Capítulo beteando por Jocelynne Ulloa, Beta FFAD.
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MY BLACK ROSE.
Los personajes de esta historia no me pertenecen, la trama es mia.
Capítulo 9.
—No le lleve la contraria señorita. Acepte el consejo, sólo es por su bien—. Los parpados me pesaban y los mantenía cerrados, pero todo aquel esfuerzo era en vano. De nada serviría dar la espalda a la realidad. Estaba en el infierno y mi carcelero era el mismo Demonio. Noté como mis mejillas volvían a mojarse y mientras era transportada en brazos de aquel individuo de voz apacible, pensé en mi hermana Alice, Carlisle y mi antigua vida antes de volver a mi pasado, aquel donde ahora me hallaba metida, colapsada por todos mi miedos y casi rozando la locura.
Oí una puerta que se abría y se cerraba casi inmediatamente, a continuación en mi espalda la suave y mullida sensación de una cama.
—Con permiso, señorita—. Oí los pasos y de nuevo el sonido de la puerta. Abrí los ojos con desesperación y salté de la cama automáticamente, completamente aterrorizada. Debía de salir de allí, desaparecer fuese como fuese.
Busqué entre las paredes alguna ventana, pero el maldito las había tapiado todas y no se podía ver nada del exterior. Busqué con la mirada algún velorio o una gruesa barra donde pudiese anudar las sabanas y volar fuera de aquel mundo abominable donde me hallaba apresada, pero… no. El bastardo se había asegurado bien que esta vez no intentara suicidarme. Quizás quería hacerlo él mismo, después de hacerme Dios sabe qué perversiones.
Me di cuenta que estaba temblando con fuerza y me aovillé en una esquina de la habitación, esperando que apareciese en cualquier momento. Cuando la puerta se abrió y pude ver su inconfundible silueta entrar, los dientes comenzaron a castañearme de manera brutal.
— ¿Qué haces ahí?—. Su voz deliciosamente falsa, como su maravilloso aspecto me hizo tragar en seco. Lo escuché reír de manera sombría, parándose frente a mí escandalosamente desnudo. —Me enfadas, Isabella…no, no me enfadas—. Suspiró hondo y alzó la voz. — ¡Me haces quedar como una puñetera mierda delante de todos mis súbditos, jodida hija de la gran puta!
La garganta se cerró y casi reí de felicidad delante de aquel ser sin sentimientos, podía tener suerte y aquello que comenzaba a sacudirme podía ser algún síntoma de mi próxima muerte. Sus brazos me buscaron y me alzaron sacudiéndome con fuerza mientras me tomaba y me disponía erguida ante él.
—Te ordeno que hables—. Siseo entre dientes. Sus ojos se veían con un terrible brillo fiero y me estremecí de cabeza a pies. —Te recuerdo que tu dulce hermanita puede pagar tu falta de tacto conmigo Isabella.
Agaché la cabeza y asentí débilmente, no podía dejar que aquel ser repugnante tocara a mi hermana, la sola idea de que aquello aconteciera, me hacía perder las fuerzas y abandonarme al vacío.
—¡No te desmayes!—. Gritó sacudiéndome y haciéndome casi volar de nuevo a la pared. Sentí el golpe en mi cabeza, la sangre en mi boca al morder el labio en el impacto, caí como una muñeca vieja en el piso y temblorosa. Me aparté el cabello del rostro, para encararlo. Si debía de aceptar mi destino tendría que hacerle prometer aquel depravado que no iría en busca de mi hermana.
—No quiero que toques a Alice—. Susurré, limpiando la sangre de mis labios, arrastrando la mano sobre ellos. —Quiero que lo prometas—. Enuncié con la voz resquebrajada por los temblores de mi propio cuerpo.
Su boca se ensanchó de aquel pozo perfecto de marfil y carne, surgiendo una carcajada malvada que me heló la sangre.
—No te atrevas a ordenarme, Isabella. Debes aprender a pedirme cariñosamente lo que necesitas, tus deseos y tus ruegos…—. Chasqueó la lengua y apartó la mirada de mi rostro. —No creas que eres especial para mí, no tengo porqué prometerte nada. Estoy comenzando a pensar que solo eres un dulce coño virgen que follar—. Sus ojos me escrutaron con lentitud, dejándome la boca seca. —Y ahora levántate y déjame que vea ese cuerpo desnudo.
Jadeé sorprendida y me enderecé como bien pude del suelo, sin apartar mi mirada de la suya. Él perturbado, había comenzado a sonreír y masajeaba su miembro viril hinchado sin dejar de mirarme. No pude evitar que mis ojos volaran hacia aquella zona de su cuerpo. Él se dio cuenta y rió de manera asquerosamente malvada. La vergüenza me atormentó unos segundos, justo antes de que él tocara mis caderas enfundadas en aquel blanco camisón.
—Tu mirada inocente me pone muy, muy cachondo Isabella—. Sonrió girando el rostro hacia un lado y se paseó los dedos por su cabello. —Me da la sensación que no podré cabalgarte como te mereces pequeña mosquilla muerta, antes tendré que enseñarte a mamármela. ¿Le has mamado la polla a alguien antes, Isabella?
Su mandíbula comenzó a tensarme y pude ver que en sus ojos brillaba una ira descomunal, esperando mi respuesta.
—No—. Susurré entrecortadamente.
Él pareció suspirar aliviado y sonrió caminado un nuevo paso hacia mí.
—Pero primero quiero que me muestres todo lo que escondes, todo lo que solo yo tendré el honor de ver, ningún otro más.
Sus manos se acercaron de nuevo a mis caderas y con ambas manos comenzó a masajearlas, haciendo círculos y acercándose cada vez más hacia mis glúteos. Oía su respiración irregular, casi angustiada.
—Suelta esos lazos que llevas prendidos del cuello y ábrete el camisón, ábrete para mí, Isabella—. Su voz gutural me hizo cerrar los ojos y tragar fuertemente. Pese a que era un sádico sin sentimientos, su voz cuando quería, podía ser maravillosamente sensual. Me estremecí sintiendo un dolor hondo en el pecho.
Alcé mi mano temblorosa hacia los nudos que se enredaban los unos contra los otros haciendo breves lazos, tiré de uno de ellos y éstos fueron uno a uno soltándose del cuello, haciendo el escote más amplio y largo. Ensanché la obertura para que pudiese pasar por la cabeza y sentí como él mismo agarraba la tela y lo subía poco a poco hacia mi rostro.
Cuando aquella prenda de vestir abandonó mi cabeza, fui consciente, pese al terror que me atenazaba, de lo que aquel ser quería de mí. Miré sus ojos y al hacerlo me llevé una mano a los pechos intentando tapar de alguna manera mi desnudez. Él me estaba comiendo con sus ojos, éstos vagaban lentos por todas las áreas de mi piel, parecía estar intentando memorizar cada plano de mi cuerpo. Apartó con ternura las manos de mi pecho y besó ambas palmas sin levantar la mirada.
—Estoy tratando de dominar la bestia, Isabella, pero no sé si voy a poder hacerlo—. Elevó su mirada y sus ojos me dieron tanto miedo que quise escapar de su cercanía. Él lo notó y me tomó de una muñeca con fuerza, haciendo que gimiera de dolor. — ¡Quédate quieta, tal y como lo estabas haciendo era perfecto, pequeña perra!
Giró la muñeca y la sostuvo al final de mi espalda, escuchaba mis alaridos como si yo no fuese la que los estaba emitiendo, como si hubiera escapado de aquel cuerpo que iban a profanar.
— ¡Me haces perder los estribos, zorra! Ahora, ven aquí, te voy a empalar.
Soltó mi muñeca con brusquedad y me alzó con una fuerza sobre humana sobre uno de sus hombros llevándome hacia la cama y dejándome de un fuerte aventón sobre ella.
—Me voy a encargar de que no te muevas—. Desapareció a una velocidad de vértigo y sentí como inmovilizaban mis muñecas en lo alto de mi cabeza. Momentos después mis piernas se separaron y fueron atadas sobre los tobillos a los palos de la cama, intenté moverme y gritar pero cada vez que lo hacía sentía mi carne ulcerarse allí donde estaba capturada.
—No te muevas si no quieres desangrarte antes de que te folle—. Su voz me hizo gritar aterrorizada y miré a ambos lados de la cama a sabiendas que mi estado iba a hacerse incontrolable y lo que vi me hizo chillar con fuerza mientras me debatía tirando de mis manos entre aquellos alambres espinosos que estaban comenzando a teñir la cama de rojo, horrorizada miré mis pies y en ellos se veían los tobillos ensangrentados y los punzantes filamentos agujereando y martilleando mi piel, llagándola a cada movimiento.
— ¡Shhhh….Isabella!, me pone terriblemente enfermo que grites de esa manera—. El muy maldito se hallaba entre mis piernas, mirando con una ansiedad asquerosa la parte de mi anatomía que correspondía a mi sexo. Sentí los dedos de él hurgar por allí y elevé las caderas con repugnancia. No quería que me tocara, no deseaba aquel acto, quería morir.
— ¡Mátame! ¡Por favor!—. Grité sin recordar que estaba inmovilizada con hierros punzantes.
—Por supuesto—. Él gimió.
Y en ese momento, sentí que otro dolor se apoderaba de mi cuerpo, esté casi no era nada en comparación con los dolores agonizantes de mis sangrantes articulaciones. Pero supe que él había invadido mi cuerpo con el suyo, que por fin estaba haciendo aquello por lo cual yo estaba allí.
—Coñito estrecho…—. El muy maldito se perdía en sus propias emociones cada vez que empujaba dentro de mí, su rostro encima del mío, parecía más vulnerable y más bello, sus ojos se abrieron y frenó en seco sus estoques incómodos. — ¿No sientes nada? ¿No gozas?—. Preguntó ansioso.
Se elevó, apartándose y me alcanzó el cuello con ambas manos, haciendo que el oxigeno poco a poco no llegara a cabeza.
— ¡Debes gozar! ¡Hija de la gran puta! ¿Quieres sufrir? ¡Ahora lo vas a hacer, maldita piojosa!´
Arranco sin miramientos los alambres que me capturaban, haciéndome gritar y elevar mi cuerpo por las sacudidas de dolor, perdiendo casi la conciencia, pero no tuve la suerte que soñaba y mi mente me mantenía lucida y asquerosamente despierta a todas las emociones y sensaciones.
Me elevó con una mano del cuello, soltándome con fuerza en el suelo, noté como mi pómulo se abría y la sensación de algo frío que me recorría el rostro. Pero fue solo unos instantes, sentí su presencia nuevamente como una maza sobre mi espalda y mas tarde sobre mi cabello, arrastrándome hacia algún lugar, paseándome por escaleras y lugares atestados de gente, podía oír sus risas y algún que otro comentario en la lejanía. Luego un gran portazo y oscuridad de nuevo. Me abandonaría a ésta, era mi mejor compañera.
Continuará…
Mis lindos corazones, aquí un nuevo capi de este Edward tan oscura como la mas cerrada de las noches. Tanto Jocelynne como yo , esperamos que haya sido de vuestro agrado. Un beso y nos leemos muy, muy pronto. Besos.
