Es el momento de tu castigo

La mandíbula de Edward cayó al suelo. Sin desearlo, su mirada recorrió los contornos del cuerpo de la novia, siguiendo las graciosas ondas de su cabello que iban mas abajo de sus hombros, sólo para cubrir parcialmente sus pechos elegantes, y dejando ver su estomago plano con un pubis invitante.

No podía respirar.

Sabía que Isabella era bella. La había visto desnuda de lejos mientras se bañaba en la laguna. Y la había visto vestida con una prenda fina de seda y con la cota de malla adhiriéndose a su cuerpo. Pero nunca había esperado la perfección que tenía ante él ahora.

Otra, habría contenido la respiración y se hubiese protegido su desnudez. Pero Isabella no hizo ningún movimiento para esconderse de él, y semejante seguridad en sí misma lo excitó tremendamente. La Sangre súbitamente se acumuló en su entrepierna, sacudiéndolo profundamente.

Entonces se dio cuenta que sus hombres, forcejeaban entre ellos detrás de él para captar una ojeada, se habían quedado enmudecidos ante la imagen de la belleza de Isabella.

Su lujuria rápidamente tomó un giro posesivo y amenazante, solo él tenía derecho a admirar semejante belleza, quería que todos se fueran. Todos y en ese mismo instante. Pero a pesar de su propio deseo cegador, cuando encontró la mirada desafiante de Isabella, detectó un sutil matiz de miedo en sus ojos. Como un conejo acorralado, ella parecía defenderse poniendo una cara valiente y desafiante cuando posiblemente desearía refugiarse en alguna madriguera segura.

Y ese coraje lo hacía sentir algo más, algo completamente extraño para él. Era una especie de admiración y sentido de apropiación, un extraño respeto, pero también el deseo de protegerla.

De alguna manera encontró su voz. De alguna manera encontró la paciencia para resistir dar una orden inmediata y brusca de que todos se alejaran de su esposa.

-Gente de... - pensó que había encontrado su voz. Pero se ahogó en su propio tono ronco y empezó otra vez.

-Gente de Swan y Caballeros de Masen, les agradezco por estar aquí para ser testigos de nuestra santa unión.- miró a Isabella. Aunque mantenía una apariencia serena, su manos estaban cerradas en puños sobre su falda.

Sintió la poderosa urgencia de abrir las manos por ella.

-Pero les informo que sólo Dios será testigo de esta santa unión.

Como era costumbre, los hombres lanzaron una fuerte protesta, pero rápidamente se retiraron. Las mujeres, también, abandonaron a Isabella con susurrados deseos de buena suerte.

Sólo Sir Jasper estaba lo suficientemente borracho como para gritar,

-Vendremos por las sabanas ensangrentadas por la mañana, Edward. ¡No nos decepciones!

Los otros se le unieron en divertidas amenazas, pero Edward les cerró la puerta en la cara. Tomó una respiración profunda y giró para encarar a su esposa.

Ella no se había movido de su lugar. Sentada en el medio de su cama cubierta de pieles, iluminada por un montón de velas, lucía como una santa a punto ser martirizada. Sus ojos brillaban con coraje, su vientre subía y bajaba con cada respiración superficial, y sus dedos se apretaban firmemente a las mantas de la cama. Casi sintió lastima por ella.

Hasta que Isabella habló.

-Tócame, y será tu sangre la que manche las sabanas.

Sus palabras extinguieron su lujuria como un balde de agua fría. Si Isabella fuese un animal salvaje, decididamente sería uno con garras. Y Edward ya había tolerado uno de sus dolorosos arañazos. Y no los toleraría otra vez.

Necesitaba un momento para pensar, para considerar mejor como acercarse a este peligroso animal.

Mientras mantenía una mirada fija en él, Edward estudió la habitación. Estaba amueblada de un modo impropio para una dama, No habían perfumes, ni cintas, ni lazos sobre la única mesa que estaba a un lado de la cama, sólo una pluma, unos pergamino, y botellita de tinta. Un pesado escritorio de madera dominaba una pared, y un baúl de madera de pino yacía debajo de una de las ventanas. Una silla usada, al lado la chimenea, donde un fuego modesto ardía.

Un gancho en una pared sostenía su capa, y debajo había un par zapatos de cuero. Los colgantes de terciopelo azul de la cama suavizaban el ambiente despojado, pero le otorgaban poca feminidad al recinto. Ninguna pintura en las paredes, y en vez de tapices, allí estaban colgados un par de escudos, un hacha de batalla y media docena espadas y dagas. Era la despojada habitación de un guerrero.

Como mi habitación, pensó, Isabella era simple y directa.

Exhibía lo suyo a todos los que lo quisieran ver, no tenía falsas pretensiones, y no gastaba el espacio del lugar en frivolidades. Debía ser igual de directo con ella.

Se aproximó la cama, desabrochando su cinturón con deliberada parsimonia y enrolló el cinto de cuero alrededor de su puño. Y aunque dejó que su mano cayera a un costado, ella le lanzó una fugaz mirada, claramente preguntándose cuáles eran sus intenciones.

Edward la dejó imaginarse la respuesta. Era mejor dejar al adversario adivinando.

-Quizás no me escuchaste la primera vez, muchacha. Tal vez me escuches mejor ahora. Sois mi esposa. Te casaste conmigo por tu propia voluntad. Llevas mi anillo, y tus labios sellaron con palabras esta unión -vio las manos de ella moverse incansablemente sobre las sabanas.

-No me será negado lo que es mi derecho.

Iba a continuar diciéndole que a pesar de ese derecho marital, le había hecho una promesa a su hermana, y sin lugar a dudas, iba a mantenerla con su honor de caballero. No tomaría a Isabella contra su voluntad. A pesar de la lujuria rugiendo dentro de él.

Pero ella nunca le dio la oportunidad de decir una palabra. Veloz como un zorro, sacó algo de debajo de la cama y exhibió su daga.

Afortunadamente, sólo blandió el arma, su mirada era una tácita amenaza tan fría como el metal de una espada.

Atónito como estaba por su violenta respuesta, rápidamente disfrazó sus movimientos de una casual despreocupación, como si ella blandiera una pluma, y cuidadosamente desenrolló y enrolló el cinto de cuero alrededor de su puño.

-Me parece recordar que en el salón, vos propusiste un acuerdo para que tu hermana fuese castigada por vos misma.

Estaba silenciosa, pero Edward notó un cierto parpadeo en sus ojos.

-Sin embargo pareces muy renuente a tolerar un castigo ahora. -dejó caer su mirada brevemente hacia la espada brillante. -Estás muy lejos de parecer la humilde doncella que hizo un pacto conmigo antes, quien me rogó para que yo aceptara su sacrificio, quien estaba dispuesta a ofrecer su propio cuerpo por el de su hermana para que ella no sufriese. ¿Es eso así? ¿Deseas retirar tu oferta? ¿Debo ser yo quien castigue el cuerpo de Rosalie?

-¡No! ¡No! -Una arruga de confusión se instaló entre sus cejas, y cambió el asimiento de la daga. -¿Pero por qué vos buscarías castigarme aquí, ahora, en nuestra cama matrimonial?

Él levantó una ceja. -Es muy obvio que no deseas que nada mas pase aquí. - El miró la daga.

Muy, muy lentamente, Isabella bajó la daga, pero Edward pudo ver la lucha interna en sus ojos. Como la frustraba sucumbir ante él. Había caído por sus propias palabras, y finalmente tuvo que concederse derrotada.

Edward extendió su mano para recibir la daga. Con reticencia, Isabella apoyó la espada en su mano.

-Confío en que no tendrás otra a mano.

Ella sacudió la cabeza.

Edward tomó la daga, y con un rápido giro de su muñeca, la envió volando a través del cuarto. Cayó en el baúl de madera.

De reojo, la vio sobresaltarse, no mucho, pero lo suficiente para hacerle saber que no había bajado la guardia completamente.

Isabella lanzó una mirada furtiva al cinturón en su mano, y supo que ella esperaba que él usara sus puños contra ella.

Emmett se habría reído de solo imaginar una cosa semejante. Edward nunca había golpeado a un hombre en su vida. Nunca había necesitado hacerlo. Sus miradas fulminantes hacían obedecer a los sirvientes y hacían que los soldados temblasen en sus botas. Pero Isabella no sabía eso. Y Tal vez era mejor que mantuviese esa duda.

A pesar de sus temores, permaneció quieta, no perdió su dignidad, sólo le ofreció un consejo simple y directo:

-Haz como te plazca. Pero ten cuidado, no te descontroles y no olvides la capacidad de tu fuerza. No sería bueno que termines matando a tu esposa.

Enfrentado con su brutal honestidad y su coraje sorprendente, no podía seguir manteniendo la pretendida amenaza. Su nueva esposa era muy valiente, y el corazón de Edward se llenó de un curioso orgullo. Y otra vez, consideró que sería un muy buen soldado.

Pero cuando su mirada se deslizó hacia el lugar dónde su achocolatado cabello se separaba para revelar los delicados pezones de sus pechos, todos los pensamientos relacionados con las batallas desaparecieron. Lentamente desenrolló el cinturón y lo apoyó en la mesa al lado de la cama.

No, él tenía una clase diferente de castigos en mente, un castigo que había empezado a imaginar mientras le vendaban el corte que ella le había infligido con su espada, y mas tarde había perfeccionado en la capilla, cuando presionó sus labios con los de ellas en un acto de posesión.

El único sufrimiento que ella toleraría en esa habitación nacería de su propia pasión.

-Oh, mi lady, No es la muerte. Te perdono esa noche,- le dijo crípticamente.

Mientras lo miraba con desconfianza, desabrochó el plaid sujetado en su

hombro y lo lanzó hacia la silla. Notó que los nudillos de ella estaban blancos donde estaba aferraba a la manta, y Edward frunció el ceño.

-Me temes,- provocó.

-No. Sólo es que no me gustas.

-Mentirosa.

-No hagamos un juego de esto. Hazlo rápido. Haz lo que tengas que hacer.

-¿No vas a resistirte?

Ella sacudió la cabeza una vez.

-¿No gritaras por ayuda?

-Yo no grito.

La sombra de una sonrisa tocó los labios de Edward. Él podría hacerla gritar.

-¿No tiemblas de miedo?

-Te lo dije. No estoy asustada.

-Y sin embargo estás estrangulando a la pobre manta con tus puños.

Inmediatamente soltó la manta.

Edward plantó una bota sobre el extremo de la cama para desatar los cordones, y sonrió mientras ella rápidamente desvió sus ojos. Aún no acostumbrado a la falta de ropa interior, encontraba ciertos aspectos de la vestimenta de los escoceses muy divertidos.

Una vez que sus botas cayeron al piso, se quitó la túnica por la cabeza y aflojó los lazos de la larga camisa que llevaba debajo. Mientras él hacía esto, Isabella lanzó varias miradas de reojo, miradas que pensó que Edward no podría detectar, y eso lo alivió inmensamente. Ella no estaba tan paralizada por el miedo y podían permitirse satisfacer su propia curiosidad acerca del hombre con quien se había casado, lo que era bueno. Decidido a que mantuviera su curiosidad, se dejó la camisa puesta y llevó una vela alta cerca de la cama. Quería una luz cálida para lo que estaba planeado.

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.

.

Isabella deseaba que terminara de una vez con el asunto. ¡Por Dios! ¿Qué era lo planeaba ese hombre? Era una tortura esperar un sufrimiento y sin embargo ignorar la naturaleza de ese sufrimiento. Podía tolerar el dolor físico, pero esa anticipación la estaba enloqueciendo.

Lo peor de todo, era tener que tolerar voluntariamente ese tipo de abuso. Estaba acostumbrada a pelear, no a rendirse.

Ahora se había quitado su camisa y había traído la vela mas cerca. ¡Dios mío! ¿Qué tipo de perversión era esa? ¿Planeaba torturarla con cera caliente? ¿O la vela era para que pudiera admirar mejor los moretones que le infligiría? ¡Madre de Dios!, Deseó no haberle entregado la daga.

-Tus manos están apretadas otra vez,- murmuró, curvándose cerca de ella.

Esta vez no pudo liberarlas. Cada nervio estaba tensado tan firmemente como un arco listo a lanzar su flecha. Su voz, a pesar de sus palabras valientes estaba cargada de tensión.

-Cualquier cosa vil que pretendes hacer,-balbuceó- hazla pronto. Me estás reteniendo aquí y yo tengo mis obligaciones.

Él se rió con ganas, y aunque el sonido era placentero, la puso más nerviosa.

-Tu única obligación esta noche es conmigo.

¡Dios, odiaba el guiñó de su ojo!, el modo en que sus labios curvaban en una sonrisa cómplice y el hecho que estuviera parado al lado de ella. Cerró sus ojos firmemente y se preparó para el primer golpe.

Casi instantáneamente, su palma atrapó su mejilla, pero no era con una trompada. Su pulgar acarició un ángulo de su boca, y pasó la punta del dedo sobre el lóbulo de su oreja.

-Abre los ojos,- le pidió. -Me gustaría que sepas quien es que te está haciendo sentir así.

¡Por Dios!, forzó sus ojos a abrirse, ganando fuerza de la determinación de no darle ninguna satisfacción. Pasaría pronto, después de todo, y sólo necesitaba recordarse a sí misma que era por la integridad de su hermana que toleraba ese infierno.

Edward deslizó su mano por su mejilla.

-Creo que... - Entonces fue hacia el pie de la cama. - que comenzaré con tus pies.

A pesar de su determinación permanecer en calma, imágenes de una docena de horribles torturas invadieron sus pensamientos. ¿Le quemaría las plantas de los pies? ¿Le quebraría los dedos?

Lentamente él retiró la manta. Nunca se había sentido tan desnuda, tan vulnerable.

-Acuéstate.- dijo con voz ronca.

Le costó cada gramo de su disciplina. Poder obedecer la orden. Comprimió sus labios, esperando que eso fuera suficiente para detener sus gritos.

Su mano tomó su talón, y lo levantó levemente.

-Hermoso,- dijo, él.

Acariciándolo con su mano.

Su palma estaba tibia sobre su piel, su caricia la calmó.

-Pero tan frío, -murmuró, encerrando su pie entre sus manos.

Ella contuvo la respiración, esperando que estrujara sus huesos hasta que se rompieran o para darle a su tobillo un violento giró. Pero no hizo nada de eso.

En cambio, presionó sus pulgares en los arcos del pie. La extraña fricción produjo un calor que le subió por la pierna. Edward repitió el movimiento, esta vez recorriendo los dedos de los pies.

-Respira,- dijo suavemente. -No voy a lastimarte.

No era tan ingenua como para creerle, y casi deseó desmayarse por la falta de aire.

Dejó de masajear su pie.

-Isabella, respira. No te haré ningún daño. Lo juro por mi honor de caballero.

Tal vez decía la verdad. Confiaba en que un caballero del rey no tomaría sus votos livianamente. Ella soltó una bocanada de aire y absorbió.

Pero... ¿y el castigo de Rosalie? ¿No había dicho que pagaría con su propio cuerpo por los pecados de Rosalie?

Como si leyera sus pensamientos, murmuró, -Tengo intención de hacerlo con vos esta noche, como cualquier hombre lo haría con su nueva esposa. Y vos, querida esposa, has prometido no resistirte. Respecto al castigo, apostaría a que esto es para vos mucho más que cualquier golpiza que pudiera propinarte.

Las Emociones se sucedían tan rápidamente que apenas tuvo tiempo sentirlas. Alivio. Sorpresa. Temor. Shock. Humillación. Furia.

¡Maldición con el normando bastardo! Tenía razón. Le horrorizaba admitirlo, pero estaba en lo correcto. Tolerar sus caricias, su ternura, su seducción, sin protestar era pura agonía. Nada era más importante para ella que el control, sobre ella, sobre su castillo, sobre su cuerpo, sobre sus emociones. Los jueguitos de Edward amenazaban ese control. Y encima le había prometido permitirlos. ¡Maldito!, la había atrapado en la red de su propia promesa.

Cuando miró a Edward, vio otra vez una sonrisa de satisfacción, una mirada experta en sus ojos, y deseó borrar esa expresión de su cara de una vez y para siempre. Pero le había dado su palabra de no pelear.

No le iba a hacerle tener una victoria fácil. Si podía ser estoica ante el dolor… ¡Por todos los Santos!, podía ser estoica ante el placer.

-Con el tiempo, llegarás a darle la bienvenida a mi contacto.

Nunca, pensó, ignorándolo y fijando su vista en el techo, determinada a pensar en algo mas, algo que no fuese ese calvario. Mentalmente, ella comenzó a recitar el alfabeto.

Las manos de Edward rodeaban tiernamente su tobillo.

Apretó sus dientes contra la sensación…. B… de bastardo, pensó. Y B de Bestia. Y B de... Bálsamo.

Era el turno de la C , C de Callosas, pero sus manos eran increíblemente gentiles y le aliviaron la tensión de los músculos entre los dedos de sus pies.

Ella perdió su determinación por un momento, entonces frunció el ceño para seguir concentrada. D de Demonio. Demonio. Déspota. Deseo.

No, no deseo

E de escapar y eludirlo.

F de... de...

-No forcejees, Isabella. No luches contra tu propio placer.- sus dedos hábiles parecieron masajearle hasta su alma.

Fuerza.

Fallar

Cerró los ojos.

G... No podía pensar en nada con G. No podía pensar en nada. Nadie nunca la había tocado de ese modo, de una manera que le generaba oleadas de calidez a lo largo de toda su pierna.

Sus manos se movieron por la pantorrilla y apretando los músculos doloridos ahí. Pero su contacto parecía quitarle el dolor.

-¿Eso te duele?- preguntó.

Ella gruñó. No. Era GRANDIOSO. G de Grandioso. Pero no le dijo eso a Edward.

Era asombroso como podía ejercer el exacto monto de fuerza, el suficiente para producir chispas a lo largo su piel, pero insuficiente para causar dolor.

Cuando terminó con sus pantorrillas, se dirigió a sus muslos, presionando las palmas de sus manos lentamente a lo largo de los músculos hasta que estos parecieron derretirse bajo su presión continua. Otra vez y otra vez, y aunque su contacto la dejó completamente relajada, era también extrañamente energizante.

Sólo cuando se detuvo se dio cuenta que sus ojos estaban semicerrados. Los abrió de par en par.

Él atrapó una de sus manos y ella empezó a retirarla defensivamente.

-No me resistas,- le recordó.

Con reticencia le dejó tomarla otra vez, centrando su mirada una vez más en el techo. ¿Dónde estaba? ¿G? ¿H? ¿I?

Ah. De alguna manera sus dedos lograron aflojar sus nudillos.

-Muestras tus emociones aquí, tu tensión,- le dijo. -Tus puños te delatan.-

Una pavada, pensó ella. Llevaba años practicando el arte de esconder sus emociones.

Pero cuando presionó la parte carnosa de su mano entre el pulgar y el índice, ella tomó una rápida respiración mientras el dolor le subía por el brazo. Suavizó el contacto, haciendo círculos en el área gentilmente hasta que el dolor cedió.

-¿Ves?

No quería ver. Mientras lentamente trabajaba en sus brazos y sus hombros, sentía que estaba haciendo algo más que meramente aflojar sus músculos. Estaba debilitando su armadura. Y tan glorioso como se sentía, tan placentero como su contacto era, no se atrevía a dejarlo derrumbar sus defensas, no se atrevía a dejarlo quitarle el control. Era una escocesa, se recordó a sí misma, dura y fuerte.

No, un Normando malcriado con un caballo perfumado. Poniéndose rígida contra esa sensación divina, preguntó,

-¿Ya terminaste?

Cochinas! que pensabais que iba hacer Edward para castigarla?….jejejeje…. siempre pensando en sexo eh¿?jejejeje… pues me temo que todavía no… pero yo mató por un masaje de esa envergadura… no estáis de acuerdo¿?

Jajajaja, madre mía si que es brutita Bella, mira que pensar que le quemaria los pies con la vela… terca como una mula como de costumbre. Jejejeje… y que tierno en la intimidad Edward… veremos como acaba el masaje erótico… ;p

Por cierto, se ve que era una costumbre en la época, que la gente del castillo entrara a asegurarse que la dama recibía a su esposo como era debido. Lo que no era tan normal ;) era que la dama no se cubriera. Jejejeje. Pero para ovarios los de Bella. Bueno no me enrollo un besote y nos leemos, prometo actualizar muy pronto como siempre…

Mis disculpas con el retraso son las 22.25H y regreso ahora mismo del curro... es lo que tiene el pluriempleo... sorry pero esta semana va a ser una locura... aunque... sea tarde... no voy a dejar de subir 2 capítulos... lo que no puedo hacer es contestar a todos los RW. mis disculpas... aunque los leo todo y los agradezco .

bueno como no quiero ser responsable de que alguna se quede sin uñas... jejeje. les cuento que quedan 2 capis más y el Epílogo... snif snif... pero no se preocupen... tengo una nueva historia... en mente para adaptar... que les parece la hermosa Agente Especial Isabella Swan y el "delincuente" inteligente y atractivo Edward Masen...como ven cada historia es diferente... escenarios personajes... me gusta la variedad jejejeje. promete no¿? les aseguro que es divertida y apasionante jejejeje. un juego del gato y el ratón si todo va bien y tengo un respiro el miercoles (que és cuando calculo terminar Amazanas)... la empizo... jejejeje.

un Besazo a todas y en especial a Neny W. Cullen... nos leemos