Monstruo
Habían pasado semanas desde las idas y venidas tanto del líder demaciano como del noxiano, los ancianos estaban completamente de acuerdo, habían votado y por primera vez en mucho tiempo los cinco votos habían coincidido. Era una de esas veces, una de esas en las que oliendo el aire advertía el cambio, sintiendo los árboles susurrar advertía el cambio, sintiendo la felicidad de la gente que advertía el cambio, y sin embargo, Karma, no estaba segura de tal esperado "cambio". Había pasado muchas noches en vilo, recordando todo lo discutido en las reuniones del concilio. Jamás había habido tantas convergencias de ancianos como había deparado este año, y aun así, a pesar del optimismo de todos los que le rodeaban, ella no estaba segura. Sus venas ardían cuando lo pensaba, lo mismo le había pasado la última vez que Noxus entró en la isla por la fuerza y sus superiores le habían dicho una y otra vez que su don no es para la lucha sino para mantener la paz y huir del conflicto. Aún recordaba a su maestro decirle "Si le mostramos a los noxianos que hay un vía mejor mediante la paz y el entendimiento ellos cederán, los espíritus nos guían a todos, incluso a los más crueles". Y tras ello su pueblo quedó reducido a escombros, a muertos, y a espíritus. Aquellos que una vez vivieron con ella, ahora le susurraban. Reconocía la amargura en sus voces, y reconocía, mientras meditaba, de entre todos ellos a su maestro, aquel que huía del conflicto y ahora le aseguraba que Noxus sería mortal, siempre.
No hacía caso de todas las llamadas espirituales que le llegaban. No todos los espíritus eran buenos, y lo más difícil de su don era el saber hacer caso al correcto, que variando de la persona podía ser uno u otro.
Desde aquella devastadora guerra joniana-noxiana se había labrado un lugar entre los ancianos, y las reuniones eran su lugar, sin embargo, no tenía ni voz ni voto, únicamente escuchaba y si consideraba que debía intervenir lo haría en privado con el anciano que ella considerase. Le dieron también, un lugar en el Placidium, un lugar hermoso, una ciudad-estado donde todas las reuniones se llevan a cabo, los festejos, los eventos, lugar de encuentro de muchos visitantes y de muchas familias. Pero ella prefería vivir en una de las aldeas que rodeaban aquella sagrada y eterna ciudad. Los bosques en Jonia le daban la vida y en el Placidium aunque había un gran jardín, nada podía compararse con los salvajes y puros bosques de su periferia.
Había dispuesto una gran manta al lado de uno de los grandes árboles madre, tejida con el mejor de los amores por una amiga la cual tenía como pasatiempo la costura y el tejer. Los cristales Miàn Shā repiqueteaban de vez en cuando por la cálida brisa que inundaba el ambiente. Karma estaba echada en la gruesa manta y su espalda desnuda notaba la suavidad de ésta, miraba las hojas de la arboleda zarandearse y entre sus huecos divisaba el estrellado cielo pensativa. La sábana que tapaba su desnudo y trigueño cuerpo le hacía algo de cosquillas, sin embargo comenzó a reír de manera risueña cuando notó los labios de la mujer que tenía al lado sobre su piel. Cerró los ojos para notar cada tierno beso, en el cuello, en los hombros, en sus pechos. El calor brotaba de ambas y sus ya entrelazados cuerpos quedaron aún más unidos cuando se tomaron de las manos. Dharma, su alumna desde hacía ya un tiempo y su amante desde hacía menos tiempo estaba sobre ella. Aquella mujer de cabellos del color de la noche y piel del color de la luna no la dejaba pensar con claridad. Los oscuros ojos de la mujer se encontraron con los verdes de ella. Sus pupilas se expandieron y ambas se sumergieron en la negrura de su precioso vínculo. El único motivo por el cual Karma la había aceptado como alumna era aquello. Había escuchado sobre vínculos naturales, tan remotamente escasos y sin embargo aquella mujer se había vinculado a ella de tal manera que no amarla se le hacía imposible. Pero de esa unión había surgido mucho más y a veces, su interior le aconsejaba dejar la instrucción con tal preciosa mujer, por el bien de ambas, una relación entre alumno y maestro de ese calibre jamás saldría bien. Pero Dhar, Dhar era luchadora, aprendía muy rápido, era obediente y tenía un toque rebelde que la llevaba a curiosear más allá.
Tenía esperanzas en ella, más allá de sus sentimientos.
Rugía bajo sus pies la envejecida madera del Templo de las Sombras, corría tan desesperado como podía, no aguantaría mucho más. Sus cortas piernas no le dejaban ir más rápido y necesitaba ayuda, la necesitaba de manera desesperada. Comenzó a notar el gélido frío que helaba sus venas, su cuerpo clamaba el poder de todo y de todos. Lágrimas heladas descendían por sus oscuros ojos los cuales se comenzaron a tornar más y más negros a medida que su magia se descontrolaba. Las pisadas helaban la madera, lo que tocaba se pudría sin que él lo consintiera.
—Zed, Zed, ¡Zed!— Gritaba desesperado, pero sus esperanzas se iban desvaneciendo, iba a explotar, lo iba a hacer, e iba a matarlos a todos.
Un hombre lo tomó en brazos, y gruñó por el gélido y horrendo tacto del crío que le causaba dolor por todo el cuerpo. El niño se aferró al cuello de quien lo llevaba tratando de contenerse un poco más. Aquel muchacho salió desesperado del templo tratando de llevarlo tan lejos como podía. Notaba cada vez más y más pesado el cargarlo. ¿Cuánto pesaría aquel flacucho y debilucho crío?, no llegaría a los treinta kilos y aun así parecía que llevaba una pesada piedra de ochenta. Agotado tuvo que frenar su marcha, miró al cielo, el templo no estaba lo suficientemente lejos, moriría con el crío y todos los que estuvieran en el templo también. Condenada criatura infecta, ¿para qué lo requería Zed con tanto anhelo?, ese demonio los destruiría a todo y a todos. Una mano firme pero ligera, de dedos largos y fuertes lo tomó por el hombro, no pudo reaccionar debido a su cansancio, y fue despedido varios metros hacia atrás. Soltó al niño que llevaba en brazos y vio cómo su maestro lo cogía antes de que callera al suelo. En una sombra desapareció para desplazarse varios metros más adelante y entonces sucedió lo que se temía.
La noche se hizo mucho más oscura, la sombra tapó la espesura, escuchaba el niño gritar y gritar mientras repetía un nombre una y otra vez; "Zed". Ante sus ojos vio como la vegetación se pudría, vio los árboles caer y sintió el viento que se movía silencioso pero helado. La putrefacción se convirtió en un gélido paraje, que comenzó a extenderse. El muchacho caído comenzó a retroceder impulsándose con sus piernas, reptando por el suelo, pues no tenía tiempo de levantarse y huir de lo que sea que fuera eso que se dispersaba como una plaga. Solo tenía una cosa en mente, quería vivir y la putrefacción que parecía rodearle lo mataría de manera segura. Cuando aquello parecía llegar hasta él, cerró los ojos, su último pensamiento era su paso por la Orden de las Sombras, notó el gélido viento inundarle los pulmones y el vaho que desprendía su boca.
Todo cesó, y él seguía vivo, con los ojos apretados y el dolor de su muerte asumido.
Abrió sus ojos y miró hacia arriba, divisando los ojos rojos de Zed que lo miraba desde las alturas. Su expresión fría como lo que acaba de sentir parecía mirarlo con desdén y menosprecio. El chico estaba exhausto en sus brazos, y con él portaba una lustrada y adornada caja de madera envejecida, con extraños símbolos que palpitaban en la oscuridad una y otra vez, parecía que acababa de ser usada, y algo extraño habían guardado dentro. Miró la parte pútrida y gélida del bosque y suspiró por haber tenido la suerte de no haber acabado así.
—Dije claramente que si el crío tenía otra crisis acudieseis a mí. —La voz de Zed guardaba la frustración de los planes mal hechos.
—Maestro…—Dijo el chico levantándose lentamente. —No vi otra solución, el niño estaba a punto de…
—Debería matarte, tirado en el suelo suplicando por tu vida, si hubieras muerto aquí, lo hubieras hecho por un niño de diez años. —El alumno no respondió, tragó saliva y trató de contener su agitada respiración. —No vuelvas a… que nadie vuelva a hacer lo que has hecho tú hoy, el único que puede interceder con el crío soy yo. Díselo a todos, el próximo que haga algo fuera de mi orden, será lo último que haga.
—Sí, maestro. — Dijo inclinando la cabeza y huyendo del lugar, pues temía que aquel enfadado hombre cambiara de idea y decidiera matarlo.
Cuando su alumno se fue, dejó caer al niño que de culo se estrelló contra el suelo. Emitió un quejido y un lloriqueo, pero contuvo el quejarse más, conocía aquel cruel asesino al que llamaban maestro, al que él mismo llamaba Zed, y en ocasiones por su propia petición… maestro.
—Levántate. —Le ordenó con frialdad. La criatura se levantó, pero estaba exhausto, sus piernecitas le temblaban y estaba realmente asustado de aquel hombre que lo miraba con aquellos crueles ojos. Sus padres le habían contado cuentos de monstruos que aparecían de los bosques, llenos de pústulas, de formas incorpóreas o deformes, que causaban males, desastres y eran despiadados. La forma más vil del mundo. No existían tales monstruos, y él lo sabía, solo eran cuentos, la verdadera forma de la vileza la tenía ante sus ojos, y era humano, tan humano como cualquier otro y eso era lo que tanto le asustaba. Cualquiera podía ser lo que Zed era, y no saberlo. — Hoy vas a volver a hacerlo, así que concéntrate. —Le dijo cuando vio que por fin el niño se había erguido del todo.
—N-no puedo. ¿Por qué no mañana? —El hombre le tomó del brazo apretó su muñeca dejándola amoratada. —Por favor, por favor, por favor, de verdad que no puedo, por favor. —Suplicó el niño indefenso.
— ¿Qué les pasó a tus padres, Soroush?—Susurró prácticamente el maestro con maldad. La criatura lo miró y negó con la cabeza mientras sus ojos se anegaban en lágrimas. Su labio inferior comenzó a temblarle de manera descontrolada y junto con su cansancio estuvo a punto de desmayarse, pero aquel hombre lo zarandeó para que regresara a la realidad, no lo iba a dejar desfallecer. —Responde.
—M-Mu-murieron. —Contestó tratando de controlarse para no ponerse a llorar.
—No Soro, di la verdad. — No aguantando más, el niño comenzó sus ligeros sollozos que acabaron en llanto ante la media sonrisa del hombre. Adoraba ver a las personas desencajarse poco a poco y aquel niño era una buena presa y un buen descubrimiento.
—Yo-Yo los maté. — Contestó por fin.
— ¿Por qué los mataste?
—Porque te desobedecí. —Comenzó a llorar más fuerte. — Si no lo hubiera hecho ellos estarían conmigo. —Zed sonrió, le encantaba verle así, adoraba el sabor de la desesperación. Todos los días lo hacía repetírselo, cada vez que no obedecía debía repetirlo. Y al final aquel crío se creería que la muerte de sus padres fue por su culpa.
— ¿Vas a volver a desobedecer al maestro?
—No, no, nunca más.
—Bien, pues contacta con tu hermana, Soro.
En la gran oscuridad se divisaba lo que una vez fue un templo sagrado y lo que ahora muchos creían un templo maldito. Parecía eterno y silencioso, era hermoso ver las enredaderas surcarlo, descuidado y carcomido, parecía el rastro que una vez alguien había dejado en aquella pura tierra joniana. Se acercó poco a poco a las escaleras de madera que daban pie a la gran entrada principal. Y allí, sentado con las manos sobre sus rodillas estaba Soroush. Su pequeño pariente había acudido a verla de nuevo y no pudo evitar sonreír y abrazarle sin mediar palabra. Sin embargo, la pequeña criatura no se movió de su posición, como una pequeña estatua de hielo se quedó impasible. Dharma miró en los oscuros ojos de su hermano, tan similares a los suyos, tan pálido como era ella. Con su dedo pulgar rozó la mejilla del niño y levantó sus cejas en una expresión de tristeza.
—N-No puedo más, hermana. — Susurró Soro con una voz quebrada.
—Soro, te prometo… te prometí ya que…
—No, no, yo no quiero más promesas, no puedo quedarme aquí más tiempo. Dhar, ¿voy a morir?
—No, Soro, no vas a morir. Escúchame, estamos tratando de dar con la manera para ir a buscarte, solo… tú resiste un poco más. Nunca te abandonaré, siempre estoy pensando en ti.
—Zed dice que la entrada al templo para ti está abierta, sólo tienes que venir a buscarme, ¿por qué no vienes?
La chica ladeó la cabeza y contuvo su llanto, lo tomó por los hombros y fijó su mirada en él.
—Jamás hagas caso a lo que él te diga, no le creas, él es un…
—Lo es, hermana, pero tú me decías que con todo lo que los espíritus te dicen y que con todo el entrenamiento me protegerías a mí y a papá y a mamá. Zed dice que no vienes porque el miedo es más fuerte en ti que tus pensamientos hacia mí.
—Eso es mentira. Soro, no lo escuches.
— ¡Es fácil decir eso cuando tienes muchas posibilidades! — El grito del niño resonó en el silencioso ambiente. Respiro profundamente y continuó. —Si no hago lo que dice…te buscará, como a papá y a mamá y te matará. Porque… ellos murieron por mi culpa…
—Eso también es mentira. Tú no tienes la culpa de nada.
—Dhar… duele mucho, por favor…
La conexión se comenzó a hacer débil y el paraje creado se fue disipando más y más ante los sollozos de la muchacha.
La muchacha se levantó de su futón, vestida aún con su ropa interior y con su fina bata de seda floral salió de aquella casa sin mirar atrás. Deslizó el shōji y calzándose sus zapatos de exterior emprendió la marcha. Su cara estaba completamente enrojecida por el llanto, sus ojos negros apenas divisaban la realidad entre la distorsión de sus lágrimas. Sus labios temblaban y su mente la acuchillaba con el cruel destino de su hermano.
Una mano la tomó del brazo de manera suave, la giró para abrazarla con fuerza mientras ambas caían al suelo de rodillas. El viento meneaba sus ropajes, la luna menguante presenciaba la escena, con una expresión triste parecía que hasta el cielo las compadecía. Dharma trató de soltarse del agarre mientras su descompasada respiración rozaba el cuello de su maestra.
—Tengo que ir a buscarlo, no puedo esperar más, por favor. —Rogó la mujer de cabellos brunos, tez de luna y labios de fresa.
— ¿Y luego qué, Dhar?— El tono de preocupación de Karma la hacía sorprenderse hasta a ella misma, quien solía controlar sus emociones, sin embargo la muchacha que tenía en brazos la desequilibraba muy a menudo.
—Lo mataré, como ya se debió haber hecho hace tiempo. Lo reduciré a cenizas a él y a todo su séquito. —La furia sorprendió a la duquesa que la miró sorprendida con sus ojos de agua primaveral.
—Nuestro poder no es para matar, nuestra misión en Jonia…
—Tú lo hiciste una vez, mataste para salvar a la gente.
—Es diferente, Dhar, no estamos en una situación de guerra, podemos pensarlo antes de actuar. —Su alumna hundió sus delicadas cejas en una expresión de desaprobación. —Oye… tienes que recordarlo siempre; no te conviertas en un monstruo…
—Para derrotar a otro. —Acabó la otra mientras comenzaba a sollozar de nuevo. — Juré protegerle, Karma, a él y a mis padres y ahora, ellos están muertos y-y Zed… me está robando lo único que tengo. Soro me ha dicho que la muerte de mis padres es su culpa, ese, ese, ese… lo está destrozando por dentro, sólo tiene diez años.
Karma le dio un beso en la frente mientras posaba sus delicadas manos en las mejillas de la chica. Los símbolos de su cuerpo resplandecieron en la oscuridad de la noche y sus ojos se iluminaron más verdes que nunca. Dhar, tomó su favor y se hundió en aquel lecho de magia que su maestra estaba preparando para ella. Karma curaba sus heridas externas y también las internas, su vínculo reforzaba sus sentimientos. La abrazó durante un largo tiempo mientras la muchacha tranquilizaba su desequilibrada mente.
—En unos días tendrá lugar la reunión de ancianos, ellos tendrán las respuestas. Sólo… aguanta un poco más, Dharma.
La reunión de ancianos tuvo su inicio en el Placidium, la costumbre siempre los llevaba a hacer tales reuniones allí. La espaciosa sala decorada por numerosas plantas parecía presentar un aire renovado. Los ancianos parecían estar de muy buen humor, felices por sus avances con Demacia y Noxus. La mesa de cristal central era reforzada con bambú, lo que hacía que la sala oliera como ciertos bosques de Jonia. Pendían los farolillos de los salientes de la pared dándole un fulgor cálido y rojizo.
Uno a uno los ancianos se saludaron y se sentaron para esperar al que siempre llegaba tarde. El denominado "Erudito", Aran'tsú, a pesar de ser el representante de la ciudad- estado siempre llegaba tarde a sus reuniones. Los cinco asientos uno para cada uno estaban ocupados por; Sylara, la anciana de Navori, una mujer de edad avanzada, de expresión risueña y dos ojos que eran como rayas en su rostro; Li-Li Tang, anciana de Garlin, una chica joven, que dio mucho que hablar en su día al haber pasado con éxito las pruebas para ser representante de su provincia; Gao-Shishai, un hombre de altura considerable, ancho de hombros y barba espesa y negra, a su mediana edad él fue uno de los mejores guerreros, llamado "El estratega" debido a su participación en la derrota de Noxus, representaba la provincia de Shon-Xan y por último, el anciano de la naciente It-Nora, el joven Yaimaga, llamado "El niño", por su aspecto menudo y pequeño, un hombre que rozaba la treintena de edad y sin embargo, su poco desarrollo corporal lo hacía parecer un niño de unos trece o catorce años.
Además de los ancianos, había ciertos invitados con privilegios, como Karma, la cual no participaba en la toma de decisiones pero sí que podía presenciar tales convergencias de ancianos. Otros presentes eran Akali y Kennen, quienes silenciosos y encubiertos presenciaban el escenario desde la zona opuesta de la sala, y también estaban Irelia y su hermano Zelos, líderes de la guardia armada joniana. Karma nunca estuvo de acuerdo en tener tal guardia desde la presencia noxiana, pero los ancianos decidieron instaurarla y darle el favor de guiarla a Irelia y Zelos. La guardia suponía protección, era algo que nadie negaba, pero Karma también notaba cierto poder de supresión en ellos.
En cuanto llego "El Erudito" Aran'tsú, la reunión tuvo lugar. Debatieron sobre los festejos entrada la paz, sobre la organización y la disposición de la guardia joniana quienes debían de estar más preparados que nunca. Hicieron un inciso para hablar del General del Alto Mando, Swain, del cual recelaban más. Meditaron acerca de los asentamientos y disposición de zonas para que se hospedaran la armada noxiana, dándoles lugar en unos barracones en el exterior de la periferia del Placidium. Debatieron sobre medidas de seguridad y qué debían de portar tales barracones. Pasaron a debatir sobre asuntos Vastaya, pues en los últimos años éstos se habían vuelto más osados con desvelarse, y los ataques a la población más constantes. Y por último debatieron sobre Demacia y las medidas que debían de tomar para con ellos.
Zanjaron la reunión despidiéndose con presteza, la convergencia no había sido demasiado larga y no habían tocado el tema de Zed, algo que Karma les había pedido expresamente. No debía de importarles aquel asunto, pues si ella exponía algo urgente siempre hacían caso, sin embargo, el ninja de las sombras parecía ser tabú en aquellos debates.
Preocupada por su alumna, también por el cambio que ellos parecían acoger con tanta ligereza llegó a frustrarse, pero hizo acopio de su gran paciencia y de su meditación interior.
Akali y Kennen se disponían a retirarse de la reunión, no era usual verles allí, pero a veces sí que acudían para estar al tanto de las novedades en Jonia. Lo poco que quedaba de la Orden Kinkou estaba completamente desvinculada de la política interior y exterior. En el tiempo que Karma había sido duquesa jamás había visto al hombre del que todos hablaban con admiración, Shen. Sus historias eran loables y su pasado parecía ser bastante devastador, aun así, la mujer debía de admirarlo también, pues Shen mantenía el equilibrio en Jonia, soportando el peso de una Orden entera él solo, y velando por el delicado velo entre lo vivo y lo muerto que tanto amenazaba con desgarrarse en aquella mágica y especial tierra.
Karma se dirigió hacia los miembros de la Orden Kinkou, detuvo a Akali de su marcha con cortesía, ésta se giró y aunque iba excesivamente cubierta pudo notar en sus ojos cierto dije de amabilidad, lo cual la hizo esperar a que la duquesa hablara.
—Siento molestarles. — Comenzó la Iluminada con cortesía. —Sé que quizás mi petición pueda ser extraña, pero no sé otra forma de contactar con el Ojo del Crepúsculo. Sé que Shen debe de estar ocupado y…
—Pues sí, está muy ocupado. —Cortó Kennen, quien miraba desde abajo con ojos de tempestad. Cubierto de la cabeza a los pies, pudo ver, al contrario que con Akali, el recelo de la criatura. —No se le hacen peticiones políticas a Shen, si venimos es por estar cerciorados de que nuestro trabajo en Jonia va bien.
—Ya basta, Kennen. —Interrumpió la joven de su lado, con una voz tan suave y armoniosa, pero a la vez fría y neutra. Sus ojos miraban con severidad a la trigueña mujer que tenía en frente. —Su mensaje será trasmitido al Ojo del Crepúsculo, y si él considera el encontrarse con usted, lo hará. Es todo cuanto puedo hacer por usted.
—Se lo agradezco mucho. Dígale, por favor, que no es nada que tenga que ver con la política. Yo… necesitaría de su consejo si él me lo concediera.
—Para los consejos están los ancianos. —Espetó Kennen. Akali hizo acallar a la criatura y prosiguió.
—Se lo diré, espero que tenga suerte, duquesa, y encuentre el camino que espera tomar.
Dharma dormía tranquila, desde hacía tiempo que no la veía dormir de manera tan serena. Karma vigilaba su sueño, aprovechando que no era capaz a dormirse. Las ascuas de la chimenea daban un poco de fulgor a la habitación que se iluminaba cuando éstas se avivaban un poco. La mujer de tez morena acarició la suave melena de su compañera y sonrió.
Escuchaba los pájaros de la madrugada dar las cuatro de la mañana, su canto suave y armonioso la aliviaban. Se pasaba demasiado tiempo preocupada, y sabía que eso la estaba perjudicando de manera negativa.
Oyó un par de golpecitos en el shōji, no fueron demasiado fuertes, como si aquella persona que llamaba supiera que había otra persona dormida y decidiera respetar su sueño. Recelosa Karma se levantó, tomando su bata azulada decorada con flores de loto fue hasta la entrada, a través del shōji pudo ver como la luz de la luna daba sombra a una figura, que esperaba paciente a que le concedieran la visita.
Abrió con suavidad la puerta corredera y se encontró con él. Pudo notar alegría pero también sorpresa. Nunca en su vida había visto a aquel ninja en persona, y por algún motivo, quizás su aura, quizás su porte, supo de sobra que era aquel al que llamaban el Ojo del Crepúsculo. Su figura era siniestra, tapado de la cabeza a los pies, solo se intuía el brillo de su mirada. Sus brazos estaban cruzados, y los descruzó únicamente para reverenciar a la mujer que le había abierto la puerta. Un hombre de buenas hazañas y una leyenda a sus espaldas la reverenciaba y ella de manera torpe hizo lo mismo. No esperaba que Shen fuera así, después de todo, un pasado agrio solía ennegrecer el carácter de una persona. Dejó su mente en blanco, los prejuicios no le llevarían a nada y por ahora debía de centrarse en el problema que el antiguo hermano de aquel ninja comenzaba a provocar en su alma.
—No sabía que los ninjas llamaban a las puertas. —Se sorprendió diciendo lo que pasaba por su mente. Los ojos del hombre que tenía en frente parecieron entrecerrarse, ¿estaba sonriendo?, parecía ser el caso, sin embargo se intuía difuso. Quiso disculparse por su osadía pero él la interrumpió, pareciendo comprender que los ninjas Kinkou eran en aquellos tiempos, fenómenos extraños.
—No usurparía por nada del mundo una morada ajena, a no ser que fuera imprescindible para unos fines mayores. — La voz de Shen sonaba como un susurro roto, rasgada, enlazaba los tonos de una manera… equilibrada.
—Disculpa mis formas, yo… estoy agradecida de que se haya tomado la molestia en venir, ¿quiere pasar?, puedo ofrecerle algo de beber o de comer si quiere.
—Una propuesta de lo más tentadora. —Le dijo con amabilidad. —Pero si quiere hablar conmigo he de pedirle que me acompañe.
— ¿A dónde?
—A un paraje algo lejano, pero cómodo para mí. Siento mi recelo en el asunto, y le pido que no se tome a mal mis costumbres. —No hizo falta que se lo dijera dos veces, no conocía a aquel hombre personalmente, pero sentía que con él estaría a salvo.
Se cercioró de que Dharma dormía, se puso ropajes de calle y emprendieron su marcha. Shen no hablaba, caminaba a su lado con la vista al frente y el porte relajado. Karma fijó la vista al suelo y divisó como los pasos de su compañero no dejaban huella en la tierra. Sonrió, la amabilidad que desprendía aquel hombre la hacía olvidarse a veces con quien estaba tratando.
Fue casi una hora de viaje, quizás algo más, quizás algo menos, pero se hizo algo pesado. Le daba la impresión que aquel hombre podría desplazarse con más rapidez, sin embargo, no parecía querer desvelar sus secretos. Un camino oculto entre rocas y árboles oscuros daban lugar a una cueva de entrada sellada. Shen puso la mano sobre la piedra y ésta se movió dando lugar a una pequeña entrada. Karma no tuvo que agacharse para pasar, sin embargo él sí. El techo de aquella apertura en la tierra no era muy alto algo que la hacía preguntarse si aquel lugar era cómodo para él. Había una mesa de piedra tallada en el suelo y un par de cojines carcomidos. Aquel lugar debía de estar deshabitado desde hacía tiempo, olía a lugar cerrado, a moho y a agua estancada.
La piedra que se había movido para darle entrada se cerró tras ellos dejándolos completamente a oscuras.
—Oh, no me acordaba de eso. —Sonó la voz de Shen. —No tema, déjeme ver, creo recordar que las antorchas estaban por aquí.
Karma no se movió del sitio, notaba como su compañero enredaba por la cueva, ¿veía en la oscuridad?, tenía toda la pinta. Sintió un poco de claustrofobia, pero con un suspiro trató de calmarse y ser útil para aquel hombre. Prendió en el aire una lucecita verdosa que se enroscaba como una serpiente de dragón. Revoloteaba dejando caer de vez en cuando pequeñas gotitas de luz que se disipaban cuando llegaban a tocar una superficie sólida.
—No hace falta antorchas así. —Informó al hombre, que pensativo parecía seguir dándole vueltas al hecho de que él creía tener aquellos materiales en la cueva.
—Siento no poder ofrecerle algo de beber, ni siquiera había contado con que no hubiera luz aquí. —Se disculpó él. Ella no hacía más que extrañarse de su amabilidad y a la vez de la forma siniestra de su aspecto.
— ¿Mostrarme este lugar no es algo perjudicial para usted?
—Para nada. No uso este lugar desde hace años, me trae recuerdos… me alegra de que sea útil por última vez.
—Antes de comenzar me gustaría darle las gracias de nuevo, por concederme esta audiencia. Tengo entendido que la Orden Kinkou… bueno, los miembros son reducidos.
—Suficientes para el trabajo que ha de hacerse. —Parecía haber frialdad en sus palabras esta vez. —Me agrada ayudar, hace tiempo que no ayudo a alguien vivo. —Entrecerró los ojos de nuevo. — Pero ha de agradecer a Akali mi llegada, ella insistió en que debía de darle la oportunidad para hablar. Mi compañera tiene una intuición envidiable, no creo que se equivoque esta vez.
—Oh, también quería presentarme, no sé si me conoce.
—La conozco bien. —Interrumpió Shen. —Quizás usted no conozca la Orden, pero dé por seguro que la Orden os conoce a todos. Y sé también por qué pidió mi audiencia, quizás sea uno de los motivos que me preocupan, duquesa.
— ¿Sabe sobre Dharma?
—Y sobre Soroush. —Añadió él. Se cruzó de brazos y se acercó a ella dejando ver el brillo verdoso de la luz sobre el metal de su atuendo. —Sé lo que los espíritus le susurran, sé que usted sabe escucharles y sin embargo, no les hace caso. —Karma se quedó pensando en todo lo que su don le había concedido, haciendo memoria para recordar tales susurros. —Su vínculo con su alumna sólo traerá consecuencias. Lo sabe, mas yo he venido para reafirmar lo que escucha.
—Si la historia es cierta usted conoce a Zed. Yo creía… creo que quizá pueda ayudarme, Dharma necesita…
—Los caminos ante su alumna se han abierto, ella puede elegir el que sellará su destino — La mujer se quedó pensativa, dándole vueltas a las palabras de su compañero. Supo que la negativa de Shen era clara, la proposición de éste era dejar a Dharma a su suerte y desvincularse de ella.
— ¿Por qué?— Era la pregunta de tantas cosas, que no supo continuar.
—Su papel en Jonia, duquesa, ha sido determinante, y lo sigue siendo. Zed tiene poder sobre muchas cosas, no sobre la voluntad de alguien que pueda llegar a los ancianos. Su alumna es un peligro para usted, y su vínculo afectará negativamente. —La desesperanza de aquel ninja la tomó por sorpresa. No esperaba que de alguien tan amable pudiera desprender un dije de pesimismo tan contundente. Desde luego Shen no era quien ella imaginaba, ni para bien, ni para mal. Pero en su corazón lo sabía, él tenía razón.
— ¿Insinúa que aquel al que llaman maestro de las sombras, quiere llegar hasta mí? ¿Que nada tiene que ver con mi alumna o su hermano?
—No. Zed no quiere llegar sólo hasta usted, Zed quiere todo. —Aquella afirmación la desconcertó. —Zed podrá tener a Dharma a Soroush y a usted si así se lo permiten. Con usted tengo esperanzas, con los otros dos, tengo que decirle que… ojalá que su destino se selle de otra manera. Espero equivocarme en mis conjeturas.
—Me… siento insultada quizás. Usted dijo que quiere ayudar, pero ¿la ayuda es abandonarlos a su suerte?, ¿provocar la desesperanza?— trató de no elevar su tono, de ser paciente y conseguir las explicaciones necesarias.
—Siento si se ha sentido de esa manera. Quizás requiera una visión más objetiva. La esperanza, duquesa, es un arma de doble filo, infunde valor, pero también consume la racionalidad. A veces hace falta fallar para darse cuenta de que, esperar con esperanza no vale la pena. Sin embargo, si usted falla, hay muchas otras cosas que caerán con usted. — Ella se llevó la mano al corazón y miró al suelo con una expresión de quebranto. El hombre alargó su brazo y tomó a la chica de la barbilla para ver su expresión con claridad, ella apenas pudo notar su tacto. Shen parecía estar con ella y a la vez… no estarlo. Como un ente incorpóreo que se puede evaporar cuando él mismo lo requiera. — Mi venerable padre, Kusho, amaba a mi hermano. Fue ese amor lo que le hizo entrar en cólera cuando se enteró de la usurpación de la técnica prohibida, y fue ese amor el que le hizo darle una segunda oportunidad para que rectificara. Aquello acabó con la vida de muchas personas. —Su susurrante voz parecía querer enseñar y también consolar a la mujer que tenía delante. Alzó la vista para mirar a la oscuridad, allá donde la lucecilla verdosa no llegaba a iluminar. —Escuche, Karma, a Jonia, escuche a los espíritus, escuche al viento, al agua y al fuego. ¿Qué le dicen? — Ella sonrió mientras asentía con tristeza. El Ojo del crepúsculo era un hombre tanto o más loable de lo que había llegado a oír. La verdad era cruel, pero era la verdad. No estaba en juego únicamente la vida de dos personas, Jonia la necesitaba y no podía fallar en un momento clave.
Shen tocó la piedra que sellaba la entrada de la cueva y ésta se abrió de manera silenciosa dejando entrar los rayos de luz de la luna. El hombre se giró y reverenció como último acto de despedida y emprendió su marcha traspasando el umbral de la cueva.
—Si me permite una última pregunta. —Lo paró Karma. — ¿No… le teme?, a Zed…
— ¿Temer?— Él se quedó pensativo. —Sí, sí… creo que una vez fue así.
— ¿Las circunstancias han cambiado?
—He visto cosas, duquesa, que son mayores que Zed, que usted o que yo. — Se dio la vuelta y enfrentó la mirada verde de la mujer. —He visto como la nada se extendía entre los mundos, he visto… las criaturas hambrientas que devoran todo a su paso, he visto aquello a lo que hacen referencia como "el vacío", y como su extensión avanza destruyéndolo todo por completo. Luz o sombras darán igual cuando su espesura amenace con llegar a este mundo. Zed, no es mi prioridad en este momento, espero que pueda comprender el motivo de ello. — Ella asintió y le sonrió.
—Gracias por responder a mi llamada. —El entrecerró los ojos de nuevo, desconcertaba un poco pensar que sonreía.
—Es un placer ayudar, y ha sido un placer conocerla en persona.
Shen le había dado las respuestas a sus particulares problemas, sin embargo, quizás en aquel momento no buscaba las respuestas para ella misma si no para Dharma. No dejaba de darle vueltas al porqué de tomar como rehén a ese niño, un mago primigenio que apenas controlaba su don ¿qué podía requerir Zed de él? Antes de comentarle nada a su alumna decidió, como último recurso, visitar a Aran'tsú. Recorrió los puentes y las calles del Placidium, sabía perfectamente dónde estaría el anciano. Los Jardines Umbríos, una especie de antagonista, a los Jardines de Loto, donde cada flor se había plantado por cada noxiano y joniano caído en aquella devastadora guerra. El Jardín Umbrío era un lugar desolado y descuidado, a nadie le gustaba entrar en aquella zona, pues muchos aseguraban sentir las apariciones frecuentes de espíritus revueltos y vengativos, sin embargo, Aran'tsú parecía adorar aquel lugar. Se adentró en él apartando las largas plantas que se alzaban cubriendo la soleada y cálida luz de la mañana. El ambiente húmedo le gustaba, tenía que reconocer que aquel paraje era escalofriante, pero también era pacífico y sereno.
Un pequeño y serpenteante riachuelo cruzaba de lado a lado aquellos jardines y en medio de éste había un gran tronco de madera a modo de puente. Los altos juncos parecían incitar al desfile por él. Y allí sentado, en su lugar de siempre, divisando la caída del río, con su gran pipa de fumar se encontraba el anciano. Encorvado hacia delante, sus grises ojos parecían velarse por momentos, abstraído completamente en sus pensamientos. Mostró una sonrisa cálida en cuanto notó la llegada de Karma, quien en posición de meditación se sentó a su lado. Le ofreció la pipa de fumar para que le diera una calada, algo que ella rechazó, y en silencio meditaron un rato mientras el arroyo les deleitaba con su cántico acuoso.
—Siempre estás aquí. —Dijo ella con confianza, pues aquel anciano, había sido su apoyo durante muchísimo tiempo, su confidente y su mejor amigo.
—Siempre estoy aquí. —Afirmó él con una sonrisa, mientras el humo del tabaco que se escapaba de su boca ascendía.
—A nadie le gusta este lugar, excepto a ti. —Ella rio y él carcajeó con ella.
— ¿Sabes por qué me gusta este lugar? —Él la miró y ella negó con la cabeza. —Precisamente porque a nadie le gusta. —Volvió a carcajear de nuevo.
—La última reunión no se habló sobre…
—Sabía que vendrías a preguntarme sobre ello. —La interrumpió Aran'tsú con una sonrisa. —Ya sabes las respuestas a ello, Karma. Los ancianos saben que por mucho que te digan tienes que ser tú la que dé iniciativa y haga caso a los espíritus. —Ella suspiró algo apenada.
—Me aferro a un clavo ardiendo, lo sé. Quiero escuchar buenas noticias, pero… no las habrá. — La pipa de su compañero volvió a humear. — Es duro ver, como todo tiende a… destruirse. Siento impotencia ante Zed, siento que él ganará siempre. Quizás la definición de monstruo que tanto le da Dharma no esté tan desencaminada.
— ¿Monstruo, eh? —Se atusó la barba mientras sus ojos se achinaban de manera risueña. — He conocido, a lo largo de mi larga vida, a muchos denominados monstruos. Y cuanto más conozco más me doy cuenta de que, solo son así porque nosotros les obligamos a elegir la vida de un monstruo.
— ¿Qué quieres decir?, ¿es acaso culpa nuestra que Zed sea así?, no puedo llegar a creerme eso. Todos tenemos nuestros caminos abiertos.
—Es cierto, mi adorada Karma, pero no es lo mismo tener tres caminos completamente abiertos a ti, que dos senderos de pinchos y uno de libertad, ¿no crees? — Ella lo miró con el ceño fruncido. Él continuó. —Kusho, ahí empezó todo, y ahí acabó también. Conocí a ese hombre tiempo ha, y a su hijo, Shen, un hombre con pesadas cargas a sus espaldas. Él me habla a veces, dolido por el cambio en su Orden, por los fallos en sus enseñanzas.
— ¿Qué culpa puede tener ese hombre en ello?, lo hizo lo mejor que pudo. Zed, es descrito como ambicioso, fue él quien dio el paso a la técnica prohibida. Zed tenía sus caminos abiertos, y tenía ayuda para tomar el correcto.
—Hmm… el correcto. ¿Quién dice cuál es el correcto?, ¿lo dice Shen?, ¿lo dice Kusho? — Aran'tsú se quedó pensativo un rato. —El camino de Zed era destapar de una vez por todas esa técnica. La llamada prohibida. Fue repudiado por ello, comprendo la humillación que debió de sentir, al rechazarle por ser lo que era.
—No consigo comprenderlo. Un padre que te lo da todo, un hermano que te lo da todo, y destruyes su Orden. ¿Qué es eso sino digno de una persona que no tiene corazón?
—Si una carpa tiene como hijo a otra carpa, Karma, son felices en un río, descienden y ascienden por sus corrientes, pues su entorno es el agua. Pero, si una de esas carpas adopta a un León, y éste comienza a ver como su hogar el agua, ¿qué ocurre?—El silencio se cernió sobre ellos, quienes pensativos analizaban sus palabras. — Zed, era Zed, un niño más inquieto que Shen, un niño al que le encantaba superarse y superar a todos, tomaba sus propias iniciativas, un niño que por primera vez dominó la llamada técnica de las sombras.
—Esa técnica está prohibida.
—Prohibida estuvo muchos años, es verdad, su poder era de tal magnitud que controlarlo hacía destruir al portador y todo lo que le rodeaba. Sin embargo, Zed, la controló. Quizás él debía de ser el primero en hacerlo. Pero nadie supo apreciar su potencial para dominarla. En lugar de eso, lo repudiaron.
—Porque desobedeció.
—Oh, mi querida Karma, ¿Y quién no desobedece?, yo lo hice en mi época de juventud, mis mayores descubrimientos se hicieron desobedeciendo. Dime, duquesa, ¿no desobedeciste tú al usar tu poder como arma cuando lo tenías prohibido? —Ella se sorprendió ante sus palabras quedándose sin respuesta. —Pero debido a las circunstancias, tu técnica fue considerada como algo bueno, un equilibrio entre la meditación y la fuerza.
—Creo que… quizás ahora comprendo.
—Eres una mujer prodigiosa. No hay duda, tu situación no es para nada envidiable. Pero sé que podrás con ella.
—Él debió de pensar que Kusho estaría orgulloso. —Se apenó esta vez la mujer.
—Era un joven cuando tales cosas pasaron, es muy probable que sí.
—Yo también sentiría rabia, si me despreciasen por lo que soy. —El anciano sonrió mientras el humo de su pipa se alzaba.
—Dime pues, qué es lo que crees, ¿un monstruo nace?, ¿o lo hacemos nosotros?
Soro veía la lluvia caer sentado en un peldaño de la inmensa escalera del monasterio. Sentía el "plac", del shishi-odoshi cuando la caña comenzaba a cargarse de agua. Era un sonido relajante y de pronto quiso ser un shishi-odoshi, llenarse de agua, vaciarse hasta dejarse exhausto y volver a cargarse. Se levantó de su asiento y bajó unos cuantos peldaños, hasta que la lluvia comenzó a posarse en su pálida piel. Extendió los brazos y comenzó a llorar. Zed no le dejaba llorar, pero, con el camuflaje de la lluvia nadie podría distinguir sus amargas lágrimas. Se sentó en la escalera mojada, posó sus codos sobre los muslos y dejó caer su cabeza sobre sus manos. Las gotitas se deslizaban por su pelo y se metían por el interior de su camiseta. Aquel lugar, era todo sombras, él era sombras, su… maestro… sombras.
Hacía ya un par de semanas que no podía contactar con su hermana, un bloqueo le impedía el paso, el maestro de las sombras no decía nada al respecto, emitía un sonido bajo y le mandaba volver a intentar contactar con Dhar. Soro comenzaba a pensar que su pariente lo había abandonado. Era lo más probable, cuando nació y supieron de su "don", se alarmaron, siempre había sido una carga, fueron repudiados por su propia aldea y tuvieron que partir algo más al norte para probar suerte hospedándose a las afueras. Las crisis de Soro nunca pasaban desapercibidas y su madre desesperada le había dicho una vez… que era culpa suya.
Sollozó de nuevo y se limpió los ojos con la muñeca. Todos se iban de su lado, él sólo quería que Dhar lo protegiera. Tenía la esperanza de que un día volviera a por él y le dijera que volvían a casa. A su casa en el norte.
—Soroush. —Una voz firme, femenina, pero grave sonó detrás de él. — ¿Qué haces?, levántate de ahí y ven aquí. Maldita sea estás empapado. —Suspiró mientras tomaba al chico por el brazo y lo adecentaba un poco. —Zed quiere verte, provocarás su ira yendo así. Muchacho… a veces parece que te gusta enfadarle.
Lo llevó dentro y lo secó un poco como pudo. Aquella mujer era buena con él. Bueno… era buena con él a veces. Era más de lo se podía esperar en aquel lugar. La muchacha lo guio por el templo, ella iba delante y él detrás en silencio, miraba la madera humedecerse bajo sus pies. El hombre que lo esperaba estaba sentado encima de unos oscuros cojines, con posición de meditación les daba la espalda, parecía observar algo que le llamaba su atención a través de la ventana del monasterio. No hizo ademán de girarse para recibirles, tampoco les habló. La mujer esperó junto al niño a que su maestro diera una orden. Éste tomó un cojín de su lado y lo tiró de mala manera hacia delante.
—Siéntate aquí, Soro. — La mujer lo empujó y el crío caminó lentamente masajeándose la cara para tratar de disimular que había llorado. Lentamente apoyó sus rodillas en el mullido cojín y se quedó mirando fijamente a las piernas de aquel hombre. Ya no se atrevía a mirarle a la cara siquiera. Zed paseó su mirada por todo él, notando cuan mojado iba el crio chascó la lengua con menosprecio. —Creo firmemente que —Comenzó el frío hombre que tenía en frente a hablar, con un tono algo más moderado que de costumbre. —aquí tú podrías hacer grandes cosas. Tú eres las sombras y yo las controlo. Podríamos llegar a descubrir técnicas que el mundo no llegara nunca a imaginarse. — El niño seguía mirando hacia abajo sin emitir un sonido. Zed lo tomó por la barbilla, mas la pequeña criatura mantuvo su mirada baja a pesar de ello. —Mírame cuando te hablo, Soro. —El niño elevó su cabeza y miró directamente a los ojos de quien le hablaba, incapaz de mantener su mirada la desvió mientras tragaba saliva y aguantaba el llanto. — ¡Mírame! — Esta vez hizo caso, y se mantuvo firme tratando de no apartar sus ojos de quien estaba en frente. Zed sonrió. —Pero como sé que me odias. —El chico lo miró con quebranto al escuchar sus palabras. —te mostraré que no soy el monstruo que los demás dicen que soy. —pausó y Soro creyó que lo mataría, que recibiría un castigo o algo peor, tembló silenciosamente. —Las puertas del monasterio están abiertas para ti. Eres libre de irte, Soro.
La criatura lo miró con sorpresa, y encontró en aquel maestro un dije de luz que nunca antes había visto en él, o eso se creía. ¿Era un truco?, ¿de verdad podía levantarse e irse sin más?
— ¿No me vas a matar? — Preguntó el niño con recelo. Zed soltó una exhalación burlona.
—Si te hubiera querido matar lo hubiera hecho cuando me hubiera dado la gana. Pero, he aquí, y estás vivo.
— ¿A-A dónde puedo ir? — El hombre dibujó una fina y discreta sonrisa.
—Eso ya es cosa tuya. —Se levantó y lo miró desde las alturas. —Quizás tu hermana te espera. — Se dio media vuelta y miró con maldad a su alumna quien no le sostuvo la mirada.
—Zed. —Detuvo el niño la marcha del maestro. —Creo que ella…no me-me… —Contuvo su sollozo. —Mi poder… es algo malo…
El hombre caminó hasta donde él estaba, hincó la rodilla en el suelo y se puso a la altura del niño. Pudo hundirse en los ojos negros de éste, quien le devolvió la mirada quemándose con el fuego rojizo del maestro. Soro entreabrió su pequeña boca, entendía… entendía que había algo en Zed que te hacía querer… mucho más. Comenzó a respirar con agitación. El maestro tocó la mojada cabellera del chico, elevó sus dedos mientras elevaba el pelo del muchacho, luego tocó sus mejillas y descendió hasta dejar la mano en el pecho del niño, justo encima de su corazón.
—Yo fui. —Dijo con el sonido de las sombras. —Una maldición una vez. Pero he demostrado a todos los que me denominaron monstruo, que soy… mucho más que eso. — La criatura pudo ver la fortaleza de él, el entendimiento que su vida parecía ofrecerle. —Si me lo das todo, Soro… absolutamente todo, yo te daré un nuevo mundo. Uno en el que ni tu ni yo seremos monstruos. —El niño bajó la mirada al suelo de nuevo, su labio inferior comenzó a temblarle. Zed se levantó y se dio la vuelta para retomar su camino de nuevo. —Pero si quieres seguir siendo lo que otros dicen que eres… tu libertad es tuya.
Salió de la sala y le hizo un gesto a su alumna para que saliera con él. Comenzaron a caminar por los entramados pasillos del templo. El hombre, que en aquellos momentos había dado libertad a su posesión más preciada parecía estar realmente feliz algo que la mujer de su lado no entendía.
—Maestro… —Comenzó ella. —Ahora que su hermana no parece molestarnos más, ¿no sería mejor encerrar al chico?, quiero decir… ¿es realmente buena idea?
—No has entendido nada. —Interrumpió él con desdén. —No quiero un niño encerrado, quiero su mente, su corazón, su cuerpo y su alma, únicamente para mí. Ese niño es mío, es mío todo él. —La miró con severidad. —Solo había dos opciones; que su hermana vinera a buscarlo, y si ese hubiera sido el caso la capturaríamos para poder usarla, o que su hermana impidiera el contacto, que ha sido lo que ha pasado. Ahora él está solo.
—A través de la hermana hubiéramos llegado a la duquesa. ¿No cree que hubiera sido…?
—No quiero a la duquesa para nada. El chico cree que está solo, pero estamos nosotros para hacernos cargo de su soledad…
— ¡Zed! —Interrumpió la conversación una voz lejana y aguda.
El maestro miró a su alumna con una expresión tan malévola como los mismos demonios.
—Ahí está. —Afirmó para su alumna la cual pudo en ese momento comprender su técnica.
El niño llegó hasta ellos, bajó la mirada y entrelazándose las manos le dijo a su maestro.
—Yo… quiero quedarme. Quiero ser… fuerte, no quiero seguir siendo una maldición. —El hombre se inclinó un poco para sostenerle la barbilla y hacer que lo mirase.
—Ahora, Soro, dímelo de nuevo mientras me miras. — La criatura tragó saliva, y se mojó los labios. Vio la entrada a algo más oscuro de lo que él en su corta vida había visto en su poder. Frunció el ceño y apretó la mandíbula. Sí, él podía ser, él podía superar al hombre que tenía en frente, y vengar a sus padres y después… después tal y como él decía se cercioraría de que aquellos que decían que era un maldito no lo dijeran más.
—Me voy a quedar, voy a ser fuerte, voy a ser La Sombra. —La voz resonó aguda, había elevado su tono de voz, sus puños se tornaron blanquecinos por la ira contenida, el color negruzco de su iris se expandió por todo su ojo durante segundos.
Zed hundió sus cejas mientras veía la sombra oscurecer a la criatura, y orgulloso de su trabajo, sonrió.
