Los personajes le pertenecen a J.K. Rowling y la historia a Johanna Lindsey que se llama Amable y Tirano, yo solo juego con ambos por entretenimiento, no pretendo violar ningún derecho de autor ni nada parecido. Espero que la disfruten


Capitulo 9

- ¿Dónde se le necesita? - exclamó Hermione, incorporándose en la enorme cama. Luego entornó los ojos con suspicacia para mirar al capitán, que descansaba lánguidamente en la silla que ella había desocupado. Por lo tanto, estaba completamente frente a ella y observándola -. ¿Para qué puede necesitarme en medio de la noche?

- Tengo el sueño ligero, ¿sabes? Los ruidos del barco suelen despertarme.

- ¿Y qué tiene eso que ver conmigo?

- Bueno, Herms - adujo él, con el tono que se usa para hablar pacientemente a un niño - , podría necesitar algo. - La joven ya iba a replicar que podía cuidarse sólo perfectamente, pero el capitán agregó - : Después de todo, es tu deber.

Puesto que nadie le había detallado claramente sus obligaciones, Hermione no tenía ningún derecho a negarse. Pero ¿era obligatorio quedarse sin dormir cuando él se desvelaba? Ahora sí que se arrepentía de haber conseguido aquel empleo. Equivalía a servir a un autocrático muro de ladrillos.

Decidió no discutir el tema por el momento, pero necesitaba algunas aclaraciones.

- ¿Se refiere usted a traerle algo de comer de la cocina?

- Sí, eso mismo. Pero a veces sólo necesito que una voz apaciguadora me ayude a dormir. Sabes leer, ¿no?

- Por supuesto - replicó ella, indignada.

Advirtió demasiado tarde que habría podido librarse al menos de una tarea si hubiera respondido negativamente. Eso, en el supuesto caso de que continuara a bordo; en esos momentos deseaba con fervor abandonar el barco. Se imaginó leyéndole en medio de la noche: él, acostado en la cama; ella, sentada en una silla, quizá hasta en el borde del colchón si él se quejaba de que no la oía bien. Habría sólo una lámpara encendida; pero al menos, él estaría soñoliento, con las facciones suavizadas por la penumbra, escondiéndole ese aspecto intimidante... Pero ¡diablos! : tenía que buscar a Hadrid cuanto antes. Sacó las piernas por el costado de la cama, e inmediatamente oyó una áspera orden:

- ¡Acuéstate, Herms!

El capitán se había incorporado en la silla y la miraba con el ceño fruncido ; a juzgar por su expresión, si ella se levantaba él haría lo mismo y además le cerraría el paso hacia la puerta. Y Hermione no tenía suficiente coraje para poner a prueba voluntad tan formidable.

Por amor de Dios, esto es ridículo, se dijo. Pero permaneció tendida mirándolo, casi echando chispas por los ojos. Por un momento apretó los dientes, llena de frustración. Luego insistió:

- Esto no es necesario, capitán. Ya me encuentro mucho mejor.

- Seré yo quien decida cuándo estás mejor, muchacho - repuso con arbitrariedad, volviendo a reclinarse en el sillón -. Todavía estás tan pálido como ese edredón. Te vas a quedar ahí hasta que yo te autorice a levantarte.

La furia iba enrojeciendo las mejillas de Hermione, aunque ella no se daba cuenta.

No podía soportar verlo allí sentado, como un aristócrata de vida regalada. Seguro que era un aristócrata, y lo más probable era que no hubiera movido un dedo en toda su vida. Si ella se encontraba prisionera en ese barco durante varias semanas, aguantando sus innecesarias atenciones, acabaría con los nervios destrozados y detestando cada momento de servicio. La sola idea le resultaba insoportable.

Pero no había modo de salir de ese camarote, como no fuera desafiando abiertamente su autoridad. Y estaba tan imposibilitada para enfrentarse a él como un muchacho de doce años. Aceptada esa conclusión, Hermione, inquieta por su incógnita sobre dónde debería pasar la noche, sacó el tema a colación.

- yo creía, capitán, que todos los camarotes disponibles estaban ocupados.

- Y así es. ¿Qué quieres decir, chico?

- Que no sé dónde quiere usted que ponga mi hamaca, si debo estar cerca por si me llama durante la noche.

Sus palabras motivaron una carcajada.

- ¿Dónde diantres crees que debes ponerla?

El que se divirtiera a su costa la enfureció tanto como los cuidados que no le pedía.

- En ese corredor lleno de corrientes de aire - contestó -. Pero debo decirle, capitán, que eso no me conviene en...

- Basta, muchacho, que me vas a hacer llorar de risa. ¡Qué tonterías! Dormirás aquí mismo, desde luego, como lo han hecho todos mis grumetes.

Era lo que se temía. Por suerte, sabía que no era algo desacostumbrado; eso la salvó de estallar en una indignación virginal que habría resultado totalmente inadecuada, dada la situación. Muchos capitanes alojaban en sus camarotes a los miembros más jóvenes de la tripulación, por simple protección hacia éstos.

Así lo hacía su hermano Fred, por ejemplo, desde que a un grumete suyo lo atacaron e hirieron gravemente tres marineros. Ella no conocía los detalles del caso, pero Fred, furioso, había hecho azotar a los tres atacantes. Sin embargo, este capitán sabía que su grumete tenía un hermano mayor a bordo que podía encargarse de protegerlo. Por lo tanto, si quería tenerlo en su camarote era por conveniencia propia. Pero no podía discutir; no le prestaría atención; además, le había advertido que no quería discusiones. Si ésa era la política acostumbrada del capitán, protestar no tenía sentido. Por lo tanto, sólo quedaba una pregunta por hacer:

- ¿Aquí mismo?, pero ¿dónde?

El señaló con la cabeza el único rincón desocupado de la habitación, a la derecha de la puerta.

- Supongo que eso bastará. Hay lugar de sobra para tu baúl y todo lo que hayas traído. Ya hay soportes para la hamaca en las paredes.

Ella vio los ganchos que mencionaba, separados entre sí por una distancia que permitiría tender una hamaca en el rincón. Le extrañó no haberlos visto el día anterior, al inspeccionar el camarote. Al menos, ese lugar estaba lejos de la cama. Pero Aún así, no había entre esas dos zonas un solo mueble lo bastante alto como para ofrecerle un mínimo de intimidad: sólo la bañera situada tras el biombo, en el otro rincón cerca de las ventanas, y la cómoda entre ella y la puerta. La mesa ocupaba el centro. Todo lo demás estaba a la izquierda de la puerta; la mesa, tras ella; el armario y el aparador, contra la pared de la izquierda; la librería contra la misma pared, pero junto a las ventanas, en el rincón que también ocupaba el escritorio, para aprovechar la luz.

- ¿Te basta, pequeño?

¡Como si estuviera dispuesto a instalarla en otro lado, si decía que no!

- Supongo que sí, pero ¿puedo usar el biombo?

- ¿Para qué?

¡Para tener intimidad, pedazo de bobo! Pero él parecía tan divertido por la pregunta, que Hermione se limitó a responder:

- Era una ocurrencia, nada más.

- Una mala ocurrencia, pequeño. Usa el sentido común. El biombo está atornillado al suelo, como todo lo demás excepto las sillas. Y justamente una de tus funciones es atornillarlas al suelo a la menor señal de mal tiempo.

En esta ocasión, Hermione percibió de inmediato el rubor que le subía a las mejillas. Eso era algo que ella sabía desde siempre: en un barco todo debía estar atornillado, atado o fijo de algún modo, para que no acabara ocupando el sitio que no le correspondía, generalmente después de causar muchos daños en el forzado trayecto. ¿Cómo había podido olvidar algo tan sabido?

- Es que nunca había navegado hasta ahora - replicó, en defensa de su estupidez. - Entonces, ¿eres inglés?

- ¡No! - La negativa fue demasiado áspera y apresurada - .Es decir, he viajado en barco hasta aquí, claro, pero como pasajero. - Al comprender que cada vez parecía más ignorante, agregó con timidez - : La verdad es que no me había fijado en esas cosas.

- No importa. Ya aprenderás todo lo necesario, ahora que eres de la tripulación. No vaciles en preguntar lo que necesites saber, chico.

- Pues ya que ahora tiene tiempo, capitán, ¿tendría la bondad de explicarme cuáles son mis obligaciones, aparte de las que ya ha men...?

Se interrumpió, pues una de aquellas cejas doradas se había enarcado, en un gesto de divertida complacencia. ¿Pero qué había dicho esta vez para que ese hombre sonriera como un tonto? El no prolongó el suspenso.

- ¿Qué tenga la bondad? - Ahora reía a carcajadas -. ¡Por Dios, chico, no sé de bondades desde que tenía tu edad!

- Es sólo un modo de hablar - adujo ella, exasperada.

- Eso es una muestra de buena educación, pequeño. Demasiado buena para un grumete.

- ¿Así que hay que ser maleducado para ocupar ese puesto? Nadie me lo había dicho.

- No te vuelvas respondón, pequeño, si no quieres que te dé un buen tirón de orejas... aunque te las escondas bajo esa condenada gorra.

- Oh, ahí están, capitán, bien puntiagudas y enormes. Por eso las mantengo ocultas.

- ¡Qué desilusión, muchacho! Creía que era a causa de una calvicie prematura. ¿Así que se trata tan sólo de un par de orejas grandes?

Ella sonrió a su pesar. Ese tonto le estaba resultando divertido. ¿Y quién habría pensado que un autocrático muro de ladrillos podía ser divertido? Como si no bastara eso para sorprenderla, ¿de dónde sacaba ella misma el coraje para bromear con él? Y lo más asombroso era que no la hubiera asustado la amenaza de tirarle de las orejas, pese a la seriedad con que la había pronunciado.

- ¡Caramba! - exclamó él, respondiendo a la sonrisa de Hermione - , con que tienes dientes, después de todo. Ya empezaba a dudarlo. Y blancos como perlas, además. Claro, eres joven. Ya se te pudrirán.

- A usted no se le han podrido.

- ¿Acaso insinúas que, siendo tan viejo, ya debería haberlos perdido?

- Yo no he dicho... - Hermione se interrumpió, confundida -. Con respecto a mis tareas, capitán...

- ¿No te las especificó Connie al contratarte?

- Sólo me dijo que debía servirlo a usted, no a los otros oficiales, y cumplir sus órdenes. Pero no me dio detalles.

- Es que a eso se reduce todo, ¿no te das cuenta?

Ella apretó los dientes hasta dominar su enojo. Por fin las palabras volvieron a su boca:

- Capitán Malory, sé que hay algunos grumetes que tienen que ordeñar vacas...

- ¡Por Dios, compadezco a esas pobres criaturas! - exclamó él, con fingido horror. Pero un momento después apareció otra vez su sonrisa -. Por mi parte, puedes quedarte tranquilo. No me gusta la leche. Esa no será una de tus tareas.

- ¿Cuáles serán, entonces? - insistió ella.

- Unas cuantas cosas, podría decirse. Actuarás como criado a la hora de servir la comida, como mayordomo dentro de mi camarote y como sirviente en general. Y como en este viaje no he traído a mi ayuda de cámara, también tendrás que cumplir esas funciones. Nada demasiado agotador, ya ves.

No: sólo servirlo de rodillas, exactamente como ella suponía. Estuvo a punto de preguntar si tenía que frotarle la espalda y limpiarle también el trasero, pero se calló. Ya que él había prometido no darle un tirón de orejas, era mejor no tentarlo. De ninguna manera debía descubrir qué había bajo su gorra. Realmente, su situación era casi cómica.

¡Pero si el grumete de Goerge se limitaba a servirle la comida!

De todos los capitanes que zarpaban de Londres, justo había tenido que caer en las manos de un condenado inglés. Y no sólo era inglés, sino también un aristócrata inútil. No había dado golpe en su vida. De todo esto no le dijo una palabra, naturalmente.

Estaba irritada, pero no loca.

Draco tuvo que sofocar la risa. La muchacha estaba haciendo un esfuerzo colosal para no quejarse por la carga que él acababa de acumular sobre sus hombros. La mayor parte era puro invento, sobre todo lo del ayuda de cámara; hacía más de diez años que no lo tenía. Pero cuanto más tuviera que hacer ella en el camarote, menos trataría con la tripulación. No era cuestión de que otros descubrieran el secreto antes que él. Además, cuanto más tiempo pasara en su camarote, más podría disfrutarla, y su relación se limitaría a ellos dos.

Por el momento, sin embargo, necesitaba poner distancia entre ambos. Al verla así, acurrucada en su cama, su imaginación ya volaba a ciertas cosas que aún debía esperar.

Disciplina, muchacho - se amonestó a sí mismo -. Si no la tienes tú, ¿quién la va a tener? En ese momento, aquello sonaba a chiste. Hacía demasiado tiempo que no se enfrentaba con una verdadera tentación. El autodominio era fácil cuando el aburrimiento apagaba las emociones, pero todo cambiaba cuando éstas emergían con tanta intensidad.

Hermione decidió que no valía la pena continuar con esa irritante conversación. Además, el hecho de mantenerse en silencio podía inducirlo a buscar alguna otra diversión, como, por ejemplo, dirigir el barco. Quizá de ese modo saliera del camarote. Y en cuanto lo hiciera, sería su oportunidad para escaparse de allí. Lo que no se le ocurrió era que él iba a acercarse a la cama para ver cómo estaba.

Últimamente no tenía mucha suerte con los planes improvisados. Al abrir los ojos lo vio allí, inclinado sobre ella.

- Veo que sigues pálido - comentó el capitán -. ¡Yo que estaba convencido de que había logrado tranquilizarte y que te encontrabas mejor!

- Oh, así ha sido, capitán - le aseguró ella.

- ¿Ya no estás nervioso?

- En absoluto.

- Estupendo. Así no tendrás que pasar mucho tiempo en la cama. Pero no hay prisa, ¿verdad? Ahora que lo pienso, no tienes nada que hacer hasta la próxima comida. Te vendría bien una siesta para devolverte el color a las mejillas.

- ¡Pero si no me encuentro...!

- ¡No irás a discutir cada vez que te haga una sugerencia! ¿verdad, Herms?

¿Era necesario ese rostro agresivo, como si fuera a darle un soplamocos? Con su afable cháchara le había hecho olvidar que, después de todo, era un hombre peligroso.

- Ahora que usted lo dice, anoche no dormí gran cosa.

Al parecer, fue la respuesta adecuada, pues la expresión del capitán volvió a cambiar. No era demasiado afable, aunque en realidad nunca lo había sido, pero sí menos severo. Y una vez más mostraba diversión.

- Eres demasiado joven para haber estado haciendo lo que hacían anoche mis otros tripulantes. ¿Qué ha sido lo que te ha mantenido despierto?

- Su tripulación - respondió ella -. Fuese lo que fuese lo que estaban haciendo, sus carcajadas eran demasiado estruendosas.

El se echó a reír.

- Dentro de algunos años, muchachito, serás más tolerante.

- no soy tan ignorante, capitán. Ya sé lo que suelen hacer los marineros durante la última noche en tierra.

- ¿Ah, si? ¿Así que estás familiarizado con ese aspecto de la vida?

Recuerda que eres un niño. ¡Recuerda que eres un niño y, por amor de Dios, no vuelvas a ruborizarte!

- Por supuesto - respondió Hermione.

Lo veía venir: ese endemoniado gesto de la ceja, y la risa brillando en esos ojos tan grises. Pero la previsión no le sirvió de nada al oír la siguiente pregunta:

- ¿Lo sabes de oídas...o por propia experiencia?

Hermione se ahogó con su propia exclamación y pasó diez segundos tosiendo, tiempo que el capitán dedicó a golpearle solidariamente la espalda. Cuando por fin logró respirar otra vez, supuso que debía de tener varias vértebras rotas, gracias a los ladrillos que ese muro tenía por manos.

- No me parece, capitán Malfoy, que mi experiencia o mi falta de ella tengan nada que ver con ese trabajo.

Y aún tenía mucho más que decir sobre esas preguntas poco ortodoxas, pero él la acalló con un simple: - Muy cierto.

Lo cual fue una suerte, pues ella no estaba pensando en esos momentos como un chico de doce años. De cualquier modo, él no había terminado:

- Tendrás que perdonarme, Herms. Tengo la costumbre de ser despectivo, ¿sabes?, y la indignación ajena sólo sirve para inspirarme nuevos ataques. Trata de no tomártelo a pecho, porque, si he de serte completamente franco, tus demostraciones de mortificación no hacen sino divertirme.

Ella nunca había oído nada tan...tan ridículo. Y ese hombre lo decía sin pizca de contrición. Todo era deliberado: las provocaciones, los insultos, las bromas. ¡Que el diablo se llevara a ese canalla! Era mucho peor de lo que había pensado en un principio.

- ¿Y no podría usted evitar esas provocaciones... señor? - sugirió, apretando los dientes.

El capitán emitió una carcajada que parecía un ladrido.

- ¡Me perdería otras joyas de sabiduría como ésa! No, pequeño; yo no renuncio a mis diversiones por ningún hombre, mujer o niño viviente. Después de todo, tengo tan pocas...

- Con que no hay misericordia para nadie. ¿Ni siquiera para los niños enfermos? ¿O por fin me juzga lo bastante recuperado como para levantarme capitán?

- Has acertado con tu primera suposición... a menos que estés suplicando. Eso podría tenerlo en cuenta, ¿Es así?

- ¿El qué?

- Si estás suplicando compasión.

Maldito hombre, que la provocaba poniendo en juego su orgullo. Los niños, a la incómoda edad de doce años, tienen muchísimo orgullo, y sin duda él contaba con eso. Una chica de esa edad no se limitaría a pedir compasión; lo haría llorando a mares. Pero un varón preferiría morir a reconocer que no soportaba unas cuantas burlas, por inmisericordes que fueran. ¿Y cómo tenía que reaccionar ella, por todos los diablos? ¿Una mujer que sólo deseaba abofetear esa cara arrogante, pero que debía reprimirse porque no resultaría adecuado para el papel de Herms que había asumido? Y allí estaba él, con las facciones inexpresivas y cierta tensión en los hombros y el pecho.

¡Como si la respuesta tuviera de verdad alguna importancia para él! Sin duda estaba preparando otro brillante sarcasmo por si ella respondía afirmativamente.

- Tengo hermanos varones, capitán, todos mayores que yo - le explicó fríamente -. Para mí no es nuevo ser objeto de bromas pesadas, provocaciones y burlas. A mis hermanos les encanta... aunque sin duda no tanto como a usted.

- ¡Bien dicho, jovencito!

Para fastidio de ella, el capitán parecía muy complacido. ¡Oh, si al menos fuera posible darle siquiera una bofetada antes de abandonar el Maiden Anne! Pero en ese momento se sintió repentinamente sofocada por toda una serie de emociones inesperadas, pues el hombre se inclinó para cogerla por el mentón, tal como lo había hecho el señor Sharpe al examinarle la cara de lado a lado. Pero a diferencia del señor Sharpe, lo hizo con mucha suavidad, con los dedos extendidos sobre la mejilla izquierda.

- Mucho coraje en alguien que, como dijo Connie, no tiene un pelo de barba a la vista. - Los dedos descendieron lentamente por la tersa mejilla hasta la mandíbula. Al menos, ésta fue la impresión de la confusa Hermione, cuyos sentidos estaban desbocados -. Servirás, pequeño.

Estaba a punto de vomitar otra vez, a juzgar por la sensación extraña que le agitaba la parte inferior del vientre. Pero sus nervios se aquietaron en cuanto el capitán retiró la mano. Y no pudo hacer otra cosa que contemplar fijamente su espalda mientras él salía del camarote.

Las náuseas de Hermione iban aplacándose, pero pasaron al menos cinco minutos más antes de ser capaz de aquietar sus tumultuosos pensamientos lo suficiente para ver que por fin estaba sola en el camarote.

Cuando cayó en la cuenta, su bufido de disgusto fue tan potente que cualquiera que estuviera al otro lado de la puerta lo habría oído. Pero no había nadie, según comprobó abriéndola bruscamente un momento después. Refunfuñando para sus adentros contra los muros de ladrillo y la arrogancia de los aristócratas ingleses, marchó hacia la escalera. Ya había subido la mitad cuando recordó que se le había ordenado dormir una siesta. Se detuvo, mordisqueándose el labio inferior con sus blancos como perlas. ¿qué hacer, entonces? No pensaba volver a la cama de ninguna manera, pese a esa tonta orden. Sus prioridades eran sencillas: buscar a Hadrid y abandonar como fuera el Maiden Anne antes de que resultara demasiado tarde.

Sin embargo, desobedecer la orden de un capitán era un imperdonable atrevimiento. Por lo tanto... debía asegurarse de que el capitán no se enterara. Era sencillo. Pero ¿y si estaba cerca? Dada la suerte que tenía en los últimos tiempos... No, había que ser optimista: si él estaba en las cercanías, esperaría uno o dos minutos a que se alejara o se distrajera, pero no mucho más. Estaba decidida a salir a cubierta, tanto si estaba como si no. En todo caso, aduciría que deseaba echar un último vistazo a Inglaterra, aunque la mentira se le atascara en la garganta. Pero sus temores se desvanecieron en seguida, pues al asomar cautelosamente la cabeza por la escotilla abierta, no halló rastros del capitán.

Por desgracia, tampoco había señales de Hadrid, ni siquiera arriba, donde podría haber estado revisando el cordaje. Subió el resto de la escalera y se dirigió aprisa hacia la proa, sin atreverse a mirar hacia el alcázar, pues desde allí arriba podría ser vista con toda claridad. Poco le faltaba para correr, con la esperanza de no tener que buscar a Hadrid de un extremo a otro. Pero se detuvo en seco en medio del barco. A estribor no se veía otra cosa que el océano. Giró bruscamente la cabeza hacia la popa; allá estaba la tierra que ella esperaba ver. Pero las riberas, que tan desesperadamente necesitaba tener a su alcance, ya apenas se divisaban; la gran mole de Inglaterra se empequeñecía cada vez más tras la estela del barco.

Hermione se quedó mirando con frustración su única posibilidad de abandonar el barco, contemplando ese país que retrocedía con rapidez, perdiéndose en la distancia. ¿Cómo era posible? Levantó la vista a un cielo demasiado cubierto como para calcular la hora. ¿Tan tarde había llevado la comida al capitán? Le bastó una ojeada a las velas henchidas para comprender que el barco navegaba a una velocidad extraordinaria, empujado hacia el mar por vientos de tormenta. Pero ¿era posible que Inglaterra ya hubiera quedado atrás, si aún navegaban por el río en el momento en que ella bajó al camarote del capitán?

De nuevo montó en cólera. De no haberse entretenido ese maldito hombre en fastidiarla con sus provocaciones y sus innecesarios cuidados, ella habría podido liberarse de él para siempre. Ahora... ¡diantre!, estaba atrapada en su barco, sujeta a sus detestables caprichos, y cabía esperar un trato mucho peor que el sufrido esa tarde. ¿Acaso no reconocía él mismo que disfrutaba irritando a la gente hasta sacarla de quicio? Por muy paciente que fuera, y Hermione estaba segura de serlo, ni siquiera ella sería capaz de resistir mucho tiempo impertinencias tal deliberadas. Tarde o temprano acabaría dándole una bofetada o utilizando cualquier otro tipo de defensa femenina que evidentemente delataría. ¿Y entonces, qué?

Dado el cruel sentido del humor del capitán, no podía adivinar su reacción si la descubría. Ciertamente, la fortuna la había abandonado ese día por completo. Incluso había olvidado que debía andar por cubierta con precaución. Sus oscuros pensamientos se interrumpieron ante un rudo golpe en el hombro. Giró en redondo, exclamando con voz cargada de altiva exasperación:

- ¿Qué pasa?

Esa respuesta imprudente le costó un puñetazo instantáneo. El golpe la envió contra la borda; sus pies se deslizaron poco a poco hacia delante, hasta que quedó tendida en el suelo. Fue más la sorpresa que el aturdimiento, aunque le dolía la oreja del golpe. No hacía falta que nadie le indicara su error, pero de todos modos el belicoso marinero erguido a su lado se apresuró a decírselo:

- Vuelve a contestarme de ese modo, piojo descarado, y te arrojaré por la borda como a un escupitajo. ¡Y que no vuelva a verte estorbando el paso!

Había espacio suficiente como para que el hombre pudiera pasar. No era corpulento, más bien flaco y menudo. Pero Hermione no dijo nada. Estaba demasiado ocupada en quitar de en medio las piernas, ya que él estaba a punto de apartárselas a puntapiés. Mientras tanto, en el alcázar, Conrad Sharpe se veía en serias dificultades para impedir que el capitán saltara por encima de la barandilla a la cubierta, como había intentado hacer al ver que golpeaban a la muchacha. Tampoco era fácil contenerlo sin que se notara.

- ¡Basta, Hawke! Ya ha pasado lo peor. Si intervienes ahora...

- ¿Quién habla de intervenir? ¡lo que quiero hacer es romperle todos los huesos a ese hombre!

- Bien, brillante idea - contraatacó Connie, sarcástico -. No se me ocurre un modo mejor de demostrar a la tripulación que el pequeño Herms no debe ser tratado en absoluto como un grumete, sino como propiedad personal del capitán. Lo mismo daría que le arrancaras esa estúpida gorra y le pusieras faldas. Sea como fuere, sólo conseguirías que todos los hombres fijaran su interés en ese amiguito, hasta descubrir qué tiene de especial para que tú estés dispuesto a cometer un asesinato por él. Y no me mires con la ceja levantada, condenado idiota. Tus puños serían un arma letal para alguien de ese tamaño. Lo sabes perfectamente.

- Está bien. Me conformaré con hacerlo pasar por la quilla.

Al percibir ese tono seco, indicativo de que Draco había recobrado el buen tino, Connie se apartó de él con una gran sonrisa.

- No, no lo harás. ¿Qué motivo aducirías? La muchacha ha contestado con descaro. La hemos oído desde aquí. No hay a bordo un solo hombre que no hubiera actuado como Tildes ante semejante provocación de un simple grumete. Además, parece que el hermano va a ocuparse del asunto. A nadie le extrañará que él acuda en defensa del crío.

Los dos observaron cómo Rubeus Hadrid se lanzaba sobre Tildes y lo levantaba en vilo en el momento en que iba a asestar un puntapié a la muchacha. El marinero quedó colgado de los puños del escocés por la pechera de su camisa a cuadros. Y aunque Hadrid no levantó la voz, su advertencia resonó por toda la cubierta.

- Si vuelves a ponerle la mano encima, amigo, tendré que matarte.

- Se expresa bastante bien, ¿no? - comentó Draco.

- Al menos a nadie le llamará la atención... él, claro.

- Te has hecho entender, Connie. No hace falta que insistas. ¿Qué diantre estará diciendo la chica al escocés?

La joven se había levantado y hablaba con su hermano en voz baja, pero severa. Tildes seguía suspendido en el aire .

- Parece que está tratando de calmar los ánimos. Inteligente, la niña. Sabe de quién es la culpa. Si ella no hubiera estado por ahí, mirando como una tonta...

- En parte, la culpa es mía - interrumpió Draco.

- ¿Ah, si? Tal vez no me he fijado bien. No he visto cómo la dejabas clavada a la cubierta, por ejemplo.

- Con que estamos graciosos... Pues mira, amigo, a mí no me hace gracia.

- ¡Que lástima! A mí sí. - Connie sonreía sin arrepentimiento -. Pero como veo que te mueres por demostrar tu nobleza, anda, confiesa por qué te crees responsable de la imprudencia de la niña.

- No es que lo crea; estoy seguro - contraatacó Draco, fulminando a su amigo con la mirada -. En cuanto me reconoció decidió abandonar el barco.

- ¿Eso te dijo?

- No hacía falta. Se le veía claramente en la cara.

- Detesto detenerme en detalles, viejo amigo, pero el caso es que aún está aquí.

- Por supuesto - le espetó Draco - , pero sólo porque yo la he estado reteniendo en mi camarote hasta que ya era demasiado tarde para poderse largar a nado. Si se ha quedado en la cubierta como pasmada, es porque ha visto cómo se perdía en la distancia su única posible escapatoria... y probablemente estaba maldiciéndome al mismo tiempo.

- Bueno, creo que no volverá a cometer el mismo error... El de estorbar el paso, quiero decir. Generalmente un buen puñetazo en la oreja es una buena lección.

- Pero se ha ganado la enemistad de Tildes. Artie también habría querido darle un puntapié en el trasero. Si no lo hizo fue porque yo estaba presente. ¡Deberías haber oído la autoridad con que ella le daba órdenes!

- No supondrás que el crío es una verdadera dama, ¿o sí?

Draco se encogió de hombros.

- No lo sé, pero tiene experiencia en mandar a subordinados. Además, ha recibido una buena educación... o sabe imitar a la gente educada.

Connie acabó por perder el sentido del humor.

- Maldita sea, eso cambia las cosas, Hawke.

- ¡Ni pensarlo! No he sido yo quien la ha vestido con esos pantalones. Y tú., ¿por quién diantres la habías tomado? ¿Por una ramera del puerto?

El silencio del primer piloto fue respuesta suficiente, y acabó por arrancar una breve carcajada a Draco.

- Bueno, ya puedes dejar la caballerosidad, Connie. No te sienta mejor que a mí. Sigo pensando que esa astuta mocosa quizá sea una princesa. Pero por el momento, y mientras yo no diga lo contrario, es mi grumete. Ella misma eligió el papel y voy a dejar que siga representándolo.

- ¿Por cuánto tiempo?

- Por tanto como yo pueda resistir. - Al ver que el escocés dejaba en libertad a su víctima, el capitán exclamó - : ¡Caramba, no le ha dado siquiera un buen golpe! Yo le habría...

- ...roto todos los huesos, ya lo sé. - Connie suspiró - .Me parece que te estás tomando el asunto demasiado a pecho.

- En absoluto. Estando yo presente, nadie golpeará a una mujer sin recibir su castigo.

- ¿Qué son esos nuevos sentimientos? ¿Han surgido después de zarpar? Vamos, Drake, amigo - agregó con gesto apaciguador, viendo que Draco se volvía fulminante contra él -. Guarda esas miradas asesinas para los tripulantes, en quienes quizá también surtan... Está bien - se corrigió de mala gana, viendo que Draco daba un paso hacia él -. Retiro lo dicho. Eres el caballero andante defensor del honor de todas las mujeres.

- Yo no diría tanto... Connie recobró al instante el buen humor ante la expresión horrorizada de su amigo.

- Tampoco yo, si hoy no estuvieras tan susceptible, hombre.

- ¿Susceptible yo? ¿Sólo porque quiero castigar a ese fulano por meterse con una mujer?

- Veo que es preciso volver a los detalles. Recuerda que Tildes ignora que se ha metido con una mujer.

- Eso es irrelevante, pero lo acepto. Por meterse con una criatura, entonces. No soporto ni una cosa ni la otra. Y antes de que abras el pico para defender otra vez a esa sabandija, dime: ¿crees que se habría apresurado tanto a apartar del paso a coscorrones a un hombre como Hadrid?

El primer oficial se vio obligado a reconocer: - Creo que habría dado un rodeo.

- En efecto. Ahora bien, ya que has descartado todos los castigos que he sugerido para esa tendencia a fanfarronear, y puesto que el escocés me ha desilusionado al limitarse a hacerle una mera advertencia...

- Creo que ha sido la muchacha quien se lo ha aconsejado.

- Eso también es irrelevante. Sus deseos no vienen al caso. Por lo tanto, la próxima vez que vea al señor Tildes, quiero que sea con el misal en las manos...

Draco se refería a la piedra blanda que se usaba para restregar los rincones difíciles de la cubierta, tarea que debía efectuarse de rodillas. Una vez mojada la madera, preferiblemente por la lluvia, a fin de no tener que acarrear agua, se esparcía arena sobre toda la cubierta. Luego se utilizaba una piedra arenisca grande, arrastrándola de proa a popa por medio de largas sogas sujetas a los extremos. El mismo procedimiento se repetía en los rincones con un asperón más pequeño puesto en manos y rodillas. Era realmente una de las tareas más desagradables de a bordo.

- ¿Quieres hacerle limpiar una cubierta que está impecable? - preguntó Connie.

- Durante cuatro guardias consecutivas, al menos.

- ¡Por Dios, Hawke! Si lo tienes dieciséis horas de rodillas se quedará sin pellejo. Manchará de sangre toda la cubierta.

Su observación no alteró la decisión de Draco.

- En efecto. Por lo menos salvará los huesos.

- Supongo que ya sabes que con eso sólo conseguirás aumentar el odio de Tildes contra tu chico .

- En absoluto. Seguro que, obviando este incidente, podemos encontrar en Tildes algún otro motivo que justifique ese leve castigo. Aunque sólo sea su ropa inadecuada o su aspecto personal. ¿No crees que ha de tener la camisa bastante arrugada, después de haber pasado por los puños de Hadrid? Sea cual sea la falta que le descubras, el buen hombre se resentirá contigo y no con Herms.

- ¡Muchísimas gracias! - repuso el primer oficial, sardónico -. Bien podrías olvidar el asunto, ¿no te parece? Si ellos lo han hecho...

Draco observó a los dos Hadrid, que se encaminaban hacia el castillo de proa. Herms se apretaba con una mano la oreja magullada.

- Lo dudo. Por mi parte, no pienso olvidarlo. Así que deja de poner objeciones a mis castigos, Connie. O el misal, o el gato de nueve colas. Y si te preocupa que la cubierta se manche de sangre...


Buenas! Como andan por acá? Están teniendo noticias mías tan pronto porque me despejé un rato de mis repasos con este nuevo capitulo que les traje :) Espero que les guste y disfruten las maldades que le hace Draco a Hermione

Gracias por los comentarios! No pienso abandonar la historia, se los juro jajajja.

Gracias por leer y díganme que piensan de como va dándose la historia en los comentarios, los espero!

Besos, Isa.