Buenas noches! Ok, esperaba tardar menos para terminar esto pero no podía decidirme en cómo contar lo que falta de la historia. Según mis cálculos que no siempre son acertados, faltarían (aparte de este) unos tres capítulos más para terminarla.
Si en otras ocasiones he mencionado que el o los capítulos decisivos de un fic me parecen difíciles, éste lo fue aún más, por todo eso de estar manejando dos historias al mismo tiempo…pero finalmente decidí lo que haré, y aquí está el primer resultado.
Resumen: No sé quién eres. No sé de dónde vienes, ni a dónde vas. Pero al mismo tiempo te conozco. Y por algún motivo, solo quiero… deseo que sepas quien soy.
Disc. One Piece y todo lo que hay en su mundo le pertenecen al gran mangaka Eiichiro Oda (Oda sama *-*) yo solo hago este fic para todo el que quiera leerlo, sin fines de lucro.
Iris
Capítulo 9: I don't think that they'll understand
Tal como últimamente había sucedido, Zoro se levantó esa mañana sin demasiadas ganas. Lo único que estimulaba ligeramente su ánimo para levantarse era, como también se había vuelto habitual, la perspectiva de poder al fin salir de esa isla y encontrar a sus amigos.
No se permitió a sí mismo, ni por error, pensar en su compañera hasta que consiguió darse un baño de agua fría, con el que pretendía lavar por igual su cuerpo y su cabeza de las ideas que lo asaltaban una y otra vez, que no conseguía aplacar y que no lograba encaminar hacia ningún rumbo productivo. Algunas cuestiones simplemente se habían quedado estancadas en su mente y quien sabe cómo conseguiría sacarlas de allí. Quizás lo único que tenía en claro –la única decisión que se sentía en plena libertad de tomar- era que si a su nakama le parecía correcto tomar el rumbo que estaba tomando, entonces él no era quien para interponerse en su camino.
Sin querer, su mente vagó al momento en el que habían "comenzado" con ese jodido acuerdo según el cual podían hacer lo que quisieran, sin aclarar qué clase de relación sería esa, y como, un tiempo después, él había tratado de darle a entender que lo quería terminar. En ambas ocasiones él juraría que había sido capaz de sentir algo en ella, pasión, cariño, lo que fuera, pero solamente en sus besos, no en sus palabras y ni siquiera en el resto de sus acciones. Sus ojos seguían siendo como dos mares, dos cielos, azules, profundos, y misteriosos, y, para su desgracia, continuaban provocando en él la misma inquietud que la primera vez que se posaron en él, el mismo cosquilleo, el mismo escalofrío, el mismo enchinamiento en la piel, pero todo lo demás…
Esa Robin no era Robin. O por lo menos, no se parecía en nada a la Robin que él conocía. A la que él amaba.
Porque esa era una gran verdad. Tal vez la única verdad a la que podía asirse con confianza, dadas las circunstancias.
Pero, ¿cómo había sucedido esto? ¿Cómo él, el gran Roronoa Zoro, había caído de esa forma, enamorado como un idiota de una mujer como Robin? Una mujer peligrosa y en la que hacía relativamente poco tiempo comenzaba a confiar del todo.
Si lo pensaba era una tontería, pero podía decir que se sintió atraído por ella desde la primera vez que la vio. Era hermosa, y ese era un hecho completamente incuestionable. Su cuerpo era una tentación, y su actitud retadora, altanera, insolente, con esa nota perfecta de cinismo y tranquilidad a toda prueba, eran un total desafío para él como guerrero, pero también como hombre.
Conocerla un poco más de cerca fue casi un shock -sus convicciones, sus ideales, sus metas, todo se confundió con la llegada de esa mujer-, pero ser testigo de su verdadero carácter, compartir el día a día y finalmente, que en un momento dado compartiera su pasado y acompañarla a través del sufrimiento y las aventuras del presente, fueron acontecimientos más que suficientes para que poco a poco y sin darse cuenta su corazón se fuera ablandando hacia ella. No se convirtió en el amor estúpido que podría mostrar alguien como Sanji cuando veía a cualquier chica linda por ahí. Zoro quería pensar que él era más capaz que eso, que era capaz de un amor maduro, resistente a pruebas, huracanes y tornados. No planeaba, en realidad, decírselo pronto, pues quería buscar el lugar y el momento adecuados, quizás sorprenderla, quizás hacer algo por ella que la hiciera feliz. El día que se separaron de sus amigos, Zoro se percató de que había dado demasiado por ella, en cada oportunidad, aunque nadie lo había notado, había estado más que dispuesto a dar su vida, a cubrirla con su cuerpo y a atacar de la manera más despiadada a cualquier idiota que intentase hacerle un daño.
Y ese día no fue la excepción. Había tratado de pensar la mejor manera de ayudarle sin causar mucho revuelo y sin correr riesgos innecesarios, para ella o para sus nakama, pero todos los factores de aquella situación parecían haberse conjugado expresamente para que fuera él el indicado para ir a su rescate, y de la forma más dramática posible. Y al estar en perdido entre el viento y el agua, lo único que le importaba realmente era que ella se encontrara bien. No había descansado hasta el momento en que supo que ella estaría a salvo, cuando ambos estuvieron tendidos en la arena de esa isla, cuando Robin le había mirado y había tratado de tocarle, ambos encontrándose en un estado más que deprimente.
Zoro sacudió la cabeza ante este pensamiento. Ya había salido de la casa, y de hecho ni siquiera se había percatado de si Robin estaba allí o si se había ido ya. En realidad no quería saberlo.
Caminó y aunque parezca increíble, tardó relativamente poco tiempo en encontrar el puesto de "atención a turistas". Aún era una hora bastante temprana, pero para su suerte, la alegre y dedicada pareja ya se encontraba afuera del lugar, haciendo algunos preparativos para recibir el barco. Mucha gente estaba allí y los atendían ante unas mesas que habían acomodado para hacer una especie de registro; había muchas cosas que transportar, muchos productos que pedir a las otras islas y también muchas cartas y paquetes que mandar por correo.
Zoro miró todo esto desde lejos, quizás la pequeña muchedumbre había sido desde un principio factor determinante para detectar a Morton y a Mary. En realidad no quería acercarse, si algo conseguían esas personas con facilidad era hacerlo enojar; si con la pareja apenas le alcanzaba la paciencia, con tanto nativo alrededor quizás explotaría.
Se dijo a sí mismo que no debía enojarse. Si podía con Luffy y sus arranques de hiperactividad cuando llevaban semanas en altamar sin pisar una isla, podía con esto.
De modo que se acercó con paso firme a las mesas.
Tal como había sucedido en los últimos dos o tres días, las miradas frías y pesadas se fueron sobre él casi en seguida. Era evidente que ya nadie lo quería allí y él mismo no sabría decir si esto era por el incidente en la alcaldía o porque los rumores de que "se llevaría a Robin", como si ella fuese un objeto preciado y no una persona y aún más importante, su nakama, se habían esparcido como pólvora entre los aldeanos.
Como de por sí no estaba de ánimos para nada en esa mañana más que para largarse de allí pronto, decidió que bien podría esperar a que ellos estuvieran desocupados para atenderle. No ganaba nada con ponerse de malas y terminar discutiendo con alguien. El único motivo por el que los últimos días se había contenido de su tendencia a querer resolverlo todo a base de cortes fue porque nadie en ese lugar estaba a su nivel de pelea, excepto tal vez Robin y a ella no quería contrariarla. Pero para como habían ido avanzando los días en esa aldea…ya se estaba cansando. Mejor mantener una distancia prudente y esperar a que todo saliera bien.
No tuvo que esperar demasiado tiempo, Morton y Mary eran un gran equipo, rápidos y efectivos, de modo que en unos cuantos minutos la muchedumbre se había disipado un poco y ellos pudieron anunciar que se tomarían un pequeño descanso para almorzar.
Nadie les reclamó porque sabían que llevaban desde las seis de la mañana trabajando sin parar; aquél era un gran día y no podían permitirse que hubiera errores o accidentes de cualquier tipo.
Aprovechando este momento de tranquilidad, Mary se acercó a Zoro y le ofreció un vaso de limonada. Él la tomó sin quitarle la vista de encima a la mujer, que ahora estaba muy tranquila en relación a como usualmente estaba cuando tenían que enfrentarse a él. Quizás era por la perspectiva de que se iría pronto y no tendría que verlo más nunca en la vida. Zoro la miró con desdén. Casi podía imaginarse la gran alegría oculta tras esa amabilidad y, a su parecer, falsa hospitalidad.
-Es una lástima que tenga que dejarnos ya, Roronoa san- le dijo la mujer, sonriendo de una manera radiante pero a la vez poco sincera- pero no dude que siempre que quiera volver será bienvenido, para nosotros será un honor poder recibirlo aquí.
-Ya lo creo- contestó él en tono por demás dudoso- pero no pierdas más el tiempo, mujer. Dime a qué hora sale el barco y donde tengo que tomarlo.
-Oh- la mujer pareció contrariada por la brusquedad de esas palabras, pero Zoro fingió no darse por enterado. Ella se aclaró la garganta e hizo todo lo que pudo por mantener una pose de dignidad frente a él-El barco saldrá a mediodía. Tiene unas dos horas para arreglar sus asuntos, nosotros hablaremos con el capitán del acuerdo que el alcalde preparó con ellos para usted. Mi esposo lo guiará allá cuando sea la hora, usted solo tiene que venir aquí.
-¿Hasta mediodía?
-Tiene tiempo para almorzar y preparar su equipaje.
-No traje nada a esta isla.
-Pero le han dado ropa y…
-No son mis ropas- finalizó en un tono que no admitía réplica- úsenlas para limpiar o lo que quieran, pero me voy de esta isla tal y como llegué, solo con lo que traigo puesto- miró a ambos con detenimiento y se dispuso a marcharse- estará aquí en dos horas.
Diciendo esto, se alejó de ellos.
Lamentaba tener que ser tan cortante a veces, pero a su parecer, era lo mejor.
Nuevamente, y ya que no planeaba tener una vez más contacto con la gente de la villa, fue a pescar y a buscar algo de fruta. Hizo una pequeña fogata en un lugar alejado y comenzó a preparar su comida, otra vez, como cuando no tenía nakama y estaba completamente solo contra el mundo, antes de conocer a Luffy.
No le molestaba en realidad. Al menos, se quitaba la sensación de que les seguía debiendo algo a esas personas.
De modo que se comió todo su almuerzo y comió fruta fresca. Lo único que se había permitido tomar era algo de agua potable, ya bebería sus cervezas cuando pudiera regresar a asaltar las bodegas del Sunny.
Hizo un cálculo rápido de cuánto tiempo le quedaba para volver, y pensó que tenía una media hora.
Considerando el tiempo que duraría perdido (aunque nunca admitiera algo así, era lo más probable que podía ocurrir) quizás lo mejor era que se pusiera en camino ya.
-Hola, Zoro.
Apenas se había puesto de pie cuando vio a su nakama cerca de él, mirándolo.
Como siempre, el rostro de Robin se mantenía impenetrable. Lo único que era capaz de dilucidar entre sus bellas facciones era un dejo de tristeza asomándose en sus ojos, pero todo lo demás estaba intacto, como una estatua de mármol hermosamente tallada, sin manchas, sin imperfección alguna.
-Hola, mujer- contestó de un modo tranquilo- no esperaba verte.
-Zoro. Escúchame…
-No puedo. Ya es hora de que me vaya.
-Pero…
-Ya te dije que encontraré a los demás y te esperaremos cerca de aquí. Es más, quizás sería posible que simplemente nos avisaras cuando terminaras tu trabajo. No dudo que Chopper, Sanji o Franky quieran venir a ayudarte, así que ¿de qué te preocupas?
-Zoro, espera, necesito que…
-¿Necesitas?- preguntó él con una nota de desdén que originalmente no había planeado que se escuchara en su voz. Iba a agregar algo más pero no consiguió hacerlo, toda su cordura amenazaba con irse con cada palabra que saliera de su boca en cuanto la abriera y no podía, no quería que algo así sucediera porque no quería que Robin terminara odiándolo para siempre. Porque además, dado lo idiota que podía ser cuando no sabía qué decir, o cómo decirlo, nunca podría explicarle a Robin que ese enfado suyo, ese enojo, ese despecho que mostraba su voz era únicamente resultado de un amor gigantesco que se había alojado en su interior sin que pudiera evitarlo.
De modo que se quedó en silencio observándola, esperando su siguiente reacción. Pero todo lo que Robin hizo fue continuar hablando, como si no hubiera escuchado ni media palabra de lo que él decía.
-Necesito- recalcó- que me acompañes en mi investigación. La parte del bosque a la que hay que ir es de muy difícil acceso y hay todo tipo de peligros. Yo puedo conmigo misma, pero me acompañaran un par de aldeanos y no confío en que puedan cuidarse solos. Por otro lado, creo firmemente que tú entenderías mejor algunas cuestiones implicadas en esta búsqueda, tu presencia me será útil si tengo que tomar alguna decisión importante. Tu opinión sería invaluable en ese caso.
Zoro se quedó callado por si tenía que agregar algo más. Le daba un secreto orgullo saber que para ella su opinión y su presencia eran importantes, pero que lo quisiera de guardaespaldas era mucho. Peor aún, de esas personas. Porque si le hubiera pedido protección para ella, otra cosa hubiera sido. El hecho es que no lo hubiera tomado a mal en cualquier otra circunstancia, pero no se encontraba a si mismo capaz de aceptar ir con ella en esas condiciones.
-Lo siento. No puedo hacerlo.
Siguió caminando, pasó por su lado y continuó sin que ella se moviera ni un centímetro de donde estaba.
-¿Acaso olvidaste tu promesa?- la sangre se le heló.
Promesas. Su mayor fuerza o su peor debilidad.
No podía atacarlo con eso. No era justo. Se volteó, solo para ver que Robin lo miraba fijamente otra vez. Su expresión era totalmente neutral.
-Prometiste que te quedarías, ¿Lo has olvidado? Dijiste- respiró profundo, y por primera vez en mucho tiempo mostró una especie de emoción; bajó la mirada con cierta tristeza, o duda- dijiste que no te irías. Dijiste que te ibas a quedar.
Zoro avanzó un paso hacia ella, pero se detuvo. Apretó los puños. Decidió contenerse mientras pudiera hacerlo, pues todo en su compañera era adictivo y peligroso para él. No podía recaer a sus labios. No podía ser el idiota que hiciera todo lo que ella quisiera por capricho. Para todo había límites, y él sentía que había llegado al suyo. No lo quería rebasar y cualquier movimiento en falso podría ser decisivo, pero…
-Sé lo que prometí- dijo finalmente. De cualquier modo, sentía que no tenía salida, porque no podía hacer otra cosa más que atender a esa promesa que había hecho. Pero… no, no podía. Era demasiado para él.
Pero es que no estaba implicado solo el hecho de quedarse o no quedarse en esa isla. Era la sensación de que se quedaría como un simple espectador, completamente pasivo, de cómo su compañera, su nakama, y la mujer de quien estaba profundamente enamorado, se le iba lentamente de entre las manos.
Por algún motivo, se encontraba totalmente inhabilitado de hablar o de actuar contra esta situación. Mantenerle la mirada a Robin también tenía sus complicaciones, pero optó por mantenerse firme.
-Sé lo que prometí- repitió, y añadió:-, pienso cumplirlo, no lo dudes. No me iré.
No hizo objeción alguna cuando Robin caminó de nuevo para acercarse a él. Algo en su interior le dijo que se alejara, que no le permitiera llegar hasta él, pero no pudo, y no quiso moverse de donde estaba. Robin llegó a sólo unos pocos centímetros de él y le sujetó el rostro con una mano, acariciando su mejilla y mirando directamente a sus ojos. Se acercó un poco más a él, y de nuevo, sus pieles quedaron tan cerca que casi no podía creer lo fácil que hubiera sido inclinarse un poco al frente y permitirse besarla.
Cerró los ojos cuando su frente se juntó con la de ella. Cuando notó que se acercaba abriendo sus labios, él abrió ligeramente los suyos, y al ver que ella cerraba sus ojos él hizo lo mismo. Se acercó un poco más, pero ninguno de los dos pareció tener el valor. Robin cerró los labios y volteó hacia un lado. Él también retrocedió. No le había puesto una sola mano encima pero la piel le ardía como si algo le quemara.
-Lo siento. No puedo obligarte a algo así, lo sé.
Él no contestó, pero no pudo evitar sentirse aliviado.
Y se recordó a sí mismo, que si eso la hacía feliz, que si el quedarse allí le brindaba algún tipo de satisfacción, quizás era lo mejor que podía hacer, dejar que se quedara y no estorbarle. Porque él últimamente parecía que era lo único que estaba haciendo con ella; estorbar en su camino, en sus deseos, en sus ideas, y no quería que eso sucediera más.
Y de nuevo le daba vueltas en su cabeza a ese asunto.
Tan fácil le era hacerse a un lado que casi sentía pena. Era una triste decepción para sí mismo.
-Dame una hora más, por favor- le dijo ella- solo eso. Te prometo que si me esperas, te daré un buen motivo para quedarte, sin tener que forzarte a hacerlo, ¿de acuerdo?
Zoro se sintió un poco confundido. Sin embargo, pese a todo lo que estaba sintiendo, aceptó. Quizás ella comprendía mejor de lo que había pensado, lo que significaba para él una promesa y el cumplirla o no hacerlo.
-De acuerdo. Morton me llevará al muelle donde está el barco. Allí esperaré.
-Gracias.
Luego de decir esto, Robin se adelantó y se perdió de vista.
Zoro por su parte, se llevó una mano a la cabeza y se la pasó por el cabello. ¿Estaría bien lo que acababa de hacer?
Regresó a la villa, y no tuvo que andar mucho porque casi en seguida fue encontrado por Morton, quien al parecer ya estaba bastante al tanto del pésimo sentido de la ubicación de Zoro y había decidido tomar medidas en caso de ser necesario.
Zoro no estaba muy contento con esta idea, pero por supuesto, tenía que admitir que al menos el sujeto estaba haciendo bien su parte del trato. Y volvían a lo mismo; si lo querían lejos de su isla lo más pronto posible, entonces tenían que ser eficientes al menos en ese sentido. La parte que a Zoro le causaba verdadera gracia de todo esto era que incluso parecían haber olvidado su miedo y sus muestras de excesivo respeto hacia él, por lo cual era divertido poner a prueba al hombre haciendo algunas miradas amenazantes o comentarios que pusieran en evidencia su enojo, su fuerza y sobre todo su disponibilidad para partir en pedacitos cualquier cosa que se metiera en su camino o que lo hiciera molestar. No podía evitar sentirse complacido al ver de nuevo esas reacciones de miedo de parte de Morton, sí, estaba siendo un abusivo pero realmente sentía que esas personas le debían muchas.
De modo que Morton lo llevó al muelle. Zoro nunca había estado allí, y con sus escasas capacidades de ubicación calculó que el día de su fatídica llegada a aquella isla, él y Robin habían caído en la playa del lado contrario de la isla, la cual no era visible en absoluto. De pronto se preguntó si iba a lograr lo que necesitaba, pero se dijo a si mismo que más valía que así fuera.
Había cuatro barcos en lugar de solo uno como había escuchado en un principio, pero en realidad no le extrañó. Supuso que al final había demasiada mercancía y correo que intercambiar entre las islas. Todos los barcos estaban cargados de mercancía y correspondencia, y algunos hombres descargaban las enormes cajas no sin ciertas dificultades. Después iban subiendo lo que la isla mandaba al exterior.
-Zoro san- lo llamó de pronto Morton- por aquí.
Zoro lo siguió. Se acercaron al barco que se encontraba hasta el frente. Se acercaron allí y un hombre bajó y saludó respetuosamente a Morton, pero a Zoro lo miró con cierto recelo, diría incluso que con desprecio, pero el espadachín estaba más que acostumbrado a esto así que no le prestó atención.
-Capitán- saludó Morton- éste joven es el hombre del que le hablamos. Él irá con ustedes hasta Kourin. Necesita ponerse en contacto con unos amigos suyos. Zoro san, este es el capitán Tatsuo.
Zoro miró al hombre con atención, pero por supuesto sin demostrar su análisis. Le estrechó la mano de la manera más neutral que pudo hacerlo y mantuvo su mirada fija en sus ojos, firmemente. El saludo se dio con respeto pero con frialdad. Una persona con una voluntad demasiado baja podría haber sentido cierta electricidad fluyendo en el ambiente.
El hecho era que Zoro desde el principio decidió tomarse sus precauciones con él. Ciertamente no lucía como los habitantes de la isla. Era un hombre más o menos de su estatura y complexión, pero algunos años mayor a juzgar por sus facciones endurecidas y cuarteadas por el agua salada. Quizás era de la edad de Franky, pero por cierto, sin un solo ápice de su vivacidad o su buen humor. Se veía serio, tan serio. Casi como él, quizás más, de hecho.
El apretón de manos duró más de lo que él hubiera deseado y no tuvo que prestar demasiada atención para darse cuenta de que el hombre estaba efectuando sobre él un examen parecido al que él hacía. Hasta cierto punto lo comprendía, pero no estaba para soportar algo así de nadie.
Cuando se soltaron las manos, el presunto capitán Tatsuo volteó a ver a Morton y se dirigió a él, dejando a Zoro completamente de lado.
-Le agradezco, Morton san, por haberlo traído hasta aquí. He escuchado pésimas referencias acerca de su sentido de la orientación y sus modales.
-¡Oiga…!
Oír eso lo hizo enojarse de verdad, pero no pudo decir nada porque él le interrumpió.
-Señor Roronoa. Le tengo que advertir de una vez que una vez que ponga un solo pie en mi barco tendrá que apegarse a mis reglas. Nosotros somos gente honrada y le estamos haciendo un gran favor, así que no pienso esperar menos que respeto, ¿Comprende?
Zoro no estaba acostumbrado a recibir órdenes de esa manera, por tanto, tampoco estaba acostumbrado a seguirlas. Si tuviera un poco menos de dominio sobre sí mismo, juraría que se había puesto blanco o rojo al recibir esa especie de regaño y posteriormente hubiera matado al capitán con tres cortes limpios, pero sabía que debía controlarse, de nuevo, de modo que respiró profundo y decidió terminar con aquello de la mejor manera posible.
-Comprendo perfectamente. Pero yo no sigo reglas ni órdenes más que las de mi capitán, ¿Puede usted comprender eso? No pienso soportar este trato, de modo que gracias, pero si así están las cosas prefiero hacer yo mismo una balsa e ir en ella hasta encontrar una isla.
Se dio la vuelta y el único camino que tenía ante sus ojos fue el que siguió, pero no tuvo que caminar demasiado antes de que la voz de ese hombre le detuviera.
-Roronoa san, espere un momento, por favor.
Quizás debido a que esta vez su voz sonaba un poco más amable, Zoro decidió esperar y escucharle. Ahora el hombre habló con más tranquilidad, sus ademanes incluso parecían conciliadores.
-Déjeme pedirle disculpas. Verá, no estamos acostumbrados a tratar con…piratas- mencionó la palabra como si le costara trabajo pronunciarla, y Zoro no lo culpó-, no sé qué tipo de persona es usted ni hasta qué punto puedo confiar en su honor. Comprenderá que me portara grosero en un principio, pero sus palabras me han hecho pensar. Su fidelidad y su apego a su tripulación deben ser grandes, ¿Me equivoco? Pensando en esto, supongo que puedo confiar en usted, basándome claro en esta muestra inequívoca de honor.
Zoro no pudo evitar pensar que esa explicación tenía mucho de lo que él mismo venía sintiendo desde que se encontraba en esa isla; portarse mal con alguien por no tenerle confianza, de modo que hasta cierto punto lo sintió como algo normal.
Inclinó la cabeza un poco en señal de aceptación y el capitán mostró una sonrisa tranquila.
-Debo informarles que partiremos en una hora más- les dijo a continuación a Morton y a él- de modo que Roronoa san puede subir al barco a instalarse o hacer alguna diligencia que tenga pendiente en la isla antes de zarpar.
Morton miró a Zoro como poniéndose a su disposición, pero él negó con la cabeza.
-Esperaré aquí- dijo con toda tranquilidad y a continuación buscó con la vista una caja en la cual sentarse.
Morton se fue y el capitán volvió a sus labores.
Zoro encontró una caja de madera bastante grande, más alta que él, y le pareció un buen lugar para tomar una siesta.
Se subió de un salto y se recostó boca arriba. Hacía un clima muy agradable, casi no hacía sol pero tampoco había nubes amenazantes por ninguna parte.
Mientras se quedaba dormido, recordó ese día. Recordó como había luchado contra el agua, contra el mar y contra la tormenta para salvar su vida, y la de su nakama. Casi un milagro, ¿No? viéndolo en retrospectiva, le parecía bastante increíble la manera en que había perdido a Robin y después la había encontrado acostada sobre una roca, y cómo después de nadar una ola, la había encontrado de nuevo, estando ambos varados en la playa.
Recordó el momento en que ella abrió los ojos, mientras un pequeño hilo de agua salía por la orilla de su boca y goteaba sobre la arena. Recordó también con bastante claridad la manera desesperada en que buscó sujetarle del brazo, quizás para decirle algo, pero sin lograr finalmente nada más que sujetarlo y mirándolo de manera suplicante…como pidiéndole respuestas, o consuelo, ¿quién podría saberlo sino ella?
Por otro lado, se sentía intrigado ante la posibilidad de que ya en ese momento hubiera comenzado a perderla.
No pudo dormir, definitivamente. Una hora era bastante tiempo de acuerdo a la escala mental que se había formado al llegar a esa isla, pero no suficiente para pensar tantas cosas y además conseguir una buena siesta. Además, estaba esperando a Robin, y secretamente, esperaba que ella llegara con un buen motivo para que él se quedara.
No tuvo que pasar mucho tiempo antes de que fuera despertado, pero la persona que se mostró ante él no fue su nakama, sino un muchacho al que en seguida reconoció como el nieto del alcalde.
-Roronoa san- le llamaba mientras tiraba de la manga de su camisa- Roronoa san.
Zoro se incorporó sobre sus codos con ciertas dificultades, no tanto por falta de energía sino por falta de ánimos. Miró al joven, que se mantuvo firme ante él en todo momento.
-¿Qué ocurre?
-Roronoa san- el muchacho se paró más derecho en cuanto él le dirigió la palabra- me ha mandado Nico san. Me pidió que le informara que… que puede usted irse. Me dijo que no necesitaba que estuviera usted más aquí y que esperaba verlo pronto.
Zoro se incorporó ahora mucho más enérgica y miró al joven con el ceño fruncido.
-¿Eso fue lo que dijo?- preguntó de una manera que él no se atrevió a responder- Dime, ¿te dijo algo más?
-No- titubeó- solo que le deseaba suerte…en su viaje.
Zoro volteó la cara y respiró profundamente. Volvió a verlo a él y decidió que no tenía la culpa de nada, era un simple emisario, de modo que tenía que ser amable mientras pudiera hacerlo.
-Gracias. Puedes retirarte.
-¿No tiene algún mensaje para Nico san?
Zoro lo pensó, pero de todas las posibles palabras que podía haber dedicado a su nakama, nada le pareció realmente apropiado. Finalmente negó con la cabeza.
-Solo infórmale que recibí el mensaje, y que me iré. Gracias- repitió, para que quedara claro que eso era todo. El joven asintió y se alejó a toda velocidad.
Zoro esperó un rato más, hasta que el capitán Tatsuo salió personalmente a indicarle que podía pasar al barco. Zoro subió, pero igual que antes, no pudo evitar que un mal presentimiento recorriera su columna vertebral en cuanto puso un pie en cubierta.
Debajo de cubierta había algunos camarotes.
Solo con verlo, se dio cuenta de que le habían asignado el más pequeño e incómodo de todos. No le importó ni dijo absolutamente nada al respecto. En realidad no pensaba dirigirle a nadie la palabra mientras no fuera necesario. El capitán lo dejó allí luego de decirle que el viaje duraría un día y medio más o menos, y que cuando lo deseara, siempre que la tripulación no estuviera trabajando, podría subir a cubierta a estirar las piernas.
Zoro aceptó asintiendo con la cabeza y el capitán se retiró.
No le importaba nada de eso en lo absoluto, para ser sinceros. Le daba exactamente igual en qué lugar del barco podía o no estar, él no pensaba salir del camarote, como ya había pensado antes.
Dejó sus espadas sobre la cama y analizó su espacio. No contaba con demasiado margen para moverse, pero aun así calculó que podía hacer algunos ejercicios, si no con las espadas, al menos sí con el propósito de mantenerse en movimiento. Además, casi no llegaba ruido hacia ese lugar, de modo que era perfecto para unas cuantas sesiones de meditación o para dormir a pierna suelta como estaba acostumbrado.
Igual no era que fuera a estar allí por demasiado tiempo. Considerando que seguro la mayor parte del viaje lo haría dormido, se le pasaría como agua –nunca mejor dicho.
No pasó demasiado tiempo antes de que sintiera un ligero movimiento del barco al zarpar. En su camarote había un pequeño ojo de buey que daba hacia afuera, y comprobó el movimiento del barco echando un vistazo hacia la isla.
Se acostó y cerró los ojos, dispuesto a dormir.
Debieron pasar unas dos horas. Tocaron a su puerta fuertemente, eso fue lo único que lo despertó.
-Roronoa san- la voz de uno de los tripulantes se dejó oír desde la puerta- le traigo su comida.
Zoro se puso de pie de mala gana y caminó hacia la puerta. Retiró el seguro, la abrió ligeramente y a través del mínimo hueco y miró al sujeto sin poder quitar la expresión de fastidio y somnolencia que tenía en el rostro.
-Gracias- le dijo- pero no quiero su comida.
-Roronoa san, el capitán insistió mucho en que comiera. Dijo que quiere enmendar una pequeña ofensa que le hizo antes de subir al barco. No sé de qué se trata pero…
-Ya, comprendo- contestó Zoro, interrumpiéndole y quitándole el plato de la mano- gracias- repitió, y el hombre se fue.
Zoro se introdujo de nuevo en el camarote y comenzó a comer. El plato no era nada del otro mundo, aunque no lo quisiera admitir, la perspectiva de volver pronto al barco y comer algo preparado por el pervertido cejas rizadas era bastante buena para él.
Después de comer tomó otra siesta, y para cuando volvió a despertar ya debían ser las seis de la tarde o algo así. Aún no había oscurecido, pero se notaba que en cualquier momento el sol comenzaría a bajar con velocidad.
Se levantó de la cama e hizo algunos ejercicios, estiramientos más que nada. Después de un rato, se sentó en el piso cruzando sus piernas en posición de loto y comenzó a meditar.
No era tan difícil, porque casi desde que había salido de la isla se había propuesto firmemente no pensar en nada más que en su misión de encontrar a sus nakama. Lo de Robin simplemente quería quitárselo de la mente mientras pudiera….ya pensaría en eso cuando tuviera que darles explicaciones a sus amigos y muy probablemente recibir un fuerte regaño. En realidad no esperaba que nadie comprendiera por qué la había dejado allí. Para eso tendrían que comprender lo que ahora sentía por ella y su confusión de los últimos días provocada por la forma en que ella se había estado comportando.
Y no, no era momento de pensar en eso. Se dijo que debía tranquilizarse y enfriar su cabeza, centrarse únicamente en dar con el resto y volver para al fin llevársela de allí.
Luego de un rato largo de meditación, volvió a ver por el ojo de buey y se percató de que la noche al fin caía. Encendió la lámpara que tenía en su mesa de noche y sacó de su haramaki el algodón y el líquido especial que usaba para limpiar sus katanas, lo único que había llevado consigo desde la isla.
Una por una, comenzó a limpiarlas con la misma total concentración y dedicación con que usualmente lo hacía. Terminó un rato después y las volvió a envainar. Se recostó y las acomodó a su lado en la cama.
La noche le pareció más larga de lo que había esperado. A ratos dormitaba, y a ratos simplemente parecía que no podía mantener los ojos cerrados por más de cinco segundos. No estaba muy lleno, de hecho se sentía de lo más tranquilo en lo referente a su estómago. No sentía ninguna molestia. No estaba lastimado, a excepción de su mano derecha. Casi la había olvidado, pero cuando la vio se percató de que seguía teniendo el vendaje que Robin le había aplicado. No lo había cambiado en esos días, y la verdad era que ya había cerrado la herida y por suerte no tenía ninguna seña de infección.
Zoro levantó la mano frente a su rostro, como para asegurarse de su integridad, y la volvió a bajar hasta dejarla descansar sobre su estómago. Cerró los ojos y se esforzó una vez más por dormir pero siguió haciéndolo a intermitencias sin lograr un descanso satisfactorio.
Alguien hubiera dicho que se debía a la incomodidad de estar en un camarote de un barco ajeno, pero la verdad era que a Zoro ese tipo de cosas nunca le habían importado demasiado, aunque quien sabe, siempre hay una primera vez para todo.
El alba lo encontró despierto con los ojos de par en par. Mucho rato después, él trataba de seguir durmiendo, pero de pronto sintió el barco detenerse.
Se asomó por el ojo de buey y vio que habían anclado junto a una isla, solo que no tenía ninguna villa o aldea visible, y según sus cálculos sería hasta en la noche cuando llegaran a su verdadero destino, ¿Qué estaban haciendo allí? No tuvo que esperar mucho, porque unos fuertes golpes hicieron sonar su puerta.
-Buenos días, Roronoa san- ahora fue la voz del capitán la que lo llamó- lamento tener que importunarle, pero necesitamos que salga de su camarote. Mis hombres tienen que hacer una limpieza general del barco, ya sabe, ha habido muchos problemas de salud últimamente y no nos queremos arriesgar a nada. Mientras tanto, puede usted bajar a la isla.
Zoro se acercó a la puerta, de nuevo de bastante mala gana, pero se asomó.
-Que omitan este cuarto. Si me enfermo yo asumo la responsabilidad.
-Roronoa san- repitió del capitán en un tono que a Zoro le pareció quizás demasiado cortés- insisto. No solo por su salud sino por la de todos aquí. Tome usted en cuenta que cuando lleguemos a Kourin usted bajará del barco mientras que nosotros continuaremos con los viajes a todas las islas que lo requieran.
Zoro tenía que admitir que eso era verdad.
Suspiró con resignación. Tomó sus espadas y se las anudó bien en la cintura, subió a cubierta y de un salto bajó a la isla, provocando cierto temor entre los marineros que no estaban acostumbrados a ese tipo de despliegues de fuerza.
-Puede ir a dar una vuelta por ahí, si así lo desea, Zoro san. Nos iremos en una media hora más.
Zoro asintió y miró a su alrededor.
La vegetación de esa isla no era tan densa como en otros lugares en los que había estado, pero a primera vista se notaba que era un lugar bastante grande. En realidad no tenía demasiadas ganas de explorar, pero tampoco quería quedarse sentado entre esos hombres, así que se fue caminando por donde su cerebro le dio a entender.
En poco tiempo comprobó que la vegetación no era tampoco muy parecida a la de otras islas que había conocido. En realidad, aunque no supiera demasiado sobre plantas, no pudo evitar la sensación de que ni los diversos árboles y arbustos, y ni siquiera las flores, se correspondían unos a otros.
Se quedó parado donde estaba, en medio de unos de estos árboles. Cerró los ojos y aguzó el oído; no podía percibir ruidos de animales, ni uno solo, y esto hizo que se sintiera un poco alarmado. Cuando volvió a abrir los ojos, frunció el ceño. Se agachó y tocó la tierra. Tomó un puñado y comprobó que no estaba firme ni apelmazada, estaba removida, como si acabaran de cavar o arar, como en los campos de cultivo. Tampoco era el tipo de tierra que se encontraba en las islas. Era tierra negra, algo seca también. A juzgar por la consistencia, debía ser especial para el cuidado de los árboles que tenía a su alrededor. Todo esto solo le indicaba que no estaban en una isla deshabitada, o por lo menos, no estaban en una isla virgen como él había pensado en un principio.
De pronto se tambaleó.
La tierra tembló bajo sus pies, estuvo a punto de perder el equilibrio y caer pero se afianzó de una de sus espadas contra el piso.
Después escuchó un ruido metálico, como de estructuras chocando entre ellas, como de engranes oxidados…muy grandes, engranes oxidados.
Zoro tuvo que espabilar y correr con todas sus fuerzas de regreso. Trató de encontrar la playa y ver de nuevo el barco, pero parecía que cada vez más se internaba en ese bosque artificial. No se iba a desesperar, quizás solo eran ideas suyas pero...
El ruido se escuchó aún más fuerte y lo sacó de cualquier meditación. Siguió corriendo, pero se sentía cada vez más desubicado y perdido. Trató de guiarse por el sonido metálico, pero no fue capaz de definir su origen, era como si lo hubiera rodeado.
Pronto comenzó a verlo.
Entre los árboles, encontró la playa, pero al parecer no se encontraba ni cerca de donde habían anclado.
Continuó corriendo, lo único que podía ver era la línea azul del mar en el horizonte, más allá de los árboles, pero de pronto esa vista se vio cerrada por una enorme red o reja metálica que se alzaba desde el suelo, y cada vez más hacia arriba. De ella provenía el ruido metálico que Zoro escuchaba, y tal como se había dado cuenta, estaba rodeado por ella.
Zoro siguió corriendo. Aunque la visión era cada vez más increíble y desoladora, se propuso llegar ahí y salir como fuera.
De pronto, un ruido fortísimo le lastimó los oídos, y salió disparado hacia un lado. Todo su cuerpo se impactó contra un árbol, arrancándolo de la tierra junto con la raíz. Cuando recuperó la sensación, su pierna dolía, dolía muchísimo, mientras él simplemente yacía en el suelo. Con mucho esfuerzo, levantó la cabeza para ver el cráter que se había formado justo donde él acababa de pisar. Era una mina, y los arbustos y árboles alrededor comenzaban a sufrir las consecuencias de la explosión, estaban ardiendo.
Zoro se levantó un poco más para evaluar los daños. Su pierna izquierda estaba lastimada, no tanto para no poderse mover, pero sí bastante. No tenía tiempo que perder así que se puso de pie, y cojeando como pudo siguió caminando hacia la playa lo más rápido que podía mientras la red seguía elevándose sobre su cabeza.
Se determinó a llegar allí. Puso todo su esfuerzo en continuar. Le importó poco su pierna lastimada, solo sacó fuerzas de quien sabe dónde y corrió hacia ese lugar. La reja seguía subiendo.
Cuando llegó, hizo lo primero que se le ocurrió.
Sacó sus espadas, se colocó en posición, y como pudo, lanzó el ataque más poderoso del que podía disponer en ese momento.
La reja no cedió. No le hizo ni un rasguño.
Zoro repitió el ataque, pero no sucedió nada, y se desesperó al ver que la reja seguía subiendo. Al ver que no podía hacer nada más, comenzó a escalar. Siguió escalando hacia arriba con todas sus fuerzas, con toda la agilidad que le permitía su pierna lastimada.
Continuó escalando, pero de pronto su pie izquierdo resbaló. Estaba chorreando sangre y al apoyar el pie se iba sin que él lo pudiera controlar. Se sujetó fuertemente con sus manos y se mantuvo lo más cerca que pudo de ella para no caer.
Pronto vio con terror que la reja se cerraría sobre él. Tenía forma de domo y ya estaba llegando a la parte superior, era como una jaula, ¡estaba siendo encerrado en una jaula gigante!
Su perímetro redondo cubría la isla por completo, y entonces comprobó que todas sus sospechas, corazonadas y malos presentimientos habían estado en lo correcto todo el tiempo, había sido traicionado, había caído en una trampa, quizás la peor de toda su vida.
No pudo llegar. La jaula terminó de cerrarse sin que él consiguiera escapar, a pesar de que hasta el último minuto dejó todo su aliento solo en esa empresa. En el último momento, su pie volvió a resbalar, y Zoro cayó desde una altura increíble hasta para él mismo, sin poderlo creer casi, con un dolor vacío en el estómago que casi lo hace vomitar. No consiguió hacer ninguna maniobra para librar la caída, solo cerrar los ojos, pero las ramas de los árboles amortiguaron un poco el golpe. A pesar de esto, en cuanto su espalda chocó contra la tierra, todas sus entrañas temblaron, y sintió como si sus pulmones se despedazaran dentro de él. Escupió algo de sangre, y tardó mucho rato en poder respirar sin ponerse a toser de una forma desesperada.
Cuando pudo ponerse de pie, lo único que pudo hacer con su fuerza de voluntad fue atacar la reja.
Hizo todas las técnicas que pudo, cada vez perdía más movilidad y su fuerza mermaba a un ritmo alarmante. Su último ataque apenas despidió una pequeña brisa.
Cayó de espaldas contra el suelo, casi inconsciente. La caída había sido terrible. Y esa reja. No podía ser de acero, ya la hubiera deshecho hacía mucho. Era otra cosa. Era… no sabía, quizás una aleación de distintos metales, una muy poderosa, pero no podía definir nada porque la cabeza le dolía como nunca antes en la vida.
Se puso de pie una vez más, pero de pronto escuchó truenos.
Volteó a ver el cielo, pero aunque estaba nublado, no se veían relámpagos ni amenazaba lluvia. Luego vio hacia la derecha. A lo lejos, alcanzó a ver un resplandor rojo, que cambiaba a naranja y a una luz amarilla y brillante. Escuchó el trueno una vez más y el resplandor se expandió.
Se puso de pie casi de un salto. Eran bombas, y estaba rodeado de ellas.
Zoro respiró profundo antes de correr de nuevo. Tenía que buscar refugio, un lugar donde las bombas no pudieran alcanzarlo ni hacerle daño, pero no sabía dónde, pues podían estar en cualquier parte.
Ahora mientras corría, los truenos se escuchaban cada vez más cerca de él, y lo comprobaba al sentir el calor que generaban en los árboles al incendiarse producto de las explosiones. Siguió corriendo sin encontrar donde refugiarse, cada vez se internaba más entre la maleza pero era imposible saber si se estaba poniendo a salvo o si solo conseguía arriesgarse más.
Su pierna y todo su cuerpo se sentían como si le hubieran clavado un millón de agujas, sentía un hormigueo doloroso a cada movimiento que hacía, era cada vez más complicado y su carrera iba perdiendo velocidad. Cojeaba, jadeaba para respirar, se tambaleaba, se iba hacia un lado y hacia otro, en zigzag, no conseguía controlar su propio cuerpo.
Pronto, vio cerca de él unas rocas apiladas, formando un hueco dentro de ellas, como una pequeña cueva. Zoro, al no ver mejor refugio que ese en los alrededores, corrió todavía con más ganas y se resguardó allí. Pensó que al menos la roca funcionaría como escudo, si la alcanzaba el fuego no se incendiaría, pero se calentaría y le daría tiempo de correr cuando fuera necesario…pero necesitaba un plan para salir de allí cuanto antes.
No podía pensar con claridad, de pronto sintió sueño, mucho, mucho sueño.
Se recargó contra la roca, tratando de mantenerse lúcido. Sacudió un poco la cabeza con el fin de que el movimiento le permitiera mantener la mente despejada. Sin embargo, era como si un humo, cada vez más denso, se formara alrededor de él, empañando no solo su vista sino también todos y cada uno de sus sentidos. Su cabeza caía hacia atrás porque su cuello iba perdiendo fuerzas, y el resto de sus movimientos eran poco conscientes.
Pocas veces en la vida recordaba haber caído en un estado de ebriedad lamentable. Quizás apenas en una o dos ocasiones. Pero lo que sentía en ese momento, las superaba, y con creces.
Trató de mantenerse lo más erguido que pudiera contra la roca; no ponerse cómodo, mantenerse rígido, con disciplina, como cuando entrenaba. Movía las piernas para mantener su cuerpo alerta, y como recurso desesperado, se mordía la lengua, y en los últimos minutos, restregaba su mano herida, ya sin la venda, contra el suelo.
Poco a poco su palma comenzó a arder. La herida se abrió, y cientos de pequeñas piedras y granos de arena se incrustaron en ella. Sintió su sangre fluir hacia afuera sin control, formando con ello una especie de lodo bajo su mano. Pasaron los minutos y el ardor lo mantuvo despierto un rato más, pero su cuerpo seguía durmiéndose poco a poco sin que él fuera capaz de mantenerlo alerta.
Sacó a su Wado de la vaina, con mucha dificultad. La levantó como pudo, y con ella abrió la herida todavía más. El dolor que le causó en la mano le caló hasta los lugares más recónditos de su cuerpo, y lo obligó a gritar como hacía mucho que no lo hacía. Con esta dolorosa acción, consiguió estar despierto un rato más.
No duró mucho. Seguía perdiendo la voluntad a cada segundo que pasaba. Ahora sus piernas no le respondían. La que estaba herida, hacía mucho rato que había dejado de arder.
No sentía nada en el estómago, y luego fue su pecho el que pareció estático. Luego sus brazos, poco a poco, fue incapaz de darles movimiento. Cada vez le era más difícil mantener sus ojos abiertos por largo tiempo.
Trató de pensar en sus amigos para mantener un último lazo con la realidad. En Luffy y sus escándalos, que siempre terminaban por despertarlo, en Sanji, con sus insultos, en Nami con su mal humor, en Chopper y su preocupación, en Ussop y sus cuentos y mentiras, en Franky con sus bailes y sus poses y en Brook con su música y sus chistes malos. Trató de pensar en el Sunny, en sus pesas, en el ancla que todos los días tenía que bajar y levantar, en sus barriles de sake y cerveza esperándolo en la bodega.
Finalmente pensó en Robin, en sus palabras, en sus ojos y en sus labios…
La imagen se fue borrando en su mente, cada vez parecía más opaca. Necesitaba dormir, realmente, lo necesitaba…
Entre ese agujero negro en el que parecía caer, creyó escuchar que alguien lo llamaba. Pero no pudo organizar las ideas dentro de su cabeza, y todo se fue oscureciendo más y más...
Lo cual era curioso, pues aún no eran ni las diez de la mañana.
Continuará…
Esto ha sido todo por el momento :D más cerca, cada vez estamos más cerca.
Quiero seguir con esto del misterio un poco más, no sé qué tan bien me esté saliendo pero creo que puedo decir que estoy feliz con los resultados hasta el momento.
Muchas gracias a todos por sus reviews.
Nico Ale: sé que me tardé, lo siento, y sigo tardándome, pero es que por un motivo esto me está costando más de lo que había esperado, pero hago lo mejor que puedo. Los motivos de Zoro y Robin, cada cual en su mundo, para actuar como lo hacen, poco a poco se van a ir aclarando, lo prometo :D mientras tanto, muchas gracias por seguir al pendiente y dejar tu review.
Zorro Junior: sé que es triste que de pronto todo el romance y lo bonito se acabara, pero en mi opinión el drama es lo que le da sentido a la historia, jeje. No importa que no hayas pasado por aquí en mucho tiempo :v yo me atraso todavía más. Lo importante es que me sigues apoyando :') muchas gracias.
A los demás les contesté por PM, espero que nadie se me haya pasado.
Muchas gracias por leer, una vez más.
Besos y abrazos :)
Aoshika October
