IX

Cuando era niña solía decir que las matemáticas eran la ciencia más exacta del mundo y así debería ser todo en la vida. Si uno quiere desayunar fruta en lugar de avena, lo hace. Si uno quiere correr más rápido en vez de transitar como el resto de las personas, corres. Sencillo. No das vueltas y enredas el problema con soluciones que no te llevarán al resultado que quieres. No añades números o efectúas operaciones que no sean las requeridas. Como sumar dos números, el resultado es preciso, es eficiente, es exacto. Pero con Yoh esta teoría no aplicaba. Él era más de decimales que de números exactos. O quizá era la incógnita de mi ecuación. O quizá nada, pero la nada también es relativa.

—Nadie elige la lluvia que te va a calar hasta los huesos.

Sus palabras me son familiares de algún modo, pero no puedo direccionar el recuerdo hacia una idea en concreto. No obstante, suena poético, al grado de erizar mi piel con tal sólo oírlo. Odio que genere reacciones en mi cuerpo con tan poco. No es importante como para darle una fracción de mi tiempo libre. Jeanne pasaría por mí para tomar un café y hablar de su próxima mudanza. Ni siquiera debería estar aquí.

¿Entonces porque quería verlo desde el día anterior? ¿Por qué había aceptado medir la propuesta de decoración en el nuevo hotel del centro cuando había pedido días para descansar en casa? ¿No acababa de tener la semana más caótica de mi vida encerrada en la oficina como para venir a otra oficina desconocida? ¿Qué diablos me pasa? ¿Por qué aunque tardó más de veinte minutos en bajar, lo esperé en el vestíbulo del edificio? ¿Por qué acepto cancelar mis planes sin previo aviso? ¿Por qué hace que me cuestione todo al tiempo que sólo me ve en silencio?

—Eres demasiado extraño—concluyo en voz alta.

Es cierto, él mismo lo sabe cuando en su rostro se ilumina con una afable sonrisa.

—Lo sé, me lo dicen a menudo—contestas acariciando con tu pulgar el dorso de mi mano.

Tampoco creo que sea algo tan recurrente. Medito unos segundos acerca de nuestra posición, él sigue siendo un sujeto desconocido, pero el contacto entre nosotros evidencia que no lo es. No es habitual, no obstante lo siento como parte de esta extraña y permisible amistad. No debería sujetarlo, soy una mujer casada. Es un acto contradictorio, por una parte quiero soltarlo pero por la otra, deseo aferrarme a él. Quiero tomar su cuello e inclinarlo hacia mí para saber cuán tersos son sus labios.

Creo que no es el único loco en la habitación. Estoy a nada de perder la razón, el embarazo debe estarme afectando más de lo que debería. Entonces suelto sus manos. Aquello se siente más como un desprendimiento que como una pauta para tomar distancia y tengo la impresión de que él siente lo mismo.

Ambos callamos, esperando una respuesta, algo que irrumpa el silencio en el que hemos caído presos. Pero no resulta incómodo. Incluso puedo grabar con más detalle sus facciones en mi memoria y es admisible. De pronto siento un pequeño empujón de su parte, por un momento olvido que estamos justo delante de la puerta, por lo tanto, apenas frena un poco el impulso que lo obliga a abrazarme para no lastimarme y hacerme caer.

Ha sido tan repentino, del mismo modo en que Goldva entró con una chica más. Por supuesto, ha venido por el archivo. La anciana nos mira extraño, mientras él decide soltarme, asegurándose de que no tropiece al hacerlo. Recobro mi equilibrio, en tanto él confronta las miradas curiosas de las mujeres.

—Qué manera de entrar, antes tocabas la puerta—se queja, quizá no molesto, pero sí algo incómodo.

—Lo siento. No pensé que fuese inoportuna.

Su respuesta es demasiado seca, incluso para las circunstancias pasadas en que se mostraba alegre conmigo. No me altera su tono de voz, pero noto cómo Yoh descompone su cara al percibir dureza en las palabras.

—Bien, de cualquier manera, ya habíamos terminado—responde volviendo al escritorio para acumular el resto de las carpetas en una sola pila— Te he dejado una serie de instrucciones en la cloud. También tienes mi número telefónico y podemos entrelazar una video llamada cuando esté allá.

Vaticino que algo no muy bueno vendrá de todo esto. Permanezco estoica, quizá debería irme pero no quiero levantar más rumores. A parte, no quiero que él corra detrás de mí, como estoy segura podría hacerlo en cualquier instante. Prefiero ahorrarme la vergüenza.

—De acuerdo, asumo que no regresarás a la oficina—dictamina mirándome fijamente.

Y no me equivoco cuando digo que algo en todo esto le parece de muy mal gusto. No debería extrañarme, él es un hombre casado y la posición en que estábamos da mucho de qué hablar.

—Se me hace raro, ¿acabaste con todo? —añade volviendo su vista a él.

—Por supuesto—responde serio—Además, le prometí a Anna que le invitaría a comer. Llevo el móvil, así que cualquier emergencia estoy comunicado.

Asiente, solicitando a una segunda chica que lleve el resto del archivo a su escritorio para añadir una etiqueta a cada carpeta. Se despide de mí con apenas las palabras justas, aunque en realidad no me interesa lo que piensen de mí, me siento juzgada por un buen verdugo. Yoh toma sus pertenencias con premura, supongo que porque deduce que en cualquier momento puedo irme sin contemplar la recompensa de mi trabajo.

—Vamos—añade cargando un pequeño maletín.

Es extraño cómo han cambiado las cosas. Mis recuerdos viajan al pasado, tratando de rememorar nuestra niñez. Resulta difícil de creer que una persona tan floja y tan descuidada sea cabeza de un proyecto arquitectónico. Mientras yo tomaba clases de piano con su abuela, él siempre estaba recostado en el jardín con unos audífonos sin oficio, ni preocupaciones. Nada extraordinario para un chico algo aislado, callado, ensimismado en su propio mundo.

La puerta del elevador se cierra. Ambos callamos y él acomoda el saco de nueva cuenta. Se ve elegante, como su trabajo lo requiere en algunas ocasiones. Miro disimuladamente a través del reflejo cómo contrasta con el recuerdo que mantengo de su persona en la infancia. Rara vez tratamos de conversar, incluso su abuela insistió en más de una ocasión conmigo para tratar de llevarnos mejor. Pero no es que no nos lleváramos bien, es sólo que jamás quisimos hacerlo.

—Espero que no se detenga en el salón de fiestas—dice con una pequeña sonrisa.

—¿Hay un salón de fiestas? —convengo extrañada de la mención.

—Sí, justo en medio del edificio—describes acompañado de un gesto de desagrado—No es un lugar muy agradable, no te lo recomendaría para hacer una fiesta para tu bebé.

Supongo que es extraño que lo diga, pero es la primera vez que imagino mi futuro con un niño y las muchas posibilidades que tengo por hacer una fiesta para personas pequeñas. No me desagrada, tampoco es que reviente de júbilo, pero no es algo que me entusiasme demasiado. Yoh me observaba, sin saber si me he enfadado por la mención. Mira fijamente mis ojos. Es iluso saber que trata de leer mis sentimientos de ese modo.

—¿No quieres ser madre?

Muerdo mis labios al saber que tarde o temprano haría la cuestión, es sólo que no la esperaba tan pronto.

El ascensor se detiene, sin una respuesta en concreto. La puerta se abre y hay tres personas que esperan subir. No tengo muchas alternativas, a pesar de ello, no prolonga ese momento, sólo descendemos al vestíbulo donde él recoge sus credenciales y firma su salida del recinto. Con ello sé con certeza que no volverá, tal como lo ha dicho Goldva. No quiero sentirme especial por saber que concede una tarde para mí, tampoco debería pensar de ese modo, sólo comeremos juntos porque era la promesa que me hizo a cambio de trabajar con él. Aunque en primera instancia debería sopesar porqué fue que decidí aceptar el trato.

Caminamos por la calle. Todo es demasiado ruidoso, pero él sigue envuelto en sus pensamientos. Me gustaría saber qué cree de esta situación. Quiero explorar los rincones más recónditos de su mente. Y sé que es una idea enferma, pero él me genera más planteamientos que resoluciones.

—¿Y has pensado en un lugar? —menciona sonriente—¿Quieres algo especial para comer? ¿KFC?

¿En serio ha preguntado por un restaurante de comida rápida?

—Supuse que pondrías esa cara—dice sonriendo aún más.

¿De verdad? ¿Qué gesto quiere que le dé? Si la sola mención me ha dado náuseas. Aunque, estos días es tan habitual que ya no lo relaciono con una causa en concreto.

—Tú debes ser la clase de sujeto que se forma por su pollo en Navidad—respondo con alevosía, a veces puede ser tan fácil leer a las personas.

—¿Eh? No, claro que no—niegas de inmediato, mientras seguimos avanzando sin un rumbo fijo—¿Qué clase de persona crees que soy?

Uno torpe para empezar, porque justo acaba de dar un traspié. Pero hábil, porque ha conseguido no trastabillar por completo. No es la primera vez que le pasa cuando camina conmigo, ya tiró una vez el pastel de queso por no fijarse por dónde anda, así que también es descuidado. Y algo patético. Verlo bajar del ascensor sudando y con las mejillas rojas era algo digno de fotografiar. Horo Horo hubiese disfrutado reírse de él. En cambio, yo….

—Debo ser un muy mal sujeto como para que pienses tanto la respuesta—dictaminas finalmente.

Lo sé, a veces enmudezco más del tiempo necesario.

—No te conozco mucho, así que no sé bien la clase de persona que eres.

Algo coherente a la realidad, dado que no hemos tenido demasiada fraternidad.

—Bueno… tienes razón, quizá no somos amigos cercanos, pero somos viejos conocidos.

—Sí, eso es verdad—contesto pensativa—Pero no conozco demasiado de ti.

Salvo lo obvio, detalles que son detectables a simple vista. Nada extraordinario. Jamás me pareció un sujeto que debía admirar con gran detenimiento. En realidad, considero que Yoh es muy simple. Es demasiado minimalista.

—Bueno…quizá podamos charlar un poco más, conozco un sitio tranquilo cerca de la torre—propones parando el flujo en el que vamos conduciéndonos— ¿Conoces Ukai?

—No—niego al notar lo lejana que aún se ve el rumbo que quiere tomar—Pero no pienso caminar tanto.

—Tomemos un taxi.

¿A esta hora? El tráfico debe ser infernal. Ni siquiera quiero comprobarlo, cuando él toma mi mano y camina decidido al final de la calle donde los coches se han detenido por el torrente de personas cruzando la avenida. Alza la mano, no obstante es un acto inútil, todos están estáticos. El conductor abre las puertas, mientras me veo subiéndome a un vehículo Honda. Las tarifas son algo caras, por lo que no es un medio de transporte tan habitual para mí.

—Buenas tardes, ¿nos puede llevar a la torre de Tokio?

El señor asiente cuando la luz verde le da señal de que puede continuar el trayecto. Notifica la tarifa, pero no parece preocuparle demasiado a Yoh. Sonríe. ¿Acaso no puede dejar de hacerlo? Parece que es parte muy inherente de él.

—Nunca he venido con Tamao—dice contemplándome fijamente.

No algo que esperaba oír. Vistazos rápidos a la escena en su oficina se hacen presentes de súbito. Y la palabra, celos, no deja de hacer eco en mi mente.

—Yo no te pregunte eso.

Ni me interesa.

—Lo sé, es sólo que… quería decirte que es un lugar que me gusta mucho—añades tranquilo—Papá nos llevaba con frecuencia cuando trabajaba por aquí.

—Hablas de tu mamá o…

—De Hao—respondes de inmediato—No hablo mucho de él, las personas a veces me tienen un poco de pena porque éramos gemelos y dicen que es una unión aún más fuerte que el sólo tener un hermano.

Supongo que en términos generales pueden tener la razón.

—¿Y por qué lo mencionas conmigo? —pregunto con auténtica curiosidad, más al ver en sus ojos un temple de añoranza.

—Porque a parte de mi familia, tú lo conociste y lo amaste.

Comprimo mis labios al escucharlo hablar. Es un vuelco repentino de emociones que no vi venir. Tampoco que él me contemplara con una mirada llena de ternura, quizá evidenciando que no estoy siendo nada discreta en cuanto a la nostalgia que aún habita en mí. Quizá por eso me acerqué a él. Quizá es sólo el recuerdo de su hermano, gritándome a viva voz que sigue tan presente en mi vida.

—Era uno de sus lugares favoritos—prosigues apacible—Antes tenía otro nombre, pero los jardines siguen siendo los mismos.

Me gustaría decir algo irónico o despectivo que nos excluya de esta aura sensible en la que hemos caído. Nada viene a mi mente para contrarrestarlo. Por otro lado, debo admitir que es el único con quien puedo sacar sin reservas esta clase de pensamientos. Porque lo entiendes y porque sabes que a ti también te hace falta. Sin embargo, me limito a observar el paisaje por la ventana.

No insistes en charlar más, supongo que porque has notado los sentimientos que despertaste en mí. Es algo ridículo, por no decir absurdo, no sé por qué últimamente florece esta conmoción por menciones pasadas. Me encantaría saber la razón y también porqué a pesar de todo siento que con él las palabras son innecesarias para expresarme.

—Servidos—dice el conductor, quitando el seguro en ambas puertas.

Resulta sorpresivo, pues apenas vislumbro que estamos justo a un costado de la torre de Tokio. Demasiado abstraída en mi mente como para notar que no era una gran distancia. Yoh paga y agradece al taxista el viaje. Me tiende la mano al descender del vehículo. La fachada es sobria y moderna con detalles oscuros en la madera. Más que un local, parece una casa grande. Luce elegante, tal vez demasiado como para frecuentarlo tan asiduamente.

El interior detalla con mayor énfasis la palabra acaudalado. El sitio es un poco oscuro por los acabados caoba, pero tiene una perfecta iluminación gracias a las grandes lámparas que cuelgan no sólo del techo, sino en las mesas laterales. Una mujer nos recibe con un cóctel en una bandeja de plata. Tomamos el vaso de una peculiar sustancia de colores.

—¿Esperan más acompañantes?

—Sólo dos—señala Yoh—Algo íntimo junto al jardín.

Bebo el líquido, mientras la chica asiente y toma dos cartas de la barra principal. Y admito sentir intriga por el área, especialmente cuando él ha pedido algo mucho más personal.

—Acompáñeme, señor…

—Asakura—responde entregándole una tarjeta de crédito.

Ella toma mecánicamente el plástico para pasarlo por una terminal. He visto pocas veces a Horo Horo hacer el procedimiento. Sin embargo, ello ayuda a que la atención de los empleados sea aún más desmedida con una cuenta abierta al gusto del cliente.

—Bien—concluye registrando en una tableta del mostrador el ingreso—Señor Asakura, tenemos disponibles dos suites en el ala privada, acompáñenme.

Entonces caminamos por un pasillo largo, incluso atravesamos un espacio repleto de mesas y comensales, son sillas convencionales, nada del otro mundo, con el mismo toque decorativo. Pasamos de largo, es mucho más grande de como lo había imaginado. El siguiente bloque posee un ambiente estilizado japonés, con comedores al nivel del suelo con sillas acojinadas de madera.

—¿Es la primera vez que nos visitan? —interroga la chica.

Observé sus facciones sin detenerme demasiado en la inspección. Calculaba algo cercano a los treinta años, aunque en mi experiencia los asiáticos acumulan años sin denotarlos.

—Quizá en el año—comentó Yoh—Pero no es la primera vez, de hecho vine con mi padre el año pasado.

Ella giró a verle, también inspeccionando su aspecto físico. Odié esa mirada, incluso la pequeña sonrisa que se asomó después.

—¿Y no preferiría comer en la barra de nuevo?

Él medita por unos segundos, cuando atravesamos el ala destina al bar. Aludo que también es una zona frecuentada por Mikihisa. Incluso no me extrañaría, sé que tiene un afable gusto por la bebida. Comienza a gustarme el lugar, pero en toda esa belleza, es ella quien no termina de agradarme. Noto la perspicacia en su escrutinio, como si supiese perfectamente que lo que hacemos es un acto ilegal.

Pero no lo es, no tiene nada de malo. Nunca ha sido mal visto comer con un amigo, menos con el mejor amigo de tu esposo.

—El día de hoy tenemos barra de cócteles— agrega hacia él—Ideal para los viernes de relajación.

Entiendo la metódica forma de pensar basada en el patriarcado, de hecho considero acertado que Yoh tome las decisiones, porque conoce el restaurante. Sin embargo, percibo como agravio la sutil manera de eludirme y avalar que funjo como mero adorno al lado de un hombre. Sin decisión, ni voz propia.

—No quiero comer directamente en el jardín—repliego firme—La mesa que señaló el señor es la adecuada.

Enarca su ceja, tratando de centralizar la atención en él.

—Señor Asakura, tenemos pocos clientes en el jardín—añade tratando de contrastar mis palabras—Puede ser una opción viable si desea ver de cerca la naturaleza.

—¿Y por qué insiste tanto en algo menos cerrado? —murmullo comenzando a desesperarme.

Yoh me observa con un ligero toque divertido. ¿Escuchó lo que dije? ¿Qué le causa tanto placer a ese idiota? ¿Acaso le divierte ver que me enfade?

—No, ella ya lo ha dicho—confirma sonriendo—Preferimos la habitación.

No parece haberlo tomado con filosofía, al menos eso deduce su expresión rígida. Me extraña su comportamiento, si es que Yoh es de su parecer, no comprendo el desdén tan notorio hacia mí. Omite dar mayores referencias, concentrándose en su tarea.

—Claro—afirma girando al otro pasillo—Para parejas, supongo.

Aunque la respuesta sigue siendo un tanto estoica.

—Sí, para parejas—añade él.

No hay más dialogo entre ellos hasta que llegamos al área central de la propiedad. Puedo ver el estante de zapatos a un costado, donde la mujer nos indica que debemos dejar el calzado para continuar el trayecto en el área de tatami. Es un gran contraste con lo anterior, ya que conserva aspectos propios de la arquitectura tradicional. Jarrones adornan el corredor, cuando se detiene y abre una puerta.

La habitación es pequeña con una mesa rectangular en el centro. Observo las flores mientras abre las puertas que conducen al jardín y puedo notar entre los árboles una pagoda pequeña. Me siento, admirando con gran placer el armonioso ambiente que se respira en este sitio.

—Enseguida estará mi compañero para tomar su orden—dice entregándonos las cartas—Si desean salir al jardín, pueden regresar por el mismo camino del estante, una vez ahí, sólo hay que tomar el pasillo a la izquierda y encontrarán la salida. Buena tarde, señor Asakura.

—Buena tarde—responde Yoh amable.

Aunado a Goldva, es la segunda vez en la tarde que percibo rechazo a mi persona. No es que afecte mi estado de ánimo, en lo absoluto, sólo que en esta ocasión parece ser algo más personal. Debato si preguntarle, aunque supongo que no es ninguna conocida o él hubiese actuado de otra manera.

Transcurren sólo un par de minutos cuando ingresa a la habitación un señor maduro con un nuevo aperitivo en una charola de madera.

—Buenas tardes, señores Asakura—dice colocando ambos vasos en la mesa—Mi nombre es Tamegoro, seré quien los atienda en las próximas tres horas. ¿Ya han decidido lo que van a ordenar?

Continúo algo ofuscada, no sólo por lo repentino de sus palabras, sino por la conjugación que me une a Yoh al estar en una reserva tan íntima. No reparé del todo en la impresión que eso daría. Tampoco si eso sería perjudicial en caso de encontrar a alguien. Muerdo mis labios, estoy pensando en demasiadas tonterías al mismo tiempo.

Deduzco al mirarlo que sabe lo que estoy pensando. Y empiezo a odiar esta clase de comunicación en silencio.

—Gracias, Tamegoro—contesta él, cerrando el menú—Creo que en esta ocasión probaremos el festín del chef.

Corroboro al volver la vista al hombre, que no sólo suena ostentoso, sino que en verdad lo es.

—A menos que desees pedir algo en forma singular, Anna.

Llama mi atención, incluso que sea algo a lo que no estoy acostumbrada con regularidad, quizá no por comer en lugares caros sino por pedir el servicio de élite. Horo Horo nunca escatima en gastos, jamás me ha preocupado que lo haga, porqué de alguna manera pienso en el dinero de alguien más y la repercusión que eso pudiese traer como revés en su economía. Él no es un niño, asumo que sabe que todo cuanto está pidiendo tiene un coste elevado.

—No, está bien—afirmo devolviendo la carta.

—Bien, en un momento volveré con su comida.

El silencio habita una vez más que Tamegoro cierra la puerta. Y no puedo evitar cuestionarme cómo llegué a este sitio, cómo conseguí que todas mis decisiones me llevasen a estar sentada frente al nieto de mi maestra.

—Jamás había hecho esto.

Sus palabras me descolocan un momento, incluso aunque su semblante es apacible detecto en sus ojos un brillo de emoción.

—¿A qué te refieres?

No puedo evitar preguntarlo, es tan incongruente y enigmático cuando habla en pausas.

—Pedir lo mejor de lo mejor—dices tomando el vaso, mientras lo giras en la mesa sin decidir si beberlo o dejarlo intacto—Estar aquí, lejos del bullicio. Siempre me siento casi a la entrada, jamás había estado en las suites.

Solos, en completa intimidad.

—Con un excelente paisaje—continúas hablando—Una esposa nueva.

Detecto la ligera opresión en mi pecho. El aire sigue rondando, prosigo con el ciclo normal en la transformación del oxígeno. Pero aún con todo maquinando en orden, no puedo quitarme esa espina.

—No soy tu esposa.

—Lo sé—sonríes cabizbajo, ocultando tus ojos de mí—Ellos piensan que sí lo eres. Entra en la categoría de cosas que no tienen sentido, pero lo son.

Nada de lo que sucede a su alrededor tiene coherencia, incluso aquellos sucesos obra de la casualidad, no lo tienen. Su mirada vuelve a mí.

—Anna Asakura—pronuncias apenas audible para los dos—No suena tan mal.

Sonrío. Tocando mi rostro trato de cubrir en vano la seña.

—No, no suena tan mal—admito apoyando la idea más loca e irreverente.

—¿Alguna vez lo pensaste así?

Trato de ocultar mi sorpresa ante la repentina pregunta.

—¿Acaso tú sí?

Tus labios hacen presión entre sí, tratando de algún modo de liberar tensión. Supongo que no es fácil de asimilar, suena demasiado utópico. Jamás pensé que gestionaría el concepto de pareja entre los dos.

—Eras parte de la familia, creo… que para muchos hubiese sido un paso lógico con el pasar de los años.

¿En verdad para todos era un paso lógico? ¿Por qué incluso mis padres que presionaban en todo momento no mencionaron algo similar? ¿Lo habrán hecho los suyos? ¿Su abuela? Sin pensarlo, bebo aquel aperitivo, considero que el alcohol que contiene no es de gran daño para mi bebé y necesito un soporífero que aplaque mi repentino estremecimiento.

—A mí no me parece tan lógico—traduzco en una oración recia.

—Bueno, a mí tampoco me lo parece—admites contemplándome fijamente—Los primeros amores nunca duran lo suficiente. Son efímeros y se desvanecen con el tiempo.

Entonces, él sentía algo por mí desde niño.

—No creo que Hao y tú se hubiesen casado.

—Oh…

Es todo cuanto puede salir de mi boca. Avergonzada, sujeta de argumentos que no tenía lugar en la imaginación. No puedo sentir más que agobio por mentalizar cosas ilógicas. Su referencia era clara hacia su hermano, era evidente desde palabras anteriores.

—No lo tomes a mal, no quise decir que tú no eras adecuada, es sólo…—agregas ofuscado de que mi reacción sea minúscula.

Créeme, si tan sólo supieras todo cuanto reside en mi mente, también tendrías un aspecto apenas notable. He sido demasiado tonta.

—Sí, entiendo a qué te refieres—respondo sosteniendo el vaso con mayor presión—Cosa de adolescentes, no muchos noviazgos sobreviven los primeros años.

—Sí, es lo que trataba de decir—asientes leve—Aunque él y tú tenían algo especial.

Resulta extraño que su hermano sea el centro de conversación entre los dos, no por ser un tema ajeno, de hecho he charlado con la abuela Kino bastante de Hao, al menos los dos primeros años de su muerte. Mikihisa, a menudo lo recuerda cuando viene a mi casa, y Keiko no es la excepción. Pero con Yoh, no parece un tópico común. Siento que al charlar con él, es como si una parte de su hermano estuviese haciéndolo conmigo. Y aún con el pasar de los años, duele. Nadie era más cercano a Hao que su gemelo.

—¿Él te habló de mí?

—Mil veces—respondes seguro con una sonrisa nostálgica—Me contó su primer beso, dijo que lo golpeaste tan duro que tuvo que justificar con sus amigos que se había peleado con un hombre.

Muevo reiteradas veces la cabeza en señal de negativa, es increíble cómo a pesar de los años logre sacarme una sonrisa tan auténtica con sólo un recuerdo. Él se vanagloriaba de haber vencido a su rival. Y en parte tenía razón, poco resistí a su conquista letal después. Tenía doce años cuando nos hicimos novios, él catorce.

—Era un cretino—añado recargando mis brazos en la mesa.

—Lo era—contestas melancólico—Siempre lo fue hasta el último día. Incluso prefirió no tener morfina aquellas últimas horas, dijo que eso sólo le haría decir cosas sin sentido.

Observo el brillo en tus ojos, es increíble la cantidad de lágrimas que has acumulado por él sin poder liberarlas. Recuerdo ese día a la perfección, también el olor en la habitación, es algo que no he podido quitar de mi memoria. No es una sensación agradable visualizarlo pálido en la cama del hospital, agonizante pero íntegro. Fue un suceso que marcó mi vida, pero no fui yo quien vio su último suspiro. Aquél, fuiste tú.

Se despidió de su séquito de amigos, de su familia, pero ni siquiera a su madre permitió que le acompañara.

—¿Lo recuerdas?

—Sí… él no me dejó quedarme—resoplo tratando de que mis sentimientos depresivos no me ahoguen lo suficiente para callar—¿Por qué?

—No era así como él quería que lo recordaras. Ni tú, ni mis padres.

Pero entonces, por qué dejarte a ti toda la carga. Jamás comprendí eso y ahora en mi adultez sigo sin comprenderlo. Muchas noches, sentí que no era lo suficientemente importante para él, como para acompañarlo los últimos minutos de su vida. Sentí impotencia cuando tú llamaste a mi casa diez horas después enunciando su muerte. No era cualquier vecino.

—Era el amor de mi vida, yo quería estar a su lado.

Aunque quejarme a estas alturas es inútil.

—Lo sé—dices suspirando—Se lo dije desde días atrás.

—¿Y por qué tomó esa decisión? A nadie le dejó estar ahí, sólo tú.

—Bueno…—comienzas con un tono de voz frágil—El gran Hao Asakura sí tenía muchos sentimientos por todos. Sus amigos, me contó cada cosa de ellos. Bromeamos, incluso vimos fotografías de la familia. Dijo que extrañaría mucho a todos, hasta a mi padre con quien peleaba a diario.

Silencio mientras veo cómo bajas tu mirada por ratos, desviando la atención de un punto fijo. Es como si también hablaras de esto por primera vez con alguien más. Aunque me cuesta creerlo, tus padres también merecían saberlo.

—Me dijo dónde estaban sus ahorros, me dijo en qué gastarlos, a dónde ir, en qué no usarlo. Hablamos cerca de dos horas de todos ellos. Después vimos una película, confieso que yo me quedé dormido media hora—dices sonriendo, pero es tristeza lo que denota tu faz—Cuando desperté me dijo que había roncado. Pero yo me asusté, pensé… que era un descuido inaceptable ¿y si hubiese muerto mientras yo dormía?

Sé a lo que se refiere.

—No dormiste bien durante varios días—aludo al recordar cómo le acompañó día y noche, sin importar la escuela—Era normal que te quedases dormido.

—Lo sé, pero no era aceptable. Me disculpé con él, dijo que no era necesario.

Tenía razón, no lo era.

—Entonces me habló de ti—pausas para verme—Dijo que…verte a ti, sería la despedida ideal. Eras lo último que quería contemplar antes de dormir.

—Pero él me obligó a marcharme—manifiesto molesta—Insistí.

Asientes lento.

—No era justo para ti—dices tratando de parecer elocuente— Hay personas que no superan nunca la pérdida de un ser querido, menos cuando lo han visto morir.

—Yo sólo quería estar con él, no hubiese quedado perturbada.

Pero me miras de una forma inquisitiva, forzando a que diga algo que no es. No tengo ninguna fijación hacia Hao, he vivido mi vida plena y feliz aún con su ausencia. Hubiese soportado el dolor, yo te hubiese acompañado sin problema.

—Aún sientes cosas por él.

—Siempre.

Incluso Horo Horo sabe que mis sentimientos por él son imperecederos.

—Y lo recuerdas fuerte, entero, elocuente, sonriente, seguro—describes tomando el vaso—Mis recuerdos de él son diferentes aquellas últimas dos horas, no era el mismo. Mientras tomaba su mano, me dijo que yo era el único que necesitaba ahí. Aunque él quería verte a ti, a mamá, a papá y a los abuelos, Hao… dijo que…

No es común ver quebrarse a un hombre, menos a alguien como tú, tan firme y elocuente. Puedo notar cuán difíciles se tornan esas palabras y aunque mi corazón se acelera, también sé que se acongoja. Esta etapa del embarazo me ha traído más de un cambio hormonal, ha sido toda una revolución de pensamientos y emociones.

Sé cómo te sientes.

—¿Qué dijo?...

—Que crecimos juntos, estuvimos en el mismo vientre y quizá nos tomamos la mano—relatas con añoranza—Que no había nadie más en el mundo que sostendría mejor su mano que la mía.

Una pequeña lágrima se escapa de mis ojos al recrear esa escena de la que no fui testigo. Quizá tenía razón. Muchos años me sentí defraudada por ser relegada por él en muchas funciones. Sentí envidia de Yoh en más de una ocasión. Ahora me doy cuenta lo estúpido del sentimiento y sé que él lo sabe.

No quiero ponerme a llorar.

—Es… lindo—admito evadiendo su mirada—Siempre me pregunté cómo había sido sus últimos momentos.

—Pero jamás me lo preguntaste.

—No, no lo consideré necesario—dije tratando de normalizar mi respiración—Nadie vio su cuerpo. Él…

Negó varias veces hasta tomar el resto de su bebida.

—El cáncer es abrasivo, no fue algo tranquilo y se negó a la medicación hasta el último momento.

—Es un estúpido.

Sonríes con timidez, mientras me contemplas con tristeza.

—Lo fue. Él sólo me pidió ser el mejor anfitrión del mundo—agregas cerrando tus ojos—"Ofréceles a todos un poco de sake. Dile a las mujeres que no lloren, que estarás tú para consolarlas. Dile a mamá que no haga más rezos en mi honor, no quiero ver mi imagen en altares, suena macabro. No llores por mí…. Llorar sólo es extrañar. Y tú no debes extrañarme. Tuviste un hermano alguna vez, ahora debes aprender a vivir sin él" No olvidaré jamás el discurso que me dio acerca de eso.

Suena justo a lo que él diría. Y debía sentirse orgulloso, porque fuiste el mejor anfitrión que he visto. Nadie más que tú tuvo entereza para seguir los trámites y cuidar hasta el más mínimo detalle del funeral. Siempre escuché decir a mi madre lo hermoso que había sido, como si aquello fuera un evento magnánimo que recordar y no una despedida especial a una persona.

—Me pidió organizar la mejor fiesta de despedida.

—Hiciste un buen trabajo—reconozco sin problema.

—Gracias, era… lo menos que podía hacer por él—contestas taciturno.

Miles de ideas vienen a mí mente, la más escandalosa es cumbre de algunos de mis pensamientos más recientes.

—¿Y a mí? ¿No me mencionó? —cuestiono interesada en el ligero sonrojo que adorna ahora tu rostro.

—Sí te mencionó.

—¿Y qué dijo?

Las personas suelen llamar a esas intromisiones: milagrosas, porque segundos después apareció un séquito de hombres con varias charolas metálicas. Poco a poco comenzaron a llenar la mesa con un gran banquete entre pescados y carne a la parrilla. Fue impresionante el colorido de algunos platillos, que aunque se veían ostentosos, estaban en menor cantidad en cada bandeja. Yoh miraba con el mismo asombro el servicio que había solicitado, supongo que jamás tuvo el descaro de gastar todo su sueldo en una sola comida.

—¿Vino, señora?

—No, gracias—levanto mi mano para clarificar con mayor énfasis la negativa—Sólo agua.

De ese modo, sólo una botella descansaba en la mesa a un costado de Asakura, que no negó la invitación. Era digno de tomar una fotografía, pero qué explicación podía dar a mi esposo del magnánimo gasto de su amigo hacia mí que no fuese a malinterpretarse.

—Quedo a sus órdenes, buen provecho.

—Gracias—contesta él, casi de inmediato—Wow… es más de lo que imaginé.

—Para tu suerte, tengo hambre.

—Yo también.

Suspiras y tomas tus palillos para comenzar con la sopa. Imito tus movimientos, incluso me cuesta creer que el sabor de la comida sea tan bueno. O quizá es debido a la falta de alimentos, no sé bien a qué obedece esa sensación placentera, sólo tengo la seguridad de que es sublime.

—¿Qué tal? ¿Verdad que vale la pena?

—Probablemente….

—Anna.

Sonrío con alevosía. Es justo la reacción de queja que esperaba.

—¿Qué? Probablemente he ido a mejores sitios. Todo es relativo.

Quizá algún día me canse de rechazar sus invitaciones y aceptar que tiene un buen paladar, más allá de que vive con una chef profesional.

—Sí, es cierto—admites divertido—Nada es relativo en los alimentos, pero… la compañía sí lo es.

Con ello puedo constatar que has liberado gran parte de esa carga que venías acumulando con el tema anterior.

—¿Te refieres a que mi compañía es un buen condimento a tu comida?

Sé que suena arrogante, es lo que soy, también quería obviar futuras equivocaciones en las referencias.

—Sí, tu compañía es un buen aliciente a la hora de comer—contestas con un gesto mucho más relajado—¿Te has dado cuenta que siempre que nos vemos comemos algo?

—¿Estás insinuando que he aumentado de peso? —digo mirándolo de forma analítica—No he subido de peso.

—No, claro que no, es sólo que… no suelo comer acompañado. Es curioso que contigo he compartido más de una vez la mesa.

Es un poco extraño que lo diga. Él, que es un sol en las fiestas y atrae a muchos de los invitados con un aura de extrema soledad, no es algo creíble.

—Tienes muchos amigos, supongo que en la oficina no es la excepción. Además, eres casado. No estás solo.

Pruebas un camarón más del plato salteado. Sus argumentos no tienen sentido.

—Pero eso no implica que coma acompañado— discriminas de inmediato—A parte del sexo, comer es una ocasión en la que puedes ver a las personas con más soltura.

Menuda comparación.

—Eres muy raro, Asakura—niego probando un rollo de sushi.

—Tú también lo eres, Kyouyama.

No puedo recordar con claridad la última vez que escuché mi nombre, pero que lo mencione más de una vez en el día me genera curiosidad.

—Usui—corrijo mirándolo fijamente—Tomé su apellido cuando me casé.

—Es verdad, casi lo había olvidado.

Y lo dices con cierto aire de torpeza, como si fueras nuevo. No nos reencontramos después de un tiempo, hemos vivido t oda la vida en el mismo plano. Sabes en teoría tanto de mí como lo saben mis padres. Pero callas, es un largo silencio que nos inunda de nuevo. No es incómodo. Tampoco deberíamos charlar tanto mientras comemos, pero de alguna manera bizarra me place escuchar tu voz.

—¿Y me dirás?

—¿Qué cosa? —preguntas descolocado.

También lo estaría si no pudiese olvidar del todo nuestra charla anterior.

—Las cosas que Hao dijo de mí—respondo tomando la copa—¿Te dijo que me consolaras?

—Algo así—dices con una tímida sonrisa—Fueron muchas cosas, no lo recuerdo muy bien.

El hecho de que me niegue la información parece sobresaliente.

—Acabas de citar a tu hermano, no creo que no recuerdes lo que dijo de mí.

Sonríes mirando al techo, implorando que algún mesero interrumpa esa respuesta, lo cual sólo consigue aumentar mi curiosidad.

—Tú tampoco respondes mis preguntas.

¿En qué momento esto dio un revés hacia mí como objetivo?

—¿A qué preguntas te refieres?

—Las preguntas que te hice en la oficina: si eres feliz, incluso… si quieres ser madre.

—Pensé que eso era asunto saldado—resumo mirando el resto de la sopa en mi plato.

Tengo ganas de mandarlo al diablo y decirle que no es de su incumbencia, pero aquello me dejaría sin armas para conocer la información que deseo. Así que bien, me tiene en un punto medio con la filosofía ganar-ganar.

—Sí soy feliz, quizá no todos los días, pero la mayor parte del tiempo me siento muy bien—digo firme, sin contemplaciones ante su mirada enigmática—Soy muy buena en mi trabajo. Horo Horo es un buen hombre, aunque viaja mucho, siempre está al pendiente de mí. Cumple mis caprichos, tolera mi mal genio. No somos una pareja perfecta, pero funcionamos.

Respiro un tanto agitada. Jamás había dicho algo con tanto esmero, ni con tanta aprehensión. Quiero que lo creas, que dejes de cuestionarlo.

—Sí, Horo Horo es… un buen hombre—respondes tranquilo—Y él te ama mucho, como sé… que tú lo amas a él.

La sensación que tengo al escucharlo de sus labios es extraña.

—¿Pero qué hay del bebé? ¿Por qué no estás entusiasmada?

—Jamás he sido un rayo de luz.

Suspiras con pesadez, como resignado a no obtener una respuesta más ilustrativa.

—Bueno… quizá más adelante te entusiasme la idea.

Eso espero yo también.

—¿Qué me dices tú? —intervengo antes de volcarnos de lleno en mi maternidad—¿Cuál es el gran misterio?

—En realidad, no es ningún misterio—dices sonriéndome de una forma diferente—Me pidió estar cerca de ti, consolarte y levantarte el ánimo.

Corres el riesgo de que me enfade mucho.

—¿Y eso es todo? No te creo.

Y no intentes rebatir mis respuestas. Puedo rebobinar tus gestos en un santiamén. Te sonrojaste al rememorar lo que te pidió. Creo que ambos sabemos exactamente qué fue, aunque en mi mente son sólo maquinaciones. Mikihisa tuvo el descaro de insinuarlo ahogado en alcohol el día de mi boda.

—No estás siendo honesto conmigo.

Callas varios minutos. Sólo me contemplas, quizá evaluando mis emociones. No vas a cambiar el mundo por confesarme algo que te pidió una persona que ya no está aquí. Ambos hemos tomado distintos caminos. Siempre separados, siempre paralelos.

—De acuerdo, sólo recuerda que él siempre fue más...

—¿Abierto?

—Sincero. Al menos conmigo lo fue, así que habrá cosas que no te agraden.

No necesito que entibie la verdad, puedo tolerarla, tampoco es que cambie mucho el recuerdo que albergo de él. Siempre será especial para mí.

—Sólo dilo.

Asientes tomando un poco más de vino. ¿Por qué la ansiedad, Asakura?

—No sólo me pidió que te diera apoyo moral, en realidad me hizo prometerle que te cuidaría, que no te dejaría sola. Me pidió que fuera a tu graduación, que te invitara al baile, que saliéramos juntos —comienzas relativamente tranquilo, sólo que el leve rubor en tu rostro te delata— Me dijo cómo besarte, cómo... tocarte, cómo darte placer.

Entonces comprendo a cabalidad porqué la renuencia a contarme todo textual. También siento esa ansiedad y el calor en mis mejillas con semejante propuesta. Él no tuvo límite para compartirle a su hermano nuestra intimidad.

—Pero más que sexo... Lo que más me repitió—añades mirando el vaso—Fue que me casara contigo.

Todo esto suena irónico, demasiado ficticio, pero sus ojos no mienten. No puedo evitar esta abrumante necesidad de beber algo con alcohol. Sé que no calmará mi estado anímico, tampoco podrá olvidar la imagen que se ha impregnado a mí, sin embargo dosificará la intensidad del momento.

—¿Estás molesta?

Al menos me gratifica saber que mis emociones no son del todo claras para ti.

—No comprendo porque te pediría eso.

En realidad, puedo darme una idea general de sus razones.

—No... No lo sé—respondes inquieto—Te juro que yo, jamás le hice ningún comentario respecto a que tú y yo pudiésemos establecer una relación. Y debes creerme cuando digo que le hice esta promesa, sólo para que él estuviese tranquilo. No pensaba cumplirla, sé que ni él ni yo teníamos voto para decidir por ti.

Es un poco revelador todo esto, no sólo por el deseo de Hao de dejar a alguien en su lugar. Siento rabia por eso, pero también albergo una gran tristeza. Tengo la impresión de que más que enojo, me siento decepcionada.

—No hiciste nada de lo que él te pidió—pronuncio contemplando el gran banquete que aún nos queda— Te alejaste.

Mi vista vuelve a ti para admirar un dejo de extrañeza.

—No me aleje—contestas suavizando tu voz—Jamás nos acercamos.

Mis dedos tocan la mesa reiteradas veces, como si el movimiento disipará en algo ese lúgubre sentimiento. Creo que notas el exceso de abstracción en mí. No sabes qué pensar, tampoco yo.

—Supongo que hiciste lo correcto, hubiese odiado que tuvieses una relación conmigo sólo porque tu hermano te lo pidió—pronunció con sinceridad—Tú y yo nada tenemos que ver. Nunca fuimos cercanos, ni siquiera amigos.

—A pesar de que pasábamos cada navidad juntos con nuestras familias.

—Éramos casi vecinos—alego de inmediato—Tu madre y mi padre fueron a la escuela juntos.

—Y un tiempo también acudimos a la escuela juntos, coincidimos en muchas fiestas.

Trato de hallar mucho más lógica en sus palabras. Pero es difícil hacerlo, cuando siempre me he preguntado por qué no simplemente nos alejamos como ocurre con todo el mundo. Rara vez cruzamos palabra en esas fiestas.

—¿A qué quieres llegar con esto?

—A nada… sólo… rememoro todas las cosas que hemos pasado en más de veinte años—dices en medio de un gran suspiro—Es increíble que nos unan más cosas externas que cosas entre nosotros.

Me encantaría decir que tengo una referencia, pero en realidad no es así. Él continúa comiendo cuando contempla el jardín a cada tanto. Imito sus movimientos, tomo el restante de la sopa que ahora yace casi fría. No sé por qué me enfrasco en estas conversaciones sin sentido. Ni por qué me interesa saber su punto de vista.

—¿Por eso preguntas si soy feliz? —cuestiono sin hacer el menor contacto visual.

No tengo idea si tú me miras, a estas alturas no quiero contemplar la lástima en tu rostro. Estoy molesta y no sé si es contigo, con Hao o con Horo Horo por contribuir a la causa presente.

—En parte.

—Bien—digo tomando el vaso de agua en mi mano—Quiero ser madre, pero no en este momento. No me siento preparada. Y no, no me digas que estaré lista y que cuando vea a mi bebé eso se me pasará porque sé que no es así. No siento nada respecto a este bebé. Además, la felicidad no existe. Puedes estar alegre por temporadas, incluso puedes hacer que eso se alargue, pero no puedes pretender que todo el tiempo será éxtasis, diversión y todo sonrisas. La vida no es así, no sé por qué tienes esa idea absurda en la mente. Eso no es felicidad, son ilusiones y las ilusiones son tontas, son basura, son cosas irreales.

Siento mi pecho agitado, aquello fue más que una explosión de ideas, fue una bomba que sin duda él no esperaba recibir. Observo su rostro, pero lejos de notar en él lástima o pena por todo cuanto acabo de decir, está sonriendo. Debo admitir que él me exaspera. Por qué diantres sonríe ahora.

—¿Qué es tan divertido, Idiota?

Y lejos de desdibujarse, sólo consigue ampliarse más.

—¡Qué!

—Nada—respondes divertido colocando un plato vacío sobre otro—Es sólo que… somos tan extraños.

—Habla por ti.

En verdad comienza a exasperarme, cómo consigue sacarme de mis casillas con tanta facilidad.

—Bueno hablando por mí—mencionas mirándome fijamente— He tenido demasiados sentimientos en sólo unas horas. Tristeza, curiosidad, alegría, vergüenza… de todo un poco. Es…—añades colocando una mano sobre tu pecho—Más de lo que he sentido desde que era un adolescente.

Sé que muchos dirán que no tiene nada que ver una cosa con la otra, pero tiene todo que ver. Para mí saberlo tiene todo el sentido del mundo porque encuentro las coincidencias. Las contrariedades que hemos traspasado con solo charlar del pasado y temas recurrentes. Siento que después de tanto no somos tan paralelos, sino afines.

—Supongo que tiene sentido—admito resignada mientras tomo el último plato con comida sobre la mesa—Ahora te haré el mismo cuestionamiento que tú me has hecho varias veces y espero que seas sincero.

—Adelante.

—Tamao busca embarazarse a toda costa, pero a ti tampoco te veo emocionado por buscar incrementar la familia. ¿Acaso no quieres ser padre? —cuestiono firme, contemplando serenidad en su faz—¿No eres feliz en tu matrimonio?

Tomo uno de los trozos de carne, mientras él me contempla en silencio. Es todo cuanto percibo por más de tres minutos. No me gusta presionar, en este caso puedo notar cómo es que trata de acomodar las palabras justas.

—Es su anhelo más grande, ser madre para ella es una de sus prioridades—relatas con evidente nostalgia —Y ella lo es para mí. Tamao siempre fue una de las chicas que más me gustó en el colegio. A ella le gustaba otro, de hecho salió con él varios meses. Pero un día, estaba triste y llegué yo a consolarla. Nos hicimos cercanos, hasta que un día tuve el valor de besarla. No trascendió a un romance de inmediato, entré a la universidad, conocí otras chicas, salí con varias hasta que la encontré de nuevo.

Trato de poner atención, por qué sé que está mirándome fijamente, pero algo en todo eso me hace sentir incómoda. Aunque agradezco que trate de explicar con el mayor detalle posible, siento que es demasiada información innecesaria.

—¿Por qué me cuentas todo esto?

—Porque quiero que entiendas el porqué de mis palabras.

Asiento suave, dándole una nueva pauta para continuar

—Un reencuentro… qué romántico—ironicé sin darme cuenta.

—Sí, fue romántico—contestas con una pequeña sonrisa—Aunque no lo creas de verdad. Pero… no sé, hubo muchas antes que ella. Salíamos de fiesta, y… no me enorgullece decir que despertaba con algunas mujeres que no conocía al día siguiente.

A mí tampoco me agrada escucharlo.

—Pero así era, algo… loco como decía Hao—describes un tanto apenado— Me enamoré un par de veces, nada serio, pero cuando la vi de nuevo… Vaya…no se sentía como lo de aquellas otras mujeres, era diferente, mucho más especial. Comenzamos a salir, me contó de todo lo que había hecho, yo… no sé qué me pasó, sólo sabía que quería estar con ella.

—Sí, me imagino, por eso te casaste cuando tenías veinticinco.

—Sí, todo fue tan rápido—agregas tratando de hallar en la habitación una respuesta a ese impulso.

También lo recuerdo como una idea loca.

—Y fue tan bueno los primeros años, yo estaba loco de amor por ella—describes en añoranza—Pero poco a poco se fue desvaneciendo, ya no siento esa dicha que antes sentí. Ahora me despierto en la madrugada, la contemplo en la cama cuando duerme, la miro por bastante tiempo, tratando de recordar qué me hizo decidir estar con ella.

Entonces me miras, como grabando cada una de mis facciones, en tanto trato de sopesar ese malestar que me genera al oírte. Estoy segura de que Horo Horo jamás hablaría con tanta elocuencia sobre mí.

—Y no se puede tirar algo tan bueno sólo porque ya no es nuevo, ni reciente, ni te genera la misma expectativa de antes. Así que cada mañana, me despierto pensando cómo puedo ayudarla para estar bien, porque de verdad quiero que cumpla sus objetivos, incluso aquellos en los que tiene tanto énfasis.

—Pero eso no es amor…—respondo dejando a un costado los palillos—Sólo estás trabajando para ella, qué hay de ti.

Ni siquiera sé por qué me interesa su bienestar, en realidad no debería ocuparme de esa cuestión, pero es imposible negarse a la verdad cuando lo escucho hablar.

—Ella hace bastante por mí.

Negación.

—Suena tan forzado—describo, percibiendo un ligero gesto de molestia de su parte—Es como obligarte a estar con una persona que ya no amas, pero no la quieres dejar ir.

—Yo la amo.

Trato de tranquilizarme, es difícil, no sé por qué siento tanto fastidio al oírlo decir aquellas palabras. Es lo más lógico.

—Está bien, si es tu método, haz lo que quieras—digo tomando el vaso de agua—No me interesa.

—Bien.

Ambos callamos, mientras yo termino los últimos dos trozos de carne. He disfrutado de sobremanera los alimentos, no lo negaré, pero esta charla lejos de ser placentera ha sido todo un catástrofe. Comenzando por los planes idiotas de Hao, me cuesta creer que pidiera a su hermano que se casara conmigo. Y qué si Yoh me desagradaba, no por el hecho de ser gemelos quiere decir que ambos me gustan, al contrario, su hermano menor nunca fue de mi parecer. Demasiado callado, demasiado ordinario, demasiado exasperante.

Observo el jardín con el afán de buscar algo tranquilizador en el ambiente, es sólo que no consigo hallar nada interesante. El mesero irrumpe en la habitación para llevarse todos los platos vacíos y dejarnos alimentos dulces. Pero ver los pasteles perfectos sobre la mesa, algunas golosinas en una canasta y el clásico tempura, me han hecho cambiar de parecer.

Es lo último del menú, no pienso desperdiciarlo sólo porque Yoh es un cerrado de mente. Tomo el primer trozo de un pastel de chocolate, mientras él debate si comenzar por el helado. Apenas he dado el primer bocado cuando la textura del sabor me inunda. Quizá porque no soy tan asidua para comer postres, pero éste es el más delicioso que he probado.

—Truffa siempre ha sido mi favorito—comentas desviando la mirada.

No sé si es sólo por activar la charla de nuevo o una mera coincidencia.

—También el mío.

Sonríes contemplándome de reojo.

—Pensé que eras más de fresas con crema.

En cualquier caso, todos aman el chocolate. No es un hecho aislado.

—Y tú, pasteles de naranja.

Sé lo que estás pensando, no es necesario que me lo digas. Nada es relativo, en este caso lo es. Claro que aunque no éramos grandes amigos, aún recuerdo tu obsesión con las naranjas. Tu madre compraba grandes cantidades de ellas.

—¿Puedo comer del tuyo?

Un cuestionamiento simple, pero que se siente tan distinto. Y debo admitir, me confundes tanto.

—Está bien.

Te levantas, caminas alrededor de la mesa y te sientas alado de mí. No era un movimiento que esperaba, tampoco que estés tan cerca. Apoyas tu mano, casi rozando la mía, mas no se tocan. Haces que me pregunte cómo puedes hacerme sentir tantas cosas al mismo tiempo si acabo de decir que eras el ser más desagradable del mundo.

Tu cuchara toma el extremo contrario del pastel. La textura no es muy húmeda, pero corresponde al tipo de postre que comemos. Sin embargo, es el chocolate el que le da el dulzor necesario para quedarse impregnado en el paladar. Has dado el primer bocado, creo que sabes a lo que me refiero con esa muestra. Entonces procedo a comer una segunda y tercera porción. No hay mucho que decir, sabes que me gusta y sé que a ti también.

Es curioso, pero concuerdo contigo, siempre estamos comiendo. Aunque lejos de ser extraño sólo es peculiar. Más considerando que es una práctica poco habitual para ti.

—Sabes… a veces creo que repito tanto aquellas palabras que en verdad espero creerlas—dices llamando mi atención mientras cortas un fragmento más— Ella quiere ser madre. Yo aún no lo sé muy bien, tampoco tengo esa ilusión como tú.

Y nuestras miradas se cruzan a la vez.

—Pero la amas.

No quiero que eso suene a reproche, tampoco que sea una queja, porque no lo es, es un simple y banal comentario acorde a las circunstancias que me ha planteado.

—Y quieres cumplir los objetivos de Tamao—continuo.

—Pero tienes razón, de cierta manera….—añades pensativo— Aunque ella hace mucho por mí. Tamao nunca me preguntó si quería tener familia, sólo asumió que debíamos hacerlo y así ha sido con el resto de las cosas—dices mucho más liberado—No peleamos porque no quiere que tengamos conflictos, pero a veces tengo ganas de decir lo que me molesta y no puedo. Es como callarlo todo, acumularlo y juntarlo para no hacerle daño, pero el daño me lo causo a mí. Y a veces, despierto en las noches no sólo preguntándome por esas cosas, sino por qué siento un gran vacío en mi pecho que no puedo controlar.

Sus palabras llenas de energía, lejos de parecerme algo dramático, me ha parecido una fuerza liberadora, no sólo para él, sino para mí. Debo ser una mala persona por alegrarme de que no soy la única con ese tipo de pensamientos.

—Soy feliz con ella, Anna. Pero siento que podría ser mucho más feliz—concluyes apretando tus labios— Y no lo soy.

Pero lo has dicho y es sorprendente lo mucho que tus ojos proyectan. Jamás había descubierto semejante manifestación de sentimientos en un hombre. Mis dedos tocan los tuyos, en un acto que parece sorprenderte un poco. Es raro, lo sé, como también lo es la forma en que a veces me miras. Y en el cómo yo te observo a ti.

—Sé cómo se siente, porque yo también me siento igual—confieso en el mismo tono.

No es algo que esperas, tampoco es usual que lo diga, quizá sólo con Ren.

—Pero dijiste que…

—Pero también siento ese vacío—refiero dejando la cuchara en el plato.

Comienzo a comprender por qué últimamente ya no somos segundo plano en nuestras vidas. Tal vez, sólo era por ese sutil entendimiento. O tal vez por el pasado que sin querer hemos compartido de más. Por un momento deseo cerrar las puertas de la habitación, dejar todo en absoluta privacidad, siento que cualquiera que mire juzgará mis acciones y de algún modo tendrá razón.

Nuestros dedos se entrelazan, es peligroso mirarse con tanta fijeza. Tú amas a otra persona y yo igual, sólo estamos confundiendo la compañía y la curiosidad con sentimientos de apego. Pero yo lo miraba, tantas veces, incluso cuando él pensaba que sólo lo ignoraba en esas fiestas. Le miraba como contemplaba la lluvia de primavera, por horas, en silencio, con la misma profundidad de un maleficio difícil de deshacer. Le miraba, como lo miro hoy, con una sed inagotable por deducir cada pensamiento suyo.

—No creo que podamos llenar eso—susurras suave con una sutil sonrisa.

—Por supuesto que no, tampoco lo estoy sugiriendo—respondo tranquila, a pesar de que mi corazón comienza a latir acelerado— Tú no quieres ser padre, ni yo tengo emoción por ser madre. Quizá a tu familia no le hubiese agradado esa situación tampoco.

Acrecientas esa sonrisa.

—Si ésa fuera la situación, quizá no tendría dudas.

No lo dices en serio, pero tu gesto se torna tierno al contemplarme, supongo que debe ser por el súbito despertar de tus palabras. No te creo.

—Te conozco desde niña, aunque dices que no somos amigos, yo… siempre he sentido admiración por ti—describes bajando la mirada—No lo sé, quizá…

Es curioso cómo tu vista recae a mi vientre aún plano para volver a mi rostro.

—Quizá…—digo tomando tu mano libre.

Hay sorpresa en tu rostro, incluso más que en pasadas ocasiones. Sé que no debería sentir esto, pero quiero experimentarlo de este modo cuando coloco tu mano sobre mi estómago. Es nuevo, es… inusitado. Sé que aparentemente no puedes sentirlo, aún es muy pequeño, pero es también la primera vez que consigo establecer una conexión con ese ser. Jamás hablo de él, pero está presente todo el tiempo.

El toque es demasiado personal como para que seas un desconocido. Porque siento la tibieza de tu piel aun por sobre la ropa. Es un calor reconfortante, más al notar la misma candidez en tu mirada. Acortas la distancia, añades una caricia en mi estómago. Estás justo a un lado de mí, en un espacio casi nulo, pero que no resulta incómodo, sino todo lo contrario. Entonces percibo la suavidad de tus labios contra mi frente. Ha sido tan rápido, tan repentino, que apenas sé que ha sucedido. Pero tu rostro es una oda a la alegría, lo denota la simple sonrisa que se dibuja en ti.

—Quizá sea una niña—pronuncias abrazándome con un solo brazo.

Y de forma extraña, permito que lo hagas. No sé qué magia tengan tus palabras, pero puedo asegurar que en largas semanas es la primera vez que siento tan tranquila. Me recargo sobre tu pecho, mientras mi mano acompaña la tuya sobre mi vientre.

Debo admitirlo, tienes razón, creo que si tú fueses el padre de mi hijo, tampoco dudaría.

Y eso no es un buen augurio.

Todos somos fanáticos de lo prohibido y supongo que eso es lo que me pasa con él. No es real, no es auténtico. Creo que no le quiero, sólo quiero la imposibilidad tan obvia de quererle, como el lado izquierdo quiere al derecho, sólo por ser contrarios. Pero si ésa es la respuesta, entonces por qué tengo un incesante fuego en mi interior, incapaz de serenarse en otros brazos.

—¿Te gustaría tener una niña? —pregunto al sentir su nariz rozando mi sien.

Cierro los ojos, es todo cuanto puedo hacer.

—Sí—susurras a mi oído.

Por qué me haces temblar de emoción.

Por qué quiero besarte, hasta quedarme sin aliento.

Por qué a pesar de los malos ratos que hemos pasado, aun así te quiero cerca de mí.

Por qué no siento la necesidad de alejarte de mí.

Por qué invades mis pensamientos de esta manera tan difusa.

Quiero saber, por qué.

—Anna…

Pero aquella no es tu voz, es alguien familiar. Abro los ojos, percibiendo también cómo tu mano se retira. Entonces consigo ver el origen de tal estremecimiento, tan sólo para helar mi cuerpo por completo.

—No puedo creerlo.

Continuará….


N/A: ¡Hola a todos! Después de algunas semanas que llevo escribiendo, me animé a subir un capítulo más de esta historia. Gracias por todos sus comentarios, siempre me inspiran un poco más y me hacen tomar decisiones sobre el rumbo de la historia. Este ha sido por mucho el capítulo más largo, lo escribí así porque estaba experimentando una nueva forma de proyectar ideas, que si bien a simplemente no se nota, pero éste lo he pulido un poco más, casi como para historia de publicación impresa. Que sí, me dan ganas de publicarla como libro ya que es un universo alterno.

Yoh y Anna tienen bastantes dudas al respecto de qué hacer entre ellos, así que se van a debatir un poco más, pero sólo un poco. Por sus matrimonios lo dudan bastante, se han ido involucrando de a poco. Tendrán ratos interesantes. Y vaya que quedó en una buena parte.

De antemano una disculpa, no he podido continuar con muchas de mis historias. Aunque bueno les contaré que a como están las circunstancias no sé si seguiré continuando con muchas de ellas. Quizá sí, pero no precisamente para fanfiction, dado que es muy tardado algunas de ellas, calculando que son muchos capítulos los que tengo que escribir y hay realmente poca afluencia de público, entonces me debato sobre eso y en cuestión del tiempo que invierto con cada capítulo.

Por mientras, les aseguro concluiré próximamente una de mis historias. Sean pacientes. Gracias por sus comentarios y bueno seguimos en esto.

Agradecimientos especiales: Meli , Nanao, Saralour tita, Anneyk