Capítulo 9: Privación

Hacía demasiado frío, uno que podía asegurar que nunca antes había sentido. Aquel frío era tan intenso, que podía sentir que hacía doler mis huesos y mi rostro arder. No era un frío que proviniese del viento habitual en Londres, ni siquiera había viento alguno, y aquello lo sabía porque podía mantener perfectamente abiertos mis ojos, mirando en aquella dirección frente a mí, en aquel callejón que me resultaba tan familiar. Parpadeé un par de veces, buscando con la mirada a quien se encontrase conmigo en aquel lugar que perfectamente podría estar abandonado. Un ruido insoportable sonaba a mis espaldas, pero yo intentaba ignorarlo todo lo posible hasta que, tomándome por sorpresa, logré visualizar al final de aquel callejón a John.

Instintivamente, deseando poder estar cerca de él y preguntarle lo que ocurría, di un paso al frente, pero me vi bruscamente detenido por algo que me sujetaba por los tobillos. Bajé la mirada, sintiendo un horrible temor mientras escuchaba de fondo un insistente gotear. Una espesa neblina parecía recubrir mis pies, pero aquella misma poco a poco comenzó a desaparecer, permitiéndome ver que mis pies, limitados en sus movimientos, estaban sujetos por un par de grilletes plateados. Intenté avanzar de nuevo, pero solo conseguí estar a punto de tropezar, acción que instintivamente me hizo posar mis manos en mi vientre. Aquello, lejos de causarme un alivio al poder proteger a mi bebé del daño, me hizo sentir un temor inmenso. Donde antes podía ver y sentir mi vientre sobresaliente, no había nada más que mi estómago completamente plano.

Moví mis labios, teniendo intención de preguntar qué era lo que ocurría, pero solo podía sentir el movimiento, sin ninguna palabra que sonase fuera de mis labios. Guie mi mirada nuevamente hacia aquel callejón, observando que John seguía en el mismo lugar mirándome, pero sin decir nada, sin acercarse. El sonido goteante a mis espaldas dejó de sonar, pero fue remplazado rápidamente por el fuerte llanto de un bebé. Sentí un pronunciado escalofrío recorrer mi cuerpo entero y, sabiendo que John era el único que podía hacer algo en aquel momento, intenté llamarlo, pero el sonido de mi voz seguía siendo completamente silencioso. Intenté una y otra vez hasta que, sintiendo que mi corazón dio un vuelco, observé cómo John se giraba y comenzaba a andar lejos de mí. Lo llamé una y otra vez con un grito, notando mis ojos inundarse en lágrimas y con el llanto de aquel bebé siendo más y más intenso. Tiré nuevamente de las cadenas unidas a los grilletes en mis pies y, sin querer que John me abandonase en aquel lugar, llené mis pulmones con la frialdad de aquel ambiente y grité con todas mis fuerzas:

─ ¡JOHN! ─, para después despertar bruscamente, con mi corazón latiendo desbocado y con un fuerte dolor al centro de mi pecho. ─ John… ─ repetí de nuevo, irguiéndome sobre aquella superficie blanda que tan cómoda me resultaba. Instintivamente, llevé mis manos hasta mi vientre, notando con un inmenso alivio que Hamish seguía dentro de mí, y así me lo hizo saber al hacerme sentir un pequeño monte en mi vientre, uno de los que él lograba crear por instantes cada vez que se movía. Respiré un par de veces profundamente, hasta que fui capaz de notar que me encontraba en una habitación en la que jamás había estado.

No recordaba haberme ido en ningún momento a recostar, y no lograba entender en lo absoluto el por qué seguía usando mi pijama. Bajé de aquella cama que por algún motivo me pareció repulsiva y miré a mi alrededor, preguntándome qué era lo que había pasado. Sentí un escozor en el cuello y me llevé la mano hacia aquel punto que, de un momento a otro, trajo a mi mente los últimos recuerdos de lo ocurrido. Sentí que cada vello en mi piel se erizó ante el claro recuerdo de cómo abría la puerta en Baker Street, sin encontrar absolutamente a nadie, para después subir nuevamente las escaleras. Parpadeé con insistencia y, frotando aquella zona en mi cuello, llegué a la más que obvia conclusión de que me habían inyectado para dormirme.

Sin comprender nada aún, pero con el miedo latente en mí, bajé la mirada hacia mis pies, notando que por fortuna no estaban con aquellos horribles grilletes que había visto en mi sueño. Miré mis muñecas y tampoco había rastro alguno de que me hubiesen esposado al llevarme a aquel lugar. Todo era demasiado extraño. Eché nuevamente un vistazo a mi entorno y me pareció un lugar demasiado agradable como para temer por mi bien, pero las cosas seguían sintiéndose como algo realmente malo. Observé con cierto desconcierto que la habitación, que estaba pintada con un tono azul muy bajo, tenía una ventana considerablemente grande, cubierta con una cortina blanca.

Sabiendo que no perdería nada a cambio de investigar, me acerqué hasta la ventana y busqué abrirla, pero era imposible siquiera correr los seguros que la mantenían cerrada. Dejé escapar un largo suspiro y, mirando hacia el exterior, sólo fui capaz de observar un inmenso lago frente aquel lugar en el que me encontraba. No era ni por asomo algo que pudiese darme una pista de mi ubicación. La limitada cantidad de árboles que rodeaba a aquel lago, tampoco hacían mucho a mi favor. Dejando de lado el hecho de que no podría conseguir nada de aquella vista, me giré nuevamente y mis ojos se toparon con dos puertas. Aquella parecía ser sin dudas una habitación apropiada para un invitado.

Me dirigí a la que se encontraba al costado izquierdo de la cama, asumiendo que sería la que llevaría al cuarto de baño. Estar entre aquellas cuatro paredes no me brindaba calma alguna, pero el simple hecho de estar libre y sin cadena alguna que me retuviese, era más de lo que podía pedir. Abrí aquella puerta y me encontré, como había estado esperando, con un baño muy sencillo y, a plena vista, muy limpio. Cerré tras de mí y, guiando de inmediato mis ojos a cada esquina del reducido espacio, busqué alguna cámara que delatase que sin duda estaba siendo vigilado. Para mi desconcierto en ascenso, no encontré nada que no podría haberse visto ya en un baño normal. Me acerqué hasta el lavamanos y tomé algo de agua para refrescarme un poco el rostro, pero cuando sentí que un poco de agua se resbalaba por mi cuello, me detuve y me aparté del lavamanos. Cualquier roce intencional con un pañuelo o toalla húmeda contra mi cuerpo, podría borrar el aroma que John había dejado en mí y, en aquel lugar desconocido, aquello era lo único que me brindaba algo de seguridad.

Miré a mis espaldas y me encontré con un espejo de cuerpo completo que, dándole únicamente mayor credibilidad a mis sospechas, no tendría por qué estar realmente ahí. Sin embargo y, guiado por un impulso, me descubrí el vientre y observé a detalle que no tuviese daño alguno. Ya no podía descartar la idea de que me encontraba en aquel lugar por obra de los mismos que habían atacado a los anteriores Omegas. Para algo de mi alivio, todo parecía normal en mí; no tenía mareos o dolor alguno, a excepción del suave escozor en mi cuello por aquella inyección que sabía que me había dejado inconsciente. Respiré profundamente un par de veces, necesitando hacer uso de toda la tranquilidad posible al encontrarme completamente solo. Un ataque de pánico en un momento como aquel era lo último que quería tener.

Seguro de que por lo menos la primera intención de aquellas personas no era atacarme, salí lentamente del cuarto de baño, sintiendo que mi corazón latía desbocado de un segundo al otro tras encontrarme a una mujer rubia en aquella habitación. Ella parecía estar al tanto de mi presencia en aquel lugar pues, si bien hice un ruido mínimo, estaba seguro de que me había escuchado y no le parecía raro que estuviese ahí. Manteniendo una distancia considerable hasta estar seguro, me acerqué un poco y le pregunté directamente: ─ ¿Quién es usted? ¿Por qué estoy aquí?

A pesar de mis preguntas y el leve temor que se podía escuchar en mi voz, la mujer no me contestó. Me acerqué un poco más, posando mis manos en torno a mi vientre para proteger de alguna manera a mi bebé. Al moverme a un costado de la mujer, que se encontraba de espaldas a mí, pude observar que estaba dejando una pila de ropa perfectamente doblada sobre la cama en la que me había despertado después de aquel terrible sueño; junto con una botella transparente cuyo contenido dudaba mucho que fuese agua.

Sin perder del todo el miedo, posé mi mano sobre el brazo de la mujer, mirándola a los ojos para poderle preguntar de nuevo: ─ ¿Qué es esto? ¿qué quieren de mí?

La mujer, después de mirarme a los ojos, guio los suyos hacia una esquina en la habitación, delatándome que, aunque en el cuarto de baño no habían dejado cámara alguna, en aquella habitación sí estaba siendo monitoreado. Sentí un nudo en la garganta ante la expresión de angustia en el rostro de la mujer, sabiendo que probablemente al igual que yo, ella estaba siendo retenida en aquel lugar.

Después de aquel instante que tanta tensión comenzaba a generar en mí, la mujer me miró de nuevo y se limitó a decir sin emoción alguna: ─ Ellos te están esperando. Usa esta ropa y la loción ─ me indicó, apartándose después de mi lado y comenzando a andar en dirección a la segunda puerta de la habitación.

Intenté detenerla, pero no quise perturbar más su estado al encontrarse ya en aquel lugar contra su voluntad. Obligado a quedarme al costado de la cama y, sabiendo que si preguntaba quiénes me esperaban no iba a recibir respuesta, solo le pregunté: ─ ¿Para qué es la loción?

La mujer, sin girarse, solo me respondió: ─ Es para eliminar el olor que dejó tu Alfa en ti. A ellos no les gusta que los que llegan a este lugar, huelan a un Alfa. Por tu bien, úsalo ─ insistió para después salir de la habitación y cerrar la puerta tras de sí.

Esperé, atónito ante sus palabras, a que la mujer cerrara la puerta con llave; pero aquel sonido distintivo en ningún momento se hizo escuchar. Dejé escapar el aire que contenía y, teniendo que sentarme al filo de la cama para no caer ante la repentina debilidad en mis piernas, me quedé mirando aquella puerta, con una de mis manos sobre mi vientre y la otra en uno de mis hombros, pensando en que había obrado bien al no hacer uso del agua para eliminar el aroma de John en mi piel.

Tratando de asimilar lo que ocurría, miré de nuevo las cosas que la mujer había dejado en la cama. Recordar sus palabras, lejos de darme una pista de lo que me esperaba al salir por aquella puerta, solo lograron que mi temor se intensificase. ¿Habría más de dos personas esperándome allá afuera?, me pregunté, tomando aquella botella que no mostraba etiqueta alguna sobre su contenido. ─ Son ellos… ─ murmuré al pensar en lo que la mujer había dicho respecto a "los que llegaban" a aquel lugar. Instintivamente, guie mi mirada hacia aquella esquina que antes había observado la mujer. A simple vista no se podía apreciar nada fuera de lugar, pero mirando a detalle pude ver aquel pequeño punto que solo podía provenir de la cámara que esperaban que pasara desapercibida.

Tenía miedo, demasiado si me era realmente honesto, pero no podía quedarme en aquel lugar a esperar lo que fuese que podía pasar. Tomé la ropa que la mujer dejó, junto con la botella, y me adentré nuevamente al cuarto de baño. Si había cámaras también en aquel espacio, preferí seguir creyendo que no.

Me despojé del pantalón de mi pijama y me puse aquel que no parecía ser muy distinto a los que usaba habitualmente. Me puse los zapatos de la mejor forma posible y, para cuando llegó el momento de despojarme de la vieja camisa de mi pijama, me detuve por completo. Si bien no sabía a ciencia cierta lo que aquellas personas buscaban hacer si yo no olía como John, sí era completamente consciente de que aquello por lo menos me seguiría manteniendo a salvo de que los Alfas se acercasen con alguna horrible intención de la que verdaderamente no quería ser participe. El simple hecho de pensar que podrían tener intención de reclamarme en contra de mi voluntad, me hizo sentir enfermo.

Ante las posibilidades de aquella acción, opté por dejarme puesta la camisa del pijama. Miré la botella que me había sido entregada y, aunque la advertencia de la mujer sonaba demasiado seria, yo no iba a acceder a borrar de mí el aroma de John. Abrí la botella y olfateé un poco el contenido, encontrándome solo con un fuerte olor a alcohol. Me acerqué al lavamanos y, pensando en si en realidad había alguna cámara, me incliné lo suficiente que mi vientre me permitió, para fingir que usaba la loción mientras la vaciaba en el lavamanos.

Una vez que me deshice del contenido, salí del cuarto de baño y me dirigí hacia aquella segunda puerta. Al acortar la distancia, mi cuerpo se tensó por completo y retrocedí. El fuerte olor distintivo de los Alfas llegaba directamente hasta mis fosas nasales. Sentí mis manos comenzar a temblar y mi respiración ser más profunda y pronunciada; pero no podía seguir ahí.

Cerré los ojos con fuerza y, deseando más que nunca que el aroma de John fuese tan pronunciado en mí, abrí aquella puerta y salí, sintiendo y observando al instante que fuera, en un largo pasillo y a cada costado, había dos hombres de mayor edad y estatura que la mía, que solo me dirigieron una mirada que se convirtió en una de desprecio tras arrugar la nariz. Saber que por lo menos aquellos dos habían sido conscientes del aroma que llevaba impregnado en mí, me brindó un poco de tranquilidad. Sin apartar mis manos de sobre mi vientre, recorrí aquel largo pasillo, observando que a los costados había un par de habitaciones más. No quería hacerlo, pero después de lo que había tenido que presenciar meses atrás, me fue imposible no pensar en que otros Omegas al igual que yo, podrían encontrarse en aquellas habitaciones.

Al llegar al final del pasillo, me esperaba una escalera en forma de espiral; misma que, de solo ver, me hizo sentir mareado. Pensé en no atreverme siquiera a bajar; no solo por lo que podría estar esperándome, sino por el posible riesgo de caer al no contar con la fuerza suficiente en mis piernas. Respiré profundamente un par de veces, sintiendo una fuerte presión al centro de mi pecho. No quería estar en aquel lugar, solo quería volver con John; con John y esa protección que sabía que solo con él podría tener. Tras respirar un par de veces más e, ignorando la insistente necesidad de llorar, comencé a bajar la escalera, sujetándome lo más fuerte posible al pasamanos. Mi miedo, que no había hecho más que aumentar tras bajar cada escalón, comenzó a disminuir cuando pude visualizar una luz considerablemente pronunciada al final de la escalera, reflejándose en el suelo.

Al terminar por fin con aquella simple acción que me había parecido la peor experiencia de mi vida, no dudé un solo instante en mirar en dirección a donde aquella luz provenía. Parpadeé con insistencia un par de veces al encontrarme de frente con la que, sin duda alguna, era la puerta principal de aquel lugar en el que me tenían contra mi voluntad. Era una puerta increíblemente sencilla, para el tipo de hogar que uno observa al pasar e imagina que en su interior resguarda a una simple familia más en todo Londres. Aquella era la forma en que pasaban tan desapercibidos… Nadie sospecharía un solo segundo de lo que pasaba en su interior. Hice amago de acercarme, guiado por la luz que se filtraba de la calle por los cristales casi transparentes en la puerta. Pero antes de dar un solo paso ante aquella que prometía ser una libertad segura, escuché a mis espaldas una voz casi chillona.

─ Sherlock Holmes… Me sorprende que con la inteligencia que posees, seas tan ingenuo como para creer que puedes salir libremente por esa puerta y, lo que me parece terriblemente reprobable, dejarme solo en la comida que nos espera… ─ comentó aquel hombre al que, teniendo que ignorar la puerta, observé tras girarme y encararlo.

─ ¿S-Señor Wilkes? ─ pregunté, sintiendo aquello como una cubeta de agua fría que me caía encima sin advertencia alguna.

─ Dejemos de lado las formalidades, Sherlock. Han pasado… ¿Tres años? Llámame Sebastian, por favor ─ pidió aquel hombre que, desde mi corta estadía en la universidad, no había vuelto a ver. Mi ex–profesor de química era la última persona a la que esperaba ver en aquel lugar. ─ La mesa está por aquí, sígueme ─ indicó, dándome la espalda y comenzando a andar por lo que identifiqué como la sala de estar.

Yo me quedé quieto, sintiendo que todo pasaba demasiado lento a mi alrededor mientras intentaba asimilar que mi antiguo profesor de química, era el responsable de la muerte de aquellos dos Omegas. A pesar de las palabras de Sebastian, pensé en girarme y verificar si la puerta realmente estaba cerrada, pero antes de siquiera hacerlo, sentí la necesidad de realmente descubrir lo que había pasado; el por qué aquel hombre había decidido hacer aquello, y con qué propósito. Lamentándome aquella estúpida decisión, seguí los pasos de Sebastian, hasta adentrarme al comedor en el que, con infinidad de platillos, se encontraba una amplia y larga mesa.

─ Siéntate ─ indicó Sebastian, a la vez que él tomaba asiento al otro extremo de la mesa.

Sin apartar mi mirada de él, tomé asiento y sin esperar un solo segundo, le pregunté: ─ ¿Por qué estoy aquí?

Sebastian, que había optado por tomar el primer bocado de la variedad de comida, sonrió y me miró fijamente, mientras seguía masticando hasta terminar y responder: ─ Buena pregunta, con una respuesta muy fácil, por cierto ─. Se limpió la boca con una servilleta y, tras dar un sorbo a una copa de vino, agregó: ─ Verás, Sherlock… Desde hace algunos meses, recibí de parte de mi colega una noticia en la que se me informaba que Sherlock Holmes, junto con Scotland Yard, estaba metiendo sus narices en mis asuntos. Normalmente no me importa tener a Scotland Yard de fisgones, ¿sabes? ─ comentó, dejando escapar un largo suspiro y mirándome de nueva cuenta mientras entrelazaba sus manos por sobre la mesa.

─ El problema eres tú. Gracias al tiempo que fui tu profesor, me di cuenta de que eres increíblemente inteligente y eso, aunque en su momento me daba cierto orgullo, ahora me está causando un inmenso disgusto. Estás, o mejor dicho: estabas metiéndote donde no debías al investigar lo que pasó con esos Omegas a los que encontraron muertos.

Sintiendo una inmensa repulsión por aquel hombre, arrugué la nariz y respondí: ─ Usted lo ha dicho… Estaba investigando porque es parte de mi trabajo, pero como confío en que ha sido capaz de observar: estoy esperando un bebé, y me alejé completamente de todo lo relacionado a mi trabajo, incluyendo a esos Omegas a los que usted asesinó ─ acusé de forma tajante.

Sebastian negó una y otra vez con la cabeza, corrigiendo: ─ No, no, no, Sherlock. Yo no los maté. La mujer se colgó porque así lo deseó, y al chico nunca lo toqué. Su muerte no fue culpa mía, tampoco lo que pasó con su bebé.

Ante sus palabras y el recuerdo de aquel pobre chico, sentí que la opresión en mi pecho aumentó. El hecho de que Sebastian lo negase, no significaba que fuese cierto que no había sido él quien había llevado a la mujer a su muerte, u ordenado el asesinato de aquel joven Omega. Tratando de que mi voz no delatase el temor y angustia que sentía, volví a preguntar: ─ ¿Y piensa matarme? ¿Aun cuando ya no tengo interés alguno por descubrirlo frente a Scotland Yard y hacerlo pagar?

─ ¿Matarte? ─ preguntó Sebastian, soltando una risa que hizo eco en el comedor. Negó nuevamente con la cabeza y respondió: ─ Comienzo a creer que esto del embarazo te hizo realmente estúpido, Sherlock. No estás aquí porque yo quiera cobrar venganza por algo que no lograste hacer, sino porque vas a ser parte de esto. Y si estás preguntándote por qué tú, permíteme explicar las cosas ─. Dejó de lado la copa de vino de la que había estado bebiendo y comenzó a decir: ─ Por si aún no lo descubriste, los Omegas que encontraron muertos no eran simplemente personas comunes y corrientes. La primera que encontraron, era una Omega de un linaje muy importante e impecable. Un bebé suyo podría haber valido una cantidad enorme de dinero. Es una lástima que se suicidase ─ comentó, encogiéndose de hombros. Se puso de pie y comenzó a caminar hacia mí, continuando: ─ El chico, cuya muerte fue algo que se nos escapó de las manos, era hijo del ministro de Alemania. Una familia de Alfas fuertes; un linaje envidiable.

Cada palabra que aquel ser despreciable pronunciaba, me revolvía el estómago hasta el punto de desear vomitar. Lo miré con total desprecio, pareciéndome increíble que alguien como él, creyese que tenía el derecho de arrebatarle la libertad a los Omegas y usarlos para lucrarse con sus bebés. Aunque sabía ya sus propósitos, no lograba comprender por qué yo tendría que ser parte de aquello. Mi familia tenía dinero, pero solo Mycroft y mi padre eran Alfas; y no teníamos nada en especial. Observé que el hombre detuvo sus pasos cerca de mí, sin apartar su mirada de mi vientre.

─ Lamento arruinar sus negocios, pero ni yo ni mi bebé tenemos nada en especial con lo que pueda lucrarse… ─ respondí, sosteniéndole después la mirada.

Sebastian sonrió ampliamente, pero no me respondió nada. Mi cuerpo estaba completamente tenso, alerta ante la posibilidad de tener que reaccionar a lo que fuese que Sebastian quisiera hacer. El silencio se instaló entre nosotros, pero poco o nada duró.

─ Tienes razón, Sherlock. En parte… ─ afirmó aquella voz masculina que dio fin al silencio que nos rodeaba. Sebastian se hizo a un lado, dejándome ver a sus espaldas a aquel que, hasta aquel momento, había considerado mi único amigo.

─ ¿Víctor? ─ lo llamé, hundiéndome poco a poco en el desconcierto que su presencia en aquel lugar me causaba.

─ Hola, Sherlock. Otra vez ─ respondió Víctor con una expresión risueña.

Haciendo un esfuerzo por salir de aquel estado de inmenso shock, mientras que imágenes de aquel día en el parque regresaban a mi mente, murmuré: ─ Fuiste tú... Ese día en el parque, cuando me empujaste en la calle… Es por eso que estabas tan apresurado y distraído… ─ hice una pausa y sentí un nudo en la garganta, notando cómo mi mirada comenzaba a cristalizarse en anuncio de las lágrimas que estaban por venir. ─ Tú asesinaste a ese Omega…

─ Ugh, sí… Un verdadero asco. Pero eso no importa ahora, ¿o sí? ─ preguntó, alzando una ceja y acercándose a mí, agregando: ─ Me decepciona que no usaras la ropa que pedí que te entregaran… Pierdes un poco de tu encanto con esa camisa vieja, pero aun así sigues luciendo estupendo.

Víctor acortó la distancia entre nosotros y, cuando lo vi tener intención de besarme nuevamente la mejilla, retrocedí lo más que pude en la silla y lo escupí en la cara, exclamando: ─ ¡Aléjate de mí! ¡Me das asco!

Víctor gruñó en respuesta. Tomó una de las servilletas sobre la mesa y se limpió el rostro. Ante mi acción, Sebastian se cubrió la boca y apartó la mirada, tratando de ocultar su risa. Al encontrarme sin ser el objetivo de ambos, busqué con la mirada lo que fuese que me pudiese servir para defenderme, o para lo que fuese que me esperaba en aquel momento. Para mi fortuna y cierto alivio, mi mirada se encontró con uno de los, aunque poco afilados, cubiertos sobre la mesa. Tomé un cuchillo lo más rápido que me fue posible y, posando mi mano sobre mi vientre, lo oculté bajo mi muñeca.

Tras limpiarse el rostro, Víctor me miró fijamente. Podía ver perfectamente la rabia en sus ojos, pero no hizo más que llevar su mano hasta mi mejilla y acariciarla, murmurando: ─ Yo también me alegro de verte de nuevo, Sherlock… Luces espectacular, aunque apestes tanto a ese viejo Alfa…

Despreciando más que a nada su toque, aparté mi rostro y gruñí: ─ No me toques… ─. Comencé a aferrar con cuidado el pequeño cuchillo y sentí, con un inmenso asco, que Víctor me tomaba de la barbilla, haciéndome alzar el rostro.

─ Me gustaría poder cumplir ese capricho tuyo, Sherlock… Pero estás aquí no por ser un Omega valioso como los demás, sino porque yo te elegí para que tengas un hijo mío, y para eso… me temo que voy a tener que tocarte todas las veces que sean necesarias…

Ante aquella revelación, me quedé completamente congelado, sintiendo que sin poder hacer nada para evitarlo, el cuchillo comenzaba a resbalar de mi mano.


Gracias por leer, y no olviden visitar la cuenta de mi amada y perfecta musa Rowena Prince-Flamel