Capítulo 9

—Es un bálsamo para el alma, ¿verdad? —dijo Albert con voz suave y grave, pero no abrió los ojos mientras hablaba, tendido como estaba en la amplia manta de cuadros con las manos detrás de la cabeza, dejando ver un pecho ancho y musculoso.

Me estaba muriendo por dentro, esto era demasiado no podía soportarlo. Y Sí, era un bálsamo para el alma. Contemple a Albert tendido a mi lado y me pregunté por qué, en medio de tanta belleza, con él a mi lado, tenía tantas ganas de llorar. ¿Sera, tal vez porque no podía soportar estar en el cielo? y ¿saber que no era para mí? Lo deseaba. Lo deseaba tanto que me dolía, pero era demasiado cobarde como para seguir a mi corazón y dejar que las consecuencias se arreglaran solas. Si me rechazaba, pasada una semana, un mes o un año, no sería capaz de soportarlo. ¿Y por qué no iba a hacerlo? Todas las demás personas que habían estado en mi vida lo han hecho. ¿Por qué Albert iba a ser distinto?

Acerque mis rodillas aún más al pecho y regrese a ver a los perros, pero supe enseguida que Albert había abierto los ojos y me estaba mirando.

—Eres tan hermosa. Lo sabes, ¿verdad? —Preguntó con suavidad—. Con tus ojos verdes como esmeraldas y el pelo como oro hilado, no puedo pensar en nada más que en ti. Te introduces en mis pensamientos incluso cuando estoy haciendo las cosas más mundanas. Creo que me estoy concentrando y de repente, apareces delante de mí, con tu figura menuda y perfecta y tu tímida sonrisa. Hay veces que creo que me estoy volviendo loco.

—Albert, no…

—No puedo evitarlo. Ni siquiera estoy seguro de que te gusto —me dijo. Se puso boca abajo y se apoyó en los codos para escrutar mi rostro con sus devastadores ojos azules—. Sé que te atraigo, físicamente, me refiero, pero has luchado con todas tus fuerzas para evitarlo, ¿verdad? ¿Por qué? ¿De qué tienes tanto miedo? No soy un monstruo, Candy.

—No tengo miedo —repuse. Era una mentira, y ni siquiera convincente—. Y no estoy luchando por evitarlo, Albert.

—Creo que sí —dijo Albert en voz baja y ronca—. ¿Es por que los dos sabemos que si empezara a hacerte el amor de verdad, te desharías en mis brazos y ya no podrías dar marcha atrás? Tú me deseas, Candy, tu cuerpo me lo dice en cuanto te toco.

Era cierto.

Lo deseaba, lo deseaba tanto. En estos momentos deseaba que tomara mi cuerpo lo pedía y mi piel ardía al oír el deseo desnudo que había en su voz. Fue mi debilidad lo que hizo que diga con aspereza:

— ¿Y crees que eso es suficiente? ¿La atracción física, la lujuria o como quieras llamarlo? Incluso ciertas escalas del reino animal van más allá.

—No, no creo que sea suficiente, pero estamos hablando de ti, no de mí —dijo con suave determinación.

Me quedé mirándolo a los ojos tratando de no caer presa de su atractivo bronceado sensual. Él había estado casado y, sin duda, había habido otras mujeres en su vida antes que su esposa. Yo no tenía habilidad ni sofisticación, no sabía nada de los pequeños trucos que las mujeres como Elisa usarían para mantener a un hombre interesado una vez que el ansia inicial se hubiese visto satisfecha. Todo lo que tenía, era mi persona y sabía que no era suficiente para retenerlo. Él dijo que me deseaba, que lo estaba volviendo loco, pero ni siquiera una vez había mencionado la palabra amor.

—Dijiste… dijiste que no…

— ¿Te tocaría? —Me interrumpió con aspereza—. Y no lo hago. Sólo estoy hablando contigo, eso es todo. Claro que si has cambiado de idea…

—No lo he hecho —dije frunciendo el ceño y mirándolo con cautela.

—Qué pena —dijo con una sonrisa sarcástica haciéndome sentir un hormigueo en mis labios, como si me hubiese besado—. Estoy aprendiendo que contigo es mejor actuar primero y hacer las preguntas después. Hace falta tomarte por sorpresa.

—No hace falta tomarme de ninguna manera —replique.

Albert suspiró.

—Hay un arroyo allí abajo, entre aquellos árboles. Vamos a llevar allí a los perros para que puedan beber.

Sentía que Albert me observaba, estaba muerta de miedo, no quería ser asaltada por sorpresa, no estaba segura que esta vez tenga la fuerza suficiente para pararlo.

No volvimos a hablar hasta que llegamos al bosquecillo, y luego habló en un tono increíblemente práctico cuando dijo:

—No estaba enamorado de Aracely cuando me casé con ella.

— ¿Qué?

No estaba segura si había oído bien, me pare en seco para contemplarlo con ojos muy abiertos.

—No en el sentido romántico de la palabra, de hombre a mujer —continuó en tono sereno, como si yo no hubiese dicho nada, me tomo del brazo para que caminase junto a él—. En el bachillerato teníamos un grupo, éramos unos cuantos chicos y chicas que nos llevábamos muy bien, éramos grandes compañeros pero no había intimidad física que entorpeciera nuestra amistad. Todos teníamos parejas de vez en cuando que estaban fuera del círculo, pero era un acuerdo tácito que nunca nos emparejáramos entre nosotros. Nunca hablábamos de ello, pero lo sabíamos.

— ¿Y Aracely era una de las chicas? —pregunte débilmente. Era lo último que había esperado oírle decir, y la conmoción había paralizado mi reacción.

Albert asintió lentamente.

—De todos nosotros, sólo ella y yo entramos en la facultad de veterinaria, pero seguimos apoyándonos mutuamente, nada serio, o al menos eso pensé yo. Pero luego, Aracely empezó a caer enferma todo el tiempo, resfriado tras resfriado, esa clase de males. Al mirar atrás… —se interrumpió bruscamente y sacudió la cabeza con expresión rígida—. Al mirar atrás pienso que debí haberla convencido para que fuera al médico, pero ella decía que estaba baja de ánimos, nada más, y que se tomaría una tónica o algo así. ¡Una tónica! —exclamó Albert con voz tensa y llena de crudo reproche hacia sí mismo.

Me conmovió.

—Albert, no fue culpa tuya, no lo sabías —le dije enseguida, y por un momento me olvidé de mi cautela llevada por mi deseo de consolarlo, lo agarré del brazo mientras hablaba—. ¿Cómo podías haberlo imaginado?

Albert se volvió para mirarme tenia los ojos oscurecidos por una áspera condenación de sí mismo.

—Debí haberlo sabido, Candy; era el único que la conocía bien. Sabía que le aterrorizaban los médicos, los hospitales, todo eso. Tenía una fobia que era el resultado de un accidente durante su niñez, y era como un muro de treinta metros de altura para ella: insalvable. Pero yo estaba trabajando horrores y ella lo ocultaba tan bien…

—No podías haberlo sabido —volví a decir con voz suave y tierna—. No podías.

Le estaba agarrando de los dos brazos, y los montes de sus músculos estaban tensos bajo mis dedos mientras lo miraba.

Paso un momento de largo silencio, me quede mirando fijamente sus ojos, tenia el cuerpo inmóvil y rígido, y luego Albert inspiró profundamente tratando de controlarse.

—Lo supimos cuando se desmayó durante uno de los exámenes finales —dijo con voz ronca—, pero ya era tarde, demasiado tarde. Se sintió tan enferma que pensamos que iba a morir inmediatamente, así que me lo dijo… —sacudió la cabeza y habló con voz entrecortada—. Me dijo que me amaba, que siempre me había amado, desde el primer día de bachillerato, años antes —Albert se apartó de mí bruscamente y me dio la espalda—. Pero con los medicamentos que le daban empezó a mejorar. Claro que, sabíamos que era tiempo prestado. Hablaron de nueve meses, doce a lo sumo, y posiblemente una buena parte de ellos en el hospital, y de sólo pensarlo para Aracely era como ir al infierno. ¿Sabes qué se siente al ver a alguien por el que te preocupas sufrir así?

—No.

Albert se había preocupado por Aracely pero no la había amado. La idea se estaba grabando en mi cabeza como un tatuaje.

—Ojalá no lo sepas nunca.

—Así que te casaste con ella —dije en voz baja.

—Así que me casé con ella —dijo volviéndose para mirarme otra vez—. Y fue un matrimonio de verdad, en todos los sentidos de la palabra —dijo con voz serena—. Aracely quería que fuese así.

Me costo toda mi fuerza de voluntad para asentir en silencio, ya que la angustia que oprimía mi alma me dejo muda de conmoción. No porque me disgustara que Aracely hubiese encontrado en sus brazos la paz y la fortaleza que había necesitado para afrontar lo inevitable, sino porque sabía que si yo pudiera, daría mi ultimo año de mi vida por ser su mujer, por estar cerca de el por lo poco que me quedaba de vida. Hubiera hecho exactamente lo mismo que pidió Aracely.

—Lo siento, Albert… por Aracely, por ti…

—No te lo he dicho por eso.

Me miró sin pestañear y se acercó para agarrarme de la misma manera como lo hice antes. Luego me estrechó fuertemente y me escruto.

— ¿Tienes alguna idea de lo que siento por ti? —preguntó con voz opaca—. ¿La más mínima idea? No quiero asustarte. Me repito una y otra vez que tengo que andar con cuidado, pero al diablo con todo, Candy, nunca me había sentido así antes y me está matando.

—Albert, no.

Esta era la última ironía de mi desastrosa vida. Sabía, incluso antes de la revelación sobre Aracely, que lo que Albert sentía era algo más que atracción física. Y eso me aterrorizaba. Precisamente esto era lo que había estado tratando de combatir todos los días desde que vivía bajo su mismo techo, trabajaba con él, lo veía, lo amaba.

—Te amo, Candy —todo el mundo se quedó muy quieto cuando lo dijo, y por un momento vi todo con doloroso detalle: su mirada, la inclinación de su cuerpo, los árboles a su espalda y el cielo azul—. Nunca se lo había dicho a ninguna mujer…

— ¡No!

No me amaba, no era cierto. Lo que sentía por mi podía ser algo más que una mera atracción física pero no era amor, no… no podía creerle. No podía concebir la idea de que Albert siguiera sintiendo lo mismo durante semanas, meses, años. No confiaba en él, ni en mí misma.

El abuso mental que he padecido día a día… un día sí… un día no… desde que era un bebé hasta que cumplí veintiún años, me cegaba por completo, no podía ni siquiera llegar a desear que un hombre tan maravilloso como Albert se fijara en mi. Todo lo que sentí durante toda mi vida, pesaba en estos momentos, todo lo que acumule durante mi patética existencia minó todos mis sueños de adolescente de tener un hogar y una familia y de vivir con un hombre que me adorase y me amase.

Con todo esto, sabía que llegaría el día, donde me diría que todo había terminado. No sabía cuándo, ni cómo se desarrollarían las circunstancias, pero llegaría el momento en que me pesarían de nuevo en la balanza y me encontrarían un defecto. Siempre fue así, no tenia por que ser diferente ahora

—Dame un niño hasta que cumpla los siete y lo tendré durante toda la vida.

La vieja frase de los jesuitas cruzó por mi cabeza.

— ¿Candy? —inquirió Albert, y me sacudió levemente—. Esta vez no voy a permitir que te escapes y te cierres en banda, ¿me oyes? No me importa lo que haya ocurrido en tu vida, puedes haber sido la mujer más pecadora del mundo antes del día en que te conocí que eso no afectará lo que siento por ti. Tu vida empezó el día en que te recogí en aquel banco, eso es lo que es real.

—Para, Albert —Quería gritar y gemir por mi propia cobardía, quería decirle que no me conocía en absoluto, que no tenía ni idea de quién era en realidad, y que saldría corriendo si lo hiciera. Pero hacer eso sería abrir la caja de Pandora y no podía arriesgarme—. No quiero tener ningún tipo de relación contigo ni con ningún otro…

—Sí quieres.

Baje la cabeza al hablar, pero Albert puso sus manos alrededor de mi rostro obligándome a mirarlo.

—No —dije cerrando los ojos, pero su mirada penetrante, abría camino en mi cerebro—. No funcionaría, ¿es que no lo ves? —Dije con desesperación—. Sólo nos conocemos desde hace unas pocas semanas…

—Entonces aprenderemos a conocernos mejor. Puedo ser paciente cuando es necesario —inspire profundamente—. Abre los ojos, Candy. Mírame a la cara y dime que no sientes nada por mí —dijo con suavidad —y te prometo que no te volveré a molestar.

Sacudí la cabeza manteniendo los ojos cerrados con obstinación.

— ¿Qué te asusta tanto? —Me preguntó con voz ronca—. ¿Que haga esto?

Se agacho y me besó lentamente, un escalofrío recorrió mi cuerpo he hizo que me echara hacia atrás, pero Albert me estrechó contra su férreo cuerpo con una pasión que dejaba ver que su control sólo estaba a flor de piel.

—Sólo tienes que decirme que no me deseas —me retó con suavidad—. Pero bien dicho, para que te crea.

Abrí los ojos y todo lo que sentía se reflejó en mis ojos y, aunque abrí la boca para hablar, las palabras no salieron.

—Te amo, Candy —repitió Albert—. Te amo de verdad. Quiero que vivas conmigo, trabajes conmigo, que compartamos los buenos y los malos momentos, quiero que seamos felices para siempre…

—Eso no existe —dije débilmente.

—Sí, y te lo demostraré. Vas a saberlo ahora mismo…

Tomó mis labios con un beso hambriento y posesivo e increíblemente dulce, mi cuerpo estaba tenso, estaba ejerciendo todo el control posible para evitar que el deseo me invada, me estaba acariciando con suavidad y ternura, como si fuera algo muy valioso.

Y eso fue mi perdición.

Le devolví el beso ciñéndome a él al sentir que su amor eclipsaba el pánico, Albert se puso rígido por una décima de segundo, pensé que lo asuste, pero me estrecho con tanta fuerza que sentí los fuertes latidos de su corazón. ¿Cómo podría vivir en un mundo en el que Albert caminaba y hablaba y respiraba y estar lejos de él? Esa idea me parecía imposible cuando los labios hambrientos de Albert acariciaron mis orejas, luego deslizo los labios por mi cuello despertando ríos de fuego en cada punto que tocaba.

Era vagamente consciente de los pequeños gemidos inarticulados que flotaban en el aire cálido, no sabía de donde provenían, estaba pérdida en oleadas de sensación tan intensas que el resto del mundo dejo de existir. El calor velloso de su piel, la fuerza musculosa de su cuerpo, la maravilla de lo que sus labios y sus manos me estaban haciendo… Albert y yo éramos lo único real en este mundo de color, luz, caricias y sabor en el que nos habíamos sumergido.

Me di cuenta de que nos habíamos dejado caer al suelo cuando el intenso olor a hierba y flores salvajes impregnó la dulzura del momento. Pero entonces, cuando sentí su cuerpo contra el mío, todo volvió a ser sensaciones, sentí el cielo solo con su aroma y su presencia. Albert besó mis párpados cerrados, con besos húmedos sentía su satisfacción, sentía como saboreaba cada roce que hacia contra mi piel, trazo besos suaves y atormentadores hasta mis labios, que ya por instinto estaban abiertos, esperándolo. Me mordió con suavidad el labio inferior antes de explorar mi boca y despertar una excitación tal que sentí que todo mi cuerpo se deshacía.

Todo me salió tan natural no podía parar, no quería parar, pero debía era una advertencia aquel pensamiento pero no reaccione. Tenía las manos entrelazadas por detrás de su cuello musculoso y pude notar las cerdas sedosas de su severo peinado al deslizar los dedos por entre sus cabellos. Lo amaba, lo deseaba, no podía creer cuánto lo deseaba…

—Ahora vuelve a decir que no crees que podremos ser felices para siempre —susurró Albert con voz ronca mientras me mordisqueaba la oreja—. Dime que no crees que pueda hacerte feliz. Estás en mi vida, Candy, como yo en la tuya. Ya no hay marcha atrás. Confía en mí, déjame entrar.

Eso precisamente, eso era lo único de lo que era incapaz, me puse rígida y Albert también lo sintió, sentí como se tenso y me dijo:

—Si quisiera, podría tomarte aquí y ahora, y lo sabes —dijo en tono sombrío—. Si dejara de hablar y desistiera de averiguar lo que pasa por tu cabeza…

— ¿Y por qué no lo haces? —Dije tratándome de separar de él, pero el amplio tórax no se desplazó ni un centímetro—. Si crees que es así de sencillo, ¿por qué no lo haces?

—Porque no soy un animal, Candy, y quiero más que tu cuerpo —Albert se apartó de mí y se incorporó con un ágil movimiento, me observó con ojos insondables mientras me acomodaba la ropa—. Te tendré. Pero te tendré entera, y no será un apresurado acoplamiento en una pradera. Será lento y dulce, y estarás conmigo en cada momento, en mente, alma y cuerpo. No fue una casualidad que vinieras a Towerby. Tal vez no lo aceptes ahora mismo, pero es la verdad.

Albert nunca entendería la ironía de sus palabras. Levante la cabeza para mirarlo y la magia sensual que emanaba de aquel cuerpo corpulento era tan tangible que lo podía sentir en el aire.

Tenía que poner fin a todo esto. No quería seguir amándolo, ni a él ni a nadie, el amor significaba traición, dolor y desilusión, y ya había tenido mi ración para toda la vida.

Nunca debí haber venido a Towerby. No quería herir a nadie… Las lágrimas ardían en mis ojos pero no me atreví a derramarlas, debía ser fuerte por mi amado, no deseaba hacerle daño como lo han hecho conmigo, él no debe sufrir.

—No fue una casualidad que viniese a Towerby —corroboré—. Lo tenía planeado.

—Candy…

Se intento acercar a mí, pero me eché atrás tan bruscamente que Albert se quedó inmóvil, todo sucedió tan rápido que mi dolor llego al límite.

—Hace varios meses caí enferma con una gripe que se complicó y tuve neumonía… así comencé relatando la historia de mi vida, no omití nada tenia que hablar y sin darme cuenta le conté todo, absolutamente todo, el me escuchaba sereno, estaba frente a mi, mirándome con sus maravillosos, apacibles y comprensivos ojos azules. Mientras hablaba trataba de fijarme en sus reacciones para saber el preciso momento en que, él desistiera su pose de comprensión y saliera huyendo de mi, como quien encontró a una sicópata que merece estar encerrada, pero nunca llego el permaneció sereno y tan calmo como siempre, no se inmuto.

— ¿Y sigues sin saber quién es tu verdadera madre? —preguntó con suavidad cuando termine de hablar y permanecí con los ojos cerrados y la sensación de vacío—. ¿No tienes ninguna pista?

—No.

Me estremecí al oír la ternura en su voz grave. Todavía seguía esperando su reacción, esperaba que se burlase de mí, de mi debilidad, que despreciara mis mentiras y, desde luego, que se enfadase con razón porque no había sido sincera con él durante todo el tiempo que había estado viviendo en su casa.

Si se hacían realidad todas mis conjeturas, no importaba podía haber hecho frente a todo eso, no me asustaba. Había vivido con mis hermanos toda la vida. Pero su ternura, su consideración… eran peligrosas, como pequeños demonios dulces que minaban mi determinación.

—Ven —dijo Albert con voz ronca y grave, abrí los ojos de golpe, me puse rígida. Sabía lo que tenía que hacer, debía haberlo hecho hacía semanas.

—No, Albert —le dije. Me era difícil mirar aquel rostro que tanto amaba y decir lo que tenía que decir, pero lo conseguí—. Te he hablado de mi madre y de mi pasado para que comprendas que mi marcha no tiene nada que ver contigo…

— ¿Tu marcha? —repitió Albert. No levantó la voz, pero el tono en que habló hizo que se me encogiera el estómago—. ¿Crees que iba a dejarte ir?

—No tienes elección —dije con firmeza—, no te pertenezco.

—Sí que lo haces, aquí dentro —dijo tocándose el corazón con el puño, vi la furia y la frustración que estaba tratando de ocultar. Nunca lo había visto tan atractivo o inalcanzable, pensé con tristeza, pero no podía echarme para atrás. Merecía a alguien mejor que yo. Una joven esposa, fuerte de cuerpo y mente, que trabajara con él y le diera hijos y una vida en familia.

Si, por algún milagro, no me despachaba cuando llegase a conocerme de verdad, todavía sería como una piedra atada a su cuello. Nunca sería capaz de cumplir sus expectativas y un día… Un día esos devastadores ojos azules se helarían, su corazón se enfriaría y habría arruinado tanto la vida de Albert como la mía.

—Me marcho, Albert —dije levantando la cabeza con orgullo—. Lo digo en serio.

— ¿Y qué me dices de tu madre? —preguntó en voz baja.

— Eso ya no importa.

— ¿Has venido hasta aquí después de dejar tu trabajo y a tus amigos y dices que no importa? —replicó con voz tensa—. Sólo han pasado unas semanas, ¿qué demonios te ha hecho cambiar de idea?

«Tú».

—Era una estupidez, una vana ilusión, pensar que podría encontrarla —dije cansinamente —. Y ahora me doy cuenta de que la única persona a la que haría daño sería a mí misma. Tal vez cause algún trastorno en su vida, la ponga furiosa o la avergüence, pero no podría soportar… no podría soportar ver su cara cuando me mirara.

—Tal vez se alegre de que la hayas encontrado —dijo Albert con suavidad—. ¿No lo has pensado?

—Me dejó cuando sólo tenía unas semanas y no se ha puesto en contacto conmigo ni una sola vez. Sabía dónde estaba, podría haberlo hecho, pero no ha querido —dije pasándome una mano por el rostro.

— ¿Y la odias por eso?

—Ya no sé lo que siento —dije con voz ronca—. Sólo sé que está en alguna parte, cerca de aquí, lo siento en los huesos, y que no me conoce. Podría pasar a su lado por la calle y no sabría que es mi madre. Sigo mirando a todas las mujeres de su edad, observo su cara, y lo gracioso es que ni siquiera sé qué estoy buscando. No puedo seguir así —susurre dolorosamente—. No quiero.

—Si huyes ahora, estarás huyendo toda la vida, lo sabes, ¿verdad? —dijo en tono lúgubre—. Olvida lo nuestro por un momento. Dejando eso a un lado, sigo pensando que deberías quedarte. Conozco a la gente de aquí. Podría investigar con cautela y tu madre, si es que está en esta región, nunca sabrá de ti a menos que tú quieras. Puedo ayudarte…

—No quiero tu ayuda —dije endureciendo la voz y el corazón—. Tal vez creas que me amas, pero en realidad no es así. No me conoces. Lo que sientes…

—No me digas lo que siento, Candy — Albert me interrumpió. Estaba enfadado y se notaba, me agarró de la muñeca para evitar que me moviera hacia atrás—. Puedo aceptar que todavía tú no sientas lo mismo, pero conozco mi propio corazón. Tengo treinta años, maldita sea, no soy un adolescente inseguro. Sé lo que quiero.

—Y yo también —le dije mirándolo con ojos muy abiertos, y mentí como nunca había mentido—. Y no es Towerby, ni la vida en un pueblo, ni…

— ¿Ni yo?

—Ni tú —contesté. Tenía que hacer que me odiara—. Quiero trabajar en una gran ciudad. Los exámenes que estaba preparando antes de caer enferma eran para eso. Quiero tener mi propio apartamento, ropa bonita. No quiero tener que darle explicaciones a nadie —si alguna vez una imagen me había llenado de horror era la que precisamente estaba dibujando en este momento —. Quiero vivir la vida, divertirme.

—No te creo —repuso Albert sacudiéndome suavemente —. No creo que seas así.

—Ya te lo he dicho, no me conoces —dije sacando una sonrisa conciliadora de alguna parte, y me esforcé por hablar en tono frívolo—. Claro que siempre te estaré agradecida por lo que has hecho por mí, y me halaga mucho que quieras que me quede…

—Al diablo con tu gratitud.

Me miró durante un momento más y estuve tentada, terriblemente tentada, a arrojarme a sus brazos y decirle que lo amaba, que lo adoraba, que haría cualquier cosa por él…

—Sube al Land Rover.

Habló en tono inexpresivo y su rostro se volvió hermético, y en cuanto llamó a los perros con un silbido recogimos la manta y la cesta y subimos al vehículo puso en marcha el motor sin decir una palabra.

Se había terminado.

Continuara….


Hi lindas... como bien saben sigo en reposo... no puedo quedarme mucho pero ya que me dejaron solita jijij me vine pa subir unito mas... les prometo que cuando termine mi claustro jijiji les respondo a todas.. son tan lindas las quiero y creanme me dan fortaleza para aguantar las dos semanas que me faltan... de hi creanme vengo con regalitos... las adoro y mil gracias sus palabras... bueno ahora si me voy el trinche de diablo duele jijijij bye