Capítulo ocho: no somos novios pero nos gustamos
(Arwen: I choose a mortal life.
Aragorn: You cannot give me this.
Arwen: It is mine to give to whom I will. Like my heart.)
The Lord of the Rings, The Fellowship of the Ring (2001)
- Y me encanta su sonrisa. Su pelo. Sus manos. Me encantan cada una de las pecas que tiene en la cara y lo que no es la cara. La forma en la que a veces se moja los labios antes de hablar. Y el sonido de su risa. Sobre todo esa carcajada que sé perfectamente que es solo para mí. Somos compatibles hasta el cuello. A él no le gusta la lechuga y a mí me encanta. Somos una canción de Los Beatles. Somos lo que nunca tuvieron Lennon y McCartney y lo que quisieron tener Sherlock y Watson. Ay, creo que le quiero.
"Creo que le quiero" o "cómo molestar a tu mejor amiga de pelo rojo las 24 horas del día" se ha convertido en la actividad favorita de Cas en los últimos tres meses.
Cas no sabe qué es el amor. No tiene una definición sacada de diccionario. Página 54, ahí abajo, en la esquina derecha, "enamoramiento": estado emocional surcado por la alegría. Estar intensamente atraído por otra persona que da la satisfacción de alguien con quien se pueda comprender y compartir tantas cosas como trae consigo la vida.
Cas no sabe qué pasos hay que seguir para enamorarse de alguien. Sólo sabe que para él ha sido rápido, intenso; su corteza cerebral le gritó que Dean era el adecuado y todo su sistema endocrino dio palmadas de emoción. A lo mejor el resto del mundo se enamora en una cita bajo la luz de la luna, con una canción de Barbra Streisand de fondo y brindando con champán. Cas no. Cas se enamora una tarde de noviembre, sentado en el suelo de un taller sucio y con los brazos alrededor de las rodillas. Dean está trabajando en la moto, lleno de aceite de motor y un gran progreso a su espalda. Con un poco de suerte estará lista para dentro de un par de meses. Y es verle ahí, de pie, con una llave inglesa en la mano y una camiseta blanca ajustada al pecho que le hace suspirar AY SEÑOR y sabe que ha pasado. Que es inevitable. Que está enamorado de ese armario con aspiraciones a princesa Disney.
- Anda, no lo sabía - Emma escribe pacientemente sobre una hoja de papel con toda la buena letra que puede -, solo me lo has dicho trescientas veces en las últimas dos semanas.
- ¿Y tú? ¿Qué haces?
- Pues mientras tú te perdías entre las bujías de Dean Winchester yo he buscado a unas chicas que pueden hacernos los trajes para la función.
- Me perdería entre sus bujías y... - Calla un segundo - Ugh, no me sé más partes de un coche o moto o lo que sea.
Emma se echa a reír y solo cuando consigue parar acaba la carta con un sencillo "muchas gracias por todo".
- Entonces... ¿Estáis saliendo o qué?
Saliendo. No. No están saliendo. "Es que no hablamos de eso", le podría decir. Es algo mucho más complicado que eso. Es la teoría de cuerdas modificada. Sí. ¿Quién necesita darle un nombre, no?
¿No?
Se gustan. Se besan. Se meten mano sin pasarse demasiado y a veces se dicen cosas que las parejas se dicen. "Me gusta cómo te queda esa camisa, Cas", le dijo el otro día. Eso es presagio de boda. Lo sabe. De ahí al altar pagano.
¿Acepta usted a este hombre en santo matrimonio?
Sí, sí, sí, ¡claro que sí! JOPÉ. ¡LE GUSTA MI CAMISA!
- Cas.
- ¿Eh?
- Que si estáis saliendo.
- Oh. Eso. Uhm... - Intenta pensar cómo no puede sonar mal. Cómo no decir "somos puro vicio" - Sí, no. A medias. No nos gusta definirnos, ¿sabes?
Los ojos de Emma dicen "algo no me huele bien", pero le concede el beneficio de la duda y cambia de tema.
- Gracias a la posibilidad de hacer algo tan genial como Los Miserables se han apuntado un par de chicos, ¡chicos! - Le brillan los ojos. En su cabeza todo Brodway la aclama.
- Y me juego el cuello a que uno de ellos será mi Grantaire - dice Cas con desgana.
- Por supuesto - Emma no parece entender el problema -, ¡será increíble!
- Apasionante.
- ¿Te pica algo?
- ¿Crees que le gusto a Dean?
- Claro que le gustas.
- Pero gustar de gustar gustar o gustar de "me gustaría meterte la polla hasta el estómago y hacerte cosquillas en la próstata."
- Tal vez deberías preguntarle a él, ¿no?
- Sí - Cas se levanta -, sí. Eso. Tengo que preguntarle a él. La gente arregla las cosas hablando. Seguro que me dice que me quiere. Que me quiere como la Luna al Sol.
- ¿Tan mariquita es?
- Nos vemos esta tarde en el ensayo - y la besa en la mejilla antes de salir por patas de camino a los dormitorios.
No es nada del otro mundo preguntarle a la persona con la que te llevas enrollando varios meses que cuáles son sus sentimientos. ¿No? Además, tienen una relación de confianza. Dean le va a ver a los ensayos y se queda ahí atrás, en la semioscuridad, acallando preguntas que no se hace nadie, y Cas disfruta observándole trabajar en la moto. A veces estudian, juntos, en el dormitorio "bendita sea la ausencia de compañero" y acaban comiéndose a besos tirados en la cama. O no lo hacen. El otro día Dean le obligó a escuchar un disco entero de ACDC en el Impala. Aparcado en un lado de la calle. Esas son cosas de pareja. Cosas que unen. ¿Verdad? Puede que si tuviera algo de experiencia en asuntos de romanticismo y parejas no tendría esos problemas. Menos Mazmorras y Dragones y más fiestas del instituto habrían ido mejor. Jopé, pero quién se iba a imaginar que yo ligaría en algún punto de mi vida. Porque esto es ligar. A ver, Dean es de otro planeta, pero eso no implica que no sea ligar. Las relaciones interestelares e intergalácticas son perfectamente normales. Bueno, no ahora. Pero lo serán algún día.
Y PUM.
El golpe en la nariz le recorre las mejillas y profundiza en el cerebro y con un "auch" cae hacia atrás. Y esta caída únicamente se ve interrumpida por unos brazos que salen de la nada y le salvan del vacío. Y quien dice vacío dice una hostia de campeonato por las escaleras.
- ¡Por poco!
- G... Gracias.
Sam Winchester es grande. Es alto. Es descomunalmente alto. Pero es que no es solo eso. Es que su cabezota gigantesca y llena de pelo le hace parecer todavía más grande. Y esos ojos cambiantes de color que juegan del miel al verde pasando por el marrón le miran con preocupación y Cas comprende perfectamente qué es lo que le vuelve loca a Emma cada segundo de su vida.
- ¿Estás bien, Cas?
- ¡Sí! - Todavía tiene los brazos musculados del pequeño (pero a pesar de todo armario de cuatro puertas) de los Winchester alrededor de la cintura y no es que le importe, de verdad que no le importa pero JOPÉ ESTOY EN MEDIO DE UNA RELACIÓN SECRETA Y TURBULENTA CON TU HERMANO, POR FAVOR, así que se aparta un poco y sin querer parecer grosero - Iba perdido en mis cosas.
- ¿Mucho trabajo con la obra?
- No demasiado. Yo no soy demasiado protagonista al fin y al cabo. Emma ya se ha asegurado de ser ella el centro de atención - nombra a Emma como quien habla del Presidente. Si la idiota de ella no hace nada, va a tener que empezar a tomar cartas en el asunto.
- ¿Emma West?
- Emma West, ¿la conoces? - Eso. ¿La conoces, Sam? Es guapa. Tiene talento. Y con un poco de suerte igual te arreglaba ese corte de pelo que no se lleva ni en Texas.
- Pelo rojo, maquillaje cojonudo en vuestra fiesta de Halloween y dueña del beso lésbico más hablado entre estos muros - ríe. Y jolín qué risa tiene el condenado -, sí, me suena.
- Es un muy buen partido - lo dice por el hombro, al tiempo que se escabulle bajo el brazo de Sam -, ¡un buen partido!
Deja atrás al pobre chico con cara de desconcierto y los brazos todavía extendidos. Se sabe el camino de memoria, ojos cerrados y no tendría problema en llegar. Golpea un par de veces la puerta y recuerda los nervios tiempo atrás al realizar la misma acción. Lo que descubre no dista mucho de lo de siempre, y sin embargo eso no quiere decir que no le sorprenda.
- Dean. - Dice. Le avisa.
Una canción suena en bajito. Dean está sentado en la cama y lee por encima lo que parecen unos apuntes impresos y encuadernados con anillas. Cas no pide permiso y después de asegurarse de cerrar la puerta se acerca a él y ocupa el lugar a su lado. El que le corresponde.
- Ey - parece que se le iluminan los ojos. Brillantes. Devastadores. Le revuelve el pelo y de paso el estómago -, ¿qué tal?
In a gadda da vida, baby
- Bien, ¿estudias? - Don't you know that I'll always be true.
- Estudiaba.
Le besa suavemente en el pómulo y después en los labios.
Oh, won't you come with me and take my hand. Oh, won't you come with me and walk this land. Please take my hand.
- Dean, Dean - le aparta cuando siente cosquillas en el cuello -, tenemos que hablar.
- Uh. - Y es un "uh" que suena a "uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuh".
- Sí.
- ¡Qué mal me suena eso, nene! - Dean inclina la cabeza preocupado - Cuando las titis dicen esas cosas nunca viene nada bueno.
- En primer lugar - Cas levanta un dedo -, te rogaría que no me llamases "nene" y en segundo lugar yo-no-soy-una-titi.
- ¿Qué te pica, Cas?
Segunda persona en el día que le pregunta si le pica algo y está empezando a plantearse de verdad, seriamente, tener una urticaria o algo.
- No me pica nada - le molesta esa actitud chulesca de "me importa todo una soberana mierda", cuando es evidente que por dentro estará preocupado. O eso espera -, sólo tengo que hacerte una pregunta.
Han pasado tres meses, no tres meses exactos, tres meses y cinco días y Cas podría asegurar que 15 horas aproximadamente desde que Dean y él se besaron por primera vez. Y por supuesto, un poco menos desde que empezaron a mantener esa relación de "no somos novios pero nos gustamos". Cas recuerda perfectamente la primera cita, tal y como recuerda las primeras veces de todas la cosas: el primer diente que se le cayó, el primer suspenso o la primera paja.
Tiene grabado en la memoria el lugar; sitio aparente, en un lado de la calle, varios kilómetros lejos de la universidad; paredes rosa chicle mezcladas con cuadros negros y blancos típicos de una línea de meta en una carrera de coches. Un dibujo de una chica en patines sujetando una gigantesca bandeja con un batido de fresa de dimensiones titánicas. Y ellos allí, delante, rozándose los hombros y sin mirarse demasiado, todavía.
- ¿Pasas tú primero, Sandy? - Bromeó Dean.
- Tú no le llegas ni a la suela de la bota a Danny Zuko, Dean. - Le contestó Cas. Sonrisa escondida y una broma en el aire.
- Y tú... - Dean le pasó el brazo por los hombros y mandó su corazón a Júpiter durante unos segundos - Y tú no te pareces a Sandy Olson.
- Me parece bien. De hecho me preocuparía si me pareciese a ella. No me gusta su corte de pelo, ¿sabes?
- El del final estaba bien, tío – Dean se revolvió el pelo y entró en el local. Señaló una mesa apartada y oficialmente entraron en ese período de tiempo que se llama "primera cita" –. De hecho en la escena final... Agh, no puedo decirte lo que le haría en la escena del final.
- Olivia tenía casi treinta años cuando rodaron esa escena - le informó. Era el principio, cuando apenas sabes nada del otro aparte de que te encanta su culo -, es increíble cómo le quedaba esa ropa ajustada.
- Ya te digo - Dean cogió la carta con un gran suspiro. Primero del revés y luego en la posición correcta -, vale, a ver... ¿Qué te apetece comer? Me comería el menú entero... – Sus ojos verdes perseguían las líneas del pequeño cartel plastificado. Los de Cas no se apartaban de sus labios – Esto tiene que estar bueno... Y esto...
Cas recuerda haber sugerido el "especial con doble de carne y bacon", porque sonaba a algo que a Dean le gustaría. Juntos babearon un poco encima del menú y cuando se hubieron decidido le aconsejó al rubio pedirse una cerveza. Es lo que haces cuando te gusta alguien; recordar detalles, y Cas sabía que a Dean le gustaba la cerveza. No era idiota, y ahora tampoco lo es; Dean Winchester es carne y cerveza, y Dean Winchester es tarta. Y Dean Winchester es un buen vaso de leche con cola-cao antes de irse a dormir, aunque claro, eso no lo sabe nadie.
Peinado con la permanente, cabello gris, muchos años de trabajar con faldas de color rosa y unas gafas con piedrecitas de colores de espanto. La camarera de mediana edad no fue simpática con ellos. En aquel momento a Cas le molestó. Porque no le gusta la gente maleducada, pero al día de hoy no cambiaría a la desagradable camarera por nada del mundo. A veces una serie de circunstancias desagradables pueden desembocar en algo bueno.
- Bienvenidos, blablabla, ¿qué desean?
Voz cansada. "¿Acabáis pronto y os marcháis?" sonando en cada palabra.
- ¿Cómo que blablaba? – Y Dean se indignó. Y a Cas le gustó que Dean se indignase.
- Seguro que ya te sabes las formalidades, chico; ¿por qué no pides sin más?
- ¿Bromea? Traigo a este chico guapo para impresionarle a un lugar como este y usted me estropea la cita...
- Dean. – Cas levantó las manos en señal de disculpa hacia la señora, murmurando algo como "es broma. Es todo broma". Y fue difícil, claro que lo fue. Porque es complicado pensar en tu idioma cuando tienes la frase "TRAIGO A ESTE CHICO GUAPO PARA IMPRESIONARLE" en bucle infinito en la cabeza. La mirada de desagrado de ella los perforó de lado a lado y tal vez fue eso lo que le ayudó a apartar esos pensamientos de tía feliz a la que su novio ha hecho un cumplido.
- Si no queréis nada no tengo nada que hacer aquí.
- Eh... Dos menús especiales con extra de queso y un par de cervezas, por favor – Se apresuró a hablar rápido, y aún más rápido continuó cuando la mujer ya se había marchado – ¿Por qué le has insinuado que teníamos una cita?
- Juraría que estamos teniendo una cita - probablemente la cara de Cas se parecía a la de una geisha a la que se le ha clavado una chincheta en el pie, porque Dean se apresuró a continuar -, ¡relájate, Castiel!
- No puedo tranquilizarme si tú crees que esto es una cita porque yo no... Esto no es una cita. - Lo único que se le pasaba por la cabeza en ese momento era que no podía ser una cita, porque nunca jamás había tenido una cita. Y porque tampoco estaba seguro de si un chico y otro chico pueden tener citas. O hay que usar otro término. Uno diferente. Decidió que lo buscaría en el diccionario en cuanto volvieran al campus. Y así lo hizo después, y efectivamente, ni a Dios ni a nadie, le importa que sea un chico y otro o una chica y otra o la versión tradicional. Una cita es una cita. Así que en efecto; había tenido una puñetera cita con Dean Winchester.
- ¿Por qué? – Se inclinó hacia él y Cas habría jurado que le iba a besar. Ahí, delante de todo el mundo. Y entró en pánico. – ¿Es que ya no te gusto?
- No... Yo... - Dean es rubio. Y es guapo. Y es tan guapo que duele. Y Cas podría haber escrito cien libros sobre lo guapo que estaba Dean Winchester en esa cita y lo mucho que le dolía mirarle y le faltaría espacio en las páginas. Escribiría doscientos epílogos. Cincuenta "¿qué pasó después?" y todavía quedarían palabras en el diccionario por usar para hacerle comprender al mundo la naturaleza perfecta de ese ser humano.– Nunca te he dicho que me gustes. Y llevas una camisa horrible, además.
- ¡Eh! – Estaba ofendido y más guapo si cabe todavía, arreglándose el cuello desabotonado – Puedes llamarme feo pero no te metas con mi camisa. A mí no me gusta tu bandolera de mariquita y no te lo digo.
- No hace falta ser tan cruel, Dean.
- Me has provocado; y menos mal que no te has metido con mi chupa, porque quien se mete con mi chupa no sale vivo.
- Está un poco chapada a la antigua, ¿no? Ese rollo motero...
- ¡ROLLO MOTERO! – Pim pim pim pim, punto débil – ¿PERO TÚ ENTIENDES ALGO DE MODA?
- No, claro que no. Por eso llevo una bandolera de mariquita que no te gusta.
- No he dicho que no me guste... Solamente he dicho que es de mariquita.
- ¿Quieres que te diga lo que es de mariquitas? Porque venir a mi camerino a...
- Los menús – la mujer apareció de la nada, dejando dos bandejas encima de la mesa. Justo en el momento adecuado. Como en las películas –, ¿vais a pagar en efectivo ahora o...?
- Después, no interrumpa. Esto se pone intenso – gruñó Dean.
La tía se dio la vuelta indignada, y no es como si a Cas le importase demasiado. Puso los ojos en blanco y lo único que recuerda es haber desenvuelto la hamburguesa, con curiosidad más que otra cosa y sumergirse en la búsqueda del tesoro, que es básicamente "encontrar el puñetero pepinillo que sabe a mierda y quitarlo antes de darle un mordisco y sufrir un desmayo". Dean hizo lo mismo, y es vívida la imagen del chico dando un buen mordisco y llenándose la boca con la carne y el pan.
- ¡Ezto ebtá buy fueno! – Los dos carrillos llenos y cierta alegría infantil en los ojos. Dean Winchester vivía un día de Navidad.
- Veo que te cabe mucho en la boca.
Y lo dejó caer. No sin saber las consecuencias de sus palabras, y por supuesto no sin colocar una bandeja entre los dos, función de escudo. Le gusta mucho Dean pero tampoco le apetece ser duchado por una mezcla de sus babas y restos de comida.
- ¿PERO QUÉ TE PASA, CAS?
- ¿De qué?
- No te hagas el idiota, esa la has dicho a idea.
- No sé de qué me hablas. – Pero sí lo sabía y de hecho le entró la risa floja. Y puede que esa fuera la primera vez que se rió de esa forma delante de Dean.
Dean cruzado de brazos le miraba entre falsamente enfadado y deseoso de unirse a sus risas. Y es que la imagen de Cas doblado sobre sí mismo debió ser motivo suficiente para dejarse llevar. Diez segundos después, lágrimas en los ojos y mejillas sonrosadas, Dean volvió a darle un bocado a su hamburguesa. Esta vez masticando con cuidado y evitando encontrarse con los ojos azules de Cas
- ¿Por qué quieres ser maestro, Dean?
- ¿Uhm? Porque me gustan los niños, porque son el futuro del país, porque no es lo peor que podría estar estudiando...
- ¿No te gustaría ser maestro?
- Digamos que hay cosas en el mundo que me gustarían más que estar con niños - y estaba serio -, y no creas que no me gustan los críos. Me encantan.
- ¿Entonces?
Sabía que era una pregunta personal. Pero, jolín, después de todo el rollo de amigos que se ayudan lo lógico era interesarse. Si él le contaba sus penas Cas podría explicarle aquella vez que su madre le pilló probando su maquillaje y dijo que era para un experimento de ciencias. Experimento que tuvo que hacer entero. Trabajó durante una semana entera. Y se puso nota. Un nueve que a la señora Novak le supo a gloria y un nueve que se puso Cas en la frente por imbécil sin cura.
- Mi padre es profesor. Él... A él siempre le ha parecido que Sam y yo teníamos que seguir el negocio familiar. Enseña a niños en casa porque cree que es más eficaz que la enseñanza del Estado. Cuando me tocó empezar a estudiar ya sabía que no tenía las de ganar así que simplemente acepté lo que se me venía encima y ya está.
- ¿Y Sam?
- Sam tiene más carácter. Mi padre y él suelen discutir bastante y ninguno acaba por ceder. Y esta fue una de esas veces. Sam quiere ser abogado y defender a la gente inocente, pero a veces le tocará ser abogado del Diablo o algo peor.
- Pero, ¿y tú quieres hacer otra cosa?
- Prefiero no pensar en lo que querría estar haciendo - y sonrió. Sonrió de una forma amarga que a Cas le dolió en el corazón, y todavía lo hace -. Cuando acabe la carrera mi padre me obligará a trabajar con él pero los fines de semana aprovecharé para vivir a tope lo que me quede de energía vital.
- Pero... ¿Por qué haces lo que quiere tu padre?
- ¿Tú no haces lo que dice tu padre?
- Bueno...
El padre de Cas trabaja en una aburrida oficina. Rodeado de gente a la que le tiene que decir qué hacer. A la que le tiene que decir cómo se tienen que bajar la bragueta antes de ir a mear. A la que le explica cómo funciona la máquina de los cafés y a los que les tiene que dar permiso para que se saquen un cortado. Es católico. De la vieja escuela además. Por lo menos está a favor de los preservativos. Si Cas le hablase de su sexualidad acabarían lo más seguro en urgencias y gritándole a las enfermeras en los pasillos "SEÑORA MI PADRE LLEVA MEDIA HORA AQUÍ, ¿NO VE QUE SE ESTÁ MURIENDO DE PARO CARDIACO?" o "AQUÍ NO TRABAJA NI DIOS". Eso último sólo lo diría Cas. Porque el nombre de Dios no hay que decirlo en vano; esa es regla fundamental del hogar de los Novak. Lo pone en la cocina. En el frigorífico. Encima de un dibujo de un alce que hizo Cas a los cinco años.
Así que, es difícil decir que hace lo que dice su padre. En realidad a ojos de él es cierto que lo parece. Su madre es distinta. Ella no le quemaría las cintas de Star Trek. Las escondería en el arenero del gato para que se estropeasen y le echaría la culpa a otro. "Ay, qué descuido, hijo mío". Y la tía lo diría leyendo uno de esos panfletos más sosos que los mocos en los que pone "El matrimonio gay es un travesti destructor de la ley de Dios".
- ¿Y bien? - Dean insistió.
- No, no hago lo que mis padres dicen - se decidió al fin -. Sé que a lo mejor a mi padre no le gustaría que hiciese Los Miserables, porque me costó siglos que me dejara leérmelo. Así que si le digo que voy a representarla igual se consume a sí mismo en angustia. Pero es lo que quiero hacer yo y a veces, por mucho que a los demás no les guste, hay que luchar por lo que tú quieres.
No iba con segundas. Al menos no de momento.
- Tal vez no soy lo suficientemente valiente como para decirle a mi padre "no" - Dean enterró entonces la cara en las manos. Fueron tres segundos únicamente. Tres segundos que le valieron a Cas, para darse cuenta de que todo eso que Dean le había contado no eran cosas que Dean le contara a cualquiera. Había que haberse ganado el derecho a escucharlas. Y es curioso, que fue en ese momento en el que a Cas le pareció que la distancia entre los dos no era tan grande. Que Dean ya no estaba al otro lado del río, o que por lo menos, había un puente que le permitiría cruzar. Se preguntó cuántas personas habrían llegado tan lejos, cuántas se habrían acercado tanto a la orilla. Y por eso, las siguientes ocho palabras lo cambiaron todo por completo -. Nunca le había contado esto a nadie antes.
- Supongo que no soy uno más.
Y mirada intensa. Y ganas de besar aumentando. Pero ahí se quedaron. Cada uno en su silla, nada dispuestos a montar un numerito. Dean jugando con un trozo de servilleta y Cas jugando con el destino.
- ¿Y tú por qué quieres ser enfermera?
Broma para romper la tensión, claro.
- Quiero ser médico.
- Eso.
- Porque me gusta sentir que valgo para algo. Porque una vez, cuando era pequeño me caí de la bicicleta y me hice un esguince y tuve miedo de perder una pierna. Pero, el médico me curó rápidamente y ninguno de esos pensamientos apocalípticos que yo tenía ocurrió así que decidí que quería ser como él y quería hacer feliz a la gente.
- Pero es triste, ver como la gente se te muere en las manos...
- Sí, claro que tiene que ser triste. Pero también hay que pensar en la cantidad de vidas que puedes salvar. La sonrisa de los niños cuando les dicen que pueden volver a casa. El abrazo alejado del protocolo de una anciana que tiene la oportunidad de vivir unos días más con el amor de su vida abrazados en el sofá. Esas cosas lo recompensan.
Y Dean asintió. Comprendiendo. Y eso es parte de querer a una persona; entender. O por lo menos intentarlo. Y a Cas le gustó eso. Le gustó bastante. Con la boca llena de nuevo, Dean alcanzó la cerveza de su amigo, de su cita, de su Castiel. Cerveza todavía sin abrir; porque a Cas no le gusta demasiado la cerveza, pero no queda bien ir a una cita y pedir de beber una tila o un té o un agua con gas. Y así, de un trago, con los labios rosados rozando el cuello de la botella. Acariciándola. Cuando Dean bebe su garganta se contrae al tiempo que el líquido atraviesa su tráquea. Un gesto totalmente cotidiano se convierte en una experiencia cargada de sensualidad. Los vídeos porno son una película Disney a su lado. Dean Winchester es la tercera acepción de "sexo" en la enciclopedia.
- Oye, Castiel.
- Podrías llamarme Cas todo el rato, por favor.
- Mira, Castiel – malicia en las palabras –. La mujer que nos ha atendido es una imbécil de campeonato.
- Sí... La verdad es que no ha cumplido con su deber como profesional...
- El caso es que el cliente siempre tiene la razón, ¿verdad?
- No, en realidad eso se dice porque...
- Como el cliente siempre tiene la razón... Dame la mano.
- ¿Eh? – Pum, pum, pum, pum y el corazón a mil por hora.
- Que me des la mano, joder.
- ¡No voy a hacer lo que intentas!
- No es como si tuvieras elección - segundos de pausa dramática - ¿Vienes conmigo, Cas?
- Qué remedio – ojos en blanco y una decisión en el aire. Dicen que querer a alguien es anteponer sus necesidades a las tuyas. Y desde luego si la necesidad de Dean era esa... A Cas tampoco le costaba mucho concedérsela –, iré contigo, Dean.
Y entonces ocurrió. Tirón en el brazo y carrera precipitada hacia la puerta. Cas lo recuerda como algo excitante. Se sintió como Johnny Hooker escapando de los matones de Doyle Lonnegan. Mientras corrían se recordaba a sí mismo por centésima vez en la vida que no es de provecho comparar cualquier situación a escenas de películas. Es por eso que luego la gente me mira raro. Es que es por eso. Seguro que poca gente sabe quién es Johnny Hooker. Pero es que por qué no saben quién es Johnny Hooker. O sea. ROBERT REDFORD, por favor, pensó.
Nadie fue tras ellos; para cuando la mujer se dio cuenta ya giraban la esquina, y Cas despidió de su mente toda imagen de la camarera. Porque tenía la mano de Dean en la suya. Su corazón recorrió una carretera llena de curvas, directo al precipicio. Las señales de tráfico marcaban los 80 kilómetros por hora y él los doblaba con gusto.
Una esquina, un callejón, una pared a su espalda y eso es lo único que Cas necesita recordar sobre aquel día. Jadeos. El pecho arriba y abajo y manos que no se soltaban.
- Genial, genial...
- Estás loco, Dean.
- ¡Ha sido genial!
- No vamos a poder volver a ese sitio nunca más.
- Entonces... Tendremos que buscar un sitio diferente para la próxima vez que quedemos, ¿no?
Y se besaron, con calma, con lentitud, con la mano de Dean en el cuello de Cas. Largo rato en la oscuridad y la intimidad de un callejón que lejos de ser un buen escondite sí que les proporcionaba un lugar donde no preocuparse demasiado de las miradas de extraños, de los "qué dirán". Sin embargo, a Cas, durante esos minutos, poco le importaban los qué dirán, poco le importaban las miradas, poco le importaba lo que pensase su padre y poco le importaba algo que no fuera esa lengua que bailaba con la misma maestría que Tom Jones en su boca.
- ¿Qué estamos haciendo? - Y ahí sale la pregunta. Presente. Dormitorio de los hermanos Winchester. Atrapada en la garganta durante varias semanas y ávida de encontrar una respuesta coherente.
- ¿Haciendo? - Dean está confuso - No sé, tú estás sentado, yo estoy fingiendo que estudio...
- No - Cas juega con los pulgares -, ¿qué estamos haciendo nosotros? Esto - señala a ambos -, nosotros.
La primera vez que Dean se sentó en una de las sillas no muy nuevas del auditorio a Cas se le olvidó su línea, se le fue la entonación y habría muerto de un suspiro o incluso de un tropezón desde el escenario al suelo. Allí, mejilla apoyada en la mano se tragó las dos horas seguidas sin rechistar. Y Cas le miraba y pensaba que o le había dado un chungo ahí mismo o realmente la cosa iba en serio.
- Tu chico a venido a verte, Cas - le susurró Emma. Hoja en mano y mano en el pecho tratando de alcanzar algunas de sus partes.
- No digas tonterías.
Pero le gustaba la idea. "Tu chico". Aunque siempre preferirá "Dean" a secas. Porque para todo el mundo Dean viene seguido de algo. Dean "el tío bueno" o Dean "el hermano de Sam" o Dean "el flipao ese del Impala" o Dean "ay mamá sujétame que me entran calores" Winchester. Pero para él, para Cas, es simplemente Dean. Y aunque no lo admita, lo encuentra bastante romántico. O bonito. O poético. O digno de ser escrito en unos versos.
Convirtió esas visitas al auditorio en una costumbre. De principio a fin observaba sin decir palabra, y después, cuando todo el mundo se había ido, simplemente subía al escenario, cogía a Cas de la mano y le besaba con tanta ternura que el moreno se sentía en mitad de una representación de Romeo y Julieta en la que hubiera más penes de los que debería.
Un día de esos en los que Cas peleaba en la habitación que tienen el valor de llamar "camerino", Dean abrió la puerta y la cerró misteriosamente a su espalda. Sin hola ni nada el tío le cogió por la cintura y le respiró justo debajo de la oreja. En ese huequecito que si pudiera tener orgasmos le estarían escuchando gritar desde Nevada por lo menos.
El radio cassette estaba encendido y sonaba ABBA y la situación podría haber sido más gay todavía si no fuera porque Cas llevaba una peluca de rizos rubia y un poco de brillo de labios porque según Emma "estas cosas no hacen daño a nadie". Dean era toda una dancing queen, la reina del baile cogiéndole de las manos y obligándole a seguir el ritmo de una de sus canciones favoritas del grupo sueco. Y sin palabra ni media se lo dijeron todo y cuando el "clack" indicó que la cinta había acabado Dean le empujó y Cas se dejó y había un sofá y de repente los botones de la camisa desabrochados y así por sorpresa la mano de Dean encima de su pantalón, presionando. Y hubo besos. Y hubo lametones. Y pronto a ninguno de los dos les importó un pito no estar en un lugar seguro. El instinto animal les movió, y a lo mejor fue el instinto animal también, o simplemente el humano el que hizo que las caderas de Dean se refrotasen contra las de Cas en un movimiento completamente desesperado. Y encajaron. A la perfección. Y los pantalones rozaban. Y Cas notaba el calzoncillo húmedo acariciar su piel cada vez que la entrepierna de Dean presionaba la suya. Y lo hicieron.
El amor.
Con ropa.
Claro.
Pecho contra pecho. Lengua contra lengua. Polla bajo la ropa interior con polla. Y estaba bien. Estaba lo suficientemente bien como para tener que ahogar los gemidos en el cuello del otro. Lo suficientemente bien como para que llegado un punto tuvieran que parar. Lo suficientemente bien como para que esa misma noche Cas tuviera que darse una buena sacudida con las sábanas a un lado y una caja de pañuelos al otro.
- Nos lo estamos pasando bien, creía que nos lo pasábamos bien. ¿No te lo pasas bien?
- Sí, claro que sí, pero... - Dean le acaricia con un dedo la mejilla. La barba. Gesto siempre cargado de cariño infinito. O eso cree - Pero es que me gustaría que me dieras... Algo real. Un... ¿Un nombre?
- ¿Un nombre? - Dean suspira - ¿Por qué necesitas algo así? No te estoy engañando con nadie si es eso lo que te preocupa.
- No, no es eso, claro que no es eso.
Confía en él. A pesar de todo. A pesar de las miradas a las chicas en la cafetería. A pesar de esa actitud que le permite ligar hasta con la señora de la limpieza que tuvo su primer hijo a los 16 y que se ha operado los labios dos veces.
- ¿Entonces? - Le besa en la comisura de los labios y Cas pierde el hilo y el aliento un par de segundos.
- Me gustaría saber que mañana cuando me levante voy a poder estar contigo y que no vas a desaparecer como si fueras una tormenta de verano.
- Nadie puede prometerte eso, Cas - y le pone la mano en la rodilla -. Pero yo puedo prometerte que estoy hoy aquí. Ahora. ¿Qué importa mañana?
Y lo comprende. Y sabe que está bien. Que es lo único que puede pedir de momento. Que Dean es Dean y que si quiere tenerle tiene que aceptar esas condiciones.
- Tienes razón... - Murmura bajito - Pero... Pero me gustas y me dejo llevar por el pánico y... Lo siento.
- No pasa nada, nene - y lo dice ahora con maldad. Buscándole las cosquillas. Y Cas responde dándole un golpe en el hombro -, ¡por cierto! ¡Tengo algo que te va a gustar!
- ¿Sí?
Dean se levanta, poniéndose un dedo sobre los labios y sonriendo de medio lado "cierra los ojos", dice. Cas acepta y espera paciente, durante medio minuto plagado de ruidos y golpes y papeles que se mueven. Finalmente, los labios fríos de Dean se posan sobre los suyos y abre los ojos con verdadero pánico de lo que se va a encontrar.
Pero se sorprende.
- ¿Qué es?
No es más que un papel de propaganda que el chico mueve en el aire con pupilas brillantes.
- ¡Un karaoke! - Explica con un salto - ¿No te encantan los karaokes? No está muy lejos de aquí pero sí lo suficiente como para que...
Como para que gente que tú conoces nos vea juntos.
Lo pillo.
- Como para que tengamos que ir en tu coche, ¿no? - le ayuda. No debería. Pero lo hace.
- ¡Exacto!
- ¿Y cuándo quieres ir?
- ¿Este sábado? - Es una pregunta, pero no quiere una respuesta negativa. Evidentemente.
- Tengo ensayo después de comer, pero podemos quedar más tarde.
- ¡Guay!
Y se inclina para casi comerle. Durante un rato, y luego le acaricia con la nariz y susurra una frase que hace que Cas ría nerviosamente "y puede que luego tengamos tiempo para alguna clase de anatomía".
Y si es posible también me gustaría apuntarme a las de refuerzo.
