La saga The Legend of Zelda y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Nintendo.


Capítulo 9
Ascensión por la Montaña de la Muerte

— ¿Han llegado ya los mensajeros? —preguntó Impa a uno de sus soldados.

— No, señora —respondió—, aún no ha vuelto ninguno de los dos.

— Supongo que todavía es pronto para recibir respuesta… —murmuró para sí misma.

Habían pasado dos semanas desde que Link y Zelda llegaran a Kakariko para unirse al ejército de resistencia que Impa estaba formado. Al principio, dicho ejército, solo había estado compuesto por apenas una treintena de hombres, pero, pronto, muchos otros, decenas de hombres, se habían unido a ellos. Grandes tiendas de campaña habían sido montadas al rededor del pueblo para poder alojar a aquellos hombres. Incluso los que ya se alojaban en la casa, habían sido trasladados a aquellas tiendas, pues necesitaban las habitaciones para usarlas de almacén. Gracias a aquello, los problemas para dormir de Link habían desaparecido por completo. Al contrario que el resto de soldados, él permaneció alojado en la casa, al fin y al cabo, teóricamente, la casa seguía siendo suya, y así Zelda se lo había hecho saber a Impa cuando ésta había querido mandarlo con los demás.

Aunque el número de efectivos había aumentado de forma considerable en muy poco tiempo, aún necesitaban más gente. Impa había sido informada que las legiones del ejército real apostadas en las regiones periféricas del reino se unirían a ella y, además, el día anterior había mandado a un par de mensajeros para pedir ayuda a los goron de la Montaña de la Muerte y a los zora del Río Zora. Esperaba con impaciencia a que volvieran dichos mensajeros, pero aún no habían dado señales de vida. Sabía que los zora vivían lejos de allí, a varias jornadas a pie, pero Kakariko estaba situado en la falda de la Montaña de la Muerte, el mensajero debería haber vuelto ya.

Dirigió la vista hacia la ventana y, a través de ella, pudo ver a la princesa sentada en un banco de madera junto a Link, de nuevo. Sabía que no estaba bien que los dos pasaran tanto tiempo juntos, pero, por mucho que había intentado advertir a Zelda sobre el asunto, ésta no le había hecho ni el más mínimo caso. Meses atrás, antes de que huyeran de la Ciudadela, Zelda había sido una joven obediente, recatada y cuidadosa de las habladurías, pero ahora era diferente, se estaba volviendo independiente, rebelde y ya no le importaba lo que pensaran o dijeran de ella. Y todo por él.

No es que Impa odiara a Link o le recriminara el haber cambiado a la princesa, después de haberlo conocido bien le resultaba imposible, era todo lo contrario, le estaba agradecido. Ella prefería a esa Zelda independiente y más segura de sí misma, pero no sabía si el pueblo de Hyrule aceptaría a su "nueva" princesa.

Los observó durante unos minutos. Como muchas veces, estaban entrenando, pero a diferencia de otras esta vez era Zelda la que enseñaba a Link. Lo estaba enseñando a usar magia lumínica, pues al parecer él solo sabía sobre magia elemental.

No sabía cómo lo hacía, pero ese chico no dejaba de sorprenderla, no solo era bueno con la espada y el arco, sino que también podía usar magia, algo no muy común en aquellos tiempos.

Apartó la vista de la ventana y la dirigió al gran mapa y al montón de papeles que había sobre la mesa. Debía comenzar a organizar el plan de batalla para cuando llegara el momento oportuno de atacar. Ganondorf aún no había salido de la Ciudadela, tenía una ligera idea de por qué, así que debían aprovechar todo aquel tiempo de que disponían para organizarse y pensar en una estrategia a seguir.

Mientras aún estaba inmersa en sus pensamientos, la puerta de la casa se abrió de repente. Uno de los soldados entró a toda prisa, sudando y prácticamente sin aliento. Detrás de él iban un par de hombres, los cuales traían con ellos a un tercero, al cual sujetaban por debajo de los brazos. Impa reconoció de inmediato al hombre que cargaban, era el soldado que había enviado como mensajero a lo alto de la Montaña de la Muerte para que hablara con los goron. El hombre estaba inconsciente y cubierto de sangre, parecía muy mal herido.

Impa ordenó a los hombres que lo llevaran a una de las habitaciones del fondo en la cual habían instalado la enfermería. Lo colocaron de lado sobre una de las camas y le rasgaron la túnica para comprobar sus heridas. Tenía el pecho y los brazos cubiertos de arañazos y moratones, y un enorme tajo cruzaba toda su espalda en diagonal.

¿Cómo demonios aquel hombre había acabado así? Impa sabía que en el sendero que subía por la ladera del volcán vivían algunos monstruos, tektites en su mayoría, nada que ninguno de sus soldados no pudieran matar con facilidad. Entonces, ¿cómo había acabado uno de sus hombres medio muerto?

— ¡Impa!

Aquella voz la sacó de sus pensamientos. Al girarse en dirección a aquella voz, vio a Zelda en el marco de la puerta, seguida de Link.

— ¿Qué ha ocurrido? —preguntó la princesa, pero enseguida vio qué estaba pasando.

Al ver el hombre en la camilla, Zelda se apresuró a acercarse y a examinar las heridas con su magia.

— ¿Puedes hacer algo? —preguntó Impa.

La princesa permaneció unos momentos pensativa, para después negar con la cabeza.

— Puedo encargarme de los arañazos, moratones y de las costillas rotas —dijo—, pero no del corte de la espalda. Está infectado. Habría que desinfectar la herida antes de usar mi magia.

— ¡Que alguien vaya al pueblo y consiga algo para desinfectar! —ordenó Impa.

— No hará falta.

Link se acercó al herido y examinó la herida de la espalda.

— Creo que tengo lo que necesita.

— ¿Usarás el hada? —preguntó Zelda.

— No, tampoco puede hacer nada contra las infecciones.

Sin perder ni un instante, salió de la habitación y subió las escaleras. Al cabo de unos minutos volvió con unas hojas, un mortero y agua. Colocó el mortero sobre una mesa y comenzó a machacar las hojas con él, creando una pasta. Mientras él continuaba con aquella labor, Zelda comenzó a curar con su magia las heridas del pecho y los brazos.

Impa observaba algo sorprendida como ambos jóvenes trabajaban. Sabía que la princesa tenía un gran poder curativo, pero jamás la había visto ponerlo en práctica fuera de sus clases. Por otra parte, Link volvía a sorprenderla, nuevamente, con sus inesperados conocimientos sobre plantas medicinales y farmacología.

— Esto ya está —informó Link mientras se acercaba al herido.

Entre dos hombres pusieron al mensajero bocabajo.

Link cogió un paño y lo empapó con agua. Con mucho cuidado, limpió la herida por completo para luego cubrirla con la pasta que había en el mortero.

— Deja que haga efecto unos minutos —le dijo a Zelda—, luego ya podrás usar tu magia.

Zelda afirmó.

Tal y como Link le había indicado, tras esperar unos minutos, Zelda comenzó a curar el tajo con su magia. La herida era muy profunda, por lo que tuvo que emplear hasta la última gota de su poder para poder cerrarla. Era un milagro que aquel hombre aún siguiera con vida después de recibir una herida así.

Después de unos largos minutos, Zelda apartó las manos del herido, finalizando así el proceso de curación. Impa vio como la princesa se tambaleaba y caía hacia un lado. Quiso correr hacia ella, pero antes de que pudiera dar un paso, Link ya estaba allí, sujetándola.

— Gracias —dijo en voz baja Zelda con una sonrisa.

Link le devolvió la sonrisa y afirmó en silencio.

Parecía ser que el día que tanto había temido Impa había llegado ya, el día que Zelda ya no la necesitaba. Desde el fallecimiento de la reina, Impa se había encargado de cuidar de la princesa, la había ayudado a vestirse y a bañarse, la había protegido, la había consolado por las noches cuando había tenido una pesadilla, había estado siempre a su lado viéndola crecer desde niña hasta convertirse en una mujer. Para Impa, Zelda había sido como una hija. Pero Zelda había encontrado a alguien más en quien confiar y en quien apoyarse.

Impa suspiró con tristeza, no porque la princesa ya no solo dependiera de ella, sino porque sabía que cuando todo acabase, cuando ellos dos tuvieran que separarse, Zelda sufriría. Algunas veces Impa se preguntaba si Zelda no era consciente de las consecuencias de aquel enamoramiento, de que su hipotética relación con Link estaba condenada al fracaso. Sabía que la princesa era una joven inteligente, solo esperaba que aquellos sentimientos por él no le hubiesen nublado el buen juicio.


— ¿Ha dicho algo? —preguntó Impa.

— Sí —afirmó Greiff—. Durante los pocos minutos que ha estado consciente nos contando que el camino que sube por la montaña está infestado de monstruos. No solo hay tektites como era de esperarse, también hay un gran número de lizalfos y también algún dinolfo.

Impa reprimió un suspiro. Frunció el ceño y se pasó la mano por sus ojos cerrados, restregándoselos, intentando mitigar el dolor de cabeza que comenzaba a sufrir. La situación se había complicado mucho.

Era la mañana del día siguiente y todos se habían reunido en el comedor de la casa, alrededor de la mesa. El mensajero había permanecido inconsciente todo el día anterior, había despertado durante unos minutos, pero enseguida se había sumido nuevamente en la inconsciencia.

— ¿Llegó a hablar con los goron? —preguntó aún con los ojos cerrados.

— No, no consiguió llegar.

No pudo reprimir más aquel suspiro. Era de vital importancia contactar con los goron y que éstos les brindaran su ayuda en la batalla que estaba por venir.

— Él es uno de los mejores hombres que tenemos —oyó a Greiff decir—. Viendo el estado en el que ha vuelto, nadie va a querer subir por esa montaña y hacer de mensajero.

Greiff tenía razón. Ninguno de los otros hombres querría subir la Montaña de la Muerte mientras estuviera infestada de aquellos monstruos, y tampoco es que tuvieran posibilidades de llegar en mejores condiciones que aquel hombre. La única opción que quedaba era que subiera ella misma. En medida de lo posible, Impa prefería no alejarse mucho de Kakariko, al fin y al cabo era ella la que comandaba aquel ejército y la que debía cerciorarse de que todo estuviera en orden, pero por algo tan importante como aquello no le quedaba más remedio que marcharse.

— Dejad que vaya yo —oyó decir a su espalda.

Se giró y vio a Link que había dado un paso al frente. A su lado, Zelda lo miraba de forma estupefacta.

— Nunca he visto a un dinolfo, pero luché una vez contra un lizalfos —informó Link—. Son enemigos bastante fuertes, pero me enfrentado a monstruos peores.

Impa sopesó aquella idea. Era arriesgado mandar a aquel joven a una misión tan peligrosa, pero había demostrado con creces que era muy buen luchador, las posibilidades de que volviera sano y salvo eran altas.

— Está bien —dijo afirmando con la cabeza—. Prepárate, partirás de inmediato.

Link sonrió y se encaminó a toda prisa hacia su habitación. Impa vio a Zelda mirarla con reproche para luego correr tras él. No parecía muy contenta con la situación.


Link se ajustó el cinturón que sujetaba sus pequeñas alforjas, la botella con la pequeña hada curativa y su cuchillo alrededor de la cintura, sobre la túnica. Cerró la correa que sujetaba la espada y el escudo sobre el pecho y se puso sus guantes de piel. Estaba listo para emprender la marcha.

— Prométeme que tendrás mucho cuidado —suplicó Zelda.

El joven se giró hacia ella y le sonrió. Con su mano izquierda le acarició suavemente el pelo para luego pasarla por detrás de la nuca de ella. Se acercó y depositó un suave beso sobre su frente.

— Te lo prometo —susurró.

Zelda e Impa lo vieron partir silenciosamente. Impa se giró para observar a la princesa, quien estaba visiblemente preocupada.

— No te preocupes, estoy segura de que volverá sano y salvo.

Zelda se giró para mirarla, tenía el ceño fruncido y parecía enfadada.

— ¡¿Y si no lo hace?! —exclamó—. El camino de la montaña es muy peligroso, ¿y si también vuelve gravemente herido? O peor aún, ¿y si no vuelve?

— Zelda, Link es mucho más fuerte que ese hombre, sabrá salir airoso.

— ¿Pero y si no? —preguntó mientras hacía grandes esfuerzos por no llorar—. Si le ocurre algo, será culpa mía, Impa. Yo he sido la que lo ha arrastrado hasta aquí. Si no hubiese sido por mí, Link aún estaría en el bosque viviendo tranquilamente.

— Zelda…

— Puede que tengas razón en que lo más probable es que no le pase nada en la montaña, pero ¿y después? ¿Qué pasará cuando luchemos contra Ganondorf y su ejército? Tengo miedo de lo que pueda pasar cuando se vea las caras con ese temible hombre —dijo mirándose sus temblorosas manos—. Jamás podría perdonármelo si a él le ocurriese algo…

Impa la rodeó con los brazos y la atrajo hasta ella. Parecía ser que aún Zelda la necesitaba de vez en cuando para consolarla.

— Si le ocurre algo, no será culpa tuya, Zelda —dijo mientras le acariciaba la cabeza intentando tranquilizarla—. Tú no le has obligado, él mismo ha tomado esa decisión. Sé que aún no lo conozco demasiado, pero estoy completamente segura de que, aunque dejara la vida en esto, no se arrepentiría de ello.

— Pero…

— Sé que la muerte del rey te afectó mucho y que no soportarías que Link corriera la misma suerte, pero has de entender, Zelda, que no siempre podemos alejar del peligro a la gente que queremos. Aunque he sido yo la que te ha traído hasta aquí, en realidad, preferiría que estuvieras en un lugar lejano, a salvo. Sé que él también lo preferiría, pero, a veces, tenemos que arriesgarnos para conseguir algo. Lo entiendes, ¿verdad?

Zelda devolvió el abrazo a su guardiana y afirmó contra el pecho de ella.


Hasta el momento, la ascensión estaba siendo bastante fácil, solo unas pocas tektites rojas se habían cruzado en su camino, las cuales no habían representado demasiados problemas a la hora de deshacerse de ellas. Apenas llevaba media hora caminando y aún le esperaba cerca de medio día para llegar a destino. El camino ascendía por una pendiente, la cual estaba bordeada por altas paredes de piedra y enormes rocas. Caminaba con cuidado. Aunque estaba acostumbrado al terreno irregular del bosque, aquel terreno era mucho más accidentado y empinado que cualquiera de los que había recorrido hasta el momento.

Cuando pasó entre unas rocas, oyó algo, parecía como si alguien cogiera aire con fuerza. Sin dudarlo ni un instante, retrocedió dando un salto hacia atrás. Cuando sus pies tocaron el suelo, vio como una gran llamarada cubría el punto donde, segundos antes, él había estado. Desenvainó su espada y se colocó el escudo en el brazo derecho. De entre las rocas salió un lizalfos, el cual se abalanzó sobre él de un salto, girando en el aire, intentando golpearle con su fuerte cola. Link consiguió bloquear dicho ataque con su escudo y contraatacó con su espada, pero el monstruo con forma de lagarto también consiguió bloquearle con la suya propia.

El lizalfos empujó con gran fuerza, intentando hacer a Link retroceder, pero éste aguantó. Mientras seguía haciendo fuerza, Link cambió ligeramente la posición de sus pies. Dejó de empujar. El lizalfos se fue hacia delante ante la repentina falta de resistencia por parte de su contrincante y perdió el equilibrio. Link aprovechó aquel momento para golpearlo fuertemente en la cabeza con su escudo. El lizalfos cayó al suelo, aturdido por el golpe. Finalmente, Link se abalanzó sobre él y le clavó la espada en el pecho.

Una vez se hubo asegurado de que el lagarto no volvería a ponerse en pie, desclavó la espada y siguió ascendiendo. No había avanzado ni cien pasos cuando otro lizalfos salió a su encuentro. Esta vez Link fue más rápido en reaccionar. Cuando el monstruo le atacó con un tajo vertical de su espada, Link lo esquivó con gran rapidez, se colocó a su espalda y le clavó la espada antes de que pudiera girarse para volver a atacar.

Siguió ascendiendo. No pararon de aparecer monstruos, tektites y lizalfos. Tras luchar contra más de una docena de ellos, Link comenzaba a estar agotado. Decidió parar un rato para descansar y comer algo. Llevaba con él un par de manzanas, algo de pan y cecina. Cogió una de las manzanas y le dio un gran mordisco. Mientras comía miró hacia arriba, hacia lo alto de la montaña, aún le quedaba al menos la mitad del camino. En realidad la Montaña de la Muerte no era realmente una montaña, era un volcán, como indicaba la columna de humo que solía salir del cráter, columna que hacía días que había desaparecido. Aquello a Link le pareció muy extraño, no recordaba ni un solo día de su vida en el que la Montaña de la Muerte no humease.


Con todos aquellos monstruos atosigándole, la ascensión estaba siendo más complicada de lo que había imaginado en un principio, aun así, no se arrepentía de haberse ofrecido voluntario. Mientras había estado preparando sus cosas para el camino, Zelda le había pedido que lo reconsiderase, que era un viaje peligroso, pero él había insistido en su decisión. El Gran Hada del Valor le había dicho que, en un futuro no muy lejano, iba a tener que enfrentarse contra el hombre que estaba detrás de la invasión de la Ciudadela, Ganondorf, si no recordaba mal su nombre, y que si quería salir airoso de tal encuentro debía hacerse más fuerte, en concreto, debía fortalecer su poder mágico. Aquel viaje hasta el hogar de los goron le brindaba la oportunidad perfecta. En lo alto de la Montaña de la Muerte vivía otra de las Grandes Hadas, por lo que debía ir a visitarla para que lo ayudara.

Cogió la botella donde guardaba el hada curativa y la observó. Ésta estaba sentada con las piernas cruzadas, la espalda apoyada sobre el cristal de la botella y abrazaba con fuerza uno de los terrones de azúcar que él le había dado aquella misma mañana.

— ¿Estás bien? —le preguntó.

El hada lo miró y afirmó con su pequeña cabecita y una sonrisa.

— No te has hecho daño mientras luchaba, ¿verdad?

El hada negó con energía para luego darle un buen mordisco al terrón. Link sonrió y volvió a colgar la botella en su cinturón.

Ya había descansado suficiente, por lo que recogió sus cosas y emprendió de nuevo la marcha. Más lizalfos y tektites se cruzaron en su camino hasta que por fin pudo vislumbrar a lo lejos su destino, la entrada a la ciudad de los goron. Solo tenía que subir un par de cuestas más, las cuales ascendían junto una alta pared de roca bordeando un precipicio, y ya habría llegado.

Justo cuando comenzaba a subir una de aquellas cuestas, vio una sombra extraña en el suelo, justo frente a él. Alzó la mirada hacia el cielo y vio algo que caía sobre su cabeza. Se hizo a un lado de un salto, a tiempo para no ser aplastado por dos monstruos. Al igual que los lizalfos, tenían un aspecto parecido a los lagartos, pero, a diferencia de los primeros, estos dos eran más grandes y su cabeza era más redondeada. Dinolfos, si no estaba equivocado. Los dinolfos eran más fuertes que los lizalfos y además debía enfrentarse a dos a la vez. Debía actuar con mucho cuidado.

Dio varios pasos hacia atrás, creando espacio entre él y los dos monstruos. Necesitaba pensar en cómo proceder, el arco no le serviría de mucho, sería difícil crear la distancia suficiente para poder disparar con libertad, solo le quedaba su espada. La desenvainó y se preparó para el combate.

Ambos dinolfos se abalanzaron sobre él a la vez, atacándolo con sus respectivas espadas oxidadas. Link alzó tanto su espada como su escudo, bloqueando el ataque de sus contrincantes. Durante unos instantes no supo qué hacer, ambos monstruos eran muy fuertes y le estaba costando mucho no ceder ante ninguno de los dos. Finalmente, con un giro de muñeca, consiguió desviar la espada del dinolfo de su izquierda, obligándolo a retroceder con una pequeña estocada. Gracias a eso pudo centrarse momentáneamente en el de la derecha.

Empujó con su escudo mientras que daba nuevamente una estocada, alcanzando al monstruo en el hombro. Un alarido de dolor salió de la boca del lagarto y Link aprovechó aquel momento para darle una patada en el pecho, haciendo que cayera varios pasos hacia atrás. Apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento cuando el otro dinolfo se abalanzó de nuevo sobre él. Link bloqueó con su escudo los ataques frenéticos del monstruo, quien lo golpeaba con fuerza una y otra vez, obligándolo a retroceder ligeramente.

Por el rabillo del ojo, Link vio al dinolfo que había derribado poniéndose nuevamente en pie. Chasqueó la lengua y volvió a centrarse en el que tenía frente a él. Éste continuaba acatándolo una y otra vez sin pausa, parecía cegado por la ira. Link ideó un plan aprovechando aquello. A la vez que se protegía con el escudo, le tapó la visión a su contrincante. Afianzó sus pies en el suelo de roca y empuñó su espada con fuerza con la mano izquierda. Sin que el dinolfo siquiera pudiera ver lo que ocurría, Link guió su espada por debajo del escudo y se la clavó al dinolfo en el estómago. Empujó con fuerza, atravesándolo hasta que la punta de la espada asomó por la espalda del monstruo.

Empujó al dinolfo con su escudo y su pie para desclavar la espada. Una vez liberada, Link se giró hacia el dinolfo restante. El monstruo se había detenido poco antes de llegar hasta él. Aquellas criaturas no eran lo que podía considerarse expresivas precisamente, pero se podía apreciar un cambio en su mirada. Mientras que antes sus ojos habían estado llenos maldad y de ansias de matar, ahora reflejaban algo completamente diferente, parecían vacilantes, parecían reflejar duda y… ¿miedo, tal vez? Estaba demostrado que aquellas criaturas tenían cierto nivel de inteligencia y podían razonar hasta cierto punto, por lo que no era ilógico pensar que aquel dinolfo comenzaba a tener miedo de Link tras verlo matar a su compañero.

Antes de que el dinolfo pudiera recuperarse de la impresión, Link atacó. Dio un tajo horizontal, pero su contrincante pudo reaccionar a tiempo para esquivarlo. Volvió a la carga blandiendo su espada sin pausa. El dinolfo pareció recuperarse de su aturdimiento, pues comenzó a atacar a Link con fuerzas renovadas. En una de las envestidas del dinolfo, Link se vio obligado a retroceder varios pasos, hasta que su pie no pudo ir más hacia atrás. A su espalda, un precipicio completamente vertical descendía varias decenas de metros. Tragó saliva. Un paso en falso y caería irremediablemente por aquel profundo vacío.

El dinolfo volvió a atacar, empujándole de nuevo. El pie derecho de Link resbaló y estuvo a punto de caer, pero pudo apoyar la rodilla en el suelo a tiempo para impedirlo. Tenía bloqueado al monstruo con su escudo, arqueando la espalda hacia atrás y aguantando con todas sus fuerzas. Era evidente que el dinolfo tenía intención de empujarlo para que cayera.

Miró hacia el precipicio, tal y como estaba, podía ver el fondo del barranco a la perfección. La situación en la que se encontraba era precaria, pero si jugaba bien sus cartas podría darle la vuelta completamente. En aquella posición le era difícil blandir la espada, no tenía espacio suficiente, pero eso no le impediría contraatacar. Mientras continuaba aguantando con el escudo dejó su espada a un lado, desenfundó su cuchillo de caza y lo clavó en el muslo del dinolfo, todo con asombrosa rapidez. Éste se apartó un par de pasos y Link aprovechó aquel instante para golpearle en el vientre con el canto del escudo. El dinolfo se inclinó hacia delante, dándole a Link la oportunidad de golpearlo de nuevo por detrás. El monstruo se tambaleó y tropezó. Estiró los brazos hacia delante, intentando parar la caída, pero sus manos no llegaron a tocar el suelo, se fue de cabeza precipicio abajo.

Link se dejó caer, quedando sentado en el suelo, para recuperar el aliento. Alzó la vista hacia la cima de la cuesta. Con ayuda de su espada, se puso de nuevo en pie. Enfundó tanto su espada como su cuchillo y enganchó el escudo a la correa de su espalda. Cogió aire y retomó la ascensión.

Frente a él, en la base de una enorme pared vertical de roca, se abría una amplia abertura. Un par de seres grandes y robustos, de aspecto feroz, custodiaban aquella abertura, uno a cada lado, con los brazos cruzados y con cara de pocos amigos.

Por fin había llegado.


Comentarios: Por fin un poquito de acción. Esa última batalla contra los dinolfos me ha costado sudor y lágrimas escribirla satisfactoriamente XD
Originalmente tenía pensado poner todo lo de la Montaña de la Muerte en un solo capítulo, pero se hubiese alargado muchísimo, así que decidí dividirlo en dos. Suerte que lo hice, porque el siguiente es uno de los más largos de este fanfic ^^

Puesto que ya no subiré ningún capítulo hasta el año que viene, os deseo de antemano a todos: ¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo!

Bye!