Capítulo 9: "He tocado tu piel…"
Silvia se había girado, y miraba por la ventanilla para evitar los ojos de Pepa, que pensó que había incomodado a su amiga.
-Lo siento, no quería molestarte… -dijo Pepa un poco inquieta-. No era mi intención, me ha salido solo.
-No, no, en absoluto. Es que estaba con la cabeza en otro sitio. Perdona.
-Entonces, ¿puedo llamarte pelirroja? –Pepa volvía a sonreír.
-Claro que sí –Silvia a su vez, también sonreía.
El teléfono interrumpió la complicidad del momento.
-Es mi móvil –Pepa lo sacó del bolsillo trasero de sus vaqueros y se lo tendió a Silvia-, ¿te importa contestar?
-Claro –en la pantalla iluminada se leía "paquito"-. Hola Paco.
-¿Quién es? –dijo él extrañado-. ¡Uy! Perdone, que me parece que me equivocado al marcar…
-¡Paco, Paco! Que soy Silvia –le aclaró-. Es que Pepa va conduciendo.
-¡Ah! Bueno… mira, mejor que estéis las dos. Os llamo por orden de Lola, que quiere que cenemos todos en casa. Ha dicho algo de vuestro cumpleaños. A las nueve –Paco gritaba.
-Vale, cuñado. Oye, ¿qué es ese jaleo que hay de fondo?
-Nada, nada, que estoy en la puerta y está todo lleno de periodistas haciendo preguntas. Mejor no aparezcáis por aquí, que os van a acribillar.
-Gracias por la información. Nos vemos luego –se volvió hacia Pepa para devolverle el teléfono-. Mi hermana ha organizado algún tipo de cena; que estemos en su casa a las nueve. Y que no vayamos por comisaría, que la prensa sigue a la caza del titular –Pepa hizo un mohín al escuchar aquello. Se oyó el móvil de Silvia-. Dime papá.
-Hija, me ha llamado Lola por no se qué de una cena, y me ha amenazado con dejarme sin comer si no te avisaba.
-Sí, papá, lo sé. Ha llamado antes Paco.
-Joder, y entonces, ¿para que me llama a mí Lola? Cómo si no tuviera nada más que hacer que ir dando recaditos, me cago en la leche.
-Tú no te preocupes, que te dará de cenar. Allí estaremos –colgó antes de que el comisario empezara a escupir más lindezas.
-¿Tu padre quiere que vayamos a verlo? –quiso saber Pepa.
-No, parece ser que Lola también le dijo a él que me avisara. Creo que quiere asegurarse de que nadie se escaquea –dijo Silvia. El móvil de Pepa volvió a sonar y Silvia lo cogió otra vez con un suspiro.
-Debe ser Sarita para decirnos que vayamos a cenar –dijo Pepa divertida.
-¿Diga? –preguntó Silvia al no reconocer el número.
-¿Hablo con la subinspectora Miranda? –dijo una voz de hombre.
-No, ella está conduciendo. Soy la inspectora Castro.
-Soy Emilio Garay, les llamo de la redacción de "El País", quería saber si…
-No hay comentarios –Silvia colgó de golpe.
-¿Qué pasa? –preguntó Pepa. El teléfono volvió a sonar y cortó la llamada.
-Es un periodista.
-¿Cómo coño ha conseguido el número?
-Vete a saber –ahora sonaba el de Silvia. Número desconocido. Cortó de nuevo y apagó los teléfonos-. Ahora sí se va a convertir en una pesadilla… Voto por ir directamente a casa de Paco. Allí habrá tranquilidad y podremos olvidar esto durante un rato.
Pepa aparcó en frente de la corrala, y se giró hacia Silvia, que había pasado el resto del trayecto en silencio, muy seria.
-No te preocupes tanto, pelirroja, mañana cogemos unos teléfonos de tarjeta de la comisaría y ningún periodista nos vuelve a molestar. Y sonríe un poco, que así tan seria no estás ni la mitad de bonita –alargó la mano para coger la suya.
Sintió cómo le cogía la mano, pero, por un segundo, dejó de verla, dejó de ver el coche, la corrala, las calles de Madrid… Vio los olivos, estaba sentada en la tierra, a la sombra de los árboles, y sus ojos, oscuros, brillantes, tan cerca… tan dentro de ella… Un momento después volvía a estar en el coche. Pepa la miraba, pero parecía no estar allí; la vio sacudir la cabeza, y entonces sí, fijó sus ojos en los de Silvia, que apartó la mano.
-Tú también lo has sentido –afirmó Pepa.
Silvia salió del coche sin responder. Claro que lo había sentido, como había sentido el imán de aquellos grandes ojos oscuros sobre ella, la necesidad de acercarse que la acuciaba desde que la tuvo delante por primera vez en aquél despacho. Sentía la felicidad que la recorría cuando la veía por la mañana. Pero no sabía si podía enfrentarse a ello.
-Silvia, espera –Pepa salió tras ella-, tenemos que hablar.
-No, Pepa, que hay que ayudar a Lola con la cena.
-Olvida la cena. ¿Acaso no lo has visto? He tocado tu piel y ha sido… No me hace falta preguntarte para saberlo, no estoy ciega; tú también tienes las visiones, tampoco tocas el arma… y estoy segura de que también tienes los sueños.
-No sé qué quieres decir –dijo Silvia evasiva mientras seguía caminando.
-De acuerdo, no quieres hablar –Pepa la cogió y la obligó a girarse-, pero me vas a escuchar a mí. Hace casi un año empecé a tener sueños muy raros. Soñaba con Paco llorando, abrazado a Lola, pero estaban distintos, como si hiciera cientos de años. Una semana después apareció aquél cadáver, y cuando fui a examinar aquél trozo de metal… era dolor… sólo dolor, como si en mi mente no hubiera nada más –su rostro estaba crispado, y parecía estar haciendo un esfuerzo para seguir hablando. Y de pronto su cara se dulcificó-. Desde aquél día empecé a soñar contigo. Nos veía hablar, jugar, luchar… me despertaba con la sensación de que durmiendo tenía algo muy valioso que perdía en cuanto me despertaba. Cuando te vi, delante de mí, pensé que me estaba volviendo loca, pero eras tú, tu pelo, tus ojos, tu piel, tu voz… Y ahora mismo, ahí, en el coche, el rozar la piel de tu mano ha sido como estar…
-…En el olivar –Silvia no pudo contenerse; los nervios y la incertidumbre pudieron con ella, y empezó a llorar-. No lo entiendo, me tocaste ayer en los archivos y esto no ocurrió, y los sueños… ¿Qué significa todo esto, Pepa?
-No lo sé –dijo Pepa abrazando a Silva, consolándola en sus brazos, acariciando sus rizos, hablándole con ternura-. Aún no lo sé, pero lo averiguaremos, ¿vale? Te prometo que lo sabremos.
Siguieron allí, abrazadas, durante mucho tiempo. Ninguna de las dos habló, no hacía falta, porque a pesar de todas las preguntas, de todas las dudas, a pesar del miedo, estar juntas las llenaba de paz.
Se separaron cuando encendieron las farolas de la calle. Se les había echo de noche. Silvia estaba más tranquila, y Pepa le transmitía aquella fuerza que emanaba su mirada.
Para cuando entraron en casa de sus hermanos, Lola estaba histérica. Iba de un lado a otro de la cocina, frenética, removiendo varias ollas y sartenes a la vez que picaba cebolla, exprimía naranjas y ponía la mesa.
-¡Oh, que bien que habéis llegado! –en cuanto las vio las puso a trabajar-. Pepa, las naranjas, necesito un litro de zumo. Silvia, que no se queme la cebolla.
-Yo también me alegro de verte, hermana –dijo Silvia con sarcasmo.
-Sí, sí, pero ahora la cena, que se me ha hecho tarde en el bar y luego vienen estos como lobos. Que parece que pasan hambre.
-¿Qué es todo esto Lola? –preguntó Pepa sin dejar de exprimir, no fuera a caerle la primera bronca. Silvia le sonreía.
-Es que se me ha ocurrido que ya que estamos todos, podíamos celebrar vuestro cumpleaños toda la familia, con algo especial. Estoy haciendo lasaña de bacalao con setas y lomo a la naranja.
El menú sonaba estupendamente, aunque habrían preferido algo más sencillo y que no requiriera horas de preparación. Trabajaron a las órdenes de Lola desmigando el bacalao, cociendo boletus, y fileteando el lomo, mientras iba llegando el resto, que rápidamente, y en vista de la situación, adujeron excusas varias para volver a salir y no regresar hasta las nueve. Cuando se sentaron en la mesa, una al lado de la otra, ellas sí que tenían un hambre canina.
-Vamos a brindar –dijo Lola levantando su copa-. Por Pepa y Silvia, y porque por fin podemos celebrar sus cumpleaños todos juntos.
-Sí que es verdad, cariño –dijo Paco-, que mi hermana, con eso de que siempre está muy ocupada nunca viene a vernos.
-Tú tampoco vas, y mira que te tengo dicho que tengo un piso grande –se defendió Pepa-. Con la de sitios buenos para tapear que yo me sé, Paquito, que te llevaría a las "columnas" a desayunar tostadas con manteca, …
-Bueno, pero es que el trabajo, y la familia… -Paco no sabía si seguir poniendo excusas o apuntarse de excursión a Sevilla en cuanto su hermana se fuera de vuelta.
-Déjalo Paco –le dijo su hermana-. Yo te entiendo, porque soy la primera que siempre tengo algo que hacer… pero ahora estoy aquí, así que disfrutemos. Ya veremos que hacemos después.
-¿Sólo te vas a quedar hasta que resuelvas este caso, tita? –preguntó Sara.
-Pues… -miró a Silvia de reojo, pero ésta tenía la vista fija en el plato-. No lo sé, Sarita. La verdad es que la familia tira mucho…
-Uy, uy, uyyy… -dijo Lola emocionada-, eso es que hay alguien aquí, ¿a qué sí?
-¿Eh? –Pepa no lo entendió.
-Hay alguien en tu vida, ¿verdad? Alguien que te gusta, quiero decir –explicó Lola con una sonrisa.
-Yo quiero saber quién es –dijo Sara emocionada.
-Pero que manía tenéis con emparejarme. Si ya os dije que estaba soltera y sin compromiso –Pepa cambió de tema antes de que le buscaran alguna cita a ciegas, cosa que Rita ya quiso hacer el mismo día que la conoció-. ¿Y qué tal todo por comisaría?
-Andamos un poco acelerados –explicó Sara-, porque con tanta prensa en la puerta, aquello es un guirigay.
-Imagino –intervino Silvia-. A nosotras nos ha llamado un periodista esta tarde.
-¿Qué? –Don Lorenzo, que hasta entonces no había abierto la boca, recuperó el tiempo perdido.- ¿Cómo no lo habéis dicho nada más entrar por esa puerta? Mañana hay que facilitaros teléfonos con tarjeta, hay en comisaría. Se los pedía a Gonzalo nada más llegar. No le habréis dicho nada, ¿no? Este caso es "sin comentarios" hasta que tengamos algo consistente, no se puede ir alarmando a la población…
-Papá, por Dios –dijo Lola-, respira.
-No le hemos dicho nada, papá –aclaró Silvia-. No somos novatas, y somos las primeras que queremos llevar esto con sigilo, porque si no van a salir pistas falsas como rosquillas. Y ya habíamos pensado en los teléfonos.
-¿Habéis avanzado con el profesor ese? –quiso saber Paco.
-Lo cierto es que sí –Pepa les resumió lo que habían hablado con Vázquez y la teoría de Silvia sobre un duelista, entre muchas protestas de Lola por hablar de trabajo en la mesa.
-Parece buena idea –les dijo el comisario-. Seguid con eso mañana, a ver a dónde os lleva.
-Ale, y se acabó ya el trabajo –Lola estaba harta-. Por qué no nos cuentas más cosas de ti, Pepa. Que el fin de semana pasado, con tanta gente, seguro que te dejaste cosas sin decir.
Hablaron de la vida de Pepa en Sevilla, de planes de viajes, de la historia de Sarita con Lucas… La cena se extendió hasta la madrugada, entre copas y dulces, y acabó antes de lo que querían porque Don Lorenzo amenazó con suspenderlos a todos si no se iban a la cama. "Si seguís aquí, mañana seguro que no trabaja ni Dios, cojones", les dijo.
Salieron juntas, sonriendo, pero sin mencionar lo que había ocurrido antes de llegar, en un mudo acuerdo por no invocar los fantasmas que las atormentaban. Silvia quedó en dejar a Pepa en su casa, y recogerla por la mañana. Su coche seguía en el parking de comisaría. Pero apenas había arrancado, tras bajarse Pepa, cuando vio una sombra abalanzarse sobre ella. Clavó el freno, y salió a toda prisa, desenfundando el arma. El tipo, envuelto en ropas negras, salió corriendo y se perdió de vista antes de darle tiempo a recorrer los 100 metros que las separaban. Pepa estaba en el suelo, pero se movía. Con el miedo rasgándole el alma, se agachó a su lado.
-¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? ¿Quién era? –le cogió la cara para enfocar su mirada, recorrió sus brazos para comprobar que estaban bien, y metió la mano bajo el jersey para palpar su pecho y su abdomen, y asegurarse de que no la había herido.
-Estoy bien, pelirroja –dijo Pepa mientras se levantaba, y se abrazaba a ella. Por un instante, creyó que no volvería a tenerla en sus brazos. Esa idea la llevó a estrecharla más fuerte, a sentir su cuerpo completamente pegado al suyo.
-¿Estás segura? –a Silvia le temblaba la voz. Durante esos interminables segundos se había apoderado de ella un pánico irracional, se le había puesto el corazón en la boca y los nervios a flor de piel-. Pensé que iba a perderte, que no volvería a escuchar tu voz, a ver tus ojos, a sentirte… No quiero perderte, me niego a perderte, no ahora que te he encontrado.
Tardaron horas en moverse, en calmarse, en templar sus nervios; horas en las que sólo querían sentirse juntas, a salvo, lejos de todo y de todos, sin nada más que escuchar que sus corazones latiendo. Sólo para sentirse vivas en brazos de la otra.
