ENTRE SUS MANOS
-IX-
Cuando el ferrocarril llegó a destino, Bulma ya estaba lista y con sus pertenencias en la mano. Estaba sentada sobre la discreta cama de su coche, extrañada por la ausencia de Vegeta. Había pasado toda la noche a la espera de que finalmente llegara y le recriminara no haber conseguido otro lugar donde dormir, pero parecía ser que no había pasado la noche allí.
Al llegar descubrió la maleta de él sobre la cama, y aunque se pasó la tarde leyendo con el único fin de no volverse a cruzar con Black, descubrió que Vegeta no iba a regresar. Cuando se vistió para dormir comenzó a sentir cierta ansiedad por volverse a encontrar, sería la primera vez que durmiera en el mismo cuarto que un hombre y eso la ponía más nerviosa de lo que esperaba. A pesar de lo mucho que se habían ignorado estaba un poco agradecida por la forma en la que había interrumpido su encuentro con el Barón. Sin embargo, al despertar se dio cuenta de que él había entrado en algún momento de la noche simplemente a retirar su maleta ya que la cama estaba intacta.
Le intrigaba pensar en dónde habría pasado la noche y sin querer, al mismo tiempo se había preguntado con quién. ¿Y si había encontrado a alguien más con quien dormir? Tal vez había encontrado algún viejo romance en alguno de los vagones que le habrían dado asilo. Después de todo esa era la reputación que tenía.
Le disgustaría mucho saber con certeza que eso era lo que había pasado. Y aunque intentó encontrar razones suficientes para sustentar el desagrado que le producía esa idea, no encontró ninguna tan válida como para hacerlo saber a Vegeta. El sólo pensar que sería capaz de besarla un día y dormir con otra al siguiente le resultaba repugnante y, a pesar de su frustración, se dijo a sí misma que había sido lo mejor no haberse unido a él en ese añorado beso.
Para cuando se retiró en busca de Black y los inversionistas, esperando que Vegeta ya se encontrara con ellos, se sintió sumamente ofuscada. Como si la ausencia del Conde la noche anterior le hubiera ofendido personalmente. A pesar de que no tenía razones para esperar algo más noble de él, no podía evitar sentirse desplazada ante las posibilidades que se había planteado.
Cuando encontró al grupo reunido, contempló el perfil del Conde y se dio cuenta casi de inmediato que traía la misma ropa que se puso el día anterior. Se le dio vuelta el estómago, estaba segura que había empacado suficientes mudas para todo el fin de semana. Pero tal vez ella no le había dado ni tiempo de cambiarse la ropa.
Caminó hasta ellos, intentando aparentar tranquilidad, pero no lo logró. Se paró junto al Conde sin saludarlo y giró la mirada a un punto cualquiera del vagón.
Los caballeros discutían sobre lo que les deparaba la tarde. Black les había explicado que se encontrarían más tarde en un taller donde podrían probar por sí mismos el dichoso invento. Pero Bulma no podía concentrarse en la conversación ya que terribles escenarios se le venían a la cabeza en los que Vegeta y una desconocida eran los protagonistas.
Vegeta contempló de soslayo su menuda figura deteniéndose a su lado. La observó con disimulo y percibió un tenue rubor en su rostro, pero no le hizo caso.
Luego de bajar del ferrocarril, se dividieron en tres grupos para dirigirse al hotel y, por supuesto Black eligió compartir coche con Bulma y Vegeta, muy a pesar del repudio que ambos le tenían.
—Espero que no te moleste —le dijo al Conde mientras tomaba asiento junto a Bulma.
Y, aunque Vegeta hizo un enorme esfuerzo por simular desinterés, realmente se sentía agraviado de sólo tenerlo en el mismo coche que ellos. Perturbado por la incoherente perseverancia del Barón para con la mujer que había arruinado, se sentó frente a él en total silencio. Era más fácil para el Conde digerir la presencia de Black gracias a la inquebrantable seguridad del asco que ella le tenía. Era tan rotundo su rostro colérico que no hacía falta la más mínima intervención de Vegeta, Bulma lo rechazaría hasta la muerte.
Ella se cruzó de brazos y no le dirigió palabra a ninguno de los dos, volviendo por completo su atención a la ventanilla una vez más. Vegeta estaba seguro de que esa ira evidente en Bulma se debía exclusivamente a la presencia de Black, pero entró en duda cuando se encontró con su mirada furibunda antes de que ella se volviera a la ventana.
—¿Qué le hiciste, Vegeta? —preguntó el Barón con un aire divertido, después de compartir con ellos unos silenciosos minutos.
—Traerla en un viaje con alguien que detesta.
—Eso lo sabía desde ayer y no estaba tan enojada.
—¿Pueden dejar de hablar de mí como si yo no estuviera aquí? Y para su información vine con dos hombres que detesto.
Vegeta no podría haberse sentido más insultado, sobre todo frente a su némesis. Black soltó una carcajada y miró al Conde tentado a despedirla en ese mismo instante. Sorprendido por su atrevida respuesta, le sedujo la idea a hacerla bajar del carro y abandonarla.
—¿Acaso quieres que te despida aquí mismo?
—No seas descortés, Vegeta. Después de todo ayer apostaste su cochecama, cualquiera hubiera renunciado después de eso.
Bulma se giró completamente perpleja. Requisó el rostro del Barón con la esperanza de encontrar un indicio de que estuviera mintiendo, sin embargo, no encontró más que su típica sonrisa retorcida.
—¿Es eso cierto? —le cuestionó al Conde y al ver su expresión congestionada llegó a la conclusión de que Black era sincero—. ¡¿Cómo te atreves a hacerme eso?!
Entre el estruendo en la voz de Bulma y la relajada diversión en el rostro de Black, Vegeta se sintió acorralado. Repentinamente el coche le parecía un espacio minúsculo como para golpear a Black y más pequeño aún para explicarse.
No estaba segura de cómo, pero se controló en sus urgentes ansias de golpearlo con su maleta, de lanzarle cientos de improperios y de bajarse del carro en ese mismo instante.
—Hablaremos en el hotel —le gruñó el Conde.
La mujer se envolvió cruzándose de brazos y nuevamente volvió a su ventanilla. Satisfecho, Black no ocultó su sonrisa y esperó silencioso a llegar al hotel.
Esa tarde verían el objeto de su viaje, así que Black les dio unas horas para registrarse y dejar sus pertenencias en el hotel antes de volver a reunirse para salir. Vegeta se adelantó a pedir un cuarto a parte para Bulma, y sin explicaciones le dejó la llave entre las manos. Lamentablemente para el Conde, sus habitaciones no estaban muy distanciadas y, aunque intento evitarlo, ella lo persiguió hasta el elevador en busca de una explicación. Repentinamente comenzaba a odiar los espacios finitos en los que se veían encerrados.
—Exijo una explicación —le dijo ella cuando la puerta del elevador se cerró.
—No tengo por qué explicarme contigo.
—¡Ibas a dejar que ese imbécil durmiera conmigo!
Él se giró a ella, enfrentando su ofuscado rostro.
—Pero no lo hiciste, ¿o sí?
A pesar del severo tono en la voz del Conde, Bulma se sintió estremecer una vez más. No era su voluntad, por supuesto. Estaba molesta, tan molesta como para abofetearlo. Sin embargo, su traicionero corazón se aceleró inmediatamente al ver su rostro hacerse con fiereza sobre el suyo.
—¿Y tú dónde dormiste anoche? —le cuestionó en el mismo tono recriminatorio.
La rígida expresión de Vegeta se volvió en un gesto extrañado y, nuevamente se encontró preguntándose si el rubor en sus mejillas se debía a la discusión que sostenían o se trataba de algo más.
La puerta del elevador se abrió y Vegeta se volvió rígido una vez más para salir al pasillo y buscar su habitación.
—¿También era parte de la apuesta? —continuó ella, andando detrás de él.
—No —contestó él.
Había dormido sentado en otro vagón, simplemente. Luego de pensarlo y recordando las palabras de Black, creyó conveniente que sería mejor que no compartiera el coche con ella para evitar malos entendidos.
—Entonces, ¿dónde dormiste?
—Eso no te incumbe. Y espero que sea la última vez que te atrevas a cuestionarme o la próxima no respondo de mí mismo.
Vegeta abrió la puerta de su habitación y la cerró con tanta fuerza que hizo mecer el cartel con los números del cuarto, 304. Bulma se quedó parada del otro lado del dormitorio, sintiendo tanta furia que podría haber gritado. Sin embargo, tomó con fuerza su maleta y se fue a su habitación a pasos agigantados.
Incluso luego de cerrar la puerta, la duda persistió en su mente. ¿Por qué le había hecho esa pregunta? Vegeta simplemente había pasado la noche incómodo, durmiendo a duras penas sentado en uno de los vagones. Pero, como tantas cosas en los últimos días, parecía humillante admitir la verdad. Se sentía estúpido de sólo pensar que había dormido allí para no causarle más deshonra de la que ya le había causado. Ya que, si Black sabía que ellos compartían el mismo techo y había sacado tan tremendas conjeturas, ¿qué más podrían estar diciendo de ella en ese momento?
Por supuesto, no era su problema la reputación que ella quisiera cargarse, después de todo nadie la había obligado a aceptar ese empleo. Pero como se sentía implicado tomó la decisión de ahorrarle ese chisme al grupo de caballeros que lo acompañaban.
Se dio una ducha y se cambio de traje, luego bajó a desayunar y para las dos de la tarde había bajado al estar del hotel para esperar a Black y sus inversionistas. Bulma bajó las escaleras poco después que él, tenía su agenda entre las manos y vestía un traje como el del día anterior, que no había tenido mucho tiempo de inspeccionar. Vestía una falda larga más ceñida de lo que las mujeres acostumbraban, y sobre ella una cacheta similar a la de él. Había intentado recogerse el cabello y si lo miraba con mucha atención podía ver varios mechones desordenados. Estaba muy tentado a burlarse de ella cuando el resto de inversionistas aparecieron junto a Black.
No tardaron en subir nuevamente a los coches. El Barón se encargó personalmente de escoltar a cada grupo a su coche, dejando a Bulma y Vegeta para el final. Le abrió la puerta a la señorita e hizo un amable gesto para que se subiera tomándole la mano. Bulma aceptó a regañadientes y subió al coche, y cuando Black estaba a punto de subirse, Vegeta se le adelantó y se sentó junto a ella, aunque ni siquiera se giró a mirarla.
Divertido, el Barón se subió último y se sentó frente a la muchacha de ojos celestes. Le observó el peinado sin tapujos y medio sonrió.
—Permiso —le dijo acercándose a un mechón turquesa de su cabellera.
Vegeta contempló cómo le acomodaba el cabello detrás de la oreja. Le incomodó la ausente reacción de ella, que pareció darse cuenta tarde de su gesto. Bulma giró su mirada a Black y, aunque le desagradaba que tuviera el atrevimiento de tocarla, no se le ocurrió nada qué decirle. Había estado tan concentrada en estar molesta con Vegeta por haberla, prácticamente, apostado, que incluso estaba pasando por alto todo lo que a Black respectaba. El Conde, en cambio, no pasaba por alto ningún minúsculo intento infame de arrimarse a ella, y había presenciado con horror cómo ella se dejaba emperifollar por él. ¿Estaría cediendo finalmente a él?
Tal vez no sería tan raro como le parecía, después de todo ella lo estaba odiando en ese instante y si Black realmente quería casarse con ella, tendría solucionados por completo sus problemas económicos. Y, si había tolerado tan pacientemente todas sus humillaciones, no le sería tan descabellado soportar la de casarse con el precursor de su más grande desgracia.
Si estaba en lo cierto, todo concepto que tenía de ella se había desplomado por los suelos. De cualquier manera, era una mujer como todas las demás. Y quizás había sido error suyo el esperar más de ella que del resto. Sin embargo, la idea era tan repugnante que no se volteó a verlos por el resto del viaje, que afortunadamente no duró demasiado.
Al llegar al taller, Black caminaba con tanta confianza que contagió de entusiasmo al resto de caballeros. Dentro de aquella gran estructura se encontraba Zamasu esperándolos junto con un anciano de rostro demacrado. Inmediatamente Bulma sintió sobre ella la gélida mirada del pálido hombre de cabello albino y un temor inexplicable la invadió. Instintivamente se colocó junto a Vegeta que no pasó por alto su extraño comportamiento.
Detrás de ellos una sábana blanca cubría con recelo un aparato de inmensas dimensiones. Parecía medir dos metros de alto y tres y medio de largo.
Black presentó al ingeniero haciendo mención honorifica de todos sus grandes inventos, luego presentó a Zamasu como ya lo había hecho antes en la mansión del Conde, él era su socio.
—No vamos a dilatar más esto, el Doctor se encargará luego de explicarles los por menores… Ahora les presento, el automóvil con motor a vapor…
Al terminar su presentación, Black retiró la cortina y dejó al descubierto el carro con motor frente a ellos.
Bulma fue la más asombrada del grupo. Examinó con detenimiento la estructura metálica que sobresalía como en los ferrocarriles y las enormes ruedas traseras del carro. Por supuesto tendrían que ser inmensas para cargar con semejante motor y compartimiento para carbón. El Barón les pidió que se acercaran y mientras indagaban en su estructura el Doctor comenzó a explicarles paso a paso el uso del carro. Les explicó el funcionamiento del motor y cada conexión dentro de él que permitirían al carro andar por sí solo.
Vegeta se mantuvo al margen y con curiosidad se fijó en la intensidad de la mirada de su asistente. Verdaderamente estaba maravillada de lo que estaba viendo y prestaba más atención a las explicaciones que aquel anciano le daba, que cualquier otro inversionista. Mientras el resto comenzaba a solicitar una demostración, vio a Bulma tomando notas en su cuaderno, pero al espiar por encima de su hombro notó lo ilegible de su letra. Sería una pérdida de tiempo revisar sus notas más tarde. Medio sonrió sin darse cuenta, cuando la encontró dibujando rápidamente el motor, y le sorprendió la facilidad que tenía para hacerlo. Aunque debió haberlo imaginado, a ella le encantaba leer libros sobre ingeniería.
Al momento de encender el artilugio, la muchacha estaba sumamente concentrada expectante a la reacción de aquel artefacto y así como venía haciendo hasta el momento, continuó recorriéndola y tomando notas.
Bulma sabía que esa era su tarea cuando llegó allí, pero al ver de lo que se trataba su corazón dio un vuelco y el tiempo se le deslizó presuroso. Para cuando había terminado la demostración ella sentía que acababa de llegar, y aunque había aprovechado la oportunidad para hacerle varias preguntas a su creador, la sensación de que había sido insuficiente la desanimó. De haber sido por ella se hubiera quedado el resto de la tarde hablando con aquel anciano, ya que era la primera vez que tenía la oportunidad de entablar una conversación así con un ingeniero.
Black estaba tan asombrado de las preguntas de Bulma como lo estaba Vegeta, e incluso el mismo ingeniero. El Conde llegó a sentirse satisfecho por la atención que había despertado ella sin darse cuenta, y quizás esa sería la primera vez que no estaba entre sus intenciones ser el centro de atención. Extrañamente, Vegeta se sintió ligeramente orgulloso de haberla empleado, aunque no supiera lo instruida que ella estaba desde un principio.
Luego de encender el motor, Bulma frunció el rostro por el terrible olor que emanaba de un cilindro de metro y medio ubicado en el centro del motor. Se cubrió la nariz y observó el inconveniente humo emanar del artilugio, cubriendo el ambiente con una espesa capa oscura.
Todos tuvieron su oportunidad de montarlo e incluso conducirlo, todos a excepción de Bulma, quien por supuesto era una mujer. Ella se sintió sinceramente incordiada por la forma en la que la habían excluido, aunque debería haber imagino las restricciones que acarreaba su género.
A la hora de regresar al hotel, Black afortunadamente no los acompañó. Vegeta y Bulma compartieron el carro silenciosamente hasta que ella decidió hacerle una pregunta.
—¿Qué piensas hacer?
Él la miró y enarcó una ceja. Inmediatamente entendió a qué se refería ella, le estaba preguntando si invertiría o no en ese negocio.
—Aún no estoy seguro —le dijo calmadamente—. ¿Tú qué opinas?
Era la primera vez que alguien le pedía su opinión sobre algún negocio, lo que le causó una grata sorpresa, sobre todo proviniendo de Vegeta.
—Pues, creo que tiene varios puntos en contra. Hay muchas cosas que podría mejorar —El Conde soltó una risa incrédula que ofendió a Bulma inmediatamente—. ¿De qué te estás riendo?
Por supuesto cuando le preguntó qué opinaba, esperaba una respuesta más corta. No había pasado por su mente la idea de que Bulma pudiera tener una verdadera opinión al respecto, después de todo ella no era una ingeniera, y jamás podría serlo.
—¿Crees que podrías hacer algo mejor? —le dijo en un tono burlón.
Ella lo dudó un instante. Nunca había construido nada, ni siquiera diseñado algo para que alguien más lo construyera. Pero cuando se encontró ahí parada frente a ese nuevo invento, algo dentro de ella se despertó ansioso y miles de ideas empezaron a acumularse en su mente. Había leído tanto y durante tantos años que repentinamente todos esos textos comenzaron a tomar forma y conectarse entre sí para dar lugar a nuevas ideas. De lo que no estaba segura era de si podría pasar de la teoría a la práctica, como ella esperaba. Sin embargo, no podía admitirle a Vegeta que había algo que ella no pudiera hacer.
—Sí, puedo hacer algo mejor.
Vegeta no sabía si reírse a carcajadas o mandarla a dormir ya que, para él, era evidente que estaba desvariando.
—Ese hombre tiene muchos años estudiando, mujer. Tu ni siquiera puedes recogerte bien el cabello.
El coche se detuvo y el Conde no tardó en bajarse, el cochero ayudó a Bulma a salir y ella, aún ofendida, salió disparada detrás de él. Vegeta no tenía ánimos de escucharle sus reclamos, no había dormido bien en toda la noche y lo único que pretendía era descansar un momento. Le irritaba más aún que ella fuera el motivo de tan incómoda noche, aunque no lo supiera.
—¿Cómo puedes estar tan seguro de que no puedo hacerlo? —le dijo mientras entraba al ascensor junto con él.
Vegeta roló los ojos. ¿Cómo le explicaría algo tan obvio? Era una mujer y no había explicación más sencilla.
—Si te miraras al espejo entenderías cómo puedo estar tan seguro.
—¡Eres un!
—Cuidado —le dijo tajante y la vio tragarse su última palabra.
La puerta del elevador se abrió y el Conde caminó con impaciencia hasta su habitación, con la sensación de que el tramo era demasiado largo. Escuchó los pasos de Bulma detrás de él y cerró los ojos intentando conservar la calma, abrió la puerta 304 y la empujó para que se cerrara luego de haber entrado. Pero no escuchó la cerradura sino, cómo Bulma la tomaba para entrar detrás de él.
Incrédulo, se giró a verla.
—¿Qué diablos quieres?
Bulma se aproximó a él con el mismo aire desafiante que por lo general exudaba. Se puso de pie frente a él ignorando por completo el descaro del que había sido capaz al meterse en su dormitorio.
—Déjame demostrarte que sí puedo hacerlo.
Él se cruzó de brazos y le escudriñó las facciones. Tenía que estar bromeando.
Ella lo observó arquear una ceja mientras la examinaba e hizo un esfuerzo descomunal por no perder el norte. Realmente estaba confiada, después de pensarlo por unos minutos llegó a la conclusión de que si no lo había hecho antes había sido pura y exclusivamente a causa de su situación. De no haber nacido para ser educada con el único fin de ser una esposa digna, ella hubiera explorado todo aquello que le apasionaba. Y tal vez esa sería la oportunidad perfecta para salirse de ese empleo de cuarta que Vegeta le había dado.
—¿Quieres construir un motor?
—Lo haría por mí misma si tuviera los medios, pero evidentemente no puedo hacerlo sola. Si tú lo financias estoy segura que podría hacerlo.
El labio del Conde se arqueó en una sonrisa genuina, estaba divertido y ligeramente interesado en ver de qué era capaz. En todo caso la vería fracasar patéticamente y le parecía algo digno de ver.
—Tengo que confirmar la inversión con Black en diez días —Percibió la decepción deslizándose en su gesto, su mirada desafiante se desplomó en el suelo—. Así que tienes diez días para construirlo.
Resucitada, volvió a su patrón con el rostro ilusionado. No pudo contenerse y se abrazó de su cuello con fuerza, acariciando su rostro con la mejilla. Vegeta se sintió atónito, repentinamente no supo qué hacer con sus manos.
Gracias, escuchó en un susurro. Cuando finalmente salió de su sorpresa, se encontró intoxicado en el aroma de su cabello y la suave presión de su pecho contra el de él. La tomó por los hombros y la alejó de su cuerpo, ligeramente alarmado.
Ella estaba tan feliz que no supo qué decirle. Le había dado una fecha límite imposible esperando que se escandalizara pero, muy al contrario, había logrado emocionar a Bulma por haberle dado tan sólo la oportunidad.
Luego de colocarla con cuidado a una distancia prudencial, la miró nuevamente perdido en su jovial sonrisa. La más sincera que le había visto desde que tocó la puerta de su mansión. Él se aclaró la garganta y trató de recobrar la compostura. Incómodo, se aflojó el cuello de la camisa ya que repentinamente se sentía un poco asfixiado.
—Lo siento —le dijo sin descuidar su sonrisa.
—¿Realmente quieres hacerlo? —le preguntó con más calma.
—Sí, estoy segura de que puedo hacerlo. Además, en su biblioteca tengo mucho material de referencia…
Ya no había mucho más qué decir. Por el momento, parecía ser que las palabras se le habían esfumado al Conde, y aunque ya había obtenido lo que había ido a buscar, Bulma no parecía tener intenciones de retirarse.
Él se apresuró en volver a sí mismo, tomó el cuello de su camisa y comenzó a desabotonarlo. Ella, por otro lado, se quedó inmóvil y contempló el proceso de retirar cada botón blanco. Vegeta escuchó cómo Bulma tragaba saliva dentro de su frágil cuello níveo, y se sonrió.
—¿Planeas quedarte a dormir? —le preguntó sin descuidar su tarea.
Había llegado al pecho cuando la dama salió de su vergonzoso transe. Automáticamente se le tiñeron las mejillas y, muy nerviosa, frunció el ceño.
—Creí que hablaríamos de las condiciones en las que trabajaría —contestó rápidamente girando su rostro a la puerta para retirarse.
—Es fácil, si finalizados los diez días no logras construirlo, estaré esperando tu renuncia.
—¡¿Qué?! —exclamó exaltada, regresando a él.
—¿Crees que voy a despilfarrar todo mi dinero sólo para que juegues un rato?
—¡Son diez días!
—Hace un momento estabas muy confiada con ese plazo.
—¡Porque no sabía que podía dejarme en la calle!
—Los términos son sencillos —comentó ameno cuando terminó de desabotonar su camisa de seda—. Tienes diez días para hacer algo mejor de lo que nos mostraron hoy, si no puedes me habrás hecho perder tiempo y dinero, por eso es lo más lógico que renuncies.
Había sido maravilloso el efímero momento en el que creyó que Vegeta le estaba dando una oportunidad por la sencilla razón de que en el fondo, creía en ella.
—¡Ay, está bien! Tendrás que buscar otra forma de hacerme renunciar porque así no vas a lograrlo, y ya veras cuando te demuestre que sí soy capaz de hacerlo. ¡Eres tan…
—Mucho cuidado —le dijo abalanzándose sobre ella—. No te equivoques, estás agotando mi paciencia y no voy a dudar en dejarte en la calle ahora mismo.
Bulma se contuvo, estaba lista para insultarlo, pero sorprendida por el modo violento en el que se había alzado sobre ella, prefirió guardar silencio. Se tragó nuevamente su improperio y le sostuvo la mirada al Conde.
—Sí, señor —contestó sin descuidar su tempestuosa forma de mirarla.
Su pupila se distrajo en la sonrisa ladeada de él. Y luego bajó avergonzada por su cuello desnudo y el sendero de piel que terminaba en su ombligo. Por supuesto Vegeta no descuidó ese indiscreto recorrido, ni tampoco el rosa del que comenzaba a pintarse como acuarela en el níveo rostro de su empleada. La sintió nuevamente tragando saliva, la percibió nerviosa, pero aún así lo suficientemente estúpida como para desafiarlo con el fulgor de su mirada color cielo.
Él tampoco pudo reprimir el deseo propio de su cuerpo, traicionado por su pulso disparado. Nuevamente se veía envuelto en la misma escena de la que se había arrepentido días atrás. Sin embargo, el arrepentimiento que había sentido, ahora mismo se había esfumado. No podía salir del propio latido desenfrenado de su corazón, ni del calor que comenzaba a sofocarlo a pesar de tener el pecho medio desnudo.
Observó atento, sin alejarse, cómo Bulma movía los labios intentando pronunciar alguna palabra. Y, mientras lo hacía, elevó su mentón unos pocos centímetros que se sintieron para él como una furtiva invitación a degustarlos.
—Yo… —susurró.
Envuelta en un vaivén, su mirada contrariada viajó desde las tinieblas de los ojos del Conde hasta sus labios entreabiertos.
Lo deseaba. Y él lo había notado.
Sutilmente se acercó a él y él recorrió la misma distancia eterna de escasos centímetros. La iba a besar, la iba a besar y le recorrería la figura sobre la pared. Le mordería el cuello, le arrancaría el vestido para después arrastrarla hasta la cama que tenían en frente y la haría de él.
No existía nada más que pudiera pasar después, en la mente de ninguno de los dos. Nublados ante el deseo compartido que tenían de sentir el calor de los labios del otro.
Finalmente se decidió, no le importaba nada más, se le había borrado la razón. Se lanzó sobre su boca y la vio cerrar los ojos para esperar que se hundiera en su boca, pero se detuvo rotundamente cuando escuchó a alguien tocarle la puerta.
Apretó los puños con fuerza y volvió su rostro, repentinamente no podía ver a Bulma a los ojos. Ella cubrió su boca con la mano, con el corazón exaltado y la piel prendida fuego.
—¿Quién es? —rugió él.
—Zamasu, conde Vegeta. No quería molestarlo, sólo avisarle que nos reuniremos esta noche a cenar en el restaurante del hotel.
—¡Bien! —respondió él sin moverse de su sitio, pero apenas terminó de hablar Bulma había salido disparada de la habitación.
Pasó junto a Zamasu a toda velocidad y buscó entre sus bolsillos la llave de su habitación. Cuando entró cerró la puerta y se apoyó sobre ella con las manos fundidas en el pecho. Luego se recorrió la punta de los labios con suma delicadeza y soltó un suspiro profundo. ¿Qué estaba haciendo? ¿es que no tenía dignidad?
Atónito, Vegeta caminó hasta la puerta saludó a Zamasu sin mucha ceremonia. Cerró la puerta y se acarició la frente. Repentinamente sentía un deseo insoportable de golpear algo. Estaba frustrado, increíblemente acelerado. Con el pecho agitado y la piel encendida. Se recostó sobre la cama e intentó quitar de su mente todos los oscuros pensamientos que acababa de tener, para poder dormir un poco, pero se le hizo muy difícil dormir en el sitio en el que se había imaginado a sí mismo tomando a Bulma.
De igual manera estaba tan cansado, tan exhausto de viajar y no dormir, de tener que tolerarla…
La puerta se abrió más tarde y él se sobresaltó. Extrañamente ya estaba más oscuro, no estaba seguro de cuántas horas habían pasado. Escuchó el rechinido de la madera de la puerta y observó la silueta que se acercaba. La puerta se cerró detrás de ella, y caminó con timidez hasta los pies de la cama. Cuando la luz de la luna iluminó su rostro se dio cuenta que era ella.
Traía el pelo suelo, y estaba envuelta en una fina prenda de dormir. Parecía tener frío porque se abrazaba a sí misma y acariciaba sus brazos. Tenía la misma expresión tímida que le había visto cuando salió del cuarto, y la misma mirada desafiante, aunque reticente.
—¿Qué quieres? —le preguntó, sentando sobre la cama.
Ella rodeó la cama con cuidado y cuando estuvo parada junto a él, se inclinó sobre su rostro. Entonces ella lo besó dulcemente, con cuidado. Apenas sí rozó la suave piel de sus labios. La asfixia volvió a invadirlo, la deseaba tanto que ese beso delicado no le era suficiente. La tomó por el cuello con recelo y con la otra mano la arrastró sobre la cama.
Con cuidado se sentó sobre él, cayendo como cascada sobre su rostro los cabellos turquesa de ella. La besó con urgencia, con la imperiosa necesidad de hundirse dentro de su cuerpo en cada beso. Sintió su lengua tímida dentro de su boca y ansioso le recorrió la espalda con las manos, retirándole con cuidado la ropa. Le desnudó los hombros y se hincó sobre su cuello, mientras sentía cómo las manos de ella le recorrían el cabello con suavidad.
La recostó sobre la cama y se colocó sobre ella para dejarle sentir verdaderamente cuánto la deseaba. Entonces escuchó un estruendo junto a su oído y molesto se giró a verlo.
Su despertador marcaba las ocho de la noche. Tomó el aparato entre sus manos y con fuerza lo arrojó del otro lado de la habitación. Se sentó al borde de la cama se limpió el sudor de la frente.
—Maldita sea… —musitó al darse cuenta de que se encontraba completamente solo.
N/A: Iba a poner la parte de la otra justo en la siguiente escena, pero como me pidieron que les de "algo", decidí agregar este sueño de Vegeta y dejar lo demás para el próximo capítulo. Además quería compensar a las lectoras tan fieles que siempre esperan actualización y darles dos seguidas. Espero que lo hayan disfrutado. Y gracias a Dika por la sugerencia! La amo!
