Christina Auditore/Catacumbas/Flashback
Había atravesado muchos lugares. Pero al final estábamos cara a cara, aunque fuese en una bóveda oscura, aunque fuese ella la que había escogido el lugar. Pero quería recrearme en la venganza. Decidí dedicarme a observarla unos instantes mientras tocaba una pared. No pude evitar ahogar una exclamación de sorpresa cuando la pared se abrió con un resplandor azul y ella cruzó lo que parecía ser una puerta sobrenatural.
Yo no tardé en seguirla, viéndome de pronto en un bosque. La puerta tras de mí se cerró, pero en aquel momento no me importó lo más mínimo. Ninguna dijo ninguna palabra. Simplemente desenvainamos. Ella no se movió, así que fui yo la que se dirigió hacia ella y di el primer tajo. Ella me bloqueó y sus ojos, normalmente azules, tomaron un tono morado, marca de la clase de monstruo que ella era.
_ Si te detienes ahora no te mataré, Christina._ Dijo, tajante. Aunque su sonrisa confiada no hizo más que enfurecerme más.
A cualquiera aquella batalla le parecería interesante. La humana contra la vampiresa, combatiendo bajo la lluvia, a la luz de la luna llena. En mi caso, lo que buscaba era vengarme y sacarle el corazón a mi hermana, la asesina de mis padres. Sin embargo, nuestro combate de espadas no parecía tener ese final. Ella ahora era excepcionalmente rápida y fuerte, y yo seguía siendo igual que antes.
Nunca estaré del todo segura de con qué movimientos me derrotó exactamente. Pero sí recuerdo con claridad que acabé tirada en el suelo como si de un paño se tratase. Lo último que recuerdo tras eso es la imagen de la luna llena, y los aullidos de los lobos. Luego llegó el silencio.
Lucrezia Shayker/Hospital de Storybrooke.
_ No te muevas, Christina, te harás daño.
No había esperado que mi hermana fuese una hija de la luna, pues a decir verdad, siendo yo vampiresa, resultaba bastante irónico. Era la segunda a la que conocía, aunque no creía que Ruby tuviese nada que ver con esto. Christina se removía y trataba de escaparse, pero me había encargado de que la atasen a la cama. El hecho de ser la hija de la alcaldesa me daba ciertas ventajas.
_ Suéltame o mátame de una vez.
_ ¿Cuándo vas a entenderlo? Yo no quiero hacer eso, Christina. ¿No podemos olvidar esta disputa de una vez?
_ ¡Jamás!_ Exclamó, tozuda como siempre. Sus ojos tenían una vez más ese tono amarillo.
Podía notar como su pulso se aceleraba, e intentaba usar su colgante para transformarse otra vez. Pero no funcionó, mi madre se había encargado de que perdiese su carga, dejándola incapacitada para aquello durante al menos un mes. Su mirada reflejaba ese odio irracional que yo dudaba poder entender jamás.
_ Hasta mañana, Christina._ Susurré, mientras me ponía en pie y me dirigía a la salida.
Gepetto/El taller/Flashback
Debía hacer el intento. Me estaba arriesgando a fracasar, pero si no lo intentaba jamás tendría una familia. Observé las dos muñecas a mi disposición. Desideria y Amatista. La primera tenía un porte regio, y su cabello plateado inspiraba confianza. En sus ojos parecía reflejarse una vida que yo sabía bien que no existía. Su compañera llevaba un vestido morado, que no poseía tantos detalles. Su cabello era blanco, pero no tenía el brillo que tuviese Desideria. Sus ojos eran de un tono ámbar, que le daban un aspecto salvaje.
Mis manos fueron hacia Desideria, y la tomé con delicadeza. Ella era la elegida, la primera. Había fabricado pocas muñecas, y ninguna era tan especial como aquella. Sin embargo, no escuché a Figaro acercarse, se cruzó entre mis piernas y me hizo tropezar. Si bien logré sujetarme, Desideria se cayó al suelo y aunque no se hizo añicos, la pieza que sujetaba el torso al abdomen se rompió, dejándola partida en dos. Suspiré, comprendiendo que no podía intentar darle la vida en ese estado.
La coloqué en su pedestal y susurré una disculpa antes de tomar a Amatista y dejarla en el suelo. Cogí el polvo del árbol sagrado y lo esparcí sobre ella. Tardó unos segundos en reaccionar y llevarse sus manos de porcelana al rostro, sorprendida. Entonces me miró y sonrió, gesto que yo correspondí.
_ ¡Padre!_ Exclamó. Aunque antes de poder dejar que la alegría me invadiese, se llevó la mano al pecho._ Padre… ¿Qué me ocurre?
La porcelana de su rostro comenzó a agrietarse al tiempo que el terror invadía sus ojos. Tuve que asistir, horrorizado, al espectáculo de cómo Amatista se quebraba hasta convertirse en polvo delante de mis ojos, mientras me llamaba una y otra vez, sin comprender qué le estaba ocurriendo. Me eché a llorar, observando el montón de polvo que momentos antes era una muñeca. Miré una vez más a Desideria, en su estante, y supe que jamás podría hacer que una muñeca de porcelana tuviese vida.
Desideria/El local de la abuelita
En cuanto la vi, hice aparecer la espada y lancé un mandoblazo. Iba a cumplir mi promesa. Le cortaría el cuello a la reina aquella misma noche y así vería cumplida mi venganza en memoria de mi hermano. Si me hubiese visto los ojos en aquel momento, probablemente me hubiese aterrorizado. Parecían dos orbes sanguinolentos, consumidos por el fuego de la furia.
Pero lo que realmente me sorprendió fue que no contraatacó, hizo el acto de esquivar, pero no me lanzó un conjuro ni me mandó por los aires. Lo vi con una ocasión perfecta para seguir con mis estocadas. No me importaba lo mucho que destrozase el local de la abuelita si acababa con esa vida infame que no merecía seguir siendo vivida. Sin embargo me sentía vacía y no entendía el motivo
_ ¡Henry! ¡Sal de aquí!_ Exclamó, dirigiéndose al niño que venía con ella.
_ ¡No te dejaré sola, mamá!_ Exclamó el niño, con un valor inusitado.
Tuve que bajar la espada. Acudía a mí la imagen de mi hermana, haciéndose añicos. Su único deseo, y el mío en cuanto desperté, había sido que nuestro padre nos quisiera. No podía separar a un niño de su madre. Era algo que sencillamente no podría soportar. Bajé mi arma y me dirigí a la puerta trasera, partiendo por la mitad una mesa que se había colado en mi camino.
_ Rompa su maldición majestad, o la próxima vez no mostraré tanta compasión.
Naútica Shayker/La playa junto a palacio/Flashback
No te bañes en el mar, dijo. Es Peligroso, dijo. Y allí estaba yo, mirando las olas romper. ¿Tan peligroso era el mar acaso? Había visto a mi madre bañarse en él muchas veces, aunque mi padre eso no lo sabía. Llevaba al menos 10 minutos allí sentada y nadie había reclamado mi presencia. Quizás fuese una niña, pero no era tonta. Miré a ambos lados y al darme cuenta de que estaba sola. Esbocé una sonrisita traviesa mientras me quitaba el vestido y lo escondía bajo una roca.
Me lancé a las aguas me sentí de una forma que jamás me había sentido. Me sentí completamente libre, en armonía. Notaba una dulce caricia sobre mis hombros mientras nadaba, que me hacía sentir viva, como si respirase. Y de hecho, quizás fuese así, porque no necesitaba salir en busca de aire. ¿Cómo podía mi padre sentir miedo por un lugar tan maravilloso? Mi madre solía comentarme que tenía que ver con el día en que se conocieron, pues decía que un enorme pez había tratado de comérselo.
Yo jamás había tenido semejantes problemas, pues todos los animales del mar parecían respetarme e incluso quererme. De repente oí a una voz que me llamaba y salí del agua. Era mi prima Meg. Se cree muy importante porque ella tiene un ojo de cada color o vaya usted a saber qué más. Pero ahora, precisamente, mientras me ponía el vestido y nos mirábamos fijamente, sabía que no podía decirle nada, o se chivaría a mis padres.
_ ¿Qué haces aquí?_ le pregunté, sacando la lengua.
_ Creo que es mejor que no sea yo quien te lo diga.
La seriedad que mostró para ser quien era, y para tener tan sólo 6 años, no me gustó en absoluto. La seguí al castillo y me llevaron a una sala en la que me encontré con una mujer. Una mujer que, por cierto, me daba verdaderos escalofríos. Me informó de que mis padres debían hacer un largo viaje, y que mientras estuvieran fuera ella se haría cargo de mí. Pero yo no la creí, porque de ser así se hubiesen despedido al menos. Y lo más probable es que me hubiesen llevado con ellos. A fin de cuentas tenía siete años.
_ ¡No! ¡Yo quiero ir con mis padres! ¡Ni siquiera sé quién eres tú!_ Grité, pataleando como la niña que era.
_ Mi nombre es Úrsula, y harás lo que yo te diga._ Me dijo, provocándome un escalofrío.
Melody Song/El escenario
Tocaba los acordes escuchando como el público me aclamaba, como siempre había deseado que lo hiciese. Desplegaba mis alas y volaba al fin, ganándome junto a Alexandra el respeto que ambas nos merecíamos. Y sin embargo no me sentía. Como si esas alas fuesen de cristal y se estuviesen rompiendo a medida que cantábamos. ¿No era eso lo que había buscado durante toda mi vida? Entonces… ¿Por qué no me llenaba?
Cuando terminó la actuación, Empezamos a firmar autógrafos. Parecía que ya nadie se atrevía a criticarme por mis orejas de elfo, aunque en el fondo, sabía que lo hacían por Alexandra. Sabía que los aplausos y los vítores eran por ella. Yo era simplemente su acompañante. De no conocer a Vanessa hubiese incluso llegado a pensar que nos había unido sólo porque las dos teníamos el mismo curioso color de pelo.
_ ¡Melody, vamos a tomarnos algo!_ Me dijo, cogiéndome la mano._ Esto tenemos que celebrarlo.
_ Gracias pero… yo no bebo.
_ Yo tampoco, Mels, pero esa no es la cuestión. Lo importante es que lo pasemos bien.
Ahora diría que una de las razones por las que fui, desobedeciendo a Vanessa, fue porque nadie jamás había tenido conmigo la confianza necesaria como para llamarme Mels. Y aquella noche sería memorable, estaba segura. Junto a Alexandra todo era más divertido.
Regina Mills/Storybrooke
Ahora debíamos averiguar cómo romper la maldición. Si le preguntabas a Henry te diría que tenía que ver con besos de amor verdadero, pero yo no estaba por la labor de ser la que juntase a Mary Margaret Blanchard con David Nolan. Puede que quisiese romper la maldición, pero eso no significaba que hubiese dejado todo atrás. Aún había mucho resentimiento no resulto dentro de mí.
_ ¿No sigues pensando en matar a Blancanieves, verdad?_ Me preguntó.
_ Sí…_ Me dedicó una mirada de reproche._ Bueno, sólo a veces. No me puedes pedir que lo olvide así de golpe.
_ Pues tenía entendido que eras experta en hacer que la gente olvidase las cosas que ama.
Me giré y me vi ante dos mujeres. Discordia y Sheryanna, las reconocería en cualquier parte. Se trataba de dos seres tan problemáticos que había sido mejor anular completamente a una y enviar a la otra al país de las maravillas para que no perturbasen los planes de la maldición. Ahora me daba escalofríos lo que pudiesen hacer juntas. Y me bastaba con su comentario y su mirada para saber que tenían total idea de lo que se cocía.
_ Tú coge al chico, yo me encargo de la reina.
Antes de que pudiese hacer nada por impedirlo, la mujer de orejas puntiagudas me tenía agarrada por el cuello, y me elevaba del suelo. Había olvidado la fuerza física que esa mujer llegaba a tener. Podría enviar un ejército en su contra y lo derrotaría desarmada. Me miraba con la confianza de quién lo tiene todo ganado, y en el fondo sabía que así era.
_ ¿Dónde está el cetro?_ Me preguntó.
_ ¿De qué cetro me hablas?
_ El cetro de Ra, Discordia lo necesita.
_ No tengo idea de donde está
Sabía que si se hacía con él, estaríamos todos condenados. Con ese cetro en las manos el poder de Discordia sería absoluto. Por sí sola ya era una diosa, lo que la hacía inmortal y tremendamente poderosa. Pero con ese cetro en las manos, no habría ser que pudiese derrotarla.
_ Me temo que no me he expresado con claridad._ Me susurró Shery, recorriendo mi mejilla con su lengua, lo que me provocó una arcada._ Dinos donde está el cetro, o tu hijo morirá.
_ Está en el museo._ Confesé, incapaz de poner en peligro la seguridad de Henry.
_ Muchas gracias, majestad._ Dijo, dejándome caer en el suelo, para luego volverse a su amante._ Ya tenemos lo que queríamos, ahora acaba con él, ya no nos sirve para nada.
Mis ojos se dilataron de terror al ver cómo Discordia conjuraba la escasa magia de la que disponía y la lanzaba contra la única persona viva que me importaba. Henry salió despedido por los aires y cayó de espaldas. Yo grité, horrorizada y corrí como pude hasta él, tropezándome. Le tomé el pulso, y comprobé que no tenía. Se estaba poniendo pálido por momentos. Mis manos se dirigieron a su pecho y, recordando lo que había aprendido en un cursillo de primeros auxilios, comencé a realizar el masaje cardíaco.
_ ¡Vamos Henry, no me dejes!
