Este capítulo está escrito casi al completo por Tokito13, gracias una vez más por su ayuda en todo momento.

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Cuando llegaron al hotel su silencio empezaba a pasarle factura, vale, había accedido a acompañarlo a Los Ángeles porque la había liado con la historia de que era por cuestión de trabajo, ella sabía que su hermano vivía allí, que tendría que conocerlo, pero… ¿cuánto tardaría en darse cuenta de sus verdaderas intenciones? Se repetía que sólo era una barbacoa, que no era una reunión de trabajo pero tampoco una encerrona por la que tener que pagar luego, se animaba, pero era cuestión de minutos. Su chica no era sino inteligente... Pero recogió sus cosas y fue a darse una ducha sin mirarle, sin decir nada. No iba bien, no.

_ Vamos –dijo cuando ella salió de darse una ducha- no es para tanto –

_ Iré a esa barbacoa pero no creas que voy a comportarme como una… bueno, eso.

Lo dijo mientras se quitaba la toalla que la cubría y se giraba para coger algo de ropa. Se rió por lo bajo cuando le dio la espalda, qué cabrona, eso era lo que le gustaba de ella, siempre tan lista para pelear como para follar, y ¿quién era él para negárselo? No había terminado de descubrirse cuando él ya estaba a su lado, cogiendo la toalla al vuelo antes de que cayera a la cama, la tomó en sus manos, ella se giró pero sin mirarle por encima de su hombro al notarle contra su espalda.

_ Sabes que no es como para enfadarte tanto –besó su hombro y su cuello, y la giró para tenerla de frente- no lo he hecho para que estés molesta ni incomoda –siguió besando su cuello hasta acercarse a su oído- pero no te preocupes, vamos a relajarnos un poco antes de ir allí

_ Northman no se te ocurra pensar que vas a convencerme a base de sexo.

_ Bueno –rió mientras levantaba una ceja- eso ya lo veremos

Dejo caer la toalla al suelo, la agarro por las caderas y la apretó contra él para que notase lo la deseaba, la veía luchar contra su deseo. Y esa era una batalla que su obstinación siempre perdía. Lamió las gotas de agua que caían sobre su pecho que comenzaba a agitarse y sonrió contra su piel cuando notó sus manos sobre sus hombros. Sus labios se posaron en lo que su camisa abierta ofrecía y le quemaron la piel.
La tumbó en la cama, despacio, mirándola a los ojos con un deseo que aún le sorprendía, se desnudó con lentitud, para serenarse un poco, y se tumbó a su lado. Con el dedo índice le acarició los labios y empezó a bajar por su cuello, siguió mas abajo, llegando a su pecho y trazando círculos en forma de caricias en sus pezones, sabía lo que eso le gustaba, conocía su cuerpo casi mejor que el suyo propio, era cuestión de segundos que ella se rindiera. Se dejó coger por el cuello y que ella le condujese hacia sus pechos, cuando estaba a punto de conseguir que su boca los rodeara se rió y bajó besando su estomago. Le encantaba enloquecerla hasta hacerla pedir más, paseó su lengua por cada rincón de su vientre, por sus caderas, por la zona exterior de sus muslos, levantó una mano y acarició la zona interior, ella gimió, y entonces dejo de besar un momento sus piernas para subir y centrarse en darle pequeños besos y mordiscos en el interior de sus muslos mientras con una mano le acariciaba los pezones comprobando lo erectos que estaban.

_ ¿Quieres que siga? - sonrió levantando los ojos con una sonrisa pícara.

_ Sabes que sí – le respondió con una mirada que dejaba ver su deseo y recelo por parar en ese momento.

No podía evitar la sonrisa, entonces bajo de nuevo su boca y mirándola a la cara se dispuso a hacer lo que más deseaba, paso su lengua por su interior comprobando lo húmeda que estaba, no pudo evitar que se le escapara un gemido al saborearla, después de unos minutos subió de nuevo a su boca y la besó, dejándola saborearse en su boca, con más pasión que al principio. Ana se giró sobre él y lo dejo tumbado de espaldas, poniéndose a horcajadas sobre él y, haciendo insoportable el roce de la última barrera que quedaba entre los dos, comenzó a mover las caderas en un vaivén que sabía perfectamente lo estaba dejando sin aliento ni armas para seguir con ganas de torturarla, la agarro de la cintura y la paró, sabía lo que quería, ahora era ella la que sonreía con malicia, le quitó los boxer y volvió a colocarse sobre él, entonces se agarró a sus caderas y entró sin rodeos ni más preámbulos en ella, los dos suspiraron, pero Ana no se movió. Ahí cambiaron las tornas, ella se reía suavemente y él comenzaba a rogar sin palabras que se moviese de una vez. Cuando empezó a hacerlo sus movimientos eran dolorosamente lentos y circulares, rotando sus caderas, mientras se apoyaba sobre su pecho, aquello era una agonía y no pudo aguantar más tumbado y se sentó para chupar y dar pequeños mordiscos en sus pechos con ansias, intentando acelerar un poco sus movimientos.

_ Eres increíble, amor... – susurró al ritmo que sus manos se aferraban a sus caderas para hacer más profundas las embestidas.

_ Lo sé –contestó ella con una sonrisa al mismo tiempo que echaba la cabeza hacia atrás. Cuando hacía eso su expresión era satisfecha y espoleaba su ego de macho, era él quien le provocaba esa sonrisa, era él quien la llenaba.

De pronto paró y la hizo levantarse, ella le miró algo confundida, se hubiese quejado, pero un rayo de comprensión brilló en sus ojos y gimió con anticipación, la puso boca abajo en la cama mientras él se ponía detrás y la obligaba a alzar su trasero y curvar su espalda en dirección a su erección

_ ¿Qué vas a hacer...? - ronroneó como si no lo supiese.

_ Nada que no estés deseando tanto como yo – le siguió el juego con voz ronca y acariciando su culo, levantó la mano y le dio un azote. Ana ahogó un gemido contra la almohada que casi reverberó en él y se preparó para penetrarla- voy a meterte la polla y cabalgarte hasta que creas perder la cabeza y pidas a gritos más, haré que recuerdes esto cada día de tu vida

_ ¿Tú crees...? Eso es mucho tiempo...–contestó casi en un susurro debido a la excitación pero con una sonrisa retadora.

_ Te prometo que después de esto no te van a quedar ganas de probar ninguna otra cama más que la mía, y ninguna otra polla más que ésta.

Al tiempo que acababa la frase la llenó de golpe, si había sentido la mitad que él, pensó que se desmayaría de placer, la vio aferrar los puños a las sabanas y la poseyó casi con furia, esa mujer le pertenecía, nunca debería dudarlo. Puso una mano en sus caderas y la otra en la curvatura de su espalda, con cada embestida notaba su aceptación, su rendición, era suya, al cabo de unos minutos, notó sus primeras contracciones alrededor de su polla, no pudo aguantar más y se dejó ir en un orgasmo que solo hizo que él la siguiera, explotando y vaciándose en su interior. Cayó rendida en la cama y él se quedó un momento sobre su espalda, besándole los hombros y recuperando el aire…

Se tumbó junto a ella y pasaron los siguientes minutos abrazados y besándose. Las manos empezaron a planearle otra vez sobre sus curvas pero paró, volviendo a la realidad, sabía que tenían que levantarse e ir a la casa de su hermano aunque no pudiese despegarse de su cuerpo. Suspiró, por primera vez en su vida se había enamorado, había encontrado una mujer con la que podría pasar la eternidad y un día, y ella se negaba a reconocer su relación. Porque quisiera o no, la tenían.

_ No creas que con un polvo, por espectacular que haya sido – notó su sonrisa contra su cuello- , vas a conseguir que se me olvide lo que intentas, Northman.

_ Te quiero en mi vida, es así de simple. Eres mi amiga, mi amante, mi agente... – "mi amor", dijo para sí- Las etiquetas no son malas, ¿por qué te resistes tanto?

_ Yo no soy una novia, Leif, te lo he dicho millones de veces – se levantó y el vacío que dejó en la cama y en su cuerpo le heló la sangre.

Consiguieron llegar a la casa de Eric sin discutir más. A ver si estando con su familia se daba cuenta de que quería que formase parte de ella, de que ya lo era, lo había sido en los últimos dos años que eran los que llevaban acostándose con regularidad, y con exclusividad. Su hermano les recibió con un abrazo, hacía meses que no se veían aunque cada vez pasaban más rato en skype. Sookie y Jason también le abrazaron y, como su casa estaba donde estuviese Ana y estaba a su lado, se sintió completo. La comida estaba siendo agradable, Jason se veía un poco incómodo con dos parejas. Ese chico..., ¿cuándo se iba a echar una novia en condiciones? De más sabía que las mujeres le sobraban, no hacía mucho tiempo él había estado donde él, en un momento crucial y un poco perdido, él la había encontrado, debía haber alguna para Jason en algún sitio. Aguantó toda la comida, a los postres se levantó y se despidió de ellos. Sookie sugirió tomar el café en el salón, lo preparó y lo sirvió. Ana y ella hablaban de naderías y se reían, parecían haber encajado bien pese a lo diferentes que eran. Y entonces, tuvo que hacerlo.

_ ¿Desde cuándo estáis juntos? – preguntó Sookie con una sonrisa encantadora- Leif es un gran hombre y, desde luego, ha conseguido encontrar a la mujer perfecta – se rió-, me encanta cómo encajáis los dos.

Ana se quedó lívida y le miró. No le había hablado a su cuñada de su relación con ella y tampoco sabía qué podría haberle contado Eric, al que sí le había abierto su corazón. La vio esbozar una sonrisa forzada y supo que, en cuanto regresaran al apartamento esa tarde, se le iba a caer el pelo. Pero hasta ahí habían llegado, ya no podía seguir negando lo que quería de ella porque tuviese miedo al compromiso.

Cuando la puerta se cerró tras él, comenzó la batalla. Se gritaron, durante un rato discutieron acaloradamente, ella gritaba que no era su novia y él que sí, quisiera o no. Así no iban a llegar a ningún sitio pero la pelea iba in crescendo, ya no había quién les parara, eran tan buenos en eso como lo eran en el trabajo o en la cama. Eran capaces de decirse cosas cada vez más hirientes, pero tener que oírle que no era el único con el que se acostaba era más de lo que pudo soportar. Cogió su chaqueta y salió dando un portazo. Caminó sin rumbo fijo, cuando se quiso darse cuenta no sabía donde estaba, miró a un lado y a otro y optó por seguir un poco más, si no encontraba un taxi pronto, llamaría a Eric o a Jason para que le recogieran, claro, que para eso también debería saber donde estaba. Quince minutos después, pensó que ya estaba bien de caminar sin rumbo, frente a él un bar se abría tentador. En ese momento sólo le apetecía emborracharse a ver si el alcohol borraba de su cabeza las palabras de esa mujer terca que no le quería, que no le importaban sus sentimientos, que se levantaba de otras camas y a la que le gustaría tener debajo para enseñarle quién coño era su dueño. Al quinto whisky, pidió que le dejaran la botella. A su lado, una mujer atractiva le miraba con curiosidad.

_ No funciona – dijo mirando haciendo una seña al camarero para que le pusiera otra cerveza.

_ ¿Qué...? – se volvió hacia ella confundido por el alcohol y por sus palabras al cincuenta por ciento.

_ No puedes huir de lo que sea que estás intentando ahogar – dio un trago largo a su vaso y se quedó mirando su interior con tristeza-. Las cabronas de las penas saben nadar...

OoOoOoOoO

Se despertó con la boca pastosa y un dolor de cabeza que se moría. Levantó un poco la cabeza y todo comenzó a girar, mantuvo los ojos cerrados hasta que todo pareció detenerse, los abrió con cuidado y miró alrededor desorientado. Tardó unos instantes en reconocer el salón de su apartamento, no recordaba cómo había llegado allí. Se limpió la boca, joder, estaba babeando sobre el cojín, se incorporó con lentitud, sujetándose la cabeza, y suspiró. Las palabras de Ana aún resonaban en su cabeza, ¿qué era lo que aquella mujer le había dicho? Sí, que las cabronas de las penas que hacían beber, eran imposibles de ahogar. Tenía razón, ahí estaban de nuevo sus palabras hirientes atenazándole el corazón. Aquello no funcionaba, no, si uno amaba y el otro sólo se dejaba, y ella no pasaría de ser eso, la mujer que le había lanzado al mercado editorial, su mejor amiga, el mejor polvo de su vida, la única mujer de su vida, la única que no quería formar parte de ella. Se levantó y se dirigió tambaleándose a la cocina. Pensó en servirse un café pero el estómago se le reveló. Suspiró, en algún momento tendría que entrar en el dormitorio, o ella salir, no se iba a esconder eternamente, la conocía. Miró el reloj y se sorprendió al ver que pasaban de las tres de la tarde. Entró en el dormitorio y no la vio, ¿dónde coño estaba? Empezó a sentir miedo, ¿se había ido? En dos zancadas se presentó delante del armario y lo abrió, dejó salir el aire que no se había dado cuenta de que retenía al ver su ropa colgada junto a la suya. Pasó la mano por las telas con el corazón encogido, esa era una estampa de felicidad para él, que ella le quisiera y accediese a vivir juntos, pero nada cambiaría, ella no cambiaría y traerla a Los Ángeles había sido una estupidez. Entró en el baño y se quitó la ropa y la amontonó en una esquina, vació su vejiga que estaba a punto de reventar y se lavó los dientes porque su lengua parecía la suela de un zapato. Abrió la ducha y entró, se apoyó con la dos manos en la pared y dejó que el agua corriera sobre él, a ver si se llevaba su pena. Joder, qué asco de vida. No sabría decir cuánto rato estuvo reprimiendo las lágrimas debajo del agua, intentando sobreponerse y ser un hombre, ni siquiera se dio cuenta que Ana había vuelto hasta que no sintió su cuerpo contra el suyo. Se abrazó a él por la espalda con suavidad, sin apretar, como con timidez. Bajó una de las manos de la pared y la puso sobre las de ella, y tuvo el efecto de calmarlo todo. Ana se apretó contra él y le besó entre sus omóplatos. Esa mujer acabaría con él. Iba a volverse pero le detuvo, cogió el gel y roció la esponja con él, comenzó a frotar su piel con la espuma con suavidad, con dulzura, con amor. Él se dejó lavar el pelo y el resto, sus manos fueron descendiendo hasta aprisionarle entre ellas. Sus dedos, que también le conocían, le rodearon y le acariciaron. No pudo más y se giró, le cogió la cabeza entre sus manos y la besó con ansia y desesperación. Ella no le había soltado y cuando terminó su beso le empujó suavemente contra la pared y besó su pecho, mordió sus tetillas, bajó por su cuerpo hasta arrodillarse ante él, el agua rodaba por su cara de deseo, sus ojos se clavaban en los suyos y su boca se entreabría acogedora. Jadeó cuando su lengua se paseó por él, puso las manos contra la pared, no se atrevía a tocarla y romper el hechizo. Le lamió desde los testículos al glande varias veces más, como si fuese un helado, antes de dejarle entrar en su boca y comenzar a succionarle con suavidad pero con la justa presión. Se ayudaba de sus manos que le acariciaban y jugaban con él mientras su boca acogía dentro de ella cada vez más de él. Se notaba cada vez más cerca y no quería correrse ahí, quería hacerlo dentro de ella, sentirla rodeándole de más maneras que la meramente física, pero ella no se dejó, protestó con un ronroneo que tuvo reflejo inmediato en su polla, sabía lo que tenía que hacer para volverle loco y que se acabara corriendo y no lo dudó un segundo, presionó levemente su perineo mientras le acariciaba y succionaba a la vez. En unos instantes explotó en su boca bajo su atenta mirada, con una sonrisa satisfecha. Se levantó y le besó. Se degustó en su boca y la empujó contra la mampara, la levantó y la llevó hasta la pared, atacó su boca pero ella le detuvo.

_ No, aquí no... – le susurró y la miró confundido.

La puso en el suelo y cortó el agua. Salió de su mano y se dejó secar, luego ella se secó con rapidez bajo su mirada expectante. Le sonrió y le hizo ir tras ella. Se paró ante la cama y se subió palmeó a su lado y esperó que él subiera.

_ Ana – intentó decir pero ella le acalló con un beso.

_ Ahora, no, Leif – rodó por la cama llevándole y dejándole sobre ella, sus piernas se abrieron para él y le acogieron- Lo siento... – murmuró entre besos.

Y por una vez, él se dejó amar.

Se desperezó a su lado, abrazado a Ana, sonrió contra su pelo y la apretó más contra él, ella se dejó hasta que sus tripas interrumpieron sus caricias. Ana se rió contra su boca.

_ ¿Tienes hambre?

_ ¿De ti...? Siempre – se rió besándola.

_ No seas tonto, ayer no comiste apenas, tienes que estar muerto de hambre – sus tripas corroboraron esa afirmación- ¿Ves? Podemos seguir luego...

_ ¿Me lo prometes...? – sonrió como un niño.

_ Claro que sí, cielo. Hoy no tenemos nada que hacer, ¿verdad?

_ Tengo que hacerte el amor en la terraza, y en el jacuzzi, y en la cocina, y en – le acalló con su boca y su risa.

_ Arriba o no habrá sexo que valga – le amenazó con la boca pequeña, aún así no lo dudó, se levantó por si acaso.

Prepararon unas tostadas y un té, se fueron a la terraza para gozar del buen tiempo que hacía, disfrutó de un desayuno con su mujer, que era como él la llamaba en su cabeza, hizo planes con ella, tontearon y se rieron. La mañana se deslizaba tranquilamente, era fantástico estar así, y que su mayor decisión fuese si hacían el amor en la terraza o en la bañera. La puerta vino a interrumpir su juego de enamorados. Ana se levantó y fue a ver quién era. Se levantó para acompañarla porque suponía que sería Eric, le había dicho que se pasaría esa mañana, pero había entendido que era después de trabajar.

_ Buenos días, señora – dijo un hombre moreno, sacó algo y se lo tendió- policía de Los Ángeles.

_ ¿Sí? – respondió extrañada.

_ Buscamos al señor Northman.