Capítulo 8: "Una piedra en el camino."

27 de Enero, bosque en las cercanías de Alaris, en el Imperio del Sol.

—¿Pero qué...?

Futaba había despertado hace unos minutos bajo la influencia de ruidos extraños. Se escuchaban sonidos metálicos, además de gruñidos similares a los provenientes de algún animal.

Esto la intrigó y alarmó. Mientras que no sabía con certeza a qué se debía, recordaba algunas ocasiones donde ella y su abuelo han tenido que luchar contra lobos u otras especies salvajes en la intemperie.

Sin embargo, era como si sus instintos le gritaran que se trataba de algo diferente.

Las dos jóvenes seguían dormidas; el sonido no les afectaba. Continuaban su descanso pacíficamente. Aprovechó el momento y salió del refugio con discreción. Al menos, iría a investigar sola antes que ellas se enteraran.

No fue porque no confiara en Karen y Mahiru para defenderse por su cuenta, sino porque era probable que se meterían en algún conflicto por su culpa. Además, segurían retrasándose y peligraría el regreso a salvo a la aldea.

—Maldición. No se ve nada.

Estaba nevando con bastante potencia en el bosque. Le costó trabajo divisar apenas unos metros hacia adelante desde su ubicación actual.

Pudo ver unas manchas negras moviéndose a lo lejos, y supuso que eran los responsables de los ruidos. Cubrió su rostro de la nieve para intentar distinguirlas mejor, pero no había caso.

Decidió que sería adecuado acercarse más.

Pero antes, debía volver por su arma dentro del refugio, por si acaso tenía que luchar. Tomando su confiable hacha —el que usó en el Depósito, y utilizaba desde siempre—, se dispuso a salir.

Ni bien alzó su pie derecho, sintió una voz familiar saludándola.

—¡Buenos días, Futaba-chan!

Se volteó y vio a la castaña detrás suyo, sonriéndole.

—Buenos días, Karen. Veo que te levantaste temprano —estaba orgullosa que pudiese hacerlo, pero este no era el mejor momento para que lo haya hecho.

—¡Por supuesto! Te dije que podía hacerlo sola —declaró la castaña con tono presumido.

—Pues muy bien, ya era hora —elogió mientras volteaba a la salida.

—¿A dónde vas?

—Hay algo allá afuera que hace ruidos raros —explicó como si fuese obvio—. ¿No los escuchas?

—¿Escuchar qué? —preguntó confundida— No te entiendo...

La pelirrosada postró la palma de su mano en su frente. La castaña podía llegar a ser así de densa.

—¿Cómo puede ser que no los hayas oído? —protestó algo molesta, aunque sabía que no era culpa de Karen.

Una parte de ella deseaba no haber sabido de ellos y seguir durmiendo al menos un par de horas más...

Viendo que se encogió de hombros, Futaba continuó con su intención inicial.

—Sabes, no importa. Estoy segura que hay algo allá afuera, por más que Mahiru y tú ni se dieran cuenta. Voy a ir a ver qué es.

—¡Espera! Déjame ir contigo, Futaba-chan.

—No, quédate aquí con Mahiru. Es peligroso que esté sola. Yo me encargo.

—¿Pero si te pasa algo? Podemos despertarla y partir las tres.

Hubo un detalle que ninguna había notado. La peliazul se movía involuntariamente mientras descansaba; estaba inmersa en un sueño. Estuvo así casi toda la noche.

Pero la voz de sus amigas tan cerca la hizo volver al mundo real.

La mencionada se sentó lentamente con un bostezo, mirando alrededor.

—Hm... ¿Qué sucede...? —murmuró mientras sus ojos se ajustaban al entorno.

—¡Buenos días! Despertaste justo a tiempo, Mahiru-chan —le sonrió, volteando luego hacia Futaba—. Es más seguro si vamos todas juntas.

—¿Eh...? ¿De qué hablan...?

—Hoy tardaste, Karen te ganó —comentó la pelirrosada, para luego explicar—. No sé si te diste cuenta, pero hay unos ruidos como a metal y gruñidos afuera, e iba a ver qué los provoca. Dime que sí los escuchaste.

La peliazul trató de recordar el peculiar sueño que tuvo, para probar si lo dicho por su amiga coincidía con las visiones que presenció.

—Creo que sí... Pero no sé si fueron reales o no —contestó dubitativa—. Es que tuve un sueño muy extraño...

—Con eso me basta. Ya regreso.

Futaba partió de nuevo, y la castaña la frenó.

Non non! ¡Iremos juntas!

En un ágil movimiento, Karen tomó a ambas del brazo y emprendió una rápida caminata sin rumbo hacia donde pensaba que la pelirrosada iría.

—¡Hya! ¡Vé más despacio, Karen-chan...!

Cuando se alejaron unos metros del refugio, Futaba se dio cuenta de algo muy importante. Lo peor es que con toda la nieve ya ni se podía ver el conjunto de ramas donde estaban asentadas. Y el pobre Hiro...

—¡¿Por qué rayos hiciste eso?!

—Porque sino no saldríamos nunca y la cosa desaparecería. Pero no creí que estuviese nevando tan fuerte...

—¡No tengo mi hacha encima! ¡Se cayó cuando nos jalaste!

—¿Eh? ¿En serio...? —se dio cuenta del error que había cometido.

—¡¿Cómo se supone que nos defenderemos ante lo que sea que esté allá?! —la pelirrosada estaba completamente furiosa, y la peliazul se alarmó, una mezcla entre miedo y preocupación.

—Pues, um...

—¡Y encima abandonaste a Hiro como si nada! —le clavaba puñales con la mirada, a lo que la castaña se redujo a una bolsa de nervios.

Uu... ¡Perdón, Futaba-chan...! Sólo quería ayudar...

Para evitar que la tensión aumentara, Mahiru tomó una bocanada de aire y se paró entre ambas. No sabía cómo, pero formó dentro de sí bastante coraje como para lograrlo.

—¡Alto! ¡P-Por favor, no peleen!

Su cometido generó lo que esperaba, un poco de silencio.

—T-Tal vez podemos seguir nuestras huellas para regresar al refugio, conseguir algún arma y cabalgar con Hiro-kun hasta donde está el ruido... —propuso muy nerviosa, intimidada por el temple de su amiga.

La pelirrosada, sin decir nada, trató de encontrar cualquier rastro por el camino que habían tomado. Tenían suerte, pues las huellas de sus pies aún eran apenas visibles a pesar de la tormenta. Viendo que era la opción más sensata, las otras dos hicieron lo mismo.

El ambiente seguía siendo tenso. Futaba iba más adelante que Karen y Mahiru, mientras éstas la miraban expectantes desde atrás; en ningún momento se volteó a hablarles o a dirigirles la palabra.

Uu, sigue enojada...

—Yo pienso que podrá calmarse un poco hasta que lleguemos al refugio. No te preocupes, Karen-chan. Ella conoce este lugar mucho mejor que nosotras.

—¿Estuvo tan mal lo que hice...? —preguntó con honestidad— Si no nos apurábamos, jamás sabríamos acerca de esos ruidos...

Mahiru coincidía con el enojo de Futaba, aunque comprendía muy bien las actitudes de Karen frente a la situación; la castaña no dudaría ni un segundo en salir a combatir al peligro.

—Habría sido mejor si hubieramos hecho esto desde un principio. Ir las tres con Hiro-kun —respondió sincera.

—¡Justo eso! Futaba-chan quería ir sola, pero estaba tratando de convercerla para ir todas hasta que despertaste.

—Aún así, no tendrías que haberte apresurado —ahora la regañaba como una hermana mayor—. Nos podrías haber avisado que ibas a salir para estar listas.

—Bueno —se rascó la nuca con una risita—. Al menos no nos pasó nada peor...

Ambas decidieron caminar un poco más rápido, al ver que Futaba se aproximaba hacia lo que parecía ser el refugio; decidieron esperar a que saliera de allí para continuar. Cuando volvió montando a Hiro, las dos jóvenes subieron detrás de ella.

Fue en ese momento que les habló de nuevo.

—Si alguna de ustedes vuelve a hacer una estupidez así mientras estén conmigo, les juro que las voy a dejar aquí en el medio de la nada. ¿Entendido?

—Lo siento... —respondió la castaña, culpable.

Viendo que no tenía malas intenciones ni mucho menos, Futaba suspiró.

—Mira, sé que estás con todo esto de la Caballería y el heroísmo desde que me conoces —trató de razonar pacíficamente con ella en lugar de explotar—. Pero, por favor, te pido que pienses antes de lanzarte contra el mundo. Lo que hiciste fue muy arriesgado; ahora mismo podríamos habernos metido en problemas por eso.

—Entendido —la vio determinada—. ¡No volverá a pasar, lo prometo!

Para cambiar un poco el ambiente, Karen trajo a relucir un tema que le intrigaba y olvidó preguntar.

—Mahiru-chan, nos habías dicho que tuviste un sueño raro, ¿no es cierto?

—Pues sí...

—¿Qué soñaste? Nos dejaste curiosas.

—Ahora que lo dices, seguro debe hacer sido bastante pesado. Me extrañó que no te despertaras temprano como siempre, Mahiru.

—Es que ni siquiera lo entendí —contestó mientras trataba de recordar—. Era todo muy confuso... Algo que sí estoy segura es que estábamos tú y yo en él, Karen-chan.

—Vaya, ¿aparecí en tu sueño?

La peliazul asintió.

—Aunque no éramos las únicas, o al menos eso creo. Me pareció ver a otra persona, pero no llegué a distinguir muy bien de quién se trataba.

—Intenta acordarte sobre esta persona misteriosa; capaz te ayude a entender mejor.

—Hm... Era una chica con pelo largo. Castaño muy oscuro.

—Bueno, al menos sabemos que no soñaste conmigo —comentó Futaba—. ¿Y qué pasó después?

Entonces la peliazul comenzó a narrar lo que recordaba del sueño.

—Veamos... Estábamos atrapadas como en una especie de barrera de cristal. Pero la otra persona y yo nos habíamos convertido en estatuas enormes. Apenas llegué a verla al lado mío desde el lugar donde nos petrificaron; las paredes eran un poco traslúcidas. Después apareció Karen-chan, aunque no recuerdo cómo lo hizo, y luchaba contra unas criaturas negras. Pero la estaban venciendo...

—Criaturas negras, dices... Hace un rato salí afuera y había unas cosas oscuras allá —mencionó la pelirrosada—. Creo que son las que hacen los ruidos, y podrían llegar a ser las mismas que aparecieron en tu sueño.

Futaba estaba tratando de atar los cabos sueltos al asunto, aunque no poseía certezas si el sueño tenía relación alguna con lo que pasaba en el exterior.

—Igual puede que me equivoque —se encogió de hombros—. Casi ni se ve nada con toda la nieve que está cayendo. No sé ni qué son.

—Es por eso que tenemos que ir más rápido —declaró Karen, emocionada por revelar el misterio—. ¡Cuanto antes las veamos, mejor!

La pelirrosada iba a lanzar un comentario ofensivo sobre cómo era culpa de la castaña que todavía no dieran con las criaturas, pero decidió guardárselo. En cambio, ese corto silencio le permitió oír de nuevo los ruidos que venían molestándola hace varios minutos.

Le ordenó a Hiro que se detuviera, y postró su índice en sus labios para que se mantuvieran calladas.

—¿Pueden escucharlos? —les susurró.

Efectivamente, Karen y Mahiru pudieron darse cuenta de lo que su amiga les había hablado. Allá resonaban los peculiares sonidos, sólo que ahora eran más fuertes que antes por la cercanía que habían adquirido con lo que los provocaba.

—¿Podemos ir más cerca? Vienen de esos árboles —planteó la castaña, a lo que Futaba asintió.

—Pues para eso vinimos —se volteó hacia adelante, indicándole a Hiro que cabalgue despacio—. Hay que ser silenciosas, o se darán cuenta que los espiamos.

De a poco, fueron avanzando hasta distinguir a los especímenes desde una distancia segura.

Las manchas negras, en realidad, tenían forma humana. Poseían rasgos similares a cualquier persona, pero había ciertas características destacables de su aspecto. La primera era sus cabezas; grandes, de diferentes tamaños, y con un brillo azulado en los dos agujeros huecos que constitutían sus ojos. Sus brazos eran rígidos y con volumen, incluso musculosos si uno se pusiese a verlos detenidamente. Cada uno cargaba un arma: una espada, una lanza, o un cetro.

Los "humanoides" más grandes estaban talando varios árboles, como si estuviesen buscando algo. Los sonidos metálicos se debían a ese movimiento, y los gruñidos eran emitidos por los mismos seres al ejecutar cada golpe. Había otro más pequeño que andaba dando vueltas por la zona, sin hacer nada en particular.

Ninguna de ellas jamás había presenciado algo así; ni siquiera Futaba, quien tenía experiencia en luchar y recorrer la mayoría de las partes del reino innumerables veces. Las tres se quedaron viéndolos con atención, en caso que quisieran atacarlas.

—Vaya... ¿Qué son esas cosas, Futaba-chan? —preguntó Karen, extrañada y asombrada.

Esperaba que la pelirrosada pudiera explicarles, pero sus esperanzas se hundieron al ver que ésta se cruzó de brazos.

—No tengo ni idea. Es la primera vez que las veo...

—¿Eh? ¿Cómo que no sabes...? —lanzó un puchero—. Creí que conocías todo sobre este bosque...

—Jamás dije eso, Karen —Futaba rodó sus ojos.

—Pero...

Karen iba a continuar, pero fue interrumpida por un suspiro agitado de la peliazul.

—¿Mahiru-chan, estás bien? —preguntó preocupada al notar su estado; se veía asustada, con los ojos abiertos, y su mirada estaba concentrada de pleno en los "humanoides".

—S-Son las criaturas... L-Las del sueño, las que te estaban atacando... —tartamudeó nerviosa.

Mientras se acercaban a las cosas, Mahiru rezaba dentro de sí para que no fuesen las del sueño; tenía miedo que les ocurriera algo malo a sus amigas, o incluso a ella misma, a mano de semejantes atrocidades.

En las visiones, tenía fe que Karen las vencería y liberarla de su prisión. Las habilidades de la castaña, bajo la mente de Mahiru, eran mucho superiores a las que demostró en el Depósito al pelear contra Futaba.

Pero resultó ser todo lo contrario. La estaban aplastando, y no podía hacer nada para ayudarla. De hecho, literalmente no podía hacer nada; la estatua generó que quedara inmovilizada. Lo único que funcionaba en su cuerpo era la visión. Antes que presenciar esa hiriente derrota, hubiese preferido mantener los ojos cerrados y quedarse con la intriga sobre el resultado.

Como no se les ocurría otra cosa, considerando en qué situación se encontraban, decidieron confiar en las palabras de Mahiru. Preferían tomar cartas en el asunto antes que dejarlos ir.

—¿Tienen ganas de luchar? Porque a mí esto de dar vueltas en círculos por el bosque ya me está aburriendo —desafió Futaba, una sonrisa alargándose en su rostro.

—Pero nosotras no tenemos armas... —planteó Mahiru, viendo que su amiga ya estaba bajando de Hiro.

Como respuesta, la pelirrosada les facilitó el mazo y la espada que habían usado en el Depósito. Las llevaba en una bolsa de cuero.

—No pensaba dejarlas afuera de algo así. Creí que se habían dado cuenta que traje sus armas cuando regresábamos al refugio. Ahora son suyas.

—¿Nuestras armas? ¡¿Podemos quedárnoslas?! —los ojos de Karen se abrieron como platos.

—Claro. ¿Por qué no? Si de todos modos a mí me sobran. Además, se acostumbrarán mejor a manejarlas para futuras ocasiones. Como esta, por ejemplo.

—Gracias, Futaba-chan...

Les daba más tranquilidad tener con qué defenderse. Ahora, les faltaba lo más importante.

—¡Vamos a vencerlos!

No tenían una estrategia clara; sólo irían a golpearlos y, con suerte, podrían derrotarlos a todos.

La primera en avanzar fue Karen. Tomó su espada con la mano derecha y dio un corte horizontal a uno de los "humanoides". Aprovechó que talaba el árbol para intentar provocar daño en su espalda.

Y funcionó.

La criatura se hechó para atrás en dolor, emitiendo un quejido extraño. Sacó su sable del tronco y se dio vuelta para luchar contra la castaña.

A pesar que el humanoide la superaba unos centímetros de altura, Karen jamás bajó su guardia.

—Karen, ¿necesitas ayuda con ese? —la llamó Futaba desde lejos, combatiendo con otro ser similar.

—¡Está bien, déjamelo a mí! —aseguró, justo antes de frenar un corte vertical.

La castaña continuó con una seguidilla de cortes hasta dar uno crítico en sus ojos. Éste pareció ser el golpe final, porque, para cuando lo dio, la criatura se evaporó en una nube de humo y polvo.

—Uno menos —susurró para sí con energía.

Por otro lado, a la pelirrosada le costó menos esfuerzo deshacerse del "humanoide" con el cual combatía. En lugar de portar una espada, tenía un cetro, el cual manejaba de forma similar a la de Mahiru. Tuvo suerte que era algo lento; pudo bloquear o esquivar sin problemas sus ataques.

Tomando más distancia de las dos jóvenes, Karen continuaba luchando con uno de los últimos "humanoides" que quedaba en pie.

La peliazul, en cambio, se encargó de uno más pequeño; portaba una especie de túnica que cubría todo su cuerpo. A diferencia de los demás, no luchaba con armas. Invocaba trozos de hielo y los arrojaba hacia ella.

Era bastante peculiar, y definitivamente se destacaba del resto por ello. Era el único que utilizaba Magia.

No comprendía cómo era posible, pero sabía que no era el tiempo indicado para hacerse esas preguntas. Un paso en falso y saldría herida.

El monstruo cantaba una frase en otro idioma, y las estalactitas volaban a través del frío de la mañana. Éstas emergían desde la nieve del suelo: el monstruo derretía varios cúmulos, tranformándolos en agua, y luego tomaba porciones del líquido para congelarlos y darles forma puntiaguda.

Mahiru utilizó una técnica algo simple para defenderse: golpearlos con su mazo. Iba destruyéndolos de a poco hasta poder pensar en algo mejor.

Tenía que hallar alguna manera de vencerlo en su propio juego. Alguna debilidad que pudiese explotar.

Fue entonces cuando Futaba se acercó a la batalla para asistirla; ya había derrotado a dos bestias con pocos rasguños, y estaba en condiciones de seguir luchando.

Avanzó infiltrándose por un costado e hirió su brazo dominante. Los objetos punzantes cayeron al suelo de inmediato, en forma de agua. Sin embargo, eso no sería suficiente para detenerla.

La criatura se tomó la herida y lanzó varias estacas de hielo a direcciones aleatorias como último recurso de defensa.

Al ver esto, Mahiru y Futaba intentaron buscar alguna zona donde pudieran protegerse. Karen se dio cuenta más tarde de ello, debido a su lejanía de la batalla. Vio que sus amigas iban hacia un mismo sector del bosque; en esa zona, había bastantes troncos como para cubrirse.

—¡Cuidado! —advirtió Mahiru, escondiéndose detrás de un árbol.

Futaba hizo lo mismo, y una estaca le rozó su nariz por pocos centímetros. Paró donde se hallaba la peliazul, luego revisando su cuerpo. Por suerte, salió ilesa.

La castaña intentó seguir el rastro de ambas jóvenes. Esquivando lo mejor que pudo, corrió hacia donde estaban...

Pero en el camino, sintió una puntada bastante potente y repentina; fue tanta la fuerza del impacto que la hizo caer de rodillas en la nieve. También notó que su espada y su clip de cabello se desprendieron debido a la caída.

Uno de los fragmentos de hielo se clavó en la parte superior de su pierna derecha.

—¡Karen-chan!

—¡Karen!

La castaña soltó un grito de dolor; esto no pasó desapercibido por sus amigas, quienes eran testigos de la escena con semblantes alarmados.

Pero no podía rendirse así de fácil. No en su primer batalla. Todavía le faltaba mucho por atravesar.

Tomó su espada, la cual yacía unos metros al costado, e intentó ponerse de pie.

Aunque lamentablemente no tuvo éxito; la herida no se lo permitió.

Vio la estaca en su pierna, y se asustó al notar la sangre que corría de ella.

Entre el pánico y la helada que la rodeaba, pensó que lo mejor sería arrancarla para poder levantarse.

Sus manos se endurmecieron, como si hubiese dejado de poseer capacidad de controlarlas; los dedos se resbalaban en la superficie acuosa de la estaca.

Lo único que podía hacer era arrastrarse con dificultad.

Mientras intentaba moverse despacio, notó que su clip de cabello también se había caído en un pequeño charco del líquido carmesí, a pocos centímetros de su pierna herida.

Definitivamente no podía irse sin él. Jamás rompería la promesa que hizo con Hikari.

Su pulso era torpe, y haber hecho contacto con la herida le empapó las manos de sangre, cosa que tampoco ayudaba.

El clip ya venía perdiendo su color original hace bastante; debido al tiempo que pasó desde que lo llevaba puesto y por haber estado varios días en la intemperie. Las partes doradas, al ser de otro material más resistente, mantuvieron su tonalidad.

Cuando quizo acomodarlo, notó que la corona tomó un color rojizo intenso. La previa tonalidad ténue pasó a tornarse como el color favorito de Karen. Quedó impregnado con su propia sangre.

No obstante, seguiría usándolo siempre.

—¡Mierda! —Futaba lanzó un insulto— ¡Tenemos que...!

—¡Voy a ir por ella! —Mahiru la interrumpió, determinada.

Ya estaba dispuesta a ir de nuevo allá afuera para ayudar a su amiga.

—¡Espera...! —intentó hacer que regresara, aunque fue en vano porque no le hizo caso.

Sin pensarlo dos veces, fue directo donde divisó a Karen. Trató lo mejor posible de evadir las estacas clavadas en la nieve, y aquellas que sobresalían de los troncos.

La castaña levantó la cabeza y se dio cuenta que venía a resguardarla. No logró terminar de acomodar su clip que la peliazul ya venía hacia ella a una velocidad impresionante.

—¡Mahiru-chan...!

La peliazul hizo su mejor esfuerzo para que fuera capaz de mantenerse parada; su brazo izquierdo pasó por detrás de la cintura de Karen, y ésta postró su brazo derecho en sus hombros para lograr mayor estabilidad.

Cuando terminaron de posicionarse, Mahiru comenzó a trotar lo más rápido que pudo hasta el árbol en el cual estaba Futaba. Karen también intentaba arrastrarse un poco, para así ganar velocidad.

Parecía que la bestia se había detenido cuando la hirió. Se mantuvo inmóvil por unos instantes; sus ojos vacíos no denotaban expresión alguna.

Ni bien llegaron, y con ayuda de la pelirrosada, lograron que se pudiese sentar en una posición cómoda. La castaña largó un suspiro dolido, pues la piel lastimada tuvo que estirarse en el proceso.

—Cielos... —Mahiru se preocupó bastante al ver la gravedad de la herida; la sangre derramada le provocaba náuseas.

Las jóvenes tenían miedo que hubiese dañado la vena femoral. Ésta conectaba directamente con el corazón, y lesiones en ella podían provocar la muerte.

Había perdido cierta cantidad de sangre en pocos minutos. El líquido manchaba su ropa y la nieve alrededor.

La sensación que más abundaba, además del dolor y el miedo, era la determinación. Karen no quería caer con tanta facilidad; pretendía seguir luchando como pudiera.

—Descuida, Karen. Vamos a ayudarte —Futaba intentaba hacerla sentir mejor, portando una expresión entre solemne y preocupada.

A Mahiru le dolía mucho verla sufrir así.

Tampoco se imaginaba que era tan grave; cuando la cargaba, parecía la misma de siempre.

Se mantuvo en silencio, conteniendo las lágrimas y rezando para que pudiese recuperarse.

—Karen, ¿puedes oírme? —le preguntó la pelirrosada, viendo que su mirada se mantenía a lo lejos.

La castaña se quedó pensando más allá de sus amigas enfrente suyo.

Cuando Mahiru fue a rescatarla, dejó caer su espada. Lo más importante para Karen, sin embargo, era su clip de cabello.

En un instante, empujó sus manos hacia abajo para levantarse, pero en el proceso largó un gruñido de dolor, sentándose de nuevo. Futaba y Mahiru trataron de detenerla; sólo se inflingiría más daño.

—Oye...no te muevas. Va a ser peor si lo haces.

—¡Pero tengo que volver...! —intentó nuevamente, obteniendo el mismo resultado; su respiración se volvió agitada frente a las puntadas que sentía en su pierna.

—¡¿Estás loca?! ¡No puedes salir así! —la pelirrosada regañaba con evidente preocupación— Acaban de lastimarte de semejante manera, y no dudarán en hacerlo de nuevo.

—¡En serio, necesito volver allá! ¡Por favor...! —la expresión de Karen parecía desesperada; les estaba implorando con la mirada.

—Karen-chan, ¿por qué quieres regresar...? —preguntó Mahiru, igual de preocupada que Futaba— No queremos que vuelvan a herirte...

—¡No van a hacerlo! ¡Sólo tengo que buscar algo...!

La actitud que tomaba Karen era muy similar a la que siempre prevalecía en Futaba cuando luchaba, y es por eso que ésta la comprendía tan bien. Pero esa misma actitud le generaba ansiedad, respecto a lo que fuese a pasarle a la castaña si seguía su instinto.

«Sé lo que se siente no querer detenerse nunca. A mí me pasa todo el tiempo», pensaba la pelirrosada con empatía.

—¿Qué es lo que necesitas? —intervino Mahiru, tratando de ayudar.

Karen volteó su vista hasta el bosque, señalándoles con una mano temblorosa.

—Allá, donde me caí, está mi clip de cabello. Es muy importante para mí... —su tono tomó cierta tristeza.

Mahiru y Futaba se miraron mutuamente, la peliazul luego asintió, sorprendiendo un poco a la pelirrosada.

—No te preocupes. Yo voy a ir a buscarlo —a ambas les dedicó una pequeña sonrisa determinada; haría lo que fuera por garantizar su bienestar.

—¿Estás segura que podrás sola? Yo no tengo problema en ir.

—Está bien, Futaba-chan. Ya hiciste mucho por nosotras; ahora es mi turno de hacer algo productivo para todas.

Gran parte de su miedo había desaparecido. Parecía otra persona completamente distinta.

Bueno, no del todo; aún temía que la criatura no hubiede terminado con sus ataques.

—Ten cuidado.

Asintiendo otra vez, se dirigió corriendo en base a la indicación brindada por Karen.

Mientras tanto, Futaba miraba atentamente la herida. Ella tampoco soportaba ver esa estaca clavada allí. Ya lidió en un par de ocasiones con ese tipo de lastimaduras, y su abuelo le había enseñado cómo proceder.

—Muy bien —suspiró, volteándose a los ojos marrones de su amiga—. Karen, necesito que me escuches atentamente. Voy a remover el trozo de hielo de tu pierna, y luego hacerte un torniquete para frenar el sangrado.

—¿Vas a sacarlo...?

—Si no lo hago, se puede infectar. Confía en mí.

La pelirrosada desprendió una parte de su pantalón. Cortó dos trozos bastante grandes, y le dio uno a la castaña.

—Intenta morder esto mientras remuevo la estaca; ayudará a que toleres mejor el dolor. Si necesitas gritar, hazlo.

Sin contestar, se llevó el pedazo de tela a la boca.

—Es hora de hacer esto —musitó nerviosa, tomando una bocanada de aire—. A la cuenta de tres. Uno...dos...

Justo en ese instante, Mahiru regresaba con el clip en su mano. Vio lo que Futaba estaba por hacer y la frenó de inmediato.

—¡No se lo saques! —vociferó desesperada.

El pánico se apoderó nuevamente de ella.

La elevación de su voz asustó a Futaba, considerando lo nerviosa que estaba.

—¿De qué hablas? ¡Tenemos que sacárselo!

—Si lo remueves, va a desangrarse todavía más... —su voz parecía que se quebraría en cualquier momento.

La pelirrosada se quedo en silencio, pensando. Ella quería quitarlo de todos modos.

—Déjalo allí, por favor...

Viendo que prácticamente Mahiru le estaba rogando angustiada, Futaba terminó aceptando a regañadientes.

Luego, mantuvo su vista de lleno en el bosque, por si la bestia aparecía. Buscaba algún rastro de ella, pero ésta se había escapado.

—Esa cosa se fue —remarcó con un suspiro—. Es nuestra oportunidad para volver a Alaris.

La castaña se quitó el trozo de tela de la boca, esperando a ver qué harían sus amigas.

Mahiru aprovechó el momento para agacharse de nuevo. Ella misma colocó el clip donde la castaña siempre lo utilizaba.

—Aquí lo traje, Karen-chan —le sonrió entre tristeza y ternura.

Se sentía muy aliviada al sentirlo otra vez en su cabello. Con sus dedos, lo tocó como forma de asegurarse que era el mismo.

Irradiando una sonrisa lo mejor que pudo, intentó abrazar a Mahiru. Ésta se dio cuenta de ello, devolviéndolo.

Su expresión denotaba el dolor que atravesaba. Sin embargo, la felicidad pudo aplacarla.

—¡Muchas gracias, Mahiru-chan...!

Respondió con una risita ante el gesto.

La pelirrosada también demostró alivio al presenciar cómo estaban tomando la situación.

Era como si el Sol pudiese salir detrás de las nubes.

A pesar que trasladarse con Karen en ese estado sería complicado, a ella se le ocurrió una idea.

—Vamos a subirla a Hiro, y nosotras caminaremos —planteó Futaba, calculando cómo la acostarían—. Mahiru, ¿me das una mano?

Ésta asintió, yendo con ella inmediatamente. La pelirrosada la tomó por debajo de sus brazos, y la peliazul de los tobillos; intentó ignorar el hilo de sangre seca que recorría su pierna.

La colocaron a lo largo, con su espalda recostada sobre Hiro. Futaba ató su abdomen con las sogas que había usado para amarrar al caballo a los troncos. Tenían la certeza que no se caería.

—Me parece que andaremos bien de esta forma.

—¿Estamos muy lejos de Alaris...? —preguntó Karen, con su vista en el cielo; la pérdida de sangre la dejó un poco mareada.

—Por suerte, no. A este ritmo, llegaremos en un par de horas.

De esa manera, las tres partieron hacia su destino.

Esta situación las dejó impactadas.

Las bestias en sí no implicaban un peligro mayor. De hecho, venían derrotándolos con relativa facilidad.

Pero ese "humanoide", si es que se lo podía seguir llamando de esa forma, era diferente a los demás. Manejaba la magia; recurría a los elementos naturales, moldeándolos a su merced.

A las jóvenes les rezonaban las mismas dudas, dentro del mar de incógnitas que acaparaba sus mentes desde lo ocurrido.

¿Cómo era eso posible?

La magia no podía ser real... Por lo que las dos sabían, el Imperio del Sol jamás había registrado en toda su historia algún evento similar.

¿Quién era el responsable?

Era obvio que Tendo no los mandó. ¿Por qué querría atacar a sus propios ciudadanos? Ya de por sí costaba recuperarse de los saqueos.

¿Que hay de la hija de Hanayagi? Era problable...aunque ya tenía a sus guardias que hacían todo por ella. Esto tampoco se parecía a algo que el Imperio de los Leones Negros pudiese ejecutar.

Al cabo de mucho razonamiento...sólo quedaba incertidumbre.