9
Adiós, pequeña, adiós
Los Granger estuvieron abrazados durante un largo rato, allí, solos en la playa de Manly. Al rato, finalmente, se separaron.
―Mamá, papá, siento mucho cómo me he comportado estos días. No debía haberos pedido que volvieseis a Inglaterra si os encanta vivir aquí.
―Cariño, no tienes que disculparte por nada. Pasaste un año arriesgando tu propia vida, sin saber si volverías a vernos. Es normal que deseases que volviésemos contigo. Ya te hemos dicho muchas veces que respetamos tus decisiones ―explicó la señora Granger mientras acariciaba el rostro de su hija y le secaba las lágrimas.
―Hermione, te queremos mucho y nos habría dado igual vivir aquí o vivir en Inglaterra ―dijo su padre.
―Eso es, cielo. Pero dinos una cosa, ¿cómo nos has traído hasta aquí?
―Yo he tenido un poco que ver en eso ―dijo alguien que acababa de llegar a la playa. Los Granger se dieron la vuelta y vieron a Ron, que estaba sonriendo.
―Bueno, la verdad es que no me sorprende. ¿Qué habéis hecho? ―quiso saber el señor Granger.
―Para empezar les dimos un poco de poción para dormir mezclada con el agua de la cena. Y cuando ya estaban profundamente dormidos, utilizamos varios trasladores internacionales para llegar hasta Australia. Después, simplemente, les dejamos en su habitación ―explicó Ron. Hermione seguía abrazada a su madre, con la mirada perdida.
—Bueno, aunque no me hace gracia que me echáseis algo en el agua, la verdad es que debo daros las gracias —se sinceró el señor Granger —. Ansiaba estar aquí. Y aunque me habría quedado en Inglaterra para que Hermione fuese feliz, sé que ha tomado la decisión correcta.
—Gracias, papá.
Abandonaron la playa y volvieron directamente a la calle Wood, a la casa que los Wilkins habían ocupado por un año. Pero en cuanto llegaron, vieron que algo extraño ocurría. Dos hombres esperaban en la puerta, ataviados con trajes negros.
—Buenos días, ¿podemos ayudarles? —preguntó el señor Granger.
—¿El señor Ronald Weasley? —preguntó uno de los hombres.
—Soy yo —dijo Ron.
Uno de los hombres le puso la mano encima de un hombre.
—Señor Ronald Weasley, somos agentes del Departamento de Seguridad Mágica del Ministerio de Magia australiano. Queda detenido por utilizar la maldición Imperius contra un muggle.
Por un momento parecía como si Ron se fuera a resistir, pero en el último segundo y preguntándose por qué lo había hecho, le dio un empujón al mago que le había puesto una mano encima y utilizó un hechizo aturdidor contra el otro.
—¡Ron! —gritó Hermione, sin entender por qué su novio hacía aquello, pero este simplemente tomó de la mano a su novia para llevársela de allí.
—Señor Granger, me llevo su coche, sólo espero que no le importe.
—Ron, ¿te has vuelto loco? —preguntó el señor Granger, también incrédulo.
Pero Ron había sacado las llaves y se había metido en el coche, igual que Hermione. Arrancó y aceleró, escapando de allí mientras el mago que no había sido aturdido comenzó a lanzar hechizos contra el coche, sin poder detenerle. Por las ventanas de las casas de la calle Wood comenzaron a asomarse los vecinos, preguntándose qué estaba pasando.
Por su parte, Ron y Hermione huían en el coche.
—¡¿Pero qué haces?! ¿Por qué huimos? Ron, eran agentes del Ministerio. Y has aturdido a uno.
—Yo... No lo sé, Hermione, no quería que me llevaran a la cárcel. ¿Y si no me dejaban irme?
—Como te pillen, ten por seguro que no te dejarán irte. Y no vayas tan deprisa, o lograrás que la policía muggle también nos detenga. ¿Qué vamos a hacer?
—Venga, no te preocupes, hallaremos la forma de volver a Inglaterra. Una vez fuera del país, el Ministerio de Magia inglés podrá ayudarnos.
—Ron, has empleado la maldición Imperius. Podrían llevarte igualmente a Azkaban por ello.
—Bueno... Míralo por el lado positivo, ya no hay dementores —y sonrió.
—No le veo la gracia. Además, ¿pretendes que me vaya sin despedirme de mis padres? No puedo irme sin más, ¿vale?
—Bueno, tampoco pretenderás tú que volvamos a casa de tus padres, donde esos magos estarán esperando. Aunque me imagino que estarán ocupados desmemorizando a todo el vecindario. Les habrán visto hacer magia.
De repente, Hermione abrió ampliamente los ojos, asustada.
—¿Qué acabas de decir?
—Que desmemorizarán a los todos los de la calle Wood. Les han tenido que ver haciendo magia.
—Puede que hasta desmemoricen a mis padres.
Ron se quedó callado un momento, como sopesando la situación.
—¿Y cuál es el problema?
—¿Y si les desmemorizan las últimas veinticuatro horas? Se preguntarán qué hacen aquí. ¿Y si en vez de eso les borran sus recuerdos de hace unos días? Puede que incluso les borren la memoria hasta cuando eran los Wilkins.
—Hermione, eso no puede pasar. Ya recuerdan quiénes son en realidad.
—Pero hasta hace unos días pensaban que eran Wendell y Monica Wilkins. Podrían devolverles inconscientemente a esas identidades. Tenemos que volver a ayudarles.
—Hermione, cariño, yo también quiero volver y ayudarles, pero las cosas se han complicado. Será mejor que de momento salgamos de la ciudad y luego pensemos más detenidamente qué hacer.
Hermione no dijo nada pero parecía estar de acuerdo con lo propuesto por Ron. Este se limitó simplemente a seguir conduciendo sin rumbo fijo. Abandonaron Sidney y se adentraron por carreteras secundarias. Desconocían por dónde iban, simplemente trataban de alejarse de allí. Llegado el momento, el coche se detuvo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Hermione.
—Vaya... Sí, creo que sé a qué se debe.
—Bueno, entonces ¿puedes arreglarlo?
—Sí que puedo, echándole gasolina —contestó él sarcásticamente —. ¿No eres tú la hija de muggles.
Hermione miró a su novio con los ojos entrecerrados. Por el momento iba a dejarle pasar aquel comentario.
—Sí, pero... ¿No eres tú a quien persiguen los magos del Ministerio?
Ron también se calló. Estaba claro que iban a pasar un buen tiempo ambos solos, así que mejor tratar de llevarse bien. Era irónico porque, a fin de cuentas, los dos iban a pasar el resto de sus vidas juntos, ¿no? ¿Acaso aquello iba a ser una prueba de fuego?
—Salgamos del coche —sugirió Ron.
Salieron y cerraron las puertas. A aquella hora del día el sol estaba en su punto álgido y pegaba con fuerza.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Hermione.
Ron abrió el capó del coche. Quizás podría, mediante magia, producir más gasolina si quedaba alguna gota en el depósito, pero había conducido con el coche hasta quedarse totalmente parados. Quizás aquella lucecita roja le estaba indicando que se quedaba sin combustible. Tampoco es que supiese mucho de coches.
—¿Sabes lo que haces? Tampoco es que seas un experto con los coches —apuntó Hermione.
Ron cerró el capó con fuerza y miró a su novia.
—¿Y tú sí? No, no sé lo que hago. Tan sólo confiaba en poder producir un poco de combustible, pero no queda ni gota. ¿Tienes una idea mejor?
—¿Y tú, la tienes?
—Podríamos ir a alguna gasolinera, pero me temo que tendremos que ir andando. Desconozco donde podría haberlas aquí y no creo que debamos ir desapareciéndonos todo el rato.
Cerraron el coche. Por suerte había una señal cerca que indicaba una gasolinera cercana, así que se pusieron en marcha. Ron llevaba un bidón para la gasolina. En todo el trayecto, los dos permanecieron callados. De vez en cuando, Ron miraba a Hermione y se preguntaba si de verdad quería estar con ella. ¿La amaba? Sí, claro que sí. Se habían besado en la Cámara Secreta, había temido por ella durante toda la batalla y, cuando acabó, no podía creerse que todo hubiese acabado bien y que iba a pasar el resto de su vida con la chica de la que estaba enamorado.
Sin embargo, los últimos días habían sido un absoluto caos y su relación se había visto tambaleada. ¿Quería estar con ella? Sí. ¿Quería Hermione estar con él? No lo sabía. Estaban huyendo de la justicia y era muy posible que los padres de ella ahora fuesen de nuevo los Wilkins. ¿Y todo por qué? Porque a él le había apetecido jugar un rato con la maldición imperius.
Hermione, por su parte, en ningún momento miró a Ron. Llegaron pro fin a la estación de servicio y llenaron el bidón.
—Son setenta dólares —dijo el empleado de la gasolinera.
Ron y Hermione se miraron.
—¿No tienes dinero? —preguntó ella, incrédula.
—No, no llevo nada encima.
—¿Y cómo te las has arreglado desde que hemos llegado de Inglaterra? —Ron hizo una mirada disimulada hacia el pantalón de su bolsillo, donde guardaba su varita, como queriendo decir que había utilizado magia —. No sigas, ya te he entendido.
—Bueno, entonces, ¿van a pagarme? —preguntó el empleado de la gasolinera, metiéndoles prisa.
—¿Te parece a ti que tengamos dinero para pagarte? —preguntó Hermione bruscamente para, acto seguido, marcharse.
—Discúlpela, lleva una mañana muy agitada —dijo Ron al empleado para después salir el también tras su novia —. Hermione... Hermione, espera. No hace falta que te pusieses así, ese chico no tenía la culpa de nada.
—¿No tenía la culpa? —Hermione se dio la vuelta para confrontar a su novio —. No, claro que él no tenía la culpa. La culpa la tienes tú. ¿Se puede saber qué tenías pensado para pagar la gasolina?
—Bueno, quizás podría haberle desmemorizado.
—Oh, sí, como si no tuviéramos bastante por el hecho de que el Ministerio de Magia australiano te persiga por haber utilizado la maldición Imperius contra un muggle, añadámosle más leña al fuego si tú te dedicas a desmemorizar a un muggle. Perfecto, Ron, es perfecto.
—¿Por qué te pones así? Vale, ya sé que no debería utilizar la magia, pero tampoco tengo la culpa.
—¿Qué no tienes la culpa? Si no hubieses insistido en que trajésemos de vuelta a mis padres, nada de esto habría pasado. Habríamos sido más felices en Inglaterra, sin la justicia persiguiéndonos.
—Hermione, creo que ya dejamos esto bastante claro. Tus padres desean estar aquí. Y las cosas entre tú y yo no iban tampoco muy bien hace unos días. ¿Acaso preferías eso a como estamos ahora?
—Tal vez sí. ¿Te parece a ti que ahora estemos bien?
La expresión en el rostro de Ron lo dejó todo bien claro. Lo que había dicho Hermione le había herido.
—¿Lo dices en serio?
—Ron, no... yo...
Pero no pudo decir nada más porque Ron se desapareció, dejándola sola. A Hermione aquello le recordó a una vez en que Ron también se marchó, dejándole a ella y a Harry en una tienda de campaña, en algo que parecía ya una eternidad y que pensaba que jamás volvería a producirse. Pero había ocurrido y todo porque, al igual que aquella vez en la tienda, no había podido contestar a tiempo. Acto seguido, ella también se desapareció.
Enseguida se apareció en la calle Wood. Comprobó que no había nada extraño y fue a casa de sus padres, donde entró sin siquiera llamar.
—¿Hola? ¿Hay alguien?
—Hermione, querida, cuánto tiempo sin verte.
Su madre apareció para saludarla, dándole un abrazo, pero tan sólo la forma en que la recibió supuso para Hermione la confirmación del peor de sus temores: los agentes del Ministerio había borrado la memoria a sus padres, hasta el momento de cuando todavía eran los Wilkins.
—Señora Wilkins —saludó Hermione.
—Creíamos que os habíais ido ya. Hacía tiempo que no sabíamos de vosotros —dijo la señora Granger —. ¿Volvísteis a Inglaterra?
Hermione estaba en shock por lo sucedido, pero pudo recomponerse a tiempo.
—Sí, volvimos, pero nos dimos cuenta de que nos habíamos olvidado de algo, así que hemos tenido que regresar.
—Bueno, espero no fuera nada grave. Al menos podréis quedaros un tiempo, ¿no? ¿Dónde está Ron, por cierto?
—Está... en casa. Descansando. Quería ver si estábais en aquí o... habíais salido a dar una vuelta.
—Esto... pues no, estábamos aquí. Lo cierto es que nos encontramos un poco mareados, pero tranquila, tranquila, puedes quedarte —dijo rápidamente, al ver que Hermione parecía marcharse —. ¿Por qué no entras y tomas una taza de té con nosotros?
—Claro, me encantaría.
Hermione entró en el salón, donde su padre estaba sentado en uno de los sofás. Sólo que, al igual que su madre volvía a ser Monica Wilkins, él había vuelto a ser y pensar como Wendell Wilkins. Su madre fue a la cocina para preparar el té.
—Hermione, querida, qué alegría volver a verte.
—Hola, señor Wilkins, yo también me alegro de volver a verle. ¿Qué tal se encuentra?
—Bien, bien. Un poco mareado, pero no es nada. ¿Y Ron? ¿No está contigo? A ver si podemos quedar e ir a practicar surf.
—Estoy seguro de que eso le encantaría —dijo ella de manera triste, aunque su padre no pareció percibirlo, pues aparentemente también estaba preocupado por algo.
Si fuera en verdad su padre con quien estaba hablando, le habría contado la verdad, que se había peleado con Ron, que habían discutido. Y él habría hecho todo lo posible por consolarla. Pero no, estaba ante alguien que hasta hace poco la consideraba una desconocida.
Se sentaron en el sofá, a la espera del té. Su padre tamborileaba los dedos, nervioso. Su madre apareció al fin, pero no tenía ninguna bandeja con tazas y una tetera, sino que iba acompañada de dos hombres ataviados con trajes negros. Eran agentes del Ministerio de Magia australiano.
—¿Qué hacen estos hombres aquí? ¿Por qué siguen aquí?
Miraba alternativamente a su padre y a su madre, quienes parecían sentirse culpables por algo malo que habían hecho.
—Deberías haber traído contigo a Ron, querida —confesó el señor Wilkins.
—¿Por eso preguntábais tanto por él? ¿Les habéis dicho que, más tarde o más temprano, volveríamos?
—¿Dónde está el señor Weasley, señorita? —preguntó uno de los agentes.
—No sé dónde está. Y aunque lo supiese jamás se lo diría.
—Hermione, por favor, estos hombres nos han contado que es peligroso. No vienen a por ti, sino a por Ron. Ya sé que es tu novio, pero colabora con ellos —suplicó la señora Wilkins. Parecía visiblemente asustada.
—Señora Wilkins... usted no lo entiende —dijo Hermione.
—¿Dónde está el señor Weasley? —volvió a preguntar el agente —. Díganoslo o...
Todo ocurrió muy rápido. Alguien le estampó uno de los jarrones de la señora Wilkins en la cabeza a uno de los agentes, justo por detrás, logrando que se desmayase. Detrás del agente estaba Ron, con su varita en la mano. Miró al otro agente, que sacó su propia varita.
—¡Desmaius!
El agente neutralizó el hechizo aturdidor de Ron. Los Wilkins estaban realmente sorprendidos y asustados de lo que veían. Al parecer, como intuyó Hermione, los agentes se habrían hecho pasar por miembros del gobierno y no como lo que realmente eran.
Ron y el agente seguían luchando, hasta que Ron gritó:
—¡Expelliarmus!
El agente salió despedido hacia atrás y se estrelló contra la pared, cayendo sobre una pequeña que destrozó. La señora Wilkins gritó.
—¡Ron! —gritó Hermione.
—Es hora de irse, coge a tu padre.
Hermione instó a su padre a seguirla, quien había reparado en lo que Ron le había llamado. Este, por su parte, hizo lo mismo con la señora Wilkins. Salieron a la calle, donde estaba el coche del señor Wilkins.
—Mi coche, ¿qué hace aquí? —preguntó Wendell.
—¿Cómo lo has recuperado? —quiso saber Hermione.
—Ahora no hay tiempo, tenemos que...
Dos hombres vestidos de negro salieron de la casa que Ron y Hermione habían ocupado hacía unas semanas. Por lo visto, habían escuchado la conversación que Hermione y la señora Wilkins habían tenido.
—¡Desmaius! —gritó Ron una vez más. Uno de los hombres se desapareció mientras el otro neutralizaba el hechizo. Al instante lo devolvió, pero no fue Ron quien lo esquivó, sino Hermione.
—Rápido, al coche —dijo ella.
Se subieron los cuatro y Ron arrancó, acelerando y saliendo de allí. El agente que se había desaparecido volvió a aparecer, mientras el otro había empezado a correr hacia ellos, pero el coche ya estaba demasiado lejos.
Ron conducía a toda velocidad.
—Oye, perdona que te haya tratado así todo este tiempo.
—No, Hermione, ha sido culpa mía. Me he comportado como un auténtico imbécil.
—No, no, yo he sido la tonta. Perdóname.
—¿Hermione?
—¿Qué? —quiso saber ella.
—Te quiero.
Los dos sonrieron. Se habrían dado un beso también, pero Ron debía estar atento a la carretera, así como también a cualquier imprevisto que pudiese suceder por parte de los magos del Ministerio.
—Esto... ¡Hola! ¿Se puede saber quiénes sois vosotros? —el señor Wilkins parecía muy enfadado, mientras que la señora Wilkins estaba asustada.
—Me había olvidado de ellos, ¿qué vamos a hacer?
—Creo que lo primero, Hermione, es hacer que tus padres recuperen la memoria. Como tendría que haber sido desde el principio.
Hermione sonrió con lágrimas en los ojos y asintió con la cabeza. Sacó su varita y apuntó a sus padres, quienes tuvieron un breve momento para asustarse. Tras eso, los dos miraron extrañados a Hermione antes de sonreír, felices porque volvían a ver a su hija.
—¡Hermione!
Su madre se abalanzó hacia ella para abrazarla.
—Hija, ¿qué ha pasado? Esos hombres decían que Ron había hecho algo malo —dijo el señor Granger.
—Tranquilos, todo está bien, todo ha acabado. Tendremos tiempo para contárnoslo todo.
—Esto... Hermione. No quiero estropearlo todo, pero los agentes del Ministerio nos buscan.
—¿Y qué podemos hacer?
Ron tomó aire, como si fuese a decirle algo complicado a Hermione, como si cada vez que algo feliz le pasase a ella ya estuviese él para estropearlo todo.
—Hay un avión esperándonos en el aeropuerto. He comprando dos billetes para Inglaterra. Si vamos allí el Ministerio de Magia podrá hacerse cargo de nuestro problema y arreglarlo con el Ministerio de Magia australiano. Lo que te quiero decir, Hermione... es que tenemos que irnos ya.
—¿Y mis padres?
Ron la miró un momento, sin valor para decirle aquello. No iban a venir. Ron y ella tendrían que irse, arreglar las cosas y, tal vez, volver en el futuro. Pero ahora que parecía que Hermione podría estar con sus padres de manera definitiva, las cosas se complicaban de nuevo.
—Lo siento —confesó Ron.
—No pasa nada —contestó ella al instante —. Vayamos al aeropuerto, deprisa.
Llegaron al aeropuerto, donde fueron hasta el sitio donde tenían que embarcar.
—Es aquí —anunció Ron.
Hermione se volvió hacia sus padres. Ya no le importaba llorar a lágrima viva.
—Mamá, papá...
—Cariño —dijo su madre mientras avanzaba a esta ella y la estrechaba entre sus brazos —. Comprendo que os tenéis que ir, pero hemos tenido nuestro tiempo de estar juntos. Ahora es importante que os vayáis y arregléis las cosas, tenemos todo el tiempo del mundo para recuperar lo perdido.
—¿Y qué haréis vosotros? —preguntó Hermione.
—Tampoco es que hayamos estado de brazos cruzados, cariño —confesó su padre —. Nos iremos del país o nos esconderemos. O si vienen esos hombres, alegaremos que somos padres de una bruja. A lo mejor así nos dejan en paz. Pero se hace tarde... tenéis que iros.
Llamaban para embarcar. Ron tomó a Hermione de los brazos y la separó de sus padres. Caminaron hasta la puerta de embarque bajo la atenta mirada de los padres de ella. La señora Granger lloraba mientras el señor Granger pasaba un brazo por su hombro. Finalmente, Ron y Hermione desaparecieron de su vista.
Minutos después, ya habían despegado. Por delante tenían horas de vuelo, pero nada importaba. Ron tenía la mirada perdida y Hermione no podía parar de llorar. A veces él la miraba para ver cómo estaba, pero no era capaz de consolarla. A fin de cuentas, había vuelto a estropear sus planes. Y esta vez de la peor forma, porque había logrado que su novia no fuese a poder ver a sus padres durante una buena temporada. Simplemente se quedó donde estaba. Ya no había miedo a volar, ni habría una escapada al baño del avión. Nada. Todo se había ido al garete.
Horas después, bajaban del autobús Noctámbulo y estaban ante Grimmauld Place. Harry y Ginny salieron a recibirlos, pero Hermione entró directamente en la casa sin detenerse. Ron no supo que decirles a su hermana y a su mejor amigo. Simplemente les indicó que lo dejasen estar y subió a la habitación que compartía con su novia. Nada más llegar, Hermione había cerrado las ventanas y las cortinas, de modo que la habitación estaba en penumbra. La joven se había tumbado en la cama. Todavía se podían oír sus sollozos.
Ron dudó por un momento, pero finalmente cerró la puerta y se tumbó en la cama. Sólo durante un instante no supo qué hacer, hasta que pasó un brazo por la cintura de Hermione, para abrazarla. Y entonces ella, antes de que él pudiese temer el rechazo y quitar la mano, la tomó fuertemente y la apretó, queriendo ante todo que no se fuese y la dejase sola.
Sólo en ese momento supo Ron que Hermione no le culpaba de nada. A partir de entonces haría todo lo posible para que los padres de Hermione y ella volviesen a encontrarse.
Nota del autor: por fin actualizo. Después de unas semanas (no sé si hasta más de un mes) he conseguido terminar este capítulo. Ya sólo queda el epílogo, que tengo muy claro cómo hacer. En cuanto al título de la película, Adiós, pequeña, adiós (Gone, baby, gone, 2007) es una película dirigida por Ben Affleck y protagonizada por su hermano Casey en la que dos detectives son contratados para encontrar a una niña de cuatro años desaparecida.
