Notas, capítulo 09

Si hubiera llovido, se hubiera conseguido relajar y dormir. El saber el desastre que era su casa, suciedad acumulándose en cada rincón, ropa desordenada, zapatos con barro, comida en mal estado en platos sucios y cajas de cartón... un cuchillo en el suelo de la cocina... le impedían dejar su mente en blanco y caer en un reparador sueño, que falta le hacía. Se podría haber quedado levantado, ya que estaba, ordenar aquel estropicio y marcharse a la boda de su hermano sin dormir, no obstante, su aspecto era tan nefasto con sus ojos hinchados de llorar, las oscuras ojeras debajo de estos, las comisuras de sus labios tirando hacia abajo como si un peso colgara de ellas, como un alma en pena... No, debía intentar dormir, aunque fuera sólo dos horas. ¿Y no eran cortas las siestas porque recuperaban más que dormir demasiado?

La cama estaba demasiado dura para sus cansados huesos, la manta le daba calor pero si se la quitaba tenía frío, y su estómago revuelto, hinchado de tanto alcohol que había ingerido en las pasadas horas, no le dejaba colocarse en ninguna postura posible. Golpeó la almohada, como si esta tuviera la culpa y se dejó caer panza arriba con los brazos abiertos, contemplando el blanco y aburrido techo. En esa misma cama fue donde todo comenzó y al instante siguiente se fastidió, donde se dio cuenta que Antonio se había vuelto demasiado importante para él, que quería sentirle más, que le quería... y pensó que tal vez dormiría mejor en el sofá, o incluso en la bañera, que así conseguiría olvidar el tacto fantasmal del beso de Antonio y de sus manos sobre su estómago, tanteándole. Pero en realidad no quería olvidarlo, quería seguir recordándolo, aunque las caricias con sus propias manos no se acercaban ni por asomo a lo que había sido que Antonio le tocara (¿y en serio lo había hecho sin sentir repulsión? Él mismo sentía un poco al notar la pequeña curva de su barriga, que se acentuaba al llegar al elástico de los pantalones de pijama). La apaleada almohada pasó a cubrir su rostro, para ahogar un gemido de angustia y tapar sus mejillas enrojecidas.

Quería verle, era lo que más deseaba en el mundo. Quería agradecerle lo que hizo por él, quería disculparse por no haber apreciado sus esfuerzos, quería decirle que quería quedarse con él, fuera donde fuera que estuviese, porque seguro que estar con él sería mejor que seguir solo y despreciado en aquel mundo donde a nadie le importaba. Y quería preguntarle qué significaba ese "te quiero" en su nota. ¿Como amigos? ¿Como... algo más?

Pero ahora no podía hacer nada. Ese maldito fantasma le había pedido que viviera, que continuara sufriendo esa agonía de vida (bueno, no se lo había pedido con esas palabras exactas, pero era como Lovino lo sentía). Un castigo, nada más ni nada menos. Tal vez el karma se seguía cebando con él: por todos tus años de desgraciado te daré unos meses con un simpático fantasma del que te encariñarás, para luego quitártelo de nuevo y hacer que veas que sigues siendo un cascarrabias antisocial y bastante inútil que seguirá solo por siempre jamás porque no es capaz de demostrar agradecimiento ni siquiera al pobre y desgraciadito espíritu sin recuerdos.

Si sus pensamientos seguían por ese camino, no sólo no se dormiría jamás, sino que prendería fuego a la cama y a la almohada por hacerle pensar cosas tan deprimentes (por supuesto, ¡era su culpa, no de su cabeza!). Se sentó en la cama, sujetándose la cabeza con las sienes palpitantes, molestándole de cansancio y de la bebida, que parecía haber hinchado su cerebro y ahora no cupiera en su cráneo. Aparte de los pensamientos repetitivos acerca de su miserable vida y de su miserable comportamiento hacia Antonio, le costaba pensar, como encerrado en un bucle de malestar que no le dejaría marchar hasta que no hiciera algo, y realmente no sabía qué hacer, salvo intentar dormir. Y ahora que lo pensaba, ¿no tenía él unas pastillas para eso?

Meses atrás, antes de conocer a Antonio, Lovino había sido tratado por un psicólogo a petición de Feliciano (que en realidad había sido cosa de Ludwig, que no veía normal que una persona cuerda le lanzara un plato de espaguetis con salsa de tomate -mucha salsa de tomate- a la cara del novio de su hermano sólo por decir lo afortunado que era en tener un futuro esposo que cocinara tan bien. Seguramente no le sentó bien enterarse en ese momento que Ludwig y Feli iban a casarse, pero al alemán no le pareció motivo suficiente como para hacer eso). El doctor, de voz calmada y soporífera, poco había conseguido sonsacar de Lovino, tozudo en que aquello eran sus asuntos y nadie tenía por qué meterse con ellos, pero sí consiguió saber de sus leves trastornos alimenticios y su insomnio, así que le terminó recetando unos tranquilizantes para aquellos momentos de rabia y odio hacia el mundo y para poder dormir por la noche, antes de mandarlo a tomar por viento y no querer atenderle más. Que el que no dejara de insultarle a cada pregunta que le hacía había conseguido tocarle las narices.

Y ahí estaban, en el primer cajón de su mesita de noche, escondidas en un rincón debajo de algunos calzoncillos un poco horteras pero que él consideraba sexis para salir a ligar. Miró el frasquito durante unos segundos, considerando si valía la pena buscar ayuda en un fármaco para poder descansar, ya que desde que se las dieron se había negado a probarlas. Bueno, tal vez aquel era un buen momento para confiar en la humanidad, o al menos en aquellos científicos, médicos, psicólogos y demás frikis que habían considerado aquella mezcla de ingredientes de nombres impronunciables apta para el consumo humano y que realmente ayudaban en lo que decía en la etiqueta.

"Tomar dos unidades antes de dormir para un sueño reconfortante" ponía en la parte trasera. Abrió la tapita y dejó caer las pastillas en su mano, separando dos y tragándolas sin necesidad de agua al no ser demasiado grandes. Se quedó sentado, esperando unos minutos con los brazos cruzados sobre su pecho, mas no notaba ningún cambio. ¿Tal vez estaban pasadas de fecha? Por si acaso le echó un vistazo de nuevo, dando varias vueltas el botecito al no encontrar la diminuta y pequeña impresión, pero al dar con ella vio que no, que aún durarían un par de años. Impaciente y sin razonar demasiado, pensó esta vez que era probable que la cantidad no fuera suficiente, que debía ser para niños o que, al encontrarse en su estado, debía tomar más, porque habían pasado diez minutos y seguía igual de despierto y ansioso, puede que un poco más embotado pero no le dio importancia, ya que seguía despierto a fin de cuentas.

Unos minutos después, y olvidado el propósito de dormir sólo lo justo para despertarse fresco y a tiempo para la boda de su hermano, apenas quedaban cuatro pastillas esparcidas sobre la cama en la que Lovino dormía como un muerto.


Los sollozos de su hermano eran insoportables, por no decir insufribles, escandalosos, patéticos... lastimeros, desgarradores.

Tal como habían acordado, Feliciano pasó a buscar a su hermano antes de marcharse a la boda. Lovino le ayudaría a dar los últimos retoques a su traje y se marcharían en el coche del novio hacia el ayuntamiento. Feliciano hubiese preferido una boda por la iglesia, a fin de cuentas era católico practicante a pesar de ser homosexual, pero le fue imposible por estarse casando con otro hombre, a pesar de lo mucho que le lloró al párroco. Sin embargo, iba a casarse de blanco, y Ludwig también, así que salvo el detalle que no iban a esposarlos delante de la mirada de un Cristo crucificado, el resto sería igual, o bastante parecido al menos, con sus flores decorando la sencilla salita y el arroz al salir del edificio.

Pero ahora Feliciano no tenía motivos para casarse, no cuando su hermano yacía en su cama frío y pálido, indiferente a cualquier grito o sacudida que le diera, ni siquiera cuando desesperado fue a por un jarro de agua y se lo tiró a la cara. Lovino había muerto, y Feliciano reconoció el frasquito de pastillas, aquel que trajo la última tarde que fue al psicólogo y que Lovino había gritado que no pensaba tomar. Lo que Feliciano no supo fue que Lovino no escuchó nada cuando el doctor se las dio, recalcando que no debía tomar más que la cantidad recomendada y jamás mezclarlas con alcohol. Ni tampoco supo que ahora Lovino le estaba observando, sentado en el aire con las piernas cruzadas y expresión aburrida, justo detrás de él.

Lovino no sabía por qué había muerto tan estúpidamente. ¿Tan débil era que había tenido que morir sólo por unas miserables pastillas para dormir? Él no recordaba las palabras del doctor, ni tampoco reconocía que aquellas pequeñas pastillas, de aspecto tan inofensivo, pudieran ser tan potentes. Sólo había tomado lo que había considerado y le había salido mal, como siempre todo. Pero lo peor era que esta pifiada era la última que haría, que ya no había manera de remendarlo, que todo había acabado y aquello era el fin.

El fin...

¡No podía ser que se acabara de repente, por una tontería así! No podía ser, se repetía, seguro que era algo temporal, terminaría volviendo a su cuerpo, sólo debía estar desmayado de la sobredosis y estaba teniendo un sueño extraño. Feliciano debía de estar tan asustado que se imaginaba que sus manos estaban heladas y que ya no respiraba, pero seguro, segurísimo que en el fondo aún seguía con vida. Vamos, tenía que ser así... ¿no?

Lovino se marchó cuando vio a su hermano volver a caer en otro ataque de histeria que incluso le provocó el vómito.


El patio era el lugar más alejado de la casa al que podía acceder sin salir repelido de nuevo a su interior. El cielo se había quedado petrificado con los primeros tonos del alba, mezclados el rosa, naranja, morado y un pálido azul que seguía oscuro hacia el oeste. Sentado en el escalón del patio, aunque flotando unos centímetros sobre él, Lovino escuchaba el trajín de los médicos y los gritos de Ludwig y Gilbert tratando de calmar a un Feliciano presa del pánico y de un ataque de ansiedad. Ensimismado como estaba, no se dio cuenta cuando el ruido cesó, la ambulancia se marchó y Lovino quedó solo por fin. Solo en su casa, sin poder ser visto por nadie, sin poder hablar más con nadie, sin poder salir, igual que a Antonio le había ocurrido.

Fuera del pequeño rectángulo que era su jardín, tras la valla forrada de altos setos que tapaban el exterior pero que dejaban entreverlo por sus resquicios de ramas secas, el tiempo era diferente, el ruido era diferente. No llegaba a saber si ya era de día, si llovía o si sólo estaba nublado; veía la acera gris y de vez en cuando la silueta de alguien que pasaba. Vivos, supuso Lovino, sin dejar de observar a través de ese pequeño agujero al mundo.

Se había llevado un susto de muerte cuando al "levantarse" y haber intentado tomar su taza favorita del fondo del fregadero para enjuagarla y tomar un café que le recompusiera un poco, ya que se sentía extrañamente más ligero e ido de lo normal, su mano la atravesó, atravesó el fondo de metal donde los platos sucios se apilaban, el mueble y finalmente se encontró tirado en el suelo, con su cabeza entre el resquicio grasiento de debajo del fregadero y el armarito donde guardaba los productos de limpieza. Si le hubieran podido escuchar gritar, seguramente se hubieran asustado más que cuando se dio cuenta de que un fantasma era el responsable de las notitas amables y de que su casa estuviera tan ordenada y limpia.

¿Y ahora? se preguntaba, su mejilla apoyada en su mano con una mueca en sus labios de profundo aburrimiento. ¿Y ahora qué? ¿Qué era lo que iba a pasar con él? Se habían llevado su cuerpo en una ambulancia, y Lovino quería creer que seguía vivo, pero en el fondo no lo tenía muy claro que pudieran hacer algo por él. Además que siempre podían habérselo llevado en la ambulancia pero hacia la morgue, no al hospital... Viendo el estado en el que se encontraba, tener esperanzas de sobrevivir podía ser alentador, pero también bastante inútil si en aquellos momentos se encontraba atrapado como un espectro dentro de su propia casa.

Vale, pongamos que está muerto, entonces, ¿qué hacía allí? ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Esperar? ¿Por cuánto tiempo? ¿Hasta que viniera alguien dispuesto a verle, como había pasado con Antonio? ¿Y si no aparecía? ¿Se quedaría ahí esperando por el resto de la eternidad sin poderse marchar?

Lovino no sabía demasiado sobre aquellos temas, nunca habían sido de su interés, pero sí había visto algunas películas. Haciendo memoria recordó algunas, como Ghost, aquella que habían repetido hasta la saciedad por la televisión sobre el marido que se muere pero vuelve para cuidar de su mujer y protegerla. No recordaba cómo terminaba, pero sí recordaba cómo los espíritus se llevaban al malo de turno al infierno, o algo por el estilo. Sí, algo así, ¿pero qué pasó con el chico? Si no recordaba mal, no fue como en la película de BeatleJuice, que los espíritus se quedaban en la casa y ayudaban a la niña rarita con las mates, ¿no? ¿O sí? ¿Al final tendría que ayudar a alguien? Y aún así no había garantías de que después de eso se pudiera marchar, tenía un ejemplo más que claro con Antonio. Le parecía una broma de bastante mal gusto; nadie le había ayudado en su vida salvo Antonio, ¿por qué debería ayudar a nadie? ¿Era aquello una cadena? Porque a él, ese tipo de cadenas que consisten en reenviar el mensaje o tu madre morirá le parecían absurdas, aunque sabía que ese no era el caso, pero se parecía. No, no, si tenía que ayudar a alguien, sería a Antonio, a nadie más.

Y hablando de él, la tomatera que plantó y que entre los dos cuidaron (o que más bien, Antonio cuidó), trasladada al jardín poco antes que Antonio se fuera, seguía en pie, aunque con un aspecto marchito y desmejorado, sus hojas marrones y secas y unos pocos tomates arrugados colgando de sus debilitadas ramas. Era una lástima que después que Antonio se fuera, Lovino hubiera abandonado por completo la pobre planta a su suerte, y ahí se encontrara, casi tan muerta como él. Si no hubiera sido porque ahora atravesaba cualquier objeto físico, se hubiera dado golpes en la cabeza hasta que su frente sangrara, por idiota, descuidado e inepto. Era su único vínculo con Antonio, la única prueba viviente de que había estado por allí, aparte de las notas y los bolis gastados. Había dejado morir la tomatera en su depresión y negación a continuar viviendo, y ahora se arrepentía de ello... y de que al final, tampoco hubiera podido cumplir esa sola promesa a Antonio.

Sin embargo, y para ser sincero consigo mismo, estar muerto en realidad era lo de menos para Lovino ahora. Si lo pensaba fríamente, era mejor que estuviera muerto: no más burlas, no más quejas, no más tenerse que romper el culo con sus diseños que al final no eran reconocidos. Lo que sí reconocía era que ahora estaba todavía más solo que cuando estaba vivo, y que si su corazón hubiera seguido latiendo, se hubiera detenido de todos modos con los sollozos desgarradores de su hermano pequeño al encontrarse a Lovino sin vida. Bueno... al menos su curiosidad había sido saciada; siempre se había preguntado si alguien le lloraría si muriera...

Mas todo aquello ahora quedaba atrás y se presentaba ante él la incertidumbre de aquella no-vida. Lo único claro en su cabeza era que, ya que ahora estaba en el mismo plano que Antonio, no desaprovechar la oportunidad e ir a por él cuanto antes a buscarle, a hacer todo aquello que quería hacer... ¿Cómo? No lo sabía. Tuvo la impresión de que por muchas prisas que tuviera, era bastante probable que pasarían años hasta poder que averiguara cómo salir de ahí.


-Así que al final se mató, ¿eh? -la voz en el teléfono rió corta y tétricamente-. Bien, bien. Sabía que lo haría pronto, pero no esperaba que lo hiciera ya.

-Me das asco, ¿sabes? -gruñó Arthur, sintiendo tal repulsión por el tono empalagoso del hombre al otro lado de la línea que no sólo quiso colgar, sino también estampar el móvil en el suelo y hacerlo pedazos, para asegurarse de no oírle más. Aún así, sabía que volvería a escuchar su venenosa voz, confundiendo sus sentidos mientras le arrastraba a las profundidades del abismo.

Se oyó un soplido contra en micrófono, adivinando que debía estar fumando, deleitándose con su éxito.

-Oye, no te pongas así, mon amour, ya sabes que esto es sólo mi trabajo.

-Y el mío. Pero yo no voy provocando nada.

-Qué hipócrita eres, Arthur. Como si no supieras por qué ha muerto -el inglés se quedó en silencio, sabiendo que tenía razón.

-Pero es mi trabajo... -murmuró, repitiendo el argumento que ambos utilizaron, alzando los ojos para echar un vistazo a la calle desde su coche aparcado frente a la casa de Lovino.

-Entonces estamos en paz -hizo una pausa, volviendo a soplar sobre el micrófono, haciendo que Arthur apartara el aparato de su oído con cara de repulsión-. Veamos quién lo consigue antes, mon cher.

-Cómo me arrepiento de haber caído ante tus trampas... -se quejó con los dientes apretados-. You, bloody devil...

-Oui, Arthur... Bloody, nunca mejor dicho -casi pudo ver la sonrisa siniestra en sus labios mientras se los relamía con descaro-. Nos vemos, cariño~.

Arthur colgó antes de que se despidiera con su habitual beso empalagoso. Tiró el móvil al asiento del copiloto, echándose hacia atrás y apartando el pelo de su frente, dejando sus manos ahí mientras dejaba escapar un largo suspiro. Nunca se podría deshacer de él, de su presencia, de su control sobre su vida y su trabajo... Se había encaprichado con él, y así seguiría, años y años, hasta que todo acabara, y aún así no tenía claro si conseguiría separarse de él. Llevándose una mano al pecho recordó que Francis ya tenía una parte de Arthur en su posesión.


Aburrido. Muy aburrido. Aburridísimo. ¿Qué podía hacer para dejar de aburrirse? Y eso que sólo eran las primeras horas del primer día después de morir. ¿Qué podía hacer? Ni siquiera era capaz de coger una escoba y ponerse a limpiar, sus manos seguían atravesando todo lo que quisiera tocar, salvo la puerta de la entrada o más allá del seto que rodeaba su jardín. No podía hacer nada, ni siquiera regar la tomatera, a ver si se recuperaba...

Se quedó tumbado en medio del jardín, contemplando el cielo inmóvil sobre su cabeza. No entendía por qué no cambiaba, hasta que al final se imaginó que debió ser el momento en que se murió. Cuando te mueres el cielo se queda igual para siempre, qué divertido... ¿Cómo debía haber sido el cielo con el que Antonio murió...?

-Eh. Eh, señor.

Lovino podría haber caído del susto, pero como flotaba sólo se dio la vuelta, sorprendido que alguien le llamara. A través de huequecito en el seto por el que antes había estado espiando la calle vio la carita de una niña pequeña, de unos siete años, contemplándole con unos ojos increíblemente azules llenos de inocencia y curiosidad.

-¿Quién eres? -preguntó Lovino, acercándose a ella-. ¿Cómo puedes verme?

La niña se separó un poco de la verja pero no soltó sus manitas de los retorcidos hierros negros que la conformaban. Sonrió, su cabellera rubia y su vestido blanco y sencillo ondeando con la brisa, mostrándose juguetona con su risa infantil.

-¿Qué haces ahí dentro?

Lovino se sintió sobrecogido con lo resplandeciente que era aquella niña, dudando que estuviera viva. Claro, si podía verle, sin duda estaba también...

-No puedo salir -contestó, antes de terminar de formar las palabras en su mente. No, no quería creer que una niña tan pequeña pudiera haber muerto. Sin embargo, sabía que era cierto y que eso pasaba más veces de las que deberían, por doloroso que fuera-. ¿Y tú...? -la voz le tembló un poco, pero al seguir sonó más tranquilo-. ¿Qué haces afuera?

-He perdido a mi mamá -respondió, de repente su rostro transfigurándose en uno de increíble pena, provocando que Lovino retrocediera un par de pasos. La niña se encaramó en la valla, estirando su delicada manita dentro del jardín, a través del agujero-. Ayúdame a encontrarla, por favor -le suplicó gimoteando.

Como antes, se sintió sobrecogido por la fuerza de la presencia de la niña, de su sonrisa y ahora su rostro marchito de tristeza. ¿Era algo normal en los espíritus, demostrar los sentimientos tan abiertamente en su cuerpo y gestos que hasta resultaba grotesco? Sin duda algo así sentía él también, como si el cuerpo hubiera estado actuando de barrera a los sentimientos en estado puro. El terror y fascinación que le producían aquella inocente niña eran las sensaciones más fuertes que había sentido jamás, y por desgracia no había nada que las frenara.

-No... puedo... -consiguió decirle al fin, temblando, tapándose los ojos con sus manos pero igual viendo a la cría a través de sus traslúcidos dedos-. No puedo salir... -dio otro paso atrás, le daba mal rollo, le repelía, no quería acercarse a ella.

-Yo te puedo ayudar a salir -dijo la niña, ahora sus dos manos estirándose hacia dentro del jardín, preguntándose Lovino entonces cómo estaba encaramada para no caerse, ignorando el hecho que era un espectro y flotaba-. Dame la mano, podrás salir.

El miedo amainó un poco, aunque no la sensación de peligro. ¿Podría salir? ¿Podría marcharse de allí y luego irse con... Antonio? ¿Podría...? No perdía nada intentándolo...

Su mano se estiró también en su dirección, casi inconscientemente. Si podía salir, si se podía marchar y reunirse con Antonio... por mucho miedo que le diera aquella niña tan perfecta que hasta daba escalofríos, con sus finos rizos enmarcando su rostro regordete y pálido como la leche... debía intentarlo. Debía aferrarse a aquella posibilidad, debía arriesgarse.

Cuando estaba a punto de tocar su mano, una gota la atravesó, haciendo que la niña retrocediera y mirara con perplejidad al cielo. Lovino se detuvo y también alzó sus ojos al cielo, viendo que de repente se había vuelto de un gris oscuro, amenazante, y las gotas de lluvia comenzaron a caer dentro del jardín. Sólo ahí dentro.

La niña, en silencio y con el rostro inexpresivo se alejó unos pasos hacia atrás, y sin decir nada, se desvaneció al pasar un coche por la calle.

Lovino, de nuevo solo y bajo un silencio sólo roto por la lluvia, bajó la mano, sin apartar la mirada del cielo.

¿Cómo debía haber sido el cielo con el que Antonio murió...?

-Lluvioso... y gris... - el agua siguió atravesándole, sintiéndolo como lágrimas frías. O al menos, imaginándolo.

Continuará~


Ha costado sangre, sudor y lágrimas este capítulo. Ok, tal vez no tanto, pero lo he reescrito completo y le he dado diferentes planteamientos más veces de las que quiero recordar, hasta que por fin se volvió algo más coherente. En serio, una pesadilla.

Siento la espera, esto que he hecho no tiene nombre, pero he estado realmente ocupada y encima no sé cómo he terminado rodeada de gente a la que le importa tres pimientos el Spamano o simplemente lo odian o prefieren el Frain. Eso, y sin querer ofender a nadie por sus gustos, me pone de muy mal humor.

Y también tengo otra excusa: tengo una novia maravillosa a la que le he dedicado el tiempo que hubiera ido al fic. Os recomiendo leer sus historias, en FF es SoniaLoram. Tiene sólo dos por ahora pero tiene un nivel de escritura y una complejidad de trama alucinante, no os va a decepcionar. Además, en El día que dejé de ser Romano, el susodicho esté rellenito y asdasd, es genial :D. Es curioso además que ella comenzara a escribir sobre él antes de que nos conociéramos.

Bueno, paro ya que no terminaría nunca de hablaros de ella X'D. Espero que os gustara, muchas gracias por los comentarios y la paciencia, y espero poder escribir pronto la continuación. Ahora que ya está encaminada la historia y va hacia el desenlace creo que no costará tanto. Y por último, espero no haber ofendido a nadie con algunos comentarios dentro de la historia, como lo de llamar frikis a los científicos. Como habréis notado aunque el fic esté narrado en tercera persona siempre está enfocado hacia lo que piensan los personajes, metidos en su mente, y en concreto aquí, metido en la cabeza de Lovino. Por lo tanto no significa que yo piense eso, todos mis respetos hacia ellos.

Saludos~.