CAPITULO IX
Cuando te besé.
LakewoodMayo de 1915.
-Perdone¿dónde puedo encontrar el rancho de los Stevens?
-¿Stevens? – repitió el vaquero, observando a su alrededor mientras Terry aguardaba su respuesta - Queda como a unos cinco kilómetros de aquí. Siga por ese camino y lo hallará sin problemas.
-Gracias.
Alguna vez Candy lo mencionó…
Terry siguió las instrucciones del desconocido y continuó su camino mientras recordaba a uno de los mejores amigos de la pecosa en América: Tom Stevens. Imaginó que él podría ser la ayudaba que necesitaba para proteger a Candy e Ivie. No tenía otra opción. Tenía que ser él.
"Crecimos juntos. Es como un hermano para mí…"
El aristócrata se preguntó cómo hubiese sido crecer al lado de Candice White.
Pobre tipo… pensó sonriente. Sin embargo, no pudo evitar sentir una tremenda envidia.
-Hace frío afuera – dijo Tom, soplando aire caliente en sus manos -. Será mejor que entres si no quieres resfriarte, Candy.
-Ahora voy – Candy sintió la necesidad de quedarse un rato más, mirando con insistencia la entrada del Rancho de los Stevenes.
-¿Dónde está Ivie?
-La dejé en el Hogar. Será mejor que vuelva – trató de convencerse, pero seguía mirando el gran portón como si esperase algo… o alguien –. Debo asegurarme que se encuentre bien.
-Todo estará bien – aseguró Tom, tocando su hombro – ya te lo he dicho. No tienes de qué preocuparte.
-Gracias por escucharme.
-Es lo menos que puedo hacer por mi horrorosa hermana pequeña.
-Hermana… – repitió Candy, evocando la imagen de su mejor amiga –Annie... ¿Cómo estará?
-Se quedó en Londres con tus primos¿no es así?
-Sí, pero después de que salí de la ciudad no tuve más noticias suyas. Archie me prometió que la cuidaría, pero hace tanto que no los veo.
-Si hubiera pasado algo malo ya lo sabrías ¿no lo crees?
-Sí pero… Terry y yo hemos estado huyendo todo el tiempo que tal vez les ha sido difícil dar conmigo. Probablemente imposible.
-Te llevaré el Hogar de Pony – propuso el vaquero, palmeando duro su espalda para animarla –. Vamos, quita esa cara si no quieres que los niños se preocupen por ti. Salgamos por atrás para que nadie nos vea.
-Sí.
-¿Puedo ayudarle en algo, señor?
-¿Es éste el Rancho de los Stevens? – preguntó Terry a un hombre que resguardaba las cercanías de la casa.
-Sí, aquí es.
-¿Se encuentra el dueño?
-¿Quién lo busca?
-Él no me conoce pero… mi nombre es Terrence Granchester. ¿Puede decirle que soy amigo de Candice White?
-El señor Stevens salió y no volverá hasta más tarde. Quizás quiera hablar con su hijo, Tom.
-Tom, espera – Candy se detuvo a centímetros de salir por la puerta trasera.
-¿Si?
-Olvidé mi bufanda.
-Yo la traeré. Espera aquí.
-¿Él se encuentra?
-¿Tom? Creo que sí. ¿Es usted su amigo?
-No, pero ya le dije que tenemos una amiga en común. Candice White Andrey. ¿Puede decirle que es urgente que hable con él?
-Aguarde aquí, iré a buscarlo.
-Oye, Tom...
-¿Sí? – el vaquero se volvió a mirar al hombre que cuidaba de su ganado durante la ausencia de su padre.
-Alguien te busca allá afuera.
-¿Quién es?
-Dice que conoce a la señorita White y que le urge hablar contigo.
-¿A Candy?
-¿Por qué tarda tanto? – se preguntaba Candy, mirando hacia el interior del Rancho. Luego dirigió su vista hacia la entrada principal pero la altura de la casa se lo impidió -. Iré a ver.
-No espero a nadie, dile que se vaya – Tom encontró la bufanda de Candy y se adelantó al portón trasero. Creyó que hablar con un desconocido acerca de Candy en ese momento era una mala idea, así que no se tomó mucho tiempo para decidir lo que tenía que hacer.
-¿Vas a salir?
-Sí, pero no se lo digas. Ni tampoco que Candy estuvo aquí. Dile a ese tipo que vuelva otro día.
-Esto es tuyo – dijo Tom, extendiendo la bufanda a Candy – vamos.
-¿Por qué tardaste?
-Te lo contaré en el camino.
-¿Pasa algo?
-Nada, no te preocupes.
-Lo siento, señor. No encontré a Tom por ninguna parte. Tal vez salió sin que me diera cuenta. Vuelva mañana.
-Pero necesito verlo... ¿puedo esperarlo?
-No sé a qué hora volverá así que será mejor que se marche.
-Es importante.
-No puedo ayudarle. Lo lamento.
-¡Por favor, tengo que verlo!
-¿Qué sucedió, Tom?
-Es que… - dudó el vaquero, arriando a sus caballos para dar marcha a su carreta – cuando nos íbamos, alguien que te conoce preguntaba por mí en la puerta.
-¿Quién era?
-No lo sé y no quise quedarme a averiguarlo. No esperaba la visita de nadie, así que lo mejor por ahora es no hablar con desconocidos.
-¿Serán ellos? – se preguntó Candy, alarmada – ¿Cómo me encontraron tan rápido¿Cómo supieron que estaba contigo?
-Buena pregunta.
-No quiero causarte problemas, será mejor que vuelvas y…
-¿Qué dices? – inquirió Tom, golpeándole la cabeza con su nudillo -. No pienso abandonarte a mitad de la nada.
-Pero no quiero que les suceda algo a ti o a tu padre.
-No nos pasará nada.
-Pero…
-Dije que voy a ayudarte¿de acuerdo?, así que cállate y siéntate bien.
-No debí haber venido – dijo Candy, sintiéndose profundamente culpable –. No debí hacerlo.
-Demasiado tarde, niña chiflada. No voy a dejarte sola.
-Mire, si en verdad le urge hablar con el señor Stevens o con Tom, regrese más tarde.
-Maldita sea – masculló el aristócrata.
-¿Qué dijo?
-Bien – consintió de mal humor –. Volveré después, pero dígale que tengo que hablarle urgentemente. Que aguarde por mí.
El campo de Lakewood llevaba tiempo sin recibir la luz del sol y el verano había dado su cálido inicio en forma de lluvia. Sin embargo, para Terrence aquel nítido y fragante paisaje le pasó de largo. No pudo encontrar a Tom y se más frustrado y desesperado que antes. Maldiciendo su suerte, decidió encaminarse al Hogar de Pony y hacer lo que pudiera para proteger a Candy él solo. Con su caminar taciturno y su mente confusa, no pudo darse cuenta que al salir del rancho de los Stevens, un auto comenzó a seguirlo.
-Buenas tardes – saludó un desconocido al volante del automóvil. Terrence lo miró de reojo pero no se detuvo – Es usted el señor Granchester, si no me equivoco.
-Aquella aseveración hizo que los pies del aristócrata se clavaran al piso y arrugara el entrecejo con alarma.
-¿Quién es usted?
-Un amigo.
-No mío.
-Suba al auto por favor.
-¿Cómo dice?
-Suba al auto – repitió el hombre, lentamente.
-Lárguese – sentenció Terry antes de seguir su camino. El coche lo acompañó y le cerró el paso - ¡¿Qué demonios cree que hace?!
-Obedecer órdenes. Tal como usted lo hará en este momento. Suba he dicho.
-¡Váyase al infierno!
Terrence sabía de quién se trataba. Lo supo desde que el tipo lo reconoció. No tenía tiempo para pensar así que instintivamente dio un paso atrás y corrió hacia el bosque que lo rodeaba para perderlo de vista. No llegó lejos. El hombre al volante bajó de inmediato y disparó al aire la primera vez. La segunda, apuntó al aristócrata y la bala alcanzó la desgastada valija que pendía de su mano, arrebatándosela. El mismo instinto que lo hizo huir le advirtió a Terry que se detuviera. A Candy y a la niña no le sería de ninguna ayuda estando muerto.
-El próximo tiro será para usted, señor Granchester.
-No lo hubiera adivinado.
-Mira, niño idiota – el tipo, con hartazgo, se aproximó a Terry y lo tomó por el cuello del abrigo, furioso –, será mejor que te rindas. Ya es muy tarde para intentar ayudar a tu amiga. Ahora sube al maldito auto o te pesará.
-¿Se supone que tengo que asustarme?
-Lo estarás – le amenazó, con fiereza – pronto lo estarás.
El enviado de su majestad, visiblemente más alto y fuerte que Terry, logró derribarlo con un solo puñetazo que le dio directo en el rostro. Añadió un puntapié en el estómago que le dejó sin aire, y finalizó con un fuerte golpe en la nuca del joven Granchester para dejarlo inconsciente.
Al cabo de unos minutos, Terrence se convirtió al fin, luego de largos meses de persecución, en la presa de aquel hombre que aquel día no estaba precisamente interesado en él. Sino en una pequeña niña de cinco años y en su valiente pero estúpida guardiana.
El auto arrancó con rumbo desconocido, llevándose el cuerpo inerte de Terry Granchester en el asiento trasero y dejando a Candice White completamente indefensa ante lo que sucedería aquella noche.
Edimburgo
Agosto de 1914.
-Disculpe, pero no la entiendo.
-Vengo a ver a Berth… quiero decir – corrigió Candy – a su majestad, el príncipe George.
-¿A su majestad? – inquirió el mayordomo, con burlona suspicacia.
-Sí, a él. ¿Le puede decir que Candy esta aquí?
-¿Su majestad le espera¿Ha usted arreglado alguna audiencia con él?
-Au… ¿Audiencia?
-Sí, audiencia.
-¿Necesito una?
-Su majestad no puede recibir a nadie que no se haya anunciado con al menos varias semanas de anticipación.
-Ya le dije que soy una amiga suya.
-Pero no tiene una audiencia.
-No... – masticó Candy, harta de esa palabra – no la tengo pero estoy segura que él me recibirá.
-Discúlpeme, madame, pero no puedo permitirle la entrada. Buenas tardes…
-¡Oiga! – Candy interpuso el pie en el marco de la puerta antes de que el hombre la cerrara – ¿Ni siquiera le preguntará si puede verme?
-Lo siento.
-¡No lo sienta! dígale que estoy aquí.
-Pero usted no tiene...
-¡Sí, sí! – manoteó la pecosa al aire – audiencia, ya lo sé.
-Si me permite – carraspeó el criado su garganta - debo atender a mis deberes.
-¿Entre ellos están maltratar a las personas?
-Todos los días vienen distinto tipo de señoritas a preguntar por sus majestades, y argumentan ser sus supuestas amigas para escabullirse dentro del castillo.
-¿Escabullirse? – la cara de Candy se encendió de furia –. No le estoy mintiendo, si eso intenta decir.
-No intento decir nada más que… buenas tardes.
Candice no pudo corresponder a su "saludo" porque para entonces el mayordomo ya le había cerrado la puerta en las narices. Muy tarde, también se le ocurrió que hubiese podido utilizar el nombre de la señorita Britter como pase de entrada. Seguramente Annie ya era bien conocida en el castillo por quienes vivían en él, y el señalar que era su íntima amiga, le hubiese abierto las puertas de inmediato.
-Pesado – dijo Candy, haciendo gestos a la puerta –. Bien, lo haré a mi manera.
La Villa fue lo suficientemente grande para que Candy, con un poco de agilidad e ingenio, penetrara en ella con la misma libertad que las libélulas. En menos de diez minutos halló el inmenso jardín trasero donde se alzaba una majestuosa fuente empedrada y se gozaba de una extraordinaria vista del lago. Decenas de árboles frondosos rodeaban la propiedad, denotando en cada centímetro de sus hojas el minucioso cuidado de los jardineros reales.
Es más hermosa que la mansión de los Andrey, en Lakewood...
El fino mármol de los pisos y las paredes, el grabado de piedra sobre los inmensos muros, los finísimos detalles de los balcones, las columnas, todo cuanto Candy encontraba a su paso logró transportarla a un verdadero cuento de hadas y la mantuvo embelesada por varios minutos.
Sin darse cuenta, sus pasos la condujeron a un pequeño lago artificial donde nadaba frágil y gentilmente una camada de peces dorados. La pecosa asomó el rostro y miró su reflejo sobre la transparencia del agua. Sonrió divertida pero el festejo le duró poco. Súbitamente una roca cayó justo en su nariz reflejada, ocasionando que el resto de su cara se distorsionara.
¿Quién?...
Candy volteó hacia todos lados, buscando al dueño del proyectil. Sintió miedo al verse descubierta y pensó en arrojarse hacia los arbustos para esconderse enseguida. Sin embargo… no encontró a nadie
Será mejor que vaya a buscar a Berth.
Con mayor cautela, caminó sigilosamente cerca de la pared de árboles que rodeaban el diminuto lago. Un adusto escalofrío se clavó en su piel pero no se detuvo a meditar su origen. Tragó saliva y continuó. Repentinamente, un fuerte brazo tiró del suyo por entre las ramas y la jaló hacia dentro. Pero no pudo gritar a causa del susto de muerte que contuvo en la garganta porque su opresor le cubrió la boca de inmediato. Sus piernas reaccionaron con violencia y un segundo antes de comenzar a patear al desconocido como un caballo encrespado, reconoció su voz.
-¿Quieres quedarte quieta?, pesas mucho. ¿Has comido demasiado en estos días, pecosa?
-¿Mmh? – Candy echó la cabeza hacia atrás para hallar la odiosa mirada burlona de Terrence.
-Si prometes no hacer ruido te soltaré.
-Mmh – asintió ella, liberando un hondo suspiro. Se sintió aliviada de no haberse encontrado con un guardia, pero a la vez marcada por la mala suerte con un sello en la frente. ¿Cómo la había hallado tan rápido ese irreverente? - ¡Idiota! – exclamó Candy lo más bajo que pudo, mientras pegaba sobre su pecho con los nudillos – ¡Me asustaste!
-¿Tú asustada? – Terry la contuvo fácilmente con sus brazos –, quienes deberían de estar aterrados son los dueños de este castillo al ver lo sencillo que te resultó entrar.
-¿Por qué me seguiste?
-Estaba aburrido.
-Vete de aquí. No es tu problema.
-Ni quiero que lo sea. Sólo vine a mirar.
-Ve a mirar a otra parte. Estoy ocupada.
-¿Contando peces?
-Vine a hablar con Berth.
-Pudiste tocar la puerta y preguntar por él como lo hace todo el mundo.
-Lo intenté.
-¿Y?
-¿Y? – repitió Candy como si fuera obvio – ¿Crees que estaría aquí contigo perdiendo mi tiempo si hubiese podido verlo?
-¿Ver tu cara en el agua y sonreír como tonta no es también perder el tiempo?
-¿Tonta¿Cómo te atr….?
-Shhh... – ordenó de pronto el aristócrata, al oír voces cerca -. Ocúltate.
Candy y Terry se pusieron de rodillas sobre el piso y guardaron estricto silencio al ver cómo Edward y Berth se aproximaban hacia ellos.
-Qué pasa esta vez, Berth – quiso saber Edward con impaciencia - Me interrumpiste en algo importante.
-Es sobre... la hija de Ivanna.
-¿Ivanna? – pensó Candy, escuchando con atención – Hablan de Ivie.
-¿Qué pasa con ella?
-La vi.
-¿La viste¿Hoy?
-Es exactamente igual a su madre – aseguró Berth, resentido aún por la sorpresa.
-Bueno, allí tienes. No hay duda que sea ella. ¿Pero dónde la has visto?
-Estaba… con Candy.
-¿Candy¿Qué Candy?
-Candice White Andrey. ¿No la recuerdas?
-Ah – recapacitó Edward – esa Candy.
-¿Esa Candy? – frunció la pecosa su nariz con disgusto.
-De alguna forma la conoció y las hallé paseando junto al lago.
-¿Y qué es lo que te preocupa?, en unos días todo el mundo volverá a Londres y entonces terminaremos con nuestro "pequeño" problema.
-¿Problema? – la nariz de Candy se arrugó todavía más - ¿Qué problema?
-No quería verla – dijo Berth con furia contenida –. Su rostro es idéntico al de esa mujer. Maldita sea¿por qué tuve que encontrármela precisamente hoy?
-¿Piensas que yo lo sé?, mejor dime de una vez qué quieres hacer con ella.
-¿Y por qué tengo que decidirlo yo?
-Tú fuiste el más interesado en encontrarla.
-No mientas. Fuimos los dos. Además – Berth se aproximó a su hermano y lo miró como si pudiese leer sus pensamientos -, no pudiste ocultarlo tan bien como pensaste. No a mí. Tú también te enamoraste de ella. Así que no pretendas que soy el único que busca venganza por un desengaño.
-Estoy harto de tener esa conversación contigo – reviró su majestad, enfadado – Te dije que estaba ocupado. ¿Eso es todo?
-¿Una nueva conquista en tu alcoba, Edward¿Ese es el asunto importante que no puede esperar?
-Mantén tu nariz alejada de mis asuntos. Y con respecto a esa niña, te doy unos días para que me digas qué hacer con ella. Cuida que tu amiguita no se vuelva un dolor de cabeza o lo lamentará.
-Quien lo lamentará será esa pobre chica.
-¿Annie? – preguntó Edward y Candy ahogó un grito de asombro.
-¿Hay otra más en tu habitación?
-Annie está loca por mí – aseveró el príncipe con orgullo –. Si quieres, cuando termine, puedo darte un par de consejos para que su amiga siga sus pasos… en tu alcoba, claro está.
-Annie… – la boca de Candy cayó al piso –, que sea una broma, por favor.
-No sé para que sigo hablando contigo – concluyó Berth y se alejó aprisa.
Al verse solos, Candy se dejó caer al suelo con descuido. Su mente quedó en blanco y su mirada apuntó al balcón que sobresalía en el segundo piso. El nombre de Annie retumbaba en sus oídos pero seguía sin comprender lo que estaba sucediendo.
-¿Estás bien? – le preguntó Terrence al tomarla del brazo.
-¿Qué está sucediendo?
La pecosa sabía que él no tenía la respuesta, pero sintió la enorme necesidad de decirlo en voz alta para aminorar el dolor de su pecho y disipar la terrible confusión que había invadido su apacible mundo en unos cuantos minutos.
-¿A dónde?
-Ya me oíste – le dijo Elisa a su hermano –. Iré a ver a Terry.
-Je – respondió Neil a medio reír – te echará en cuanto te vea llegar.
-No lo hará. No cuando le diga lo que sé de esa… basura.
-No te creerá. No si se trata de su "querida" Candy.
-Aunque tenga que obligarlo, me escuchará, y puedo ser tan convincente como esa mosquita muerta. Pero necesito que me ayudes.
-¿Yo?, olvídalo.
-Vamos, Neil – chilló Elisa –. ¿No te gustaría divertirte con ella como cuando éramos niños?
-¿Para que ese tipo venga después a arrancarme los brazos?
-Ni Terry ni los chicos tienen por qué enterarse.
-Será mejor irnos de aquí – sugirió Terrence, ayudando a Candy a ponerse de pie.
-¿Escuchaste lo mismo que yo? – le preguntó la pecosa, aún sin aceptar lo que oyó de labios de Edward.
-Lo discutiremos afuera.
-Espera – se plantó en sus dos pies y apretó el brazo del aristócrata –. No puedo irme todavía.
-¿Por qué no?
-Annie.
-¿Qué Annie?
-Annie – repitió Candy, como si eso no fuera suficiente para explicarle por qué no podía irse todavía – aunque… tal vez se referían a otra persona – meditó con la esperanza de tener razón.
-Si te refieres a tu amiga, no lo creo.
-¿Por qué no?, puede haber muchas chicas con ese mismo nom…
-Mira arriba.
Los ojos de Terrence apuntaron hacia el balcón de la recámara de Edward. La figura de Annie se recortaba en el borde, vestida con una sencilla pero elegante bata de dormir. Candy sufrió de un súbito mareo al reconocerla y no atinó a descifrar lo que sentía al verla allí. Con él.
-No puede ser…
-No resultó tan tímida después de todo.
-No es ella – se dijo Candy, cerrando los ojos – No lo creo.
-Ven – Terry tomó su mano y la hizo retroceder unos metros cuando vio a Edward salir al balcón con Annie.
-Mira bien - dijo Terrence a Candy, apretando su mano –. Y deja de pensar que es un error.
-Annie… - sollozó al levantar la vista nuevamente –. No lo entiendo. ¿Por qué lo ha hecho?
-Pregúntaselo cuando la veas. Ahora tenemos que irnos.
-¿Y qué tiene que ver Ivie en todo esto? – se cuestionó antes de seguir a Terry por entre los matorrales y espesos arbustos.
-¿Quién es Ivie?
-Ivie es… - su sexto sentido le indicó a Candy que no debía decir más. No tenía que involucrar a otra persona en algo que presentía, no terminaría bien.
-¿Y bien? – insistió el aristócrata cuando llegaron al exterior de los jardines del castillo - ¿Quién es?
-Gracias – Candy inclinó ligeramente la cabeza – pero ya tengo que irme.
-¿Quién es? – Terry la sujetó con un sólo brazo y con eso bastó para retenerla.
-No es nadie. No la conoces.
-Pero ellos sí, así que mejor mantén tu distancia con esa persona. ¿Escuchaste lo que hablaron, no es así?
-No estoy sorda – Candy tiró para liberarse pero ridículamente inútil.
-Yo creo que sí – dijo, elevando su voz –. Te advertí que te alejaras de ellos. No sé lo que planeas, pero será mejor que vuelvas al Colegio y te olvides de todo esto.
-¡No me digas qué hacer, y ya suéltame!
-Deja de pensar que puedes salvar al mundo tú sola.
-No voy a salvar a nadie. Déjame ir.
-¿Quién es esa tal Ivie?
-Solamente una niña.
-Una niña de la que no sabes nada.
-¡Tú eres el que está sordo! – estalló la pecosa – ¿Acaso no oíste lo que significaba para ellos¡Un problema que quitar de su camino!
-No eres su madre. No te entrometas.
-Es una niña – gruñó Candy, verdaderamente enojada – ¿Cómo puedes decirme eso?
-¿Vive con las monjas del colegio?
-Sí, pero…
-Entonces no está indefensa – el chico tomó su otro brazo y la acercó a su rostro – Aléjate y punto – agregó, inflexible –. No te lo repetiré otra vez.
-No es tu decisión.
-Tampoco estoy pidiendo tu opinión.
-¡Ni yo te la daría aunque lo hicieras!
Candy pretendió patearle en la espinilla pero Terry lo leyó en su rostro y evitó el golpe. La pecosa comenzó a luchar con todas sus fuerzas para huir mientras que el aristócrata infringía mayor rudeza en sus brazos, dejándole llamativas marcas rojas.
-¡Si no me sueltas… - amenazó pecas -… haré que te arrepientas¡Lo juro!
-No jures nada que no puedas cumplir – le sonrió, victorioso – Aunque tenga que atarte a un árbol, no irás a ninguna parte que no sea tu habitación.
-¡No lo haré!
Candy dobló el brazo para tener al alcance la mano de aquel necio. Sin misericordia, abrió la boca y encajó sus dientes sobre la delicada piel del joven Duque, y no lo soltó hasta verse libre, a pesar del doloroso alarido que soltó el chico.
-¡Te lo advertí! – gritó Candy, corriendo lejos de él.
Corrió como nunca lo había hecho. No se detuvo a tomar aire ni por un segundo. Apenas miró sobre su hombro para buscarle pero luego de unos minutos se percató que había logrado perderlo. Avanzó un poco más para sentirse segura y sin poder resistirlo, su cuerpo le pidió detenerse para descansar.
Jadeante y con la frente perlada de sudor, Candy sonrió con dificultad pensando en la cara de dolor de Terrence. Se lo merecía. ¿Acaso no tenía corazón¿Cómo podía pedirle que ignorara lo que un par de idiotas planeaban hacerle a una inocente niña?
Apenas aquel pensamiento cruzó por su mente mientras llenaba sus pulmones de aire, cuando a lo lejos un sonido familiar llegó hasta sus oídos. Era el galope de un caballo que se acercaba a toda velocidad.
-Oh, Dios… - Candy abrió los ojos como platos cuando vio a Terry agitando las riendas de su alazán en dirección hacia ella. No tuvo tiempo para pensar y echo a correr nuevamente. El esfuerzo fue inútil. Con gran experticia, el aristócrata dobló el cuerpo y extendió su brazo para tomarla por la cintura y subirla a su regazo en un resuelto movimiento.
-Yo también te lo advertí – le dijo, al tenerla pegada a su pecho.
-¿Qué estás haciendo?
-Hasta tú lo entenderías. ¿No es obvio?
-¡Idiota¡Déjame ir!
-Has dicho eso muchas veces. ¿No sabes nada mejor?
-¡Sí¡Te odio¡Te odio mucho!
-¿Ah, sí? – preguntó Terrence antes de agitar enérgico las riendas de su caballo -. Lo lamento pecosa, pero eso también ya lo sabía.
A veces no sientoMe vuelvo tan frió y no estoy
A veces me ausento de mis sentimientos
-Creo que… - Annie se levantó lentamente de la cama de Edward y se cubrió pudorosamente con la bata que colgaba en la silla –… ya tengo que irme.
-¿Mmh? – murmuró Edward, con pereza.
-¿Cuándo volveré a verte?
-Espera a que envíe a alguien por ti – le respondió, abriendo apenas los ojos –. En la habitación contigua hay una muda de ropa. Úsala si quieres.
-Yo quisiera… - la tímida chica buscó las palabras exactas para hablar sobre sucedido, imaginando que tenía que decir algo. O que era Edward quien debía hacerlo -… bueno, quisiera decir que…
-Cuando termines de vestirte – interrumpió su majestad con descortesía - llama a la servidumbre para que te preparen un carruaje y te acompañen a la puerta.
-¿Para que me acompañen... a la puerta?
Y luego sonrío...Recuerdo y me aferro a vivir
Y a veces quisiera matar por tu amor
Tan solo por un momento.
-¡No puedes obligarme a hacer lo que tú quieras! – Candy continuaba discutiendo con Terry mientras se dirigían a su Villa.
-¿Olvidas que tú y yo salimos juntos, niña tonta?, eso me da el derecho de obligarte a lo que yo crea que es mejor para ti.
-No eres mi padre – pegó Candy sobre su pecho –, además, Berth ya sabe la verdad, así que no es necesario que me hagas ningún favor.
-Te estoy haciendo uno ahora – refutó el aristócrata –. Si no sabes cómo cuidarte sola, tendré que enseñarte.
Y es que todavía no encuentro
Lo que en mí sería normal
Para darte mucho más
-Edward ¿no vas a… acompañarme?
-Quiero descansar – respondió el príncipe, envolviéndose en su cobertor.
-¿Hice… hice algo malo?
-Nada que yo recuerde – dijo con un bostezo –. Cuídate, linda.
Y entregarme por completo
Sexo, pudor o lágrimas...
Me da igual.
-¡Bájame! – gritó Candy como una niña pequeña a punto de empezar a tirar de patadas – ¡No quiero ir contigo!
-¿Qué? – la miró él – ¿todavía le tienes miedo a los caballos?, si es así, entonces tendré que hacer esto con más frecuencia.
-¿Por qué? – inquirió Candy, entrecerrando los ojos – ¿Por qué te importa tanto?
-Ese recuerdo te estorbará algún día.
-¿Qué día?
-El día que… - Terrence dudó un segundo en hablar pero resolvió ser sincero consigo mismo, al menos por un instante –… que quieras volverte a enamorar.
Me quieres ver grande
a pesar de lo débil que soy
y si toco hasta el fondo me sacas de nuevo
-¿Señorita? – habló la mucama al tocar la puerta del vestidor de Annie – Su majestad me pidió acompañarla hasta la puerta. ¿Se encuentra usted lista?
-Sí… - le respondió, mirándose al espejo como si mirara a una extraña – Ahora voy.
Por eso me quedo
me aferro y te quiero a morir
por eso aquí adentro tú estas todo el tiempo
viviendo de sufrimientos.
-No lo haré nunca más – confesó Candy en voz baja. Terry pudo oírla y no supo por qué sintió una desagradable punzada en el pecho.
-Es lo menos que me importa – dijo en su defensa – Pero te debo un favor.
-¿Qué favor?
-Tú… - Terry pensó en decirle que le había devuelto a su madre, la esperanza de lograr su sueño actoral, pero se arrepintió de golpe sin comprender el motivo -… me diviertes mucho.
-¿Te qué¿Acaso piensas que soy tu mascota?
-¿Tengo que responderte?
Y es que todavía no encuentro
Lo que en mí sería normal
Para darte mucho más
-¿Se siente bien, señorita? - preguntó la dama que acompañaba a Annie hasta el Colegio – ¿Quiere que detenga el carruaje?
-No, no es nada... – Annie se talló la cara con ambas manos, sintiendo un inaguantable escalofrío en todo el cuerpo –. Sólo estoy mareada, pero no es nada.
-Nada le sucedía, según había dicho. Pero en el fondo Annie reconoció finalmente que acababa de cometer la mayor estupidez de su vida… y que la pagaría muy caro.
Y entregarme por completo
Sexo, pudor o lágrimas...
-Apuesto a que has contado cada minuto desde que se fue.
-Stear… - rezongó Archibald –. No es gracioso. Puede haberle sucedido algo.
-Afortunadamente te tiene a ti para salvarla.
-¿Quieres callarte?
-Entonces deja de hacerme preguntas.
-Chicos – advirtió Paty, poniéndose de pie –, alguien viene.
-¿Es Candy? – preguntó su primo, aguzando la vista.
-¡Oh, Dios! – Paty se cubrió la boca con las manos –… es… un carruaje del Rey. Tal vez sea… uno de ellos.
-¿Quién? – preguntaron Archie y Stear al unísono.
-Berth… Candy le llama así a uno de los hijos del Rey.
-¿Y qué viene a buscar aquí? – gruño Archibald, escudriñando con recelo el carruaje. Paty y Stear intercambiaron miradas como si no fuese obvio.
-Buenas tardes – saludó Berth al descender del coche –¿Ustedes son amigos de Candy, cierto?
Con una reverencia casi imperceptible, los chicos le saludaron y asintieron con la cabeza.
-Somos su familia – respondió Archie – ¿pasa algo?
-Necesito hablarle – dijo Berth, nervioso – ¿dónde puedo encontrarla?
-Nosotros también la estamos esperando – indicó Paty –. La última vez que la vimos fue antes del anochecer.
-Y saben si...
-¡Berth! – una dulce voz sobrevino de entre las piernas de Stear y Archie. Ivie asomó la cabeza y saludó al amigo de Candy.
-Ho.. hola – la saludó el príncipe, titubeante – ¿Qué hace esta niña con ustedes? – les preguntó al resto.
-Candy nos pidió cuidarla – continuó Paty – ¿Sucede algo, su majestad?
-No – negó Berth con la cabeza –. Lo lamento pero tengo que irme, Si ven a Candy podrían decirle que me es urgente hablar con ella.
-Por supuesto – dijo Stear al darse cuenta que su hermano comenzaba a molestarse.
-Hasta luego – se despidió Berth y subió nuevamente a su carruaje sin más ceremonia.
-Que tipo tan grosero – juzgó Archie, feliz de verlo irse –… ¿Por qué piensa que puede venir a buscar a Candy a ésta hora?
-Allí va – susurró Stear a Paty.
-¿Candy estará bien, Stear? – le preguntó ella casi enseguida.
-Llevemos a Ivie con la Hermana Margaret – sugirió el inventor, tomando a la pequeña entre sus brazos –, y después busquemos a Candy.
-¿Pero dónde? – Paty no tenía por dónde empezar a buscar.
-Yo sé dónde – afirmó Cornwell –. En la Villa de los Granchester.
-Suéltame la mano... me duele.
-Dije que te ataría a un árbol, si no me obedecías.
-No bromees.
-¿Quién bromea?
Terry condujo a Candy hasta la sala de su mansión y cerró la puerta con llave por dentro. La pecosa se sentó de mala gana en uno de los sillones como si fuese irremediable terminar allí cuando al aristócrata le viniera en gana.
No hace mucho que Terry y Candy habían estado en la sala de su casa, compartiendo la fogata, justo en la noche del baile. En esta ocasión no había fuego encendido en los leños, pero ambos podían resentir en la piel otra tibia sensación.
-¿Quién es esa niña?
-Vive en el orfanato del Colegio. Lo único que sé, es que su madre la abandonó allí. No conoce a su padre y…
-¿Y?
-Todo estaba bien – continuó – pero hace unas horas nos encontramos con Berth junto al lago.
-¿Y? – repitió el aristócrata, ganando interés.
-Cuando le presenté a la niña – recordó pecas –, parecía como si estuviera mirando un fantasma.
-Lo imaginaste.
-No puedo imaginarme su cara completamente pálida y aterrorizada¿o sí?
-Tú, sí.
-Estaba segura que quería hablar conmigo sobre… - Candy agachó la cabeza, con las mejillas tenuemente sonrosadas – la mentira que le dije. Pero después de ver a Ivie se fue de inmediato.
-Y se te ocurrió averiguar por qué.
-Dejé a Ivie con Archie, Stear y Paty. Luego fui a su casa y lo demás ya lo sabes.
-Lo que no sé, es que piensas hacer ahora.
-¿Además de golpearte en la cabeza por haberme secuestrado? – Terry liberó una mordaz carcajada y se restiró sobre uno de los sofás frente a la chimenea –. No te rías.
-No me interesa que te quedes aquí más de lo necesario. Solamente estoy esperando a que dejes de imaginar tonterías y vayas directo a tu habitación.
-No imagino nada – le reviró –. Tú también los escuchaste hablar sobre Ivie. Ellos piensan…
-Lo que piensen hacer en los próximos días o años no te incumbe. Olvídalo y prepárate para volver a Londres.
-No voy a volver – dijo de pronto, a lo que Terry respondió con una recelosa mirada.
-¿No qué?
-No volveré hasta no asegurarme que esa niña estará bien.
-¿Piensas quedarte aquí hasta que cumpla cincuenta años?
-Ya me oíste – sentenció la pecosa –. No me iré.
-No te entrometas en el camino de esa gente – la retó Terry, enderezando la espalda.
-¿Qué podría pasar? – Candy recibió la respuesta a través de la fija mirada de Terrence.
-Si esa niña es un problema para ellos – agregó él – entonces lo es. Y si tú te pones en el medio…
-¿Qué?
-¿Qué? – repitió Terry, como si no fuese evidente – ¿Eres en verdad tan tonta?
-Sí, sí lo soy – gruñó pecas - ¿vas a explicármelo o no?
-Usa la imaginación – concluyó, arrojándole un cojín a la cara.
-Me dijiste que no lo hiciera.
-¿Y desde cuándo escuchas lo que digo?
-Hablaré con Berth – dijo Candy, determinada y poniéndose de pie –. Él me dirá qué sucede.
-Maldición… – Terry sintió un profuso dolor de cabeza a causa de la inagotable necedad de Candy.
-¿Ya puedo irme? – le preguntó, con la esperanza de haberle colmado la paciencia.
-Olvídalo.
-Perdone, señor – interrumpió alguien a la puerta.
-¿Qué sucede?
-Tiene una visita.
-¿Quién?
-La señorita, Leegan, señor.
Terry frunció el entrecejo y se volvió a mirar a Candy como si en ella encontrase la respuesta a tan extraña visita. La pecosa se encogió de hombros, confundida.
-Que pase.
-Aguarda... – Candy abrió los ojos como platos alarmada, ante la serenidad del aristócrata -. ¡No quiero que me encuentre aquí!
-¿Intentas rescatar a una niña indefensa de un par de asesinos, pero… te atemoriza Elisa?
-No dije eso.
-A mí me lo pareció.
-¿Qué hago ahora? – Candy buscó la ventana más cercana para escapar por allí. Fue lo primero que se le ocurrió.
-Divirtámonos un rato.
-¿Cómo dices?
-¿No quieres saber para qué vino?
-Pues…
-Escóndete.
-¿Qué le dirás?
-Veamos qué tiene que decir ella primero.
-¡Aprisa! – Archie iba dos o res metros delante de Paty y Stear, y les llamaba para apurarles.
-Se ha vuelto loco – concedió Stear, cruzándose de brazos.
-Solamente esta preocupado por Candy – dijo Paty en su defensa –. Además, sabes cómo le molesta que Terry esté con ella.
-La persona de la que debería ocuparse no es Candy.
-Annie... – murmuró Paty - …hace días que no hablo con ella.
-Llegamos, señorita – informó la mucama a Annie – ¿Puedo ayudarle en algo más, madame?
-¿La veré mañana a la misma hora?
-Pues… - dudó la mujer -, su majestad no me ha ordenado pasar por usted mañana, madame.
-¿Qué?
-Lo lamento.
-Pero...
-Perdón madame, pero sólo obedezco órdenes.
A Annie se le revolvió el estómago.
-¿Se siente bien, señorita Britter?
-No – comenzó a llorar y abrió la puerta del carruaje.
-Madame… - llamó la mucama pero Annie no miró hacia atrás.
Mientras corría hacia su habitación podía escuchar claramente el sonido de su corazón partiéndose a la mitad. Todo le daba vueltas y fue directo al baño para vaciar su estómago junto con lo que guardaba en el pecho, mismo que le estallaba de dolor. Un simple nombre llegó a su mente, pero sabía que aunque lo deseara, Archie no vendría a consolarla. Ni esa noche, ni ninguna otra.
-¿Qué te trae por aquí, Elisa?
-A mí también me da gusto verte – dijo ella, con ironía - ¿No me invitas una taza de té? – preguntó, antes de tomar asiento.
-No, lo lamento – Terry sonrió al ver cómo se quedaba de piedra a centímetros del sillón –. No me gusta el té.
-Ah – Elisa se quedó de pie con la cara roja de vergüenza –, que extraño. Pensé que un inglés siempre…
-Yo no. ¿A qué viniste?
-No me trates como a una enemiga. Vine a hacerte un favor.
-¿Y qué favor supones que necesito de ti?
-Necesitas de alguien que te diga la verdad – Elisa lo miró con desprecio, sabiendo que de ser Candy, él se comportaría de otra forma.
-Entonces no creo que debas ser tú.
-¿Cómo dices?
-¿Qué vas a decirme sobre Candy? – se adelantó Terry, mirando a través del ventanal.
-¿De Candy?
-¿No es de ella de quien viniste a hablar?
-Sí – confirmó Elisa, retomando fuerzas –, por supuesto que es de ella. ¿A qué otra embustera podría desenmascarar?
-¿Qué otra? – Terry silbó agudamente –. Puedo darte algunos nombres. ¿Quieres empezar con tus amigas o irás directo con Candy?
-¡No te burles de mí!, si fuera Candy no te comportarías de esa forma conmigo.
-Si tú fueras Candy… - repitió Terrence, como si lo meditara – ¿Quieres provocarme pesadillas, Elisa?
Candy hizo un esfuerzo sobrehumano para contener la risa, sosteniéndose de las enormes y anchas cortinas en donde se escondía.
-¡Grosero!
-Malgastas mi tiempo. ¿Vas a decirme algo o no?
-Candy es una cualquiera. Tengo pruebas.
-Ya veo – dijo en un bostezo.
-¡Es la verdad!, intenta enamorar a Neil a como dé lugar y solamente te utiliza.
¿Qué yo qué?... Candy no pudo decidir si morirse de la risa, o sentirse la mujer más insultada del mundo. Terry se carcajeó por los dos.
-Si no me crees, ve esta noche a los jardines del colegio. Ahí la encontrarás con Neil. Se ven todos los días en el mismo sitio.
-¿Se ha vuelto loca?... la pecosa se preguntó que estarían planeando esta vez Elisa y su hermano.
-Candy puede encontrarse con quien quiera, donde quiera – dijo el aristócrata con naturalidad – ¿Por qué tengo que confirmarlo?
-No finjas – le retó Elisa –. Sé que te importa, y mucho. Pero no consentiré que Candy haga lo mismo contigo que con Anthony – la pecosa sintió su sangre hervir.
-¿Y qué fue lo hizo con Anthony? – inquirió Terry, con curiosidad.
Candice estuvo a punto de salir y gritarle a ese par de tontos que no se metieran en su vida privada ni en sus recuerdos. A la vez, se dio cuenta que Elisa todavía no era capaz de perdonarle lo sucedido con Anthony. Cerró los ojos y respiró hondo. Se preguntó cuándo le dejaría en paz.
-Una bastarda, es siempre una bastarda – declaró Elisa con desdén –, y no puede esperarse nada de ella sino vileza y repulsión.
-¿Qué dijiste? – los ojos de Terry se encendieron furiosos al oír esa palabra.
-Desde que llegó a mi casa no ha sido más que un problema. Una maldición para los Andrey. Ahora entiendo por qué sus padres también la abandonaron a mitad de la nada.
-Cállate – dijo Terry por lo bajo, tratando de contenerse. Candy hacía lo mismo detrás de las inmensas cortinas que la ocultaban.
-Por eso, la tía abuela tampoco la soporta. No es de nuestra clase, ni sabe cómo comportarse. Nació siendo una bastarda y nada podrá…
-¡Ya basta! – estalló el aristócrata. Elisa lo miró atemorizada –. Cállate antes de que te obligue.
Elisa obedeció de inmediato, mientras Candy se debatía entre quedarse quieta o salir a ayudarle. No era que le agradara esa chica, pero sabía que no podría enfrentarse a Terry sola si continuaba provocándole.
-Y-yo… no he dicho ninguna mentira – tartamudeó Elisa.
-Sal de aquí o te echaré yo mismo.
-¡No mentí¡Candy es…!
-¡¿Quieres que lo repita?!
-Esta noche se verán en los jardines del Colegio – añadió Elisa, retrocediendo sobre sus pasos –. Ve y compruébalo por ti mismo.
-¡Vete! – gritó Terrence, amenazándola dando un paso al frente. Elisa salió corriendo al instante. Candy al fin respiró tranquila cuando escuchó el azote de la puerta.
-No fue muy divertido¿verdad?… - sondeó Candy el humor del aristócrata. Le miró la espalda y entrecerró los ojos esperando un grito que la hiciera huir como a Elisa -, nunca es divertido hablar con esos dos.
-No se tú – Terry giró sobre sus talones y le obsequió una fragante e inesperada sonrisa – pero yo me divertí mucho con su cara.
-Terry...
-Con lo rápido que iba, probablemente ya habrá llegado a casa.
-Qué cruel – dijo ella en un susurro, sonriendo de lado.
-¿Por qué te odia tanto?
-No me perdonará nunca haberle quitado el cariño de… - Candy cerró la boca antes de mencionar aquel nombre.
-¿Anthony?
-Será mejor que hablemos de otra cosa.
-¿Por qué era tan maravilloso Anthony? – preguntó el aristócrata, remarcando con mordacidad su nombre.
-Déjalo en paz.
-¿Tú lo has dejado en paz, Candy?
La pecosa lo miró molesta, y decidió darle rienda suelta a su boca.
-¿Aún no te has dado cuenta?... ahora estoy aquí contigo.
¿Qué dije?
Candy se llevó las manos a la boca para cubrírsela. La sonrisa de Terrence desapareció y la observo en silencio, tratando comprender lo que había escuchado. Ninguno de los dos sabía qué decir cuando confrontaban sus sentimientos porque los evitaban todo el tiempo.
-No… no entiendo como Elisa piensa probarte que me veo con Neil – Candy resolvió cambiar de tema prontamente.
-Quizás Neil te busque esta noche – Terry no puso objeción y la imitó –, y con engaños te lleve hasta los jardines.
-Y tú y Elisa estarán allí, aguardando por nosotros.
-Intentará convencerme de que eres lo que ha dicho.
-Pero al final, los dos nos reiremos de ellos.
-Y escaparemos juntos a un lugar desconocido.
-¿Y haremos qué? – inquirió la pecosa mientras Terry reía – No digas tonterías. Aún no te perdono...
-¿Qué no me perdonas?
-No te perdono que… que tú hayas…
-¿Qué yo haya qué? – insistió, acercándose a ella.
-Que tú… cuando el otro día tú…
-Cuando te besé – le ayudó, tomando su barbilla y obligándola a mirarle. La cara de Candy se sonrojó como un tomate - ¿Eso es lo que no me perdonas?
-Mmh – asintió Candy, desviando sus ojos al piso. Terry pasó sus brazos por la delgada cintura de la pecosa y la oprimió contra su pecho.
-¿Qué haces? – le preguntó ella en voz baja.
-No lo sé.
La pecosa contempló sus insondables ojos azules y descubrió una expresión completamente distinta a todas las que había visto antes en él. Quedó hechizada, como si soñase despierta, y se introdujo en la tibieza de aquel suave roce que Terrence le hacía con tan sólo mirarla.
-No tiembles, Candy – le dijo en un susurro.
-No estoy temblando.
Terry se inclinó lentamente hacia ella y sonrió al estar al alcance de sus labios como si se burlase para provocarla. Podía sentirla estremecerse al tomar sus brazos, aunque ella se empecinara en negarlo.
-No me importa.
-¿No te importa, qué?
-Que no me perdones.
-¿Eh? – Candy no prestaba atención a lo escuchaba porque para entonces sólo flotaba sobre nubes.
-Ni lo que hagas después.
-¿Después de qué?
-De esto…
En perfecta armonía, ambos inclinaron ligeramente la cabeza y atrajeron sus labios lentamente. Candy cerró los ojos, temerosa pero vencida por la curiosidad de experimentar la fuerza de Terrence a través de una sencilla caricia.
El aristócrata la cobijo contra su pecho, enmendando el error de la primera vez. No deseó arrebatar la ternura que la pecosa le inspiraba con sólo tenerla cerca. Esta vez quiso compartirla con ella. Poseer su consentimiento y disuadirla para que le correspondiera.
Los pies de Candy se movieron como si tuvieran vida propia, y se colocaron de puntillas para alcanzar, aunque fuese un poco, la altura del largo y esbelto cuerpo de Terry.
Los brazos del heredero la fueron acercando más y más a él, como si se fundiese con ella mientras deslizaba lenta y caprichosamente sus labios sobre la piel rosada que probaba suave y cálida.
De pronto, el violento sonido de la puerta los hizo caer precipitadamente a la realidad de la que se habían olvidado. Se separaron abruptamente sin decir una palabra y escucharon golpes por segunda ocasión.
-¿Qué sucede? – preguntó Terry con fastidio.
-Señor… - dijo el hombre al otro lado de la puerta –, le buscan nuevamente.
-Dígale a esa chica que se vaya – le contestó, refiriéndose a Elisa –. No la veré otra vez.
-No es la señorita Leegan, señor.
-¿Entonces quién?
-¡Granchester! – gritó alguien cerca de la entrada.
Terry y Candy intercambiaron miradas al reconocer esa voz.
-Archie...
Lakewood
Mayo de 1915.
Dentro de una habitación sucia y desvencijada, donde la oscuridad se asemejaba a la de una profunda cueva, el insistente golpeteo de una gota de agua chocando contra el piso era el único sonido perceptible para Terrence. El piso y las paredes eran muros de moho y humedad que avivaban el frío encerrado entre esas cuatro paredes. La luz del sol apenas se filtraba por una diminuta ventana colocada a centímetros del techo. El aristócrata abrió los ojos pesadamente, con una dura punzada en la mejilla que lo hizo volver a cerrarlos de dolor. Se llevó la mano a la cara para sentir la inflamación del golpe que había recibido antes de quedar inconsciente.
Con dificultad enfocó su mirada azul entre las sombras. Se movió como si un tropel de caballos le hubiese pasado encima. La espalda se le partía a la mitad de dolor. Apoyó penosamente las manos en el piso y se incorporó con las rodillas. A base de repetidos y forzados parpadeos, despejó su visión. Y entonces, cuando pensó que ya nada podría sorprenderlo, se equivocó.
-¿Te encuentras bien?
Terry buscó a quien le hablaba desde la oscuridad. Entrecerró los ojos enérgicamente para distinguir a su interlocutor. Su voz le sonó familiar.
-Me alegra que despertaras – la esbelta y fornida figura salió a la luz y el aristócrata creyó que su vista lo engañaba.
-¿ Albert? – le preguntó, boquiabierto.
Hace tiempo que no nos veíamos – sonrió el heredero de los Andrey, extendiéndole la mano –. ¿Crees que sonaré como un tonto si te pregunto como estás?
Continuará...
Notas
Sigo trabajando en los capítulos que siguen pero de pronto se vuelven más largos y por eso tardo un poquito más. Espero que este les guste y no decepcione a las que ya lo habían leído con mi anterior redaccción... Yume por supuesto que va a terminar, pero aún sigo trabajando en el siguiente capítulo. Gracias y perdón por la espera.
Emera.
