Creo que es hora de hacer algunas aclaraciones respecto a algunos de los nombres aquí. Faremis era el apellido del profesor Gast, el padre de Aerith, y como no se como se apellidaba Hojo y no me gustaba 'Sephiroth Crescent'pues….

Grimore tampoco me lo inventé, esta basado en el nombre del padre de Vincent, Grimoire Valentine, y como la segunda parte de esta triología la tengo pensada para ser un Yuffentine, quise darle a Yuffie algo de Vincent.

¡Ah! Y el nombre 'Gevurah' tampoco me lo inventé ¿eh? Es la quinta sefira del árbol de la vida y significa 'severidad', 'juicio' y 'fuerza'… me pareció que iba bien con el personaje nn

Capítulo dedicado a Ivvy y a Milena2091 ¡Gracias por sus magníficos reviews!


Bailando en el Aire

Ocho

—Tifa ¿puedo hablar contigo?

Faltaban todavía diez minutos para abrir cuan­do Aeris bajó corriendo del café. Gevurah ya estaba facturando pedidos por correo y le lanzó una de sus típicas miradas recelosas mientras Tifa terminaba de dar los últimos toques al escaparate.

—Claro. ¿Qué se te ha ocurrido ahora?

—Bueno. Yo... —la tienda era pequeña y esta­ba vacía así que Gevurah oiría todo lo que dijera—. Si te parece, podríamos subir a tu despacho un mi­nuto.

—Aquí estamos bien. No te dejes amilanar por la cara de ajo de Gevurah —Tifa hizo una pequeña to­rre con las novedades del verano—. Le preocupa que vayas a pedirme un préstamo. Como soy fácil de engatusar y un poco tonta, dejaré que me robes y acabaré muriéndome sola y arruinada en alguna cuneta apestosa. ¿Verdad, Gev?

La aludida se limitó a resoplar y dio un golpe seco con las llaves en la caja registradora.

—No, no se trata de dinero. Nunca te pedi­ría... has sido tan... maldita sea —Aeris se tiró del pelo hasta sentir verdadero dolor. Se volvió para mirar a Gevurah.

—Comprendo que quieras proteger a Tifa y que no tengas motivos para fiarte de mí. He aparecido de repente y sin nada y apenas llevo un mes aquí. Pero no soy una ladrona ni me aprovecho de nadie. He traído mi cruz hasta aquí y seguiré lle­vándola. Y si Tifa me pide que sirva sándwiches a la pata coja y cantando Yankee Doodle Dandy, yo lo intentaría hacer por todos los medios. Porque, aunque he aparecido de repente y sin nada, ella me ha dado una oportunidad.

Gevurah volvió a resoplar.

—No me importaría ver semejante cosa con mis propios ojos. Quizá eso atrajera a más clientes. No dudo de que no lleves tu cruz, pero no por eso voy a dejar de vigilarte.

—Me parece muy bien. Lo entiendo.

—Tanto sentimentalismo está estropeándome el maquillaje —Tifa se dio unos golpecitos en los párpados; se apartó del escaparate y asintió con la cabeza—. ¿De qué querías hablarme, Aeris?

—La señora Highwind va a hacer una fiesta de aniversario el mes que viene. Le gustaría organizar algo bonito y bien servido.

—Sí, lo sé —Tifa se dio la vuelta para colocar bien unos libros en las estanterías—. Te volverá lo­ca con sugerencias, preguntas y cambios, pero puedes hacerlo.

—No he aceptado... Lo comentamos ayer. No sabía que tú ya lo supieras. Quería hablarlo primero contigo.

—Es una isla pequeña y todo se sabe. No tie­nes que hablar conmigo sobre los trabajos que te salgan al margen del café, Aeris.

Se dijo que tenía que pedir más velas rituales. Se habían vendido muy bien durante el solsticio y muy mal durante la Semana Santa, lo que demos­traba, se imaginó, cuáles eran las prioridades de mucha gente.

—Tu tiempo libre es sólo tuyo —añadió.

—Sólo quería decirte que si acepto ese encar­go, no interferirá en el trabajo de aquí.

—Eso espero, sobre todo cuando voy a subirte el sueldo —miró el reloj—. Es hora de abrir, Gev.

— ¿Vas a subirme el sueldo?

—Te lo has ganado. Te contraté por un salario mientras estuvieras a prueba. Y has superado la prueba —abrió el pestillo de la puerta y se dio la vuelta para encender el equipo de música—. ¿Qué tal la cena con Zack del otro día? —preguntó con tono de broma—. Ya te he dicho que es una isla pequeña.

—Estuvo bien. Fue una cena de amigos.

—Un muchacho apuesto —dijo Gevurah—. Y muy bueno.

—No pretendo hacerle caer en la tentación.

—Entonces es que hay algo que no te funciona bien —Gevurah se bajó la montura plateada de las ga­fas y la miró por encima de ellas. Era una mirada de la que estaba especialmente orgullosa—. Si yo fuera un poco más joven, estaría poniendo en práctica todas mis artimañas. Tiene un buen par de manos. Seguro que sabe cómo utilizarlas.

—Seguro —dijo suavemente Tifa—, pero estás avergonzando a Aeris. ¿Por dónde íbamos? El aniversario de Shera, comentado; la subida de sueldo, comentada; la cena con Zack, comentada —se detu­vo y se puso un dedo en los labios—. Ah, sí. Quería preguntarte una cosa, Aeris. ¿Tienes alguna obje­ción, religiosa o política, a las joyas y la cosmética?

A ella no se le ocurrió nada mejor que hacer que resoplar profundamente.

—No.

—Es un alivio. Toma —se quitó los pendientes de plata y se los dio a Aeris—. Ponte esto. Si al­guien te pregunta de dónde los has sacado, son de Todo lo que Brilla, la tienda que hay dos portales más abajo. Nos gusta promocionar a nuestros co­merciantes. Devuélvemelos cuando termines el turno. Mañana podrías ponerte un poco de colore­te, pintalabios, sombra en los ojos...

—No tengo nada de eso.

— ¿Cómo? —Tifa levantó una mano, se puso la otra en el corazón y se apoyó en el mostrador para no caerse—. Me parece que voy a desmayarme. ¿Has dicho que no tienes pintalabios?

Aeris esbozó una sonrisa y se le dibujaron dos hoyuelos.

—Me temo que no.

—Gevurah, tenemos que ayudar a esta mujer. Es nuestra obligación. El equipo de emergencia. De­prisa.

Gevurah sacó una bolsa de debajo del mostrador con una mueca que podía ser algo parecido a una sonrisa.

—Tiene buen cutis.

—Una tela negra, Gev. Una tela negra. Ven conmigo —ordenó a Aeris.

—El café; los clientes llegarán en cualquier momento.

—Soy rápida y lo hago muy bien. Vamos —aga­rró a Aeris de la mano y la arrastró escaleras arriba hasta el cuarto de baño.

Diez minutos más tarde, Aeris estaba sirviendo al primer cliente con unos pendientes de plata, los labios de color melocotón y una sombra perfecta en los ojos. Decidió que volver a sentirse femenina le proporcionaba algo que le daba seguridad.

Aceptó el trabajo para servir la fiesta y cruzó los dedos. Cuando Zack le propuso navegar por la noche, también aceptó y se sintió además llena de energía.

Cuando un cliente le preguntó si podría hacer una tarta con forma de bailarina para un cumpleaños, dijo que naturalmente y se gastó el dinero que ganó con ese encargo en un par de pendientes.

Se corrió la voz y se encontró con que había aceptado hacer comida de picnic para una fiesta de veinte personas el cuatro de julio y diez cajas con comida para un marinero.

Aeris tenía la mesa de la cocina llena de fichas, notas y menús. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba empezando a convertirse en su pro­pia empresa, cosa que le pareció muy estimulante.

Oyó un golpe seco en la puerta y levantó la mi­rada. Le alegró ver que era Yuffie.

— ¿Tienes un minuto?

—Claro. Siéntate. ¿Quieres algo?

—No, gracias —Yuffie se sentó y tomó en brazos a Diego que le olisqueaba los pies—. ¿Planificando las comidas?

—Tengo que organizar este asunto. Si tuviera un ordenador... Bueno, todo llegará. Daría mi alma por una licuadora profesional y los dos pies por uno de esos robots de cocina, pero por el momen­to tendré que conformarme.

— ¿Por qué no usas el ordenador de la tienda?

—Tifa ya está haciendo bastante por mí.

—Como quieras. Mira tengo una cita para el cuatro de julio. Una cita con posibilidades —añadió—. Nada formal porque Zack y yo estamos más o menos de servicio durante esa noche. Los fuegos artificiales y la cerveza hacen que la gente se anime demasiado.

—Tengo muchas ganas de ver los fuegos artifi­ciales. Todo el mundo dice que son maravillosos.

—Sí. Nos salen muy bien. El asunto es que ese tipo, un asesor de seguridad de fuera de la isla, ha estado tirándome los tejos y yo he dejado que me diera con uno.

—Yuffie, qué romántico, me dejas sin habla.

—Además, no está nada mal —siguió Yuffie mientras le rascaba las orejas a Diego—, de modo que después de los fuegos artificiales hay posibilidades de que empiecen otro tipo de fuegos artifi­ciales, ya me entiendes. He pasado una época de cierto ayuno sexual. En cualquier caso, hablamos de hacer un picnic esa noche y acabé por decirle que yo me encargaría de la comida. Dado que me gustaría un buen revolcón, preferiría no envene­narlo antes.

—Un picnic romántico para dos —Aeris lo apuntó—. Vegetariano o carnívoro.

—Carnívoro. Algo sencillo ¿eh? —Yuffie se metió una uva en la boca—. No quiero que se inte­rese más por la comida que por mí.

—Recibido. ¿Te lo llevo o vienes a recogerlo?

—Es de lo más moderno —encantada, se me­tió otra uva en la boca—. Puedo venir a recogerlo. ¿Podrías hacerlo sin pasarte de los cincuenta?

—Por debajo de cincuenta. Dile que elija un buen vino blanco. Si tienes una cesta...

—Teníamos una por algún lado.

—Perfecto. Tráela y lo meteremos todo den­tro. De la comida me ocupo yo, la parte del revol­cón es cuestión tuya.

—Puedo ocuparme de eso. Si quieres, pregun­to por ahí a ver si alguien quiere vender un orde­nador de segunda mano.

—Sería fantástico. Me alegro de que hayas ve­nido —se levantó y fue por dos vasos—. No sabía si estabas molesta conmigo.

—No, contigo, no. Ese asunto concreto me molesta. Es un montón de basura, es como... —frunció el ceño al ver quién se acercaba por la puerta abierta—. Hablando del Rey de Roma...

—Por la puerta asoma —Tifa entró y dejó una nota sobre la encimera—. Un mensaje telefónico para ti, Aeris. La última idea genial de Shera para la fiesta.

—Lo siento. No tienes por qué perder el tiem­po para venir aquí corriendo. Volveré a hablar con ella y prometo intentar que me pongan el teléfono.

—No te preocupes, me apetecía dar un paseo, si no lo habría dejado hasta mañana. Tomaré un vaso de esa limonada.

—Necesita un ordenador —dijo secamente Yuffie—. No quiere usar el de la tienda porque no quiere molestarte.

—Yuffie, por favor. Tifa, puedo trabajar per­fectamente así.

—Puede usar el ordenador de la tienda cuando esté libre, naturalmente —le dijo Tifa a Yuffie—. Y no necesita que te entrometas entre ella y yo.

—No lo haría si no pretendieras venderle toda esa basura paranormal.

—Basura paranormal, parece el nombre de un grupo de rock de tercera y yo no tengo nada que ver con eso. Pero aun así es mejor que el rechazo ciego y terco. El conocimiento es mejor que la ig­norancia.

— ¿Quieres un poco de ignorancia? —amena­zó Yuffie mientras se levantaba.

— ¡Alto! —Aeris se puso en medio aunque tem­blaba de miedo por dentro—. Es ridículo. ¿Siem­pre hacéis lo mismo?

—Sí —Tifa cogió un vaso y bebió con delica­deza—. Nos divierte ¿verdad, ayudante?

—Me divertiría más darte una buena tunda, pero tendría que detenerme después.

—Inténtalo —la retó Tifa mientras levantaba la barbilla—. Prometo no acusarte de nada.

—Nadie va a pegar a nadie. No en mi casa.

Tifa, arrepentida, dejó el vaso y pasó la mano por el brazo de Aeris. Lo tenía rígido como el acero.

—Perdona, hermanita. Yuffie yo nos sacamos de quicio la una a la otra. Es una vieja costumbre. Pero no deberíamos meterte en medio. No debe­ríamos mezclarla en nuestras peleas —le dijo a Yuffie—. No es justo.

—En eso estamos de acuerdo. Tengo una idea: si nos encontramos aquí, será una zona neutral. No habrá guerra.

—De acuerdo —tomó otro vaso y se lo pasó a Yuffie—. Toma. ¿Ves, Aeris?, ejerces una buena in­fluencia sobre nosotras —le dio el tercer vaso a Aeris—. Por las influencias positivas.

Yuffie dudó y carraspeó un instante.

—De acuerdo, de acuerdo, qué demonios. Por las influencias positivas.

Brindaron formando un círculo con los vasos. Sonó como una campana, como un tañido cristali­no, y un chorro de luz surgió del choque de la cris­talería de segunda mano.

Tifa sonrió lentamente y Aeris dejó escapar una risa nerviosa.

—Maldita sea —dijo Yuffie antes de tragar la limonada—. Me pone enferma.

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Llegó muchísima gente a la isla para celebrar el 4 de julio. Banderas rojas, blancas y azules col­gaban de las barandillas de los trasbordadores que hacían el trayecto hasta tierra firme. Las bandero­las ondeaban alegremente de los aleros de los esca­parates de la calle principal y saludaban a los turis­tas y los isleños que llenaban el pueblo y las playas.

Para Aeris no era un día de fiesta precisamente, pero compartía el ánimo festivo mientras servía los pedidos. No sólo tenía un trabajo que adoraba, si­no que tenía un negocio del que podía estar orgullosa.

El Día de la Independencia. Iba a ser también el de su independencia.

Por primera vez en nueve meses, empezó a pensar en un futuro en el que había cuentas bancarias, correo y pertenencias que no le cabrían en una bolsa de lona si tenía que salir corriendo.

Mientras iba pensando que su vida por fin te­nía una apariencia normal, que las cosas empeza­ban a funcionar, se paró delante de un escaparate. El maniquí llevaba unos desenfadados pantalones de rayas azules y blancas y un top blanco que le lle­gaba justo por debajo de los pechos. Unas sanda­lias tan divertidas como poco prácticas le cubrían los pies.

Aeris se mordió el labio. La paga le estaba quemando en el bolsillo de sus viejos vaqueros.

Se recordó que ése había sido siempre su proble­ma: si tenía diez dólares, encontraba la forma de gastarse nueve.

Había aprendido a ahorrar, a apretarse el cinturón, a aguantar. A conseguir que cinco dólares se estiraran como si fueran de goma. Pero llevaba mucho tiempo sin tener nada nuevo ni bonito. Y Tifa le dejaba caer, cada vez menos sutilmente, que debería arreglarse un poco para ir a trabajar. Ade­más, tenía que cuidar su imagen ante sus nuevos clientes. Si quería ser una mujer de negocios, de­bía vestirse en consonancia. En la isla eso signifi­caba vestir de forma informal, pero lo informal también podía ser atractivo.

Por otro lado, lo más sensato y práctico sería ahorrar e invertir el dinero en utensilios para su trabajo. Necesitaba ese robot de cocina más que las sandalias.

— ¿Vas a escuchar al ángel bueno o al malo?

—¡Tifa! —Aeris se rió ligeramente avergonzada de que la hubiera encontrado soñando despierta con un par de sandalias—. Me has asustado.

—Unas sandalias preciosas. Y muy rebajadas.

— ¿Están rebajadas?

Tifa golpeó el cristal señalando el cartel de re­bajas.

—Es mi palabra favorita. Huelo las oportuni­dades, Aeris. Vamos de compras.

—No debería. Realmente, no necesito nada.

—Realmente, sólo necesitas trabajar —Tifa se apartó el pelo de la cara y agarró con firmeza a Aeris del codo, como si fuera una madre que quiere llevarse a rastras a una hija tozuda—. Comprar za­patos no tiene nada que ver con la necesidad, y mucho con el placer. ¿Sabes cuántos pares de za­patos tengo?

—No.

—Yo tampoco —dijo Tifa mientras arrastraba a Aeris dentro de la tienda—. ¿No te parecen pre­ciosos? Estarías fabulosa con esos pantalones palo de rosa. ¿Talla seis?

—Sí, pero, de verdad, tengo que ahorrar para uno de esos robots de cocina —a su pesar, alargó la mano para tocar la tela de los pantalones que Tifa había sacado de la percha—. Son muy suaves.

—Pruébatelos con esto —Tifa le enseñó lo que consideraba la combinación perfecta: una blusa blanca y ceñida sin espalda—. No te olvides de quitarte el sujetador. Tienes los pies pequeños. ¿El seis, también?

—Sí, así es.

Aeris echó una ojeada rápida a los precios. Aun­que estuvieran rebajadas, era mucho más de lo que se había gastado en ella desde hacía varios meses. Estaba mascullando unas quejas cuando Tifa la empujó detrás de la cortina del probador.

—Probármelo no quiere decir que vaya a com­prarlo —susurraba mientras se desnudaba hasta quedarse sólo con las cómodas bragas de algodón.

Mientras se ponía los pantalones pensó que Tifa tenía razón respecto al rosa. Ese color levan­taba el ánimo al instante. Pero la blusa ya era otro cantar. Le parecía... inmoral llevar algo tan ceñido sin sujetador. Y la espalda... se miró por encima del hombro, bueno, en realidad no se podía decir que hubiera mucha tela.

Sephiroth no le habría permitido jamás llevar algo tan sugerente y que mostrara su cuerpo con tanto descaro.

Aeris se maldijo en el mismo momento en el que aquel pensamiento se le pasó por la cabeza.

—Muy bien, volvamos al principio —se dijo a sí misma.

— ¿Qué tal todo?

—Muy bien, Tifa, es una ropa preciosa, pero no creo...

Antes de que pudiera terminar, Tifa abrió la cortina y se quedó parada con las sandalias en una mano y un dedo de la otra mano sobre los labios.

—Perfecto. La encarnación de la vecina sexy, alegre y moderna. Ponte las sandalias. He visto un bolso que te quedará precioso. Ahora vuelvo.

Era como si un general veterano la dirigiera por el campo de batalla y ella, un soldado raso, no pudiera hacer otra cosa que obedecer órdenes.

Veinte minutos después, sus vaqueros de todos los días, la camiseta y las zapatillas estaban en la bolsa de la tienda. El dinero que le sobró se fue en un bolso del tamaño de una mano que llevaba alre­dedor de la cintura, sobre los pantalones nuevos, que ondeaban suavemente alrededor de las piernas movidos por la brisa.

— ¿Qué tal te sientes?

—Culpable. De maravilla —Aeris no pudo evi­tar mover los dedos de los pies dentro de las san­dalias nuevas.

—Me alegro. Ahora, vamos a comprar unos pendientes que vayan con la ropa nueva.

Aeris renunció a toda resistencia. Era el Día de la Independencia, se recordó. Se quedó prendada de las gotas de cuarzo rosa en cuanto las vio.

— ¿Qué tendrán los pendientes que hacen que te sientas tan segura?

—Los complementos demuestran que somos conscientes de nuestro cuerpo y que esperamos que los demás también lo sean. Ahora, vamos a dar un paseo por la playa para ver la reacción ante nuestro esfuerzo.

Aeris tomó entre los dedos las piedras rosas que le colgaban de las orejas.

— ¿Puedo hacerte una pregunta?

—Adelante.

—Llevo un mes aquí y en todo ese tiempo no te he visto con nadie. Un acompañante masculino, quiero decir.

—No me interesa nadie en este momento —Tifa se puso la mano de visera y echó un vistazo a la playa—. Sí, una vez hubo alguien, pero eso fue durante otra fase de mi vida.

— ¿Lo amaste?

—Sí. Mucho.

—Lo siento. No debería fisgar.

—No es un secreto —dijo Tifa sin darle im­portancia—. Y las heridas cicatrizaron hace tiempo. Me gusta estar sola, dominar mi destino y to­das las decisiones y opciones cotidianas. La vida en pareja exige una cierta dosis de falta de egoísmo y yo soy egoísta por naturaleza.

—Eso no es verdad.

—La generosidad tiene grados —Tifa empezó a andar dejándose acariciar el rostro por la brisa—, y no es sinónimo de altruismo. Hago lo que me conviene, lo que nace del interés por mí misma. Y además creo que no es nada por lo que deba dis­culparme.

—Yo conozco bien lo que es el egoísmo. Quizá hagas lo que te conviene, Tifa, pero no harías daño intencionadamente a nadie. Te he visto con la gen­te. Confían en ti porque saben que pueden hacerlo.

—No hacer daño es una responsabilidad que se deriva de lo que me ha sido concedido. Tú eres igual.

—No sé cómo dices eso. Yo no he tenido po­deres.

—Y por eso te pones del lado de los que su­fren. Todo lo que nos pasa tiene un motivo, hermanita. Lo que hacemos por ello, lo que hacemos con ello, es la clave de lo que somos y de quiénes somos.

Aeris miró al mar, los barcos se deslizaban sua­vemente, las motos náuticas lo hacían a toda velo­cidad, los bañistas se dejaban arrastrar alegremen­te por las olas. Pensó que podía darle le espalda a lo que le estaban diciendo y a lo que iban a pedir­le. Que podía llevar una vida normal y tranquila allí.

O que podía tener algo más.

—La noche que me quedé en tu casa, la noche del solsticio, pensé que estaba soñando cuando te vi en el acantilado.

Tifa no se dio la vuelta, siguió mirando tran­quilamente el mar.

— ¿Es eso lo que quieres creer?

—No estoy segura del todo. Había soñado con este sitio. Hasta de niña. Durante mucho tiempo despreciaba o reprimía esas imágenes. Cuando vi el cuadro, los acantilados, el faro, tu casa, tuve que ve­nir aquí. Era como si por fin se me permitiera a vol­ver a casa —miró a Tifa—. Viví en cuentos de ha­das. Hasta que aprendí la lección, y por las malas.

Tifa pensó que a ella le había pasado lo mismo. Ningún hombre le había levantado la mano, pero había otras formas de hacer daño o dejar marcas.

—La vida no es un cuento de hadas y, además, el don no te lo regalan.

Aeris notó un escalofrío en la espalda. Sería más fácil darle la espalda y salir corriendo.

Desde un barco en alta mar soltaron un cohe­te; el silbido terminó en una explosión de luz y se fragmentó en pequeñas manchas doradas. La playa se estremeció con un rugido de felicidad. Oyó a un niño que gritaba de asombro.

—Dijiste que me enseñarías.

Tifa dejó escapar el aire que inconscientemen­te había estado conteniendo.

—Y lo haré.

Se volvieron para ver el siguiente cohete.

— ¿Vas a quedarte a ver los fuegos artificiales? —le preguntó Aeris.

—No, puedo verlos desde el acantilado de casa y hay menos barullo. Además, detesto ser el palo que aguanta la vela.

— ¿Qué?

—Señoras —en ese momento apareció Zack. Era una de las pocas veces que llevaba la placa prendida en la camisa—. Voy a tener que pedir­les que circulen. Dos mujeres tan hermosas pa­radas en la playa son un peligro para la seguri­dad viaria.

— ¿No es una monada? —Tifa le tomó la cara entre las manos—. Cuando yo estaba en bachillerato, pensaba casarme con él y vivir en un castillo de arena.

—Podías haberme dado una pista.

—Tú estabas loco por Hester Burmingham.

—No, lo que pasaba era que me encantaba su bicicleta roja y brillante. Cuando cumplí doce años, Santa Claus me regaló una y Hester dejó de existir en mi mundo.

—Los hombres sois unos patanes.

—Es posible, pero yo sigo teniendo la bicicleta y Hester tiene gemelas y un monovolumen. Un fi­nal feliz, en cualquier caso.

—Hester sigue mirándote el trasero cuando te das la vuelta —le dijo Tifa que se quedó encantada al ver que le había dejado boquiabierto—. Dicho lo cual, yo me retiro. Disfrutad con los fuegos arti­ficiales.

—Siempre consigue decir la última palabra —protestó Zack—. Desaparece en cuanto un hombre se suelta la lengua. Hablando de hombres con la lengua suelta, estás sensacional.

—Gracias —Aeris levantó los brazos—. He ti­rado la casa por la ventana.

—En los sitios acertados. Déjame que te lleve eso —dijo y le quitó la bolsa de la mano.

—Tengo que llevarla a casa y preparar algunas cosas.

—Puedo acompañarte un rato. Esperaba verte por aquí. He oído que has estado muy ocupada llevando ensalada de patatas por toda la isla.

—He debido de hacer unos setenta kilos, y tanto pollo frito que he debido de acabar con las existencias para los próximos tres meses.

—Me imagino que no te quedará nada.

Al oírle, a Aeris le asomaron dos hoyuelos.

—A lo mejor sí.

—Me ha costado encontrar un momento para ir a comer; el tráfico, la patrulla por la playa... Tuve que pararles los pies a un par de niños que en­contraban muy divertido meter petardos en los cu­bos de basura para verlos estallar. He confiscado tantos petardos que podría organizar mi propia in­surrección. Todo eso con sólo dos perritos calien­tes en el estómago.

—No es justo.

—No lo es. Vi un par de tus bolsas de comida. Me pareció que tenían tarta de manzana.

—Tienes buena vista. A lo mejor me han so­brado un par de muslos de pollo y algo de ensalada de patata. Incluso es posible que pueda cortar un trozo tarta de manzana y donarlo a un esforzado servidor de la ley y el orden.

—Quizá puedas deducirlo de tus impuestos. Tengo que supervisar los fuegos artificiales —se paró al final de la calle—. Suelen empezar sobre las nueve —dejó la bolsa de Aeris en el suelo y le pasó las manos por los brazos desnudos—. La gen­te suele dispersarse sobre las nueve y media o diez menos cuarto. He perdido la pista de Yuffie, así que tendré que hacer la última patrulla, un reco­rrido por la isla para comprobar que nadie haya prendido fuego a su casa. A lo mejor te apetece un paseo en coche.

—A lo mejor.

Le recorrió la espalda con las puntas de los dedos.

— ¿Me harías un favor? Pon tus manos en mis hombros. Me gustaría esta vez que me sujetaras cuando te bese.

—Zack... —Aeris tomó aire dos veces con mu­cho cuidado—. A mí me gustaría también que tú me sujetaras.

Él la abrazó y ella le rodeó el cuello. Permane­cieron un instante con los labios casi rozándose; Aeris se sintió estremecer por un escalofrío que se le avecinaba. Sus labios se rozaron, se apartaron y volvieron a rozarse. Fue ella quien gimió y quien apretó los labios contra los de él en un arrebato de deseo.

Aeris no se había permitido desear. Incluso cuando él revolvió su necesidad de vivir que permanecía latente, había tenido la precaución de no desear. Hasta ese momento.

Ella deseaba la fuerza de Zack, la presión de ese cuerpo duro y masculino. Deseaba su sabor maduro y su calor. La sedosa danza de las lenguas, el atormentador mordisqueo de los dientes, el estremecimiento que se apoderaba de todo su ser al sentir los latidos del corazón de Zack que retum­baban contra el suyo. Dejó escapar un leve jadeo de placer al cambiar de posición.

Y volvió a sumergirse en el placer.

Aeris le producía deseos que retumbaban con la fuerza de un pulso nuevo por todo su cuerpo. De la garganta de ella brotaban sonidos sordos de de­seo puro que a Zack le quemaban en la sangre. Te­nía la piel como seda caliente y sólo con acariciar­la su mente se inundaba de imágenes eróticas, ardientes ansias que sólo podrían saciarse en la os­curidad.

Vagamente Zack oyó a lo lejos la explosión de otro cohete y los gritos de satisfacción que llega­ban de la playa.

Si ella quisiera, tardarían sólo dos minutos en llegar a su casa y tres en tenerla desnuda debajo de él.

—Aeris —sin aliento y a punto de perder la ca­beza, interrumpió el beso. Ella le sonrió. Tenía los ojos oscuros y llenos de confianza y placer.

—Aeris —repitió mientras bajaba la cabeza pa­ra apoyar la frente en la de ella. Sabía que había veces en que había que esperar—. Tengo que hacer la ronda.

—De acuerdo.

Zack recogió la bolsa y se la dio.

— ¿Volverás?

—Sí. Volveré.

Aeris flotaba en el aire cuando se dio la vuelta y se dirigió hacia su casa.

Continuara...


¿No es genial comprarse cosas bellas? En fin, ya saben, entre más reviews, más actualizaciones…

Que les vaya bonito…

Bye