Algunos personajes pertenecen a M. S.
La historia está registrada en Safecreative :)

Capítulo beteado por Melina Aragón, Beta de Élite Fanfiction (www. facebook groups / elite. fanfiction)


Listen to the wind blow, down comes the night
Run in the shadows
Damn your love, damn your lies.
And if you don't love me now
You will never love me again
I can still hear you saying you would never break the chain
Break the silence. Damn the dark, damn the light

Fleetwood Mac —The Chain


ENEMIGO PÚBLICO, NÚMERO UNO.

Hacía un par de días, tenía al exigente hombre cavernícola. Hoy podía decir que recuperaba, o incluso volvía a su yo de hacía siete años atrás.

El Edward agradable, simpático, el Edward adolescente por el que perdió la cabeza. Edward de ojos claros y enormes, como faros que la regresarían de lo profundo del océano a la mitad de la tormenta, hasta la seguridad de la tierra firme.

Esa noche, Isabella había salido al porche de su casa con el cabello revuelto y los ojos preocupados. Ethan y Emmett (que ahora vivía junto a ellos) más un montón de dulces, solos y con la casa vacía, no era una buena combinación. Isabella había estado segura de que cuando regresara de su cita con él, los encontraría a la mitad del salón bailando en calzoncillos frente a una fogata improvisada.

Incluso, se sintió tentada a hablar con Jasper para que se les uniera, de no ser porque había cambiado su guardia con él para poder salir hoy.

"¡Que locura! Primero no quieres ni verlo, ahora hasta haces que Jasper tome turnos dobles con tal de escaparte un par de horas. ¡Te lo he dicho! Será como volver al pasado… eso es lo que menos queremos."

La voz de su cabeza inició su regaño. Pero, inmediatamente, la mandó a callar. Nada arruinaría su noche. No iba a permitirlo… necesitaba aclarar un par de cosas con Edward.

"¡Oh, cállate Dopp!"

A pesar de su intención de ser proactiva y esperar una noche cálida, se quedó en el frente de su casa, fingiendo revisar su bolso cuando el auto de Edward se estacionó al frente.

Era un carro brillante, un Jaguar FType. Isabella no sabía si tacharlo de presuntuoso, o sólo era una parte innata de él. A ella, le había dado un Volvo negro como regalo y tampoco sabía descifrarlo, ¿era un regalo para recordarle el tiempo que habían pasado juntos en un coche igual a ese, pero en plata? ¿Era porque… qué?

La Isabella práctica sabía que era una reverenda ridiculez desmenuzar a Edward cual tema científico. Hacía mucho, que las intenciones de Edward eran confusas y con más de un sentido. No era el jodido último teorema de Fermat.

Conocía su afición a los autos, pero Isabella no era una chica que conociera de motores. A penas podía juzgar a los carros por su origen, los expertos en eso eran Jasper y Aaron, que podían pasar horas enteras discutiendo. Sin embargo, ella era una chica que conocía de velocidad, todo lo que hiciera temblar su cabellera al viento era bien recibido, sin duda, el auto en azul oscuro le hacía temblar las manos por manejarlo y hacer que la llevara por la carretera.

Su cuerpo fue recorrido por un ligero temblor, que la llenaba por todas las esquinas de sí misma. Había tragado grueso cuando las largas piernas de Edward salieron del automóvil. Su respiración, de un modo infantil, se aceleró al verlo completamente fuera de su auto y desabrochando su saco que ajustaba un tonificado torso. Lo observó mientras se deslizaba la mano por el cabello prolijamente peinado hacia atrás. Bella apostaba a que había gastado todo un frasco de gel para lograr tal proeza, su cabello solía ser indomable… y hermoso, salvaje y demasiado sensual para su propia seguridad.

La montó en su automóvil y condujo al embarcadero. Fue una gran idea llevarla a un crucero por el Támesis. Isabella no comprendía la amabilidad de este hombre en época de crisis. Pero allí estaban ambos, subiendo a la cubierta y ocupando una mesa para dos.

La había llevado a bordo de una embarcación… con una muy buena banda sonora, tenía que admitir. La música del tipo que Charlie había amado en vida. Era la música que acompañaba sus tardes, mientras hacía la tarea. La música que su papá usaba para bailar con su madre. La música que la tranquilizaba y le hacía sonreír con añoranza, había sonado toda la noche. La comida era espectacular y, por demás, Edward se había encargado de que les sirvieran un vino blanco, que le ponía las mejillas un poco sonrosadas.

Las luces del lugar hacían parecer que aún se encontraban de día o que eran las últimas horas del crepúsculo. Bañaban el piso de madera y hacían que los decorados en verde, amarillo, rojo y naranja del barco, se hicieran más exóticos.

En combinación, la música y el alcohol, la hicieron relajarse. Ed, alimentó al monstruo de siete cabezas que crecía en el estómago de Bella, cada vez que solía saltarse alguna comida. Por todo ello, ella era… moldeable, dígase de ese modo.

No irritable, no gruñona, sarcástica, cruel, fría, indómita; sólo la Bella dulce, paciente (que era muy, muy difícil hacerla salir), adorable, tranquila.

Bateaux, el restaurante de Londres, les hizo confesar parte de su pasado. Ella hablaba poco, en realidad, sólo le contó sobre cómo terminó la escuela, qué tanto adoraba a Ethan y cuánto extrañaba a su familia. Le dijo sobre su trabajo y los amigos que había hecho. Le había contado sobre Jasper y sus aventuras fortuitas y divertidas. Incluso, le observó soltar un par de sonrisitas por sus relatos.

Pero la noche, la noche se la había llevado él.

.

Ed, la hacía reír a más no poder, varios clientes a su alrededor giraban curiosos de conocer a la dueña de una risa tan divertida y dulce. Le contó de sus viajes por el globo. Le dijo sobre lo mucho que disfrutaba de conocer personas nuevas, lugares nuevos. Le había mostrado al Edward aventurero que a Isabella le encantaba y creía totalmente extinto.

Ed, durante la cena, le mencionó lo mucho que pensó en ella durante su retiro. Eso a Bella le causó verdadera impresión. Mas si lo que él quería era que ella respondiera de la misma manera, que Bella le dijera cuánto lo había extrañado y que casi se murió por no tenerlo junto a ella, bueno… lo tranquilizante era que Edward estaba sentado, así no se cansaría de esperar esa declaración. Una que, ciertamente, ella no le daría.

Ed, sin tener una respuesta a su confesión, le siguió contando sobre su vida. Le enseñaba fotos en un teléfono de última tecnología y, mientras tanto, le narraba alguna anécdota sobre ellas. Isabella seguía asombrada por la cantidad de relatos y estaba tan optimista y preguntona que Edward le prometió mostrarle las imágenes que había hecho imprimir, las de su cámara profesional.

Tenía una en particular, que ella decidió robar mientras él se retiró un momento al sanitario.

En cuanto Edward había caminado un piso más abajo del barco, ella y sus manos temblorosas tomaron el teléfono, presionó la clave que Ed había hecho antes, buscó la foto y la envió a su correo. Se sentía como en una misión de James Bond.

No sabía qué carajo diría si su intento se quedaba en eso, un casi éxito. No sabía si él lo tomaría como gracioso o se molestaría por invadir su privacidad. Pero allí estaba, robando información y sonriendo culpable por hacerlo.

Era una foto simple, una foto de Ed saludado desde el mar mediterráneo, Grecia, con sus casitas pequeñas y blancas, que contrastaban con el sol de un vivo naranja y el mar… tan azul y tranquilo, que incluso podrías imaginar a tus pies descalzos tocándolo. Edward tenía una sonrisa sincera, podía verlo por la pequeña raya que se hacía en su labio inferior, una línea que a Bella le decía: despreocupación. Con sus pantaloncillos cortos y la playera suelta, sus ojos estaban cubiertos por unos Ray Band y saludaba con diversión y relajación, mientras cargaba su mochila a un hombro.

No sabía quién había tomado la foto, seguro un turista. Pero, esa foto le traía de vuelta al Edward que ella había conocido. Isabella deseaba haber estado allí, haber sido ella quién le tomara la fotografía, haber estado enfundada en un pantaloncillo y un sombrero. Le hubiese gustado regañarle por no usar bloqueador, hubiese disfrutado de descubrir las callecitas perdidas de la ciudad. Le hubiese encantado haber sido ella quién tomara una limonada helada mientras esperaban a que el tiempo pasara sin ninguna complicación.

En su cabeza tenía al doppelgänger haciendo muecas de disgusto. Se habían prometido no perder los sentidos por Edward hago mi voluntad Cullen. Dentro de ella, había una femme fatale, dispuesta a desgarrar la garganta de Edward, el resentimiento del pasado y, quizá, su añoranza perdida era la bandera ondeante de una causa por inicio perdida.

Bella disfrutaba de Edward, pero Bella-Doppelgänger la miraba furiosa por tonta y crédula.

Cuando Edward volvió a la mesa, ella había dejado el aparato en su posición de antes y se dedicaba a dar pequeños sorbos de vino. Traviesa, embustera… inofensiva. El Doppelgänger, tenía una sonrisa reprobatoria en su cabeza, pero Bella estaba algo eufórica de tenerlo de vuelta.

Ed, le regresó una pieza faltante que, para su sorpresa, ni siquiera se había detenido a reconocer como perdida.

—Hora de irnos, Bella —Edward susurró en su oído.

—¿Tan pronto? —Edward soltó una sonrisa esplendida.

—¿Te gustaría mirar más fotografías, vamos a mi casa? —Isabella no abrió la boca. No dijo sí, pero tampoco dijo no. Así que él siguió—. ¿O prefieres que te regrese a Chester?

"¿Ahora mismo?"

Isabella lo miró profundamente… decidiéndose. Sabía que debía volver, agradecer la salida y regresar a casa.

—Sí.

"Bella, ¡Jesús, tienes que volver!"

El Doppelgänger se enfureció. Sabía que una visita al departamento de Edward no sólo era de cortesía. Mucho menos, un miércoles a las casi once de la noche. No, eso no era nada social. Quizá carnal, pasional… incluso con fines anatómicos.

Él manejó en silencio todo ese tramo. Isabella tenía la piel con enormes centellas, cada segundo que pasaba sentía que podría lanzar rayos con sólo desearlo. No sabía si era por ansiosa o porque Edward enviaba ondas magnéticas con sólo respirar.

.


El número 257 de City Road. Era un edificio alto y elegante, con un color canela brillante debajo de las luces a su alrededor. Esa no era la primera vez que estaban juntos en el edificio. El apartamento de Edward.

Ed, tomó una pequeña casilla en el primer piso debajo de toda la estructura; que en el fondo fungía como estacionamiento de sus inquilinos. Había en total cinco pisos subterráneos, ellos estaban en el primero. Edward apagó el motor de su automóvil y tomó la mano de Isabella que aún se sostenía del asiento, le dio un ligero apretón y salió para ayudarla a ella.

—Vamos, te llevaré arriba.

Bella empezaba a volver de a poco a su antigua vida. Volvía al consorcio, volvía a Edward y su mundo de apariencia. Su cuerpo reaccionaba al ligero y cálido toque de él, era una respuesta que no podía siquiera controlar, llegaba y se instalaba con sólo su presencia, un pequeño toque, una palabra.

"¡Caray! No quiero ni pensar en después…"

Isabella sabía que aceptar su invitación a su apartamento no tendría nada casto de por medio. Sabía que apenas cruzaran la puerta, Edward la lanzaría a una pared, al piso, al sofá o lo que fuera que se dejara primero. Isabella conocía la fuerza que Edward dejaba descansar en su hambre de sexo.

Aún con todo ello, Isabella aceptó la mano que Edward le ofreció al abrir la portezuela, salieron del automóvil. Por cada paso que daba al elevador del fondo, un látigo hirviendo se enroscaba a su cuerpo.

"A este paso, para el piso veintiuno seré un carboncillo en llamas."

Escuchaba sus zapatos resonar y sentía en cada centímetro de su piel, la agonía de querer a Edward en ella. Afición a él y la necesidad después de un periodo de remisión.

—¿Estás seguro de querer hacer esto?

—Joder, Isabella, ¿te parece que soy una jodida damisela de la edad media a la cual están a punto de inducir a un mundo nuevo?

"Ya sé que no. Más bien, serías como el jodido Marqués de Sade."

—Antes, decías que yo… era un error —le susurró furtivamente, sin quererlo. Edward la escuchó perfectamente. Giró su cuerpo lentamente y la observó con sus ojos oscuros.

—Antes, tenía veinte años y era un jodido hormonal de mierda.

—¿Y ahora?

"¿Qué cambió?"

—Tengo casi treinta y te quiero coger tan duro que quedarás ronca, Bella.

—Promesas… puras promesas.

Isabella se tragó el orgullo, le sonrió engatusadoramente. Estar en el último piso de ese edificio, tenía un propósito.

El elevador abrió la puerta de metal. Su corazón comenzó a latir sin control. Y, los movimientos involuntarios de sus pies, eran más que notorios. No era como si nunca hubiese hecho esto, ¿por qué estaba tan nerviosa entonces?

Edward, un poco desesperado de que ella no avanzara, jaló de su mano dentro de su propia casa.

No había cambiado mucho desde aquella, fatídica, última vez. Aún conservaba los ventanales de techo a piso, con las cortinas de una tela transparente que dejaba pasar la imagen distorsionada del centro de una ciudad. Su ciudad.

Se esforzaría por no recordar el pasado, pero no podía prometerse nada. Edward encendía el botón de retroceso automático.

—Me gusta tu ropa… la sensación de tu piel debajo de ella. —Él colocó su mano debajo de la blusa de seda. Era la misma sensación en la palma que en el dorso. Sin embargo, la tibieza de la piel de ella encendía cada terminación nerviosa que tuviera.

Edward había tomado su cintura de manera violenta y recorría los pulgares en círculos.

—Sin preludio —exigió Isabella, decidida.

—¿Y después qué? ¿Saldrás por la puerta?

Ella negó fervientemente.

—Podríamos tener segunda ronda. —Le guiñó un ojo, mientras tiraba sus llaves y el móvil en el desayunador—. Luego tercera y así sucesivamente, hasta que tuviéramos que ir al trabajo o estemos tan deshidratados que tú tendrías que cuidar de ambos.

Edward los guió ciegamente hasta uno de los enormes sofás. No había encendido ninguna luz. Las cosas oscuras siempre eran más misteriosas, más excitantes.

—Habías dicho que tendríamos sexo. —La boca deliciosa de Isabella solía meterla en muchos problemas. Otras veces, tenía las respuestas mucho antes de que su cerebro lograra procesarlas. En ocasiones la odiaba, en otras, como esa, le encantaba que la metiera en problemas. Lidiaría con las consecuencias después. En ese momento sólo eran él y ella, como antes.

Ed, hizo que se sentara a horcajadas sobre él. Una posición íntima y encubierta. Tomó su cara con ambas manos e Isabella tuvo que morder sus labios antes de mojarlos con su propia lengua. Sentir la energía que ese hombre emanaba desde las piernas actuaba como relajante.

—Como extrañé tu cuerpo, Swan. —Edward enterró la nariz en su piel. Adoraba el olor que desprendía. La antelación y el nerviosismo jugaban a favor de él—. Te necesito, nena, ahora.

—Hazlo.

Provocada por él. Exhortada para él. Así trabajaba el sexo con Edward, llevarla a un estado de necesidad para nunca negarse a él.

Edward tomó los botones de la blusa y deshizo uno por uno. Ella, animada por él, su agitada respiración y la necesidad de sentir la sangre como fuego líquido, continuó besando sus labios ansiosos, hambrientos. Ella quería ir rápido, Edward haría que se desesperara por un par de besos dulces.

No quería los besos dulces. No quería una caricia en su piel. Quería sus labios profanos. La rudeza del reencuentro. Había cosas pendientes, ésa era una de ellas.

Inquieta se deshizo de sus zapatos y terminó por dejarse caer sobre el miembro excitado de él. Lo escuchó jadear y eso le hizo continuar con sus movimientos simulados.

—Joder, amo esto.

—¿Amas qué?

Dentro de ella, una risa traviesa quedaba atrapada en su pecho. Podía escuchar y sentir las vibraciones sobre cada espacio. Edward tomó su cintura y la obligó a ir más lento. Isabella bufó sobre los labios entreabiertos de él.

—Te amo a ti. —Ed, clavó los dientes sobre su hombro desnudo. De no ser por la adrenalina eso hubiese dolido.

Edward siguió besándola pero dentro de ella el botón se había apagado. Isabella se congeló, el infierno congelándose. Dejó de mover su cadera contra el cuerpo de Edward. Él no lo notó, ni siquiera cuando los labios de ella dejaron de besarlo.

««Te amo… te amo, nena. No lo olvides, Swan.»»

Las mismas palabras de hacía siete años. Las palabras antes de la devastación. Sólo humo y mentiras.

Podía sentir la excitación de él, en cambio, dentro de ella el pasado se arremolinaba hasta bajarla de la nube a la que había trepado. El aire se consumió y dejó de respirar por unos segundos.

—Para. —Su voz era un susurro desesperado.

—Te deseo, Isabella. Amo todo de ti, tu piel, tu cadera, tu coño.

«Te amo, Bella Swan.»

Las mismas palabras que Aaron, constantemente le pronunciaba al oído antes de entrar en ella.

—¡Para! No puedo…

Bella se empujó de su cuerpo como si fuese jalada por un resorte invisible. La intimidad y pasión que se había dedicado a hacer perdurar se evaporaron.

La negación era un enorme problema para ese hombre. Negarle su cuerpo era algo mucho más complejo. Era negarle su vida, su tiempo. Negar su espacio y lo poco o mucho que quedara de su corazón. A Edward Cullen le estaban negando el mundo.

—Para, ¿no me has oído?

—Shhh. —Acarició su cabello dulcemente desde la distancia—. No tienes que hacer nada, Swan.

Bella se refugió a un par de metros de él. Aún conservaba su ropa, pero del sentimiento de bienestar no quedaba más. Sólo ella y el conocimiento de saber que lo que hacía estaba en un punto diametralmente opuesto de donde quería llegar él.

—No hagas nada… hoy no.

Edward dejó caer su cabeza sobre el respaldo del sofá.

Ninguna defensa la apartaría de él. Por algún tipo de reacción él llegaba al fondo, le destruía todos los muros y, en el proceso, un poco de ella también salía dañado.

Ed se acercó lentamente a ella. Tomó un mechón de su cabello y lo acomodó detrás de su oreja. Un movimiento dulce que no concordaba con la situación real. Tiró de su cuerpo como si se tratase de un saco de plumas.

Lentamente, cual cazador, se aproximó a ella y dejó caer su cabeza en el espacio entre su hombro y su cuello. Isabella sentía su risa contra la piel. No tenía ni un folículo piloso en esa zona, pero de haberlo tenido se hubiese erizado como el resto de su piel. El suave aliento de Edward tenía ese efecto, como si cada uno de sus poros fuese una cobra real, hechizada bajo la música de una flauta, bailando para el que la hubiese hipnotizado.

Por su parte, Edward tenía el más severo caso de bolas azules de la historia de su vida. ¡Joder! Ella le había prometido su cuerpo… no podía dejarlo así. La odiaba un poco por ello, pero teniendo en cuenta que aún cuando los modales de su madre estuvieran enterrados en el fondo de su cabeza… existía un resquicio de ellos.

Ella tomó las manos que él aún mantenía entre su cadera y sus piernas. Las retiró con sumo cuidado, quemándose con cada milímetro que las apartaba de su propio cuerpo. Edward la miró directamente a los ojos, sólo para asegurarse que lo que ella hacía era realmente cierto y no el juego que él quería que fuese.

—¿Sabes qué en este momento podría besarte y hacer que digas que sí?

—Y sólo lograrías que mañana te odiara un poco más. —Isabella se apartó de nuevo sin poder hacerlo por completo. Quemaba tenerlo tan cerca, su cabeza era una jodida sopa de letras y su ánimo había caído al piso—. No lo hagas, Ed… no hagas que te desprecie por algo con lo que siempre hemos congeniado.

Él se alejó de su cuerpo, dejándola tensa y avergonzada en el sofá de su departamento. Se alejó de ella lo más que pudo, interponiendo todas las moléculas de aire, los muebles y las excusas que podía establecer. De no ser de ese modo, dudaba poder alejarse de ella.

La mujer era extraña. En realidad, todas las mujeres eran extrañas. Pero Isabella era una maldita tómbola impredecible.

—Te llevaré a casa —le anunció con la voz molesta. Y los ojos desesperados.

—No. —Isabella dejó que él se levantara de su cuerpo y añadió decidida—. No quiero que lo hagas.

—No seas inmadura. Son casi las dos de la mañana… de ningún modo saldrás de este edificio sola.

Bella suspiró, sabiendo que no podía decir no. No lo quería cerca de ella, por lo menos no por el tiempo en que lograba deshacer el nudo de su cabeza. Un nudo que no sabía por dónde empezar a jalar. Si por la parte de un Aaron, más cerca de lo que creía; por él, Edward, y sus deseos irreprimibles, o bien ella y el pantano que representaban sus decisiones.

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Se sentía volver al sexo ocasional. Pero esta vez sin ningún tipo de recompensa. Por lo general, después de obtener el simple, llano y humano placer las personas recogían sus pertenencias y salían por la puerta delantera, de la misma manera en que llegaban, sin ninguna importancia.

Esta vez, Isabella salió por la puerta delantera pero con las ganas de saltar por la ventana. Su intento de mantener de nuevo una mediana relación se había quedado en un fugaz boceto y un horrible desastre.

Edward caminaba delante de ella dando unas enormes zancadas. Se dirigió al elevador y casi apuñaló al botón para llamarlo. Bella se sentía más allá de la incomodidad, era una completa niñería negarse a tener sexo.

El sexo era sólo eso. Cúpula sin sentimientos. Follar por placer. Salvaje, brusco, caliente.

No estaban para noches rosas enroscados en el calor que desprendiera el cuerpo del otro. Bella no quería hacer el amor, no podrían cuando no había tal sentimiento. Bella no quería escuchar sus palabras y mentiras, no quería saberse amada, en ningún momento deseó que él retomara eso para ella. Sólo complicaba las cosas, el amor complicaba todo.

Y, por otra parte, había aprendido a creer el cincuenta por ciento de lo que Edward le decía. Así que muy probablemente su amor desmedido se podía reducir a un simple cariño y algo de deseo.

Cuando el bendito elevador decidió abrir sus puertas para ambos, estaba más que dispuesta a bajar por las escaleras de emergencia, aún cuando fueran casi treinta pisos a pie. Sin duda sería menos incómodo que permanecer a merced de los comentarios mudos y reproches no dichos.

—Sube o se hará más tarde.

—Deja de gritarme, Cullen. Porque entre gritos… te puedo asegurar que despertaría a todo el vecindario

"¡Caray, que te gusta la pelea! ¿Por qué tenías que vivir en un pent-house? Esto hubiese sido mucho más fácil si estuviéramos en el primer piso."

Apenas llegaron al piso subterráneo, él salió disparado fuera de la caja de metal, como si el aire dentro le hiciese explotar los pulmones. Isabella sabía que no era para nada cómodo. Pero, si pensaba en llevarla a su casa, al menos debería tratar de respirar el mismo aire que ella. Mucho peor, si pensaba en seguir con el disparate de una estrafalaria relación de mentira, tendría que aprender a que ella no era siempre complaciente.

Hacía muchos errores atrás, esto no hubiese sido tan difícil. Si dieran un paso atrás las cosas se disolverían en el olvido. Como una pelea entre tu mejor amigo y tú, al final sólo pasaría y te olvidarías de ella.

Pero ésa, ésa sería la tercera gran guerra entre Isabella y Edward.

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Cullen vs Swan

Edward manejó en silencio los treinta minutos entre su apartamento y la casa de Isabella. Ella ignoró las ondas de frío polar que desprendía el piloto del automóvil.

Edward podía ser el hombre más lindo del mundo, podía incluso enamorar con una tarde a su lado. Él, que conocía todas las artimañas en contra del pobre e indefenso corazón de las mujeres, podía embrujar y tejer un fino hechizo a un lado.

Y, al mismo tiempo, Edward podía ser un cabrón, mandón y egoísta. Tomaría lo que se le antojara de las personas y se iría después. Isabella no quería eso, ese hombre ya había tomado suficiente, no le permitiría ni un sólo detalle más.

Edward sudaría sangre antes de obtenerlo y aún después de ello. Si lo lograba, Isabella recurriría a algunos de sus ases bajo la manga. Tres armas mortales que sabía le herirían de manera funesta.

Edward la había lastimado, la había dejado en el fondo, pero sin duda alguna ella podría hacer lo mismo. Tenía la misma capacidad de romperlo. La diferencia radicaba en que, Isabella tenía aún un resquicio de conciencia que le suplicaba no hacerlo. Una pequeña voz que le recordaba el daño que ya había hecho y que un acto tan deliberado sólo la dañaría a ella, se arrepentiría y sería infeliz por su propia mano.

El automóvil se detuvo en la enorme calle. Las farolas desprendían una luz anaranjada que volvían su piel del color del atardecer. Tomó el bolso sobre sus piernas dispuesta a descender del vehículo. No quería decirle lo bien que se había sentido en el restaurant.

Tomó un enorme suspiro y observó las manos de Edward aún en el volante, apretándolo con una fuerza descomunal, haciendo que sus nudillos se volvieran transparentes.

Isabella abrió los labios para decir adiós pero nada salió de ellos. Segura de no poder emitir el mínimo sonido, suspiró y se dispuso a salir de allí. Tomó la manija de la puerta y tiró de ella.

Nada sucedió.

Sorprendida, intentó de nuevo con el mismo resultado.

"¡Jesús! Eres terrible… ni huir me dejarás."

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—Dime la verdad, Isabella. —Escuchó de nuevo su voz, clara y tranquila. Edward sacó el último corte de paciencia para poder formular su pregunta—. De todo lo que has hecho, ¿qué es lo peor? ¿De las cosas osadas que haces, qué ha sido de lo que no te arrepientes?

"Lo más atrevido, ¿de verdad?"

Isabella tenía la respuesta. Ni siquiera tenía que pensarla… la tenía en la punta de la lengua antes de que la pregunta fuera formulada.

"Amarte."

—Amarte ha sido lo más atrevido. —Era la verdad. La respuesta de su cabeza era automática, no tenía ni siquiera que sobre pensarla. El pensamiento corría hasta su lengua furioso por salir.

—¿Es en serio? —la cortó él—. Isabella, dime la verdad.

—¿Qué esperas que te diga? —Su voz subió una cuarta y se volvió aguda. Empezó a gritar sin quererlo y descargó parte de su enojo sobre él—. ¿Qué me lanzo al fuego, sólo para sentir que mi cuerpo no está hecho de hielo? ¿Quieres que te diga que beso a los muchachos equivocados, sólo para probar que tú eras el indicado? ¿Quieres que te diga que salto al mar y que corro motocicletas a alta velocidad? Escalar riscos, sortear ríos y tentar a las arañas... nada es tan riesgoso como amarte, Edward.

La cabeza de Isabella seguía lanzando la respuesta, pero la siguiente parte no era algo que debiese llegar a los oídos de Edward… a los de nadie en realidad. Era la parte oscura, la que debía ocultar por temor y una cuota de vergüenza.

"El tiempo con James, saber de la ilegalidad de sus actos. Saber que por cada segundo que yo pasaba a su lado era como poner un foco rojo sobre mi cabeza señalándole a la muerte adónde apuntar. ¿Era eso lo suficientemente atrevido?"

Edward negó con la cabeza y golpeó el tablero del automóvil. Ella, sin embargo, no se detuvo ni un momento. Siguió vomitando las palabras.

—¿Quieres que te diga que lo más atrevido ha sido estar a la mitad de una sala de urgencias, batallando contra todo? ¿Quieres saber lo mucho que duele batirte a duelo contra ti misma, lo valiente que es reconstruirte desde las cenizas?

Edward se había quedado pasmado por su última respuesta. La fuerza con que lo confesaba y lo que reflejaba; su postura lo mantuvo a raya. Ed no se atrevió a abrir la boca durante el tiempo que Isabella seguía explicando su punto. No podría, era fantástica y reveladora, la parte faltante a muchas de sus preguntas.

—No sé qué consideras valentía, Edward. ¿Atrevimiento… bravura? —Isabella tomó una enorme bocanada de aire helado. Eso tranquilizó su hirviente esencia para poder seguir, sin la ironía presente—. Para mí… para mí ha sido amarte, amarte me ha llenado de incertidumbre, de aventura, de adrenalina, de dolor... físico y mental. Pero creo que todo eso va en el paquete, ¿o no, Ed?

Edward la veía exaltada e insultada. Ahí estaba ella, igual que toda su vida. Recibía los golpes y pareciera que le agradaba hacerlo. Isabella se comportaba como un toro de lidia, corría para recibir el dolor. James le enseñó a convertirlo en energía. Mientras más dolor tenía, mayor era la tenacidad que ponía en superar un reto.

Edward, en cambio, hubiese preferido verla en un lugar seguro. Uno donde no sintiera ninguna aflicción.

—Si caminaras por el infierno… —Edward se giró a ella y tomó su cuello entre las manos. La detuvo y miró directamente a las pupilas ciegas de ella. No tenía luz para verlas, pero sabía que estarían brillantes y encantadoras—. O, si lo hicieras en el cielo… yo te seguiría allí. Soy tu escudo, Bella. Si estás conmigo, te lo juro, nena, nada te toca.

"¡Lo hago! Todo el maldito tiempo.", se gritó Isabella, en silencio. Arrancó su cuerpo de las manos de Edward y esperó a calmar el clamor de su voz para poder seguir.

No te burles, quieres… no lo soporto.

Ed esbozó una ínfima sonrisa, más de frustración que de burla. Él acababa de responder a su pregunta. Edward le acababa de decir lo mucho que la quería y a ella sólo se le ocurría que él osaba reírse de su explicación.

Isabella cubrió su rostro con ambas manos, incapaz de ver los ojos claros de Edward. Tenían fuego, pero el fuego era renacer, significaba que si ella decidía pasar a través de ellos se quemaría y esa sería una forma de exponer lo que hubiese dentro de ella. Lo real y no lo que mostraba al mundo.

Tendría que soportar ver el alma monstruosa de Bella, tendría que admitir sus fallas y tendría que soportar la mirada inquisitiva. Pasaría debajo de un juzgado que la examinaría hasta la mínima grieta, se tomaría su tiempo en hacerlo hasta encontrar una fisura, un hilo del cual jalar para derrumbar todo.

Tendría que soportar al Doppelgänger y sus instintos suicidas. El pasado oscuro y las malas intenciones. Tendría también que tener en cuenta el factor muerte y el inesperado sentido de revancha del destino en contra de ella.

—No lo hago. —Edward usó su voz dulce. Como si quisiera convencerla de sus palabras—. Sólo tengo curiosidad por saber qué hiciste después. ¿Qué harías ahora?

—No me detuve a saber nada... sólo corrí, como suelo hacer. —Isabella se encogió de hombros antes de ocultar su cara detrás de la pequeña cortina de cabello que caía sobre sus hombros.

Edward hizo que dejara su postura encorvada y le mirara directamente a los ojos. Le apartó el cabello de la cara y entonó de forma serena y decidida.

—No eres una cobarde.

Isabella decidió ignorar la última afirmación. Edward pensaba en una fe sin bases, sin pruebas que la sustentaran.

"¿Cobarde? Bueno, hay mil maneras de ser cobarde, hay mil excusas para ello también."

—Todo el tiempo fue de esa manera… yo tenía veinte años era el momento para que me perdiera en la ciudad. Era el punto en que yo debía estar besando a un muchacho debajo de la lluvia. En lugar de eso estaba a la mitad de la sala de urgencias. Viendo morir personas. Perdida y sin motivo para seguir. Amarte me deja entre la expectación y el extravío.

Ed se acercó a ella. Quería abrazarla, besarla. Quería volver a sentirla suya, tan suya como si fuera una parte de su propio cuerpo. Pero si Edward daba un paso hacia ella, sería el mismo que Isabella daría lejos de él. Sabiendo de antemano su reacción, imprimió más fuerza sobre ella, acercándola a su cuerpo.

—No huyas de mí.

Ed rozó sus labios contra los de ella. Explorando y tanteando el terreno. No le daría un beso demoledor, cuando ella no le permitía siquiera acercarse a veinte metros. No la haría suya esa noche, no cuando Isabella se sintiera perdida. La quería para él y no aceptaría que su mente vagara lejos.

El tornado de emociones que se desataban con sólo sentir la seda de los labios de ambos se concentraba en su vientre. Sus manos picaban y su cuerpo gritaba por ser tocado. Edward empujó su lengua contra la de ella, ni siquiera en sus momentos románticos dejaría atrás la costumbre de intentar dominar un huracán.

Cuando Isabella sintió el ligero temblor y el mareo por la falta de oxígeno, se separó de él.

—¿Qué es lo que quieres? —le preguntó agotada.

—¿Qué quieres tú, Isabella? Dilo y lo tendrás —Edward susurró su nombre como una caricia. No soltó su cara ni por un segundo y siguió besando sus labios, sus ojos, su nariz—. ¿Qué puedo hacer para ayudarte?

—Déjame en paz. —Una voz suplicante salió de entre sus labios. Él se alejó un poco de ella y buscó sus ojos entre la oscuridad—. Deja de seguirme y cambia de plan. Eso puedes hacer. No me hagas hacerlo, yo no quiero pasar el resto de mi vida unida a ti… no puedo.

—No. No huyas. No de mí.

—Lo siento —se disculpó con la voz entrecortada. Un poco más tranquila de no guardarla dentro de sí misma. Era la verdad—. Es todo lo que aceptaré, lo único que puedes hacer para mí.

Y de nuevo, allí estaba el frío corriendo desde él.

Edward soltó su cuerpo y se deslizó lo más lejos que pudo de ella. Isabella le escuchó los dientes rechinar junto a una maldición que escapó de sus labios. Bella sabía que no le agradaría, mas era necesario decir la verdad.

Ella no lo amaba, no más.

El sentimiento para Edward era único, no podía siquiera ponerle nombre. Pero ¿amor? Amor, no era. Quizá una mezcla extraña entre el anhelo, el deseo, odio, furia y un poco de cariño y ternura. Todo entremezclado, sin un inicio ni un fin.

—Pues, entonces, tendrás que aceptarlo, Swan. —Ed dejó de mirarla y se concentró en el fondo de Chester Sq. Apretó las manos y le reveló sus intenciones—. Ahora haz firmado un contrato conmigo. Debes cumplirlo o las acciones quedarán a mi nombre. Lo perderás todo.

Isabella lo observó impávida.

"¿Qué… qué acabas de decir?"

Sus manos empezaron a temblar y los pies quemaban por una explicación. No se atrevería, ¿verdad? Jugarle sucio y robar la propiedad de Ethan y Emmett.

No era necesario todo el circo para ello. Invitarla a cenar, tratar de intimar con ella. No era necesario ser agradable. Le haría sentir usada y chantajeada. Un premio por un robo.

—Es una de las cláusulas de penalización —Edward le explicó, de manera monótona. Como si fuese el clima y eso hacía que dentro de ella un grito de guerra se desatara—. Si este matrimonio no se lleva a cabo y se concreta, tus acciones pasan a ser mías.

—Eres un malnacido, Edward Cullen. —Bella negaba con fuerza, totalmente anonada de sus acciones. Tomó fuerza y le gritó—: ¿Cómo pudiste? ¿Qué no me escuchas? Te he dicho que no eran mías esas acciones. Acabas de hacer que cometa un crimen. ¡Imbécil!

—Tiempos desesperados, medidas desesperadas —le contestó, casi sonriente.

—Abre la puta puerta en este instante, antes de que decida cometer otro y arrancarte la cabeza.

Él tomo la manija y salió fácilmente. Isabella aferró su bolsa y su abrigo. El cabrón imbécil no había abierto los seguros, en realidad, su puerta era la única con seguro.

Edward rodeó su Jaguar y le abrió la puerta.

Sin detenerse a nada, Isabella desdeñó sus actos y salió por la puerta indignada, dolida y furiosa consigo misma.

.


.

Decir que corrió a refugiarse dentro de su propia casa era poco. Edward la había seguido hasta la entrada, pero ella, ella que domaba los nervios desde hacía años, tomó las llaves tranquilamente. Sin siquiera temblar por la ira que exudaba por cada terminación. Abrió la puerta, se deslizó dentro y se la cerró en la nariz.

—Joder… joder.

"Eres un… ni siquiera tengo una palabra lo suficientemente buena cómo para expresar lo mucho que te odio en este preciso instante."

Recargó la cabeza en el vitral de la puerta de madera. Al otro lado del vidrio otra cabellera de color cobre se detenía contra la misma estructura.

La rabia corría desde las plantas de los pies. Su cuerpo temblaba, las pequeñas sacudidas de sus manos iban en aumento. Quería golpear algo, destruir algo. Vaciar sobre alguien su decepción.

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Miedo a la muerte

Miedo a morir.

Miedo al dolor.

Absolutamente cada individuo tenía miedo de algo. Miedo a la oscuridad, miedo a los truenos, miedo a lo que no conocemos.

Si tuviera que confesar qué le asustaba hasta calar sus huesos. La respuesta sería: amor.

Miedo a amar. Miedo a ser amado. Miedo a no merecer amar. Pavor de enamorarse.

Isabella Swan. Una carrera exitosa. Un hermoso cuerpo por el que se llamaba malditamente vanidosa. Astuta. Idiotamente enamorada.

Amar y ser débil.

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Aborrecía el sentimiento en ese momento. De no ser por el maldito, no estaría atrapada a la mitad de una masacre. De no ser por el amor a las personas, ella no hubiese aceptado nada. ¡Qué se jodan! Ella tenía una vida absolutamente agradable, cómo para joderla por culpa de él.

Lo detestaba.

Cada punto, cada día. Edward tenía la asombrosa capacidad de sumarle puntos a su odio contra él.

Dañada, desmoralizada.

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Uno a uno

—Maldición.

Se quejó, mientras aporreaba el teléfono con su enorme dedo índice al iniciar la llamada a su secretaria.

—Sahara, necesito los putos contratos en mi escritorio. No puedo hablar con el ministro de Japón si no tengo el puto contrato en la mano. ¡¿Qué coño crees, que me sé de memoria cada puta cláusula?!

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Desde hacía días, Edward Cullen, se encontraba más irritado de lo normal. Se había sentido totalmente mal confesarle la verdad a ella. Bella no era una chica para mentir, ni siquiera quería afirmar sus pocos escrúpulos.

Decirle la verdad era lo único que podía hacer en ese momento para pagar lo mucho que le debía.

Swan y su habilidad para exaltarlo le habían ganado la partida.

La ira, que se anidaba dentro de su abdomen le habían expulsado todas las ideas tal cual vómito. Las cláusulas de penalización sólo habían sido un engaño del abogado de la empresa. J. Jenks había sugerido la posibilidad, no sonaba desagradable en los labios de ese hombre, pero en sus labios, decir la verdad gracias a su boca había sido francamente desastroso.

No se había detenido a pensar en lo horrible y poco correcto que había sido. Era natural la respuesta de Bella a su confesión.

Edward se puso alerta cuando Sahara entró, con su cabellera rubia meciéndose tras su espalda. Le dio una sonrisa de disculpa y dejó los folders que cargaba sobre su pecho, como si fuesen un chaleco antibalas.

—Señor, Aaron está fuera de la oficina. ¿Lo hago pasar? —Edward agradeció la voz calmada de ella, de otro modo y con toda la maraña de su cabeza le hubiese gritado hasta que se largara de su oficina—. Aquí están los contratos, siento no haberlos traído antes.

—Está bien, Sahara, no ha sido tu culpa. —Edward bajó la mirada, avergonzado de tirar de todo a su alrededor para desquitar sus propios actos—. Dile que pase, por favor, y la teleconferencia con Japón… aplázala para esta tarde, ¿quieres?

—Por supuesto, Sr. Cullen.

Edward tomó los contratos y los guardó dentro del primer cajón de su escritorio. Aún cuando no quisiese, en ese mismo cajón tenía el otro gran contrato, el que Isabella había firmado sin siquiera leerlo, uno donde había depositado una fe ciega sobre él. Era una pésima persona, ella le había dado una mano y él había tomado todo el brazo.

Se prometió hablar con ella y cambiar la cláusula de ese contrato. Lo anularía y haría a J. Jenks armar uno nuevo.

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—Vaya, Cullen, ¿hoy te despertaste de mal humor?

Ese era Aaron, el agente Aaron Hase, encargado del MI5 dentro de S&C. El tono irónico no era innato, lo había aprendido y perfeccionado al lado de Isabella, un secreto que Edward no conocía.

Para él, Aaron Hase era su empleado. Todo el mundo conocía al jefe de seguridad de la torre. Pero, nadie conocía la verdad atrás de él. Edward sabía que era un oficial dentro de una de las agencias de espionaje con mayor poder. Edward, sin embargo, no conocía toda la historia de ese hombre. No le interesaba en lo más mínimo. Un grave error.

Aaron disfrutaba la situación. Aún mantenía ese secreto, guardado para él y para ella. Ese era el plan. Mantener el trasero suculento de Isabella lo más seguro que pudiera. A ninguno le convenía revelar su verdadera posición.

El ajedrez era un juego de estrategia. Un juego de poder y por mucho, uno donde el que tenga la mejor maniobra sería el ganador. A Aaron le gustaban mucho más los juegos dónde pudiera asegurar el premio. Él jugaba para ganar, no perdería su tiempo en intentar conseguir la victoria. Él la aseguraba con todas las armas que tuviera a su alcance.

Había obligado al Sr. Cullen a mover la primera pieza. Todo había caído justo en el lugar perfecto, para hacer de su decisión, una sin posibilidad a cambio.

Aaron no se había sentido acorralado por nada en esta vida. Aaron era de las pocas personas que pudiesen llamarse libres y, ese último trabajo para el MI5 era el pase a su libertad total.

A pesar de ello, coexistían pequeños detalles que podrían mover al mundo. Insignificantes objetos, un par de frases. Una chica, quizá su amor y sus ojos perdidos. Un huracán o una suave brisa.

Edward pensando en su perfecto performance, premeditó el telón que debía abrir hacia Victoria, el telón que le daría el control de S&C y la fuerza suficiente para deshacerse de Aaron y su mente de sabueso. Edward Cullen con una simple imagen le había tirado el juego a Aaron. Edward, aún sin conocer el rival sobre su cabeza, le había dado el primer golpe y con sólo el movimiento de un peón.

—¿Necesitas algo? —le preguntó con su voz de mando. La voz del jefe de una torre—. Porque si no es de esa manera, te voy a pedir que salgas de esta oficina. Tengo mucho trabajo.

Durante su entrenamiento para la agencia, los marinos tenían un pequeño ejercicio. Sutil e, incluso, demasiado sencillo de ejecutar. Consistía en sostener una enorme cuerda sobre su cabeza. Una de esas con las que amarraban a los grandes buques a sus embarques. Cuerdas gigantes y tan gruesas como sus dos piernas juntas.

En un inicio la sostuvo sin ningún problema. Sus músculos fuertes y jóvenes podrían soportar aquello y más. Pero después de las primeras dos horas, sostener las manos sobre la cabeza comenzaba a parecer ilógico y cansado. Aaron se había preguntado cuánto tiempo los tendrían de esa manera, se preguntó, ¿cuál era el jodido punto?

Sostenerse en pie frente al escritorio de granito del Sr. Cullen habría resultado igual de duro. Aaron nunca había pensado que observar la risa de Isabella en los brazos de otro hombre sería mucho más rudo que sólo aceptar el hecho e imaginarlo.

Sobre la esquina derecha del escritorio una foto de Isabella feliz, reposaba adrede. Edward también reía con ella, como si la hubiese mecido entre sus brazos. En la foto, ella tenía el cabello más largo, las ojeras de sus ojos no eran constantes y algo le decía que aquella sonrisa en su rostro no era fingida.

Aaron se obligó a permanecer como aquellos años. Inmutable, bajo el enorme peso que ponderaba sobre sí mismo. Donde sus brazos era lo único que se interponían entre ser aplastado y salir triunfante.

—Sé lo que hiciste. —Las palabras salieron sin premeditarlo. Vómito verbal, desde el fondo del pozo.

—Y según tú… —Edward alzó la mirada y la clavó en los orbes fríos de Hase—. ¿Qué he hecho?

La mente de Hase trabajaba al quíntuple de la velocidad normal. Rebuscó sobre qué debía hacer. Declarar la guerra abiertamente, sortear un camino y atacarlo por la espalda o alzar la bandera de derrota. Los celos eran, en realidad, un arma muy efectiva para las tres opciones.

Aaron había planeado mantener su protección en silencio. Había deseado que Isabella llegara a él en el momento adecuado. A Aaron le hubiese gustado contar la historia desde el punto de vista neutro.

Ahora, acorralaría a Swan como un ratón. Sin importarle nada más que obtener su apoyo y comprensión. Sabía que esa mujer no había dicho nada de su vida pasada. Al menos esa parte estaba intacta, su secreto, su mundo, el cariño que les unía.

Sin embargo, Aaron no señalaría nada en contra de Bella. Haría que Edward cayera en un estado de desesperación tal que, le hiciera buscar el inicio de Bella. Haría que Edward Cullen sospechara de Isabella, haría que Edward arruinara su espacio con ella.

Bella era su chica. De no haber sido por esa estúpida misión, Aaron e Isabella estarían felices y juntos. O al menos eso era lo que la mente de Aaron gritaba dentro de sí.

Tenía que planearlo con toda calma. Frío y sereno. Debía salir a la perfección si quería tener a Isabella sana y de regreso. El matrimonio con Edward Cullen era una farsa, así como todo y, en algún momento, el juego acabaría.

Él conocía su pasado. Aaron era el que tenía todo un arsenal resguardado. Sólo hacía falta una chispa que prendiera fuego a todo. Cullen era ese destello, una partícula para incendiar al mundo.

—Encontré a tu prometida el otro día. Una chica muy linda. —Aaron se obligó a caminar hasta las sillas frente a Edward. Le sonrió descaradamente y esperó a que sus actos surtieran efectos.

En un principio, Ed se había mantenido sereno, pero ver a Aaron tomar la foto de su escritorio y acariciar la imagen como si fuese ella. Teniendo el descaro de usar sus sucios dedos para tocarla a ella. Le susurró, mortífero y colosal:

—Mantente lejos. Isabella es bandera blanca, ella no tiene que estar metida en todo esto.

Aaron y sus ojos descargaron en Edward un piquete de curiosidad. Ed lo observó sonreír ligeramente. El tiempo que había pasado, le enseñó a interpretar los pocos gestos que ese hombre solía tener. Sabía que era una burla.

Hase dejó la fotografía de nuevo en su lugar. Automáticamente, Edward la tomó entre sus manos, el niño dentro de él quería limpiarla y guardarla celosamente dentro de su escritorio. Era su foto preferida. Ahora, tenerla sobre el escritorio había dejado de ser una farsa, tenerla a ella sobre el escritorio era lo único que debió estar allí.

—Es sólo un negocio —le recordó mordaz.

Edward no sabía si se refería al hecho de que el MI5 estaba allí o a alguna otra cosa. Pero, dentro de él había algo que le decía que ese hombre conocía cada resquicio de la verdad. Algo, dentro de él, le hacía intuir que Aaron Hase era y sabía mucho más allá de lo que el propio Edward estaba al tanto.

—Quedamos en algo. Yo arreglo el puto problema de Alexander y tú haces tu maldito trabajo sin meter tu horrorosa nariz.

El entrecejo de Aaron se hundió inocentemente.

—Sólo vengo a traer las reformas a tu sistema de seguridad. —Él le extendió una hoja membretada, una de esas hojas que sólo firmaba para hacer constar que aprobaba algo.

Hase entornó una sonrisa casi sincera. Prometiéndose ganar la partida de su vida, así pusiera en juego su pase al MI6, la seguridad de un país… o el mundo entero. A Edward esa sonrisa le decía estar de acuerdo en alejarse de Isabella, de una manera absurda y muy idiota le agradeció un gesto que no existía.

—Supongo que gracias, entonces. —Aun cuando retribuiría el que se mantuviera alejado, Edward continuaría con sus averiguaciones.

Aaron rió de manera críptica, sabiendo perfectamente la mecha que acababa de encender dentro de Edward Cullen. Sólo por si acaso, sólo para estar seguro de que la semilla de celos que plantaba en su cabeza, anidaría y daría frutos, le añadió coquetamente.

—Saluda a Bella de mi parte.

¿Cómo había conocido a Isabella?, se preguntó enseguida. ¿Por qué carajo le decía Bella a Swan? Ella no podía hacer que todo el jodido mundo le dijera Bella. Bella era personal, era suya y de sus amigos. Nadie, además de ellos, la llamaba de esa manera, ¿cierto?

—¿Qué quieres con ella?

Las alarmas comenzarían a sonar. La contingencia en su punto inicial. Sólo se necesitaba de un ligero impulso para que todo volara y se estrellara en contra de sí mismo. Sólo un pequeño soplo para incendiarlo todo.

—Nada. —Aaron era bueno con los pequeños detalles—. Sólo dile que la extraño. Que espero que acepte salir conmigo un día de estos y que…

—¿Eres un idiota o es natural en ti? —Edward lo interrumpió confundido—. ¿Te das cuenta qué estás hablando de mi prometida?

—En realidad, Sr. Cullen, ambos sabemos que ella no es su prometida. —Edward se levantó de su cómoda silla. Arrugó los puños y el lápiz entre sus manos estuvo a punto de ser asesinado bajo el monstruo verde dentro de él. Hase sintiéndose victorioso cambió su tono de voz—. Yo sé quién es ella, tú no sabes quién soy yo. Buenos días, Edward.

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Edward se quedó estático, sobre sus dos pies. Mirando como ese hombre salía de su oficina con un galante paso y la seguridad tras la espalda.

La maquinaria de su cerebro inició un mecanismo sin parada.

¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿Cómo la conoces, te conoce ella a ti?

Los segundos comenzaron a pasar debajo del reloj. Aún preguntándose sobre quién era ese hombre en la vida de ella, abandonó su agenda. Botó a la oficina, canceló la conferencia con el ministro de energía de Japón. Sahara apenas había podido alcanzarlo en el elevador privado.

—Señor —respiró agitada—. No… no puede irse. Tenemos la reunión con su padre y el señor Black.

—Cancélala.

—Señor, la conferencia con el Ministro no se efectuará…

—No me interesa, Sahara. Ese hombre estará quebrado si no importamos el uranio. Cancélalo. —Observar los ojos negros de Edward era experiencia para ponerse a temblar sobre las rodillas—. Cancela todo por este día. No me importa si el mundo se acaba, no me molestes.

Confundida y atemorizada Sahara lo observó correr al Mercedes negro. Se extrañó de verlo batallar con sus propias llaves y su auto preferido. Estaba segura que entre todo su revuelo le habría causado un rayón o dos, pero parecía que no importaba.

—¡¿Qué carajo?! —Sahara cubrió su boca en un reflejo y se sonrojó de sus malas palabras. Ella era una chica linda y cada vez que el Sr. Cullen soltaba una palabrota el color de la cereza se instalaba en sus mejillas por mucho tiempo. Al parecer, después del tiempo compartido… las malas palabras también eran contagiosas.

.


En un hospital había pequeñas tarjetas de pase al Olimpo. Podías enseñarlas y te dejarían pasar a cualquier lugar que decidieras. No más filas para una jodida entrevista personal con el oficial de seguridad.

Edward había viajado por aeropuertos de todo el maldito globo y en cada uno de ellos hacía la revisión normal. Pasaba la aduana, el aparato detector de metales, la azafata, el policía y el millón de personas para poder salir.

Cada vez que quería ir por Swan, debía sortear un ejército mucho peor.

¡Cuánto deseaba una de sus estúpidas credenciales!

Al final y, con varias maldiciones de por medio, corrió al piso tres del edificio de pediatría en el Kings. Antes de dar vuelta al pasillo que lo llevaría a ella, se detuvo en seco. Regularizó su respiración y despeinó su cabello.

Era jueves e Isabella tenía consulta hasta las dos de la tarde. Eran las diez y treinta de la mañana y si ella no estaba allí, cerraría todo lo que en su poder estuviera hasta dar con ella en el lugar que fuese.

Las puertas eran blancas, él nunca antes había llegado a ese lugar. Sabía dónde buscarla en la sala, pero su consultorio… eso era harina de otro costal. Tuvo que perseguir a una mujer que por casualidad había soltado su nombre.

Una rubia con su hijo de cabeza rapada caminaba tranquilamente. Edward escuchó su nombre en la boca de otra persona e inmediatamente se dispuso a seguirlos.

Su puerta tenía la placa en el centro.

Dra. Isabella Swan.

Pediatría 302

Empujó de un golpe la estructura y antes de que ella siquiera le gritara por la intromisión giró el pestillo.

—¿Quién es Aaron Hase?

—¡Jesús, Edward!, ¿tienes que hacer todo esto? ¿Qué carajo quieres?

—Dilo, Swan. —Su tono filoso le advertía que no estaba para juegos. Por algún motivo estaba hirviendo por dentro y no de la manera en que le hubiese complacido—. ¿Quién es Aaron Hase?

—Nadie.

—No seas hipócrita —replicó con amargura—. Si vamos a hacer esto, por lo menos dime la verdad.

Edward comenzó a dar pasos enormes dentro de su oficina. Bella no entendía por qué se había tomado tanta molestia en una simple pregunta. No le importaba, lo que sea que quisiera saber sobre Aaron tendría que averiguarlo con ella muerta.

—No sé qué responderte, me preguntas cosas que no sé.

Él se paró en seco. Se giró mortalmente hasta encontrar sus orbes de color chocolate. A Isabella le divertía aquello. Verlo enojado y dispuesto a atacar. Se estaba convirtiendo en un deporte extremo, a ella le encantaban los deportes extremos.

—Tienes un mensaje de ese hombre.

"Joder Swan… no me digas que no sabes quién es. No me mientas."

—¿Ah, sí? —inquirió ella con fingido interés—. Y bien, ¿cuál es?

—¿Así qué sí lo conoces?

Edward dio dos zancadas hasta ella y colocó ambos brazos alrededor de su silla. Acorralándola y creyendo que eso sería suficiente presión para que ella le dijera la verdad.

"Eres un crédulo, mi querido amigo."

Esos momentos eran donde amaba a la parte mala de ella. Al menos el Doppelgänger nunca le fallaría, siempre lista para el ataque.

—Eso a ti no te incumbe. —Isabella tomó sus muñecas y lo obligó a alejarse de ella. Uso el tono más glacial del que era capaz, hasta imprimir un toque impersonal y aburrido a sus palabras—. ¿Necesitas algo más o puedo seguir con mi trabajo?

—Te detesto, Isabella.

—El sentimiento es mutuo, querido Edward. Te lo aseguro. —Bella le dio su mejor y más amoroso gesto.

.

.

"¿Quién es Aaron, Bella? ¿De dónde lo conoces?"

Isabella se había encargado de arrastrarlo fuera del consultorio alegando a los pacientes que se acumulaban fuera. La vio darle un sonoro beso a un niño que, en cuanto había abierto la puerta, se había arremolinado en el pantalón que tenía ese día. Él quería sus labios, no era posible que incluso un enano le ocasionara molestia.

"No debería importarme, pero lo hace. No te quiero cerca de nadie."

—Te esperaré a que salgas —Edward le susurró su amenaza en el oído. Su asunto aún no estaba terminado, ni por asomo.

Isabella sentía el escalofrío correr por su columna, cada vez que salía por una nueva persona. Edward se había acomodado en los pequeños sofás de colores, diseñados para los niños.

Era colosal a comparación de todos ellos. Él, con su casi metro ochenta y pico de altura, se había dejado caer sobre un puff y con un gesto caprichoso se dedicó a esperarla mientras intentaba jugar con su teléfono celular.

A la una cuarenta en punto, la desesperación se había comido al importante ejecutivo. Bella no jugaría con su paciencia, tenía un par de buenas exigencias para él. Y lo mejor era que terminan pronto, así podría al menos saber sobre qué estaba parada.

Con su propio mantra, se quitó la bata y tomó sus pertenencias. No pasaría a despedirse de Jasper ni de Kate en recepción. Tendría que tomar al niño Cullen y salir corriendo antes de que alguno la identificara. Cerró la puerta del consultorio y, para ese punto, Edward estaba bailando su peso sobre los dos pies.

—¿Quieres hablar sobre lo del otro día? —preguntó él inocentemente. Tenía que decirle sobre su decisión de quitar esas cláusulas penalizadoras. Bella tenía que saber que la apoyaba.

—No.

—Vamos, Bella… es sólo una penalización que no va a ocurrir. Tú ya habías aceptado esto. —Edward se señaló a él y luego a ella. Le sonrió tiernamente, cosa que le salía una o dos veces por año.

—Me traicionaste. Este no era el trato.

—Es una cláusula que nunca vamos a ocupar. Tú ya aceptaste ser mi esposa, nos casaremos, estaremos juntos por un tiempo y luego todo puede terminar de manera pacífica.

Ella rodó los ojos, aún sin convencerse. Había aprendido a no confiar en él. Por mucho que le doliera, Edward no era más ese chico lindo.

"Vamos, Bella. Estás tan malditamente asustada que no haces lo que quieres. Mándalo a la mierda y luego sigamos con nuestra vida."

En ese momento su yo interior quería protegerla, protegerse a sí misma. Hacer lo que fuera que tuviera que hacer para no verse de ese modo. Maltrecha y perdida.

—¿De qué tienes miedo? —le inquirió él con su vena de investigador—. ¿Por qué te ha molestado tanto? Es un contrato, todos tienen clausulas como ésta.

Isabella comenzó a caminar a la salida, esperando que con ello el asunto quedara zanjado y el intruso no descubriera lo que realmente pasaba por su mente.

"¿Qué estás buscando Ed… algo con qué herirme? ¿Quieres a alguien a quién herir?

Tengo miedo de ti, de mí, de lo que sientes. Del mundo que se desquebraja."

Edward preguntó si tenía su automóvil en el estacionamiento. Isabella negó, por lo que tomó su brazo y la hizo acomodarse en el asiento del copiloto del Jaguar.

—Carlisle nos ha invitado a cenar.

—No, gracias. —Bella mantenía aún la seguridad de ser traicionada en cualquier momento—. Tengo que ir por Ethan, si me puedes acercar a la estación de Denmark te lo agradecería mucho, Ed.

—No hay opción. ¿Recuerdas, lo más real posible? —Encendió el automóvil y antes de soltar el acelerador se giró hacia Isabella para colocar su cinturón—. Dime dónde está el enano. Iremos por él y luego a casa de mi padre.

—Quiero pasar primero por mi casa. Ethan tiene que cambiarse después de la práctica de fútbol.

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Nunca esperes lo inesperado

Si se trataba de comunicación, el personal de salud era terrible en ese campo. Mentiras piadosas, verdades a medias. Una terrible noticia con la sonrisa más brillante. La mejor noticia con la cara más apática. No era con exactitud la mejor manera de revelarse. Lo cierto era que ninguno sabía dar noticias. A nadie le enseñaban cómo decir lo siento, te amo, perdón.

Aún con ello eran piezas claves de cualquier relación. La comunicación podría decirse ser el cimiento de cualquiera. Abrir un canal de comunicación no siempre resultaba fácil. Mucho menos, cuando abrir un canal era como construir una carretera a la mitad de una vereda o entre la sierra.

Para Isabella y Edward el medio de comunicación se había cerrado años atrás. Y, cómo todo camino que ha de ser remodelado, el inicio era aterrador. Lleno de imperfecciones y con apenas un poco salvable.

—Ethan, no corras —le gritó cuando el niño de diez años había salido como alma que llevaba el diablo escaleras arriba—. ¡Caray, bebé!

Edward, que caminaba detrás de ella, cerró la puerta de la entrada a la residencia Swan. Observó a Isabella casi correr detrás de su hermano y soltó una carcajada al mirar a Bella con las manos en la cintura y los ojos entrecerrados.

—¿De qué te estás riendo, Edward?

—De ti. —Ella lo miró mal, pero eso sólo desató otra risa para él—. Había olvidado lo mandona que eres, Swan.

—¡Oh, vamos! —se quejó dramáticamente. Ella se quitó la gabardina y la colgó sobre el perchero de madera en la entrada—. Si quieres, puedes quitarte tu abrigo, encenderé la calefacción. Tardaré un poco en alistar a Ethan

—Ven. —Edward tomó su mano e Isabella encendió su campo protector contra Edward Cullen—. Dile al mocoso que se tarde todo lo que pueda, que me dé espacio contigo.

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—¡Bella! —gritó desesperado su hermano en el piso superior—. ¡Jesús, Bella! ¿Dónde está el videojuego de Edward?

El susodicho siguió riéndose y ofreciéndole una sonrisa torcida.

—Ves… no nos dará mucho tiempo para estar solos. Eres su nuevo amigo, Ed, te exprimirá hasta el cansancio.

—No ofendas a mi nuevo mejor amigo, Swan, o sabrás lo que es la liga de los hombres contra las niñas.

—Ahora bajo. —Isabella se alejó negando con la cabeza. Caminó escaleras arriba mientras Ed seguía su camino por el recibidor.

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Informar. Participar. Prevenir. Lo que fuese que requiriera un diálogo. Enunciar, avisar o declarar. Revelar e, incluso, ocultar.

Un enorme arreglo floral descansaba en la repisa. De una multitud de colores y olores. Eran tulipanes holandeses y fresias blancas y rosadas. Juntas conformaban un apretujado rodete.

Estaban puestas en un jarrón y con agua fresca. Ed se acercó a ellas con curiosidad. Buscó en el fondo alguna de esas tarjetas que solían adjuntar y allí escondido entre los tulipanes estaba un sobre blanco.

No pudo examinarlo mucho. Isabella entró en la habitación y resguardó su bolso y un libro sobre la mesa principal. Edward se giró a observar su rostro. Boquiabierta se acercó a él, lo miró con la misma extrañeza que se formaba en su propio pecho.

—¿Quién te ha dado esas flores? —inquirió Edward, rápidamente.

"Tú, por supuesto." Isabella pensó mecánicamente.

Por suerte, no lo dijo en voz alta, pues la cara helada de Ed no era del tipo que esperaba encontrar si las flores fueran suyas.

Edward entornó los ojos y una alarma dentro de su cabeza comenzó a sonar.

El idiota de Hase.

—Amm es decir… las flores son mías —le respondió con una sonrisa avergonzada.

—¿Quién te ha regalado esas flores? —volvió a preguntar.

Edward no había enviado nada, ¿por qué lo habría de hacer? Pero, ¿si él no lo hizo, entonces quién?

—Las compré yo —aseguró fervientemente. Con una seguridad que incluso ella se hubiese creído.

"Bella ¿sabemos algo más además de mentir?"

—¿Y por qué parece un regalo? —Edward tomó el pequeño sobre blanco que estaba en el fondo de las flores, escondido y expectante.

Bella no había visto ese sobre, ahora que lo recordaba, ni siquiera había firmado nada para que se las entregaran. Y en esa casa sólo estaban ella, Ethan y Emmett, pero los tres habían estado fuera.

"¿Quién recibió eso?"

Bella endureció la mirada y le esbozó una sonrisita traviesa. Edward le creyó la mentira aún antes de planearla.

Si él no las había enviado y ella no sabía nada al respecto. Habría que cubrir huellas.

—Edward, si vamos a aparentar que me amas, al menos me debes de enviar flores o alguna cosa así. Salir a cenar, que nos vean juntos. —Su tono burlón y el manoteo a modo de explicación tranquilizaron los celos animales de él.

—No sabía qué estuvieras tan entusiasmada por la idea.

"No lo estoy."

—Es solo cuestión logística —respondió sonriente—. Ahora, dame eso. Es sólo una tarjeta en blanco.

Así era como Bella tomaba la situación y la volteaba a su favor. Cautelosamente y casi con saña caminó hacia él moviendo sutil e incitadoramente su cuerpo. Tomó la tarjeta de las manos de Edward y la guardó en el bolsillo de su pantalón.

Ahora bien, podríamos definir a Isabella Swan, en dos partes.

Bella Swan, la Dra. Bella Swan.

Tranquila, domada, pegada de sí misma. Bella con la sonrisa de niño, Bella con la habilidad de hacer que las personas confiaran en ella.

Ella, fuera del radio de acción de la gran torre y el imperio. La mujer libre y divertida. La amiga, la buena vecina, la buena inglesa.

Después, estaba ella, el Döppelganger de Isabella.

La chica ruda, el huracán. El viento a raudales que tiraría a cualquiera que se interpusiera en su camino.

Döppelganger que se hundió en el Londres podrido, el charco de ratas y lo más profundo de la maldad. La Isabella mentirosa, la Isabella audaz, la que se divirtió montando en moto con un maleante.

Las flores… las flores eran para la segunda Bella.

Dejó a Edward en la sala con su videojuego. Ella corrió a refugiarse al pequeño clóset de la planta baja. Las manos le temblaban. Había un ligero presentimiento que reconocía ese modo de actuar.

Sacó el sobre y la tarjeta dentro de él. Era una simple oración con una letra desordenada y remarcada. No era la letra de Aaron, era la de alguien mucho más ilícito.

"Lars."

"Mierda, doble mierda."

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—Bajo en un momento… sólo término con Ethan… —le dijo tan rápido que él apenas tuvo tiempo de ver un borrón en la salida.

Desde que había regresado junto a él la notaba más inquieta. Sumergida en sus propios mundos, unos donde él no era bienvenido.

Edward caminó alrededor de la sala.

Sabía que Isabella tardaría un poco más de lo necesario. La mujer daba más vueltas que el jodido carrusel cuando era tiempo de salir. Regresaba por la cartera, las llaves, perfume, una pulsera, su agenda, el celular. Podía dar mil y un vueltas hasta que por fin, veinte minutos después… anunciaba estar lista para salir. Ese era el patrón general para una simple cena.

Husmeó un poco sobre el recibidor. Tenía una fragancia deliciosa a ella. Sobre la mesa del centro encontró las fotos de un Ethan sin un diente, la foto de su graduación donde también salía su amigo, Jasper. Imágenes de Renée y Charles Swan. De su abuelo y de Alice.

No esperaba encontrar nada. No quería hacerlo.

Pero allí, encima de la mesa con esas enormes flores que Isabella había hecho comprar para sí misma y la infinidad de imágenes en diferentes tamaños, había un libro. El libro que ella botó la primera vez.

No hubiese sido un libro importante, ni siquiera era uno de esos libros rosas que Isabella usaba para leer. No era una historia de amor, ni de traición. No era para nada el radio de lectura de ella, ni de Edward.

Ese libro era de portada azul y grandes letras doradas. Un libro con un enorme campo de batalla y un dragón en la portada. Le llamó la atención por estrafalario. Edward estaba casi seguro de que ese era un libro de o para Ethan.

Lo tomó entre sus dedos sin saber que ese libro tenía muchas más respuestas que la cabeza inteligente y la boca caliente de Bella. Abrió la primera página y allí, con grandes letras en tinta roja, estaba la solución al acertijo.

"Para la mujer más infantil de este mundo y planetas circunvecinos. Sé que lo amarás tanto como me amas a mí. Aaron Hase."

—Estoy lista, ¿nos vamos?

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"Las personas, más que las cosas, tienen que ser restauradas, renovadas, revividas, reclamadas y redimidas."

Audrey Hepburn.


Hola chicos y chicas!

Como prometí, dos semanas.
Ha... no se qué decirles de este capítulo. Me ha tenido vuelta loca desde el inicio y no sé ni porqué jajaja.
El siguiente... el siguiente es un reto, que aún no se cuanto me tarde, lo siento. Espero que sigamos manteniendo el ritmo de dos semanas... espero.

Ya no sé que más puedo decirles, solo que muchas gracias por seguir leyendo HD y dejar sus comentarios. Son asombrosos. Sigan haciendolo :D

A las chicas que me siguen en el facebook, trataré de subir cositas de este capítulo y tal vez del siguiente. Por las que aún no lo ven, el link está en el el perfil ;).

Sigo leyendo sus comentarios y amaré responder cada uno de ellos. Facebook o PM en esta plataforma.

Bonito inicio de semana, nos vemos en el siguiente capi.

V O'H