CAPITULO 9

Comenzó a dar brazadas, con la esperanza de que el ejercicio lo ayudaría a liberar la tensión, pero cuando llegó al otro extremo se sentía igual de acalorado.

¿Qué había reavivado aquella atracción que había creído enterrar años atrás? ¿Habría sido por el niño, el desconcierto de descubrir que tenía un hijo? La primera vez que la había visto con el crío en los brazos lo habían invadido los celos, y por absurdo que fuese hasta se había sentido traicionado.

No podía dejar que Sakura descubriese jamás que había logrado abrir una brecha en sus defensas. Aspiró una boqueada de aire y se sumergió de nuevo, tratando de apartarla de su mente.

Cuando Sakura bajó con Naruto al comedor la mañana siguiente, se encontró con Sasuke sentado a la mesa, leyendo el periódico con una taza de café y un plato de huevos revueltos con beicon delante.

– ¿Hemos bajado muy tarde? –le preguntó–. Ha debido de sonar el despertador, pero supongo que lo he apagado y me he vuelto a quedar dormida.

No pasa nada; le dije a Jiraiya que esperara para que no tuvierais que tomaros el desayuno frío –contestó Sasuke, alzando la vista sólo un momento–. ¿Qué quieres que os traigan?

Sakura trató de ignorar su actitud desdeñosa y puso un par de cojines sobre una de las sillas para luego aupar a Naruto y sentarse a su lado.

–No querríamos causar molestias; bastará con un poco de fruta y café para...

–El chico necesitará algo con más sustancia –la interrumpió Sasuke, girando la cabeza hacia ella.

Sakura lo miró, irritada.

–Por supuesto que no espero que tome sólo eso; me refería a mí –le contestó–, pero Naruto tampoco suele comer mucho en el desayuno. Con unas rodajas de fruta y un tazón de leche con cereales bastará.

– ¿Y huevos revueltos, mamá? ¿O tostadas? –inquirió el pequeño con expresión esperanzada.

Sasuke le lanzó a Sakura una mirada sarcástica, pero ella no le prestó atención y le dijo a Naruto:

–Sólo si te tomas antes la fruta.

El niño se apresuró a asentir y esbozó una amplia sonrisa, muy ufano de haberse salido con la suya.

Menudo pillo estaba hecho..., pensó Sakura con cariño, sonriéndole también y despeinándole el rizado cabello.

Cuando alzó la vista se encontró con Sasuke mirándola fijamente, de un modo extraño, pero antes de que pudiera decir nada se abrió la puerta del comedor y entró una joven rubia vestida con unos vaqueros y una blusa estampada.

–Sakura, ¿verdad? –le preguntó, acercándose sonriente a la mesa y tendiéndole una mano.

Tenía bastante acento, y Sakura comprendió que debía de tratarse de Ino.

Se inclinó hacia delante y le estrechó la mano, sonriendo a su vez.

–Y tú tienes que ser Ino, la prometida de Itachi.

–La misma. ¿Y este hombrecito tan guapo, quién es?

–Mi hijo Naruto –contestó Sakura algo tensa, esperando que le hiciera la inevitable pregunta.

Sin embargo, Ino no inquirió acerca del padre del niño, sino que rodeó la mesa y se acuclilló junto a él.

– ¿Qué es lo que más te gusta hacer, Naruto?

– ¡Me gusta jugar a los trenes! –exclamó el chiquillo antes de empezar a imitar el «chu-chu» de éstos.

Ino se echó a reír.

–Bueno, yo de trenes no entiendo mucho. A mí lo que más me gusta son las flores. Me encanta cavar en la tierra, cuidar de las plantas, regarlas...

–A mí me gusta jugar con la tierra, pero me gustan más los trenes –la interrumpió Naruto, haciéndola reír de nuevo.

–Bueno, pues tendrás que enseñarme a jugar a los trenes –le dijo antes de incorporarse–. Ahora voy a ir a hacerle una visita a Shizune.

– ¿Shizune? –repitió Sakura.

–La cocinera. Hace unos platos riquísimos –le explicó Ino–. Espera a probar sus...

– ¿Huevos revueltos? –la interrumpió Naruto de nuevo.

– ¿Tú quieres huevos revueltos? –le preguntó ella. Naruto asintió con vehemencia.

–Y tostadas.

– ¡Hecho! Pues se lo diré a Shizune para que te lo prepare. Yo tampoco he desayunado todavía, así que desayunaré con vosotros –le respondió.

–Por favor, pídele también que le ponga una manzana troceada y un tazón de leche con cereales –intervino Sakura.

–De acuerdo; ¿y tú qué quieres tomar?

–Un café y una pieza de fruta.

– ¿No quieres nada más? ¿No te apetece un cruasán con mermelada o un huevo pasado por agua?

–No, gracias, con el café y la fruta está bien.

Ino asintió y Sakura la siguió con la mirada mientras salía del comedor. No le extrañaba que aquella joven alegre, amable y diligente hubiese conquistado el corazón de itachi.

Ino regresó a los pocos minutos, cargada con una bandeja en la que llevaba todo lo que había preparado la cocinera para Naruto y Sakura. Sasuke por fin dejó el periódico y se puso a desayunar también, pero se comportó del modo más grosero posible, pues permaneció callado todo el tiempo, excepto cuando se dirigían expresamente a él. Tampoco era que le importase demasiado; Ino era un encanto.

No sólo se había ofrecido a cuidar de Naruto cuando fuese después al hospital con Sasuke para hablar con su madre, sino que además fue sincera con ella y le confesó que estaba algo nerviosa con respecto a la boda.

–A mí eso de cientos de invitados, un gran banquete y todo lo demás no me va, pero Itachi dice que es la clase de boda que su familia espera que hagamos, y sé que la mía también, así que confío en tu criterio y en tu experiencia, Sakura. Únicamente me gustaría poder tener la última palabra sobre el sitio donde se celebre el banquete y la tarta –le dijo tras apurar su café y limpiarse delicadamente con la servilleta–. Y me gustaría que me aconsejaras sobre el vestido.

–Por supuesto; y no te preocupes, haré todo lo posible para que no sólo vuestras familias disfruten ese día, sino también vosotros; al fin y al cabo sois los protagonistas.

–Gracias –le dijo Ino con una sonrisa antes de ponerse de pie–. En fin, os dejo. Voy al gimnasio a sudar un poco. Luego nos vemos.

Cuando se hubo marchado, un tenso silencio cayó sobre el comedor, y Sasuke volvió a tomar el periódico.

Sakura comenzó a cortar en rodajas la naranja que había estado pelando. Se sentía demasiado llena para comérsela entera, así que puso dos rodajas en el plato de Naruto, que pinchó una con el tenedor y se la metió de golpe en la boca, haciendo que el zumo le chorreara por la barbilla.

Sasuke le lanzó una mirada desaprobadora y murmuró:

–El chico puede levantarse ya de la mesa si quiere.

–Naruto –lo corrigió Sakura, irritada–; su nombre es Naruto

–Es un nombre ridículo, por amor de Dios.

–Es su nombre –replicó ella–, y se levantará de la mesa cuando haya terminado de comerse la naranja.

Sasuke se echó hacia atrás en el asiento.

– ¿Por qué te molesta cómo lo llame?

–Porque es una persona, con un nombre.

Naruto, ajeno por completo a la tensión entre ellos, dejó el tenedor sobre el plato, tomó la otra rodaja con la mano y, antes de que Sakura pudiera detenerlo, se bajó de la silla.

Para su espanto, el pequeño fue junto a Sasuke y le ofreció la goteante rodaja. Sakura, que se había quedado paralizada por un instante, se apresuró a levantarse. No quería ni pensar que Naruto pudiera manchar el caro traje de Sasuke. Éste no estaba acostumbrado a los niños de tres años, y sin duda explotaría y empezaría a gritarle.

Para su sorpresa, sin embargo, Sasuke tomó la rodaja de naranja y se la metió en la boca. Cuando se la hubo tragado, sonrió al chiquillo y le dijo:

–Estaba riquísima; gracias, Naruto

El niño se rio, y para horror de Sakura se puso a dar palmadas en la pierna de Sasuke, pringándole el pantalón mientras repetía una y otra vez:

– ¡Riquísima, riquísima!

Sakura lo alzó en brazos antes de que pudiera estropearle más el traje.

–Lo... lo siento muchísimo –le dijo azorada a Sasuke.

Éste, sin embargo, se encogió de hombros y sonrió de nuevo a Naruto

–No pasa nada; lo mandaré a la tintorería –respondió.

Se quitó la servilleta del regazo, y después de humedecer un pico de ésta en su vaso de agua, se puso a frotar la mancha con ella.

Sakura se quedó mirándolo, anonadada, antes de recobrar la capacidad de reacción.

–Voy a... voy a llevar a Naruto arriba para lavarle las manos –balbució.

Sasuke asintió sin mirarla.

–Regresaré a las doce para llevarte al hospital para que puedas hablar con mi madre –le dijo.

–De acuerdo –murmuró Sakura.

Se dirigió hacia la puerta con Naruto en brazos, que se despidió de Sasuke por encima de su hombro antes de susurrarle al oído:

–Me cae bien.

Cuando llegaron al hospital y entraron en silencio en la habitación de Mikoto, a Sakura se le encogió el corazón al verla postrada en cama, al verla tan frágil.

Sin embargo, cuando Sasuke cerró detrás de ellos, el suave chasquido hizo que su madre abriera los ojos. En cuanto los vio se le iluminó el rostro.

– ¡Sasuke! ¿Ya estás de vuelta? ¡Oh, y traes a Sakura! –exclamó, e intentó incorporarse, olvidándose de la vía de goteo que tenía en la mano y los cables que sobresalían por debajo de las sábanas.

–Mamá, no te levantes; quédate echada –la reprendió Sasuke, yendo a su lado en dos zancadas.

–No seas tonto, hijo; me encuentro bien –replicó ella–. Anda, levanta el cabecero de la cama.

Mientras Sasuke lo ajustaba, Sakura se acercó vacilante. El brillo indómito en los ojos de Mikoto era el único reflejo que parecía quedar de la mujer fuerte y orgullosa que recordaba.

–Debo de tener un aspecto horrible, ¿verdad?

Sakura esbozó una sonrisa y se inclinó para besarla en la mejilla.

–Tonterías; la belleza nace de dentro; y tú eres una persona maravillosa, Mikoto.

La madre de Sasuke le rodeó el cuello con los brazos y la estrechó contra sí.