Harry casi tropezó al bajar con todas las cajas repletas hasta el tope de adornos, que estaban guardadad en el ático de los Granger. Los padres de Hermione habían estado de vacaciones por una semana, pero pretendían volver para pasar las fiestas con su única hija, así que para recibirlos decidieron decorar la casa lo más rápido posible. Hermione ya se enocntraba en el piso de abajo, vestida con un suéter azul con renos y un gorro que cubría libremente la parte superior de su cabeza. Junto a ella estaba el tan mencionado árbol de Navidad, un pino de plástico de casi dos metros, sus ramas cubiertas con el polvo acumulado en el encierro y una que otra araña cerca de su caja. Harry agradeció que Ron no estuviera allí, o estaría probablemente acurrucado en un rincón quejándose de cúan horribles son las arañas, ya que siempre les había tenido pánico, y aún más tras su desagradable visita a Aragog, la acromántula de seis metros que trató de servirlos como alimento a sus hijos, en su segundo año. Harry sonrió al imaginárselo, y se inclinó junto a Hermione para ayudarla a colocar el árbol en su lugar. Primero decidieron colocar las luces, así que Harry se ofreció a hacerlo, pero Hermione, testaruda, le quitó las luces y dijo que lo haría ella sola. Harry pasó minutos tratando de evitar reírse ante su amiga tratando desesperadamente lograr enrollar correctamente las luces alrededor del árbol, para solo terminar con su mano atada fuertemente al árbol. La castaña tiró de su mano para deshacerse del nudo, pero entonces el árbol se abalanzó hacia ella y cayó al piso con un estruendo. Harry rió por lo bajo.
-¿Qué? -demandó la chica con el ceño fruncido.
-Nada, es solo que tal vez sí necesitas mi ayuda.
-Bah, detesto estas cosas. -la chica volvió a levantar el árbol -Bueno, tal vez . . solo tal vez necesito un poco de ayuda -Hermione bajó la mirada.
-Está bien, todos la necesitamos. Sólo déjame coger este extremo y desenredar ete otro. . .-Harry dio vueltas y vueltas alrededor del árbol hasta volver a su lado.
-Ahora solo debes tomar este extremo y yo cogeré el otro, y damos vueltas en sentido contrario para enrollar las luces.
-¿Así de fácil? -Harry rió.
-Hay cosas que son mucho más fáciles cuando las haces con alguien, ¿sabes? -la castaña sonrió ante el comentario de su mejor amigo, pero su sonrisa se congeló en cuanto recordó su trato secreto con un detestable rubio de mirada oscura. ¿Debería decirle a Harry? No, por supuesto que no. Eso solo arruinaría todo, y más encima preocuparía a Harry demasiado, más de lo que ella misma podría soportar. Harry estaría más seguro si no se enteraba de nada.
-Ya está.
-Gracias, no lo podría haber hecho sola, supongo.
-Venga, coloquemos esos adornos.
Más tarde, Hermione salió por un par de tazas de café, para ella y para Harry, ya que ambos estaban deseando una bebida caliente debido al frío mortal que hacía en Londres. Se acercó a una pequeña cafetería calle abajo, a la que solía ir con sus padres cuando era pequeña por donnuts o chocolate caliente. La puerta hizo sonar una pequeña campanilla cuando entró, y sin mirar el resto del local, se dirigió hacia el mostrador. Un chico de unos veinte años aguardaba detrás del mostrado, con aspecto aburrido mientras jugaba con su gorro de Papa Noel.
-Buenos días, quisiera ordenar dos capuchinos con crema, por favor.
-Serían 4 libras, señotita.
Hermione rebuscó en su bolsillo por el dinero que había traído. Otro comprador se había colocado a su lado, Hermione alcanzó a ver con el rabillo del ojo que colocaba un par de twinkies sobre el mostrador.
-Vaya día helado, ¿no es así?
-Londres siempre ha sido un lugar frío, ¿no es así? -Hermione entonces se dio cuenta de que el nuevo comensal le estaba hablando a ella. Se dio la vuelta, para encontrarse con lo que parecía ser su pesadilla habitual y más aterradora de esos días. Un par de ojos fríos le devolvieron la mirada.
-Sí, claro. Aquí está el dinero. -el chico del mostrador le entregó dos vasos y una pequeña bandeja para llevarlos, y Hermione se alejó lo más rápido posible de la tienda. En cuanto alcanzó la salida, sintió el aire frío de Londres golpear contra su rostro y se quedó allí, aguardando a la salida del rubio.
-¿Preparándote para Navidad, eh Granger?
-Cállate, Malfoy. ¿Qué demonios haces aquí?
-Ya sabes, pensé en pasar a dejarte un regalo a ti y a tu simpática familia de muggles, por caridad con los sangre sucia -Hermione tuvo que detenerse a sí misma de golpearlo en medio de la callae.
-¿Qué quieres?
-Supongo que escuchaste las noticias esta mañana.
-La verdad no.
-Esas son las desventajas de trabajar con una muggle, nunca saben nada.
-Te recuerdo que yo también soy hechicera, y que me necesitas tanto como yo te necesito a ti. Ahora dime, ¿que pasó?
-Mi madre fue declarada oficialmente como desaparecida, y esos bufones del Ministerio anunciaron que todo era culpa de Sirius Black, así también como que otros ex- mortífagos estaban desparecidos, aunque aún no tienen ni la menor idea de qué va todo esto.
-¿Ex mortífagos? La última vez que revisé, tu madre no se estaba reuniendo con amigos, precisamente.
-Nadie pidió tu opinión de sabionda, Granger. Pero debemos encotrarla pronto, ¿o debo recordarte por qué tu también aceptaste este trato?
-Créeme, me lo recuerdo día a día. Estaba segura que la pista de Bellatrix funcionaría, pero. . .-Malfoy la cortó.
-Pero no lo hizo, así que piensa rápido antes de que el trasero de tu querido Potter también desaparezca -con eso, el chico se esfumó en el aire. Frustrada, Hermione pateó un basurero y gruñó levemente. Odiaba trabajar con el imbécil de Malfoy, pero no tenía ninguna opción, no podía arruinar las cosas ahora.
Molesta y preocupada volvió a la casa, poniendo la mejor sonrisa despreocupada que pudo hacer cuando Harry abrió la puerta.
