EVEN IN DEATH
9. Música
Estaba en la cama cuando volvió a escuchar aquel ruido. Sirius dormía a su lado, con uno de sus brazos descansando sobre su pecho y la cabeza muy cerca de la suya, sobre la almohada. Remus le dio un beso muy suave en los labios y se separó de él con cuidado de no despertarle. No se puso las zapatillas.
Salió de la habitación y bajó las escaleras despacio para no hacer ruido. No quería que Sirius se despertara y tampoco quería asustar a lo que fuera que estuviera haciendo aquel sonido. Avanzó con cuidado hasta la biblioteca y cuando empujó la puerta para abrirla ésta chirrió y el ruido que le había despertado cesó de golpe.
Remus entró. Estaba oscuro, como aquella vez, pero ahora sabía que no debía tener miedo. La casa era segura y de todas formas Sirius estaba arriba. Sólo tendría que gritar para que acudiera corriendo a su lado.
-Está bien –dijo en voz alta y firme-. Sé que estás ahí, así que será mejor que te muestres.
Durante un rato nada cambió, pero Remus siguió allí, en pie, esperando.
-¿No vas a salir? Vale, tú lo has querido. Avisaré a Sirius. Él te obligará a…
-¡No!
El grito lo pilló por sorpresa. En realidad no esperaba que aquella amenaza surtiera efecto.
-Entonces sal.
Una sombra se desprendió de la estantería, entre dos libros llenos de polvo. Remus retrocedió un paso cuando la figura del diablillo surgió ante él. Era una criatura pequeña, no más grande que una varita mágica. Apenas tenía pelo y era tan delgado que los huesos se marcaban puntiagudos bajo la pegajosa piel. Tenía ojos saltones y unas manos ágiles y delgadas. De su espalda encorvada surgían dos alas de murciélago plegadas.
-Así que tú eres la criatura que hacía ruido aquí abajo.
-Lo siento, lo siento mucho.
-¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? Éste es un lugar privado.
El diablillo se encogía sobre sí mismo, como si le diera vergüenza mostrarse ante Remus. Como si temiera un castigo.
-Sí, lo sé. Un lugar privado… No hay muchos lugares privados aquí. No hay nada privado más allá del valle… Pero éste lo es, claro, un lugar privadísimo.
La ingenuidad de aquella criatura hizo que la voz de Remus perdiera dureza.
-¿Qué quieres?
-Nada. No pretendía ser una molestia y por supuesto no quería causar problemas. Pero el exterior está lleno de criaturas terribles, monstruos, demonios… -el diablillo se encogió sobre sí mismo y tiritó, como un animalillo asustado-. Éste parecía un buen lugar para quedarse.
Remus miró nervioso hacia la puerta, sin saber muy bien qué era lo que debía hacer. ¿Debía avisar a Sirius?
-Lo siento. No puedes quedarte aquí. Si él te descubre…
-¡Por favor! –la criatura saltó de la repisa y se enroscó en su brazo. Remus se estremeció-. No me obliguéis a salir ahí fuera. No quiero volver. Me matarán, son más poderosos que yo… ¡Por favor!
Remus apretó los labios indeciso.
-Pero Sirius no dejará que te quedes.
-¡Puedo esconderme!
-¿Qué?
-Bueno, llevo varios días aquí y él no me ha descubierto, ¿verdad? Puedo seguir escondido como hasta ahora. Él no me da miedo. Pero el exterior… Si me alcanzan me matarán. ¡Me devorarán!
Remus se estremeció al recordar aquellos seres que les habían atacado por el camino. Si Sirius había salido malherido, ¿qué podrían hacer a una criatura tan pequeña?
-No lo sé…
-¡Me portaré bien! No haré ruido, no sabréis que estoy aquí. Y puedo hacerte compañía cuando él no esté.
Le enseñó una sonrisa llena de colmillos. A Remus aquel gesto infantil le inspiró ternura.
-Está bien. Dejaré que te quedes de momento y si te portas bien a lo mejor puedes quedarte más tiempo.
-¡Gracias!
El diablillo parecía muy contento. Se soltó de su brazo y empezó a revolotear por la habitación.
-¡Gracias, gracias, gracias!
Pero entonces se escucharon unos pasos bajando la escalera. Cuando la puerta se abrió la criatura había vuelto a esconderse entre los libros.
-¿Remus? -Sirius entró bostezando en la habitación-. ¿Qué haces aquí?
Podría haberle dicho la verdad: podría haberle confesado que había un ser extraño escondido en la repisa. Pero entonces Sirius se asustaría y lo mataría antes de hacer preguntas. Y la criatura no parecía peligrosa, así que finalmente su lado humano fue más fuerte que el sentido común.
-Nada. Estaba aburrido y bajé a buscar un libro.
-Hmm. ¿No es tarde para leer?
-No lo sé. ¿Es tarde?
-Sí.
-¿Vas a salir hoy?
-No tardaré en volver.
Remus agachó la cabeza. No quería protestar, no quería quejarse, pero cada vez que Sirius se marchaba sin darle explicaciones el corazón se le encogía y no podía respirar tranquilo hasta que volvía a estar en casa. A salvo. A su lado.
-No te preocupes –Sirius acarició su mejilla y luego cogiéndolo con cuidado de la cabeza lo recostó en su hombro-. Volveré pronto. Muy pronto. No me iría si no tuviera que hacerlo.
-Ya lo sé –Remus se separó un poco para poder mirarlo a los ojos. ¿Cuándo llegaría el momento de hacer las preguntas?-. No pasa nada, estoy bien. Es sólo… que te echaré de menos mientras estés fuera.
-Tardaré tan poco que casi no te darás cuenta.
Remus asintió.
-Vale.
Sirius se dirigió a la puerta. Antes de salir ya había transformado su pijama en un traje negro y una enorme capa del mismo color que le llegaba a los pies.
-Remus…
-Lo sé. No te preocupes, no saldré de la casa.
Con una sonrisa rápida, Sirius salió por la puerta y Remus volvió a quedarse solo.
O casi.
-¿Ya se ha ido?
Se había olvidado del visitante.
-Sí.
No quería dar explicaciones. No quería hablar con nadie. Pero el diablillo lo siguió por las escaleras hasta el dormitorio, poniendo en voz alta sus pensamientos.
-¿Por qué se va? ¿No sabe lo peligroso que es estar ahí fuera? Te dice que no debes abandonar la casa y él espera la menor oportunidad para salir, sin explicaciones. ¿Se cree que es el rey del Valle o qué?
Remus contuvo una sonrisa.
-Probablemente –murmuró-. Es un Black. Incluso aquí.
-¡Hmm!
El diablillo voló hacia sus rodillas y se sentó en sus piernas para poder escudriñar mejor su rostro.
-Se supone que te quiere, ¿verdad? ¿Qué hay ahí fuera más interesante que tú?
No quería contestar esa pregunta. Remus se puso en pie y su nuevo amigo estuvo a punto de caer al suelo.
-¡Cuidado! Aún tengo el ala rota.
Sin saber en qué ocuparse, Remus empezó a vagar por la casa, entrando en las habitaciones, abriendo los cajones vacíos, reordenando los pocos objetos que había… Hasta que el ruido estridente de unas teclas desafinadas hizo que volviera la cabeza con rapidez.
El diablillo caminaba por encima de las teclas del viejo piano. Sol, Fa, Mi…
-Este cachivache hace unos ruidos muy raros.
-Se llama música.
-¿Música? –preguntó sorprendido.
Re, Sol, Do…
-¿Esto es música?
-No. Eso no. Eso es ruido.
La, Do, Fa, Fa, Fa, Fa…
La criatura saltaba a la patita coja sobre la última tecla, riendo divertido cada vez que ésta sonaba.
-¡Música!
Remus se tapó los oídos.
-Vamos, bájate de ahí.
-¿Por qué? Me gusta la música.
FAAAAAAAAAAAAAAAA…
-¡Baja!
Remus le empujó con delicadeza y el ser salió de las teclas para sentarse en la parte de arriba del piano.
-Te enseñaré cómo se hace.
Remus colocó las manos sobre el teclado y buscó los pedales con los pies.
-Hace siglos que no toco. No sé si me acordaré de algo. Vamos a ver…
El diablillo balanceaba las piernas frente a él, observando su expresión de concentración. Iba a decir algo, pero en ese momento Remus empezó a mover los dedos y la música llenó la casa.
Al principio fueron notas sueltas, luego el estribillo de una canción de los Beattles. Cuando cogió el ritmo cerró los ojos y sus dedos empezaron a volar sobre el teclado: fragmentos de Mozart se desprendieron de sus manos antes de que el Claro de luna de Beethoven saliera a trompicones del viejo piano. El diablillo lo miraba con sus saltones ojos muy abiertos. Con la última nota Remus soltó un suspiro y abrió los ojos.
-Eso era música –murmuró.
-Música… -el diablillo aún parecía emocionado-. Me gusta –sonrió. Y su enorme sonrisa hizo que Remus estallara en carcajadas.
.
.
Pasaban la mayoría del tiempo en la Biblioteca. Remus estaba sentado en un sillón con las piernas cruzadas, leyendo. Desde hacía horas no separaba los ojos de aquel enorme volumen sobre Vampiros y otros seres de la Oscuridad. Sirius lo observaba. Le gustaba leer, pero prefería mirarlo a él, buscando las expresiones de su rostro, intentado descifrar sus emociones. Podía estar seguro por sus gestos de cuándo leía algo que le agradaba y cuándo era al contrario. El pequeño licántropo era tan transparente como una gota de agua fresca.
Pequeño. Sirius sonrió con nostalgia. No era precisamente pequeño, a pesar del aspecto que mostraba, pero le gustaba verlo así, joven, enérgico… con todas esas cicatrices. Le alegraba que hubiera decidido dejárselas, porque a Sirius le volvía loco acariciarlas y lamerlas mientras lo hacían.
-¡Esto es increíble! ¿De dónde sacarán toda esta información equivocada? Me gustaría conocer a la persona que escribe estos libros –entonces se dio cuenta de que Sirius lo observaba-… Qué.
-Nada –sonrió divertido-. Es que hacía tiempo que no te veía enfadado.
-No estoy enfadado –le corrigió-. Sólo… indignado. Aquí dicen cosas de los licántropos completamente absurdas. ¿Cómo pueden estar tan equivocados?
Sirius se encogió de hombros en un gesto elegante.
-¿Qué importa ya nada? Aquí no pueden hacerte daño sus críticas ni sus palabras de desprecio.
-Ya. Pero es difícil olvidar lo que fui una vez.
-Y no tienes que hacerlo. ¿Para qué vas a olvidarlo? Después de todo nuestra vida no estuvo tan mal.
Remus lo miró con curiosidad.
-Que digas eso precisamente tú… Después de todo lo que pasó. ¿Cómo puedes…?
-Es fácil. He sopesado todos mis actos, he puesto en una balanza mi vida entera y sencillamente los buenos momentos compensan con creces los malos.
Remus cerró el libro para volcar en él toda su atención.
-¿Eso piensas?
-Sé que podría haber sido mejor, pero también podría haber sido mucho peor. Tú podrías haber acabado en Ravenclaw o yo en Slytherin. O podrías haber sido una chica. ¿Imaginas? –sonrió-. Todo podría haber sido muy diferente, un par de años de diferencia, algunos kilómetros de distancia y podríamos no habernos conocido nunca.
Remus se levantó y se acercó para sentarse junto a él en el sofá. Con un suspiro recostó la cabeza en su hombro y dejó que Sirius tanteara en busca de su mano y entrelazara con ella sus dedos.
-¿No me habrías querido si hubiera sido una chica?
-No lo sé –confesó-. Supongo que te habría querido aunque fueses un licántropo –Remus sonrió ante la indirecta-. Pero me alegro de que ocurriese como ocurrió.
-Sí, yo también.
-¿Recuerdas aquella tarde… en el lago?
-¿El día de la tormenta?
-Sí.
Remus sonrió.
-Claro. Pillamos un catarro monumental. Una semana entera en la enfermería a base de jarabe de ortigas.
-Estaba asqueroso.
-Y que lo digas.
-Yo creo que la Señora Pomfrey aprovechó para vengarse de nosotros.
-No te metas con ella. Era una buena mujer.
Sirius asintió y quedaron un rato en silencio.
-Fue la primera vez que deseé besarte.
Remus se incorporó un poco para mirarlo a los ojos.
-¿En serio?
-Sí.
-No me lo habías dicho –y al rato añadió-. Habíamos discutido.
-Lo sé.
-Llevabas varios días sin hablarme. Ni siquiera sé por qué te enfadaste tanto.
-Fue por culpa de ese Laurie.
-¿Laurie?
-Sí, ese amigo tuyo. Durante una temporada fuisteis inseparables.
-Ronald Laurie. Sólo coincidimos en un par de asignaturas y aprovechábamos para estudiar juntos. ¿Ese Laurie?
-Creo que me puse celoso.
Remus parecía sorprendido.
-¡Pero si estábamos en cuarto! Creía que no te interesaste por mí hasta finales de quinto curso.
-Pasabas toda la tarde con él.
-A James y a ti no os gustaba estudiar en la Biblioteca y él era un chico agradable –recordó-. Nos llevábamos bien.
-Durante un tiempo ibais juntos a todas partes: a clase, a la biblioteca… y un día cuando llegué al invernadero él se había colocado a tu lado para trabajar en tu grupo.
-¿Estabas celoso de Laurie? –rió.
-No te rías, Lupin. Si no hubiera sido por eso a lo mejor nunca me habría planteado estar contigo. Pero os veía mucho juntos y empecé a pensar cosas absurdas. De pronto empecé a imaginaros a los dos, perdidos en algún rincón oscuro, besándoos… y me llevaban los demonios. No dejaba de pensar en ti… hasta que una noche lo hice.
-¿El qué?
-Ya sabes, pensé en ti mientras… bueno, no querrás que sea más explícito.
Lupin estaba encantado con las revelaciones.
-¿Te masturbabas mientras pensabas en mí? –preguntó con curiosidad infantil-. ¿En serio? Es encantador.
-Bueno, tenía catorce años. En aquella época me masturbaba pensando en casi todo. Pero se puede decir que te convertiste en mi fantasía recurrente preferida.
-Vaya –silbó.
-No te rías, seguro que tú también lo hacías.
-¿Masturbarme pensando en mí? –rió-. Sí, a menudo.
-¡No me digas que no sospechaste nada!
-Pues… no.
-¿Pero en qué nube vivías, Lupin? ¡Si hasta James se dio cuenta!
-Sirius, andabas todo el día persiguiendo faldas. Y no quiero ni pensar en lo que hacías de noche. ¿Cómo querías que imaginara que en realidad pensabas en mí cuando te tocabas?
-Supongo que no eras tan perceptivo como yo creía.
Remus le dio un codazo haciéndose el ofendido y Sirius rió entre dientes. Después de un rato en silencio Sirius volvió a tomar la palabra.
-¿Recuerdas cuando te lo dije? Era sábado. Acabábamos de llegar de Hogsmeade.
-Claro que me acuerdo. Llevabas todo el día muy raro, como ausente. Nada más llegar a la torre me cogiste del brazo y me llevaste directo al dormitorio porque decías que tenías algo importante que decirme. Creía que querías hablar del regalo de cumpleaños de Peter.
Era bonito recordar aquellos momentos, cuando eran jóvenes e inexpertos y tenían toda la vida por delante.
-Parecías asustado mientras te besaba.
-Estaba asustado.
-¿En qué pensabas? –preguntó Sirius con curiosidad.
-Pues… pensaba que seguramente el whisky que habías bebido esa tarde te había sentado mal. Todo el día con aquella actitud y de buenas a primeras me encierras en la habitación y me sueltas aquello de que no querías seguir esperando y que ibas a hacerlo. Y me besaste. Sin dejarme reaccionar. Y era mi primer beso.
-Sí –sonrió Sirius-. Pero aprendiste rápido.
Remus sonrió también.
-Me pilló de improviso, pero fue muy bonito.
-¡¿De improviso?! Vamos, Lupin, si no dejaba de hacerte señales.
-¿Señales? ¿Qué señales?
-¡Oh, vamos! Aquella tarde, por ejemplo, junto al lago. Te dije que eras mucho más tranquilo y paciente que James y que cuando saliéramos de Hogwarts me iría a vivir contigo.
-¿Y eso era una señal?
-¡Claro! –Remus sacudió la cabeza-. ¿Y qué me dices de aquella otra vez, en la Biblioteca? ¿Cuando aquella niña se acercó a pedirme que le acompañara al baile y le dije que esperaba ir con otra persona? Te estaba mirando a ti.
-Ya. Creía que simplemente te la querías quitar de encima.
-¡Te cogí de la mano! Aquel sábado, antes de decírtelo. En Hogsmeade.
-Bueno –dijo Remus pensativo-, eso sí me pareció un poco raro. Pero no creí que fueras por ahí, la verdad. No sé, hasta entonces yo creía que sólo te interesaban las mujeres y que sólo sentías cariño por mí porque me considerabas débil y enfermizo.
-Te consideraba débil y enfermizo –confesó-. Al principio.
-Ya.
-¿De verdad no lo sospechabas?
-No.
-¿Ni un poco? -Remus se encogió de hombros-. Te llevarías una buena sorpresa –sonrió.
-Pues imagínate: de repente mi mejor amigo estaba allí, diciendo un montón de cosas sobre que le gustaba y que no quería estropear las cosas pero si no hacía nada se arrepentiría el resto de su vida.
-Pues menos mal que lo hice, porque si no no te hubieras dado por aludido en la vida.
-Sí –sonrió Remus dándole un suave beso en los labios-. Menos mal que lo hiciste.
-¿Alguna vez te has arrepentido? –preguntó en voz más baja.
-Nunca –dijo el licántropo con firmeza.
-¿Ni siquiera cuando…?
-No.
Sirius sonrió con tristeza.
-Has sido lo mejor que me ha pasado en la vida. Y en la muerte, supongo.
-De verdad, Sirius –rió-, si no dejas de decir cursilerías voy a tener que hacer algo.
-¿Como qué?
-¿Qué tal besarte para no dejarte hablar?
-Me parece bien –rió.
Continuará…
N/A: Gracias por leer.
DaiaBLACK
