Vengo con otra nueva, para que vean que no las olvido.

La historia le pertenece a Maya Banks y los personajes son de S. Meyer. Esto es una adaptación y nada me pertenece.


Aventura secreta

Maya Banks

Capítulo 7

Bella ladeó la cabeza para mirar por la ventana mientras Edward cruzaba la entrada de una extensa propiedad rodeada de un verde y bien cuidado césped. La casa, modesta en comparación con la extensión de la propiedad, apareció al coronar una colina.

Era espléndida. Dos plantas con buhardillas y hiedra colgando de la fachada.

Edward aparcó frente al garaje. Les seguía el coche que llevaba al servicio de seguridad. Uno de los guardas apareció y abrió la puerta. La cubrió protectoramente, protegiéndola de… ¿qué? Sólo se hizo a un lado cuando Edward le tomó la mano.

—No soy una inútil, ¿sabes? —dijo ella secamente cuando él la atrajo hacia sí. Sin embargo, habría mentido de haber negado que toda esa ayuda le encantaba. El masculino cuerpo era cálido y fuerte. La idea de que ya no estaba sola casi le hizo llorar.

—Lo sé —contestó él con su rudo acento—. Pero acabas de salir del hospital, y estás embarazada. Si hay un momento en que necesites ayuda, ése es ahora.

Ella se relajó, negándose a estropear los primeros momentos en su nuevo hogar.

Hogar. La palabra le golpeó en el pecho, pero sacudió la cabeza. Ella no tenía ningún hogar.

—¿Sucede algo? —preguntó él cuando se pararon frente a la puerta.

Avergonzada por el despliegue de emociones, ella negó con la cabeza.

Edward abrió la puerta y entraron en un amplio recibidor del cual surgía una elegante escalera que se curvaba en la parte superior donde un pasillo conectaba ambos lados de la casa.

—Ven al salón. Yo me ocuparé de tus cosas.

Ella se dejó conducir hasta un cómodo sillón de cuero que ofrecía una bonita vista del patio.

¿Cómo sería vivir en una casa así? Llena de risas y de niños. De repente, se le ocurrió que era totalmente posible que parte de ese sueño se hiciera realidad.

Bella contempló la hinchada barriga y la acarició. El bebé dio una patada y su madre sonrió.

Quería darle a su hija todo lo que ella jamás había tenido. Amor, aceptación. Un hogar estable.

¿Le proporcionaría Edward todo eso? Todo, menos el amor. ¿Podría ella amar a su bebé lo bastante para compensar la existencia de un padre que no la quería a ella ni a su madre?

Había hecho justo lo que se había jurado a sí misma que nunca haría.

Edward entró en el salón con las dos maletas de la joven.

—Subiré esto arriba y bajaré a preparar algo de comer. ¿Necesitas algo mientras tanto?

—Estoy bien —contestó ella, nerviosa ante tanta consideración.

—Bien. Entonces, volveré enseguida.

Le oyó subir las escaleras y se acercó hasta la puerta de la terraza. Con las manos apoyadas en el cristal contempló el magnífico jardín.

Era precioso, pero tenía un aire casi estéril, como si nadie lo tocara jamás. Parecía… artificial. Sin un ser vivo. No como el mar, siempre vivo, rugiente y, a veces, pacífico y sereno.

Una mano se apoyó en su hombro y dio un brinco. Al girarse, vio a Edward con expresión dulce.

—Siento haberte asustado. Te llamé, pero al parecer no me oíste.

Ella sonrió tímidamente, repentinamente nerviosa en su presencia.

—Es precioso, ¿verdad?

—Sí, lo es —admitió Bella—. Aunque yo prefiero el mar. Es más… indómito.

—¿Te parecen mansos estos jardines?

—Sí.

—Creo que sé lo que quieres decir. ¿Te apetece comer? Ya tengo algo preparado.

—¿Podríamos comer fuera? —ella lo miró de soslayo—. Hace un día precioso.

—Como gustes. ¿Por qué no vas saliendo? Llevaré la comida enseguida.

Cuando Edward desapareció por la puerta, ella salió al patio empedrado.

El frescor le provocó un escalofrío, pero el día era hermoso, uno de los escasos días en que ni una nube cubría el cielo azul, y no quería desperdiciarlo permaneciendo en el interior.

Se sentó en una silla y esperó a Edward. Le resultaba extraño que ese arrogante hombre la sirviera. Edward apareció con dos bandejas que dispuso sobre la mesa. Bella agarró el tenedor, pero cometió el error de levantar la vista antes de empezar a comer. Él la miraba fijamente.

—Tenemos mucho de qué hablar, Bella. Después de comer, me gustaría mantener la conversación que deberíamos haber tenido hace mucho tiempo.

Sonaba siniestro, y una punzada de inquietud la atravesó. ¿Qué les quedaba por discutir? Le había exigido que se casara con él y ella había accedido.

Comieron en silencio, aunque el calor de su negra mirada le quemaba la piel.

Terminada la comida, ella dejó el tenedor en el plato, pero volvió la vista hacia el jardín.

—No te servirá de nada ignorarme.

Convencida de tener una expresión de culpabilidad en el rostro, se volvió. Se sentía como una niña, pero ese hombre le ponía nerviosa.

—Debemos aclarar unas cuantas cosas. Sobre todo lo de tu despido.

—Preferiría no discutir sobre eso —ella se puso tensa y apretó los puños—. No puede surgir nada bueno de ello, y se supone que debo controlar mi nivel de estrés.

—Jamás tuve intención de despedirte. Bella. Fue totalmente indigno y acepto toda la culpa.

—¿Y de quién si no sería la culpa? —preguntó ella.

—No era lo que yo pretendía —insistió él.

—Lo pretendieras o no, fue lo que sucedió. Curiosa coincidencia que me echaras en cuanto averiguaste quién era, ¿no te parece?

—No me lo vas a poner fácil, ¿verdad? —Edward resopló con fuerza y entornó los ojos.

—¿Por qué debería facilitarte las cosas? —ella lo miró fijamente—. Para mí no fue fácil. No me quedaba dinero. No tenía trabajo. Vine aquí porque era el único lugar al que podía ir, y el de camarera fue el único trabajo que encontré. Poco después empecé a enfermar…

—Tienes razón. Lo siento.

Él parecía y sonaba sincero. Lo bastante como para que la siguiente pregunta se escapara de labios de Bella antes de que pudiera reflexionar sobre ella.

—Si se supone que no debía ser despedida, ¿exactamente por qué terminé así?

—Como te he dicho —Edward hizo una mueca y se pasó la mano por los cabellos—. Fue culpa mía. Le dije a mi director de recursos humanos que te trasladara, o te ascendiera o te pagará la totalidad del contrato, pero me temo que las primeras palabras que salieron de mi boca fueron que se deshiciera de ti. El resto, desgraciadamente, no lo oyó porque se cortó la comunicación. Cuando volví al hotel y descubrí que te habías marchado intenté, sin éxito, encontrarte. De hecho, ya había perdido toda esperanza de saber de ti hasta que llamaste.

Ella lo miró estupefacta. En primer lugar, no podía creerse que hubiera admitido su equivocación. En segundo lugar, no le cabía en la cabeza que la hubiera estado buscando.

—No lo entiendo —ella se sentía confusa—. ¿Por qué no nos comportamos como adultos? ¿Por qué era tan importante para ti deshacerte de mí? Comprendo que la situación no era la ideal, pero fue un error inocente. Ninguno de los dos sabíamos quién era el otro, o Dios sabe que jamás me habría acostado contigo aquella noche.

—Entonces me alegro de que no supieras quién era yo —susurró él.

—Sí —ella contempló su barriga—. Ya no lo lamento en absoluto.

—¿Lo hiciste al principio?

Él no parecía ofendido, sólo sinceramente curioso. Hasta ese momento se había mostrado franco con ella y se sentía obligada a mostrarse igualmente sincera con él.

—No. No lamento la noche que pasamos juntos.

—Contestando a tu pregunta —él pareció satisfecho con la respuesta—, no fue nada personal. Mantengo una estricta política sobre no permitir que nadie que trabaje cerca de mí tenga alguna clase de relación personal conmigo. Desgraciadamente, es una norma necesaria.

—Lo dices como si te hubiera sucedido algo —ella enarcó una ceja.

—En cierto modo. La ayudante personal de mi hermano se enamoró de él, pero también vendió secretos de la empresa y chantajeó a mi cuñada.

—Parece un culebrón —murmuró Bella.

—Sí que lo pareció en su momento —él rió.

—Podrías simplemente habérmelo dicho. Me lo debías —ella lo miró fijamente—. De haber sido franco conmigo, nada de todo esto habría sucedido. No habría habido ningún malentendido.

—Tienes razón. Me temo que la sorpresa de descubrir quién eras me nubló la razón. Lo siento.

La disculpa consiguió mitigar parte del enfado de la joven. Para ser sincera, aún le guardaba rencor. No es que hubiera esperado amor eterno, pero ¿acaso esa noche no había significado nada? ¿Ni siquiera lo bastante como para despedirla en persona?

Sin embargo, era consciente de que debía librarse de parte de ese resentimiento si quería que el matrimonio no fuera complicado y plagado de animosidad.

—Acepto tus disculpas.

—¿De verdad? —él la miró sorprendido.

—No te he dicho que te hayas convertido en mi mejor amigo —dijo ella secamente—. Simplemente que acepto tus disculpas. Parece lo más correcto ante nuestras inminentes nupcias.

—Tengo la sensación de que vamos a llevarnos bien, yineka mou —él la miró divertido antes de bajar la vista a la prominente barriga—. Suponiendo que me estés diciendo la verdad.

Durante unos segundos, el dolor se reflejó en la mirada de Edward y ella se preguntó qué demonios le habría ocurrido en el pasado para hacer que se mostrara tan desconfiado. No deseaba ser el padre de su hija. Quería que ella fuera mentirosa y estafadora.

—No me hace ningún bien decirte que eres el padre de mi hija si estás empeñado en no creerme —dijo ella—. Tras la prueba de paternidad lo sabrás.

—Sí. Desde luego que lo sabremos —dijo él.

—Si me disculpas, necesito mi portátil —ella se puso en pie—. Debo enviar un mensaje.

—Y yo tengo que organizar los preparativos para la boda.

Ella asintió porque, si intentaba decir algo, se iba a atragantar. Sin mirar atrás, corrió dentro de la casa. Edward no le había dicho cuál era su dormitorio, pero lo encontró sin problema.

Empezó por sacar su ropa y guardarla antes de sentarse sobre la cama con el portátil. Comprobó su correo electrónico, pero no había ningún mensaje de Alec. Tampoco lo esperaba. A veces pasaban meses sin comunicarse. Aun así, tenía la sensación de que le debía una explicación, y por eso le contó todo en un correo que le llevó media hora redactar.

Una vez terminado, se sentía agotada y bastante estúpida. Alec no podía darle ningún consejo, pero se sentía mejor si descargaba parte de sus preocupaciones. Él conocía mejor que nadie sus miedos hacia el matrimonio y el compromiso.

Sin apagar el portátil, se recostó sobre las almohadas y contempló el techo. Su futuro jamás le había parecido más terrorífico como en aquellos momentos.

Edward subió las escaleras hasta el dormitorio de Bella. Llevaba dos horas ausente, tiempo más que suficiente para terminar sus asuntos personales.

Llamó a la puerta, pero no hubo respuesta. Preocupado, la abrió y entró en el dormitorio. Bella estaba tumbada con el rostro enterrado en las almohadas. Profundamente dormida. Parecía agotada.

El portátil estaba peligrosamente cerca del borde de la cama y él lo agarró antes de que cayera al suelo. Al colocarlo sobre la mesa, la pantalla se iluminó y vio un mensaje. Era de un tal Alec.

Con el ceño fruncido, echó un vistazo a la vista previa y leyó el breve mensaje.

Bella:

Voy de camino a casa. No hagas nada hasta que vuelva. ¿De acuerdo? Aguanta. Estaré allí en cuanto pueda tomar un vuelo.

Alec

Edward se puso tenso. El infierno se congelaría antes de permitir que ese hombre interfiriera en su relación con Bella. Ella había accedido a casarse con él, y eso iba a hacer. Jamás permitiría que las decisiones las tomara otro hombre.

Sin dudar, eliminó el mensaje y vació la papelera para eliminarlo permanentemente del ordenador. A continuación dejó de nuevo el portátil sobre la cama.

Durante largo rato contempló el rostro de la joven. Incluso dormida, parecía preocupada.

¿Qué demonios había sucedido en su vida? No confiaba en él. Tampoco es que la culpara por ello, pero iba más allá de la ira o de un sentimiento de traición. En algún lugar, alguien le había hecho mucho daño. Ya tenían algo en común.

Por mucho que se jurara a sí mismo que jamás le haría daño y que la protegería de quienes sí se lo harían, sabía que, si le había mentido sobre el bebé, la aplastaría sin pensárselo dos veces.


Nos seguimos leyendo por acá. Espero les agrade y ya saben que me encuentran en facebook (la foto de perfil es la misma).

Besos...