La brillante animación de los ojos de Sesshomaru había sido reemplazada por una mirada dura y opaca.

-Un solo grito y el acabara en un féretro con azucenas en las manos cruzadas. ¿Me ha comprendido?

Las motas cobrizas de los ojos de Kagome tenían un brillo intenso cuando miro al príncipe. No vio en ese rostro indicio alguno de que Sesshomaru reconociera autoridad, honor o moralidad que entorpecía su inquebrantable propósito.

-Si- respondió con un hilo de voz.

Sesshomaru la contemplo unos instantes, luego se apartó bruscamente y salió a grandes zancadas de la habitación. Kagome lo oyó llamando a Jaken. Apostaría al criado en la puerta de la habitación para garantizar el silencio de Kagome, o se uniera a los otros dos para defenderse del intruso. En este último caso, que oportunidades ¿tendría Koga de vencer al príncipe, a Naraku y a Jaken?

Kagome permaneció inmóvil en el centro de la habitación con las manos fuertemente unidas. ¿Para qué había ido hasta allí Koga? ¿Lo había enviado tía Izazoy, adivinando donde estaba su sobrina? ¿O llegaba por iniciativa propia, porque la presencia del príncipe en la zona coincidía sospechosamente con la desaparición de Kagome? ¿Lo harían prisionero, como a ella, hasta que Sesshomaru consiguiera lo que quería o abandonaría la búsqueda? ¿O, más bien, suponiéndole una gran amenaza, lo matarían?

Kagome se aproximó a la puerta de puntillas para escuchar. La madera y las paredes de la casa eran tan gruesas que no pudo oír nada. Lentamente y con gran sigilo, giro el pomo de la puerta y la abrió con un levísimo crujido.

Los sonidos que llegaron hasta ella eran saludos amistosos, risas y el tintineo de vasos. Aquello cancelaba todas las especulaciones. Koga no había ido en su búsqueda, a menos que lo disimulara a la perfección. Sencillamente había acudido a visitar al huésped regio, y Sesshomaru lo recibía con la mayor cortesía.

Kagome se puso rígida; en sus labios apareció una mueca amarga y sus ojos azules se oscurecieron. Que estúpida había sido al creer que un solo hombre pudiera rescatarla. Lo más normal hubiera sido que toda una cuadrilla de vecinos se hubiera presentado ante la casa para echar la puerta abajo y exigir su liberación. Si Koga, su pretendiente, su campeón, iba de visita, aceptaba la hospitalidad del príncipe y disfrutaba de su vino, solo podía significar una cosa: Koga no sabía que la habían reptado, ni soñaba siquiera con que pudieran haberla ocultado allí.

Esta conclusión la llevo a otra. Si alguien iba a arrancarla de las garras del príncipe Sesshomaru de Rutania, ella misma tendría que proporcionarle los medios.

Kagome no podía poner en peligro a Koga. No quería provocar su muerte al intentar pedirle ayuda. Pero ¿y si podía abandonar la casa y llegar sin ser vista hasta un punto en que pudiera interceptarlo? Koga podría montarla en su caballo y alejarse antes de que se descubriera su ausencia. Ese momento, mientras Sesshomaru estaba ocupado en sus deberes de anfitrión y Jaken en servir a su invitado, era tan bueno como cualquier otro.

Kagome se volvió hacia el armario donde Jaken había guardado su capa. La saco y se le echo al brazo. Sin dudarlo un instante, abrió la puerta centímetro a centímetro. El resplandor de las bujías que quedaban a su espalda ilumino el oscuro pasillo. Allí no había nadie de guardia. Kagome abrió aún más la puerta; el corazón le latía alocadamente. Avanzo y luego se detuvo con los músculos en tensión.

Al otro lado del pasillo se hallaba la habitación en que dormía Naraku. La puerta estaba abierta y la habitación sumida en la penumbra. Pero recortada contra el cristal de la ventana vio la figura de un hombre alto y ancho de espalda que estaba de pie con las piernas abiertas y las manos a la espalda. Miraba hacia el exterior de la casa, inmóvil en la oscuridad del atardecer. Era evidente que se hallaba allá de guardia. Por el momento no prestaba mucha atención, pero eso podía cambiar en un pestañeo. Lo más seguro era que la aparente sumisión de Kagome, la ausencia de quejas o intentos de fuga hasta entonces, le hubieran hecho más descuidado en su deber. Kagome debía alegrase por ello y tratar de escabullirse.

La joven dio un paso, luego otro. Al moverse sobre la alfombra persa del pasillo, una tabla del piso crujió con un sonido que le pareció ensordecedor. La espalda del vigilante pareció ponerse rígida, pero no se movió ni giro la cabeza. Kagome contuvo el aliento, se cogió las faldas para evitar el suave frufrú y seguido avanzado a grandes pasos que la alejaron de la puerta abierta. Al comprobar que no se daba la voz de alarma, Kagome prosiguió por el pasillo hacia la parte posterior de la casa y luego a la escalera de servicio.

Al pie de la escalera brillaba una luz. Kagome descubrió que procedía de una única y gruesa vela que habían dejado encendida en la despensa del mayordomo, un recinto pequeño y oscuro en el que se guardaban los platos procedentes de la cocina exterior para mantenerlos calientes hasta que llegara el momento de servirlos, y donde se dejaban los platos sucios antes de lavarlos. Oyó voces. Débiles y profundas, parecían proceder de algún lugar cerca de la entrada principal, como si Koga, reacio a imponer su presencia al príncipe, se hubiera bebido su jerez y estuviera ya a punto de marcharse, lo cual haría fracasar el intento de Kagome.

¿Dónde estaba Jaken? Si se hallaba en la dependencia exterior que hacía de cocina, ocupado en los preparativos para la cena, lo que le sugería el intenso aroma a comida que impregnaba el aire quieto y húmedo, tal vez la viera cuando abandonara la casa por la puerta posterior. Era un riesgo que tendría que correr.

Kagome bajo las escaleras y giro al llegar a la pilastra del final, esquivando una mesa de trabajo con la superficie de mármol. La capa que llevaba colgada del brazo rozo una bandeja de plata que contenía vasos. Uno de los vasos se tambaleo. Kagome lo cogió rápidamente, pero los demás chocaron unos con otros produciendo un sonido musical. Tras unos instantes de inmovilidad, Kagome dejo de contener el aliento.

Se detuvo al llegar a la puerta posterior, pero no oyó nada. Giro el pomo, abrió la puerta, la cruzo y la cerró suavemente tras ella. Mientras atravesaba el porche posterior con paso silencioso, se echó la capa sobre los hombros. En la cocina había luz. A través de la puerta abierta vio la silueta de Jaken recortada contra el resplandor del hogar, sobre el que colgaban negras perolas suspendidas de soporte dobles. Unos cuantos pasos más y Kagome podría desaparecer de la vista.

Caía una fina llovizna, que el rostro encendido de Kagome agradecía. La lluvia empapaba los arboles; gruesos goterones caían sobre su capa y humedecieron su vestido cuando pasaba apresuradamente por debajo

El granero y la cochera se hallaban ocultos entre los arboles a la derecha de Kagome. Si tomaba esa dirección, podría llevarse un caballo, uno de los de reserva. Kagome sabia cabalgar; tanto ella como Kikyo habían aprendido de niñas, cuando su prima había sentido una súbita pasión por los caballos que había durado todo un verano. No obstante, Kagome dudaba de su capacidad para mantenerse sobre el caballo a pelo. Oyó un sonido de casco en el sendero, lo que significaba que Koga se marchaba. Sesshomaru podía descubrir en cualquier momento que ella había escapado y salir en su persecución con sus hombres. Kagome tenía que coger un atajo por el bosque para alcanzar la curva por la que pasaría Koga.

-¡Eh!

La exclamación surgió de algún lugar cercano a ella. Kagome giro en redondo y vio el destello de un uniforme blanco y azul en la puerta del granero. Le pareció que era Bankotsu por el sonido de su voz. Debía haber llegado mientras ella bajaba las escaleras y estaba almohazando su caballo a la escasa luz del crespúsculo. Bankotsu dejó caer el cepillo que tenía en la mano y echo a correr tras ella. Kagome se subió las faldas y se lanzó a la carrera.

Fue el instinto lo que la hizo girar hacia la parte delantera de la casa el jinete que se alejaba al trote por el sendero para desaparecer bajo los árboles con la espalda erguida y su capa de gutapercha extendida como si fuera la de un antiguo caballero. Olvidando la amenaza que pendía sobre la vida de Koga, olvidándolo todo en su deseo de recuperar la libertad, Kagome se dispuso a lanzar un grito.

Alguien aferro su capa. Kagome perdió el equilibrio, tropezó con una maraña de zarza y matas de hierbas secas y cayo. Las hierbas le pincharon los brazos y la rodearon con su fresco olor. Bankotsu hinco una rodilla junto a ella. Kagome se retorció para sentarse y mirarlo con indignada desesperación.

Se oyó el sonido de otros pasos, suaves y resueltos.

-Al parecer está destinada a que la cortejen con cierta dureza, Kagome, querida mía.

-¡No hay nada de eso!- se defendió Bankotsu, mirando ceñudo a Sesshomaru-. Esos placeres te los dejo a ti.

-Me alegra enormemente saberlo. ¿Y a que se debe que te haya encontrado retozando en la hierba con mí…prisionera?

-Tu prisionera se estaba escapando mientras tú estabas con tu visitante. Me he limitado a detenerla.

-¡Que amabilidad de la señorita Higurashi permitiendo que lo redimas por haberla perdido de vista hace dos noches! En lugar de esperar mi gratitud, deberías darle las gracias a ella, o al menos preguntarle si ha sufrido algún daño.

La ira que había hecho apretar los dientes a Bankotsu se borró de su rostro. Miro rápidamente a Kagome con los ojos azules llenos de preocupación.

-¿Está usted herida, señorita?

-En absoluto- replico ella.

-Es una suerte- dijo Sesshomaru, arrastrando las palabras y con la mirada fija en Bankotsu, al tiempo que se extendía una mano hacia Kagome para ayudarla a levantarse.

Bankotsu enrojeció y se puso en pie.

-Si eso es una amenaza…

-¿Cómo puedes pensar eso?- Sesshomaru había apartado la vista de Bankotsu para dedicarse con atención consumada a secar las gotas de lluvia que tenía Kagome en el rostro y quitarle las briznas de hierba.

-Fácilmente.

-No es necesario que ejercites la imaginación. Si hubiera sido una amenaza, no te habría cabido la menor duda.

Apretando los puños, Bankotsu dio un paso hacia adelante.

-Maldito seas, Sesshomaru, aceptas la ayuda con menos gracia que cualquier otro hombre viviente.

-¿Fue por eso que viniste conmigo sin que te lo pidiera?

-¡Me refería a lo que acaba de ocurrir ahora!

-¿Ah, sí?, pero yo no.

-Muy bien- gruño Bankotsu con tono amargo-. No querías que viniera contigo y yo lo sabía, pero empiezo a cansarme de ser el blanco de tus invectivas por algo en lo que tengo tanto derecho como tú.

-¿Te unes a mi equipaje como una puta itinerante que sigue a su sargento mayor durante una campaña y espera que te aplauda?

-¡Tengo tanto interés como tú en descubrir quien mato a Inu! Con el muerto y tu padre enfermo, hay quien dice que soy yo el que más ganaría si… si tu tuvieras un oportuno accidente. ¿O es que no lo sabias?

-Lo sé, criatura, y después de tan profundas reflexiones sobre este tema, no se te ha ocurrido que serás el perfecto cabeza de turco mientras me acompañes, mientras que si estuvieras en Rutania cuando ocurriera la desgracia, se alzarían y te proclamarían rey, como el último de nuestro linaje, sin el menor escrúpulo de coincidencia

-No deseo ser rey en tu lugar. ¡Y no te ocurrirá nada si yo puedo evitarlo¡ Sesshomaru se echó a reír; fue una risa sonora que acabo por adquirir un timbre ridículo.

-Mi ángel guardián, estoy conmovido.

-Búrlate cuanto quieras, trátame como a un idiota, mi principesco primo y futuro rey, pero no pienso abandonarte. No volveré a Rutania solo. Bankotsu giro sobre sus talones y se alejó caminando sobre la hierba húmeda con preciso estilo militar. Sesshomaru contemplo con el entrecejo fruncido. Permaneció inmóvil con la miraba fija hasta que, de repente, meneo la cabeza. Cogió la mano de Kagome y la coloco sobre su brazo con formalidad antes de volverse en dirección a la casa.

Kagome se dejó llevar porque no le quedaba más remedio y también porque se sentía impulsada a hacerlo, y aquello no tenía nada que ver con los dedos cálidos de Sesshomaru sobre los suyos; era algo que despedía aquel hombre, una fuerza, un magnetismo que imponía su voluntad sin esfuerzo, despreocupada e inexorablemente. En la confusión de su captura y la agitación que le había seguido, Kagome había olvidado completamente a Koga.

La cena trascurrió en silencio. No cabía la menor duda que los hombres habían sido informados de su intento de huida a medida que entraban mojados y ateridos de frio. La miraban furtivamente con una simpatía que resultaba tan turbadora como gratificante, porque parecía sugerir que tendría sus consecuencias. Nada lo indicaba en los modales del príncipe cuando devolvió a Kagome a su habitación antes de la cena. Sesshomaru se había puesto a escribir una vez más con su pluma de ganso. El continuo rascar de la pluma sobre el papel había puesto a prueba los nervios de Kagome. Cuando Jaken apareció en la puerta para anunciar la cena, Kagome se sintió aliviada; sin embargo, al pensar en ello una vez en la mesa, vio malos presagios en la conducta de Sesshomaru.

Cuando terminaron de cenar, Sesshomaru se levantó de la mesa y se colocó frente a la chimenea. Se dio la vuelta con las piernas abiertas y las manos enlazadas a la espalda. Los hombres se miraron unos a otros. Se agitaron en los asientos cuando la mirada de su líder se posó en ellos, uno por uno. Incluso Kagome noto aquella súbita tensión.

La luz de las velas brillaba en los cabellos plateados de Sesshomaru cuando este alzo la cabeza.

-Llamo a juicio.

Aquellas palabras tenían un grave significado para sus hombres, como evidencia si actitud. Kyokotsu se puso de pie lentamente con una expresión solemne en su rostro lleno de cicatrices.

-¿A quién hemos de juzgar?

Fue Naraku quien se alzó para responder.

-Creo que es a mí.

-¿Y el cargo?

-Negligencia en el deber.- La voz de Sesshomaru no sonaba vengativa. Sus palabras cayeron en un profundo pozo de silencio.

-¿Quién aportara las pruebas?

-Kagome.

Kagome miro a Sesshomaru al oír su nombre. El príncipe la contemplo sin parpadear. Kagome se humedeció los labios resecos.

-No…no tengo nada que decir.

-Se subestima a si misma- replico Sesshomaru con tono tranquilo y resuelto-. Todo lo que se le pide es que nos cuente como abandono la casa esta tarde.

Kagome miro a Naraku. Este, en postura militar, mostraba una especie de irritación pensativa en su expresión, como si lamentara lo ocurrido.

El interrogatorio que siguió fue exhausto. Todos los hombres tenían derecho a preguntar lo que quisieran, incluso el propio acusado. No hubo nada frívolo en el procedimiento. Era un esfuerzo encaminado a descubrir la verdad, a averiguar qué punto tenia culpa Naraku de la huida de Kagome. Kagome respondió siempre con toda la sinceridad posible, aunque apretaba las manos en el regazo para que no temblaran. En cualquier caso, por mero espíritu de contradicción o por una vaga gratitud hacia Naraku, Kagome mantuvo tercamente que Naraku no se había percatado de su marcha. Cuando parecía que no quedaba nada más por preguntar, Sesshomaru miro a Naraku.

-¿Prefieres juicio y condena de tus compañeros o combate?

Naraku se mordió el labio con expresión pensativa en su cara. Luego sonrió y extendió las manos.

-Admito mi negligencia, aunque afirmo que me adormecí. Además, no creo que sea tan grave. No veo demasiada utilidad en mantener prisionera a esta mujer. Por otro lado, conociendo a mis amigos, confió en su bien juicio, aun admitiendo que deba ser castigado. Pero elijo el combate, puesto que es más honorable que un castigo público y porque me da la oportunidad de dar tanto como reciba.

El súbito destello en la mirada de Sesshomaru fue el único indicio de la satisfacción que le producía aquellas palabras.

-Tengo derecho a escoger las armas. Para demostrar que no solo tú conoces las normas caballerescas, elijo unos bastones.

-¿Bastones?- protesto Kyokotsu-. No tenemos.- El bosque está lleno de árboles jóvenes.

No fueron necesarias mas indicaciones. A excepción de Naraku, todos los hombres se adentraron en la noche lluviosa, pidiendo hachas y discutiendo con gran regocijo sobre el grosor de los bastones. Cuando sus voces se alejaron, Kagome se puso en pie.

-Creo que subiré a mi habitación- susurro.

-Quédese.- Era una orden.

-Preferiría no presenciarlo.

-Entonces- dijo Sesshomaru, fijando su mirada sobria en ella-. No tendría sentido este pequeño ejercicio. Sesshomaru sabía que había hecho a Naraku y pretendía que las responsabilidad de su castigo recayera enteramente sobre la persona que había cometido la falta, ella. También Naraku pagaría, pero no tanto por una mera negligencia en el deber como por contravenir los deseos de Sesshomaru, por interferir en sus asuntos y por situar la compasión por encima del objetivo que los había llevado hasta allí. Los bastones elegidos, aunque lejos de ser una concesión a Naraku, no causarían heridas irreparables en ninguno. No obstante, la lección seria dolorosa.

Que Naraku también lo entendía así quedo patente cuando ladeo la cabeza.

-¿Combatiré contigo, Sesshomaru, o elegirás a un campeón del tribunal?

-Ya conoces mis políticas. No luchare con ningún hombre de mi guardia. En cuanto a lo del campeón, no será necesario. Tu oponente será Kyokotsu primero, luego Bankotsu, Jakotsu y Renkotsu.

-¿Todos?

-Todos. Uno a uno, por supuesto.

-Por supuesto- repitió Naraku con expresión lúgubre. La cicatriz de la comisura se le había puesto lívida.

La apariencia de castigo con honor era falsa. A Naraku le aguardaba una soberana paliza. Aunque era el más fuerte de todos por su estatura, no podía esperar vencer a todos. A medida que le fallaran las fuerzas, también sus oponentes serían más débiles y menos diestros, de modo que la derrota llegaría al final a manos del menos violeto y fuerte de todos. Sim embargo, en primer lugar habría de enfrentar su voluntad y sus energías a las del veterano y taimado Kyokotsu.

El combate fue tan angustioso como había temido Kagome. Se apartaron las sillas para dejar espacio libre en el centro de la sala. Los hombres se desnudaron hasta la cintura. En el aire había un fuerte olor a madera joven recién descortezada que desentonaba con el da la madera quemada en la chimenea, la sabrosa comida y el sudor acre de los hombres peleándose. Los golpes caían con un ruido sordo sobre la carne, se oía el arrastrar de las botas de los hombres que combatían trazando círculos y los bastones crujían como si alguien hubiera metido un palo entre los radios de una rueda. Hubo gruñidos y maldiciones. Al cabo de poco tiempo tanto Kyokotsu como Naraku tenían moretones purpura en brazos y hombros y sangraban por una docena de cortes en muñecas, brazos y frente.

Kyokotsu era astuto y más experimentado; su pela con Naraku fue muy reñida, pero al cabo de un rato empezó a respirar entrecortadamente. Naraku le ataco entonces las costillas y el diafragma, escogiendo el blanco con cuidado. Esto le dejo desprotegido varias veces y en una de ellas recibió un golpe sobre la oreja que hizo tambalearse. Se recuperó y poco tiempo después Kyokotsu alzo el bastón con ambas manos sobre la cabeza y pido abandonar.

Bankotsu estaba fresco, era un nombre atlético y, dado que había sido el receptor de la ira de Sesshomaru a causa de Naraku, se mostró más que dispuesto a medirse con él. El que Naraku lo despachara rápidamente fue más cuestión de suerte que de habilidad o de resistencia. El primo de Sesshomaru perdió el equilibrio al resbalar en una gota de sangre y de Naraku le asesto un golpe demoledor que lo envió al suelo. Con la caída concluyo el combate entre ambos.

El siguiente, Jakotsu, se mostró cauteloso, pero sonreía y parecía ansioso. Se dedicó a fintar, a esquivar y a lanzarse con inesperados saltos gatunos bajo la guardia de Naraku. Con esta técnica pretendía agotar las energías de Naraku, como este había agotado las de Kyokotsu.

Kagome pensó que era una competición extraordinaria la que tenía ocasión de observar. Ninguno de sus conocidos hubiera sido capaz, ni hubiera querido, de agarrar un resbaladizo bastón de madera recién cortada para intentar defenderse, y mucho menos para agarrar y conseguir la victoria. La rapidez y agilidad demostradas por todos aquellos hombres era el resultado de una fortaleza que solo podía dar el duro entrenamiento. Eran máquinas de matar y, por lo tanto, el método elegido para dirimir sus diferencias, aunque bárbaro, también era correcto.

Naraku tenía ahora una mancha roja en la mejilla y un corte en la ceja que sangraba abundantemente. Jakotsu también recibió lo suyo. Tenía una oreja hinchada y una larga rascadura en las costillas. Cuando en un intercambio rápido de golpes recibió una herida en el nacimiento de los cabellos, el dolor y la rabia deformaron los rasgos de Jakotsu, que cargo con todas sus fuerzas sobre Naraku. Los bastones chocaron. Naraku trabo el suyo en el interior de los brazos de Jakotsu y tiro. El largo bastón del hombre más delgado salió volando por los aires.

Lo recogió su gemelo, que avanzo hacia Naraku con obstinada solemnidad. Al contrario de su hermano, Renkotsu actuaba con astucia. Cada movimiento suyo, aunque carecía de brío que desplegaba Jakotsu, era preciso y ejecutado con la fuerza necesaria para dar en punto cuidadosamente elegido. No parecía dudar nunca sobre lo que debía hacer, ni que consideraba necesario adaptar su táctica a la de su oponente, ni necesitar dar un paso para esquivar un golpe, aunque no dejaba que le tocara ninguno. Sus golpes, en cambio, eran contundentes. Naraku se tambaleo bajo el primero que le dio de lleno. De haber estado fresco, hubiera desbordado a Renkotsu por la mera fuerza de su peso y por su talla, pero en aquellas condiciones el resultado era previsible.

-Basta.

Renkotsu retrocedió como si aquella orden tajante le hubiera liberado de un encantamiento. Naraku, que se disponía a golpear, pareció oír la orden a través de la neblina. No pudo detener el movimiento que había iniciado. Renkotsu intento alzar su bastón, pero el otro bajo silbando antes de que lo consiguiera, se oyó un crujido y Renkotsu dejo caer el bastón. Se cogió con fuerza la muñeca izquierda, que colgaba en un ángulo extraño con los dedos inertes.

Kagome se puso en pie de un salto y quiso acercarse, pero Sesshomaru se interpuso con una sola y larga zancada.

-Puede que los cuidados de un ángel sirvieran para consolar a Renkotsu, pero no es necesario. Naraku tiene práctica en arreglar huesos y en administrar remedios. Vamos, es hora ya de retirarse.

La mano de Sesshomaru en el codo de Kagome la dirigió con firmeza hacia la escalera. Kagome intentó resistirse.

-¿Quién atenderá a Naraku?- pregunto con tono seco.

-Para lo que él necesita le servirá cualquiera.

Hubiera sido inútil que Kagome se debatiera, que insistiese en ayudarle. Aun cuando Sesshomaru se lo hubiera permitido, no estaba segura de que los hombres aceptaran sus cuidados. A fin y al cabo, ella eta la causa de sus heridas. Sentía la frustración de la culpabilidad, tan solo aliviada por la sospecha de que Sesshomaru pretendía causar ese efecto precisamente.

¿Pretendía que también Kagome se sumiera en un estado de temor por lo que pudiera pasar cuando estuvieran solos? En cualquier caso Kagome estaba asustada y dio un respingo cunado oyó el golpe con que el príncipe cerró la puerta. Era mejor eso que darse la vuelta como un animal acosado. Se acercó a la chimenea con estudiada indiferencia y extendió los dedos helados hacia el fuego.

-Quítese la ropa.

Kagome giro en redondo.

-¿Qué…que quiere decir?

-Creo que me ha entendido perfectamente.- Sesshomaru avanzo hacia el secreter. La luz se reflejó en la masa de sus cabellos y en los botones de su guerrera cuando se inclinó para coger la pluma de ganso. Con la pluma en la mano, se aproximó a Kagome y metió los dedos en la abertura escotada del blusón-. Si he de verme forzado a quitárselo yo, puede que no quede nada que remendar.

-¿Por qué?- pregunto Kagome con esfuerzo, por la sequedad de la boca.

Los ojos dorados de Sesshomaru la miraron brillantes y firmes, pero se le contrajo un musculo de la mejilla.

-¿Es posible que dude usted de su atractivo o es que existe alguna imperfección en su piel?

-¿Por qué no ambas cosas?- Kagome alzo el mentón para alzarle una oscura mirada.

-Tanta sinceridad merece una recompensa.

-Alteza…Sesshomaru…- empezó Kagome, pero no hallo las palabras para que su petición no sonara a cobardía. Cuando los dedos de Sesshomaru se adentraron aún más en el interior del corpiño y rozaron la piel de su seno, Kagome le cogió la muñeca.

Sesshomaru miro los dedos de Kagome, blancos en las puntas.

-Si la perturba que la toque, existe un modo muy fácil de evitarlo. Solo tiene que decirme lo que quiero saber, y la llevare de inmediato a la casa de su tía.

-¡No puedo decirle lo que no se!

-Creo que me miente, Kagome. Creo que el terror y la lealtad la obligan a guardar silencio, que seguirán haciéndolo aunque su ruina este en mis manos.

-No le temo—le espeto ella.

-No, creo que no. ¿Me permite que la ayude a temerme?

-¡No le servirá de nada!

-Tal vez baste con decirle que su ausencia de la casa de los De Buys aún no ha sido divulgada. A aquellos que preguntan por usted, como Koga Delacroix, se les dice que está usted postrada en cama en una habitación en tinieblas a causa de una fiebre tan intensa que nadie se le puede acercar, que enfermo repentinamente después del baile de los Delacroix.- Hizo una pausa-. No parece sorprendida.

-No. Koga no se hubiera mostrado tan cordial de no ser por esa excusa. Usted, como extranjero, habría sido el primer sospechoso de mi…desaparición, sobre todo después del modo en que me tarto durante el baile.

-Muy cierto. Pero el tiempo durante el cual puede considerarse verosímil una historia tan endeble es limitado. Un día mas, o dos como mucho, y la gente esperara verla curada o en el cortejo fúnebre. Sálvese usted misma, Kagome. No me obligue a obrar de modo que la convierta en una marginada de la sociedad.

-Yo no le obligo a nada—dijo Kagome, pero su voz no era demasiado firme.

-Ah, bien –dijo Sesshomaru; cogió el fajín que llevaba Kagome a la cintura y deshizo el nudo con gran destreza-. Si digiera lo mismo sería un estúpido, además de un déspota. Puesto que la razón no la salva, protéjase tan bien como pueda.

Holi

Espero que este nuevo capítulo sea de su agrado.

Como siempre quiero agradecer a las dos personas que no han dejado de comentar, y eso es lo mejor. Cesia y anii, en verdad me hacen muy feliz.

También quiero agradecer a todas aquellas que no comentan, pero que sí, se toman el tiempo de leerla.