Buenos días/tardes/noches o lo que sea que tengáis dónde quiera que estéis lectores:

He vuelto, recuperándome (estuve enferma, como pudisteis leer en mi Twitter si es que me seguís) y traigo el midotala prometido, no pienso dejarlo a medias.

Espero que continuéis leyéndome y podáis perdonar el retraso en la publicación a pesar de que dije que si me estaba muriendo publicaría igual, pero resulta que no es tan fácil cuando pasa.

De nuevo, lo lamento, pero aquí os traigo el cap:


Takao había adquirido una rutina diaria: se levantaba y se duchaba, trabajaba en la lavandería –a la que Hanamiya jamás volvió– comía y pasaba la tarde con Kimura y los chicos. A la hora de la siesta iba a la biblioteca y estudiaba, se había informado de como sacar un curso con facilidad, de abogacía, ni más ni menos, Takao era un muchacho inteligente. Lo hacía todos los días menos los martes y viernes, que era los días que le tocaban con Midorima, ya que hacía dos meses le había dicho si se podían ver dos veces a la semana. Hablaban del caso y la mayor parte de las veces se acostaban, porque había pasado a ser algo recíproco. Takao se deshacía en gemidos sobre aquella mesa todas las veces que el oficial se lo pidiese, no podía decirle que no, tanto por miedo como por sus sentimientos.

Justamente, era viernes, por lo que se encontraba en la oficina con Midorima. La persiana estaba entreabierta y se colaba un poco de luz, ya estaban en verano y el Sol abrasaba en la piel. Los uniformes de los presos eran igual a los de invierno con la única diferencia de ser de manga corta, y las camisetas interiores eran optativas.

Según sabía el oficial, se habían encontrado incongruencias en el caso de Takao y había salido a flote una conexión que antes no se había visto en el del narcotráfico. En el caso de Takao las pruebas no eran concluyentes y la posibilidad de que hubiesen sido colocadas ahí a propósito cada vez tomaba más fuerza en el juicio. Por otra parte, en el caso narcotráfico, no se habían encontrado culpables, y sabía que sería imposible, ya que había sido obra de la mafia. Pero gracias a la reapertura, Midorima había descubierto algo que los demás no, un nombre. Un joven de la misma edad que Takao, llamado Reo Mibuchi, había quedado huérfano de igual forma que él y habían ido juntos al mismo orfanato, aunque este no lo recordase. Midorima ahora trataba de localizarlo, pero le estaba resultando complicado, los papeles de su identificación habían desaparecido.

Shintarõ dejó escapar el humo de sus labios mientras mantenía una conversación por el móvil. Takao estaba encima suya, ambos en la silla del despacho. Tenía las piernas recogidas a cada lado del oficial y la cabeza contra su pecho, rozándolo con los dedos mientras el oficial hablaba. Se había puesto la gorra negra del uniforme sobre su cabeza y la movió un poco recolocándola, ya que le venía algo grande.

Midorima asintió varias veces, repitiendo un sí constante a cada cosa que le decían y colgó el teléfono, dejándolo en la mesa. Dio la última calada al cigarrillo antes de apagarlo y, antes de expulsar el humo, Takao le besó, colando su lengua. Apretó la colilla contra el cenicero y rodeó a Kazunari, correspondiéndole. El humo se escapó cuando se separaron, Midorima serio como todas las veces, aunque con aquel ligero destello en sus ojos, y Takao sonriendo ladino, sujetando el cuello del oficial con una mano y la gorra con la otra, para evitar que se cayese.

Shintarõ le sujetó por la cintura y lo levantó según se levantaba él mismo, para después dejarlo contra la mesa y comenzar a quitarle el uniforme.

Aunque Hanamiya hubiese vuelto a merodear por la cárcel, no cumplió su promesa, es más, ni se acercó a él, por un mes entero. Kazunari pensaba que por fin se habían dado por vencidos y le dejarían vivir en paz, pero no podía estar más equivocado.

Al inicio de un nuevo mes, Takao fue a la biblioteca en la hora de la siesta, como venía haciendo desde bastante tiempo. Aprovechaba aquella hora para estudiar, estaba a punto de licenciarse en el curso. Saludó al hombre que montaba guardia, exactamente como todos los días. Siempre que iba sólo saludaba a los guardias y a los oficiales, al principio cordial y luego con un poco más de confianza. Al ser el único que iba a esa hora a la biblioteca, con un permiso que había conseguida explícitamente a través de Midorima, había ganado algo de compañerismo.

Cogió los libros adecuados y sus libretas, las cuales ya le dejaban guardar allí. Se sentó en su mesa de costumbre, en pocas semanas haría el último examen y tendría su certificado. Aprovechó bien el tiempo y, cuando fue la hora, satisfecho consigo mismo, guardó las cosas y se encaminó al patio. Atravesó los pasillos que ya se sabía de memoria y llegó al comedor, el punto principal que unía los caminos. Se dirigió hacia la puerta del patio, pensando en si Kimura tendría cigarrillos, pero justo entonces un puño se encajó en su estómago. La fuerza del golpe le hizo tambalearse hacia atrás, sujetándose la zona dolorida.

Levantó la vista y vio la siniestra sonrisa de Hanamiya, quién le sacó la lengua. Se acercó a Takao y le tiró del pelo, para que levantase más la cabeza.

–Se te acabó el cuento, preciosa. Vamos a ver qué tal le parece a tu querido oficial ver a su puta destrozada. – volvió a asestarle un golpe en el estómago, en la misma zona de antes.

Kazunari se dobló por el dolor y le dio un puñetazo también. Hanamiya le empujó y le hizo caer al suelo, dónde aprovechó para darle varias patadas, con toda la fuerza que pudo reunir. Varios presos comenzaron a rodearles, formando un círculo imperfecto a su alrededor. A duras penas, Takao se puso sobre una de sus rodillas. El otro preso le sujetó por la solapa del uniforme, tirando hacia arriba, obligándolo a ponerse de pie. Comenzaba a formarse bulla, los presos gritando y alzando los brazos. El más bajó intentó empujarle, con las dos manos, pero no tenía la fuerza suficiente. Hanamiya le dio un puñetazo, partiéndole el labio contra los dientes, haciendo que algunas gotas de sangre acabasen en el suelo. Sus amigos estaban siendo retenidos por los compañeros de Hanamiya. Takao no tenía experiencia en pelea cuerpo a cuerpo, a diferencia de su agresor.

–Tu chulo no vendrá a salvarte, princesa. Le toca guardia justo en el otro extremo, ¿o no lo sabías? – Hanamiya volvió a pegarle con ímpetu, mientras le insultaba.

Takao comenzó a marearse, dando pasos hacia atrás intentando esquivar al otro. Cayó al suelo mientras retrocedía, haciéndose daño en la espalda. El dolor se desplegó en una sensación de quemazón, como si tuviese fuego en todas las zonas en las que había sido golpeado. Su agresor se colocó encima suya a horcajadas y le sujetó por la ropa, levantándolo levemente y golpeándole una y otra vez en la cara con su puño derecho. Estaban rodeados por el resto de reos y no veía guardias por ninguna parte. La cara de Hanamiya comenzó a desenfocarse, el dolor era continuo y sentía el pecho oprimido por el peso del otro prisionero, por lo que no respiraba bien. Hanamiya volvió a alzar el puño, ya ensangrentado y con los nudillos despellejados, volviendo a asestarle de nuevo en la mejilla.

Kazunari tenía la cara magullada, sangre saliendo de su nariz y su boca, el color rojo expandiéndose por su piel ante el maltrato. Por detrás de su agresor vio como el círculo se estaba rompiendo: el oficial Aomine estaba empujando a los presos hacia los lados, haciéndose paso hasta llegar al frente. En ese momento Hanamiya volvió a pegarle, y su visión se nubló aún más.

Hanamiya era muy fuerte, tenía los brazos fornidos y potentes, y en su personalidad no cabía la piedad. Parpadeó varias veces, recuperando la visión, todavía confusa. Vio la silueta difusa del preso delante, preparándose para volver a pegarle, Kazunari dejó de resistirse, dio la batalla por perdida, casi despidiéndose. De reojo vio por detrás al oficial Aomine llegando donde ellos y siendo empujado hacia un lado por Midorima, quién se acercaba corriendo. Más guardias comenzaban a calmar a los otros presos. El recluso le pegó una última vez, estampando su mano con más fuerza aún si era posible en su mejilla, provocando que su piel chocase en los dientes y su cabeza se girase con violencia, haciendo que su pelo ensangrentado salpicase las gotas más lejos.

La cara alarmada del oficial Midorima pasó al enfado, marcado en su rostro, comprimiendo los labios con fuerza y tensando los brazos. Tiró del cuello de Hanamiya, haciendo que se levantase. El reo por acto reflejo cerró el puño con fuerza y le golpeó de lleno en la cara, haciendo volar sus gafas. Midorima le encaró, sujetándole por el uniforme y tirando hacia arriba, por lo que el recluso tuvo que quedarse de puntillas, poniéndolo frente a frente, las cejas en una diagonal hacia el centro, iracundo.

–No toques lo que no es tuyo. – Susurró, o más bien escupió las palabras, y después le pegó con la porra, haciendo que cayese al suelo en el acto. Takao no pudo ver más, sus ojos se cerraron con cansancio y dejó a su cabeza reposar sobre las baldosas del comedor, blancas, con salpicaduras escarlata de su propia sangre esparcidas cerca suya, mientras la acumulada en su boca corría por sus comisuras.


Eso sí, ha sido un poquillo a dar donde duele, pero las palizas en la cárcel es un estereotipo que me resultaba demasiado atrayente como para no utilizarlo.

Siento mucho hacer que odiéis a Hanamiya (?)

Intentaré volver a publicar asiduamente los viernes/sábados, esperemos que no vuelva a enfermar.

Agradezco a todos aquellos que me sigan leyendo, gracias por eso y los comentarios.