Esta historia titulada ''Amigo o Marido'' es propiedad de la escritora Kim Lawrence, los personajes que aparecen a continuación son creación de la escritora Suzanne Collins, yo solo adapto esta maravillosa historia con estos maravillosos personajes, espero que les guste y se animen a leer mas historias de estas autoras :)
Saludos Maya.
Capítulo 8
KATNISS OYÓ que llegaba el taxi justo cuando Peeta, con la camiseta empapada en sudor, entraba en la cocina. Casi sin resuello, se inclinó hacia delante y apoyó las manos sobre sus poderosos muslos. Tenía las piernas salpicadas de vello oscuro. Como su piel, estaba húmedo y brillante. Katniss tragó saliva y desvió la mirada.
—He salido a correr —explicó de forma innecesaria al tiempo que se enderezaba.
—Ya lo veo —Katniss comprobó que había metido el móvil en el bolso antes de cerrarlo y echárselo al hombro con decisión.
Por dentro, estaba como un flan y en absoluto decidida. Obedeció el impulso de lanzar a Peeta una mirada furtiva y lo lamentó en cuanto su corazón empezó a latir de forma angustiosa. ¿Cómo era posible que no se hubiera percatado hasta entonces de lo magnífico que era?
—Me ayuda a pensar —añadió, y Katniss asintió vagamente. Ella había renunciado a cualquier pensamiento coherente hacía escasos segundos—. Kat, en cuanto a lo de anoche...
—Ahora no, Peet, tengo que ir al hospital —para rehuir su mirada, abrió el bolso y fingió buscar algo importante. No quería oírle decir que lo de anoche había sido un error, al menos, todavía no, pero intentaba ser realista aunque no lo lograra.
¡Despertarse sola había sido una dosis sobrada de realismo para toda la mañana! Apretó los dientes al recordar la soledad que la había invadido al alargar el brazo hacia él, somnolienta, y encontrar la almohada vacía.
—El taxi espera.
—Puedo llevarte yo —dijo Peeta, y se despojó de la camiseta sudada con un movimiento fluido y elegante.
Katniss echó un vistazo al torso bronceado y musculado y a punto estuvo de salir corriendo de la habitación.
—No, no importa, ya he pedido un taxi —balbuceó antes de poner la mayor distancia posible entre ella y Peeta.
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Josh ya había sido trasladado a la iluminada y alegre sala de maternidad. Clove, luciendo un interesante arco iris de colores en un lado de la cara debido a la contusión, estaba sentada a su lado. Alzó la vista cuando vio entrar a Katniss y se puso en pie.
—¿Cómo está? —preguntó Katniss, con la mirada puesta en la minúscula figura vulnerable que estaba en la cuna.
—Mejor de lo que esperaban.
Katniss exhaló un suspiro de alivio.
—Nunca dicen nada por teléfono, ¿verdad? No te levantes por mí —le dijo a Clove, sintiéndose incómoda. ¿Quién era ella para interponerse entre una madre y su hijo?
—No, ya me iba. Voy a tomar un café con Cato. ¿Katniss?
—¿Cómo? ¿Ya no soy tía Katniss? Clove le brindó una sonrisa tímida.
—No nos llevamos tantos años, ¿no crees? —respondió, como si hubiera reparado en ello por primera vez—. ¿Podríamos hablar dentro de un rato? —preguntó, con atípica inseguridad.
—Claro —accedió Katniss, que intentaba no parecer tan preocupada ante aquella perspectiva como se sentía.
Fue Cato quien se acercó poco después y le sugirió que se reuniera con Clove en la cafetería mientras él velaba a Josh. Katniss no tenía una excusa legítima para no cooperar porque Josh estaba dormitando otra vez, así que accedió con desgana. Cato le tocó el hombro mientras ella se ponía en pie.
—Sé que... —una expresión de impaciencia asomó a su rostro distinguido—. ¿A quién intento engañar? No puedo saber cómo debiste sentirte cuando Clove dijo que quería recuperar a Josh —le dio un apretón amistoso en el hombro—. Pero me lo imagino —añadió con mirada compasiva—. Debo apoyar a Clove en lo que decida. Sea lo que sea —le explicó en tono de disculpa—. A decir verdad, no creo que lo meditara en profundidad y, si te sirve de consuelo, creo que se está dando cuenta.
Katniss lo miró y sonrió.
—La quieres mucho, ¿verdad?
Cato se encogió de hombros.
—En las alegrías y en las penas, como se suele decir.
Katniss obedeció a un impulso y le dio un rápido beso.
—Creo que Clove es muy afortunada —dijo con voz ronca. Se dio la vuelta y, apenas había dado unos pasos, cuando a punto estuvo de chocar con Peeta—. ¿Qué haces?
Peeta no contestó de inmediato, sino que se limitó a contemplarla con expresión furibunda, preso de intensas emociones.
—Te haría la misma pregunta —contestó al final—, si no hubiera sido tan obvio — lanzó una mirada de odio a Cato, y Katniss casi pudo ver los puñales clavados en la espalda del actor.
«No pienso disculparme por un beso inocente en la mejilla», decidió Katniss, y alzó la barbilla en actitud desafiante.
—Voy a ver a Clove —le explicó, y esperó con impaciencia a que Peeta se hiciera a un lado. Este no se movió.
—Pensaba que iban a darle el alta esta mañana. ¿Ha tenido una recaída? —no parecía muy consternado por aquella posibilidad.
—No, he quedado con ella en la cafetería —por fin, Peeta se apartó, pero por desgracia para ella, echó a andar a su lado—. A solas —añadió con énfasis. La experiencia le decía que no tenía mucho sentido andarse con sutilezas con Peeta—. Así que vete.
—¿Quieres que me vaya?
La pregunta hizo que Katniss se detuviera en seco, y su indignación se esfumó.
—En realidad, no —reconoció con voz ronca. Ya había sido muy triste despertarse sola aquella mañana, la idea de que Peeta se esfumara de su horizonte personal la horrorizaba. Quizá solo estuviera postergando lo inevitable, pero por el momento, no importaba.
—Si sientes la necesidad de besar a los hombres, estoy a tu disposición.
Una pequeña sonrisa de superioridad asomó a los labios de Katniss al alzar el rostro hacia él.
—¿A eso llamas besar? —se burló.
—No, a esto —y procedió a demostrarle la diferencia. El poder de persuasión de Peeta era notable.
—Sí... bueno... —comentó Katniss vagamente cuando la cabeza dejó de darle vueltas—. Eso ha sido... innecesario —anunció con severidad.
Los ojos oscuros de Peeta adoptaron una mirada íntima y personal.
—¿Pero agradable?
—Muy agradable, en realidad, pero sigo sin querer que me acompañes. Peeta parecía dispuesto a aceptar su decisión en aquella ocasión.
—Entonces, hasta luego —y se alejó en dirección contraria.
¿Sería cierto?, pensó Katniss con aflicción, e intentó concentrarse en Clove y en lo que le diría a su sobrina. Al final, fue Clove la que más habló, y todo lo que dijo sorprendió a Katniss.
—Los niños son una gran responsabilidad, ¿verdad? —Clove jugaba nerviosamente con el brazalete que adornaba su delgada muñeca.
—Fue un accidente, tú no tuviste la culpa —la tranquilizó Katniss.
—No —reconoció Clove de inmediato, con expresión perpleja—. Pero imagino que te habrás sentido así siempre que se ha puesto enfermo. Estaba desesperada.
—Intento no protegerlo demasiado, pero no es fácil —reconoció Katniss—. Los hijos tienen sus compensaciones —añadió en voz baja—. Dan más de lo que reciben. Clove no parecía muy convencida.
—No... No estoy acostumbrada a preocuparme de nadie salvo de mí —confesó con atropello—. Soy egoísta, y me gusta serlo —lanzó las palabras al aire como un desafío y esperó a que Katniss pronunciara su condena. Cuando no lo hizo, reflejó su frustración—. Sé que piensas que es patético, pero me gusta ser el centro de atención. No quiero compartir a Cato con nadie —se mordió el labio y bajó los ojos. Katniss tuvo que aguzar el oído para oír lo que decía—. Josh te llamaba después del accidente. Cato me lo dijo.
—Bueno, apenas te conoce... —Katniss tragó saliva y maldijo en silencio los escrúpulos que le impedían aprovecharse de la situación— todavía —añadió, para suavizar el golpe.
—¿Por qué haces esto? —preguntó Clove, y alzó la cabeza con ademán enérgico. Tenía las pestañas, por una vez sin pintar, humedecidas—. No quieres que me quede con Josh. Lo único que tienes que hacer es decirme lo inútil que soy como madre y las dos sabríamos que es cierto. ¿Por qué estás siendo amable conmigo? —sin pensar, repitió la pregunta que Katniss se hacía a sí misma.
—Tú eres la madre de Josh.
—Yo lo di a luz.
—¿Qué intentas decirme, Clove?
—Que debe quedarse contigo.
Katniss no era consciente del peso que llevaba sobre los hombros hasta que no desapareció como por arte de magia.
—¿Durante cuánto tiempo? —preguntó, cuando la cautela y el sentido común se abrieron paso entre el alivio. No sabía si podría repetir la experiencia dentro de varios años, cuando Clove volviera a cambiar de idea.
—Para siempre. Lo haremos legal, si tú quieres.
—¿Estás segura? Quizá deberías esperar...
—Ya lo he decidido. No tengo espacio en mi vida para un niño... Quizá nunca lo tenga.
—¿Y qué piensa Cato de todo esto? —le preguntó Katniss. Clove pareció sorprendida por la pregunta.
—Cato quiere que yo sea feliz —le explicó en pocas palabras.
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La enfermera en prácticas se permitió volver la cabeza por segunda vez mientras se alejaba de la figura alta que se inclinaba sobre el niño dormido en la cuna. Se preguntó si no sería una falta de profesionalidad pedirle un autógrafo.
Katniss entornó los ojos con cinismo al reparar en aquella mirada furtiva.
—¿Te ha llamado...?
—¿Papá? Sí, así es —reconoció Peeta, que parecía un poco sorprendido por la experiencia—. Es la primera vez que me llaman papá.
Y, seguramente, no sería la última, pensó Katniss, mientras se mordía sus cuidadas uñas. Peeta podría engendrar tantos bebés como quisiera en el futuro.
—Hace años que no te muerdes las uñas —observó Peeta, y se sentó en una silla junto a la cuna. Katniss se retiró la mano de la boca con nerviosismo.
—Ha sido un día muy agitado.
El profundo suspiro de Peeta sugería que estaba de acuerdo.
—Por fin se ha dormido —declaró.
Lo dijo como si no hubiera hecho falta una buena dosis de paciencia y persuasión para lograrlo.
—No ha sido gracias a ti.
—Me pediste que lo entretuviera —protestó Peeta.
—Guarda esa mirada perpleja y dolida para la enfermera —le aconsejó Katniss con aspereza—. Te pedí que lo entretuvieras, pero de haber sabido que ibas a sobreexcitarlo, no me habría molestado en tomarme un descanso.
—Tampoco te habrías molestado en comer —Peeta realizó un atento escrutinio de su esbelta figura—. Y no puedes permitirte el lujo de adelgazar.
—Anoche no fuiste tan exigente —replicó Katniss con enojo.
—Yo siempre soy exigente, Kat —la tranquilizó. Y la forma en que la miraba hacía latir el corazón de Katniss con desenfreno. Tragó saliva.
—No sabes lo halagada que me siento —replicó con sarcasmo.
—No te imaginas lo mucho que me preocupa cómo te sientes, cielo.
—¡No soy tu cielo! —le espetó Katniss, con llameantes ojos grises.
Peeta bajó la vista a sus agitados senos.
—No —corroboró con suavidad—. Eres más terrenal y felina... y aun así, angelical.
—¿Quieres dejar de decir tonterías?
—Sí. Ya es hora de que hablemos en serio.
Katniss tuvo un mal presentimiento.
—¿Ah, sí?
—Sí. Pero no podemos hablar aquí —Peeta hizo una mueca de insatisfacción mientras paseaba la mirada por la silenciosa sala en penumbra—. Vamos a un lugar más privado. Llevo intentando hablar contigo todo el día, pero tú no haces más que salir corriendo.
Y si tuviera alguna otra excusa para huir, eso sería lo que Katniss estaría haciendo.
—No quiero ir a ningún lugar privado contigo, así que deja de arrastrarme por la fuerza.
—Solo te estaba guiando, pero tú verás... —Peeta retiró la mano del hombro de Katniss con exageración—. Cualquiera diría que te estoy arrastrando al fondo de la cueva, como un cavernícola... Aunque no veo mal alguno en ese método, por cierto — añadió con una sonrisa amable y gélida—, sobre todo siendo tu amante. Bien, está vacía —anunció después de asomar la cabeza por la puerta del pequeño saloncito reservado a los padres.
—¿Siendo mi qué? —no era el mejor momento para que Katniss sintiera la punzada de ansia sexual en el vientre.
—¿Prefieres novio? —Peeta parecía considerar seriamente la opción—. Un poco insulso, ¿no crees? De todas formas, dejando a un lado mi título, antes negué la entrada a una persona que quería ver a Josh —miró a Katniss como si el recuerdo le produjera un inmenso placer.
—¿A quién? —inquirió Katniss con voz débil.
—A mi a... Perdona —desplegó una sonrisa vacía de humor—. A mi padre.
Aquello explicaba su satisfacción.
—¿Y se fue? ¿Así, sin más? —eso no parecía propio de Plutarch Mellark.
—No sin más, exactamente... hizo falta un poco de persuasión. Además, puso en duda mi derecho a echarlo.
—Pero lograste convencerlo.
—Me limité a explicarle la situación —anunció Peeta con arrogancia.
—Cuando tengas un momento libre, ¡quizá quieras explicármela a mí también! Pero no ahora —suplicó Katniss con ironía, cuando Peeta abrió la boca para complacerla—. Mi sistema nervioso tiene un límite de conmociones que puede sufrir en un mismo día. ¿Llegaste a preguntarle lo que quería?
—Josh, imagino... ¿no crees? —Peeta contempló cómo Katniss palidecía, y la mano que se llevó a los labios estaba temblando.
—No lo dirás en serio.
—Olvídate de mí —le aconsejó Peeta—. Es del viejo de quien tienes que preocuparte, y él sí que lo hace todo en serio. Josh es su nieto y, en lo que a él respecta, un Mellark. Ya separó a un Mellark de su madre —le recordó en tono sombrío—. No pensarás que sus escrúpulos van a impedir que lo haga otra vez, ¿verdad? Siéntate.
Katniss, estupefacta, se dejó caer en uno de los sillones.
—Pero Clove es la madre de Josh, y ella quiere que sea yo...
—¿Se mantendrá Clove igual de firme si Plutarch pone un jugoso talón delante de sus ávidas narices? —agitó un invisible talón delante de ella y, justo antes de retirar la mano, pareció pensarlo mejor—. Tienes una nariz muy bonita —deslizó la yema del pulgar por la punta de su pequeña nariz obedeciendo a un impulso.
—Lo que dices es horrible.
—¿Que tienes una nariz preciosa? —a pesar de la defensa que Katniss hacía de su sobrina, Peeta vio la duda reflejada en sus ojos esmeralda. Retiró la mano pero deslizó los dedos por la curva de su mejilla mientras lo hacía, y sintió cómo Katniss se estremecía de pies a cabeza. Peeta se alegró de aquella reacción. Si iba a obsesionarse con el cuerpo de una mujer, sería menos preocupante que ella también se obsesionara con él.
—Ya sabes a qué me refiero —protestó Katniss.
—No me mires así, encanto. Yo solo soy el mensajero.
—Al menos, podrías no poner cara de estar disfrutando de lo lindo de tu misión.
—Sería diferente si estuvieras casada y disfrutaras de cierto desahogo económico. Al viejo le costaría trabajo demostrar que no eres la persona adecuada para cuidar de Josh.
—Soy una persona respetable y responsable.
—Un pilar de esta comunidad —corroboró Peeta con agrado.
—Y no tengo deudas —masculló Katniss.
—Puede que no, pero tampoco tienes dinero ahorrado para cuando lleguen las vacas flacas.
Katniss se mordió los labios mientras meditaba en silencio en la verdad de aquellas palabras.
—Hay cosas más importantes que el dinero.
—No cuando no se tiene. Katniss apretó los dientes. ¿Por qué diablos Peeta siempre tenía una respuesta? —Josh ya no es un bebé, podré volver pronto al trabajo.
—Y el niño tendrá que arreglárselas solo en casa. Ya entiendo.
—¡Estaba pensando en buscar a una niñera, no en dejarlo solo!
—Hay una solución muy sencilla.
—Claro, podría tocarme la lotería. Adelante —lo apremió cuando la pausa de efecto de Peeta se prolongó demasiado—. Soy toda oídos, ¿a qué esperas?
—Cásate conmigo.
Katniss abrió los ojos de par en par y profirió un gemido de incredulidad al tiempo que movía la cabeza.
Había una notable ausencia de ternura en la mirada osada y dura de Peeta. Más que declarándose, parecía estar resolviendo un asunto espinoso. Katniss no se engañaba pensando que quería casarse con ella, solo quería impedir que Plutarch controlara el futuro de Josh.
—Te vas a reír —dijo Katniss, mientras reprimía un abrumador impulso de llorar a lágrima viva—. Pero he creído oír que decías...
—Y lo he dicho —había una nota palpable de impaciencia en la voz de Peeta—. Cásate conmigo, Kat.
—Sabía que eran imaginaciones mías, porque ni siquiera a ti podría ocurrírsete una idea tan descabellada —Katniss acertó a proferir una risita trémula para demostrar lo irrisoria que le parecía la ocurrencia.
—¿Por qué es disparatada? —replicó Peeta con voz beligerante.
—Mira, aunque existiera la posibilidad de que tú... de que Plutarch quisiera obtener la custodia de Josh, lo cual dudo sinceramente, jamás se me ocurriría casarme contigo.
—Estás acostándote conmigo.
—Hay una gran diferencia entre acostarse con un hombre y casarse con él, Peet — repuso Katniss con creciente frustración. Peeta apretó los dientes.
—¡Es decir, que cualquier hombre te hubiera servido!
—¡Por supuesto que no! —repuso Katniss, indignada—. ¡No podría acostarme con ningún otro hombre que no fueras tú! —le dijo en un tono cargado de convicción.
A cualquier hombre se le podría perdonar cierta complacencia cuando una mujer hacía esa clase de afirmación. Katniss sospechaba que su franqueza iba a costarle cara en aquella ocasión.
—Bueno, no es un mal comienzo —fue el comentario satisfecho de Peeta.
—Quería decir que... —«adelante, Katniss, ¿qué querías decir?»—. Que tendría que dejar de dormir contigo antes de... de...
—¿De buscar nuevas experiencias? —sugirió Peeta con delicadeza cuando la voz ronca de Katniss se extinguió por completo—. Creo que, en términos generales, es una idea sensata. No se puede repicar y estar en la procesión.
—Como tú bien sabes —dijo Katniss con voz ahogada.
—Creo que ya había dejado claro que soy fiel a la monogamia.
Katniss profirió un gemido de pura exasperación e intentó formular una frase que pusiera punto final a todo aquel disparate.
—Sabes que no puedo casarme.
Peeta movió la cabeza y desechó sin piedad aquella objeción.
—Sé que no podrás darme hijos.
Era cierto, pero a Katniss le dolía oírselo decir.
—Es lo mismo.
—Josh sería nuestra familia.
La lógica de Peeta y su aparente convicción resultaban cautivadoras, y Katniss se asustó.
—Deja de presionarme, Mellark —gruñó—. Sé que quieres quedarte por encima de Plutarch, pero ¿no crees que estás yendo demasiado lejos?
Peeta no negó aquella acusación, porque era un hombre honrado y sincero. De no serlo, le estaría diciendo a Katniss la clase de palabras que ella quería oír, palabras de amor, pero no lo hizo.
—No hace mucho ibas a casarte con otra mujer.
—Eso es distinto.
Por supuesto que lo era, Peeta había amado a Cashmere, todavía la amaba.
—Sí, porque yo no estoy casada.
—Eso te molesta, ¿verdad?
—Pues sí. Soy de las que piensan que cuando se toman unos votos hay que cumplirlos. De lo contrario...
—De lo contrario, ocurren cosas como yo —afrontó la mirada confusa de Katniss con una pequeña sonrisa sarcástica—. De no ser por una infidelidad marital, yo no estaría aquí... Claro que quizá eso no te parezca una gran pérdida —bromeó—. No te engañaré, Kat, si es eso lo que te preocupa, y sé que la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento, pero esperaba que fueras un poco más flexible. No sabía que Cashmere estaba casada cuando nos conocimos y, cuando lo averigüé, ella me juró que su matrimonio no era más que una firma en un papel.
Cashmere había jurado muchas cosas que resultaron no ser ciertas, como que no se estaba acostando con su marido o que seguía amando a Peeta, solo que también amaba a su marido, y él las había creído porque quería creerlas. Peeta quiso sentirse necesitado, no solo por su belleza o su dinero, sino por él mismo. Al final, la situación llegó a un punto en que él no pudo seguir engañándose.
—¿Y no lo era? —insistió Katniss, con ánimo masoquista.
—Está embarazada y el niño no es mío. ¿Responde eso a tu pregunta?
—¿Estás seguro? —barbotó Katniss sin pensar.
—Mi querida Kat, ¿crees que me habría acostado contigo sin tomar medidas si existiera la más remota posibilidad de que te hubiese podido dejar embarazada? — preguntó con incredulidad—. El niño no es mío, desde luego.
—¿Quieres decir que nunca has prescindido de... con nadie? ¿Nunca? —jamás había balbuceado tanto en su vida, pero a Peeta no pareció costarle mucho trabajo entenderla.
—Ha sido una nueva experiencia para los dos, encanto. Katniss inspiró con brusquedad.
—Supongo que lo hiciste porque sabías que no podía quedarme embarazada.
—No estaba pensando en las consecuencias cuando ocurrió, ¿y tú?
Katniss sintió cómo los músculos de su estómago se contraían. Arrancó la mirada de los ojos oscuros y penetrantes de Peeta y la clavó en sus propias manos, que tenía entrelazadas en el regazo. ¿Cómo podía olvidar la necesidad primitiva de entregarse, de ser poseída, cuando sentía lo mismo siempre que lo miraba?
—Conocí a Cashmere cuando su matrimonio estaba atravesando una crisis —oyó decir a Peeta—. Al final, me reconoció que la única razón por la que se había acostado conmigo en un principio era para vengarse de su marido por una indiscreción.
Katniss hizo una mueca.
—Fue un duro golpe para mi ego, lo reconozco, pero hay muchos hombres que sueñan con hallarse en esa misma situación. Sobre todo, si la esposa vengadora parece una diosa —reconoció Peeta encogiéndose de hombros—. Por irónico que parezca, cuando le habló a su marido de mí, logró reavivar su interés. Debí de devolver la chispa a su vida sexual... Todo un logro por mi parte, ¿no crees?
Dadas las circunstancias, a Katniss no le sorprendió el aire de violencia contenida que envolvía a Peeta. El interés del marido había dado como resultado un bebé, sin el cual, Peeta bien podría estar con Cashmere en aquellos momentos.
—Mala suerte.
El enojo de Katniss debió de reflejarse en sus palabras, porque Peeta alzó la vista, y la expresión amarga y distraída desapareció poco a poco de su rostro.
—Pareces enfadada.
—¿Tan insensato sería que lo estuviera? Tú te pusiste hecho una furia cuando me sorprendiste dando un beso inocente a Cato. ¡No hace falta estar enamorado de alguien para que no te agrade ver cómo suspira por otra persona! —le gritó con voz aguda.
—Yo no he dicho que estuvieras enamorada de mí.
Katniss fue presa del pánico. «No, no lo has dicho, pero si no mantengo la boca cerrada, el mundo entero acabará sabiéndolo». Era demasiado tarde para retractarse, así que tendría que buscar otra salida.
—Por supuesto que no lo has dicho. Eres estúpido y engreído, pero no tanto —vio una sombra de recelo en la mirada de Peeta y su indignación se disipó: no la llevaría a ninguna parte. Cuando logró serenarse, sus palabras resonaron con el peso de la verdad—. Para que lo sepas, solo de pensar que me tocabas mientras pensabas en... — se interrumpió y se cubrió los labios con la mano—. Me pongo mala —confesó en un lacrimoso susurro.
Peeta maldijo y cayó de rodillas delante de ella. ¡Había sido un bruto insensible! Había temas que podía tratar abiertamente con su mejor amiga, pero de los que no podía seguir hablando si su amiga se convertía de improviso en su amante. El primero de esos temas era otras mujeres.
—Lo entiendo perfectamente, encanto, pero sería incapaz de... Soy incapaz —tomó el rostro de Katniss entre las manos y contempló sus ojos llenos de lágrimas. El leve temblor de sus labios sonrosados atrajo la atención de Peeta a la curva llena y apasionada de su boca... De hecho, nunca había sentido debilidad por los dulces, y Katniss era más picante que dulce—. Soy incapaz de pensar en nadie más que en ti cuando estamos juntos en la cama.
Un hombre tendría que estar loco para reconocer que divagaba cuando hacía el amor a una mujer, sobre todo, si la distracción era otra mujer. Peeta se sorprendió al comprender que no necesitaba refugiarse en una mentira: amar a Katniss no había dado cabida a ningún pensamiento ajeno a ella. No había existido nada ni nadie para él salvo Katniss, sus sentidos se habían saturado de ella. La compasión asomó fugazmente a su rostro antes de que prosiguiera.
—Me enamoré de Cashmere... —Peeta oyó el tono defensivo de su voz y su ceño se intensificó—, pero ¿qué conseguí? Vivir una pesadilla. Y no quiero volver a sentirme así jamás —le dijo con una sinceridad que manaba directamente de su corazón—. No —le explicó a Katniss con ardor—. Lo nuestro es mucho mejor. El sexo entre nosotros es increíble —evocó la imagen del cuerpo esbelto y empapado de sudor de Katniss arqueado bajo el de él y decidió hacer todo lo que estuviera en su mano para mantenerlo así—. Y además, somos amigos. Siempre seremos amigos. ¿Qué mejor base puede haber para un matrimonio duradero? A veces, la solución es tan sencilla que no se ve.
Las pestañas largas y rizadas se elevaron, y Katniss contempló, hechizada, cómo el deseo se avivaba en aquellos ojos espectaculares.
Con Peeta de rodillas, sus cabezas estaban casi a la misma altura. Un suspiro largo y silencioso brotó de los labios entreabiertos de Katniss antes de que Peeta perdiera el control y aprovechara el aturdimiento creado por sus palabras.
Katniss se derritió en sus brazos y, con un pequeño gemido, le rodeó el cuello con las manos. Debilitada por una oleada de deseo candente, se aferró a él sin inhibiciones. El beso ávido que compartieron estaba impregnado de ciego deseo, y se prolongó durante lo que pareció una eternidad.
Cuando los labios de Peeta se apartaron de los de Katniss, no se fueron muy lejos. Peeta permaneció con el rostro pegado a su mejilla, respirando con dificultad. Incluso el roce de su cálido aliento en la piel la excitaba hasta el punto de delirar.
—Te quiero... —Katniss se corrigió justo a tiempo— acariciar.
Peeta rió con voz un tanto entrecortada. Tenía la piel húmeda, y Katniss también sentía las minúsculas gotas de sudor que habían brotado en su propio rostro. Sin pensar en las consecuencias, deslizó la lengua por la humedad salada de la mandíbula de Peeta. Peeta tenía una mano en la espalda de Katniss, y la mano la apretó antes de empezar a acariciarla. El movimiento resultaba casi tranquilizador, aunque también impedía que ella se apartara. Claro que en lo último que estaba pensando Katniss era en escapar.
—No te imaginas lo mucho que deseaba besarte —gimió Peeta. Tomó la barbilla de Katniss con la otra mano y le dio otro beso ardiente en sus labios suaves y seductores—. Anoche... —los músculos de su garganta se movieron visiblemente mientras tragaba saliva—. Dios mío, Kat, fue... —profirió un ronco gemido. En aquella ocasión, el beso estaba cargado de ternura.
« ¿Qué estoy haciendo?», se preguntó Katniss. «Peeta no acaba de ofrecerme su alma, sino un matrimonio de conveniencia», se dijo sin miramientos. Era una locura bajar las defensas y responder de aquella manera. Intentó reavivar las brasas de su resentimiento, pero fracasó miserablemente.
—Le has dicho a tu abuelo que nos vamos a casar, ¿verdad?
—Sabía que no podría darte gato por liebre.
Katniss hundió los dedos en el grueso pelo moreno que se rizaba junto a su nuca.
—Pero se te ocurrió intentarlo, de todas formas. Creíste que así me resultaría más difícil decir que no.
Una sonrisa irrefrenable iluminó el rostro delgado de Peeta.
—¡Sabía que querías decir que sí!
Katniss abrió los ojos de par en par. No era solo la audacia y la arrogancia de Peeta las que arrancaron una exclamación de indignación de sus labios, sino su sagacidad. Cerró los dedos con fuerza en su pelo hasta que él elevó las manos en señal de rendición.
—¡Serás... manipulador!
—Me conoces tan bien, cariño... —no había risa en sus ojos cuando la miró—. Y me gustaría que me conocieras aún mejor. Quiero que seas capaz de olvidar dónde acaba Katniss y dónde empieza Peeta.
El tono erótico de su voz la estremeció.
—Ojalá no tuvieras que pasar aquí la noche... —prosiguió Peeta—. No importa, sé que debes quedarte —la tranquilizó cuando ella abrió la boca para hablar. En aquel momento, un llanto lejano la alertó.
—¡Es Josh! —exclamó y se puso en pie—. Tengo que irme.
Durante un instante, Peeta se quedó donde estaba, de rodillas. Resultaba extraño verlo así. Peeta no suplicaba: engatusaba, manipulaba y confundía, pero nunca suplicaba.
—¿Cómo lo sabes? —Peeta frunció el ceño—. ¿Cómo sabes que es Josh?
Katniss lo miró como si acabara de decir una estupidez. Distinguiría el llanto de Josh entre un millón.
—Lo sé, eso es todo —anunció Katniss con impaciencia.
Peeta llegó a la cuna casi al mismo tiempo que la enfermera. Katniss ya estaba tranquilizando al pequeño.
Gracias por sus Follow/Favs y gracias especiales a valeria luis, misaki uzumaki y a X por sus reviews :)
Saludos Maya
