Capítulo IX: Ajedrez en la oscuridad

Eran las ocho de la mañana, y la Oficina de Aurors comenzaba sus actividades con gritos.

-¿Y POR QUÉ DEMONIOS NO ECHARON LA PUERTA ABAJO? –rugió la voz de Ginny Weasley, haciendo temblar el cubículo entero-. ¡ME SORPRENDE LA INEPTITUD DE USTEDES DOS!

Los dos Aurors que estaban frente al escritorio de quien vociferaba su frustración tenían una cara cenicienta, como si acabaran de ver un fantasma. Fueron precisamente aquellos dos Aurors los que pasaron por alto una casa en la que una pareja estaba pasándola en grande en su habitación.

-¡Harry Potter los engañó! –exclamó Ginny, el color de su rostro volviendo a la normalidad ahora que estaba recuperando la calma-. Simuló que estaba en la cama con Dios sabe quién para hacerles creer que no era él. ¡Debieron comprobarlo con sus propios ojos!

Ambos agentes negaron con la cabeza.

-¿Y violar la privacidad de una persona?

El Auror que habló supo inmediatamente que había metido la pata.

-¡Éste es una asunto de seguridad nacional! –estalló Ginny, golpeando la mesa con sus puños-. ¡Me importa un comino si los interrumpo durante un orgasmo! ¿Creen que es más importante la privacidad de dos personas o el hecho que un asesino muy peligroso ande suelto por ahí?

Los dos Aurors no dijeron palabra alguna.

-¡Qué esperan! ¡Vuelvan a trabajar!

Ambos agentes se pusieron de pie violentamente y abandonaron el cubículo. Ginny estaba que botaba humo por las orejas. Harry Potter seguramente había estado a metros de aquel par de bobalicones y los pelafustanes ni siquiera se dignaron en asegurar una confirmación visual. Se dejaron llevar por suposiciones, inferencias que no venían al caso. Ella no toleraba inferencias: esperaba resultados, lo más concretos posible. Irritada, se puso de pie y se dirigió al despacho de su jefe, tratando de lucir lo más serena que se pudiera, cuando en su interior sentía agua hirviendo corriendo por sus venas.

Ginny tocó a la puerta del despacho de su jefe, pero no hubo respuesta. Sin embargo, se oían voces del otro lado. Seguramente debía de estar emitiendo un reporte al Ministro acerca de los tres misteriosos asesinatos que ocurrieron en los últimos días. Sin embargo, la conversación que tenía lugar al otro lado de la puerta no tenía nada que ver con reportes.

-¿Está seguro de lo que me está pidiendo? ¿De verdad tiene esa información?

La voz que sucedió a aquellas palabras sonó como ninguna que hubiera escuchado alguna vez. Era una voz distorsionada, andrógina, como si aquella persona no quisiera que fuera identificada de ninguna manera.

-Tengo toda la información que necesita. Lo único que requiero es que les diga dónde buscar, pero tengo que pedirle que sea extremadamente sutil con esto. No me interesa que, por culpa de su poca discreción, me exponga ante la ley.

El jefe quedó en silencio unos momentos.

-Se hará como usted ordene.

-Por su bien, espero que sí.

Y la comunicación se terminó.

Ginny tenía el corazón en un puño. ¿Quién era el sujeto con el que estaba hablando el jefe? ¿Qué clase de información no quería que fuese revelada, al menos de la forma correcta? ¿Será algún contacto que tuviese alguna clase de información clasificada concerniente a los asesinatos? Se dio cuenta que sería un error persuadir al jefe a que hablara acerca de aquello, pues eso revelaría que Ginny estaba escuchando cosas que posiblemente no debería haber oído.

Tocó a la puerta, tratando de sonar casual.

-Pase.

Ginny se plantó delante del escritorio de su jefe, componiendo un rostro neutro, pese a que no se sentía así en absoluto.

-Acabo de escuchar el informe de los Aurors que estuvieron buscando a Potter cerca del área del cementerio. Potter los engañó con un truco bastante tonto en realidad-. Aquello lo dijo como si no tuviera ninguna relevancia, pero sabía que era ese truco el que la tenía con un humor tan volátil ese día. Aunque en esos últimos días había visto a Harry Potter como a un criminal, eso no impidió que se pusiera infernalmente celosa cuando supo que él se acostó con otra mujer para pasar desapercibido. Y cuando los Aurors le dijeron el número de la casa, sintió su sangre hervir de renovados ataques de celos.

Harry había pasado la noche con esa apestosa cocinera, amante del yoga, Cho Chang.

-Bueno, a veces se gana y a veces se pierde –dijo el jefe, encogiéndose de hombros. Ginny no esperaba que entendiera la verdadera razón por la cual se sentía como un paquete de dinamita a punto de estallar, pero aquel comentario de parte de uno de los más estrictos Aurors en existencia no pasó desapercibido para ella-. Debes estar lista para capturarlo la próxima vez. Te recomiendo que lo hagas sola. Parece que trabajar con colegas es más un estorbo que una ayuda para ti.

Ginny consideró las palabras de su jefe. Tenía razón. Cada vez que delegaba labores de captura en sus subordinados, éstos fallaban en lograr su objetivo. ¿Y si cazaba a Harry Potter en solitario? Encendería menos alarmas si no llevaba refuerzos. Además, ella se sentía capaz de enfrentar a Potter en un duelo, aunque para los demás hacerlo fuera equivalente a un suicidio. Su novio era el mejor duelista del Departamento, intuitivo e inmisericorde. Combinación mortal.

Sus armas femeninas tampoco funcionarían, puesto que él ya estaba acostumbrado a ellas y no le causarían el menor impacto. Sus únicos recursos para echarle las redes era el sigilo y la astucia. Pues bien, iba a usar todo su repertorio con tal de verlo detrás de unos barrotes bien gruesos. Decidiendo lo que iba a hacer, salió de la oficina, con aire resoluto, hacia el último lugar donde estaba segura que fue visto ese odioso Potter.


Hermione no había dormido bien.

Pese a que estaba cansada como pocas veces cuando se separó de Neville frente a su casa, pese a lo tensa de la situación en el cementerio, descansó pero no logró desconectarse de la realidad. La razón no era ni remotamente reciente. Se trataba de algo que le había tocado su curiosidad hace un día atrás, cuando recibió una intempestiva bienvenida de parte de su mejor amigo, una imagen que vio al final de un libro polvoriento. Un dibujo de una mariposa aleteando, trazado varias veces, sin que dos líneas pasaran por el mismo sitio.

Pestañeaba a ratos, mirando distraídamente la pantalla de su computador, el cual tenía puesto el protector de pantalla. Desde que el Estatuto Craven fue promulgado, la presencia de aquellos aparatos en las casas de los magos se fue haciendo cada vez más frecuente. En las últimas dos semanas se vendieron casi doscientos mil computadores de escritorio y, aunque los magos no supieran de frecuencias de reloj de procesador, memorias de acceso aleatorio, interfaces SATA, placas base, sistemas operativos, muestreos múltiples o filtrados anisotrópicos, lograron aprender a usar esas máquinas en relativamente poco tiempo. Hermione, como era previsible, sabía de esas cosas y, desde luego, sabía usar un computador. Y las bromas acerca de si era el computador o la computadora no se hicieron esperar. Las chicas decían que era masculino porque juzgaban que si hubieran esperado un poco más, tendrían uno mejor, y los chicos contraatacaban diciendo que era femenina porque se comunicaban entre ellas en un lenguaje que nadie entendía. Hermione se mantuvo distante de aquel debate, argumentando que el computador era un ente andrógino, con características de ambos sexos.

Apartando aquellos pensamientos de su desgastada mente, Hermione se dispuso a borrar el protector de pantalla cuando una súbita idea acudió a ella. Contempló el protector de pantalla, el cual mostraba unas líneas que se entrecruzaban y se movían de forma aleatoria, a veces adoptando una forma bastante familiar. Con desesperación, tecleó la contraseña para desbloquear el computador y se metió a Internet. Juramentando a causa de la lentitud de la conexión y de lo pesadas que eran las páginas, ingresó varias palabras claves en un motor de búsqueda y esperó por largos dos minutos antes que una imagen, junto con un texto bastante revelador, apareciera en la pantalla.

Era justo lo que buscaba.

¡Lo encontré!

Al fin, después de quemar bastantes neuronas, supo lo que significaba aquella mariposa aleteando que halló en ese libro. También supo por qué pensaba en funciones tridimensionales cada vez que esa imagen se le aparecía en su cabeza.


Neville sí durmió plácidamente.

Recordaba la conversación que sostuvo con Hermione antes de despedirse de ella. Ambos estaban sentados en los escalones de la entrada de la casa de la castaña, hablando acerca del repentino cambio de actitud de Ginny, cosa que a Hermione la traía mal, aunque no lo exteriorizara demasiado. Neville había demostrado una caballerosidad impropia de él esa noche, tomándole las manos cariñosamente y mirándola tiernamente a los ojos.

-Ginny también está pasando por un mal momento. Sólo está confundida y, como es natural, buscó la salida más fácil… creer que Harry mató a Ron a causa de unas pruebas que unos Aurors le mostraron. Dale tiempo Hermione. Estoy seguro que volverá a ser la de antes cuando haya superado todo esto.

El mayor regalo que pudo haber recibido de parte de ella, era una muestra concreta de agradecimiento… demasiado concreta. Ella le dio un beso en su mejilla, aunque falló por muy poco su boca. ¿Era aquello un mensaje? ¿Habrá sido accidental o intencional? Sin embargo, la pregunta que vino después lo desarmó por completo.

-Neville, quiero que me respondas algo, y me gustaría que fueras honesto- le había dicho Hermione, sin ninguna clase de amenaza en su voz. Dijo esas palabras con suavidad. Neville se sentía hechizado por aquella forma tan sutil de hacerlo sentirse cómodo-. ¿Te gusto?

El Auror estaba preparado para reaccionar con calma ante situaciones extremadamente peligrosas, serenar su mente cuando hubieran muchas pistas para digerir, usar su fría lógica para superar los acertijos más desafiantes. Pero aquella simple pregunta, dos palabras simples, pusieron a Neville en una situación por la que jamás había pasado. Ningún entrenamiento de Auror le enseñaba a responder correctamente a algo como eso. Sin embargo, Hermione sonrió.

-No voy a juzgarte por lo que me respondas Neville. Sólo quiero saber si te gusto o no.

Su sonrisa era mágica, su voz era seductora y sus ojos eran hermosos. Él sabía la respuesta, pero le daba miedo pensar en lo que sucedería después. Era como si su valía como persona estuviera siendo cuestionada en esos momentos. Además, tenía la incierta sensación que existía algo dormido entre Hermione y Harry, a juzgar por la forma en que se relacionaban. Decidió ser honesto, aunque perdiera el juego.

-Me gustas mucho.

Hermione sonrió más pronunciadamente. Neville se puso nervioso.

-¿Desde cuándo?

-Desde… desde que te vi por primera vez.

Hermione se llevó las manos a la boca, sorprendida.

-¿Y por qué no me lo dijiste antes?

Neville estaba sintiéndose más confiado.

-Porque no estaba seguro de lo que me dirías.

Ahora, la sonrisa de Hermione semejaba la de un ángel. Un ángel de cabello castaño y ojos miel.

-Neville, me alegra que seas sincero conmigo-. Ella le tomó las manos-. Yo también seré honesta contigo.

Lo que sucedió después, Neville no se lo esperó ni en un millón de años. Ella se acercó despacio a él, cerró sus ojos lentamente y Neville sintió algo suave rozar sus labios. Tardó dos segundos en darse cuenta que Hermione lo estaba besando. Debo estar soñando, pensó el pobre, mientras él respondió al beso, dulcemente, como le había enseñado alguna vez su abuela, abrazándola suavemente, acariciando su espalda. Al fin, después de tantos años de espera, estaba dando su primer beso, y lo que era mejor, con la mujer que siempre había soñado estar en esa situación. Su espíritu se elevaba hacia el cielo cada vez que sus labios se rozaban, sus respiraciones entrecruzarse, extraviándose en el deseo…

Un sonido como de celular se escuchó en la lejanía.

Despertando de súbito, Neville se puso de pie, caminó en pijamas hacia la puerta, la abrió y, en el suelo, sonando desesperadamente, yacía un celular depositado casi con gentileza sobre la acera que conducía al portón. Desconcertado, tomó el aparato y se lo llevó al oído.

-¿Hola?

La voz que se escuchó del otro lado de la línea era rasposa, amenazante.

-Señor Longbottom. No cuelgue. Desde este momento, va a hacer exactamente lo que yo le diga…


El hombre no podía creer su buena suerte. El tipo que lo había contratado para asesinar a aquel reputado abogado, volvió a llamarlo. Necesitaba sus servicios nuevamente. La paga, como esperaba, era exorbitante. Sin embargo, su nuevo trabajo no se trataba de asesinato, sino de persuasión. El empleador necesitaba que algunas cosas estuvieran hechas de forma expedita y sutil, y su trabajo era ayudar a facilitarle las cosas.

-No quiero que asesine a nadie, pero le pagaré como si tuviera que hacerlo. ¿Puedo contar con usted?

-¿De cuánto estamos hablando?

El hombre le dijo la cantidad.

-Dígame qué debo hacer, y así será.

-Necesito acelerar algunas cosas, cosas que están ocurriendo en este momento. Quiero que se dirija a la dirección que le voy a dar y amenace a una persona cuyo nombre se lo daré después de asesinar a un objetivo. Los detalles se los haré llegar por vías más seguras, pues las llamadas telefónicas pueden ser interceptadas por varios métodos, sobre todo, los métodos mágicos. Cuando haya realizado su tarea, vaya al punto de encuentro y le pagaré.

Y la comunicación se cortó.

El asesino, en ese preciso momento, estaba apuntando su rifle francotirador hacia el punto deseado, con una mano sosteniendo la culata de su arma, asegurándose que no se moviera en lo absoluto, y con la otra, maniobraba un celular, marcando un número que él sabía de memoria. Esperó en la línea hasta que una persona contestó.

Era quien esperaba.


-No sé a qué cree que está jugando, pero no voy a seguir las órdenes de un sujeto al que no conozco. Adiós.

Neville cortó la comunicación e iba a tirar el celular a cualquier parte cuando éste comenzó a sonar nuevamente, pero no se trataba de una llamada normal. Era una petición para iniciar una videollamada. Sin estar seguro de lo que iba a vislumbrar, Neville accedió.

La imagen que se desplegó delante de sus ojos bastó para entender el mensaje anterior. Horrorizado y contagiado por un terror helado, Neville acercó el auricular a su boca, temblando de pies a cabeza. Esa persona había pasado de rondar sus sueños a estar en peligro de muerte, todo en menos de cinco minutos.

-¿He captado su atención, señor Longbottom?

Neville tuvo que admitir que sí, pero no le iba a dar el placer de confesarlo a través de palabras. No deseaba mostrar ninguna clase de debilidad, aunque la imagen del celular hacía que su sangre se convirtiera en hielo. La mano que sostenía el voluminoso aparato temblaba violentamente, como si estuviera sumergida en agua congelada por varios minutos.

-Ahora le voy a decir lo que debe hacer. No es algo del otro mundo. Primero, camine cuatro cuadras hacia el oeste y después, diríjase a Hyde Park. Allí recibirá nuevas instrucciones. –Neville creyó que el sujeto había terminado de hablar, pero faltaba un detalle, uno que le hizo dar carne de gallina-. No se le ocurra desviarse de su trayecto. Sabré si se dirige a otro lado o esconde el celular en algún basurero. Seguramente no querrá que se encuentre de nuevo con su bonita novia y no pueda besarla adecuadamente.

Neville captó la espantosa indirecta. Aunque era una exageración decir que ella era su novia, sentía que existía una buena posibilidad que Hermione aceptara salir con él. Aquello no contribuyó en lo absoluto a sentirse mejor: si cometía cualquier error, la perdería para siempre, y eso era algo que Neville no podría tolerar. Estaba entrenado para soportar la muerte y el dolor, pero ella, Hermione, era la persona más importante para él y no deseaba que muriera por culpa suya.

Hermione.

Sosteniendo el celular como si fuera un niño pequeño, Neville hizo lo que le ordenaron: caminó cuatro cuadras hacia el oeste y luego deambuló por las ajetreadas calles de Londres, que en ese momento todavía estaban en hora punta, rumbo a su destino, Hyde Park. Tratando lastimeramente de esconder su preocupación, Neville levantó la vista y arregló su postura para parecer más decidido, pero lo artificial de sus gestos comunicaban exactamente lo contrario. Muchos transeúntes se preguntaban a sí mismos qué ocurría con ese hombre, vestido en pijamas y con cara de haber despertado recién de una pesadilla.

Tranquilízate Neville. Puedes salir de ésta.

Decidió usar el subterráneo para llegar más rápido. Aunque Neville deseaba hacer este altercado lo más breve posible, su propósito con aquella acción era otro. Descendió las escaleras que conducían al famoso servicio de metro de Londres, compró un boleto hasta alguna estación lo más cercana posible de Hyde Park. Abordó el tren subterráneo y se sentó junto a un joven de cabello castaño oscuro que iba leyendo un diario.

-Es bonito Hyde Park en primavera –dejó caer Neville, esperando que quien estaba sentado a su lado le respondiera. No obstante, el comentario sonó lo bastante convincente como para que el joven sentado a su derecha respondiera.

-¿En serio? Ésta es la primera vez que vengo a Londres y me recomendaron que fuera allá a echarle una visita. ¿Usted vive en esta ciudad?

-Desde que mi abuela se encargó de cuidarme –respondió Neville, esperando que no preguntara por sus padres. Ese tema siempre había constituido un problema para él, pues ellos estaban en una sala del Hospital San Mungo: estaban dementes y no eran capaces de reconocer ni siquiera a su propio hijo. No obstante, el tipo supo, de algún modo, que no era un tópico estimulante de conversación, por lo que no indagó nada más.

-¿Cuánto tiempo se demora este metro en llegar a Hyde Park? –inquirió el joven.

-Sólo cinco minutos –respondió Neville. Aunque el hombre era amable, no podía abandonar aquel aire de aprensión desde que supo que la vida de Hermione pendía de un hilo. A cada rato miraba la pantalla del celular para asegurarse que la cabeza de ella siguiera donde correspondía. El sujeto no había dado señales de vida. Quizá estaba confiado en que él hiciera lo que le ordenó. Ojalá que no se diera cuenta del movimiento que en tres minutos más iba a hacer.

El metro se detuvo. Era el momento de actuar.


El asesino miraba constantemente hacia la pantalla de su celular para asegurarse que el Auror no hiciera algo estúpido. A los dos les convenía que siguiera exactamente sus instrucciones.

Tras verificar el blanco en su rifle francotirador, dirigió su vista una vez más hacia su celular. Vio que unas manos lo tomaban y luego, oscuridad. Supuso que el pobre de Longbottom no soportó ver la cabeza de su adorada chica en el centro de una mira telescópica y guardó el celular en el bolsillo. Acto seguido, encendió su portátil y verificó la posición GPS del celular. No había margen de duda: el Auror se dirigía exactamente hacia donde le dijo que fuera. Cuando estuvo cerca del punto elegido, cogió su celular para darle las siguientes instrucciones.

-Ahora, señor Longbottom, quiero que dirija su vista hacia el basurero que está detrás de usted. Dentro de éste hallará un folio con variadas cartas. Extraiga el folio y luego vaya hacia la Abadía de Westminster, en la Sala Capitular. Allí hallará a un hombre. Entréguele el folio y, cuando haya recibido la confirmación de entrega, podrá ir donde su novia y sacarla de este entuerto.

Por un momento, hubo silencio. Luego, el desconcierto lo sobrecogió cuando la voz que crepitó en el altavoz era, indudablemente, de otra persona distinta a Longbottom. Preguntaba, con un viso de descortés incredulidad, quién rayos era Longbottom, con una voz más aguda que la del desventurado Auror. Rápidamente y sin vacilación, puso un ojo en la mira telescópica y, para su horror, vio al agente entrar a la casa de Granger y convencerla de que saliera de allí porque estaba en peligro. No le preocupó cómo había llegado tan rápido desde Hyde Park hasta los suburbios: tenía que hacer su trabajo, de la manera más sutil posible. Matar no era parte del trato pero, vistas las circunstancias, no quedaba otra alternativa. Puso una bala en la recámara y relajó los nervios. Sabía que ese disparo tenía que realizarlo con sumo cuidado.


-¡No hay tiempo que perder Hermione! ¡Tienes que salir de aquí cuanto antes! –exclamaba Neville con un notorio tinte de desesperación en su voz. Hermione estaba terminando de imprimir una copia de su hallazgo y, cuando tomó el papel, el Auror se dirigió hacia la ventana, mirando frenéticamente en todas direcciones, buscando el lugar en dónde estaba el asesino, pero era un esfuerzo vano.

Dándose cuenta que la ventana estaba abierta, Neville se puso delante de ésta con el fin de proteger a Hermione. Un segundo después, un dolor lacerante explotó en su pecho, en el lado izquierdo, lanzándolo violentamente hacia atrás, impactando contra una mesa y haciéndola trizas. Hermione vio el cuerpo de Neville volar, como en cámara lenta, hacia el suelo, rompiendo la mesa, la sangre derramándose de su pecho. Ella sintió como si todo su mundo se viniera abajo, otra vez, justo cuando había hallado refugio en la persona que acababa de ser baleada delante de sus propios ojos. Su mente se quedó en blanco, incapaz de reaccionar, un solo hecho registrado en su mente.

Neville me salvó… a costa de su propia vida.

Transcurrieron segundos durante los cuales Hermione no supo qué hacer, como si estuviera contemplando la muerte de Ron otra vez. Luego, recuperó su conciencia, y acompañando a ésta, un mandato imperativo, algo básico e importante.

Echó polvos flu a su chimenea y exclamó su destino en voz alta pero trémula. Enseguida, un rostro apareció entre las llamas de color esmeralda.

-Hospital de San Mungo.

Hermione titubeó un instante, para luego comunicar la tragedia.

-Hubo un incidente… hay un hombre baleado y malherido en mi sala de estar. Está inconsciente… apenas respira… ¡no tiene pulso! ¡Por favor… que vengan de inmediato a mi domicilio!

Después de los formulismos típicos, al instante apareció un equipo de tres sanadores, quienes llevaban una camilla a cuestas. De forma profesional, dos de ellos se acuclillaron frente al malherido Neville e hicieron diversas maniobras. Momentos después, uno de ellos se acercó a Hermione.

-No tiene pulso y su respiración es muy débil. Su corazón está completamente destruido. No hay nada que podamos hacer. Lo siento.

Hermione no quería rendirse. No iba a perder a otra persona que quería. No esta vez.

-¡Hagan todo lo posible para que pueda lograrlo! –exclamó, lagrimas saliendo de sus ojos-. ¡No quiero que muera!-. Ahora ella estaba llorando, casi como cuando vio a Ron en el suelo de su propio baño, asesinado por un artefacto que nadie conocía y que no parecía pertenecer a ningún catálogo balístico del planeta.

Los sanadores, conmovidos por la tristeza de la mujer, levantaron el cuerpo de Neville y lo subieron a la camilla.

-Haremos lo posible. Sin embargo, no le puedo asegurar nada –dijo el sanador que le habló primero a ella-. Un cuerpo en este estado… no hay probabilidades de supervivencia.

Hermione asintió, todavía con lágrimas en los ojos. Sintiéndose vacía, acompañó al equipo de sanadores hasta el hospital. Quería ser testigo de lo que sea que iba a suceder dentro de las entrañas del complejo médico, aunque ello contribuyera a sentirse más miserable y desamparada que nunca.

Si Neville no sobrevive, me mataré.


A millas de los sucesos narrados con anterioridad, Harry descansaba en la sala de estar de su propia casa. Se aseguró por triplicado que no hubiera ningún Auror pululando en las cercanías antes de entrar. No llevaba ni diez minutos tirado en el sofá cuando una lechuza se posó en el marco de la ventana. Llevaba un rollo de papel en el pico. Harry no quería enterarse de más chismes. Prometió cancelar su suscripción al periódico si en esta edición del Profeta Matutino había una imagen de una artista pop en la primera plana. Sacó unos cuantos knuts de su bolsillo y los depositó en una bolsita de cuero que llevaba la lechuza y tomó el periódico. Sin embargo, no había ninguna estrella de pop, ni de rock, ni siquiera algún modelo que hubiera hallado un buen par de piernas por ahí.

El periódico cayó sobre la alfombra.

Primero Ron… ¿y ahora Neville?

Sin embargo, algo no cuadraba. ¿Por qué, justo en este momento, un periódico alegaba que Neville había sido baleado por un desconocido? El informe de prensa también decía que no se habían encontrado balas en el cuerpo del Auror. Era ilógico que en un escenario como ése, en el que un asesino que hubiera disparado contra él, usando posiblemente un rifle francotirador, porque no había una visión adecuada del blanco en alrededor de dos kilómetros, no se pudieran hallar restos de balas en el cuerpo de la víctima. Esto olía muy mal a Harry, no porque posiblemente la vida de uno de sus mejores amigos estaba en peligro, sino porque alguien, sin lugar a dudas, deseaba que saliera a la luz pública para facilitar su arresto. ¿Estaría Ginny detrás de todo esto? ¿Habría inventado una historia como esa para atraerlo y capturarlo? ¿Y si era verdad que habían herido a Neville y que corría peligro de morir? En cualquiera de los dos casos, era una insensatez saltar a la palestra yendo al hospital a ver a su amigo en una camilla, dejándolo susceptible para que Ginny pudiera detenerlo. No iba a dejarse cazar con tanta facilidad. Sabía que estaba demostrando una insensibilidad extrema por su parte con su negativa de ir a ver a un amigo caído en acción pero, ¿iba a arriesgarse a ser capturado por Ginny? ¿Iba a arriesgarse a ser enjuiciado de forma poco objetiva? ¿Iba a dejar de investigar todo lo que estaba ocurriendo?

Todos esos movimientos eran invisibles, estrategias ocultas en la niebla. Era como jugar ajedrez en la oscuridad. Manos invisibles movían piezas ocultas por las sombras, haciendo imposible tomar decisiones objetivas y basadas en hechos. Sus únicas armas en esa clase de escenarios eran su intuición y su capacidad de prever todos los resultados posibles de sus propios movimientos.

Decidió quedarse en su casa, muy a pesar de sí mismo. No podía dejar de pensar en que la noticia no era una invención de su novia para llevarlo tras los barrotes y Neville en realidad sufrió un disparo fatal.

Tenía la impresión que ese día se iba a alargar bastante.


Mientras tanto, en el Hospital de San Mungo, en una sala acondicionada para operaciones de emergencia, los sanadores habían logrado, después de muchos intentos fallidos, reconstruir el corazón de Neville. Sin embargo, había un problema que ellos no podían resolver.

Su corazón no latía.

Usando sus varitas como desfibriladores, los sanadores tocaron varias veces el pecho de Neville, sin lograr la menor reacción. Ahora no respiraba. Sus pupilas estaban visiblemente dilatadas… siempre una mala señal. Los sanadores volvieron a tratar de reanimar su corazón, pero con el mismo resultado anterior.

Hermione, quien estaba de pie, observando los fútiles intentos de los sanadores para hacer latir el corazón de Neville, se acercó al cuerpo inerte y apartó con violencia a los sanadores. Tomó unos guantes de una mesa cercana, bajo la mirada desconcertada de los sanadores, cruzó sus manos y comenzó a realizar las maniobras de reanimación que ella conocía. Presionó firme y repetidamente el pecho de Neville, mientras le daba respiración boca a boca. Hermione hallaba paradójico que, sólo anoche, había besado al hombre que ahora trataba desesperadamente de revivir. Cada vez que tocaba sus labios con los de él y le daba aire, evocaba ese beso, tan voluntario y a la vez natural. Pese a que era nervioso con las chicas, a ella le gustaba porque era educado y honesto, responsable y aterrizado. Por favor, Neville… ¡abre los ojos!

Los sanadores observaba con creciente desconsuelo cómo Hermione derramaba lágrimas sobre el pecho de Neville mientras lo oprimía una y otra vez, con menos fuerzas por cada intento.

Su corazón se negaba a latir.