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Parcialmente Vivo

Maye Malfter

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Capítulo IX

Sherlock llevaba varias horas sentado sobre su cama, en posición de loto y con las luces apagadas. Tenía las manos unidas frente a sus labios en forma de plegaria y se hallaba sumergido por completo dentro de su palacio mental, en busca de alguna pieza de información que pudiera ayudarle a resolver el enigma que se le presentaba. Necesitaba encontrar la manera de pedirle perdón a la persona más importante para él, lo que no pintaba como una tarea sencilla. Por el momento, los resultados de su búsqueda no eran satisfactorios.

Un sonido fugaz y hueco le sacó de su ensimismamiento, haciéndole dar un bote al recuperar completo control de su consciencia. Alguien estaba tocando la puerta de su habitación y ese alguien sólo podía ser una persona.

—¿Puedo pasar? —llamó la voz de John desde el pasillo.

Sherlock no le había puesto seguro y el hecho de que John no pasara directamente sugería que ya no estaba tan enojado y que había venido con intención conciliatoria. Eso, o el detective estaba rebuscando demasiado en las acciones de su no-visible compañero de piso.

—Está abierto —dijo, bajando las manos e intentando componer una pose relajada y abierta al diálogo, lo que resultaba bastante difícil considerando lo nervioso que se había puesto de repente.

John apenas y abrió la puerta para pasar, volviendo a cerrarla detrás de él. Llevaba la misma ropa con la que se había marchado en la mañana y evidentemente había pasado todo el día caminando por Londres, aunque ahora se le notaba mucho más calmado. Caminó hasta alcanzar la cama y se quitó los zapatos, sentándose frente a Sherlock, que en realidad no sabía qué hacer más que observarle y esperar. John suspiró, mirándole.

—Lamento mi comportamiento de esta mañana —dijo, tomando a Sherlock desprevenido—. Debí dejar que te explicaras en lugar de irme y dejarte aquí. Sigo haciendo eso y me doy cuenta de que es bastante infantil de mi parte. Así que lo siento.

—John, no tienes por qué-

—No —atajó el doctor—. Sí tengo. Lo he hecho demasiado estos días y ya es hora de que deje de comportarme como un niño. ¿Me disculpas? —preguntó, buscando los ojos del otro. Sherlock simplemente asintió, sosteniéndole la mirada—. Bien. Ahora, en cuanto al informe...

—Te lo puedo explicar —comenzó Sherlock, pero John le hizo callar con un ademán.

—Lo sé —afirmó, con una leve sonrisa que el detective no estaba seguro de cómo interpretar—. Y créeme que estoy ansioso de que me lo expliques, pero necesito ser yo quien lleve las riendas. —Sherlock comprendió de inmediato lo que John quería decir y le dirigió otro asentimiento.

—¿Qué quieres saber? —preguntó. John volvió a sonreír.

—Muchas cosas —declaró el doctor—, pero por el momento. ¿Qué tanto sabías del Levantamiento?

—No demasiado, en realidad —explicó Sherlock, con honestidad. John le escuchaba atentamente y sin rastro de ira, lo cual era muy favorable—. Tal como te dije en la mañana, escuché algunas teorías durante mis años en Cambridge e investigué lo propio de diversas fuentes. Resultó que muchas culturas y religiones coincidían en el mismo patrón, y dicho patrón llevaba a creer que en algún momento no muy lejano habría un levantamiento, o como la biblia católica lo llama, «Resurrección».

»Perdí interés en el tema mucho antes de conocerte, pero la información quedó almacenada en mi palacio mental. Por esa razón, cuando me vi rodeado de cadáveres vivientes siendo que lo último que recordaba era haberme lanzado de una azotea, supe de inmediato lo que eso significaba. Aunque admito que haber muerto justo en el año en el que ocurrió fue un gran golpe de suerte.

John simplemente le observaba, con la callada actitud de quien está considerando qué pregunta hacer a continuación.

—¿Qué hiciste luego de levantarte? —preguntó, ladeando la cabeza en un gesto que tenía más de curiosidad que de reclamo—. Pocos días después del día cero, mi grupo del EVH y yo barrimos la zona en busca de pistas y no conseguí rastro de ti.

—Estaba escondido —admitió Sherlock—. Imaginé que algo así sucedería y tenía planes que definitivamente no podían ser truncados por unos cuantos civiles en busca de rábidos. Mientras mis iguales asolaban la ciudad, yo localicé un sitio donde esperar pacientemente hasta poder salir y hacer lo que quería hacer.

—¿Que era qué, exactamente?

—Desmantelar la red de Moriarty, por supuesto.

—Ya —dijo John, frunciendo un poco los labios—. ¿Que no incluía organizaciones de otros países? No es que dude de ti, pero el informe no decía nada sobre haberte hecho pasar por un turista. Y sin la ayuda de tu hermano...

Sherlock contuvo una risa y el otro le correspondió con una pequeña sonrisa de disculpa. Internamente sintió algo de alivio, pues un John que hacía bromas de cosas delicadas definitivamente no era un John propenso a largarse del departamento tan pronto el interrogatorio terminara.

—Gracias a Mycroft y a mis propias investigaciones, tenía una idea de dónde conseguir una buena parte de los asociados de James en las inmediaciones de Londres. Me tardé un año en hacerlo pero al final mis nuevas habilidades de no-muerto rindieron fruto. También me las arreglé para dejarle pistas a la gente de mi hermano con respecto a los hilos internacionales y esperé hasta confirmar que el servicio secreto hubiera hecho su trabajo como debía.

—Ya veo... —dijo John, con gesto pensativo—. ¿Moriarty? —quiso saber, dejando entrever que esa no era la primera vez que se preguntaba por el destino del criminal.

—Muerto —dijo Sherlock, con convicción—. Aparentemente no sabía nada de las profecías y cuando di con él estaba tan rábido como cualquier otro. Eliminarlo definitivamente resultó ser más fácil que acabar con toda su organización.

—¿Tuviste que cazar para sobrevivir?

—Nadie inocente. Y mayormente animales.

—¿Cómo supiste que era seguro volver?

—Tengo mis métodos.

—¿Me... olvidaste?

La simple interrogante sorprendió al detective, quién pensaba que la conversación se iría por vertientes menos personales. John le miraba desde el lugar, visiblemente consternado por las implicaciones de su pregunta pero con semblante sereno. Lo curioso era que Sherlock no necesitaba rebuscar demasiado para dar respuesta a esa pregunta, pues era la única cosa de la que estaba seguro en ese momento. Su verdad, si se ponía poético:

—Nunca —aseguró, y acto seguido se arriesgó a cerrar la distancia que le separaba del otro, inclinándose hacia adelante lo suficiente para besar a John en los labios.

Fue un beso corto y sencillo, apenas labios sobre labios para reafirmar lo que acababa de decir. John le aceptó sin decir nada, lo que ya decía mucho. Sherlock se apartó.

—¿Algo más que quieras saber?

—Tal vez. Pero por el momento no se me viene nada a la mente.

—Bien. Entonces... ¿Irás a dormir?

Sherlock quería seguir hablando con John, seguir teniéndolo cerca y a su alcance. Pero no se le ocurría una manera de lograrlo. Quizás era mejor dejarlo todo así por el momento.

—Puede ser —convino el otro—. ¿Me puedo quedar aquí esta noche?

El detective abrió los ojos muy grande cuando escuchó lo que el otro le pedía. ¿Que no habían estado discutiendo horas atrás? Definitivamente John era una caja llena de sorpresas. Asintió, ganándose una sonrisa por parte del doctor.

—Muy bien. Voy a ducharme entonces —anunció John, levantándose de la cama. Caminó un par de pasos hasta la puerta de la habitación, para luego detenerse y devolverse sobre lo andado. Tomó sus zapatos del suelo y se inclinó para besar a Sherlock en la mejilla. Si el detective hubiera podido, seguro que se habría sonrojado—. Vuelvo en un rato —indicó, saliendo por fin de la estancia y seguramente hacia su dormitorio.

En todo el tiempo que le tomó a John bañarse y regresar, Sherlock no se movió ni un ápice, demasiado ocupado en rememorar cada palabra dicha con anterioridad, guardándolo todo en su palacio mental para futuras referencias. Así que cuando John le llamó por su nombre, no pudo evitar dar un pequeño bote.

—Huston, ¿me copian?

—Oh, sí... Lo siento —se disculpó el detective, girando el rostro para ver al recién llegado.

Iba de camiseta y shorts de algodón, con el cabello recién lavado y en punta por haber tratado de secarlo con una toalla. Llevaba en una mano lo que parecía ser un trapo húmedo. Sherlock se movió hacia su izquierda, para hacerle un espacio en la cama, y John se trepó sin decir mucho. Le miraba con una mezcla entre aprensión y expectativa, que Sherlock realmente no supo cómo interpretar hasta que vio lo que el otro le tendía: el pequeño empaque plástico en el que guardaba sus lentillas de contacto.

—Las has llevado todo el día, ¿no? —preguntó—. Se supone que tus ojos descansen cada cierto tiempo.

—No con este modelo —contradijo Sherlock, evitando sistemáticamente mirar el empaque—. Son especiales y puedo llevarlos las veinticuatro horas. La doctora Stapleton-

—Stapleton puede haber dicho que el Támesis está hecho de té verde —le interrumpió John, tomando una de sus manos y forzando el empaque dentro de la palma—, pero no me pasé meses especializándome en el tratamiento de SFP para que su opinión tenga más peso que la mía. Además soy tu doctor y harás lo que yo te diga.

Sherlock le miró con ojos como platos, tratando de discernir entre los pros y contras de hacer lo que John le estaba pidiendo. Hasta el momento, el simple hecho de mencionar su estado era causante de tensión para su compañero de piso. ¿Sería posible que todo hubiera cambiado de la noche a la mañana?

—Vamos, mientras soy joven —insistió John, y Sherlock pudo notar la determinación brillando en sus ojos. No se detendría hasta conseguir lo que quería y más le valía al detective hacerse a la idea.

Dubitativo, Sherlock tomó el empaque en su mano y desenroscó cada tapa, cuidando de no derramar la solución estéril dentro de cada compartimento. John extendió una mano con la palma hacia arriba a modo de mesa improvisada, y Sherlock colocó el empaque sobre ella sin perder tiempo. La sonrisa en el rostro del otro ahora era más notable, instándole a seguir y calmando sus crecientes nervios.

Acercó los dedos a su ojo derecho y con ayuda del índice y el pulgar se retiró la primera lentilla. Decir que no era un alivio para sus ojos sería mentir. Colocó el artilugio en su lugar y repitió el proceso con el otro ojo, y cuando terminó, John tomó el empaque y lo colocó encima de la mesita.

Sherlock parpadeó varias veces para eliminar la extraña sensación que las lentillas causaban en sus ojos. Su visión mejoraba considerablemente cuando no usaba los contactos, por lo que los rasgos de John a contraluz tomaron toda su atención. Era como verle por primera vez en mucho tiempo, lo que en cierta forma era la verdad.

John se incorporó sobre sus rodillas y se acomodó para quedar sentado frente a Sherlock, con el trapo húmedo apretado en una mano. Algo dentro del pecho del detective comenzó a pulsar muy fuerte, como el recuerdo de un latido que su corazón ya no era capaz de producir.

—¿Puedo? —preguntó John, acercando el trapo hacia su rostro. Sherlock simplemente asintió, incapaz de hacer otra cosa.

Le limpió el rostro con delicadeza, retirando el maquillaje desde la frente hacia abajo, dejando el área de los ojos para el final. Sherlock no era capaz de sentir nada, sus terminaciones nerviosas estaban muertas y bien podría estar raspándole el pómulo con un papel de lija, pues para él sería lo mismo. Le frustraba no poder experimentar el momento al cien por ciento, por lo que optó por cerrar los ojos y dejar que John continuara con su tarea.

Un escueto «Listo» fue su señal para volver a abrir los ojos y cuando enfocó de nuevo, John estaba observándole atentamente. Ya no sonreía.

—Cualquiera diría que nunca has visto a un SFP —bromeó, sin saber muy bien por qué. John le correspondió con una nueva sonrisa.

—Lo siento —se disculpó—. Es sólo...

—Lo sé —dijo Sherlock, un tanto apenado. Cada segundo que pasaba volviéndose más y más consciente de que John le estaba mirando tal cual era—. No es agradable a la vista.

—Oh, no. No es eso lo que... Sherlock... —John colocó una mano sobre su mejilla y buscó sus ojos, mirándole de manera cálida—. Hice esto porque quiero que sepas que a partir de ahora no tienes que usar caretas conmigo, ni figurativas ni reales. Tú eres esto, todo esto, y yo estoy completamente loco por cada parte de ti. Eres Sherlock Holmes, simplemente eso. Y agradezco poder tenerte conmigo otra vez.

Un gran nudo se formó en su garganta tras las palabras de John, seguido de una presión en los ojos que nada tenía que ver con haber llevado lentillas por varios días consecutivos. El hecho de no ser capaz de llorar ahora le pesaba más que nunca, y junto a eso, todas las limitaciones que su nuevo cuerpo presentaba. Jamás sería capaz de sentir las caricias de John en su piel o de sentir el calor de sus labios, nunca podría experimentar la totalidad de un abrazo ni la tibieza de su cuerpo bajo las sábanas. Sin embargo, había algo que sí podía hacer por él.

—John... —llamó, captando la atención del mencionado—. Tengamos sexo. Quiero que me tomes.

...

John miraba a Sherlock con los ojos muy abiertos, el corazón latiéndole fuerte en los oídos y la ligera sensación de estar dentro de un sueño muy extraño. ¿Acaso había escuchado bien?

—Que quieres... ¿qué? —balbuceó, confundido.

—Es algo que quiero hacer —insistió Sherlock—. Quiero hacer esto por ti. —John negó con la cabeza.

—Yo no necesito-

—Lo sé —le interrumpió el detective—, pero yo quiero hacerlo contigo.

La expresión en su rostro mostraba determinación, una que John había visto cientos de veces en una escena del crimen, pero esa vez con un toque distinto y más personal. John no daba crédito a sus oídos. Lo que Sherlock estaba proponiendo era una locura, una cosa era dejarle hacer lo de la noche anterior pero ¿sexo?

—Sherlock, escucha —comenzó, rascándose la nuca de forma inconsciente—. No quiero que tomes a mal lo que voy a decir, ¿está bien? —El otro asintió y él continuó—. Sólo dios sabe cuánto me gustaría estar contigo de esa forma, y créeme que lo haría gustoso pero...

—Pero soy un SFP —completó Sherlock, en un tono alarmantemente neutro. John deseó haber elegido mejor sus palabras.

—No tiene nada que ver con tu condición en sí —aclaró de inmediato—. Acabo de decirte que te quiero tal cual eres y no me voy a retractar. Pero no soy un ignorante en el tema. Sé que tus terminaciones nerviosas están atrofiadas y que el sexo ya no es placentero, incluso si tu cuerpo reacciona ante los estímulos. Si lo hacemos, sería para mi propia satisfacción y no quiero eso. ¿Entiendes? —preguntó, buscando los ojos del otro hombre. Sherlock soltó un sonoro suspiro.

—John... —masculló, cogiendo repentinamente una de sus manos—. El hecho de que no pueda sentir todo lo que pasa aquí —dijo, colocando la mano de John sobre su entrepierna— no significa que no lo sienta aquí. —Acto seguido, guió la mano del doctor hasta posarla sobre su muy callado corazón—. Sé que no voy a poder sentirte dentro de mí y que tal vez eso no sea lo que tú quieres, pero de igual manera, si hay alguien con quien me gustaría hacerlo ese alguien eres tú. ¿Me entiendes tú a mí?

Ante semejante declaración, John no pudo sino asentir, recibiendo un intenso beso que le tomó desprevenido. El ímpetu de Sherlock le hizo perder el equilibrio y caer de espaldas sobre el colchón, y no pasó mucho tiempo antes de que estuviera jadeando y gimiendo sin decoro alguno. El detective le prodigaba sus atenciones con avidez, mordisqueándole el cuello y de vez en cuando asaltando sus labios. John se dejaba hacer, las caricias y toqueteos de Sherlock despertando en él algo más que su interés. De pronto, el doctor recordó el detalle faltante y maldijo su suerte por no haberlo previsto.

—¿De casualidad tienes... lubricante? —preguntó entre jadeos, logrando con eso que Sherlock detuviera sus empeños y alzara el rostro para mirarle. Negó con la cabeza.

—¿Tú?

—Tengo un poco en la mesita de noche —recordó en voz alta—, pero creo que voy a necesitar mis piernas de vuelta —bromeó, al fijarse en que Sherlock lo tenía básicamente aprisionado contra el colchón. El detective se quitó de encima disculpándose—. Vuelvo enseguida —aseguró, tras darle un corto beso a su compañero.

Recorrió el pasillo entre zancadas, subiendo las escaleras de dos en dos y llegando a su habitación en menos de nada. Se lanzó sobre la cama y abrió el cajón de la mesita, donde un pequeño envase de lubricante a medio usar le esperaba. Sonrió para sí mismo y lo tomó del cajón, saliendo del dormitorio como una ráfaga y cruzando el espacio que lo separaba de la habitación principal en un suspiro. Cuando llegó, Sherlock lo estaba esperando completamente desnudo.

Decir que la piel grisácea del otro hombre parecía resplandecer a la luz de la luna era quedarse corto en descripciones, y John tuvo que hacer un gran esfuerzo para no trastabillar. ¿Cuántas veces habría deseado inconscientemente que esto sucediera? Poder tener a Sherlock así, frente a él y a punto de hacer lo que estaban por hacer, tener su consentimiento para poseerle en cuerpo y alma, poder expresar su amor sin pensar en consecuencias. De pronto, haber tenido que ir a buscar el lubricante le parecía un precio demasiado bajo a pagar por tanta dicha.

—Pensé que así sería mejor —dijo Sherlock, en un tono que sugería que John se había quedado viendo al otro por demasiado tiempo—. Si quieres puedo vestirme otra vez...

—No te atrevas —dijo John por fin, reaccionando y caminando hacia la escultura griega que era Sherlock desnudo.

También se quitó la ropa y se volvió a trepar en la cama, sintiéndose cada vez más hipnotizado por la belleza frente a él, como si repentinamente todas sus inhibiciones se hubieran vuelto poco importantes. El miembro de Sherlock, estilizado como su dueño, se alzaba orgulloso bajo una escasa mata de vellos oscuros; una respuesta a la estimulación cerebral más que a la física. Sin embargo, la sola visión bastó para izar su propia erección, instándole a terminar lo que habían comenzado minutos antes.

Dejó el lubricante en la mesita y se acercó a Sherlock, tomándole de la cintura y besándole los labios, el cuello, los hombros y cada parte de piel que podía alcanzar. Le haló hasta hacerlo apoyarse de la cabecera de la cama e inclinó la cabeza para poder mirarle a los ojos.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó.

—Nunca he estado más seguro —fue la respuesta de Sherlock, quién se inclinó hacia adelante para besarle con ganas.

Estuvieron así un buen rato, tocándose, frotándose y besándose hasta que un roce de su entrepierna con la rodilla del otro le recordó que si no se apuraba, la noche iba a terminar siendo muy diferente. Besó una última vez a Sherlock antes de inclinarse para tomar de nuevo el lubricante, momento que éste aprovechó para acomodarse mejor y meter una almohada debajo de su cadera. Se miraron una vez más, una mirada cargada de significado más allá de las palabras.

John volvió a besar al otro, esta vez de manera tierna, al tiempo que sus dedos ya cubiertos de lubricante hacían su camino hasta su entrada. Se separó para mirarle a los ojos.

—Voy a comenzar a prepararte —anunció—. Si en cualquier momento quieres que pare, sólo dímelo, ¿está bien? —Sherlock asintió por toda respuesta.

Lo preparó con empeño, pero de manera delicada, asegurándose de que no estaba causando ningún daño a la piel y de que la distensión ocurría de manera gradual. En todo ese tiempo, Sherlock no le quitó los ojos de encima, lo que era a la vez erótico y un poco inquietante. Esa era su primera vez con el detective, después de todo, y a pesar de que las circunstancias no eran completamente ideales, le era imposible no sentir un poco de miedo escénico.

—Ya estás listo —anunció, tras asegurarse de que tres de sus dedos entraban y salían sin dificultad del interior del otro—. ¿Cómo quieres que…?

—Así como estoy —respondió Sherlock, mirándole tan intensamente que parecía querer explorar en su alma—. Quiero poder verte.

John sintió su entrepierna pulsar ante aquello, notando los dedos torpes al buscar a tientas el envase de lubricante que había dejado a un lado. Embadurnó toda la extensión de su miembro con una generosa cantidad y se arrodilló frente a Sherlock, alineándose con él hasta encontrar el ángulo ideal. Tomó su erección con mano firme y colocó la punta en la entrada de su amante, haciendo presión tentativa. Miró hacia arriba entonces, conectando con los ojos del otro y pidiendo callada autorización para lo que estaba a punto de hacer, a lo que Sherlock respondió con un asentimiento.

Se empujó dentro de Sherlock en un movimiento lento. El cuerpo de su compañero le recibía sin resistencia, envolviendo su miembro en pulsaciones reflejas para las que John no estaba preparado. Tuvo que parar varias veces para recuperar la compostura, pues la placentera sensación se incrementaba a medida que avanzaba en su tarea, y si no se calmaba el asunto no iba a durar demasiado.

Un empujón final y estuvo completamente dentro, jadeante y tan cerca de Sherlock que el nuevo color de sus ojos resaltaba en la oscuridad. Su amante sólo sonreía; le acarició la mejilla y le besó con ternura, moviendo las caderas como una indiscutible señal de que era seguro seguir con lo planeado. John así lo hizo, y en poco tiempo estableció un ritmo suave y profundo que enviaba corrientazos de electricidad justo a la base de su columna.

Su cuerpo le pedía que agilizara las cosas, pero él quería que el momento durase lo más posible. No obstante, Sherlock parecía tener otros planes. El detective plantó los pies en la cama y rodeó el cuello de John con sus brazos, usando su nueva posición para mover las caderas con un ritmo que casi hace al otro perder el equilibrio. John tuvo que apoyar las manos de la cabecera de la cama para no caer sobre Sherlock, lo que su amante aprovechó para circular la pelvis de tal manera que hizo que su orgasmo le golpeara sin avisar.

Maldijo y juró en voz alta, sintiendo cómo el interior de Sherlock absorbía sus espasmos. Sin fuerzas en las rodillas debido al repentino subidón, John se desplomó sobre su pareja, extenuado hasta más no poder y con la respiración agitada. Sherlock no se movió de su sitio, llenándole la espalda de suaves caricias a medida que su ritmo cardíaco volvía a la normalidad.

Cuando pudo moverse, salió del interior del otro e inclinó el cuerpo hasta apoyarlo en la cama, pero eso fue todo lo que pudo hacer antes de sentir al cansancio ganarle la partida. Había sido un día agitado, por lo que ahora era tiempo de descansar en brazos de la única persona con la que realmente quería estar.

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