Capítulo 8

Semana 14 de embarazo.

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Me despertaron unos cálidos rayos de luz que se colaban por las cortinas de la gran ventana. Ronroneé como una gatita —no me quería levantar—, era demasiado temprano para mi gusto, pero en cuanto recordé que hoy tenía cita con Tanya "Puta" Denali me levanté saltando casi como un resorte.

Rápidamente me metí a bañar, lo cierto es que siempre tardaba más en regular el agua, que en bañarme. Tallé mi cuerpo con un jabón líquido de delicioso aroma a frutos rojos y mi cabello lo lavé con un champú. Salí de la ducha y me sequé con una esponjosa toalla azul turquesa, traté de envolverme con ella, pero gracias a mi redondo vientre no se podía.

—Uff, ¡creo que me han hecho engordar un poco! —regañé a mis hijos suavemente, pero aun así, salí con la pequeña toalla envuelta a mi alrededor, no había nadie en la casa, más que Sue y Peter. Edward se había ido muy temprano a la oficina porque tenía unos pendientes que resolver antes de ir a encontrarme en el hospital.

Me cambié y me puse unos pantalones de mezclilla —premamá—, junto con una blusa blanca de manga tres cuartos —con ella se hacía más notorio mi vientre—, de zapatos me calcé unas zapatillas negras con un moñito en la punta.

Me dispuse a bajar a desayunar, busqué a Sue, pero no la encontré por ningún lado, hasta que la vi regando y sembrando las flores que teníamos en el jardín trasero.

Preparé unos huevos revueltos con tocino y fruta picada, un buen desayuno para una mujer embarazada. Terminé mi comida y lavé lo que ensucié.

Fui al jardín donde estaba Sue.

—Sue, ya me voy —me despedí. —Está bien Bella, cualquier cosa me marcas.

Salí y, como era costumbre, me monté al Volvo de Edward; lo encendí y manejé hasta llegar al hospital. Cuando llegué me fui directamente a consultorios. Como otras veces, la secretaria de la "Doctorcita" me atendió:

—Buenos días, ¿ya tiene cita? —me preguntó amablemente dedicándome una tierna sonrisa, a la que le faltaba uno que otro diente.

—Sí, hace un par de días marqué para apartar una cita —respondí cortésmente.

— ¿Me podría dar su apellido, por favor? —volvió a cuestionarme.

—Cullen. —Volví a sonreír cuando dije mi apellido, ya tenía tres años llevando el apellido de mi esposo, pero igualmente, a veces me confundía y decía Swan.

—Puedes esperar en la sala de espera, ahorita, en cuanto la Doctora Denali se desocupe, te llamo —avisó amablemente la ancianita, seguí sus instrucciones y me fui a sentar a las cómodas sillas que conformaban aquella luminosa salita. También saqué mi teléfono celular, por si Edward me marcaba, cuando vengo a consulta, siempre lo dejo en silencio.

Hojeé una revista que se encontraba en la mesita que estaba a un lado de la silla en la que me encontraba. En ella se hablaban de varios temas acerca del embarazo, maternidad, bebés y hasta niños.

La verdad este tipo de revista resultaba muy interesante, venían temas difíciles acerca de términos médicos y un montón de cosas más; en general, lo que me gustaba era que todo lo explicaban con suficiente detalle para ser entendible.

Le pediría a Edward que me comprara de estas revistas.

Sentí una ligera ráfaga de viento pasar a mi lado e instantáneamente noté unos fuertes brazos rodearme por la espalda hasta unir sus grandes manos en mi vientre.

—Ya llegaste. —Me volteé sonriéndole a Edward.

—No, sigo en la oficina —jugueteó conmigo—, ¿Tienes mucho tiempo esperando? —agregó preocupado.

—No de hecho acabo de… —Señora Cullen, pase por favor, la Doctora Denali la espera. —La aguda voz de la viejita me interrumpió. Nos levantamos y caminamos lentamente hacia la puerta del consultorio, ahí ya nos estaba esperando Tanya a un lado de la puerta.

—Hola Edward —le saludó solamente a él, esperé a que ella me saludara, pero no — ¿Cómo estás? —le preguntó melosa, tocándole suavemente el brazo. Inmediatamente lo jalé hacia mi costado, haciendo que su mano se quedara flotando en el aire.

—Muy bien —respondió él.

La muy puta no me saludó, "a ver si estarás tan contenta cuando cambie de ginecóloga y ella ya no puedas ver a Edward", pensé.

—Pasa, siéntate. —Otra vez sólo se dirigió a él.

—Bueno, comencemos con la consulta —comenzó, pero que ni crea que no fijé que se estaba comiendo a MI Edward con la mirada. —Bueno, hoy, si están de acuerdo, haremos una prueba muy importante a lo largo del embarazo, la amniocentesis. Ésta nos ayuda a verificar que todo vaya perfectamente con el bebé, en este caso, bebés.

— ¿Y cuál es el procedimiento? —le pregunté tranquilamente, no quería que se notaran los celos en mi voz y parecer una tonta delante de ella.

—Bueno, introduciremos una aguja en tu vientre, hasta llegar al líquido amniótico, pero como en tu caso son dos, para no pincharte dos veces, trataré de que la aguja roce las dos bolsas a la vez —me explicó. ¿Cómo que me van a meter una aguja en el vientre? ¿Y si me inyectaba algo? No podía negar que estaba asustada, pero si era realmente necesario, lo haría. Sólo por el bien de mis hijos.

— ¿Es realmente necesaria esta prueba? —le pregunté, mientras que agachaba la mirada y me llevaba a mi boca una de mis uñas para empezar a morderla.

—Sinceramente, sí. Con esta prueba descartamos cualquier tipo de anomalía o enfermedad que pueda tener el feto —respondió secamente, llevó su mano a su cabello y lo peinó aún más de lo que estaba.

—Bueno, si en verdad es imprescindible esta prueba… Hagámosla —concluí tomándole las manos a mi esposo, estaba nerviosa, no lo podía negar. Que te picaran con una gran aguja era algo que no me gustaba para nada, pero como antes había dicho, lo tenía que hacer por los bebés que venían en camino.

—Monitorearemos la aguja con un ultrasonido, así mientras te pincho, puedes distraerte mientras ves a los fetos —nos comentó. Se levantó de su asiento y salió por la puerta de su consultorio. Como era costumbre, empecé a temblar, tenía miedo, mucho. Por supuesto Edward lo notó.

— ¿Qué tienes? —me preguntó amablemente, acariciando suavemente mis hombros y brazos.

—Tengo miedo.

— ¿Miedo a qué? ¿A la aguja? —Me volvió a preguntar, pero antes de contestarle, me levanté y me senté en su regazo, escondiendo mi cara en el amplio hueco de su cuello.

—Sí —susurré tímidamente, él envolvió protectoramente sus brazos en torno a mi cuerpo. Solté unas cuantas lágrimas.

—No llores hermosa. No permitiré que nadie les haga daño, a ti o a los bebés.

— ¿Me lo prometes?

—Te lo prometo, mi vida.

Tanya regresó al cabo de unos cuantos minutos, trayendo con ella a una muchacha un tanto más joven que yo. Como en la cita pasada, me pesó, me midió la presión, etcétera. La doctora me mandó a que me cambiara por una incómoda y reveladora bata de hospital. Todo estuvo bien hasta que me dijo que me recostara en la incómoda camilla con un pedazo de tela de color azul. Primero me senté en ella, esperando a que Edward se acomodara a mi lado; cuando él estuvo en su lugar me acosté completamente. Tanya colocó una especie de sabana azul, las típicas azules esterilizadas que se usan en los hospitales.

Ahora —gracias a Dios— no me iba a hacer la ecografía transvaginal, sino una normal. Agradecí por ello. Aplicó un gel verdoso transparente en mi vientre lo que me causó un escalofrío.

—Está frío —gemí y Edward apretó mi mano.

—Primero vamos a monitorear a los fetos, para saber en qué estado se encuentran y por dónde pinchar con la aguja —nos explicó la rubia. Puso el aparatito en mi vientre, e instantáneamente giramos nuestras caras a la pantalla que se encontraba a nuestro lado para poder ver a nuestros hijos. Se veían solamente dos manchitas, pero la doctora pulsó unos botones y la imagen se amplificó y los pudimos ver más de cerca.

—Son tan hermosos —dije entusiasmada, Edward solo asintió, embelesado también ante la foto de sus hijos. —O hermosas —agregó después de unos minutos.

Edward besó mis mejillas, que ahora tenían algunas lágrimas en ellas. —¿Ya podemos saber el sexo? —preguntó, como siempre entusiasmando con la idea de saber qué serían.

—No, todavía no, para la próxima revisión tal vez y se dejen ver y… —La frase se quedó incompleta, pero rápidamente, la otra muchacha que iba con ella se acercó a nosotros.

—Doctora, ya le dejé todos los instrumentos preparados, cuando quiera comenzamos —le susurró la muchacha, lo bastante fuerte como para que yo lo escuchara.

—Muy bien, gracias Kate —le respondió con una sonrisa digna de un comercial de pastas dentales. —Bueno, los fetos están en perfecto estado, sus medidas acuerdan con el tiempo de gestación que tienes, así que todo está perfectamente bien, creo que ya podemos comenzar con la amniocentesis —dijo y me tensé automáticamente.

Acercó un poco más un carrito que la muchacha había dejado a su lado.

"Dios, que no les pase nada, por favor…", pensé.

—Kate, ven aquí —le habló a la muchacha y ésta se acercó nuevamente a nosotros. —Ya vamos a comenzar —le informó. La enfermera asintió. —Necesito que no te muevas y que te relajes lo más que puedas —me pidió Tanya, preparando la jeringa para introducirla en mí.

Y así comenzó todo, era un procedimiento para el que no se necesitaba anestesia, por lo que estuve consiente todo el rato.

Sentí como la gigante aguja penetró mi vientre lentamente, no se sentía dolor alguno, lo único que notaba era incomodidad si tensaba mi vientre. Tenía miedo, como toda próxima madre a la que le hacen un estudio para descartar cualquiera anomalía con el embarazo o el bebé, tenía miedo también a que mi cuerpo no fuera lo suficientemente fuerte como para albergar a dos criaturas en mi interior.

Mis pensamientos no pararon hasta que escuché a una voz hablando.

—Relájate, sino todo va a tardar más. —Esa frase de Tanya la sentí más como amenaza que como una recomendación pero, por mi bien y por el de mis hijos, me relajé todo lo que pude. Edward me ayudaba trazando perezosos círculos con su pulgar en mi mano y susurrando cosas lindas a mi oído.

Todo el proceso de la amniocentesis duró de unos treinta a cuarenta minutos, contando también el tiempo que tardó haciendo la ecografía.

—Bueno, ya terminamos… Pero quédate acostada un rato más—. Tanya se quitó los guantes de látex que antes se había puesto y los tiró al cesto de basura que se encontraba a unos cuantos metros de nosotros.

Después de quedarme recostada unos veinte minutos más, me pude levantar. Mi esposo me ayudó y me sentó con cuidado en unas de las sillas que se encontraban delante del pulcro escritorio de Tanya.

—Bueno, para empezar, puedes seguir con tus actividades diarias teniendo cuidado. Durante las próximas veinticuatro horas, trata de descansar lo más que puedas, no hagas ejercicio o levantes cosas pesadas, lo que sí es muy importante es que tomes muchos líquidos, no sólo ahora después de la amniocentesis, sino durante todo el embarazo—. La doctora me dio algunas recomendaciones más, lo que me preocupaba era que Edward me empezaría a tratar como inválida.

—Y… ¿Podemos tener relaciones sexuales? —preguntó Edward, me puse roja como un tomate, la verdad no me esperaba que preguntara eso pero… era Edward, así que creo que en cierta parte lo esperaba.

—No, es un tanto riesgoso después de esto, pero dentro de unas semanas pueden reanudar su vida sexual. También hay algunas cosas que si te ocurren, debes venir inmediatamente al hospital —dijo levantando sus perfectas cejas, no sé cómo toda ella era tan bonita mientras que yo me iba poniendo más gorda cada mes—. Si tienes algún sangrado vaginal por mínimo que sea; pérdida de líquido amniótico, igualmente por la vagina; cólicos que duren más de cuatro o seis horas… Puede que tengas cólicos, pero que duren cortos periodos de tiempo —especificó y yo asentí—. O si tienes fiebre o escalofríos —agregó—. Algo normal es que te salga un moretón leve o un poco de dolor en el área en el que se insertó la aguja, te recomiendo que reposes el resto del día en cama.

Y así terminó su discurso, volteé a ver a Edward y estaba prestando más atención que yo.

— ¿Y sí puede comer cualquier tipo de alimentos? —volvió a preguntar mi esposo.

—Claro, obviamente nada de alcohol, tabaco y café, entre otros alimentos que les dije en la consulta pasada. Bueno, si no tienen más preguntas, creo que podemos dar por acabada la consulta—. Se despidió para nada gentilmente conmigo, pero con Edward, casi le puso alfombra roja para que saliera, lo único que le faltó fue darle un beso en los labios para finalizar la despedida—. Yo te marco cuando estén listos los resultados ¿está bien, Edward? —preguntó melosa.

—Eh… Sí, claro —lo jalé inmediatamente sin llegar a despedirme de Tanya. Salimos y pasamos junto a la anciana recepcionista.

—Hasta luego —me despedí cortésmente, la señora no tenía la culpa de las cosas que hacía su jefa.

—Que les vaya bien —respondió diciendo adiós con su arrugada mano, en la cual me fijé, sus uñas estaban pintadas de un color rojo pasión.

Finalmente salimos del hospital y caminamos lentamente hacía el auto, nos íbamos a ir el en Audi de Edward, Peter, nuestro chófer, vendría más tarde por mi carro.

Mi esposo me ayudó a subirme al automóvil suavemente, cuando estuve sentada me puso el cinturón de seguridad justo como me gustaba —y necesitaba—, con una tira debajo de mi vientre y la otra arriba de éste. Puso una mano en mi barriga y me besó.

Empecé a sentir pequeños pinchazos en mi vientre. De inmediato reconocí esos dolores como cólicos, así se sentía cuando menstruaba.

— ¿Estás bien? ¿No te duele nada? —me preguntó viéndome fijamente a los ojos, amaba tanto ese verde esmeralda con pequeños destellos dorados.

—No, no me duele nada, sólo uno que otro cólico no muy fuerte.

—Si te sientes mal me dices. No quiero que te aguantes el dolor como a veces acostumbras, ahora no eres sólo tú.

—Está bien… Quiero que me mimes hoy —respondí con una sonrisa, y la de él se agrandó.

—Bueno señora Cullen, vayamos a casa.

Manejó hasta nuestro hogar, quedaba un poco retirado. Cabeceaba de vez en cuando, si no fuera por los constantes topes que había en la calle, yo ya estaría dormida plácidamente en el asiento delantero del auto.

Cuando llegamos creo que yo ya estaba adormitada, él me bajó en sus brazos y así entró a la casa conmigo. Escuché a lo lejos el timbre, y la voz de Sue recibiéndonos.

Mientras él subía las escaleras yo me quedé completamente dormida.

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Abrí los ojos gracias a los cariñosos besos que sentía en mi cabeza, hombros y mejillas. Me giré y enterré mi cara en su pecho, dejé un besito ahí, justo en donde se encontraba su corazón. Pero como siempre, la felicidad no era para siempre. Unos cólicos muy fuertes me sacaron de mi ensoñación.

Se sentían como una presión en mi bajo vientre, casi en mi pubis. Aunque la mayoría de las veces, cuando eran demasiado fuertes, se sentían como si me pegaran en ese lugar.

—E-Edward —gemí moviéndolo con mi brazo, tenía los ojos cerrados, por lo que supuse que estaba dormido, pero no.

— ¿Qué te pasa? —me preguntó alarmado.

—Me duele —le dije, pero después de unos diez segundos los dolores se fueron.

— ¿En dónde te duele, princesa?

—Me dolía como si fuera un cólico, pero más como un calambre. No te preocupes, ya se pasó —respondí cariñosamente.

Me envolvió entre sus brazos y besó mi frente. —Te amo —me dijo después de pasar bastante tiempo abrazados.

—Yo más, y al triple, porque mi amor está conectado con el de los bebés —repliqué.

—Cierto… En ese caso, los amo.

—Tengo miedo —le dije mordiéndome el labio inferior.

— ¿Por qué? —me cuestionó, acariciando un costado de mi cara.

—Tengo miedo de que algo salga mal en los análisis…

—No mi vida, todo va a salir perfecto, tú eres muy fuerte y nuestros bebés también lo son.

—Tienes razón, no tengo por qué preocuparme por algo que todavía no sabemos —respondí feliz, mis cambios de humor ya me tenían mareada. Aún recuerdo lo que le dije a Edward en el instituto "Tus cambios de humor me tienen mareada". Algunas cosas jamás se borraban de tu mente, parecía que los momentos más felices y los más dolorosos eran los que se quedaban tatuados para siempre.

— ¿Tienes hambre? —me cuestionó sonriéndome cálidamente, me incorporé un poco para estar sentada con la espalda recargada en el cabecero de la cama.

—Sí, mucha hambre —contesté—, se me antoja un Bagel con lechuga, jamón y queso —traté de levantarme finalmente para ir a preparármelo, pero en la parte en donde se había insertado la aguja para hacer la amniocentesis se sentía adolorida, como cuando iba al gimnasio y hacía mucho ejercicio, y al siguiente día todos los músculos me dolían.

— ¡No te levantes! —me dijo Edward con un tono de voz muy reprobatorio. Le hice caso y me volví deje caer en las mullidas almohadas.

—Está bien… No era para tanto, y escuchaste a la doctora, estoy embarazada, no inválida —le reprendí. Siempre él había sido muy sobreprotector con Alice, aunque ahora ella estaba con Jasper; también, desde que éramos novios, era así de sobreprotector conmigo.

— ¿Es que no entiendes que debes de tener cuidado? ¡Ahora no solo eres tú, tienes a dos criaturas dentro de ti, creo que eso debería de ser lo suficientemente importante como para que por una vez dejes de poner peros a los cuidados que siempre te he dado! —me gritó y yo me paralicé. Jamás me había gritado así. No supe que contestarle, lo único que hice fue abrir mi boca, pero ningún sonido salió de ella.

— Yo… —No supe qué más podía decir. Estaba consciente que en mi interior estaban dos personitas que me necesitaban, pero no pensé que quererme levantar para prepararme un delicioso Bagel fuera a poner en riesgo la vida de nuestros bebés.

Rompí en llanto, nunca me había sentido tan culpable de algo… Bueno sí, creo que me sentí así de culpable cuando le puse pegamento a la almohada de mi abuela Marie, pero eso no se comparaba para nada a la situación que estaba pasando en este momento.

— ¡No tienes justificaciones! —otra vez gritó. Lloré más fuerte.

¿Qué estaba pasando con la ternura y el amor con el que minutos atrás me estaba tratando y hablando? ¿Acaso este problema le afectaba tanto que de un momento se puso a gritarme con tanta indiferencia? No sabía que pensar al respecto. Observé sus ojos, el instrumento que yo la mayor parte del tiempo utilizaba para conocer su estado de ánimo, pero ahora esos ojos de color esmeralda que tanto amaba se veían de un verde oscuro, un verde sin vida, sin amor.

— ¿Q-qué te p-pasa E-Edward? —le dije hipando, pero no hipando suavemente como cuando antes había llorado, ahora era mucho más fuerte el llanto, y aún más el dolor que sentía en mi alma.

— ¿Qué, qué me pasa? ¡Lo que me pasa es que estoy cansado, harto de que no cuides tu salud!

—P-pero esto n-no era peligroso para m-mí —expresé con la voz entrecortada.

— ¡Claro que lo era! ¿Pero sabes qué? Me voy a la sala, si te sientes mal háblale a otra persona, porque yo ya me cansé de estarte rogando para que te cuides —terminó la oración y salió de la habitación. Me quedé como una estatua en mi lugar.

"¿Por qué siempre tengo que hacer algo mal? ¿Por qué nuestros momentos de felicidad siempre son arruinados por mí?"

Me estuve un buen rato petrificada en la cama, con silenciosas lágrimas resbalando por mis mejillas, arruinando el poco maquillaje que traía. Pero nada podía parar mi llanto, no al sentir que yo tenía la culpa…

¡Hola! Tarde mucho en actualizar… Pero aquí está el capítulo, el próximo será E POV, si les gusto dejen sus reviews. Un gran saludo

JCS