Disclaimer: Todos los personajes son propiedad exclusiva de Rumiko Takahashi, exceptuando a otros originales de mi invención; ninguno basado en persona real o ficticia de ninguna otra obra literaria, cinematográfica, etc. Cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia. Actúo sin ánimo de lucro.
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CAPÍTULO VIII
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Miró fijamente a través del cristal empapado. Habían pasado ya cinco días y la lluvia seguía azotando. Siempre..., desde aquella tormentosa mañana.
Cruzó los brazos protectoramente sobre su pecho y suspiró. Ni siquiera la tela gruesa de su sobrio vestido parecía calentarla ahora: el frío de había instalado en ella desde hacía días.
Aún recordaba, con una claridad dolorosa, el rostro sombrío y la mirada helada que Inuyasha le dedicó entonces; cómo los contornos de su rostro parecían haberse hecho, si era posible, más severos. El convulsivo temblar de sus dedos y la voz profunda y ligeramente ronca con que le había hablado. Carente de toda aquella preciada calidez a la que se había acostumbrado tan fácilmente.
En ese momento, ella supo que lo había herido. Profundamente. Sin embargo, cualquier rastro de emoción que hubiera podido quedar en él fue desvaneciéndose con el paso de los días.
Al principio, la displicente mirada que tantas veces sus ojos plateados habían buscado, se había tornado esquiva; después, fue la indiferencia la que colmaba las claras orbes turbulentas; le hablaba por cortesía y no más de lo que la etiqueta más estricta ameritaba. Pero ahora...
Un doloroso jadeo se quebró en su garganta y sus hombros delgados se estremecieron.
Ahora, ya ni siquiera la miraba.
Y Kagome había sentido ese rechazo como una profunda pérdida. Su mirada vacía se fijó en un punto muerto a través del cristal ligeramente empañado. El repentino anegar de sus ojos la sorprendió tanto como ese inesperado dolor que le pesaba en el corazón. Se llevó una mano al rostro, azorada, cuando sintió la primera cristalina gota salada rodar sobre su mejilla.
¿Por qué tuvo que arruinarlo todo?, Se preguntó una y otra vez. Una extraña y deliciosa intimidad se había establecido entre ellos justo un día antes. Aquella noche, confiados en la segura oscuridad de su habitación, habían reído. Habían jugado juntos. Una risa suave, triste, brotó de ella al recordar lo cerca que habían estado de ser amigos. Buenos amigos.
Sentados en un par de delicados bergeres tapizados de terciopelo blanco, se habían mirado con un afable desafío, sus dedos rozándose de vez en cuando, mientras que en la elegantemente incrustada liza las complejas estratagemas de ambos se fraguaban, no en una batalla del intelecto.
En una batalla de los sentidos.
Porque aquella partida de ajedrez había sido más una guerra de seducción que ninguna otra cosa. Las miradas furtivas y los ligeros roces de sus manos pasando convenientemente desapercibidos.
Él la había mirado a través de esos increíbles, risueños ojos dorados... y había sonreído. Ella admiró, fascinada, como un gesto tan simple podía transformar su rostro. De pronto, le pareció más joven, más niño.
Mas guapo.
Y había sentido, con una claridad bochornosa, cómo un intenso y ardiente rubor le teñía el rostro. Tímidamente, había respondido, y él la había mirado con tal irresistible suavidad, que el calmo latir de su corazón se desbocó. Su mirada se había desviado mientras balbuceaba una suave disculpa; evadiendo esa mirada intensa que la siguió con sorna. Una delicada sorna que, podía asegurar, no tenía nada de esa inherente malicia suya.
Entre suaves risas habían pasado las horas, y cuando ella le hizo jaque, él la miró con un curioso asombro y una extraña y potencialmente adictiva fascinación.
La miró como ningún otro hombre la había mirado antes. Como a una mujer pensante. Como alguien que tenía tanto derecho como él mismo a guiarse de acuerdo a sus propias necesidades y normas.
Esa noche, por primera vez desde el mismo día en que abandonó su hogar, se sintió segura. Completamente segura y protegida.
Y extrañaba ahora la calidez tierna y la mirada dulce que él le había dedicado entonces. Casi inconscientemente, se dio cuenta de que sus ojos anhelantes estaban fijos en la superficie bellamente incrustada del tablero. Miró las piezas ausentemente, quietas del mismo modo en que ellos mismos las habían dejado.
—Los continuaremos mañana —había dicho él. Y ella le había respondido con una sonrisa radiante.
Sin embargo, habían pasado días y las piezas seguían ahí.
Con un suspiro trémulo, descruzó los brazos y se acercó lentamente a la mesilla. Tomó con extrema delicadeza cada una de las hermosas figuras esculpidas y las guardó en el arcón; después acarició anhelante la superficie cuadriculada de obsidiana y nácar, y ese dolor punzante dentro de su pecho se intensificó.
No concebía la magnitud de sus emociones. Con rapidez, asustada por esa inefable sensación de pérdida que seguía sin comprender, plegó el tablero con ambas manos y lo sostuvo fuertemente. Muy fuertemente.
Había querido continuarlo, pensó con una sensación amarga, desearía que él hubiera vuelto...
Pero eso no había pasado. Sólo en ese momento fue consciente del modo en que se había agitado; hizo una inspiración profunda y cerró los ojos en un intento de calmar su intermitente respiración. Sus labios rojos entreabiertos, sus dedos húmedos resbalando peligrosamente sobre la superficie lisa del tablero que sostenía. Miró hacia abajo con ojos ligeramente extraviados, como si no supiera qué era exactamente lo que estaba haciendo, y se apresuró a poner la tabla dentro del arcón negro. Después, con dedos trémulos, tomó el borde tallado y lo cerró. Soltó un suspiro cuando la cerradura se trabó.
Ese día, cuando lo vio de pie en el umbral de su puerta, supo que algo profundamente dentro de él se había roto. La delgada confianza que habían establecido se quebró; y lo hizo con la misma necia facilidad con que una espiga fenece ante el borde afilado de una hoz.
Casi no había vuelto a verlo desde entonces.
Tan sumida estaba en sus pensamientos, que cuando el sonido agudo de los constantes golpes en la puerta penetró a través de la bruma de su mente, respingó. Giró hacia el sonido de forma instintiva, mientras sus dedos trémulos volaban a su rostro para borrar cualquier rastro de las lágrimas. Carraspeando suavemente, contestó:
—Adelante —incluso para ella, su voz sonó inestable.
Con un movimiento tímido y un murmullo suave, la pesada y alta puerta blanca se abrió. El rostro sereno y pálido al que se había acostumbrado en los últimos días la saludó con una tranquila sonrisa.
—Lamento interrumpirla, milady. Mi señor desea saber si se reunirá con su madre a la mesa para cenar.
Por un instante, simplemente permaneció en silencio, mirándola a través de sus ojos vacíos. Había tomado todas las comidas en su habitación desde aquel día. Pero, ¿qué objeto tenía seguir escondiéndose?
Con un suspiro de resignación, miró a la doncella con los ojos velados por una emoción profundamente nostálgica.
—Sí, Coreen —asintió ausentemente—. Bajaré a cenar...
La joven mujer, que obviamente había esperado otra negativa, sonrió radiante.
—Se lo diré al señor, milady. ¿Quiere que alguien venga para asistirla?
Sin mirarla, simplemente negó.
—Como desee, entonces. Con su permiso —sin esperar respuesta, hizo una rápida reverencia y dejó la habitación, cerrando la puerta suavemente tras de sí.
Kagome miraba la madera, ausente. No era por completo consciente de la conversación que acababa de tener. Bajó la mirada hacia la tela brillante de su vestido y suspiró. No era de lo más bonito.
De hecho, y como apenas se daba cuenta, hacía varios días que no se preocupaba demasiado por su apariencia. Desanimada, caminó hasta el espejo circular junto a la ventana y se miró.
Era demasiado bella para que su descuido la hiciera ver realmente fea, pero el cambio era evidente. Su cabello estaba sujeto en un sencillo y desabrido moño sobre su nuca, la intensa palidez de su rostro se había acentuado y unas profundas ojeras enmarcaban sus ojos. Tenía un aspecto frágil y enfermizo.
Rió con amargura cuando pensó en el espectáculo que debía haber dado a todo el mundo desde hacía días. Cuán ridícula debía haberles parecido. ¿Y todo por qué?
¡Por el rechazo de un hombre al que conocía apenas!
Debía ser el más claro ejemplo del patetismo ilustrado. Sus ojos habían perdido el brillo y su cabello parecía opaco. Nada de eso tenía sentido.
No se suponía que ella debiera sentirse así. Tan sola y desamparada. Nunca se había considerado una mujer débil; sin embargo, en ese mismo instante, se sentía frágil, y se sorprendió a sí misma deseando ser protegida.
Extrañaba la cálida seguridad que la cercanía de Inuyasha le brindaba. Tocó su cabello tentativamente, mientras sus ojos vacíos y ligeramente hinchados quedaban fijos en el infiel reflejo que tenía frente a ella. Y, como si despertara de un gran letargo, miró su vestido simplón e hizo una mueca. Tocó a tela, más suave y fina que muchas otras, pero no de la mejor calidad.
Era como si hubiera estado castigándose ella misma. Pero, ¿por qué?
Porque le había hecho daño al único hombre que no la había tratado como si fuera un trofeo de exhibición. Algo bonito y hueco que se viera bien cuando los amigos fueran a cenar a casa, que no hiciera preguntas ni reclamaciones. Algo que se conformara con un par de atenciones al año, con llevar algo bonito y caro, y que todo el mundo admirara por su belleza y su perfección.
Sí. Lo que los hombres habían esperado de ella había sido un trofeo. Un premio por haber jugado y ganado la mano de una de las herederas más esquivas y, ¿por qué negarlo?, más ricas del continente.
Pero ahí estaba, comprometida en matrimonio con un hombre bueno, dulce, comprensivo y cariñoso al que no amaba y cuyos besos no despertaban ni un poco de pasión en ella. Sin embargo, su cuerpo entero vibraba y se calentaba ante el simple pensamiento de Inuyasha McLonney; un libertino, jugador, grosero y petulante hombre que la hacía arder cada vez que sus abrasadores ojos dorados la recorrían con esa mirada intensa y sensual.
Se sorprendió al darse cuenta de que no temía esa mirada. Por el contrario, la disfrutaba. Su cuerpo vibraba por completo mientras esos orbes intensos la recorrían con su acostumbrada pereza, como desnudándola.
Sin embargo, el recuerdo constante de su compromiso comenzaba a volverse algo amargo.
Había dado su palabra; el nombre de su familia estaba en juego. Ella debía cumplir su parte del trato, ser una buena esposa y madre; darle a Arthur los herederos que tanto deseaba. Hasta hacía un par de meses, el convencimiento de que no había mejor marido para ella que Arthur había estado claro.
Sin embargo, la idea de poder ser feliz con él le parecía ahora demasiado lejana, como si realmente nunca hubiera estado ahí.
Tomó suavemente las orquillas que sujetaban su cabello y las soltó; dejó las delicadas piezas metálicas sobre la superficie lustrosa de la columna debajo del espejo, y enredó los dedos entre los mechones negros. Apreció cómo un cambio tan pequeño podía hacer cosas asombrosas en su apariencia. Se miró fijamente antes de comenzar a soltar los botones del vestido con rapidez. Afortunadamente, había escogido un delicado modelo sin corsé que se sujetaba lateralmente a través de pequeños botones de cristal. Era de un verde muy claro, platinado. Perfectamente se le podría considerar un vestido hermoso, pero para ella, con esa piel nívea y el brillante cabello de ébano, eran otros los colores que le favorecían. Aunque seguía viéndose increíblemente bella, para cualquiera que la hubiera conocido una semana antes, parecería deslucida.
Dejó que el vestido se deslizara a través de su cuerpo como una caricia suave, haciendo un suave montículo de tela alrededor de sus tobillos; observó su figura esbelta, apenas cubierta por la delgada tela de las enaguas y la parte superior de una bonita combinación blanca.
Suspiró trémulamente. Días atrás, la certeza de su propia belleza la había acompañado a cada paso. Cada vez que Inuyasha la miraba a través de sus turbulentos ojos dorados, la confirmaba.
Sin embargo, no se sentía bella ahora. Se sentía vacía, fría y sola.
Abandonada.
Con desgana, soltó un suspiro y caminó al enorme baúl de cedro a los pies de su cama y lo abrió. Mientras sacaba un bellísimo vestido de seda granate, se recordó que debía agradecerle a Sango una vez más por haberle llevado algo de ropa. La caricia de la tela suave bajo sus dedos fue un consuelo exiguo.
Se vistió rápidamente, con eficiencia, y buscó los accesorios de combinación en el tocador. Se sentó en el asiento bajo, tapizado con un suave terciopelo dorado de diseño; tomó un delicado cepillo, de suaves y abundantes cerdas engarzadas en un armazón de plata y mango incrustado de piedras preciosas, y se peinó. Los rizos naturales de su cabello de ébano deslizándose sensualmente entre las suaves fibras, cayendo sobre los hombros blancos y descubiertos. Cuando terminó, miró fijamente el delicado joyero tallado que Sango le había llevado. Era pequeño, pero muy hermoso. Lo abrió suavemente con ambas manos. Nunca había sido una joven frívola, así que no usaba demasiadas joyas; sin embargo, poseía algunas de gran valor. No sólo un valor monetario.
Tomó silenciosamente una refinada peineta de plata, y acarició la mariposa embutida de rubíes y esmeraldas que la adornaba con un profundo anhelo.
Suspiró.
Rápidamente, se hizo un moño sencillo y elegante en lo alto de la cabeza y sujetó los rizos ahí con la hermosa pieza plateada. Miró su reflejo con una sonrisa leve. Aún estaba profundamente pálida y ojerosa, pero parecía indiscutiblemente más animada.
Se levantó con elegancia y dejó la habitación sin apenas hacer ruido. El castillo estaba en completo silencio y recorrió las escaleras y los pasillos con relativa calma. Cuando alcanzó el vestíbulo del comedor principal, el sonido de una risa suave y masculina llamó su atención. Se dirigió allá con pasos suaves y elegantes; la alta y hermosa puerta de madera estaba abierta y, desde el quicio, miró al interior.
Cuando la vieron, el saludo que recibió fue entusiasta.
—¡Kagome! —oyó la voz cantarina y sorprendida de Judd mientras se levantaba para darle la bienvenida—. Así que la princesa ha decidido honrarnos con su compañía, este va a ser un almuerzo excepcionalmente concurrido.
Pero ella no prestó atención al comentario. Lo único que escuchaba era esa anhelada palabra dentro de su cabeza, repitiéndose una y otra vez como una perenne condena. Princesa.
Tocó su mejilla disimuladamente cuando sintió que nuevamente sus ojos anegaban. Dio una risa forzada mientras veía a su madre y le sonreía con cariño.
Al lado de Judd, sentada en una silla cómoda y ligeramente reclinada, Eliana la observaba a través de esos inquisitivos, escrutadores ojos de plata. Quizá podía engañar a Judd, o quizá él fingiera que podía hacerlo; pero jamás podría engañar a su madre. Con una mirada, se disculpó, y un sentimiento de acerada culpabilidad la abrumó por haber estado alejada de ella durante tantos días. Deseó tanto abrazarla, pero no pudo forzar sus brazos al movimiento. Se limitó a sonreírle amorosamente.
—Sí, bueno..., creo que hoy me sentí de humor para salir un rato —se sentó junto a su madre y le tomó la mano; entonces miró la mesa y frunció el ceño—. ¿Es que Sango no va a comer con nosotros?
En ese momento, Judd empezaba a sentarse, pero cuando escuchó su pregunta, perdió el balance y cayó de bruces sobre la silla muy poco elegantemente. Carraspeó y se sonrojó levemente ante la mirada asombrada de Kagome.
—Lady Sango no va a acompañarnos, salió con lord Wrington al pueblo por la mañana. La tormenta debe haberlos detenido, así que es lo más probable que tomen una posada esta noche. Tampoco Miroku ni Inuyasha se reunirán con nosotros.
Confundida, frunció el ceño.
—Pero si él mismo mandó a... —entonces, como el filo incisivo de una cuchilla, la verdad se hizo en su cabeza; y esa nueva certeza le fue dolorosamente clara.
Él no había deseado que se uniera a ellos. De hecho, había esperado que no lo hiciera.
Una sonrisa triste curvó su boca cuando se dio cuenta de cuáles habían sido sus verdaderas intenciones. Había mandado a Coreen para asegurarse de no tener que encontrarse con ella durante la cena. Debía haber querido evitarse el disgusto.
Su repudio le hacía más daño del que alguna vez se permitiría reconocer.
Y ahora tampoco tenía a Sango para ayudarla. Pero no podía culpar a su prima cuando ella misma había rechazado su compañía tantas veces. Fiel como era, había intentado apoyarla, buscando la forma de acercarse a ella; sin embargo, Kagome la había rechazado todas las veces. Para el tercer día, Sango ni siquiera había intentado acompañarla.
Miró a su alrededor y suspiró con desánimo. Y justo cuando pensaba que esa sería la cena más larga de su vida, un grito agudo llamó su atención.
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La pluma entre sus dedos firmes pendía, estática, sobre el papel. Los ojos dorados miraron ausentemente cómo una gota de tinta oscura se deslizaba a través de la punta inevitablemente, manchando la superficie clara y completamente vacía de lo que, hacía horas, debía ser una carta. Sin embargo, no había podido forzarse a escribir ninguna línea coherente.
Con un gruñido de frustración, dejó el estilete en su base de obsidiana tan rudamente que el pequeño objeto se tambaleó. Tomó la hoja y la arrugó con saña, luego la arrojó furioso al otro lado del escritorio.
Ella debía estar en el comedor ahora. Coreen le había informado que, por una vez, Kagome sí bajaría a cenar.
Habían pasado días desde la última vez que habían hablado, y no fue una conversación amable. Él la había tratado con tanta fría indiferencia que casi podría jurar que vio un estremecimiento de temor, y quizá otra emoción que no llegó a nombrar, sacudir su cuerpo cruelmente. Había visto su ceño fruncirse con dolor, y se avergonzaba del sentimiento de revancha que lo abordó entonces. Había sentido una enferma satisfacción al saber que le había hecho daño, sin embargo, el sentimiento se agotó rápidamente. Después, la culpa por haberla tratado de ese modo lo avergonzó de tal manera, que había procurado mantenerse alejado.
El dolor con que lo miraba desde entonces era como una afilada hoja enterrada profundamente en su pecho. Una que no podía sacar. Había visto lo desmejorada que estaba; puede que ella no se hubiera dado cuenta, pero él solía mirarla a cada pequeña oportunidad. Su aspecto parecía débil, como si una corriente de viento pudiera tirarla al suelo. Parecía ojerosa, resentida, como si no durmiera por las noches o fuera acosada por pesadillas terribles. Sin embargo, no tenía el valor de acercarse a ella.
En ese momento, se obligó a reconocer que lo abordaban dos profundos temores, dos posibilidades patentes; primero, el daño que podía hacerle a ella. Segundo, y quizá lo más abrumador de todo... el daño que ella podía a causarle a él.
Y él se avergonzaba de esa debilidad.
Aquella noche, en la biblioteca, había pensado que tendría suficiente con lo poco que ella quisiera darle, sin embargo, las horas que siguieron a ese encuentro le hicieron olvidar por completo ese propósito.
Se había dejado llevar por la novedad y había olvidado que aquél era sólo un momento robado. Un corto espacio de tiempo que ella, cuando volviera a los brazos de su hombre e hiciera su vida, ni siquiera recordaría; y lo que para él había sido una de las noches más maravillosas de su vida, para ella no significaría nada.
¿Lo ves, Inuyasha?, dijo una voz burlona dentro de su cabeza, no debes ser tan inútil, después de todo. Hiciste feliz a una mujer... ¡y ni siquiera tuviste que llevártela a la cama!
Sonrió con una ironía dolorosa. Que su propia mente se burlara de él era de lo más ridículo.
Pesadamente, se levantó; se giró y llevó sus manos tras la espalda mientras veía la lluvia resbalar en delgados riachuelos sobre el vidrio espeso de la ventana. La tormenta no había parado afuera. Y, si lo pensaba bien, tampoco lo había hecho adentro.
Pero ella tenía la culpa, de dijo una y otra vez. Ella lo incitó, lo tentó con cosas que nunca podría tener. Y debió hacerlo bien, porque por un segundo, Inuyasha se engañó a sí mismo. En esa habitación, se había permitido creer que no había un mundo más allá de ellos. Durante un pequeño instante, casi había sido feliz. Casi.
Sin embargo, el encantamiento se rompió demasiado rápido; y para entonces Inuyasha se había elevado tanto, que la caída fue inesperadamente dolorosa.
Terriblemente dolorosa.
En ese momento, se odió; porque se dio cuenta de lo débil que realmente era. Demasiado humano, demasiado ingenuo; por lo menos en lo que se refería a esa endemoniada mujer.
Rayos, tenía derecho a estar enfadado con ella.
Y sin embargo, el distanciamiento que se había formado entre ellos se le antojaba muy doloroso. Quizá era hora de dejar de lamentarse. Hacía mucho tiempo que se había hecho a la idea de que nunca podría ser feliz.
No obstante, el pensamiento de que finalmente había encontrado en alguien todo lo que siempre había deseado de una mujer, pero que esa mujer le pertenecía a otro, era poderosamente desalentador.
Sin embargo, más allá de cualquier problema que pudiera tener con ella, había otro conflicto. Uno mucho más enredado y peligroso.
Las averiguaciones que Miroku había hecho en Abingdon no habían servido de mucho. No había ninguna pista que pudiera llevarlos a especular sobre la identidad del verdadero autor del ataque que Kagome y su madre habían sufrido. Aidan parecía estar convencido de que había sido algo completamente desorganizado. Un burdo plan de último minuto elaborado por dos peones, ¿ambiciosos o necesitados?, no lo podría saber. Sin embargo, Inuyasha no estaba convencido de esa posibilidad que, aún siendo remotamente probable, a él le parecía ilógica. Después de todo, dos simples peones no podían disponer de los recursos necesarios para mantener cautiva a una joven en espera de una recompensa.
Entonces, como una explosión dentro de su cabeza, sopesó otra posibilidad. Una que le heló la sangre.
No les harían falta medios para mantenerla oculta si su verdadero propósito hubiera sido otro. Uno mucho más oscuro.
Quiso rebatir ese pensamiento. ¿Qué hubieran podido ganar si su objetivo hubiera sido matarlas? o mejor, ¿quién, por encima de ellos, si es que había alguien más detrás de aquél ataque, podía obtener algo al deshacerse de dos mujeres indefensas que ni siquiera eran el pilar del poderío de la familia MacClesfield?
A menos que fuera una venganza personal contra ellas, esa teoría no tenía sentido. Lady Eliana era una mujer encantadora, que difícilmente podría despertar alguna pasión negativa en alguien. Kagome..., ella era un ángel entre los hombres; algo demasiado puro y demasiado bueno para moverse entre toda la inmundicia que en el mundo él había conocido. No; nadie podía odiarlas, a ninguna de ellas. Pero entonces, ¿por qué?
Sin embargo, sus pensamientos fueron cortados de golpe cuando la puerta a sus espaldas se abrió.
Miroku, mojado, sucio y pareciendo bastante frustrado, caminó con paso agresivo hacia el sofá nacarado y se dejó caer. Inuyasha lo miraba con los ojos muy abiertos e intentó con fuerza contener la risa mientras escuchaba el gracioso chapoteo que hacían sus botas inundadas al caminar. Sin embargo, el temblor en sus hombros lo delató.
—¿Te parece gracioso, eh, Inuyasha? —espetó furiosamente, una emoción muy poco común en él—. ¿Crees que es divertido? Ya quisiera verte en mi maldito lugar.
Su mirada, que había sido pensada para intimidar, rompió el exiguo control de Inuyasha. Rió abierta y fuertemente.
—¿Se supone que debo compadecerte? —preguntó con tono jocoso mientras su amigo lo miraba, airado—. Vamos, Miroku, debes haber hecho algo muy malo para...
—¡Lo único malo que he hecho ha sido traer conmigo a esa desquiciada bruja! —estalló, y para desazón de Inuyasha, se sacó las empapadas botas y el agua del interior chorreó, sucia, insultantemente lenta, sobre su preciada y costosa alfombra oriental.
—¡Hey! —protestó, su risa muerta al instante—. ¿Qué maldita cosa crees que haces?
Los ojos azules de Miroku brillaron con travesura.
—Accidente —sentenció—. Y dime, ¿qué haces aquí, no vas a cenar? —miró el reloj empotrado en la parte superior de una cómoda alta—. Ya deben estar sirviendo el primer plato.
Inuyasha carraspeó, incómodo.
—Tengo cosas importantes que hacer —se excusó—. Hace varios días que he dejado algunos asuntos pendientes —entonces agregó con sorna—: Un condado no se administra solo, tú sabes.
—A...já —murmuró con una mirada suspicaz—. Dime ¿tú y tu princesa de hielo no se hablan todavía? —no tuvo necesidad de una respuesta; la mirada sombría que le dedicó se lo dijo todo—. ¡Qué puedo decir! Has ofendido a la dama... ¿se supone que debo compadecerte? —su voz burlona hizo que al hombre le entraran unas casi incontrolables ganas de romperle un par de dientes—. Oh, vamos, Inuyasha; debes haber hecho algo muy malo para...
—Termina esa frase, Miroku —su voz fue una amenaza baja, pero efectiva—, y no tendrás razón para volver a usar pantalones. No te dejaré nada que debas ocultar.
Miroku lo miró por un segundo y rió. Sin embargo, su risa se apagó cuando vio el semblante completamente serio de Inuyasha. Una mano voló, protectoramente, sobre su entrepierna.
—No lo harías —masculló, incrédulo. Su mirada parecía horrorizada. Inuyasha no se conmovió.
—Pruébame.
Riendo nerviosamente, Miroku sacudió sus botas con discreción y se las volvió a poner.
—¿Y bien? —preguntó Inuyasha, cruzando los brazos y recargándose en el borde del escritorio.
—¿Y bien, qué? —rebatió Miroku con una sonrisa complaciente.
—¿Vas a decirme la razón por la que estás goteando sobre mi alfombra persa, y por la que has dejado una mancha indeleble en mi sofá?
—Bueno, creí que lo habías imaginado —espetó—. La prima loca de tu princesa me atacó.
No supo por qué, pero algo en el modo en que llamó princesa a Kagome, lo molestó. Frunció el ceño y contestó, procurando mantener la voz templada.
—No me creo que simplemente se haya arrojado sobre ti, Miroku —espetó—. Mejor dime qué hiciste.
El hombre lo miró y bufó, indignado.
—¿Por qué siempre todos han de pensar lo peor de mí? ¡Juro por Dios que no tenía malas intenciones! —su amigo sólo enarcó una ceja—. Mira, yo estaba saliendo al porche cuando el carro de lord Wrington venía llegando. Casi había dejado de llover, pero el suelo era inestable y había lodo, ya ves, la lluvia no cesaba desde hacía días —suspiro resignadamente. Inuyasha lo miró y le instó a seguir con un ademán—. Bueno, yo me acerqué para ayudar a bajar a lady Sango. ¡No es mi culpa que la tela del vestido se haya resbalado! No quería tocarla, en serio, juro que esta vez no...
—Ajá —farfulló.
—¡Hablo en serio! —masculló, indignado—. Sólo intentaba ayudar. Pero entonces ella me golpeó y caí al lodo. A un charco, mejor dicho. Ahora mírame...
Inuyasha lo hizo.
—Creo que lo merecías —sentenció.
Miroku bufó y alzó los brazos en un ademán de súplica. Lo escuchó mascullar algo acerca de los malos amigos que venden su lealtad muy fácilmente.
—Vamos, tú también has tenido que soportar las miraditas indiscretas de esa mujer durante casi una semana, ¿Crees que me quedan ganas de acercarme a ella?
—Sin la menos duda —meneó la cabeza con tranquilidad. Miroku lo observó en silencio.
—Creía que eras mi amigo —farfulló.
—Y yo creía que tú lo eras, pero eso —y señaló acusadoramente hacia la alfombra manchada y el mueble irremediablemente percutido—, eso no voy a perdonártelo.
—Pero si es sólo un maldito sofá.
—Ese maldito sofá vale una pequeña fortuna, y tú vas a pagarme cada centavo.
Miroku no respondió. Lo miró fijamente con los ojos azules entrecerrados. Luego se encogió de hombros despreocupadamente.
—Si, bueno. No es como si no tuviera el dinero para hacerlo
Inuyasha lo miró con una sonrisa suave. Pero entonces, las abrumadoras sospechas de antes volcaron sobre él como un alud. De repente, un sombrío velo cubrió su semblante y su rostro se volvió completamente serio.
—Hoy se me ha ocurrido una probabilidad que no habíamos pensado, Miroku —más que el súbito cambio de tema, fue el tono bajo y preocupado de Inuyasha lo que lo hizo serio inmediatamente. Se levantó del sofá con movimientos lentos y elegantes.
—¿De qué se trata?
Inuyasha le dio la espalda y caminó de vuelta a la ventana. Miró al exterior. La lluvia no había cesado por completo, sin embargo, sí había menguado considerablemente.
—Creo que fue un intento de asesinato.
Si hubiera podido verlo, quizá habría reído cuando los ojos azules de su amigo se abrieron de una manera casi cómica. Por interminables segundos, ninguno de los dos dijo nada; e Inuyasha descubrió con asombro que había esperado, casi rogado, que Miroku encontrara una razón válida para descartar dicha posibilidad.
Pero era una demasiado buena. Demasiado completa y absoluta.
—Por supuesto —lo escuchó murmurar, como si se hubiera resuelto un gran misterio—. No hay otra explicación. Sin duda, las querían muertas. Pero, ¿por qué?
Inuyasha meneó la cabeza impotentemente.
—Lo único que se me ocurre es que planeaban pedir rescate por ellas, pero no tenían intenciones de devolverlas vivas. Probablemente preferían ahorrarse la molestia de tener que mantenerlas con vida.
—Pero eso no resuelve nuestra primera incógnita —murmuró con suavidad mientras caminaba al otro lado de la habitación—. Puede que lo hayan hecho por iniciativa propia o que alguien los contratara. En cualquiera de los dos casos, el objetivo había sido matarlas y sacar el mayor provecho mientras lo hacían.
Inuyasha asintió. Caminó meditabundo por la habitación y se detuvo delante del mueble bar. Sirvió un par de copas de Rumbullion y le alcanzó una a Miroku. Dios, necesitaba un trago, a pesar de que hubiera deseado tomar algo más fuerte. Algo le decía que esa noche, él debía estar en sus cinco sentidos.
Tomó un sorbo del licor y jugó con él sobre su lengua, mientras daba pasos por el salón sin mirar directamente hacia nada. Entonces de detuvo y alzó el rostro. De repente, se encontró mirando dentro de un par de profundos ojos acerados.
En ese momento, y por primera vez en días, se dio cuenta de por qué el aspecto de Kagome le había parecido tan excepcional. Ese cabello de ébano, esos ojos plateados, la figura esbelta e increíblemente delicada... eran los mismos rasgos de la bella lady Tristesse. Incluso esa aura de soledad que rodeaba la pintura parecía haberla acompañado a ella los últimos días. Encontró el parecido algo... perturbador. Carraspeó suavemente y se volvió.
—Lo tenían perfectamente planeado. Esperaron el momento exacto y actuaron a la primera oportunidad. Puede que no hubieran planeado la desviación que tuvieron que tomar, pero la aprovecharon de igual manera. Al principio, el ataque debió ser planificado de otro modo.
—De cualquier forma, hubieran planeado asesinarlas en el camino o cuando hubieran llegado a Birmingham, todas las sospechas habrían recaído sobre ellos. Jamás se hubieran arriesgado a algo así...
—A menos que tuvieran un plan de escape —murmuró Inuyasha. Caminó con paso raudo al escritorio y se sentó, tomó una hoja nueva del cajón central y cargó el estilete en el tintero. Rápidamente, escribió unas cuantas líneas. Cuando terminó, hizo con el papel un rollo delgado y se lo entregó—. Dale esto a Herrick. Quiero que vaya a investigar a todos los puertos, a la frontera, a cualquier sitio. Que busque debajo de las rocas si hace falta, pero si esos hombres tenían planeada una forma de salir del país, quiero saberlo.
Miroku simplemente asintió, tomó la carta y la apretó en un puño.
—¿Qué vas a hacer mientras tanto?
No lo sabía. No soportaba estar alejado de Kagome, pero tampoco sabía cómo acercarse a ella sin volver a arriesgarse. Por otro lado, no podía permitir que se fueran; no mientras todavía corrieran peligro.
—Aidan no debe saber de esto —murmuró—. Parece que ha encontrado algo de paz los últimos días. No queremos perturbar a nadie. Ellas tampoco deben saber el peligro que corren.
Los fijos ojos azules de Miroku lo observaron con una pregunta clara.
—¿Cuándo piensas decirle la verdad, Inuyasha? —murmuró muy bajo, sin embargo, él lo entendió perfectamente.
—No está lista para saberla —espetó y se alejó de él.
—Quizá no, pero si supiera el verdadero peligro que corre, quizá fuera más precavida —sugirió con suavidad.
—¿A qué te refieres?
Miroku se encogió de hombros.
—Si fuera consciente de la situación, lady Kagome podría ser más una ayuda que un contratiempo. Es más fácil proteger a alguien que es consciente de todos los riesgos y prefiere cooperar con nosotros, en lugar de desafiarnos constantemente.
—No necesito su cooperación. Esa mocita testaruda hará lo que se le diga, cuando se le diga. No necesito que quiera hacer las cosas. Lo que haga falta ser hecho, se hará; lo quiera ella o no.
—Pero la engañaste —musitó con suavidad.
Inuyasha estrelló la copa fuertemente contra el escritorio.
—¡Maldición, Miroku!, ¿es que nunca van a dejarme en paz con eso? La chica ya sabe la verdad, ¿de acuerdo? Nadie resultó herido y las cosas salieron bien; así que ya déjalo estar.
Sin embargo, la mirada fija y severa de su amigo se clavó en él como una estaca que lo fijaba al suelo.
—No me refiero a eso —murmuró—. Por mí, como si la joven sigue ignorando tu maldito nombre. La engañaste sobre algo mucho más grave.
Un ligero sonrojo se abrió paso en las mejillas masculinas cuando la comprensión llegó, e Inuyasha le dio la espalda.
—No necesita saber nada más —masculló con furia—. Si fuera de otra manera, por mi honor que yo sería el primero en decírselo todo, pero creo que le haría más daño que cualquier otra cosa enterarse de todo lo que le hemos ocultado.
—Sé que tus intenciones siempre han sido las más nobles, Inuyasha —concedió—, pero creo que no es a ti a quien corresponde decidir cuánto debe o no debe saber. Puede que al principio lo entendiera, pero han pasado días y ella sigue en la ignorancia. Ahora tengo mis dudas. Quizá... —suspiró con pesadez y lo miró a través de sus compungidos ojos azules— quizá hubiera sido más fácil... decirle la verdad desde un principio. Sabes que nunca te perdonará haberle ocultado lo de su madre; puede que de lady Eliana lo entienda, después de todo, una mujer tiene su orgullo; pero tú lo has dicho: la chica es una tozuda. Si cree que podría haber manejado la situación, nada la hará cambiar de parecer. Puede que aún no sea demasiado tarde; si le dices la verdad de la forma correcta, puede que incluso se lo tome bastante bien.
Su insistencia estaba acabando con la, de por sí, escasa paciencia de Inuyasha.
—¿Y cómo, maldita sea, se te ocurre que se lo voy a decir? —gritó furioso—. Le hemos ocultado demasiadas cosas, yo principalmente. Ella no volvería a confiar en mí. ¿Quieres que le diga que puede haber un loco afuera, esperando la primera oportunidad para cortarle el cuello? ¿Crees que podrá entenderlo? —masculló, mesándose los cabellos con algo parecido a la desesperación—. ¿Quieres que le diga que esa noche podían haberla matado, que probablemente ese era su objetivo desde el principio? ¿Que apenas llegué a tiempo para evitar que fuera ultrajada... —soltó una risa hueca— pero no lo suficientemente rápido para evitar que su madre sí lo fuera? —cuando Miroku no contestó, él apretó los dientes—. ¿Cómo demonios crees que alguien puede tomarse bien algo así?
Por un momento, nadie dijo nada. El silencio pesando sobre ellos como un plomo helado. Finalmente, con una mirada ardiente e inescrutable fija en él, Miroku habló.
—No lo sé, Inuyasha. Eres tú quien se ha metido en este lío —golpeando el tacón de sus botas sobre el suelo, acomodó su ropa húmeda tranquilamente—. Ahora tengo cosas importantes que hacer, empezando por sacarme de encima toda esta mierda. Si decides que es hora de decirle la verdad a la chica, puedes llamarme. Con gusto te daré algunos consejos —su voz socarrona fastidió a Inuyasha como pocas cosas podían hacerlo—. Siempre he sabido que eres pésimo para tratar con las mujeres.
Inuyasha contó mentalmente, intentando controlar su genio, sin embargo, sus ojos llamearon con una advertencia tácita.
—No serás tú quien decida cuándo debe saber la verdad. La conozco mucho mejor que tú, he pasado con ella el tiempo suficiente para saber que no está lista. La destruiría saber lo que realmente ocurrió esa noche y el motivo por el que le hemos mentido —decidió—. No; aún no debe saber la verdad. No lo entendería.
Y jamás podría haber sospechado hasta qué punto tenía razón; porque la joven pálida, temblorosa, de pie al otro lado de la puerta, realmente no comprendía nada.
Las ideas giraban dentro de su cabeza en una vorágine de conocimiento tan intensa, que la mareó. Sintió que sus rodillas flaqueaban; una parte de ella, la más profundamente herida, se negaba a aceptar como cierto lo que había escuchado. Se llevó una mano al pecho y sintió el violento latir de su corazón; su respiración salía en cortos y entrecortados jadeos. Una fina película de sudor le cubría la frente mientras un incontrolable torrente de lágrimas irritaban sus mejillas con su salinidad. Sólo tenía presente un pensamiento claro.
Dios..., por favor, esto no puede estar pasando...
Pero todo era muy real. El dolor era muy real.
Gimió.
No se dio cuenta del momento exacto en que empezó a correr. Ni siquiera supo a dónde se dirigía; lo único que parecía completo en su mente era la certeza de que debía alejarse de ese lugar. No fue consciente del momento en que atravesó las enormes puertas de la entrada principal y salió al porche. Lo único que percibió fue el extraño consuelo que sintió cuando las heladas gotas de lluvia le golpearon el rostro, el cuerpo, como delgadas saetas que la herían y aliviaban al mismo tiempo.
Atravesó corriendo el camino mojado precipitadamente, sin fijarse; y entonces fue demasiado tarde cuando escuchó el aullido aterrado de un hombre. Giró sobre sí a tiempo de ver el carro que se precipitaba sobre ella; deseó ordenarle a sus piernas que se movieran, pero no pudo obligarse a huir.
Lo único que pudo hacer fue esperar, mientras un grito agudo rasgaba su garganta.
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Autora:
Dios, escribir este capítulo se me hizo eterno. Sé que tardé con la actualización, y haré lo posible porque no vuelva a pasar. Por otro lado, sé que fue un capítulo corto, sin embargo, y como bien dijo una buena amiga, hay que comprender que detrás de esta historia hay un ser humano. Yo también necesito tiempo para mí; estas dos semanas han sido espantosas, las que me conocen, saben por qué. He pasado por muchos problemas y justo ahora se me vienen encima las últimas dos semanas de exámenes del curso, así que no tendré mucho tiempo para escribir. Sin embargo, después de eso tengo vacaciones, así que me dedicaré cuanto más pueda al fic.
Sobre el capítulo, debo decir que no me convenció demasiado, me pareció muy forzado. He estado muy tensa y creo que podría haberme quedado mucho mejor; quizá, cuando tenga un poco más de tiempo, decida hacerle una revisión y cambiarle algunas cosas, sólo pequeños retoques. Esta va a ser una semana ajetreada, así que no podré escribir mucho, pero procuraré no volver a tardar con una actualización (gracias a Dios, mi musa ha vuelto —medio torpe, pero ha vuelto—).
En fin, ya se vio lo que pasó esa noche, espero que nadie haya pensado que había sido alguna cuestión lemon o algo así, claro que no. Si decidiera hacer un lemon (todo ello sería a su debido tiempo y perfectamente justificado, quiero decir, si se quiere leer puro lemon, igual se agarra uno un libro de la señora 'Lora' —sin comentarios— y le cambia los nombres a los protagonistas, ¡listo, un lemon de doscientas hojas!), no, lo haría algo especial, no un encuentro furtivo :)
Bueno, primero quiero agradecer a mi amiga Emy, ¡nena, no sabes de la que me has salvado con este capítulo! muchísimas gracias. También a todas las chicas que dejaron sus comentarios, Lex (vaya, esa fue una gran lista, ¡gracias!), dyeLbi—chan (es un honor el que me haces, linda, un gusto estar en tus favoritas; me alegra que el fic te vaya gustando, espero recibir más noticias tuyas y gracias por leer nn), Miyu Sparks (¿qué puedo decir? muchísimas gracias por el apoyo y la sugerencia, nos leemos pronto nn), Mary1416 (amigueta, pues ya ves que actualicé, después de todos mis complejos de esta semana, finalmente me forcé a escribir; menos mal que mi inspiración no se muestra tan esquiva como antes), ying fa (maravilloso que te guste el fic, en verdad es un honor; siempre bueno saber lo que piensan de mi historia, ¡nos leemos en el siguiente capitulo!), Alba (pues ahí está la respuesta a la duda que les dejé a muchas; espero que te gustara el capítulo, gracias por leer), athen—maiden (¡tú tienes mucha culpa de que haya tardado en actualizar, lo sabes! creo que después de todo, sí eres una mala influencia xD por cierto, ¿checaste el comentario de los pantalones? jajaja), StarFive (que gusto leer tus comentarios, me animas muchísimo, y tienes razón, no valía la pena pasarnos más capítulos dándole vueltas al asunto :) ¡gracias por leer!), lorena (no te preocupes, en realidad, aunque Inuyasha hubiera "cedido" un poco ante Kagome, no es que realmente hubiera vuelto a 'creer' en la bondad del amor, así que no hubo decepción por ese lado; en realidad, fue más un sentimiento de desazón, ¡por lo que no habrán círculos viciosos, lo prometo! gracias por leer nn), Kikyo—dono (muchas gracias, me halagan mucho tus comentarios, lo pongo todo de mí para que me quede bien, así que es un gusto que a alguien le agraden mis esfuerzos, espero que el capítulo te haya gustado), kagome019 (ya ves, linda, soy especialista en hacer que nuestros protagonistas reaccionen de las formas más inesperadas, ojalá te gustara el capítulo ¡muchas gracias por todo tu apoyo!), Gomenita (jejeje, sin comentarios, ¡vaya entusiasmo! gracias por leer y por tomarte el tiempo de dejar un comentario), marlene (mi otra incondicional, muchísimas gracias por leerme, y tienes razón, Kagome está confundida; habrá que ayudarla a salir del hoyo, entonces, jaja)
Nos vemos en la siguiente actualización.
Un beso y gracias por leer.
Arce.
