Nuevo capítulo, pero no se me acostumbren… :)
ANHELOS Y NOSTALGIAS
Shirayuki ha estado evitándolo durante días.
Él la ve, casi todas las mañanas, desde el refugio de su ventana, atravesando el atrio central hacia sus oficinas. O por las tardes, con todos sus hijos (los suyos y los de ella), de camino a los jardines.
A veces querría unirse a ellos.
A veces, querría oír las risas de sus hijos y de sus sobrinos.
Sí, algunas tardes, Izana se descubre anhelando unirse a los juegos de los niños. Risas alegres y gritos festivos que vuelan sobre las flores y se esconden tras los árboles.
Izana y Zen se llevaban demasiados años como para jugar juntos. No hubo para ellos juegos fraternales, ni carreras ni peleas de mentira con primos ni hermanos.
Hoy, sus pasos le han llevado a los jardines. Se dice que para estirar las piernas, pero sabe bien que es solo un pretexto ante sí mismo. Se sitúa no muy lejos, oculto bajo la fronda umbrosa de un inmenso alcanforero y hasta él llegan los ecos de sus risas y sus gritos. Apoya el hombro contra el tronco y les observa. Especialmente observa a su hijo mayor, Kain, de pie tras Shirayuki, los brazos a la espalda, imitando sin darse cuenta la postura de su padre. Los ojos le brillan, pero se contiene a sí mismo. Tiene ya casi once años y es el mayor, el más serio y el más parecido a él. A veces parece un pequeño adulto, pero sigue siendo un niño… Su hermano y sus primos juegan al 'tú la llevas' mientras la pequeña Akari corre, con toda la velocidad irrefrenable de sus dos añitos, para no ser 'capturada'. Su tía, sentada en un banco, le comenta algo a Kain que Izana no alcanza a escuchar. La cara de su hijo se ilumina. Da un paso adelante, y muy formal, con una leve inclinación de cabeza y una sonrisa, se despide de su tía y corre a unirse a las carreras de los demás.
Y por un momento, Izana siente envidia de sus hijos.
El rey se sienta a la cabeza de la gran mesa, presidiendo la reunión semanal del Consejo Real. Dos pasos más atrás de los Consejeros, escribanos y secretarios permanecen atentos. Shirayuki toma asiento, entre revuelo de sedas y enaguas, revisándose por última vez las manos. Siempre se esmera en estas reuniones y procura que no haya manchas de tinta en sus dedos ni de tierra en sus ropas. Pulcritud y eficiencia, eso es lo que quiere transmitir. No todos han visto con buenos ojos que una mujer se sentara con ellos a debatir las cuestiones de estado, por más princesa real que fuera. Pero en fin… Shirayuki espera que su trabajo hable por sí mismo y les calle la boca. Ryuu le pasa el legajo de papeles con los asuntos del día. Ella reprime un suspiro. Puede sentir los ojos de Izana fijos en ella. Innecesariamente ordena los papeles que ya han sido ordenados mientras Lord Kyril divaga una vez más sobre las necesidades de apoyar a los grandes señores latifundistas en detrimento de los pequeños propietarios y de las subvenciones que la corona les otorga. Shirayuki se entierra entre sus papeles, intentando no hacer caso de la sangre que le late indignada en las sienes. El discurso elitista de Lord Kyril puede reducirse a una sola idea: la tierra debe estar en manos de unos pocos.
Hace un tiempo, después de una de las primeras reuniones a las que asistió en calidad de Consejera Real, su cuñado le había comentado:
—Sé que te estarás preguntando por qué lo aguanto —ella intentó negarlo, por supuesto. Shirayuki era demasiado educada para dar voz a tales pensamientos—. Por qué alguien como él, obtuso, estrecho de miras, aburrido y casi monotemático, se sienta en el Consejo Real. Bueno, hay una razón, efectivamente… Porque aparte de sus ideas oligárquicas y clasistas, sus cálculos de áridos y sus previsiones de volúmenes de cosechas resultan ser casi siempre exactos. Además, siempre sabe qué terrenos resultan los mejores para las rotaciones de cultivos. Hasta alguien como él tiene su utilidad, Shirayuki.
Cuando alza la vista, su mirada se cruza con la de Izana (que efectivamente la estaba mirando) y cree ver en ellos una chispa de diversión. Él le hace un gesto leve, muy discreto, con la barbilla en dirección a Lord Kyril y ella desvía la vista inmediatamente hacia sus papeles. Ajá, pues parece que él también estaba pensando en aquella conversación…
Fingiendo estar sumamente interesada en la documentación aportada por el noble, Shirayuki se pregunta si es que lo tenía escrito en la cara o es que Izana la conoce bien. Pero sí, claro que la conoce bien. Bastante. Alguien como él no se mantiene en el trono sin conocer bien a los que le rodean.
Pues por eso mismo, Shirayuki sigue sin entender qué se le pasó a su cuñado por la cabeza al pedirle ser su esposa. ¡Casarse! ¡Con él!
¿Qué creía? ¿Que con expresar las necesidades del reino —de la corona—, ella lo dejaría todo atrás y accedería? ¡Por favor…! ¿Que su espíritu de sacrificio era igual al suyo? Pues no… ¿Que iba a dejar a Zen atrás por un título? Jamás.
¿Pero cómo se atreve? ¿Cómo demonios se atreve a pedirle algo así?
Ella no podía dejar a Zen. Ella seguía casada con Zen. Por más que la muerte los separara, ella seguía siendo su esposa.
¡Por el bien del reino!
Ni que ella tuviera que entregar su vida al reino. Bastantes sacrificios había hecho ella por el dichoso reino… Solo una noche le permitieron para llorar a Zen. Oh, no… Ella no le debe absolutamente nada al reino. Todo lo ha pagado ya con creces, con el dolor en su pecho y el vacío en su cama.
Sus únicas obligaciones para con Clarines son sus hijos y su trabajo. Nada más. Sí, criar y educar a sus hijos para que sean la mano y el escudo del próximo rey.
Nadie puede exigirle más…
Ni siquiera Izana.
Ah, pero si ha de ser sincera (y Shirayuki siempre lo ha sido…) no está molesta tan solo por la petición de su cuñado. Hay…, digamos que hay otro asunto al que preferiría no enfrentarse… Cierto tema en el que no hubiera querido ni pensar… Al menos, no todavía…
—De todas formas, no debéis preocuparos, Majestad —el tono monocorde de Lord Kyril aumenta de volumen, tornándose empalagosamente lisonjero, y eso hace que Shirayuki salga de su abstracción—, verdaderamente habría que ser un loco para rechazar un ofrecimiento de la corona… Cualquier propuesta que venga de vos, sin duda debería ser aceptada inmediatamente…
—Muchas gracias, Lord Kyril… Pero me temo que hay quien disiente de vos… —ella no pudo evitar el escalofrío de mal agüero que le recorrió la espalda—. Lady Shirayuki, decidme —alzó la mirada y lo vio apoyando la mano en la barbilla, con gesto elegante y dedicándole toda su atención—, ¿por qué no sois de su misma opinión? ¿Acaso no es propio de locos rechazar al rey?
A ella le dieron ganas de tirarle los papeles a la cara y borrarle de una vez por todas esa estúpida sonrisa de intrigante sabelotodo.
