8. PÉRDIDA
Caía la noche en el archipiélago Wumpa y el olor de la carne asada, de las frutas y verduras frescas le inundó el olfato, haciendo que su estómago demandase comida. Por un momento estuvo tentado de caer en la tentación y unirse al banquete nocturno pero su conciencia no se lo permitía. Había ido al poblado buscando respuestas que no había hallado sobre un asunto muy importante: su hermana había desaparecido hacía unos días. Y eso no era propio de ella. ¿Qué pensaría si le veía holgazaneando de esa manera? Aunque no era justo para él puesto que llevaba todo este tiempo buscándola y se sentía realmente cansado. Aun así no podía evitar pensar que si hubiera sido al revés ella no habría parado ni un solo segundo y estaría moviendo cielo y tierra para buscarle.
- Aunque a veces me saques de quicio, hermanito, eres lo único que tengo – le dijo en una ocasión, años atrás, alborotándole el pelo de la cabeza.
Papu Papu se acercó a él y le ofreció un trozo grande de cerdo salvaje recién asado chorreante de grasa diciendo algo en su idioma extraño. ¡Qué olor tan delicioso! Decidió aceptarlo porque sabía que podía ofender al jefe de la tribu y no quería tener más malentendidos con ellos. Sin embargo se permitió apartar las hierbas aromáticas que le habían echado por encima con un toque delicado de sus dedos y luego se zampó el trozo de un bocado. ¡Qué rico!
Entonces vio que tanto los indígenas cercanos como Papu Papu le miraban, como si estuvieran esperando algo. Comprendió y emitió un sonoro eructo; sus espectadores rieron a carcajadas y siguieron a lo suyo. Él les sonrió por cortesía pero según le dieron la espalda agachó las orejas y soltó un suspiro.
A él le caían bien los humanos de la tribu y no les guardaba ningún rencor por los enfrentamientos del pasado. De hecho realmente él era incapaz de sentirlo hacia nada ni nadie, algo que sus hermanos no llegaban a entender muy bien en algunas ocasiones.
La primera vez que se topó con los indígenas éstos le atacaron sin que él entendiera el motivo; tuvo que golpearlos para defenderse, incluido al jefe, pero pronto entendieron que no era ninguna amenaza para ellos y le ayudaron a atravesar la isla. Luego, años después, tendría otro enfrentamiento por el que tuvo que salir corriendo para salvar el pellejo, si bien finalmente pudo hacer las paces con ellos gracias a que Coco les explicó lo que pasó puesto que él no sabía hacerse entender. Aunque, según le reprocharía su hermana después, fue demasiado expresivo cuando se abrazó al jefe, dejando a este un poco avergonzado pero consiguiendo que volvieran a ser amigos.
- A veces eres demasiado cariñoso ¿sabes? – le había dicho ella con una sonrisa.
Tendría que regresar a casa junto a su otro hermano sin saber nada nuevo ¿quizá Crunch hubiera tenido más suerte? Fue entonces, justo cuando se levantaba para regresar, cuando escuchó la voz de Aku-Aku retumbando en su cabeza, llamándole:
- ¡CRASH!
Por supuesto la máscara mágica no se encontraba con él puesto que también había estado buscando a Coco durante todo ese día por sus propios medios. Por un momento Crash creyó que tenía noticias buenas pero la forma en que gritó su nombre hizo que se le pusieran los pelos de punta. Más parecía un grito de socorro. Se detuvo en seco y miró tontamente al cielo, a un lado y a otro, pero no le vio aparecer. Esperó pero no escuchó nada más. A su alrededor la gente de la tribu comía tranquilamente, ajena a su situación desesperada. Poco después se escuchó como un tronar lejano que hizo que todos se levantaran y murmuraran. Crash se asustó muchísimo porque creyó que el sonido, ciertamente lejano, había procedido sin embargo de la dirección donde él tenía su casa. No sabía qué había sucedido pero intuía que se trataba de algo malo. ¡Debía regresar cuanto antes!
Así que echó a correr sin despedirse y no paró hasta llegar al embarcadero de la tribu donde un indígena le esperaba y que le llevó de regreso a la Isla Wumpa, lugar donde tenía su casa.
Ya era noche cerrada cuando Crash atravesaba la selva corriendo todo lo que le permitían sus pies, muy preocupado. Había visto claramente desde la barca indígena una columna de humo que se alzaba al cielo y se empezaba a temer lo peor. ¿Acaso habían atacado su casa? ¿Tendría eso que ver con la desaparición de Coco?
Pensó en Aku-Aku durante todo el camino pero la máscara no acudió a él como siempre hacía y eso le asustaba aún muchísimo más. Algo terriblemente malo había sucedido…
Apenas se dio cuenta del zumbido que se acercaba y tuvo el tiempo justo para detenerse, mirar en varias direcciones y esconderse tras unos arbustos justo cuando la luz iluminó parte del sendero donde él se encontraba.
Aguantó la respiración y vio pasar una máquina, una especie de sonda que alumbraba los alrededores. Se detuvo a pocos metros de donde él se escondía, girando sobre sí misma e iluminando aquí y allá. Crash se encogió aún más cuando el foco pasó sobre su arbusto; no sabía si era amiga o enemiga pero estaba claro que buscaba algo. Podría derribarla fácilmente pero decidió que sería mejor permanecer donde estaba totalmente en silencio.
Unos minutos después la sonda pitó, pareció detenerse y entonces voló a toda velocidad de regreso por donde había venido. Crash volvió al camino y se rascó la cabeza, pensativo. ¿Qué era eso y qué estaría buscando?
Sentía que, fuera lo que fuera, era importante y que debería echar un vistazo. Sin embargo la sensación de urgencia por regresar fue más poderosa, así que aquello tendría que esperar. Volvió a ponerse en camino.
Cuando llegó a la playa no estaba preparado para lo que vio, quedando con la boca abierta ante el desastre. Consiguió ver el cubo con el que solía hacer castillos en la arena, que estaba tirado cerca de la costa, fue corriendo a llenarlo de agua marina y la echó al fuego pero no consiguió gran cosa. Pronto cesó en sus inútiles intentos y se limitó a contemplar imponente, con las rodillas hincadas en la arena, lo que quedaba de su hogar. Sus gallinas correteaban por la playa en desorden. La casita en la que había vivido con Coco y Crunch ardía hasta los cimientos junto con las palmeras más cercanas y muchas de sus cosas estaban esparcidas por la playa, sin duda por culpa de una explosión. Se incorporó y avanzó unos pasos más sin apartar sus grandes ojos verdes de las llamas, cuyo movimiento le hipnotizaba. Salió del estupor cuando escuchó un crujido bajo sus pies; se trataba de una foto donde salía él con Coco, Crunch y Aku-Aku, todos contentos y felices. Y ahora… ahora…
¡Crunch! Gritó con todas sus fuerzas el nombre de su hermano mayor hasta que se le quebró la voz, si bien dada su escasísima dicción nadie sabría qué habría exclamado. Apesadumbrado se puso a buscarle frenéticamente por toda la playa. Su angustia era tan grande que hasta se puso a excavar directamente en la arena, buscando desesperadamente tanto a Crunch como a Aku-Aku pero no los encontró.
Sin fuerzas, exhausto de la actividad del día y por el shock de haber perdido a sus seres queridos, se dejó caer en la arena dando la espalda al desastre y se puso a llorar, puesto que a pesar de todo no era más que un niño asustado. Pero no tuvo suficiente tiempo para ello puesto que volvió a escuchar aquél zumbido extraño que se aproximaba. Se volvió y vio la misma sonda, que rastreaba las ruinas. ¿Había sido ella la que lo había provocado todo?
Crash se levantó con lentitud, apretando sus manos enguantadas tan fuertemente que le dolió, si bien no se dio cuenta porque no le quitaba el ojo de encima a la maquinita. Se acercó lentamente hacia ella y luego más rápido: la sonda le detectó, sacó unos pinchos y una luz que tenía en un lado comenzó a brillar en rojo, emitiendo un fuerte pitido. Le disparó algo varias veces pero él lo esquivó todo casi sin darse cuenta. Crash fue rápido y destructivo; saltó sobre la sonda para desequilibrarla y luego empleando su característico giro en torbellino la golpeó fuertemente mandándola de una patada contra una palmera, totalmente abollada. La luz se apagó y el pitido cesó tras un tono desafinado y estridente, saltaron algunas chispas. Crash se agachó y se puso a mirar la lente con la que, sospechaba, le estaban grabando, intentando ver al culpable de su intenso dolor como si pudiera caber ahí dentro.
Y entonces de la sonda surgió una voz robótica que le hizo dar un pequeño respingo.
- Doctor Cortex… doctor Cortex… doctor Cortex… doctor Cortex…
Tras repetir con el mismo tono impersonal aquel nombre, una y otra vez y cada vez más aguda y rápidamente, la sonda se apagó, víctima de un cortocircuito.
Crash permaneció agachado durante varios minutos sin apartar la vista de la lente. Luego se incorporó muy despacio y volvió a apretar sus puños. Había tenido sus sospechas pero una parte de él no creía que eso fuera posible. Sin embargo, la sonda le había dado el nombre del culpable.
Se volvió entonces hacia donde la sonda había disparado y vio algo relucir en la arena. Se agachó a examinarlo; se trataba de un dardo tranquilizante, en su estancia en las mazmorras del castillo sufrió en más de una ocasión sus síntomas. Y una idea cruzó por su mente, rápida y esperanzadora: la sonda no quería matarle, tan sólo dejarle inconsciente para llevárselo vivo. ¿Quizá hubiera hecho lo mismo con Crunch? Sin embargo eso no respondía a qué había sido de Aku-Aku ni Coco ni tampoco cuadraba con la estampa de su alrededor; si el doctor Cortex quería matarlos ¿por qué usar tranquilizantes? Y, en ese caso ¿por qué destruir toda su casa?
Crash meneó la cabeza, decidido. Eso no tenía importancia porque ya tenía un sitio donde buscar por lo que se puso inmediatamente en marcha, esta vez totalmente solo…
O quizá no. Estaba demasiado oscuro para que Crash pudiera ver algo pero, a lo lejos, posada sobre el punto más alto de la vecina isla NSanity, una figura oscura observaba al bandicoot con sumo interés. Esperó durante un rato y luego se alzó en el aire, internándose en la oscura noche.
