No sabía qué hacer.

»Toda aquella frustración me consumía; supongo que, en ese sentido, sí que puedo llegar a imaginar cómo te sientes, Shinichi. No podía permitirme que me afectase, porque sabía que eso sólo entristecería a Rushe, y me propuse combatir aquellos sentimientos de algún modo. Pero, como tú, me encontraba perdido: no tenía forma de solucionar el problema, y el seguir pensando en ella solamente empeoraba las cosas. Empecé a notar que mi rendimiento bajaba en picado y, por primera vez, me alegré de que Rushe no pudiese verme en aquel estado. Sería descorazonador que se enterase de que todo eso lo había provocado ella.

»Pero, un día, Rushe vino a hablar conmigo después del entrenamiento. Me confesó que le habían hablado de una operación que podría curar su ceguera, pero que estaba muy asustada y que se había negado. Entonces vi claro cuál había sido mi error: intenté buscar una forma de pagar a Rushe por toda aquella pasión y valentía que me había dado, cuando, en realidad, lo que tendría que haber hecho era devolverle lo que ella me daba a mí. Shinichi, a menudo, las ragazzas te ofrecen su corazón no a cambio de que les ayudes o soluciones su vida, sino a cambio de que tú les ofrezcas también el tuyo. Ésa es una lección básica que yo había estado demasiado ciego para ver. De haberlo hecho así desde el principio, puede que Rushe nunca hubiese tenido miedo, y la simple idea me torturaba –suspiró–. Mi pequeño ángel sólo necesitaba que yo actuase hacia ella del mismo modo que ella actuaba hacia mí, y, a pesar de todo lo que sabía, no me di cuenta. Es… lamentable.

»En ese mismo momento, me agaché, le cogí de las manos y le dije que yo también tenía miedo. Se acercaba el momento para el que me había estado preparando durante años, y no podía evitar estar asustado; pero si había llegado hasta ese punto era por los ánimos que ella me había dado desde el día que nos conocimos. Ella sonrió y sus mejillas se pusieron rojas como un tomate –rió Fideo–. Entonces, nos prometimos darnos valor y fuerza mutuamente: si ella se enfrentaba a sus miedos y aceptaba esa operación, yo haría frente a los míos y llevaría al Orpheus hasta la victoria costase lo que costase. Nos hicimos una promesa recíproca para mejorar a la vez, y eso me ayudó a combatir toda aquella frustración y convertirla en la fuerza que necesitaba.

»Deja que te diga algo, aunque estoy seguro de que ya lo sabes. El fútbol es un arte, Shinichi. Los artistas italianos han sabido desde hace siglos que el arte nace de los sentimientos que una persona lleva dentro, sean buenos o malos, y lo mismo pasa con el fútbol. Existe una simbiosis –Fideo se sonrió, muy orgulloso de conocer una palabra como ésa– muy especial entre el ser humano y el arte: el arte se nutre de los sentimientos y ayuda al artista a hacerles frente. El dolor de hoy puede convertirse en el éxito de mañana. No hay sentimiento que no puedas dominar, y la suma de todos ellos sacará a la luz el fútbol que escondes. El fútbol que necesitas. …Pero eso, por desgracia, también quiere decir que tu fútbol no podrá crecer mientras tú no seas capaz de dominar lo que sientes. De nada sirve usar las mejores pinturas si el pincel está roto.

»Nuestros sentimientos son diferentes, Shinichi. Mi promesa de mejorar fue recíproca; la tuya, me temo, es unidireccional. Yo luchaba por amistad, y tú, por amor. Pero los hechos no cambian: tu fuerza surge de tus sentimientos y de que puedas controlarlos y canalizarlos de la manera correcta.

Fideo se levantó y se alejó del banco hasta llegar al pequeño descampado al pie de la torre.

–Levanta. Quiero enseñarte una cosa.

Handa, sin comprender en absoluto qué es lo que su conciencia pretendía, cumplió sus órdenes y se acercó a él. Fideo le preguntó si había alguna manera de conseguir un balón, y Handa sacó uno de entre unos arbustos, teniendo que explicarle también a Fideo, varias veces, por qué su capitán escondía balones por toda la ciudad.

–…Interesante –fue lo único que Fideo consiguió articular antes de decidir que era un tema a descartar inmediatamente–. Dime, Shinichi –soltó la pelota y comenzó a darle toques con los pies–: si tu ragazza volviese ahora, después del modo en el que te ha roto el corazón, ¿la perdonarías?

–Sí –asintió Handa inmediatamente y con decisión. Fideo le ofreció una sonrisa de aprobación.

–Y si no solo volviese, sino que te dijese que quiere estar contigo… ¿saldrías con ella?

Esta vez, Handa se quedó callado durante unos segundos, con el cuerpo absolutamente inmóvil. Fideo dejó de dar toques y le lanzó la pelota con una potente patada. Handa reaccionó mucho más rápido de lo normal y salió de su pequeño trance controlando la pelota con el pecho.

–¡Responde rápido! –le instó Fideo con un ceño fruncido–. No tienes que pensarte las respuestas; sólo di lo que sientes.

–…No lo sé. Lo que siento por ella sigue intacto, pero yo no lo estoy… –Soltó un suave suspiro y se masticó las mejillas inconscientemente. Nunca había tenido esa clase de manías, pero tampoco podía decirse que él fuese el de siempre en aquel momento. Para forzarse a sí mismo a reaccionar, le devolvió el balón a Fideo–. Aunque estoy seguro de que jamás podría renunciar a ella como amiga, no acabo de encontrar una respuesta a qué siento realmente…

Fideo hizo una rápida mueca que Handa no llegó a ver.

–Yo te guiaré.

–¿E-eh…?

Fideo cogió el balón con las manos.

–Quiero que te quede clara una cosa –dijo, con una voz mucho más seria que de costumbre, pero sin poder evitar sus frecuentes fallos a la hora de pronunciar–: no puedo hacer nada por ti. El amor, sea cual sea su forma, consiste en caminar constantemente por el borde de un agujero, rezando para que la persona a la que quieres no te tire dentro de una patada. Pero tú te has caído, y nadie en el mundo salvo tú mismo puede sacarte de ahí. Tardarás en levantarte siquiera del suelo, y cuando empieces a trepar para salir de ahí, cualquier pequeño contacto, cualquiera, bastará para que vuelvas a caer hasta el fondo, y todos tus esfuerzos hasta ese momento no habrán servido para nada. Incluso cuando salgas, te costará volver a tu vida normal: la persona que antes caminaba a tu lado ya no estará y eso no es fácil de asumir. Y mientras todo eso dure, serás un completo inútil, Shinichi.

»Ahora mismo, estás en guerra contra el mayor enemigo que encontrarás jamás: el enemigo interior. Es una guerra en la que siempre, siempre estarás solo en el campo de batalla. Y yo no puedo hacer nada por ti. Ni yo ni nadie podrá aliviar jamás tu dolor ni mejorar tu situación de ningún modo. –Fideo dejó de fruncir el ceño y dejó ver una media sonrisa–. Pero los que te quieren, los que te queremos, podemos darte, mmm… apoyo logístico.

Handa se puso tenso; apretó los puños y siguió masticándose las mejillas hasta que empezó a notar un sabor extraño en la boca. No comprendía nada. Fideo estaba hablando de un modo confuso y ya no sabía qué pensar. ¿Por qué había dicho que le guiaría y que le apoyaría si no podía hacer nada por él? Sabía que pretendía ayudarle, pero le estaba poniendo furioso. Dejó de mirarle. Le era muy difícil controlar sus emociones, y todavía más entenderlas. Sólo sabía que las palabras de Fideo, en las que antes se había refugiado por parecer la sensata voz de su subconsciente, se habían vuelto tan confusas e hirientes como las que oía en su cabeza. El cuerpo le pesaba, la cabeza le pesaba; pero, sobre todo, le pesaba el vacío de la ausencia de Ootani.

–…Has dicho que los que me quieren me apoyarán –dijo Handa muy despacio y con una voz mucho más grave de lo habitual–. Entonces, ¿por qué me apoyas tú?

–¿Qué quieres decir?

–Según tú, nos conocemos desde hace una semana. Ésta es sólo la segunda vez que nos vemos, y la primera vez ni siquiera me hiciste caso. ¿Qué interés podrías tener tú en ayudarme a mí…? –Handa dejó ver parte de su frustración con una mueca de resentimiento–. ¿Quién me dice que pueda fiarme ni de ti ni de nadie si la persona que más me quería me ha hecho tanto daño…?

Fideo miró alrededor para evitar la mirada de Handa y se pasó la lengua por los dientes. Al cabo, clavó los ojos en los de su amigo japonés y exhaló el aire que había estado aguantando.

–Tú has sido sincero conmigo, y creo que no mereces menos de mí. Shinichi, puede que esto te suene estúpido, pero… –hizo una pequeña pausa, como quien duda durante un segundo antes de lanzarse a la piscina– te miro y me veo a mí. Mientras me contabas todo lo que sentías, a pesar de que nuestras situaciones sean tan diferentes, era como si quien estuviese hablando fuese una voz en mi cabeza, porque así era exactamente como me sentía yo con Rushe. Y, a la vez, lo que mi propia cabeza me decía era "ése fuiste tú; ése podrías seguir siendo tú". –Suspiró–. Yo nunca pude contarle nada de eso a nadie, porque creía que no lo entenderían o que no me harían caso; por eso considero tan importante tener a alguien que escuche incondicionalmente. Pero tan importante y valioso como alguien que escuche es alguien que comprenda. Hasta hoy, sentía que esa parte de mí era invisible y que nadie podría entenderla nunca, pero tú has sido capaz de cambiar eso. Puede que no nos conozcamos desde hace mucho, pero te siento muy cerca de mí: piensas como yo e incluso hablas como yo. Ya no me siento tan solo en la inmensidad de mi soledad. Eres como mi… conciencia.

A Handa le dio un vuelco el corazón. No podía creerlo, pero estaba seguro de haber oído bien. Fideo había dicho claramente que le veía como a su conciencia. Exactamente el mismo pensamiento que había tenido él apenas unas horas antes, cuando Fideo le había reconfortado con sus palabras. Pero ¿cómo podía alguien de la talla del Meteoro Blanco de Italia tenerle a él en tan alta consideración? Él no era nada. Fideo le había ayudado a él, pero él no había hecho nada por devolverle el favor. Se había limitado a llorar y a reabrir viejas heridas en la única persona que se había interesado por él. Y, a pesar de su egoísmo, Fideo le apreciaba más que nunca.

Algo en él le decía que la respuesta a sus dudas ya se la había dado Fideo, pero su lógica se negaba a aceptarlo. Por eso, quiso forzar su egoísmo aún más.

–Pero tú mismo has dicho antes que estoy solo en esta guerra… Entonces, ¿qué puedes hacer tú por mí…?

–Cederte mi espada.

Fideo soltó el balón y dejó que botase a sus pies. Handa, sin saber exactamente por qué, dio un paso atrás.

–Shinichi –dijo Fideo con voz grave y una pequeña sonrisa en sus labios–, yo no podría haber ganado mi guerra solo. Necesitaba un arma con la que librar aquella batalla, y ese arma fue forjada a partir de los sentimientos que una vez me consumieron, al igual que a ti, y a partir de la promesa que nos hicimos Rushe y yo.

El viento se levantó, y el suelo bajo los pies de Fideo comenzó a refulgir con un intenso color verde. La luz se reflejaba en la cara y en el pelo ondeante del Meteoro Blanco, y hacía brillar el poder que tan bien se escondía dentro de él, del mismo modo que la luz del Sol hace brillar la Luna.

–Necesitaba una luz que me ayudase a salir del agujero en el que había caído. Necesitaba una luz pura que iluminase mi camino a través de las sombras de la impotencia y me guiase para poder cumplir mi promesa.

De repente, el resplandor se expandió, creando varios círculos perfectos alrededor de Fideo. Entre círculo y círculo, destacaban unas extrañas inscripciones que brillaban con luz dorada y que Handa no era capaz de descifrar.

–Pero no bastaba con salir del agujero –prosiguió Fideo–. Mi arma debía serme útil también en la guerra que me esperaba después. Necesitaba una espada poderosa e infalible para abrirme paso a través de mis enemigos y llegar a la victoria, costase lo que costase. Necesitaba una espada que me diese valor y confianza para afrontar cualquier reto. Necesitaba una espada que, con su luz, pudiese iluminar la vista de Rushe.

El balón a los pies de Fideo comenzó a acumular energía a gran velocidad. Ondas del mismo color dorado que las runas inscritas dentro de los círculos se agolpaban dentro de la pelota, haciéndola brillar y flotar en el aire a baja altura.

–Shinichi, ¿hay algo en este parque a lo que no le tengas un… especial cariño? –preguntó Fideo con una sonrisa pícara.

–U-uh… –Handa, que se había quedado mudo ante la demostración de poder de Fideo, tardó unos cuantos segundos en reaccionar y otros tantos en pensar en una respuesta–. B-bueno, una vez me choqué contra ese árbol de allí cuando unos matones se metían conmigo –dijo mientras se giraba y señalaba un árbol del bosque que había a la entrada del parque–. No era culpa del árbol, pero supongo que…

–…Shin.

–…desde entonces le…

–¡Odin…!

–…tengo algo…

–¡SWOOORD!

Handa vio pasar a su lado una enorme espada dorada en cuya punta se hallaba el balón. Se movía a una velocidad endiablada y, a medida que cortaba el aire, dejaba un rastro de círculos y runas como los que habían aparecido a los pies de Fideo, que se extendían hasta el infinito y allí se perdían. Haciendo gala tanto de una potencia monstruosa como de una precisión milimétrica, el disparo se dirigió directamente hacia el árbol que Handa estaba señalando y lo partió limpiamente, sin perder un ápice de fuerza ni rozar siquiera ninguno de los demás árboles del bosque. El balón acabó estrellándose contra la montaña y quedó empotrado en el agujero que el propio impacto había producido.

–…de… t-tirria.

A Handa le flaquearon las piernas y cayó al suelo de culo. Se quedó mirando a Fideo con la boca abierta, quien le ofreció una sonrisa cortés y se fue andando con calma hasta el bosque para recoger el balón. Cuando volvió, Handa seguía en el suelo, así que le ofreció la mano y le ayudó a levantarse.

–¿Te ha gustado? –preguntó Fideo, volviendo a su cálida voz normal.

Handa sacudió la cabeza de arriba abajo con fuerza. Fideo se quedó mirando al balón con una sonrisa en los labios.

–Esta técnica nació de los mismos sentimientos que tú estás sufriendo ahora mismo, y me ayudó a cumplir la promesa que me hice a mí mismo. –Fideo extendió los brazos y le ofreció a Handa el balón–. Mientras esté en Japón, me gustaría enseñártela a ti.

Handa volvió a caerse al suelo de culo.


El Sol estaba ya muy bajo y los dos chicos habían vuelto al mismo banco en el que se habían sentado horas atrás, donde todavía estaban el equipaje de Fideo y la bicicleta de Handa. Fideo era consciente de que Handa no estaba en condiciones ni físicas ni anímicas de entrenar en aquel momento, así que decidió no forzarle a empezar inmediatamente. En su lugar, optó por relajarse junto a él y disfrutar de su tiempo juntos.

–…Odio al otro delantero de tu equipo –dijo Handa de repente con una voz muy seria.

–¿¡Q-qué!? –chilló Fideo. Aquella era la primera vez que Handa le veía perder los estribos de aquella manera–. ¿A-a qué viene eso? ¿Por qué…?

–Ese desgraciado… –Handa se agarró la pernera del pantalón y la estrujó con fuerza, imaginándose que era el cuello de Raffaele Generani–. N-no sé cómo lo hizo, pero… ¡m-me robó mi hissatsu…!

–Tu… ¿hissatsu? –Fideo ladeó la cabeza; no entendía nada. ¿Era así como le había hecho sentirse a Handa antes?

–Mi Freeze Shot… –gruñó el centrocampista del Raimon–. No sé de dónde lo sacó, ¡pero ese hissatsu era mío…! ¡Lo desarrollé aquí mismo, en este parque, con el capitán, y ahora nadie me cree…! ¡Todo el mundo piensa que se lo he copiado a ese maldito ladrón, pero es él quien me lo robó a mí!

–¿…De verdad?

–…Bah –resopló Handa, apartando la mirada con desdén–. No sé por qué me extraño de que no me creas. Conoces a ese tío desde hace mucho tiempo y a mí desde hace tan solo unas horas… En fin, piensa lo que quieras. Yo sé lo que es verdad.

–N-no, Shinichi, no es que no te crea, es que… vaya. Así que eras tú…

–¿Eh…? –Handa volvió la cabeza lentamente hacia Fideo, y se encontró con que el Meteoro Blanco tenía los ojos clavados en él.

–Yo ya sabía que el Freeze Shot no es un tiro creado por Raffaele. Lo que no sabía es que fuese… tuyo… –Fideo entornó los ojos–. Verás, Raffaele es un grandísimo admirador de nuestro capitán, y nuestro capitán es un gran amante del fútbol japonés. Cuando estábamos concentrados, Raffaele hacía todo lo posible por estar con nuestro capitán, y acabó aficionándose al fútbol japonés a base de verlo con él. Un día, nos contó a todos que había visto un disparo increíble en un partido japonés, y estuvo semanas enteras entrenando hasta dominarlo. No tienes ni idea de la cantidad de horas que se pasó encerrado en su habitación, viendo el vídeo una y otra vez… Pero nunca dejó que nadie más lo viera. Era como su tesoro: lo único que sabíamos de aquel hissatsu era lo que él quería contarnos, pero sólo hablaba de la extraordinaria técnica y control del jugador que la usaba. Y cuando por fin lo dominó, se convirtió rápidamente en su técnica estrella. Todos los goles que marcó en el FFI fueron gracias a ese disparo. Incluso a Gigi le costaba horrores pararlo… Era un hissatsu espectacular de verdad, que destacaba más por el sublime efecto que imprimía en la pelota y por lo difícil que era controlarlo que por su fuerza bruta. Lo normal es que los hissatsus de tiro traten de derribar al portero, pero ese tiro rompía todos nuestros esquemas. Y pensar que el autor eras tú desde el principio…

Handa se puso rojo como un tomate a medida que Fideo hablaba. Para cuando terminó, parecía que sus mofletes fuesen a estallar.

–Y-y –titubeó haciendo pucheros–, si me admiraba tanto, ¿por qué nunca se molestó en decir de quién era el hissatsu…?

–¡Lo intentó! Buscó a aquel jugador durante mucho tiempo, pero no pudo encontrar a nadie con ese nombre. Según él y el capitán, el comentarista llamaba al jugador… –Fideo se quedó callado durante varios segundos, como si acabase de darse cuenta de algo estúpidamente obvio–Honda.

–…KAKUMA–siseó Handa con una voz tenebrosa y lúgubre que Fideo jamás había escuchado de sí mismo–. Ese maldito bastardo y su incapacidad para aprenderse los nombres en condiciones… El día que le pille, le voy a…

El pantalón de Handa empezaba a ceder y desgarrarse bajo la presión de su mano. Fideo le dio una palmadita en el hombro a Handa.

–Raffaele te admira muchísimo. Él nunca quiso robarte nada: sólo quería enseñarle al mundo lo que su jugador favorito podía hacer, y enseñarte lo que él había conseguido a base de entrenar para parecerse a ti. Soñaba con encontrarse contigo en el torneo y no paró de hablar de ti en cuanto supimos que jugaríamos contra Japón, pero no estabas en el equipo. Se llevó una desilusión tremenda. Por eso marcó con tu hissatsu: era una manera de llamarte a ti al campo, de decir "¡sólo podréis ganarnos si juega él!". Nunca pensó que el efecto sería el contrario…

Handa soltó la pernera del pantalón despacio y trató de calmarse.

–Eso me hace sentir mejor… pero es raro. Nadie suele pensar cosas tan buenas de mí, y la única persona que me consideraba importante ahora está… –Handa se mordió los labios para evitar seguir haciéndose daño–. Muchas gracias por ser tan bueno conmigo, Fideo-san. Sé que soy difícil de halagar…

–Shinichi… –Fideo colocó las manos sobre el banco y se quedó mirándole fijamente con expresión seria–. No eres difícil de halagar. Lo que pasa es que nadie se molesta en hacerlo porque son egoístas contigo cuando les ayudas y no te devuelven el favor. Te mereces mucho más de lo que normalmente recibes, de verdad. Eres muy analítico y culto en lo que respecta a contar historias y a la propia gente, y sabes qué decirle a cualquier persona sin importar con cuánta gente hables en un día, y eso es algo que me parece increíble, porque yo soy incapaz de seguirle la pista a nada. Tu motivación, a veces, es algo que habla por sí mismo, y lo expresas de una manera que nadie más que yo conozca podría hacerlo. Siempre estás ahí para todo el mundo, y creo que eso es muy amable de tu parte. Eres como una de esas personas a las que imaginaría haciendo una buena obra al otro lado de la calle y me sentiría mejor conmigo mismo sólo con mirarte, y ni siquiera tendrías que hablar conmigo. Pero es un pensamiento un poco triste. Deberías pensar también en ti mismo; y ya sé que debería seguir mi propio consejo, pero sólo porque yo no lo haga no quiere decir que tú no debas hacerlo. Eres una persona genial con mucha imaginación y me alegra estar contigo. Así que no digas que no tengo nada que decir sobre ti, porque lo tengo.

–…Eso se parece mucho a las cosas que ella solía decirme.

–Eso significa que te las decía de corazón.

Fideo sonrió. Handa le devolvió la sonrisa y se quedó mirando al horizonte.

–…Hay una cosa que no consigo dejar de preguntarme –dijo–. Fideo-san… ¿por qué me tratas tan bien? Tú no has hecho más que ayudarme desde que has llegado, pero yo no he hecho nada por ti, y tampoco sabías nada de mi situación cuando te ofreciste a ayudarme…

Fideo se golpeó la barbilla con el dedo índice un par de veces, se encogió de hombros y sonrió abiertamente.

–Bueno, ¿y por qué no? Si todo el mundo tuviese que esperar a que los demás hagan algo bueno por ellos antes de devolver el favor, nadie haría nunca nada, ¿no te parece? Creo que es mejor hacer el bien y no mirar a quién. Además, tú me has devuelto el favor con creces: me has escuchado, y eso era todo lo que yo necesitaba. –Fideo rió–. ¡Puede que esa lógica no funcione solamente con las ragazzas, después de todo!

–Eres… una auténtica inspiración –suspiró Handa, manteniendo una pequeña mueca en los labios que pretendía ser una sonrisa.

–Tú también lo eres, Shinichi. Lo que has hecho hoy, la manera en la que lo has soltado todo, requiere muchísimo valor. Estoy seguro de que ha sido muy duro para ti, pero te has enfrentado a todo de cara y estoy orgulloso de ti. No es fácil sobrellevar unos sentimientos así.

–Tú lo hiciste…

–No –dijo Fideo tajante mientras sacudía la cabeza–. Ya te he dicho que nuestras situaciones son muy diferentes. Yo mejoraba con Rushe; tú, sin embargo, mejoras a pesar de esa ragazza. Es una diferencia fundamental que hace que tu camino sea mucho más difícil de recorrer.

–Al menos, puede que consiga la Odin Sword para guiarme… –sonrió Handa, tratando de animarse a sí mismo.

–La conseguirás –dijo Fideo con una sonrisa alentadora, la cual desapareció en un instante–, pero eso no basta.

Handa parpadeó.

–¿Q-qué quieres decir…?

–Piénsalo. La Odin Sword fue mi manera de hacer frente a mi situación. La tuya es diferente, e incluso más complicada, diría yo, así que la Odin Sword no será suficiente para ti. Si te la voy a dar es solamente para que partas de una base y aprendas a controlarte, pero tu objetivo debe ser siempre dominar tus propios sentimientos y crear algo totalmente único a partir de ellos. Hasta que no lo consigas, no… no creo que puedas superarlo.

Los ánimos de Handa cayeron por los suelos y se lamentó de su situación una vez más.

–Ojalá no tuviese nada que superar…

Fideo le pasó un brazo por los hombros a Shinichi y le apretó contra su cuerpo una vez más.

–Shinichi, lo que te ha ocurrido es estupendo. ¡Has pasado de estar en el banquillo a jugar en el partido! Cuando menos lo esperes, comprenderás que una persona te amó, y eso quiere decir que otra podrá amarte de nuevo. Entonces vas a sonreír.

–Hay demasiadas cosas que aún no alcanzo a comprender, Fideo-san…

–¿Como qué?

–Yo pensé… –dijo, arrastrando las palabras– que tendríamos un final feliz. Pensé que estaríamos juntos toda la eternidad… Yo le había prometido quererla… –Handa apretó los puños y miró a Fideo con seriedad–. Seguro que hay una salida para cerrar las heridas y estar unidos por siempre jamás… o algo así.

–No –espetó Fideo sacudiendo la cabeza–. No la hay. Nunca la hay. Si el amor se acaba, se acabó y ya está, y si las heridas han de cerrar, cerrarán solas. No puedes perder el tiempo tratando de arreglar un amor idealizado. Dicen que ese amor alivia tu soledad, pero quien así te hable no te dice toda la verdad. Ese amor es pura propaganda y publicidad, y de las cosas buenas que dicen que tiene, no puedes creerte ni la mitad. Recuerda que esa ragazza te ha hecho daño, Shinichi; por mucho que la quieras, no te infravalores poniéndola por delante de tu propio bienestar. eres la persona más importante.

Handa bajó la cabeza.

–¿Y cómo puede dolerme tanto el haberla perdido si sé que me ha hecho daño…?

–Porque el amor, cuando es fuerte, no toma nota de los errores. Es fácil perdonar los ajenos y muy difícil perdonarse a uno mismo. Hoy te pone a prueba el destino; el camino parece largo, pero, un día, ese mismo amor te reconfortará.

–No lo sé… Me… me siento perdido sin ella… –Handa se inclinó hacia delante y se llevó las manos a la cabeza–. Después de todas las cosas que compartimos, todo lo que me dijo y todo lo que hizo por mí, ella era como… como…

–¿Tu brújula? –sugirió Fideo con una floritura.

–…No. Como mi norte magnético. Sé que suena cursi, pero ella no me dirigía, sino que era mi… destino. Lo que hacía, lo hacía por ella, pero, ahora, todo lo que vino se ha ido y no sé qué hacer. No entiendo qué me pasa ni por qué.

–Está bien, Shinichi. Tan solo recuerda que tu amor es el sentido de esta sinrazón, y que lo que sientes es perfectamente normal. Llevará un tiempo, pero alguna vez encontrarás tus respuestas, sean las de esa ragazza o aquéllas a las que llegues tú.

–Ya sé todo eso de que "en el desierto, al final lloverá", pero… ¿crees que alguna vez dejará de dolerme…?

–Mmm… Hay quien te dirá que no, pero yo no lo veo así. –Fideo le hizo un gesto con el pulgar–. Todo depende de tu mentalidad. El amor es ciego, y, como viene, va. Aunque hoy se haya ido, mañana volverá, y todo cambiará de color. Por más que digan por ahí, no hemos venido a padecer a este mundo, y acabarás por sentirte mejor.

Fideo sostuvo la cara de Handa entre sus manos. No era una actitud habitual en Japón, pero Handa no tenía la fuerza para cuestionarse nada en aquel momento.

–Algún día encontrarás a una ragazza que te hará el Shinichi más feliz del mundo. Te lo prometo.

–Yo ya la había encontrado, Fideo-san. Yo… fui feliz cuando me quería.


Fideo y Handa bajaron de la montaña y se dirigieron hacia el barrio de tiendas.

–¿Dónde vas a quedarte…? –inquirió Handa–. Mi casa no es muy grande, pero si se lo pido a mi madre…

–No te preocupes –contestó Fideo con una sonrisa–. Soy un invitado del instituto y me dejan dormir allí. Aunque te agradecería que me guiases, ¡ja, ja, ja!

–Claro; es lo menos que puedo hacer –sonrió Handa ampliamente, por primera vez en mucho tiempo–. Sólo tienes que seguir esta calle y llegarás al instituto. No está lejos.

Fideo se acercó un poco más a Handa y le dio un suave golpecito en el brazo.

–Dime, Shinichi, ¿cómo te sientes?

–Un poco mejor… –dijo, rascándose la cabeza–. Aunque, como tú decías, creo que no hay mucho que tú puedas hacer por mí… Ya empiezo a pillarlo.

–Alguien más inteligente que yo dijo que nunca ha convertido en rubíes a las gotas de sangre ningún orador. ¿Entiendes lo que significa?

Handa remoloneó sutilmente.

–Significa que las palabras ajenas nunca podrán solucionar tus problemas –dijo Fideo con una risita–. El único que puede curar tus heridas eres tú, por mucho que me duela no poder ayudarte… ¡Oh! –añadió Fideo–, pero no te olvides de comer muchas naranjas y chocolate negro. La vitamina C y los antioxidantes son un remedio natural para sentirse mejor. Mens sana in corpore sano.

–…Ya sabes que yo no hablo italiano, ¿verdad?

–Eso era latín.

–…Ah. Ya. –Tosió–. De todos modos, me temo que lo que voy a necesitar es llorar durante unos cuantos días… –rió Handa, aunque su risa acabó convirtiéndose en un pesado suspiro.

–Eso está bien; ¡llorar es sano! Y estoy seguro de que te ayudará a calmarte y a comprenderlo todo. Te sentirás mucho mejor cuando hayas aflojado el nudo del dolor, ya lo verás. Y, cuando te canses de llorar, o simplemente cuando ya no te queden lágrimas, si me lo quieres contar, te estaré esperando. No olvides que no estás solo.

–Eres un gran amigo, Fideo-san… Me alegro mucho de que me encontrases.

–Creo que no te encontré yo –sonrió Fideo–. ¿Crees en las fuerzas superiores? Yo diría que nos empujó la soledad. Imagínatelo: ¡dos almas descarnadas en la gran ciudad buscándose la una a la otra! –rió–. Tal vez fue por casualidad, aunque parecía que estuviésemos predestinados, ¿verdad?

–Es una bonita manera de decirlo… –sonrió Handa–. Ya te lo he dicho antes, pero hablas muy bien…

–Sólo porque compartimos voz, Shinichi.

Fideo extendió la mano y se la ofreció a Handa, quien, a pesar de su depresión, se dispuso a ofrecerle su mejor apretón a su nuevo amigo. Era lo menos que podía hacer.

In bocca al lupo, Shinichi.

Handa no lo entendió, pero conocía la voz de Fideo lo suficientemente bien como para saber qué era lo que trataba de decirle.

–Gracias, Fideo-san.

Las dos mitades de una misma conciencia tomaron caminos diferentes. No hacía falta decir nada; el silencio era elocuente, y se mantenía la reverberación de sus voces. Ambos se sentían menos solos en el mundo, y una despedida, aunque fuese temporal, habría sido demasiado dolorosa para ambos. Prefirieron llevarse aquel vínculo a sus casas intacto, como si ambos siguiesen constantemente el uno al lado del otro. Como si ese adiós nunca hubiera existido.

Handa miró a la chaqueta de Fideo, que seguía llevando enrollada a la cintura. Y, entonces, sonrió.


–Durante el tiempo que estuvo conmigo, Fideo-san se esforzó mucho en enseñarme su Odin Sword, y, al final, la dominé. Él me dijo con estas mismas palabras que, ahora, es tan mía como suya, y siempre hago todo lo posible por hacer honor a lo que me enseñó. Pero él tenía razón: eso no basta. Tu adiós no me sirvió de nada, y tuve que crecer a pesar de ello. La raíz de todo lo que había conseguido estaba en el hecho de que estaba transformando mi tristeza en algo nuevo, y, por eso, pensaba que volver a verte podría arruinarlo. Eso fue algo que olvidé en cuanto te volví a ver, pero soñé con el tiempo que pasé aprendiendo la Odin Sword y todos esos recuerdos volvieron de golpe. Por eso no quise que estuvieses conmigo. Me hiciste mucho daño, pero Fideo-san estuvo a mi lado y descubrí que, con un poco de fútbol, las heridas de mi corazón, ésas que me hiciste al dejarme, se acabarían curando. Pero ese día todavía no ha llegado, y tengo miedo de que, si vuelves ahora, también vuelva la oscuridad que me impedía hasta respirar. Aquella noche, algo dentro de mí… rugió, y no quería que te convirtieses en otro obstáculo más.

»…Todavía me duele pensar en ti. Te imagino con otro, allí, en América, y siento que el mundo se desintegra. Mi alma se funde y vuelvo a caerme al hoyo del que hablaba Fideo-san. Él me dijo que, a veces, tienes que despedirme de algunas personas para dejar que gente mejor entre en tu vida, pero, por más que lo intento, no puedo sacarte de mi cabeza… Ya no estoy enamorado de ti, pero sigo pensando en ti a diario. Eras una parte importantísima de mi vida y soñaba con pasar el resto de mis días contigo, y eso no desaparece así, sin más… Llegó el momento en el que ya no quise arreglar las cosas, y hasta acabé enamorándome de otra persona que, como Fideo-san decía, me ha hecho feliz, pero… seguía queriendo recuperarte. Me enseñaste tantas cosas y eras tan especial para mí… –Handa tuvo que enjugarse las lágrimas que, desde hacía ya tiempo, le impedían ver nada–. No quería perderte, y nunca llegué a perder la… la ilusión de que, algún día, volverías y me lo contarías todo: por qué me dejaste tan de repente, por qué tuviste que romperme el corazón justo antes de marcharte, por qué fuiste tan… tan cruel… –Sacudió la cabeza con fuerza–.Llegué a estar muy, muy enfadado por todo lo que me hiciste, pero nunca duraba. Siempre acababa pensando que una sola palabra tuya bastaría para que te lo perdonase todo, pasase lo que pasase, pero esa palabra nunca llegó. Durante todo este tiempo, nunca he dejado de pensar que alguna vez tendrás que contarle a alguien tu secreto, y que yo estaría todavía aquí, esperándote, igual que siempre. Puede que ya no sea del mismo modo, pero… te sigo queriendo, Tsukushi-chan, y siempre quise contarte cómo me había sentido, cómo había reaccionado mi cuerpo. No para hacerte sentir mal, sino, simplemente, porque… pensé que merecías oírlo. Supongo que ahora ya lo sabes…

Handa miró a Ootani por primera vez en mucho tiempo, sólo para encontrar que estaba profundamente dormida con una expresión plácida en el rostro. Debía llevar así muchísimo tiempo, lo suficiente como para no haber oído nada preocupante, pero Handa estaba tan enfrascado en sus pensamientos que ni siquiera lo había notado. La pobre, pensó, debía estar agotada: se había tenido que despertar muy pronto para poder despertarle a él, y le pareció que también se había acostado muy tarde. Él había seguido hablando y hablando, dejando que todo aquello que le consumía saliese fuera, pero nadie le había escuchado. El vacío al que tanto había mirado había vuelto para convertirse, además, en el único blanco de sus palabras.

Pero Handa se alegró. Había podido desahogarse y había evitado que Ootani escuchase algo que, quizás, no estaba preparado para contar, ni ella para oír. Ambos debían sincerarse, y sería mejor que lo hiciesen a la vez.

El coche frenó de repente, tan violentamente como había arrancado. Kira se bajó y les abrió la puerta a los chicos.

–Ya hemos llegado.

Antes de despertar a Ootani, Handa dirigió la mirada hacia el edificio junto al que habían aparcado. Era un instituto inmenso y muy ostentoso, pintado y adornado, mayormente, en tonos rojizos. Y en la entrada, esperándoles, estaban dos hombres y dos chicos de la misma edad que Handa. De todos ellos, el único al que no conocía –un hombre de piel tostada, pelo violeta y con barba mal afeitada– se le acercó, le ofreció la mano y le sonrió.

–Bienvenido al Kidokawa Seishuu, Handa-kun.


Y hasta aquí llego. Antes de despedirme, me gustaría pediros perdón. He tardado más de un año en publicar nada nuevo y, cuando por fin lo hago, no es más que un capítulo escrito para desahogarme yo. Tengo la impresión de que el resultado es algo confuso, pero creo que eso refleja bien cómo me sentía yo hace unos meses. Aun así, como ya os decía antes, este capítulo tiene muchas papeletas para ser editado en el futuro, aunque os avisaré si merece la pena volver a leerlo.

Muchas gracias, como siempre, por leer lo que tengo que escribir. Me gustaría poder acabar pronto con esta manía de escribir cosas que me duelen, ja, ja. Pero, a pesar de eso, espero que lo hayáis disfrutado; yo, desde luego, me siento mucho mejor ahora. Nos vemos pronto, espero. uvu