Bañarse con agua salada

La ira es una serie de impulsos salvajes que impiden pensar con detenimiento. Empuja a acciones irreflexivas sin una sola muestra de arrepentimiento inmediato. Sólo se llora sobre cristales cuando se deja de ver rojo y es imposible echar el tiempo atrás. Pero es una situación diferente al momento en que esos impulsos son cometidos en la desesperación total.

― ¡Por favor, déjame en paz! ¡Ya te dije que no sé nada de tus hermanos!

No piensas, tus movimientos son propios de ahogados y hay cosas más importantes en la cabeza en las cuales pensar que en un par de platos rotos. Los pateas a un lado para romper otros. Romper tu culpa, tu raciocinio y tu capacidad de decir basta.

―No te creo nada ―lo vidrios se clavan en la piel. Las manos, antes por fin limpias, vuelven a teñirse de rojo, y aunque es una sensación que asquea y enferma, hace un poco menor la angustia que rige todo en el interior.

― ¿¡Qué quieres de mí!? ¿¡Por qué haces esto si no te conozco!?

― ¡Deja de mentir, tú sabes de lo que hablo, te has estado vengando de mi a través de mis hermas! ¡Tú has sido porque yo mate a tu hija! ―y ya nada importa porque no se puede caer más bajo, no se puede perder más, sólo cuidas lo que te queda, destruyendo a cambio lo que una vez te importó― ¡Sakura, se llamaba Sakura, era enfermera! ¡Yo la mate y tú lo sabes…!

Las cosas se fracturan y poco a poco también se quiebran a golpes de terceros o el peso que uno mismo se impuso. Un hombre se rompe bajo pocas palabras y ya no le interesa más nada de sí.

― ¿Tú qué…? ¿Mi niña? Fuiste tú…

―Pero…Kato dijo que seguías investigando su muerte…se equivocó. No fuiste tú.

Haruki dio la vuelta pensando en la próxima persona en su lista, dejaba a su espalda un lugar destrozado y un hombre sangrante entre vidrios, madera y el peso de la verdad en su cabeza. Un punzante dolor entumió todo su brazo, podía mover los dedos pero no controlarlos del todo. Un segundo golpe en la pierna la hizo arrodillarse. El hombre, padre de una de sus víctimas, se había hecho con un pedazo de madera de la silla rota luego que Haruki lo empujase contra esta. El odio lo impulsó contra el miedo y dolor infundidos por su atacante e incapaz de dejarla ir luego de saber que había asesinado a su hija, saltó contra ella.

― ¡Mi hija! ¡Mi niña! ¡Tú me quitaste a mi hija!

Le seguían más y más golpes las astillas se enterraban en sus manos; no era pesado, pero en otras circunstancias de no ser ayudado por la furia ciega, no hubiera sido capaz de levantar 3 kilos de madera y golpear.

Incapaz de darse cuenta de su alrededor, incluso a sí mismo, el hombre que alguna vez fue padre arremetía contra Haruki sin saber con quién se metía. Inconsciente de las posibles consecuencias. Él sólo quería vengarse. Que esa mujer de cabello rojo y ojeras pronunciadas pagara por su pequeña. Encontraron su cuerpo en un callejón, empapado por las lluvias de la noche anterior y tirada en un charco oscuro, manchando su uniforme blanco. Su cuerpo empezaba a tomar las tonalidades grises de la muerte. Volvía de su apartamento cerca del hospital donde ayudaba a los pediatras. Era una chica sonriente, pero seguramente todos los padres decían eso al ver la foto de sus vástagos muertos. Pero era verdad, tenía la sonrisa de su madre. Era toda la imagen de su ex -esposa. Se separó de ella en cuanto empezaron las apuestas, el vicio del juego y el alcohol. Era lo único que veía. La sonrisa de su hija. Era todo lo que le quedaba, un recuerdo.

Haruki detuvo un golpe. El hombre trató de arrebatarle el madero entre sollozos sin fuerza pero ella lo tenía bien asido. Limpio la sangre que le impedía ver. Ella también lloraba. Se lo quitó de un tirón así como la determinación para seguir en pie. El hombre cayó al suelo llorando, sus manos hechas puños.

―Sí, sí te quite a tu hija. ¡Pero eso tú lo provocaste! Ahora lidia con eso. Con la consecuencia de tus actos… ¡tal y como yo intento hacerlo!

― ¡Tú no intentas lidiar con la consecuencia de tus actos, estas reusándote a tu justo castigo! ¡Tus hermanos murieron por tu culpa!

―Cállate…―mastico entre dientes.

― ¡Se murieron porque su hermana es una maldita asesina de inocentes! ¡Y qué bueno! ¡qué bueno que se murieron esos malnacidos hijos de puta, se lo tenían merecido!

― ¡Cállate! ―Haruki lo golpeo con todas sus fuerzas. Como si empuñara un bate de fierro y la cabeza del hombre fuese una sandía. No salpico igual que una, pero el hombre no pudo levantarse.

"Muerte cerebral" pensó. Se limpió en la medida de lo posible y el bate improvisado lo dejó en una cubeta hasta el borde de detergente y cloro. Terminando aquello regresó a la sala y se puso encima la chaqueta de cuero café que había dejado en el respaldo del sofá. No le dio otra mirada al hombre, sólo abrió la puerta con la manga de su cazadora y salió al frio de la noche.

―No era él…otro más que no era…― ¿Cuántos iban? ¿Cuatro? ¿Cinco? De todos esos, cuantos no habían acabado igual. Quienes eran familiares o amantes de sus víctimas eran los sospechosos número uno.

"Muchas veces este tipo de asesinatos son movidos por la venganza. Ojo por ojo ¿Tiene usted o alguno de sus hermanos enemigos?

―Como si fuese a contestarle eso a un detective.

Poco después que las muertes consecutivas llamaran la atención de la policía, un detective arribó a la ciudad y se había adherido como garrapata a ella y sus hermanos; llego preguntando por el último asesinato y vaya recibimiento, como para darle pistas frescas, esa misma tarde alguien había intentado matar a ambos gemelos. "Por suerte fue sólo un intento. Medio centímetros y quien disparó hubiera logrado su cometido de matarlos a ambos. Podríamos decir que Arashi salvó a su hermano". Sonrió mostrando los dientes, sonrió para no llorar "No quiero apresurarme a sacar conclusiones, pero quien disparó conocía bien a tus hermanos, el tipo de calibre y el lugar al que apuntó no fueron mera coincidencia".

―Claro que no, todo ha sido planeado con premeditación…

Caminaba sola en medio de las calles. No se escuchaba ningún ruido. Todos dormían en la calidez de su cama, ignorantes del peligro en potencia que rondaba por su barrio. Buscando. Olfateando. Presta a un rastro tan borroso por las lluvias del tiempo que tenía la finura de un hilo de araña. Pero se aferraba a este con todas sus fuerzas tratando de desenmarañarlo.

―Estoy cerca ―. Era la una de la madrugada y al doblar la esquina encontró la casa. Su ex -jefe le había dado esa misma dirección pero algo no estaba bien, sacó el celular mientras caminaba a la parte trasera de la casa, viendo por el rabillo del ojo cualquier señal de un fisgón. No había error era la casa. Sacó sus llaves, donde tenía colgadas un par de herramientas, metió una pequeña varilla, no más grande ni ancha que un pasador, doblada por la punta y con otra comenzó a rasgar la parte interna de la cerradura hasta que abrió con un clic. Todo estaba sumergido en penumbras, ni una luz de la calle ni electrodoméstico que despidiera una luz verde o roja. Nada. De hecho la casa estaba vacía, olía a polvo y humedad de ya varios años.

Hacía calor en la estancia, pero en ella sintió un frio siniestro instalarse en su columna vertebral. Salió de allí corriendo, jalando la puerta de golpe y hasta rompiendo los cristales del azote.

"Aparte de ellos no hay nadie más, el resto de los clientes, ya sabes, se atrasan mucho en sus pagos. La primavera pasada murió el último al que trataste y las familias de los otros dos desaparecieron, no hay rastro de ellas; te puedo dar sus apellidos pero no creo poder serte de ayuda más que eso" dijo el gordo sudando como siempre, alguna vez pensó en que él podía ser quien estuviese detrás de todo pero la sorpresa de verla le quitó esa idea de la cabeza.

―Hay alguien que sí me puede ayudar…

La habitación era fría por culpa del aire acondicionado, pero las mullidas almohadas y sabanas abrazaban de forma tierna, atrapando el calor corporal. Bajo las sabanas yacían dos cuerpos, enredados en las extremidades y usando los brazos como almohadas y cobijo al talle. Una pareja que se abraza bajo las sabanas, tan profundamente dormidos a esas horas de la madrugada, un placer tan grande que debe ser compartido.

La tranquilidad de una situación común, nada fuera de lo normal, sólo puede perturbarse por una situación de vida o muerte. Algo fuera de las capacidades de control. Siendo Eisuke quien es, no apagaba su celular ni al ir a dormir. Este empezó a sonar en la mesa de noche. Eisuke se revolvió en los brazos del castaño y alzó su celular. Despertó por completo al ver el identificador de llamadas. Se quitó de encima las sabanas y contesto en la sala del apartamento.

― ¿Sagae? ¿Qué pasa? ¿Le sucedió algo a Isuke?

―Eisuke-san ¿Puede abrirme? No quería tocar el timbre para no despertar a Kao-san―la voz de la chica sonaba completamente ajena, ida en otro mundo, desde donde el sonido no llegaba con vida. Igual a un autómata, pre-programado desde el centro de su sistema. Acatando ordenes sin llegar a sentir siquiera el frio del pecho.

Puso a Eisuke nervioso, no estaba seguro de lo que traía a la chica hasta su apartamento, pero sí la razón principal. Puso objeción a que Isuke abandonase el trabajo de asesinato que heredaría al retirarse él, de hecho, le disgustó mucho, llegando a los gritos cuando escuchó sus razones. Una vida feliz y tranquila con la persona que amaba. Él no las entendía. Pero ahora, no sabía por las cosas que tuvo que pasar su hija para tomar la decisión de exterminar a los jóvenes Sagae, más ningún infierno podía justificar su manera de actuar. Todo ello lo decepcionaba y entristecía, su hija al fin había enloquecido y lo único que podía hacer era mantenerse al margen.

― ¿Isuke sabe que estas aquí?

―No…no he hablado con ella desde…el funeral ―se hizo silencio en la línea, era difícil saber si la chica seguía allí. El rubio suspiro.

―Ya bajo.

Vistió unas zapatillas apresuradamente y tomó una camisa sucia del cesto de la ropa. Bajó por las escaleras desde el 12avo piso, aprovechando para enviar un simple mensaje a su hija.

"Haruki está aquí"

Si ella lo veía o no, ya no le correspondía, así como lo que haría a continuación.

―El frío se siente a esta hora de la noche ―dijo como saludo. La chica no lo miraba, tenía la vista fija en algún punto de la calle, apoyada en un auto estacionado frente al complejo de apartamentos. Al momento de acercarse Eisuke pudo ver el desastre que era, el cabello tenía sangre así como parte de la cara, cortes y algunos golpes, también la ropa que se dejaba ver bajo la cazadora estaba teñido de sangre seca― ¿Qué demonios te pasó?

―Lo últimos días del invierno son los más fríos ―dijo ignorando su pregunta, hablaba con un cigarrillo entre los dientes, Eisuke frunció las aletas de las nariz al percatarse del humo, no era muy adepto a este. La chica pareció darse cuenta y aplastó el cigarrillo contra el auto y metió en su bolsillo la colilla―. Nunca creí caer en este vicio…pero tampoco pensaba que las cosas podían darse como lo han hecho.

―La situación por la que pasas no es sencilla, nadie te culpa si encuentras una escapatoria―sopesaba la idea de llevarla a algún hospital, no conocía la gravedad de sus heridas pero para tener sangre en la cabeza debieron golpearla con algo contundente, tenía las llaves del auto en el bolsillo trasero. Intentó tocarla y ver cómo era la herida de su cabeza pero la chica le sujetó la mano evitando que la tocase.

―No es ninguna escapatoria, los odio, pero el sabor del chocolate ya no lo puedo tolerar…vomito cada que vez que lo pruebo― ¿significaba algo acaso? La dulzura era ya tan impropia en su vida que su mismo cuerpo lo rechazaba. ―Estoy hablando estupideces.

―Dime a qué viniste ¿Por qué estás así?

―Las cosas se salieron de las manos y usted sabe por qué vine. Isuke se niega a ayudarme, dice que les deje el trabajo a los investigadores, a los estúpidos policías. Y soy yo la que dice idioteces… Eisuke-san, ―esos ojos ámbar tenían oscuras ojeras, inyectados en sangre, seguramente ardían como el infierno cuando se metía a la ducha. El derecho era el peor, se veían más venas rojas que el blanco de la esclerótica―necesito su ayuda más que la de nadie más ¿qué responde?

―Quieres que te ayude a encontrarlo ¿Isuke te ha dicho que se lo dejes a los policías? ―la pelirroja asintió―pues no lo dice con pericia o mala intención, es lo mejor que puedes hacer. No sólo para no echar por el caño todos estos años en que no se han ensuciado las manos, sino porque no hay a nadie a quien buscar. Ya lo hemos intentado―mintió, sino podía ayudar a Haruki al menos no afectaría a su hija, le daría tiempo en esperanza vana de que se reformara―, no hay nadie. No existe ningún nombre o quien te guarde rencor en nuestros círculos.

―Debe haber alguien, algo, un indicio vago, una noche en que alguien no estuviese en casa dormido. Alguien a quien se contratara por medio de un tercero ¡Algo!

―Chica, si lo hay, los únicos que podrán descubrirlo son ellos, no contamos con nada ni una pista ni nada y tú no puedes darle a esos perros azules indicios de lo que hiciste en el pasado, la mejor carta con la que cuentas es la completa inocencia. Te creerán más a ti que al asesino de tus hermanos si llegan a encontrarlo y él suelta la lengua. No podemos ir descartando nombres de una lista hecha con corazonadas

― ¿Y qué he estado haciendo yo entonces? ―sacó de su chaqueta una hoja con nombres tachado, direcciones, lo que fuere que pudiese llevar a alguien ―Eh desperdiciado mi tiempo, y energía, ¿Qué es lo que debo de hacer? ¿Esperar a que todo se solucione por sí mismo? ¿Dormir con un ojo abierto? ¿Cuidar a cada uno o mandarlos lejos para que puedan sobrevivir? ―negó, calló derrotada al suelo, apoyando la cabeza contra el auto; sus ojos estaban acuosos y le impedían ver pero no se escapaba lagrima. Una mano le sujetó del brazo y la guio hasta el interior del auto, al asiento del copiloto.

―Te llevaré a un hospital, no me gusta cómo se ven esas heridas.

―No, lléveme con Isuke, no quiero ir a ningún maldito hospital, lléveme con su hija por favor―se sostenía el ojo derecho, si empezaba a sangrar olvidaría su petición y daría media vuelta al hospital más cercano.

―De acuerdo, sólo espera―cerró la puerta y se alejó un par de pasos. Nunca habían sido tan cercanos, pero en una situación como esa Eisuke sentía que le debía toda la ayuda que podía ofrecerle.

Llamó a su hija, que contestó al segundo timbrazo. No le preguntó nada, sólo le comunico que llevaba a Haruki a su apartamento, necesitaba de ella pues estaba lastimada y si no pensaba dar marcha atrás en su locura, al menos debía lidiar con el producto de esta. Colgó el teléfono y entró al auto, la chica estaba encogida en el asiento, abrazando sus rodillas. Miro con detenimiento el volante y arranco el auto.

El viaje fue corto, pero Haruki estaba exhausta tanto física como emocionalmente, así que cuando llegaron ella dormía en el asiento. El rubio la miró con pena. El amor de su hija era algo que no podía entender, le habló tratando de hacer que entrase en razón pero no quiso escuchar. Ahora sólo el cielo sabía lo que pasaría.

Isuke se paseaba por el apartamento, cada dos minutos veía por la ventana tratando de vislumbrar a su madre junto a la pelirroja. En cuanto recibió la llamada había intentado poner el mayor orden posible a la estancia, pero era incapaz de hacer en unos minutos lo que no había hecho por meses, así que buscó el botiquín que había en el baño. Mientras revisaba su interior tocaron la puerta del apartament.

Dejó pasar a su madre, traía en brazos a la chica dormida. Su mirada era de pura tristeza y ella sólo quería que las dejara solas, y así lo haría, pero antes que nada depositaría a Haruki en la cama matrimonial que ambas compartían hasta hace meses. Ahora volvía inconsciente al lecho que no debió abandonar. Los problemas que se habrían ahorrado. Sólo tenía que seguir su vida tal como lo habían hecho hasta ahora y así salvar a su familia.

Se notaba que la cama había sido tendida hace poco. En realidad, era el lugar más limpio de toda la casa. El resto de los muebles seguían acumulando polvo en todas las habitaciones; el buró de madera que Eisuke les había regalado estaba cubierto por una capa gris que podía cortarse con el roce de un dedo. Los cosméticos sobre este sufrían del mismo mal, los colores vivos y fuertes de los perfumes que le gustaban tanto a su hija se veían grises. En las esquinas de la habitación, las arañas habían tejido su hogar, con finas hebras platinas que en conjunto parecían suave algodón de lana. Aun así, no era mucho. Las sabanas eran blancas, sí, pero las almohadas no tenían fundas y las anteriores colchas se hallaban amontonadas junto a la pared.

Se preguntaba si Isuke arreglo algo más que eso. Le había dicho hace poco que su concubina regresaba a casa malherida y sería ella quien debía encargarse de su cuidado. Por supuesto, esperaba que hiciera un mayor esfuerzo en el embellecimiento del lugar.

― Ha estado investigando―dijo Eisuke de frente a la cama. Al lado su hija, pero no cruzaban miradas, observaban a la pobre chica tomando un merecido descanso. Estaba cruzado de brazos. ―Busca al responsable de la muerte de sus hermanos entre los familiares y amigos de sus propias víctimas. Sospecho que le ha hecho daño a más de una persona inocente. ¿Te das cuenta de a cuantas personas estás dañando?

―Olvidas a su madre.

― ¿Cómo?―dijo Eisuke. Ladeo la cabeza para observar a su retoño. Seguía observando a la chica, con una palpable melancolía en el rostro, con sus parpados caídos hasta la mitad de sus ojos ambarinos.

―Haruki también quería a su madre. Era importante para ella.

― Sí, lo era. Igual la pequeña. Igual el chico que quería ser doctor. Igual que todos los que están bajo tierra. ¿Ha valido la pena?

La pregunta salió de su boca y quedo flotando en el aire. Era como estar frente a una persona que se rociaba desodorante, molesto, irritaba los ojos y la nariz. Pero era necesario. Eisuke puso especial atención en su rostro. Quería ver cómo se alteraba. Pero lo único que alcanzo a divisar fue el baile que hacían sus pupilas, de izquierda a derecha.

Debatiendo. Entre un sí o un no.

Eisuke suspiró y volteó la cabeza a Haruki.

― Me sentí decepcionado cuando decidiste no seguir mis pasos y en su lugar quisiste jugar a la casita con esta chica. Te crie para ser mi sucesora. No para que te quedaras en casa limpiando y arreglando.

― No estuviste contento. Lo recuerdo―. Dijo Isuke, absorta del mundo y casi todo lo que le rodeaba. Sólo tenía ojos para la pelirroja.

― Así es, pero con el tiempo entendí, que quizás eso era lo mejor. Mientras más me veía en situaciones que casi me costaban el cuello, más pensaba que estarías mejor viviendo una vida tranquila―hizo una pausa, esperaba escuchar respuesta de su hija quien no se encontraba allí en realidad, pero quizás podía hacerla volver, dar un paso atrás, arrepentirse. Durante un momento pareció que no iba a responder.

― ¿Te preocupas por los demás madre? ¿Desde cuándo sentimos aprecio por la vida inútil?

― ¡Yo nunca hice esto por placer, Isuke!

Ella dio un respingón, hacía mucho que su madre no le gritaba. Tendría ella 15 años, cuando emprendía una de sus primeras misiones de prueba, acompañada por su madre como mero observador. Aquella noche su víctima estaba corralada en un callejón oscuro. Todo fue como la seda. El rastreo, la caza, el aislamiento; hasta ese momento. Había vacilado al momento de dar el golpe de gracia y en consecuencia ese hombre pudo sacar un arma para defenderse. De no ser por la puntería de su madre…

Esa noche recibió un buen regaño. No estaba lista. Seguía sintiendo empatía por la víctima.

Ella recordaba que esa noche fue una decepción para su madre, y ahora, sentía que lo era aún más.

― Isuke tampoco hace esto por placer, madre. Es una obligación.

―No había ninguna obligación. La mujer ya estaba quitándose la vida a su manera, por su familia. Tú entiendes eso. Arriesgamos nuestras vidas muchas veces por nuestro hogar. Pero ahora la has empujado a una zancada de la muerte. Está buscando su propia destrucción sin saberlo.

― Ella…es fuerte. Estará bien cuando todo termine.

― ¿De verdad? ¿De verdad piensas que volverá a ser como antes? ¿Qué la vida volverá a la normalidad una vez hayas terminado? El daño que hiciste es irreparable. Tu Haruki no va a volver. Sus días están condenados a ser grises de aquí en adelante.

―No. Isuke sabe…Isuke sabe…―ella cerro los ojos y manos con fuerza, empezó a temblar ― Isuke sabe que Haruki podrá superarlo. Sólo necesitará tiempo.

―No quieras mentirme. Soy tu madre.

―Aún si eso es verdad. Isuke ya no puede hacer nada al respecto.

―Puedes parar con esto―el temblor de Isuke se detuvo, abrió los ojos y volteó a ver a su masculina madre. Isuke parecía más viva, como si acabara de despertar. ― No puedes cambiar lo que hiciste, pero puedes evitar que llegue más lejos. Ella ya está sufriendo por la melancolía y la venganza, y nunca soltará esta última. Pero al menos no llegará a consumirla.

― ¿Pero cómo? Isuke admite que obro mal. No puede dormir por las noches porque escucha cosas en sueños y los ve en los rincones. Las manos han empezado a temblar y no puede sostener nada. Estoy tan metida en esto… que ya no puedo salir. ¿Cómo?

Eisuke contemplaba conmocionado como su hija se derrumbaba. No recordaba haberla visto alguna vez así. No en el tiempo que pasó con él y su pareja. La mujer frente suyo se veía tan demacrada, que le recordaba más a esa niña que había encontrado en esa casa mugrienta que a la chica autosuficiente que vivió bajo su techo.

―Un asesino aparece de repente, sin dejar pistas, desaparece de la misma forma que llegó. Así de simple.

―Haruki no lo olvidará.

―Pero puede superarlo. Si las personas correctas la ayudan.

―Quizás tienes razón…

―Estoy seguro que sí. Puedes hacer tanto bien a esa mujer como ella lo hizo contigo. Nunca creí verte sentir culpa por alguna obra tuya. No vale la pena seguir con este sin sentido.

Los ojos de Isuke empezaron a perder brillo hasta quedar opacos, con esta pérdida sus parpados, hombres y cabeza cayeron de nuevo.

―Debo ser una decepción para ti madre.

Se acercó a ella y la abrazó, con su mano sostuvo la cabeza de Isuke contra su pecho.

―Siempre has sido mi orgullo. No estoy decepcionado, lo que siento es tristeza por mi niña.

Isuke le devolvió el abrazo. De nuevo recuperaba su color. Recordaba su espalda fuerte como un roble. Siempre erguida, confiriéndole un aspecto elegante y orgulloso. Ahora que recorría la línea de la espalda con sus dedos, se daba cuenta que su madre seguía siendo la misma fiera orgullosa. La edad aún no había conseguido cobrarle factura.

Acompaño a su madre por toda la casa hasta la puerta de su auto. Seguía oscuro y el silencio era la ley que imperaba, solo violada por el concierto de cuerdas de las cigarras. Un precio a pagar por el césped que ella y Haruki habían querido otrora frente a su hogar.

-Madre ¿Por qué has dicho esas cosas a Isuke? Pensaba que no querías intervenir en esto.

La madre con pene ya había abierto la puerta del auto, tenía una pierna dentro del mismo cuando ella lo llamo. Sus ojos no la miraron por un momento.

-Porque si esa mujer llegaba a dar contigo, poco le habría importado quien eras.

Había pasado una hora desde que su madre se había marchado. Eran las cuatro de la mañana, con algo de suerte su padre no se había despertado. Ambos ya llevaban varios años juntos, sus cabellos empezaba a encanecer y sus rostros lucían más cansados con cada año que pasaba. Sin embargo el carácter de su padre no había cambiado. Era algo que, por muy rudo que fuera, su madre prefería evitar.

La casa había quedado a oscuras. Las cucarachas que habían llegado hace pocos días, atraídas por la pila de trastes sucios campaban a sus anchas, camufladas, esparciendo sus gérmenes por toda superficie que recorrían, pero siempre evitando acercarse al resplandor que provenía de una de las habitaciones.

Isuke había subido a la cama con Haruki, y colocado la cabeza de la pelirroja sobre una de sus piernas. Los muslos de su pareja serian un lugar más cómodo que las almohadas, ella siempre la había alagado por lo suave que era.

Trajo consigo el botiquín de primeros auxilios que tenían en el baño. Haruki tenía heridas en la cabeza. No eran graves ni profundas, pero bastaban para que la sangre emanara y recorriera parte de su rostro, la cual ya se había secado. Se preguntaba qué es lo que había hecho para quedar así.

Actuó con suavidad. Tuvo cuidado de que sus uñas descuidadas no tocaran la piel de Haruki, acariciando su rostro con la yema de los dedos. Limpio sus heridas con algodón y agua oxigenada. Había polvo sobre la carne, se habría infectado si Haruki hubiera continuado con su búsqueda, era una suerte que acabara cayendo en su hogar, aunque fuera inconsciente. La improvisada enfermera podía ver como su cuerpo reaccionaba cuando el líquido tocaba. Para la sangre tuvo que usar un trapo limpio y agua caliente. Pudo quitar la mayoría sin despertar a Haruki. Eso estaba bien, prefería que siguiera durmiendo. Le gustaba verla así, apacible, sin preocupaciones.

Cuando hubo terminado se quedó sin algo que hacer salvo escuchar sus propios pensamientos y contemplar el rostro de su novia. La casa estaba en silencio. Era casi etéreo. Sin nada más que hacer omenzó a jugar con el cabello rojizo que reposaba sobre sus muslos. Era una maraña de pelo mucho más enredado de lo que recordaba. Era un mar en el que le gustaba introducir sus dedos y ahogarse por largo rato. La sensación era cálida, no había olvidado su gusto por juguetear con sus mechones rizados. Con su dedo índice tomo uno de sus rizos y lo giro hasta que el cabello quedo prensado como un resorte sobre este. Era el dedo sobre el que correspondía el anillo. Veía correcto que si una argolla no adornaba su dedo, girones de cabello lo harían y, a su vista, no lucía nada mal.

El tiempo transcurría con la misma sensación de lentitud. Ya no importaba tanto. Tenía su cabello. Tenía su piel lechosa la cual acariciaba con gusto. La tenía a ella de vuelta en su lecho. Si el tiempo quería ir lento, por ella estaba bien que lo hiciera. Si el tiempo quería detenerse, mejor sería que así fuera.

Haruki abrió los ojos rodeada por sabanas de algodón y almohadas rellenas de plumas. Por un momento no supo dónde estaba, la luz del foco la cegaba, tuvo que tomarse un momento para que sus ojos se acostumbraran. Una vez lo hicieron, comprendió de dónde provenía la sensación que la había despertado. Los dedos de Isuke estaban unos centímetros arriba sobre su cara y esta a su vez la miraba con sorpresa.

-Isuke… - se dio cuenta que había estado durmiendo sobre los muslos de la peli rosada, lo último que recordaba era que estaba mirando a la calle a través de una ventana y como los edificios iban y venían a través de esta.

-¿Dormiste bien, dormilona? –le sonrió.

-¿Dónde estoy? ¿Cómo llegue aquí?

-Estas en casa ¿Ya no la reconoces? No me sorprende. La madre de Isuke te trajo aquí con heridas en la cabeza.

Haruki palpo su cabeza buscando la herida que tenía. El sangrado había parado. Aún más, no había sangre sobre su rostro. Empezó a levantarse para poder mirar mejor a su pareja.

-Espera. Debes descansar, estas lastimada.

-Estoy bien. No puedo seguir durmiendo, tengo cosas que hacer.

-Madre le dijo a Isuke lo que hiciste toda la noche. Debes parar y descansar.

-A quien busco no va a detenerse. Mis hermanos han estado mucho tiempo solos, debo ir a verlos.

Se sentó sobre la cama, con espalda encorvada y los hombros caídos. Vio a su alrededor, sorprendida por el desorden de la habitación. Había un olor a humedad en el aire, como si la casa no hubiera sido cuidada en un largo tiempo.

Volteo a ver a Isuke y la sorpresa fue mayor. Su cabello rosa siempre perfecto estaba descuidado, no tenía brillo, estaba enredado y sus puntas dañadas. No recordaba haberla visto antes con ojeras pero ahí estaban. Sus uñas parecían haber sido olvidadas por su dueña, con restos de pintura rosa sobre ellas y un descuidado crecimiento. Llevaba unos vaqueros color beige y una playera de tirantes blanca con manchas de café.

-La policía está vigilando tu casa. Tus hermanos están a salvo, no tienes que preocuparte.

-Esos tipos no me dan mucha confianza, solo me han demostrado lo inútiles que son… ¿Tu estas bien?

-Bastante bien ¿Por qué preguntas?

-Tu aspecto. Nunca te había visto tan descuidada, a ti que procuras mantener tu imagen por sobre todo lo demás.

-Bueno, desde que no hay nadie más en casa, no hay razón para arreglarse –y le dirigió una sonrisa tímida.

Eso golpeó un poco a Haruki que agachó la cabeza. Mirando a su alrededor una pregunta palpitaba en su cabeza: ¿por qué si Isuke seguía allí, la casa estaba tan desordenada? Sonaría mezquino, pero Isuke no tenía las mismas cargas que ella, no salía por la noche en busca de una pista casi invisible. Una punzada en la cabeza la hizo sujetársela y gruñir un poco entre dientes.

― ¿Te duele la cabeza? Puedes tomar un baño, antes te ayudaban mucho más que unas pastillas.

―No quiero molestar y mis hermanos esperan―se paró de la cama aún con una mano sobre el desastre de cabello y caminó hasta la puerta, pero antes de que pudiera atravesarla Isuke ya se había plantado delante― Debo ir Isuke, han estado solos mucho tiempo ¿y si pasa algo y no estoy con ellos?

―Escucha, Isuke te jura que nada malo les pasará esta noche a tus hermanos, lo jura―tomó entre sus manos la cara de Haruki.

― ¿Cómo me lo puedes asegurar?

―Isuke lo sabe, sólo lo sabe, confía como alguna vez lo hiciste…quédate y toma un baño, si aún quieres irte, Isuke te acompañará.

―Está bien, tomaré un baño―se frotó la frente algo sudada, puede que tuviese fiebre pero con las manos frías no podía estar segura.

Sus pies sintieron de primera instancia el frío del piso de baño, desaparecido el felpudo, su desnudez se sentía más expuesta que de costumbre. Luego le siguieron las cuchillas salidas de la ducha, le hicieron temblar al principio pero ya estaba acostumbrada a una vida donde los lujos y la comodidad eran parte de un sueño. Y ella no quería agua caliente, quería que sus pensamientos se congelaran al instante, que la imagen de todos sus hermanos juntos y felices se detuvieran al meter la cara en el agua fría, que esas gotas de agua que golpeaban su frente se llevara todas las horribles imágenes y su mente solo se llenara de los recuerdos imperturbables y seguros de su golpeada cabeza.

Y por un momento, tal y como cada madrugada o noche, los recuerdos se acomodaban entre sus sueños con luna de queso, dándole tanta felicidad que jamás recordaba que todos ellos dormían entre escombros y tiras de tristeza sobre sus ojos, melodía alegre y animada en su cabeza, fue interrumpida por lluvias y truenos, voces oscuras y de tonos bajos con cada ocasión que vio a sus hermanos y madre fríos en una plancha de la morgue. Nunca podría describir la angustia y jamás podría acostumbrarse, por más veces que ocurriera, al peso que sintió en el pecho, el universo y la bóveda de pronto pensaban sobre ella.

El agua seguía cayendo, pero había dejado de notarla, mantenía los ojos abiertos y su vista se difuminaba con las gotas que entraban y salían de estos, gotas frías a esa hora de la madrugada empezaban a revolverse con lágrimas calientes y saladas, el corazón encogido dolía a cada palpito, un dolor latente y real, tan real como una caída de bicicleta o un corazón roto, más consistente aún, llegando al grado de poder debilitar sus piernas y brazos. Primero apoyaba los brazos contra la fría pared, aporreándola una y otra y otra vez tratando de apaciguar un poco el dolor, pero no funcionaba. La muerte de todos ellos la hacían sufrir tanto que le daba miedo ya nunca volver a ser feliz. Se quedó sin fuerzas y empezó a llorar y gritar allí mismo, deslizándose hasta quedar sentada en el frío suelo de baldosa.

Y allí permaneció, sobrecogida por el dolor de sus hermanos a quien no volvería a escuchar, a ver. Encogida de dolor por perder a la madre que velaba sus noches al volver de su trabajo manchada de sangre o golpeada, jamás salió una palabra acusatoria de su boca, reproche, crítica, condena o parecido. Cumplió su papel de madre tan bien como ella no pudo cumplir con su papel de hija, incapaz de cuidarla cuando era su turno. Había visto tan cerca esos días de felicidad, esos de estabilidad plena en casa. Su madre aparentemente recuperada, vuelto a la recaída, a la peor recaída posible, Cancer. Esa palabra que se escribe en letras mayúsculas a la hora de revisar los estudios de radiología, para resaltarla del resto de letras y números que poco importan en comparación.

Pero su madre no pudo pelear contra los tumores, poco menos después del año en que se lo diagnosticaron empezaron los asesinatos en su familia. El primero fue su hermanita. Su hermosa y pequeña hermana Mei. La vida misma arrancada y tirada como cualquier cosa en la tierra. Fría y con los ojos cerrados. Parecía dormida, como si fuese a despertar en cualquier momento y preguntar por qué tenía la garganta abierta. Y Haruki gritaba para que despertara. Su madre gritaba con el cuerpecito de su hija menor en brazos para que despertara. Los niños veían desde la casa sin saber que ocurría, salvo por los mayores. Ninguna familia está jamás preparada para enfrentar una pérdida de un miembro tan joven como lo era la pequeña. Sin saber qué decir, cómo actuar, nada. Habría pasado mucho tiempo con el cadáver de su hija en brazos de no ser por Fuyuka que llamó a la pelirosa en ese instante, y ésta a los policías.

El agua seguía cubriendo su cuerpo desnudo, salía con la misma presión que del principio y ella permanecía allí mismo, con los ojos cerrados y las piernas recogidas. Incluso en el baño, el pudor es difícilmente olvidable, pero podían más los recuerdos de Akira tirado en un charco junto a Arashi; y también Saburo. La intranquilidad de que su hermana no volvía a casa, los nervios cuando escuchó que hablaban por teléfono y era sobre ella. Si bien fue un peso menos sobre su espalda saber que seguía viva, lo que le siguió no era precisamente un campo de rosas: su espíritu y carácter se habían reducido, no digamos su capacidad de sentir algo, parecía que de aquella niña problemática no quedaba más que alguien parapléjico emocional y físicamente. Cliente en potencia de muletillas o algún artilugio de ortopedia.

Su familia, su hermosa familia reducida y rota.

No sabe durante cuánto tiempo estuvo llorando. Por cuanto tiempo estuvo allí derrotada mientras su piel se arrugaba por la humedad. Sólo sabe que estuvo el tiempo necesario para que Isuke se preocupara y entrara. O eso imagina, lo único que sintió fue a la chica abrazándola, y como la ropa de esta empezaba a humedecerse. Había cortado el paso del agua y le abrazaba, su cuerpo era cálido y tan agradable que no pudo sino romperse más. Entre sus propios sollozos escuchaba a Isuke repetir "lo lamento, lo lamento. Perdóname, por favor. Ya pasará, está por acabar. Isuke lo promete". Lo decía con tal sentimiento que se confundió…pensó que se disculpaba por dejarla sola en la búsqueda del asesino de sus familiares. Qué equivocada estaba, Isuke no se disculpaba por dejarla sola…se disculpaba por no terminar todo aún.

Alex: hola chicos, buenas noches, ¿cómo les va? Una vez más estamos aquí para ver otra de las presentaciones que hacemos. Aunque llega algo tarde…demasiado a nuestro parecer y al de ustedes también, por lo cual vengo a exteriorizar mis disculpas.

DD: sabes que no deben ser tan largos verdad?

Alex: Shhh, Ca-lla-te. Tú los haces largos.

DD: Pinchi perro, cómo te atreves? Bueno…primero que nada, una disculpa, porque yo pensé, pensaba que este capítulo ya lo habíamos subido. Pero checando, va resultando que no..

Alex: Y quién tenía la responsabilidad de subirlo?

DD: Aquí no estamos buscando culpables.

Alex: Porque ya lo encontramos.

DD: Cállate. El punto es, esto es de nosotros para ustedes y esperamos que lo disfruten tanto como nosotros nos rompimos la cabeza para escribirlo. Sin más que decirles, una sincera disculpa y aguarden por más actualizaciones de este verano. Graciuuu.

Alex: Hija de tu….ese capítulo debí haber estado subido hace cuanto tiempo, porque me acuerdo que ya habíamos grabado los comentarios. Pero bueno, tuvo que pasar un tiempo para que la señorita se diera cuenta que no había ningún comentario del nuevo capítulo. Así que aquí está. Disculpenla, a lo mejor tenía mucho sueño esa noche y se le pasó revisar.