Nueve: Sota y Tres de Galeones.

10 de agosto de 2021.

Londres, Inglaterra.

Edificio West Hill, West End.

El elegante departamento no se mostraba como de costumbre. Cierto era que permanecía con decoración minimalista y que daba la sensación de valer un millón de euros (incluso más), pero el ambiente normal, serio y melancólico, había sido reemplazado momentáneamente por un paseante que, aunque mascullaba con cierta impaciencia, estaba ciertamente alegre.

—¿Por qué no han llegado? —decía un muchacho castaño, que iba y venía por la sala, con las cejas fruncidas sobre los ojos grises.

—¿Seguro que no hay problema con eso del…? —una mujer rubia, joven y de porte serio, arrugó la frente un segundo, buscando el término que necesitaba —¿Escondite? —pronunció al final, sin mucha convicción.

—No, siempre y cuando papá sea quien dé la dirección. ¿No te lo explicaron?

—¿Cuándo? Yo no estuve aquí cuando hicieron el abracadabra —la rubia sonó un tanto molesta al decir eso, pero después sonrió con aire divertido —Es como en los viejos tiempos…

El chico castaño dejó de pasearse, miró a la rubia y esbozó una triste sonrisa.

—Tú sí tuviste viejos tiempos —comentó, antes de seguirse paseando.

—¡Oh, Walter, lo siento! No fue mi intención…

—No te preocupes. Pero ahora que lo mencionas, Gwen, ¿cómo está eso que sales con…?

Sonó cuatro veces algo parecido a unas campanas de iglesia, solo que menos escandalosas. Mientras Walter dejaba de dar vueltas y ponía cara de susto, Gwen se echó a reír y se levantó del sofá que ocupaba desde hacía casi media hora, encantada de poder hacer algo.

—El timbre lo cambió tía Katy —indicó la rubia, yendo hacia la puerta —Papá le pidió el favor.

—Vaya favor… —masculló Walter, sacudiendo la cabeza.

Cuando la rubia abrió la puerta, apenas abrió la boca para dar la bienvenida cuando una banda de chicos y chicas de unos quince años pasaron corriendo a su lado, mascullando apresurados saludos antes de abalanzarse sobre Walter, abrazándolo y deseándole un feliz cumpleaños.

Gwen, en ese instante, pensó que los magos eran más raros de lo que imaginaba.

Al menos los magos amigos de su hermano.

Tras el pequeño pelotón de quinceañeros, entró un hombre ataviado con un traje oscuro y cuyos ojos grises, idénticos a los de Walter y Gwen, estaban fijos en la escena de la sala, donde Walter intentaba de mil maneras que una pelirroja tan alta como él dejara de estrujarlo. El hombre sonrió de manera tenue, casi sin querer, antes de acabar de entrar y cerrar la puerta tras de sí.

—¿Algún problema, papá? —inquirió Gwen con calma.

—Ninguno, todos estaban donde habíamos quedado —contestó Anthony Poe, quitándose el saco y colgándolo en un perchero cercano —Solo esperamos un rato a que llegara la del pelo largo.

—¿La que intenta ahogar a mi pobre hermano?

—No, la pelirroja no, la del pelo castaño. Simpática, aunque algo gruñona. Se pasó parte del camino quejándose de un ogro, pero no me atreví a preguntar la razón.

Gwen se encogió de hombros. Estaba de acuerdo con su padre.

—A ver, ¿se puede saber por qué llegan tarde? —oyeron que preguntaba Walter.

—¿Eso qué importa? —soltó la pelirroja, con las mejillas sonrosadas y una enorme sonrisa, abriendo mucho más sus curiosos ojos entre azules y grises, que por alguna razón, recordaban a la bruma —¡Un coche, Walter! ¡Me he subido a un coche!

—Rose, no es la primera vez que… —comenzó una jovencita de pelo negro y anteojos.

—¡Hally, es que no era cualquier coche! ¡Era una camioneta de lujo! Lo vi en Estudios Muggles, algo sobre que los autos son una de las cosas por las cuales los muggles miden su importancia y…

—Si alguien me hubiera dicho que un día escucharía a Rose soltando un discurso como ese, lo habría golpeado —dejó escapar un chico de brillante cabello negro y ojos color azul violáceo.

—Ah, ¿entonces no puedo ser lista por una vez?

—No, Rose, no es eso. Es que admítelo, en ti es raro oír esas cosas.

—Procyon, amigo mío, déjala en paz o morirás joven —advirtió un joven pelirrojo, de ojos verdes y sonrisa traviesa —Y llegamos tarde, Walt, por culpa de Sunny.

—¡No fui yo! —espetó enseguida una chica de largo cabello castaño recogido en una coleta alta.

—Sí, tú fuiste la última —confirmó el pelirrojo.

—¡Eso fue porque Snape no me dejaba salir!

—Creí que pasarías las vacaciones con tu hermano —comentó Walter, confundido.

—Yo también. Pero él y Gina tuvieron que irse por unos días al callejón Celta y Will me mandó de regreso con Snape. Lo que no es justo, porque Vince y Brad sí fueron con ellos.

—¿Y a qué fueron ellos al callejón Celta? —se interesó otro muchacho, uno de cabello castaño rojizo que, aún con una sonrisa, lucía algo apagado.

—¡Yo sé! —exclamó Rose, la pelirroja, sonriendo de oreja a oreja —Tío George acompañó a tío Fred a revisar la tienda que llevaba Frida.

Se hizo el silencio por un largo instante. Gwen y su padre, que observaban la escena a unos pasos de distancia, no pudieron evitar notar que la tristeza se apoderaba poco a poco de la pelirroja, antes que ella pudiera carraspear y explicar con una voz que intentaba ser alegre.

—Tío George le pidió de favor a Gina que vigilara por unos días la tienda del callejón Celta.

—¿Qué es el callejón Celta? —intervino Gwen, alejando la plática del tema que trataban.

—El callejón Diagon de Irlanda del Norte —contestó el pelirrojo al instante.

—Ajá. Y el callejón Diagon… ¿Es el sitio donde compramos tus cosas del colegio, Walter?

—Sí, ese mismo.

—Bueno, entonces me hago una idea. Chicos, la comida está lista, si gustan pasar a la mesa…

Ninguno de los invitados se hizo del rogar. Gwen pensó entonces que, sin importar que fueran magos, todos eran jóvenes a fin de cuentas. Menos mal que había comida como para todos los empleados del palacio de Buckingham. O del Senedd, donde trabajaba ella, que eran bastantes.

Aunque claro, estaba exagerando. Tendía a exagerar cuando se ponía nerviosa. A exagerar y a intercalar los idiomas que sabía, pero esto último era cuando el nerviosismo se mezclaba con miedo y mientras no hubiera algo que la asustara de verdad, no había problema.

—¿Ya te llegó la carta de este año? —fue la primera pregunta que la pelirroja, que según oyó Gwen se llamaba Rose, hizo en cuanto ocupó una silla.

—Sí, el domingo. Por suerte estaba en casa de la abuela, a ella no le importan las lechuzas. ¿Y ustedes, ya la recibieron?

—¡Que si la recibimos! —exclamó la castaña, Sunny, que parecía contener la risa —Pregúntale a estos qué les llegó con la carta de este año.

Señaló al pelirrojo, al de cabello castaño rojizo y a la de anteojos.

—¿Por qué?

—Nada, nada —el pelirrojo se encogió de hombros, pero se sonrojaba a una velocidad que no podía ser sana, o eso pensó Gwen al dejar cerca de él una fuente con sopa de cebolla.

—Thomas, ¿pasa algo malo o…?

—¡Prefectos! —la pelirroja, Rose, se echó a reír —¡Hally, Bryan y Thomas son prefectos!

—¿Puedes ser prefecta y capitana de quidditch al mismo tiempo? —se extrañó Walter, mirando a la chica de anteojos, que también se estaba poniendo colorada.

—No tengo ni idea, pero la carta lo dice, así que… —la aludida, Hally, se encogió de hombros.

—¿Tú no eres prefecto, Procyon? —siguió preguntando Walter, mirando a su amigo que, para el gusto de Gwen, tenía un nombre muy raro.

—Pues no, aunque no me importa —Procyon se encogió de hombros.

—Claro, ahora podrás seguir bromeando a quien quieras sin remordimientos —espetó Sunny.

—Oigan, yo quiero seguir haciendo eso —protestó Thomas, ceñudo.

—Mamá me contó que hay dos prefectos por casa —comentó entonces Hally, ladeándose ligeramente a su derecha para dejar que Gwen colocara en la mesa una bandeja con panecillos —Un chico y una chica. Ella y el padre de Rose fueron prefectos cuando iban al colegio.

—Ah, sí —se acordó Rose, sonriendo —Aunque a papá creo que le dio gusto que no me llegara la insignia. Cuando él la tuvo, tío Fred y tío George no lo dejaban de molestar.

—Entonces tu madre debe estar contenta, Hally —apuntó el de cabello castaño rojizo.

—Sí, Bryan, lo está. Fuimos al callejón Diagon ayer por el material y me compró una túnica de gala nueva y más de esa tinta genial que cambia de color conforme escribes. Papá me preguntó si quería algo en especial y fuimos a Artículos de Calidad para el Juego del Quidditch. Había unas gafas especiales para los partidos con lluvia y una estupenda túnica impermeable roja.

—Válgame, para eso, quisiera ser prefecta —masculló Rose.

Todos rieron justo cuando el señor Poe se sentó a la cabecera de la mesa y carraspeó, llamando al orden, antes de señalar la comida con un ademán.

—Les agradezco que vinieran al cumpleaños de mi hijo —dijo, sonriendo de nuevo de aquella manera que no parecía intencional, a la vez que los ojos grises dedicaban a todos una mirada serena —Walter nos ha hablado muy bien de ustedes, ¿no? —a la izquierda del señor Poe, Gwen asintió con ahínco, con aspecto alegre —Así que feliz cumpleaños, hijo.

—¡Feliz cumpleaños! —exclamaron todos los presentes.

Walter asintió, con un nudo en la garganta, repitiendo la frase que acostumbraba a primera hora, todos los años, y que por esta ocasión pensaría dos veces en un día.

«Gracias, mamá, por el regalo que me diste, aunque no sea una cosa viviente.»

Porque era gracias a la magia que tenía aquellos amigos, en las buenas y en las malas.


Después de comer, los chicos pasaron a la sala y se les fue el tiempo charlando. A Gwen le sorprendía que pudieran tener tantos temas de conversación, aunque hubo una parte que parecía inquietarlos un poco, al menos a algunos de ellos.

—¿Los demás te mandaron algo? —escuchó que le preguntaba la de anteojos, Hally.

Walter había asentido, para luego contar con los dedos mientras enumeraba.

—Amy y Ryo se disculparon por no venir, pero a ella no la podía traer su cuñada y él no sale de Oxford. Paula, Danielle y Henry siguen en el extranjero, sus regalos fueron de lo más curiosos, aunque me sorprende que el de Danielle llegara por paquetería muggle a casa de la abuela…

—De algo le sirve llevar Estudios Muggles, supongo —aventuró el castaño rojizo, Bryan.

—¡Qué va! —el pelirrojo de ojos verdes, Thomas, se echó a reír antes de explicar —La noche antes de acabar el curso, me pidió de favor que le explicara cómo hacer eso… Enviar cosas por correo y paquetería. Dijo que era probable que se perdiera tu cumpleaños y el de Procyon.

—El mío se lo perdió, de hecho —masculló Procyon, arrugando la frente.

—Pero al menos tu regalo podía enviarlo con una lechuza. Danielle sabía que Walter pasa las vacaciones en casas muggles, así que…

—¿Dónde queda exactamente Austria, el país donde está Paula? —inquirió Walter, ceñudo.

—Más o menos al centro del continente. Limita con Alemania —respondió Thomas —¿Por?

—¿Lees periódicos muggles, Thomas? Hubo algo muy raro en… ¿Bucarest?

—Budapest —corrigió Hally enseguida, tomando desprevenidos a sus amigos —Es la capital de Hungría. Salió en El Profeta, si eso querías saber. Aparecieron dragones.

—¡Espera, espera, espera! —Rose agitó su cabeza varias veces, haciendo que algunos mechones de su rojo pelo volaran en todas direcciones —¿Es en serio? ¿Dragones? Creí que papá hablaba en clave cuando lo escuché en casa quejándose de unas "bestias súper desarrolladas".

—Pues no, en El Profeta sale que fueron dragones. ¿Qué dicen los periódicos muggles, Walter?

—Es lo que me parece extraño. Los periodistas creen que fue una operación terrorista, pero hay testigos que afirman que esas cosas "feas y voladoras" eran animales de verdad. Pero no tiene sentido, ¿por qué querría algún mago que los muggles supieran que existimos?

Ante la pregunta de Walter, sus amigos intercambiaron miradas, pero no respondieron. No parecían capaces y Gwen, al caer en la cuenta del tema de su charla, estuvo a punto de intervenir, pero se contuvo. Si Walter no le contaba aquellas cosas por voluntad propia, debía creer que de nada serviría que las supiera; además, ese muchacho tendía a no querer preocuparla de más.

—Pero no solo hubo dragones allí —dijo entonces Thomas, arrugando la frente —Hablaban de algo más… Creo que hubo magos muertos… Esperen, déjenme pensar…

—¿El rollo de tu memoria fotográfica se acaba? —bromeó Procyon, conteniendo la risa.

—Muy gracioso. Es que el periódico no sacó fotos de los muertos, por eso no…

—Hubo una bruja muerta —apuntó, para asombro de todos, Rose —Mamá lo comentó en casa. Trabajaba para El Quisquilloso. En el colegio la vimos, era del Trío Tentación, ¿les suena?

—¿Esas tres chicas tan guapas que…? —Procyon, que sonreía con cierto aire pícaro, dejó la frase a medias cuando notó la mirada que le dedicaban sus amigas y, sobre todo, Hally —Bueno, yo sí las recuerdo —aclaró, haciendo una mueca —¿Y una de ellas murió?

—No es que le quedara de otra, parece que la mataron —Rose intentaba sonar despreocupada, pero era evidente que el tema la incomodaba, pese a haberlo sacado ella misma —Era la del pelo castaño. Solo la vi una vez en casa, antes de que se fuera al continente. Me cayó bien.

—No quiero que llegue aquí… —murmuró Sunny, agachando la cabeza.

Ninguno de sus amigos tuvo que preguntarle a qué se refería. O mejor dicho, a quién.

—Vamos, Sunny, no creo que Hagen se atreva a otra cosa aquí, no después del chasco que se llevó con los dementores —aseguró Thomas, queriendo animar el ambiente.

A Gwen aquello le sonaba, aunque no estaría segura si la gemela de su difunta madrastra no la hubiera puesto al corriente cuando le encargó…

Sonó el timbre. Para sorpresa de la rubia, su hermano y los demás chicos se tensaron, como poniéndose en guardia. Intentando parecer despreocupada, Gwen fue a abrir, sonriendo a más no poder al segundo siguiente.

—¡Scott! ¡Llegas tarde! —dijo, regañándolo en broma.

—No habría pasado si no nos hubiéramos detenido en Harrod's —indicó el aludido, un rubio de ojos azules y sonrisa franca —¿Verdad, Makh?

A espaldas del rubio, con aspecto tímido, un niñito de rizos negros y bonitos ojos azules miró hacia arriba, sonriendo casi enseguida al ver a Gwen, a quien no tardó en abrazar.

—¿Y a qué fuiste a Harrod's? ¿Volviste a perder una apuesta con tus hermanas?

El rubio se encogió de hombros con resignación.

—¿Quién llegó, hija? —quiso saber el señor Poe, viniendo desde un pasillo cercano que daba al estudio y a un par de habitaciones más —Ah, Scott, buenas tardes.

—Buenas tardes, señor. Solo vengo a traer a Makh y…

—¿Scott?

Los jóvenes en la sala habían dejado de hablar desde hacía rato y el pelirrojo, Thomas, arrugaba la frente con ligero desconcierto.

—Me toca llevarte a casa —alegó Scott Elliott sin más, mirando al pelirrojo —Culpa de Skye, que no se acordó que tenía una cita hoy. En Glasgow. Mamá la regañó bastante por teléfono.

Thomas, por lo que pudo observar Gwen, estuvo a punto de reír.

—¿Decías algo de Harrod's, Scott? —inquirió el pelirrojo, en cambio.

—Ah, sí… Sydney apostó conmigo y con Skye sobre tu temporada con la abuela. Ella fue la que más se acercó, por lo que Skye y yo le pagamos su té favorito.

—Momento, ¿ya dijo la abuela cuándo puedo ir a Mahonlands?

—Ajá. Te llevaremos el viernes y te quedarás una semana. Aún no sé cómo le hace Sydney para acertar en ese tipo de cosas, voy a creer que es vidente…

Thomas negó con la cabeza, sonriendo, pero Gwen fue la única que notó cómo su hermano y el resto de sus amigos intercambiaban miradas.

—Bien, chicos, me marcho —dijo Thomas entonces, mirando a la sala por encima de su hombro —A partir del viernes, pueden enviarme lechuzas. Que estén bien.

—¡Hasta luego! —fue la despedida generalizada.

—Nos veremos el sábado, entonces —avisó Scott a Gwen y ella asintió —Adiós, Makh.

—Adiós, Scotty —se despidió el niño en un susurro.

Ya fuera del departamento de los Poe, Thomas frunció el ceño.

—¿Qué les ves exactamente a la hermana de Walter, Scott? No es que me desagrade, pero…

El pelirrojo se detuvo de forma elocuente, queriendo así demostrar su curiosidad.

—Es agradable —contestó el rubio, sonriendo —Y muy lista. Maneja más de dos idiomas.

—Lo que me extraña es que te guste alguien que sea mayor que tú.

Scott se encogió de hombros, sonriendo un poco más, con la misma expresión que ponía cuando, junto con sus hermanas, preparaba alguna broma.

Thomas supo entonces que había cosas en su noviazgo que, aunque buenas, Scott no quería contarle, así que dejó de preguntar y se contentó con que su hermano estuviera feliz.


Barrio de Greenwich, orillas del Támesis.

Hospital Saint Helen, sótano tres.

Después del incendio que lo dejara dañado hacía unos años, el hospital Saint Helen había sido reconstruido casi en su totalidad. Gracias a su plantilla de médicos y enfermeros, la institución no fue olvidada por las autoridades, así que no tardó mucho en volver a ponerse en marcha.

Eso fue aprovechado por la Edmond Company. Específicamente, por su Sección W.

La Sección W, abierta por Ryan Edmond para que magos y muggles trabajaran en conjunto por la salud de la humanidad, al principio fue un proyecto muy secreto, que solo unos cuantos conocían y en el cual casi todos eran magos. Conforme pasaron los años y en vista del modesto éxito que obtenía, el señor Edmond destinó a algunos de sus científicos allí, todos muggles e ignorantes de la verdadera naturaleza de sus camaradas. Con eso, los descubrimientos iban en aumento, aunque algunos procedimientos para aplicarlos solo podían servir en el mundo mágico y otros, solo en el muggle. Eso no hacía que la Sección W fuera menospreciada; al contrario, como el nivel allí debía ser bastante alto para atreverse a experimentar y además, saber tratar con muggles, los magos postulantes a ingresar allí debían ser lo mejor de lo mejor.

La Sección W tenía dos modalidades para conseguir miembros entre los magos. Una de ellas era por entrevista de trabajo a los sanadores graduados, sobre todo aquellos con las más altas notas en las distintas Escuelas de Sanación del mundo. La otra era tomar aprendices entre los recién salidos de las muchísimas escuelas de magia, pues de esa manera los formaban no solo como sanadores, sino como expertos en diversos menesteres que eran necesarios en la Sección W, que en últimas fechas, no siempre se limitaba a curar personas.

—… Por lo tanto, si el hechizo es realizado con especial potencia y ello se suma a una debilidad mental previa, hay las condiciones ideales para que un maleficio como la Imperdonable Cruciatus cause incapacidad mental permanente.

En la séptima planta de Saint Helen, área que la mayoría de los muggles del hospital ignoraban que existía, se habían habilitado un par de aulas para las lecciones teóricas requeridas en el intenso curso de la Sección W a sus más jóvenes miembros. Aunque fuera agosto, en ese sitio se había decidido prescindir de gran parte del periodo vacacional, debido a la necesidad urgente de personal debidamente capacitado, dadas las circunstancias.

—¿Hay casos documentados? —inquirió una bruja pequeña y de cara redonda, frunciendo el ceño mientras se acomodaba las holgadas mangas de su túnica verde menta.

—Unos cuantos, accederán a la documentación pertinente en cuanto entreguen su ensayo.

Ante las palabras del mago rubio, alto y delgado que fungía como instructor, varios en el aula hicieron esfuerzos sobrehumanos para contener quejas, pues no querían trabajo extra.

—Disculpe, señor, si nos darán acceso a los casos documentados hasta después de entregado el ensayo, ¿cómo sabremos que vamos por buen camino a la hora de escribir deducciones?

La pregunta, proveniente de la parte trasera, hizo que los allí presentes en calidad de aprendices dieran un respingo y se giraran, topándose con un hombre joven y de cabello rojo oscuro, con ojos castaños que, en ese momento, tenía fijos en el mago al frente.

—Eso, Longbottom, no lo sabrá hasta que entregue el ensayo, cuyo propósito es averiguar qué tan bien han asimilado la teoría sobre los efectos imprevistos a largo plazo de algunos hechizos. Ahora, si no tienen más preguntas…

Dean Longbottom se quedó callado tras oír la respuesta, pero por dentro estaba desdeñando de manera intensa a ese mago. La metodología que estaba empleando para formarlos no le parecía adecuada, pero él no era quién para quejarse. A duras penas podía enorgullecerse de estar allí.

Cuando decidió que la Sección W era lo que quería, no pensó que le resultaría tan difícil. No solo por el ritmo de trabajo, que debido a Hagen y sus ataques, se incrementó considerablemente, sino a que sentía que todo lo pesado se lo cargaban a él. Al principio, creyó estar volviéndose un poco paranoico, pero a los tres meses de iniciada su preparación se le encargó desarrollar como trabajo final para una de sus asignaturas un complicado experimento que, a la hora de presentarlo en clase, causó conmoción y asombro a todos por igual no solo por ser impecable en desarrollo y ejecución, sino por ser mucho más avanzado que los experimentos del resto.

Aunque no quería, Dean sospechaba que tras todo eso estaba Steven Edmond. Que no tuviera control directo sobre la Sección W no impedía que siguiera siendo el presidente de la Edmond Company. Si él ordenaba algo, se hacía. Lo que le faltaba por averiguar al pelirrojo era por qué el sanador en jefe de la sección dejaba pasar todo aquello, si le había dado la impresión de agradarle.

—Señor Longbottom, veo que han terminado la clase.

Fuera del aula, en un pasillo bordeado casi por completo por paredes de cristal que dejaban ver distintas áreas de trabajo, Dean se topó con un hombre de túnica verde lima que parecía algo despeinado con el cabello entrecano ligeramente revuelto. Le dedicó una sonrisa.

—Señor Pye —saludó, inclinando levemente la cabeza —¿Cómo ha estado?

—Bien, muchacho, bien. ¿Cómo les va a todos ustedes?

Se dirigió tanto a Dean como a los demás aprendices que, tras echarle un vistazo al hombre de túnica y pelo entrecano, le dedicaron sonrisas y breves respuestas susurradas sobre sus estudios.

—Espero que Dalloway no se esté excediendo con lo de los efectos imprevistos a largo plazo. Es su tema favorito y quiere que todo el mundo lo comprenda tanto como él.

A la vez, hubo un montón de cejas arqueadas y gestos de incredulidad.

—Ya sabrán de qué hablo cuando tengan una especialidad como la de Dalloway —afirmó el hombre, antes de que todos comenzaban a marcharse —Señor Longbottom, ¿puede acompañarme? Tenemos una conversación pendiente sobre su trabajo de la semana pasada.

A su pesar, el pelirrojo asintió y siguió al sanador Pye por los pasillos, dejando atrás algunas caras de satisfacción, aunque la mayoría mostraba una ligera preocupación.

—¿Por fin van a decirle a la cara que lo echan? —soltó uno de los compañeros de Dean.

—Si echan a Longbottom, es que tienen estiércol en vez de cerebro —indicó la bruja pequeña y de cara redonda, haciendo un mohín —Ha podido con cada cosa loca que le mandan, ¿no?

Como los demás asintieron, el compañero que habló primero prefirió dejar el tema.

En tanto, Dean no sabía cómo iba a defenderse de lo que le esperaba. Si era lo que él creía, quizá ya no le agradara tanto al señor Pye como un año atrás, cuando se conocieron. Sin embargo, no se arrepentía de lo hecho, cosa que de todas formas, no tendría mucho sentido.

—Vamos, por favor —indicó el señor Pye.

Dean se quedó un tanto sorprendido de que lo hubiera guiado al ascensor del edificio, pero no replicó. Entraron ambos y aunque quiso, el joven no pudo ver el botón que fue pulsado.

—Me han contado algunas cosas interesantes, muchacho —inició el señor Pye en cuanto una ligera sacudida indicó que el ascensor descendía —Los instructores, sobre todo. Aseguran que has estado presentando trabajos más complejos de los que se requieren.

—Señor, eso no…

—Déjame terminar. La mayoría de los instructores han confesado que el solicitarte todo eso ha sido cosa del señor presidente, bajo amenaza de ser despedidos y de cancelar sus investigaciones personales. Como comprenderás, a ellos les da igual si no tienen este trabajo, podrían conseguir otro en un santiamén, pero las investigaciones son otro cantar. Dalloway, por ejemplo, participa en el asunto de descubrir cómo se da exactamente ese efecto que ha llamado cortavenas. El que hace que los vasos sanguíneos comiencen a reventar sin .

Dean tragó saliva. Por la descripción, supo que ese efecto era el que, meses atrás, le arrebatara la vida a una de sus primas.

—A decir verdad, Dalloway sospecha que el sujeto en cuestión pudo haber encontrado una combinación de maleficios que, al ejecutarse en cierta secuencia, tuvieran ese efecto tan drástico. Pero bueno… —el señor Pye meneó la cabeza, dejando a Dean con un montón de preguntas sobre lo que había querido decir —No estás autorizado a saber esto si no eres un empleado calificado. Aunque eso se puede arreglar. Y me lleva de vuelta a lo de tu desempeño en el curso.

Oficialmente, Dean se sintió perdido con eso, pero procuró mantener un aspecto sereno.

De pronto, notó que la luz en el ascensor disminuía ligeramente sin razón aparente, y antes de tener la oportunidad de preguntar qué sucedía, se fijó de reojo en el contador de pisos, colocado sobre la puerta del aparato, en el cual parpadeaban los distintos niveles conforme transitaban por ellos. Y se sorprendió de que, después del nivel marcado como S2 (es decir, "Sótano 2"), hubiera un S3 al que jamás había prestado atención.

Bienvenido sea al sótano tres, sanador Pye —indicó en el interior del ascensor una voz fría e impersonal de varón —Por favor, identifique al visitante.

—Sí, claro. Es Dean Frank Neville Longbottom, aprendiz de la Sección W.

Después de unos segundos, las puertas del ascensor se abrieron.

Gracias, sanador Pye. Recuerde que el señor Longbottom deberá salir con usted, a menos que le otorgue el permiso correspondiente. Que tengan ambos un buen día.

—Sí, sí… —musitó el hombre, haciéndole señas a Dean para que lo siguiera —Aunque no parezca, esa voz es parte de un complejo hechizo de vigilancia y reconocimiento. Lo requerimos aquí, por supuesto, por eso no me quejo tanto, pero… —meneó la cabeza —Sígueme.

Como pudo notar el pelirrojo, aquel sótano no era demasiado diferente a la séptima planta. Casi todos los pasillos tenían a ambos lados paredes de cristal que daban a oficinas o a laboratorios donde, repartidos en parejas o de manera individual, varias personas con batas blancas o color verde lima se hallaban enfrascadas en sus asuntos. No pudo evitar fijarse que nadie parecía darse cuenta del trabajo de los demás, como cuando una bruja delgada y de pelo oscuro causó una nube de humo violeta con el contenido de un caldero y en el área de su derecha, un hombre castaño con bata blanca siguió observando láminas con un microscopio sin inmutarse.

—Hay áreas exclusivas para investigaciones mágicas —aseguró el señor Pye, dedicándole una sonrisa alentadora a la bruja del caldero humeante en cuanto pasaron a su lado —Allí, los cristales están hechizados para que los muggles no sientan curiosidad por echar un vistazo. Cuando quieren ver algo, sienten la imperiosa necesidad de no distraerse de sus propias labores. Por aquí.

En uno de los cruces de pasillos, dieron vuelta a la derecha, para llegar al poco rato al fondo, donde una puerta de cristal ostentaba una placa simple que decía "Augustus Pye. Sanador en Jefe de la Sección W."

El señor Pye le cedió el paso a Dean en cuanto abrió la puerta y el pelirrojo, al entrar a aquel sitio, pensó que mejor debió quedarse arriba, peleando con el tal Dalloway acerca de su redacción.

Aquel lugar era un despacho, ni más ni menos. Aunque tres de sus cuatro paredes eran de cristal, dos de ellas no se veían por los estantes llenos de libros y, cosa rara, por un enorme mapa mundial que debía ser mágico, porque daba la impresión de que el agua pintada en él se movía un poco y que algunos minúsculos detalles en las zonas de tierra cambiaban sutilmente. El escritorio del señor Pye, mitad despejado y mitad inundado de pergaminos, era de una madera muy pulida, aunque demasiado oscura para el gusto de Dean, que claro, no sabía mucho de muebles. Ante el escritorio, en una de las sillas para invitados, se hallaba un hombre de traje gris oscuro, cuyo cabello castaño oscuro, peinado hacia atrás de manera tirante, lo hacía ver mucho más serio y frío de lo que ya era. En la silla del señor Pye estaba sentado un hombre muy parecido al de traje gris oscuro, solo que con ojos azules, algunas canas y un traje color marrón con finas rayas blancas.

—Lamento la demora, pero no quise interrumpir la clase del señor Longbottom —indicó el señor Pye con una ligera sonrisa —Señor presidente, Ryan…

—Señor Pye —saludó con severidad el de traje gris oscuro.

—Augustus —pronunció más amable el de ojos azules —Un gusto saludarte también, Dean.

—Igualmente, señor…

—Por favor, puedes llamarme por mi nombre. Siéntate, Augustus.

En un parpadeo, el hombre de ojos azules se levantó y fue a colocarse junto al de traje gris, quien arrugó el ceño al ver que Dean, a su derecha, ocupaba la silla de invitados que quedaba.

—Bien, me he tomado la molestia de venir por lo que me reporta Augustus, Steven —comenzó Ryan Edmond, dejando de lado el tono afable con el que saludó a Dean y al señor Pye —No se hacen distinciones de ningún tipo con los aprendices de la Sección W, y por lo visto, has tratado por todos los medios de que Dean renuncie a seguir con la instrucción.

—Padre, ¿vas a creerle más a este mago de cuarta que a mí? —espetó Steven, abandonando el poco disimulo que había mostrado hasta el momento. Si Dean no se equivocaba, Steven temía y odiaba por igual a los magos, aunque quizá también era un poco de envidia, eso no lo tenía claro.

—Por supuesto —la respuesta de Ryan Edmond dejó congelado a su hijo, sobre todo con la explicación que siguió —Augustus nunca me ha mentido en asuntos tan importantes como los que atañen a la compañía; en cambio tú, Steven, por más que seas mi hijo, parece que manipulas todo a tu entera conveniencia. No digo que seas incompetente, pero ha habido casos concretos en los que las cosas salen mal porque no antepones el bienestar de la compañía a tus propios intereses. Si sigues así, deberé poner en consideración ante los accionistas que se te releve de tu cargo.

—¡Padre! ¡Soy tu hijo! ¿De verdad piensas echarme a la calle?

—Eso de "echarte a la calle" es una burla viniendo de ti, Steven, considerando que te has casado con una de las mujeres más ricas de Londres. Además, el que te retiraras de presidente no querría decir que dejarías la compañía. Solo te colocaríamos en otra parte.

Dean se sentía un mero observador ante semejante escena, que además de un desacuerdo de negocios, también podía considerarse discusión familiar. De reojo, el pelirrojo miró al señor Pye y su expresión le dio a entender que ambos coincidían en su opinión sobre el asunto.

—Así que tú decides —concluyó Ryan, con aspecto severo, entrecerrando los ojos azules de tal forma, que Dean recordó a su novia Janice —Haces las cosas como es debido y permaneces en la presidencia de la compañía o aceptas que se te retire de tu puesto y se te busque algún otro más acorde con tus capacidades. He estado aceptando más de un fallo tuyo, precisamente porque eres mi hijo y esperaba de todo corazón que aprendieras a manejar lo que te he encomendado. Pero me estoy dando cuenta que quizá me equivoqué y eso me decepciona.

Se hizo el silencio, durante el cual Steven apenas dio muestra de estar indignado o asustado con las posibilidades que planteaba su padre. Finalmente el actual presidente de la Edmond Company se puso de pie, desconcertando a los presentes.

—Haz lo que quieras, padre —espetó Steven con acidez, casi con rencor, mientras daba media vuelta —Parece que tengo razón, ¿no? Confías más en la magia que en tu propia sangre.

—No. Mi confianza es para quienes se la ganan, no para quienes creen merecerla sin trabajar por ella. Pero esto es hablando de negocios, Steven. Sigues siendo mi hijo, después de todo.

El aludido hizo una mueca, mitad incrédula y mitad dolida, antes de abandonar el despacho.

—¿Crees que algún día comprenderá? —inquirió el señor Pye, dudoso.

—No lo sé —Ryan se encogió de hombros —Steven no era tan arisco, empeoró desde que nos comunicaron que Janice era bruja. Creo que pensó que él se merecía más la magia, aunque no sé de dónde sacaría semejante idea. Según me has contado, la magia no se gana, ¿verdad?

—Pues no. Por decirlo en forma técnica, eso está en los genes. Algo en tu hija, genéticamente hablando, resultó distinto a Steven y por eso es bruja.

—Bueno, pues me alegra. Que Dios me perdone, pero Steven habría sido un mal mago.

Tras esa frase, de nuevo se hizo el silencio en el despacho y Dean empezó a preguntarse la razón de su presencia allí. Su duda no tardó en ser contestada.

—En primer lugar, mi esposa manda saludos —dijo entonces Ryan, mirando a Dean con toda su amabilidad —Aprovechó uno de sus viajes para pasar a El Cairo. Las comunicaciones allí andan mal, pero está casi segura que podrá hacerle una visita a Janice.

El pelirrojo asintió, sonriendo con nostalgia. Janice Edmond, después de obtener su ingreso en Gringotts y laborar unos meses bajo la atenta mirada de los duendes de la sucursal del callejón Diagon, fue enviada a Egipto para recibir un curso intensivo sobre cómo romper maldiciones, cosa que a la joven le hacía especial ilusión.

—Me llegó una lechuza suya hace un par de semanas —recordó el muchacho —Parece que le va bien, y que ha descubierto maldiciones interesantes, aunque también un poco escalofriantes.

—No me sorprende, los magos egipcios se hicieron expertos en eso cuando eran parte de las cortes faraónicas —recordó el señor Pye con gesto vago, antes de aclararse la garganta —Ryan…

—¡Ah, sí! Dean, me ha reportado Augustus tus resultados con esos trabajos complicados que te dejaron los instructores por orden de Steven y cree que estás capacitado para ingresar al trabajo de campo a partir de septiembre.

—¿En serio? —aunque lo intentó, el muchacho no pudo ocultar del todo su entusiasmo.

—Sí, dice que la pequeña treta de Steven ayudó a que demostraras tus capacidades.

—No cualquiera podría satisfactoriamente con tales exigencias de los instructores —corroboró el señor Pye, con el semblante centrado que hacía ver en él al buen líder que tenía la Sección W —Es lo que necesitamos para las investigaciones enfocadas en la guerra. Nos estamos contactando con las sedes de la sección de todo el mundo, cada una tiene diferentes aportes, y casi todo nos lo transmitimos a lo muggle, pues Hagen no parece interesado en interceptar esas comunicaciones. Supongo que sabes usar un teléfono y una computadora…

—Vagamente, pero puedo aprender —indicó Dean con contundencia.

—Me alegra escuchar eso —indicó Ryan, tragando en seco antes de seguir —Y una cosa más. Como te diste cuenta, Steven no parece demasiado preocupado por el buen funcionamiento de la Sección W, a juzgar por cómo ha querido deshacerse de un aprendiz sin tomar en cuenta su gran talento. Eso me preocupa, sobre todo si, como sospecho, ha mostrado esa actitud suya en el resto de la compañía. Necesito a alguien de confianza que ocupe la presidencia en lugar de Steven, pero actualmente no cuento con ningún pariente capacitado, ya que es un cargo que maneja la familia.

—Señor, Roland…

—Mi hijo Roland es un experto en su área, pero ha estado demasiado alejado de la compañía, al menos de muchos de los asuntos que maneja la presidencia. Necesito a alguien que sepa a qué nos dedicamos, cómo trabajamos y lo que jamás estaremos dispuestos a hacer. Sobre todo, por lo que nos contó Janice, necesito a alguien que no se deje influenciar por los magos, por si vuelven los del Ministerio de Magia a intentar enemistarme con mi hija. Allí entras tú.

—¿Yo?

Eso debía ser una broma, aunque Dean no la encontraba graciosa. Paseó la vista del padre de su novia hacia el sanador en jefe de la Sección W, intentando leer en sus expresiones lo que de verdad estaba ocurriendo, pero todo lo que encontró fue que Ryan Edmond hablaba en serio.

—En principio, te presentaré ante los accionistas como un nuevo aprendiz de la sección, cosa que es cierta. Eso y el insinuar que eres más inteligente de lo normal dará pie a innumerables rumores que no tardarán en llegar a tu Ministerio y, quizá, a esos magos que nos arruinaron la fiesta en La Isla —Ryan hizo una mueca de disgusto, con lo cual Dean supo que el hombre se sentía profundamente ofendido por el mencionado incidente —Tratarán de llegar a ti por creerte cercano a mí, que lo serás, pues pretendo que aprendas todo lo que la presidencia hace para el buen funcionamiento de la compañía. Si tenemos suerte, llegaremos a descubrir qué quieren de nosotros los magos del otro bando, como ustedes les dicen, e informar a quien haga falta.

—Señor… Es decir, Ryan… ¿No teme que algo de ese plan salga mal?

—Por supuesto. Pero el hecho de no tener magia no significa que no pueda ayudar. Además, me disgusta el hecho de que gente de su Ministerio pretenda usar nuestras investigaciones para su propio provecho. Eso no está dentro de nuestras políticas, ni siquiera se lo permitimos a las diversas instituciones de salud con las que trabajamos. No deseo que se manche el buen nombre de la compañía por nada ni por nadie.

Dean podía comprender eso, pero no estaba tan seguro que el señor Edmond pudiera hacer gran cosa en caso de que el Ministerio quisiera adueñarse de las investigaciones de la compañía. Bastaría con un par de pases de varita, unos pocos hechizos desmemorizantes y podría hasta olvidar que tenía una Sección W.

—Ryan, ¿no sería más adecuado que le hubiera dicho a Janice sobre esto?

—No —respondió con contundencia el aludido —Mi hija no tiene el temple adecuado para estar en la presidencia de la compañía. Y no me refiero a que le falte valor o inteligencia, sino que en ocasiones es demasiado emocional, y eso no podemos permitirlo en un negocio como este. Cuando regrese, se lo explicaré como es debido, pero mientras tanto, te pido que no le menciones nada en tus cartas, ¿comprendes?

Claro que sí, Dean veía aquello más claro que el agua. Además, no quería ser él quien le soltara algo así a Janice, lo correcto era que su padre le dijera por qué, aunque la amaba, no la consideraba la mejor opción para dirigir la empresa de la que estaba tan orgulloso.

—Comenzarás tu nueva instrucción con Augustus —indicó Ryan con tal seriedad que sonó prácticamente como una orden —Él te enseñará lo más importante de la Sección W, así como su conexión con otras áreas de la compañía. Al mismo tiempo, te pediré que estés conmigo en ciertas ocasiones: asistirás a reuniones, analizarás informes y estudiarás cursos de acción para ciertos problemas que se nos presentan. Te presentaré con los demás como mi asistente y nadie pondrá reparos, saben que a veces contrato personal sin pedir la opinión de nadie.

—Por primera vez, eso te ayudará —comentó el señor Pye, sonriendo.

—Lo sé, y pensar que Jessica me regañaba por ello…

—¿Y cuando acabe la guerra, me quedaré en la Sección W o…?

—Cuando acabe la guerra, y si todo va bien, estoy seguro que serás parte de la familia y no habrá ningún problema en que te proponga como presidente de la compañía.

El pelirrojo no necesitó ni dos segundos para comprender la clara indirecta. Tragó saliva, sintiendo que enrojecía, y terminó asintiendo con la cabeza.

Los dos hombres allí presentes rieron por lo bajo, imaginando un futuro en el cual no hubiera amenaza de ataques mágicos ni de muertes dolorosamente extrañas.


25 de abril de 2014. 11:50 P. M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

Hola al público que quizá ya no me quiera tanto. Lo sé, en esta ocasión he andando desaparecida demasiado tiempo, pero no me acababa de convencer este capítulo (que en relación con otros, quedó corto), pero cuando lo releí después de unas semanas sin mirarlo, sentí que la información manejada era suficiente.

En primera, todo el capítulo se desarrolla el mismo día: el diez de agosto, cumpleaños de Walter Poe. Vemos la celebración del castaño casi siempre desde la perspectiva de Gwen Poe, que halla muy curiosos a los amigos de su medio hermano, aunque alcanza a captar que aprovechan la fiesta para intercambiar noticias. He colado por allí que se sabe quiénes son algunos de los recién elegidos prefectos: Hally, Thomas y Bryan, detalle que, aunque parezca insignificante, me detuvo muchísimo tiempo a la hora de redactar el presente capítulo. Sabía que habría miembros de la Orden del Rayo que ganaran la insignia, pero no me decidía por quiénes serían en ciertos casos, hasta después de pensarlo mucho. Lo que dice Hally, que no sabe si puede ser prefecta además de capitana de quidditch, es una duda propia, porque no hallé información canon que me ayudara con ese punto, pero siendo un fic, dejé el detalle así, porque además, de las chicas de quinto de Gryffindor, ¿quién más podría haber sido prefecta? Se ha dado a entender que Hally es una de las mejores estudiantes de su generación, así que la decisión me resultó lógica. Y como Procyon, pese a sus buenas notas, no es el prefecto de Gryffindor, ¿entonces quién será? (Pregunta boba para algunos, Bell sonríe con malicia).

El otro escenario manejado en el presente capítulo es un hospital ya nombrado en la saga, ¿lo recuerdan? Es Saint Helen, allí trabaja Casiopea Black, madre de Procyon. Es la sede de Londres de la Sección W de la Edmond Company, y Dean Longbottom se instruye en la parte mágica del lugar desde que terminó el colegio (seguro algunos se estaban olvidando de este chico). Tal parece que ha tenido dificultades con la instrucción, pero resulta que a Steven, hermano de Janice Edmond, le salió el tiro por la culata, pues sin querer consiguió demostrar que Dean tiene mucho talento para el trabajo y ahora ocupará una posición muy importante dentro de la compañía. Esta escena, de hecho, es el inicio de un camino que tengo decidido para Dean desde hace años (literalmente, Bell tiene apuntes al respecto con fecha de 2008, hagan cuentas), y el joven ha demostrado que, remotamente, tiene parecido con sus abuelos paternos y sus propios padres, cada uno con increíbles habilidades en sus respectivas áreas.

Finalmente, a la fecha de la presente nota de autora, solo tengo un candidato para El Juicio, nada menos que Dudley Dursley, y por cierto plan que tengo para la presente entrega, pues se lo otorgo. Ahora las propuestas deben ser para el último Arcano Mayor, El Mundo, esperando que sea uno bueno (por favor, revisen algo de información del Arcano antes de la propuesta). Publicaré la entrada al respecto en mi blog personal casi al mismo tiempo que el presente capítulo esté en línea.

Cuídense mucho, ¡viva Aguascalientes'n! (Hoy es día de San Marcos, imaginen a Bell queriendo ir a la Feria pero no puede, porque salió tarde del trabajo) y nos leemos… Espero que muy pronto.